Esta historia es de J. Lys. Los personajes utilizados en la misma pertenecen a M. Kishimoto por lo tanto todos los créditos correspondientes de esta adaptación son para ellos.
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PRÓLOGO
Escocia 1175, Tierra de los Katō
El miedo recorría su cuerpo, envenenando sus sentidos, aletargando sus piernas, las mismas que no le respondían con la suficiente velocidad como para poder escapar de él, del hombre al que su padre estimaba como a un hermano pero que, unos meses atrás, había entrado en su habitación matándola por dentro. Así se sentía Sakura desde la noche en que Shira Kinuta la forzó, tomando a la fuerza su ser y amenazándola con hacerle lo mismo a su hermana Shizune si a ella se le ocurría decir algo.
Desmadejada, rota sobre las sábanas manchadas de su virginidad, él le susurró al oído que lo había gozado inmensamente y que no veía el momento de poder meterse de nuevo entre sus piernas.
Sakura le odió con todas sus fuerzas y deseó su muerte y su castigo con una ira sobrehumana.
Desde esa noche, algo se fracturó dentro de ella, algo que sabía que jamás podría recuperar, cambiándola por completo.
Solo tenía doce años.
Y desde entonces, durante los últimos meses, una constante se hizo presente en su vida. A menudo le costaba respirar, como si el simple hecho de tomar aire fuese un acto titánico, sintiendo la necesidad casi imperiosa de acabar con todo, de acallar los gemidos que escuchaba en su mente, una y otra vez, y que la hacían vomitar cuando no podía desterrarlos. Deseaba de manera constante finalizar con su sufrimiento, con esa agonía que le recorría las venas y con el vacío oscuro y siniestro que se abría paso en su interior con una fuerza inusitada. Desterrada, lejos de la luz, transitando un camino sombrío y sin esperanza.
Solo pensar en Shizune la salvaba de hacer una locura y ceder ante sus impulsos... maldiciéndose por ser tan débil, por ser una cobarde y querer abandonarse al olvido cuando tenía una hermana menor a la que proteger. Porque le era imposible olvidar la amenaza de Shira, y porque Shizune, un año menor que ella, no podía pasar por el mismo infierno. Sakura no iba a permitirlo, jamás.
Ese pensamiento, esa convicción, era el que la había mantenido en pie durante los últimos meses, hasta que dos días atrás Shira regresó junto a más miembros de la familia Kinuta.
Fue verlo de nuevo y sentir que el suelo se abría bajo sus pies y que la oscuridad la engullía con golosa desesperación. ¿Cómo aquel hombre, al que durante su niñez apreció y quiso como si fuese alguien de su familia, en el que confió plenamente durante toda su vida, ocultaba bajo su piel a una bestia? Eso era algo que se había reprochado en los últimos meses, más de una vez: no haber sido capaz de captar antes la verdadera naturaleza de Shira. Esa inmundicia, ese olor a podredumbre que lo envolvía y tenía el origen en su interior y que ahora era capaz de reconocer a distancia.
Por ese motivo había estado evitándole desde su llegada, hasta esa noche en la que no pudo hacerlo por más tiempo. Durante la cena, Shira, con sus miradas, se cercioró de dejar claras sus intenciones, y Sakura comprendió que esa noche él intentaría de nuevo hacerle lo mismo. Lo que observó en los ojos del hijo mayor de laird Kinuta no la dejó lugar a dudas, sin poder evitar que, en respuesta, el asco y el odio brotaran a raudales de sus jóvenes ojos. Shira, conocedor de su rechazo, esbozó una sonrisa torcida y llena de suficiencia ante esa mirada, desviando un momento después sus ojos para posarlos sobre Shizune y provocando que las entrañas de Sakura se retorcieran de dolor.
Esa mirada, ese gesto, la obligó a permanecer en el salón junto a su hermana, a pesar de que en su interior deseaba huir a toda costa.
Cuando avanzada la velada, su padre le dio permiso a Shizune para abandonar la estancia, Sakura la siguió apenas unos minutos después. Su intención era vigilar la habitación de su hermana para cerciorarse de que nadie la molestara, haciendo guardia desde el pasillo, apostada en un rincón, entre las sombras, desde donde podía ver con claridad la puerta, por si a Shira se le ocurría llevar a cabo su amenaza. Por desgracia, su instinto le sirvió bien y no tuvo que esperar mucho para comprobar que sus temores no eran infundados. Poniéndose en alerta cuando escuchó a alguien subir las escaleras, se refugió aún más entre las sombras para observar, con el sabor de la hiel en la boca, cómo Kinuta enfilaba, algo tambaleante, el largo pasillo hasta llegar a la habitación de Shizune, deteniéndose delante de su puerta.
Si lo hubiese pensado, quizás no habría tenido el valor de hacer lo que hizo, llevada por la desesperación de pensar en lo que podría pasarle a su hermana si no actuaba en aquel mismo instante. El coraje, o quizás el miedo, fue lo que la impulsó a hacer lo que creyó necesario para mantenerla a salvo, y con ese fin se dejó ver, llamando la atención de Shira.
—Deja a mi hermana en paz —siseó con toda la fuerza y seguridad que pudo reunir, cuando estaba a escasos pasos de Kinuta, sintiendo cómo le temblaba hasta el alma.
El brillo desprovisto de cualquier tipo de emoción que desprendieron los ojos de Shira hizo que quisiese escapar de allí, obligándose, sin embargo, a permanecer quieta.
—Vaya, qué sorpresa... —dijo Shira arrastrando las palabras, mirándola de arriba abajo de tal forma que Sakura sintió ganas de vomitar—. ¿Vas a darme tú lo que quiero o tengo que tomarlo de la pequeña Shizune como lo hice contigo? —preguntó Kinuta evidentemente ebrio.
Y Sakura se tragó la bilis que le roía las entrañas y que había subido hasta su boca con un sabor amargo. Disimulando, fingiendo, haciendo lo más difícil que había hecho en su vida hasta entonces: enfrentarse a él, sabiendo que elegiría mil veces morir antes de que Kinuta volviera a tocarla, pero con la certeza de que prefería su propia muerte a que aquel bastardo repitiese su atroz acto, violentando el cuerpo de su hermana.
—Si quieres algo de mí, tendrás que alcanzarme —espetó Sakura desafiante con una ira imposible de disimular.
Eso, en vez de enfurecerlo, pareció excitar a Shira que, con una sonrisa torcida, se pasó la lengua por los labios, provocando que ella dejara de respirar.
—Tienes unos ojos de bruja, y tu pelo rosa es la tentación del mismísimo diablo. Sabes que no puedo resistirme, sabes que tú eres la culpable de que te tomara. Tú me obligaste, me hechizaste y ahora vuelves a tentarme —susurró lentamente, con un diálogo errático y desigual, mientras acortaba la distancia que lo separaba de ella.
Sakura reaccionó cuando otro paso de Shira, más firme, más veloz, se sumó al anterior. De forma instintiva, por supervivencia, dio media vuelta y comenzó a correr, rogando para que la siguiera y dejara atrás a Shizune, suplicando al mismo tiempo para que aquello solo fuese una pesadilla.
Los pasos que escuchó tras ella le dieron la certeza de que él la seguía, de que aquello era real. Su único consuelo era saber que su hermana no tendría que enfrentarse a aquel infierno.
Los pasillos vacíos por los que intentaba escapar se asemejaban a una tumba, fríos, lúgubres, solitarios. Todos los miembros reunidos bajo aquel techo estaban aún en el salón, celebrando, tras la cena, la alianza que se había forjado entre los dos clanes, con el compromiso entre el hermano menor de Shira, Dosu Kinuta, y la propia Sakura. Un futuro enlace que tenía como fin sellar definitivamente la amistad que ya existía entre los dos clanes.
Sakura había tenido que presenciar, sin poder decir nada, el regocijo y la alegría que dicho acuerdo provocó en su padre. A ella, a quien la noticia la tomó por sorpresa, se le dijo que no debía preocuparse por nada, que era todo un honor que un Kinuta se dignara a desearla como esposa y que debía sentirse orgullosa de servir a su clan con dicha unión, contribuyendo a la paz y al bienestar de los suyos. Se le recalcó que aquella era su obligación como una Katō, su responsabilidad. La mano de su padre quedó grabada en su mejilla cuando Sakura se atrevió a responderle que, si tan necesario era, bien podía casarse él con Dosu.
No fue consciente de lo que había contestado hasta que observó los ojos de Shizune abiertos más de lo normal, y el dolor y la preocupación rebosar de los mismos. Tuvo que morderse la lengua cuando, al alejarse su padre para decirle a Shizune que ya era hora de retirarse, escuchó por lo bajo a Shira susurrarle a Dosu lo mucho que le envidiaba por el hecho de tener que domar a una potra salvaje.
Después de eso, su padre la obligó a pedir perdón, ante todos, algo que Sakura tuvo que hacer cuando vio en los ojos del resto de los miembros presentes del clan, clavados en ella, una evidente y acuciada desaprobación. Sabía que si no lo hacía, su padre tomaría medidas más duras. No podía consentir que su hija lo pusiera en ridículo y menoscabara su autoridad. Después de eso la ordenó dejar el salón y abandonar el festejo, lo que aprovechó para acercarse hasta la estancia de su hermana y hacer guardia fuera de la misma. Y todo aquello es lo que le había llevado hasta aquel instante, en el que corría como alma que persiguiera el diablo, con el corazón retumbando en su pecho con una intensidad y un ritmo vertiginoso, tanto que pensó que le explotaría allí mismo, mientras intentaba que sus piernas fueran más rápidas y que su pecho dejara de jadear por el miedo y el pánico.
A pesar de estar ebrio, Shira casi le doblaba en estatura, era robusto, demasiado fuerte y veloz para ella, y aunque Sakura corrió escaleras arriba con el ímpetu que la desesperación le daba, al final Kinuta le dio caza, haciendo que cayera al suelo. Las rodillas de Sakura impactaron contra la piedra y una de sus manos se torció en un ángulo imposible provocando que aullara de dolor. El olor agrio del vino cerca de su oído izquierdo un instante después la dejó paralizada. Era el aliento de Shira.
—¿De verdad creías que podrías escapar de mí?
Sakura sollozó sabiendo lo que le esperaba, sabiendo que no podría soportarlo nuevamente, y más cuando Shira la tomó por el cuello del vestido y la arrastró por el suelo hasta meterla en una habitación vacía. El aire frío de la noche entraba por la gran ventana que presidía aquella estancia, abierta, enorme, vacía, grotesca, sintiendo que la humedad la calaba hasta sus huesos cuando él la tiró al suelo sin mesura, golpeando a Sakura en la cadera, haciéndola jadear.
Jamás supo de dónde sacó la fuerza para ponerse en pie. Quizás de la desesperación, quizás del convencimiento de que prefería la muerte antes de que ese hombre volviera a tocarla. Lo único que recordaría después sería el vigor y la ira ciega con los que se levantó cuando escuchó los pasos de él acercándose nuevamente hacia ella, a su espalda. El impulso con el que consiguió ponerse en pie, la fuerza que imprimió a su necesidad de huir y que coincidió con la cercanía de Shira provocaron que la cabeza y los hombros de Sakura impactaran con tal ímpetu contra el pecho de él, que este, en su estado de embriaguez, trastabillara unos pasos con celeridad hacia atrás, hasta llevarlo al borde de la ventana.
—Voy a hacer que aúlles de dolor por esto, bruja —siseó Shira abriendo desmesuradamente los ojos cuando Sakura, presa del terror por lo que aquellas palabras implicaban, corrió hacia él con toda la fuerza que poseía, embistiéndolo, haciendo que cayera por la ventana hacia una muerte segura.
El ruido que provocó el cuerpo de Kinuta al chocar contra el suelo, al igual que el pánico que había presenciado en los ojos de Shira cuando, incrédulo, no pudo estabilizarse y supo que caería sin remedio, fueron momentos que Sakura jamás olvidaría.
Paralizada por lo que había hecho, temblando tanto que pensó que se fracturaría en mil pedazos, con la respiración irregular y el corazón retumbando en su pecho, amenazando con terminar en aquel instante con la poca cordura que le quedaba, contempló, desde la ventana, el cuerpo desmadejado de Shira en el suelo y la sangre que manaba de la carne empapando la tierra bajo él.
Y en ese momento, en el que escuchó un grito y voces en la distancia, dio un paso hacia atrás, escondiéndose entre las sombras, unas sombras de las que sabía que ya no volvería a salir jamás. El frío y un silencio sepulcral se instalaron en su interior, en su mente, como si la realidad se hubiese desdibujado para siempre.
Todos creyeron que fue un accidente. Que la embriaguez hizo que el mayor de los Kinuta cayera en un descuido.
Sin embargo, hubo otras voces discordantes que no aceptaron que Shira encontrara ese final. Hubo otros, como Dosu, el hermano de Shira, y Zaku, el laird del clan Kinuta y padre de ambos, que siempre recelaron de la muerte de Shira, sospechando que había sido alguien, y no el destino, el que mandó al mayor de los hermanos Kinuta al otro mundo.
El compromiso entre los dos clanes fue anulado, y la amistad que siempre los había unido se convirtió en un simple espejismo. Seguían siendo aliados, más por conveniencia que otra cosa.
Sakura solo esperaba que Shira Kinuta se pudriera en el infierno, en el mismo en el que ella viviría el resto de su vida.
