CAPÍTULO XXII
Sakura no sabía que estaba sonriendo, hasta que Shizune se lo dijo.
—¿Estás enferma? —preguntó su hermana en voz baja.
Sasuke y ella habían entrado al castillo cuando los invitados del clan Namikaze estaban ocupando las mesas del salón ya listas para la cena.
Ambos se habían sentado en la más cercana a la entrada, cuando Shizune les hizo un gesto con la mano para que se acercaran. La tónica era la misma que desde que se inició la reunión, manteniendo la costumbre de turnarse para cambiar cada noche no solo de mesa sino también de compañía, para poder entablar relación con los demás clanes y ayudar a sociabilizar y rebajar las tensiones en las negociaciones que tenían lugar por las mañanas. Esa noche Sakura y Sasuke volvían a coincidir con Shisui, Hanare y Izumi. Esta última se sentó en uno de los extremos, frente a Sasuke, teniendo a su derecha a Shisui, mientras Sasuke tenía a su izquierda a Sakura. Hanare estaba entre Shisui e Yamato, mientras Sakura se encontraba entre Shizune y Sasuke. El resto de la mesa estaba ocupada por Skena Gunn, Rin Nohara y varios guerreros Tsuchi y Kinuta.
—¿Por qué me preguntas eso?
Shizune elevó una de sus cejas como si fuese más que evidente el motivo de su curiosidad.
—Porque estás sonriendo —contestó finalmente.
Sakura la miró fijamente con sus gélidos ojos verdes, tan claros que parecían transparentes, intentando decidir si se enfadaba con Shizune o no, aun a sabiendas de que eso era prácticamente imposible. Ella adoraba a su hermana, y una de las cosas que admiraba más de ella era su sinceridad.
—Yo sonrío a menudo —terminó contestando la pelirosa.
Shizune soltó un «puffff» que provocó que Sakura gruñera por lo bajo.
—No me malinterpretes. Me gusta verte así siempre, pero hace tanto tiempo que no veo una genuina sonrisa en tus labios que solo tengo curiosidad por saber qué es lo que la ha provocado.
La mirada de Sakura se suavizó al escuchar las palabras de Shizune y observar la preocupación y el cariño en los ojos de su hermana.
—¿Desde cuándo eres tú la hermana mayor?
El dolor que Sakura vio reflejado en los ojos de Shizune tras su pregunta la dejó momentáneamente sin palabras.
—¿Qué pasa, Shizune? —preguntó cuando su hermana desvió la mirada—. Eh... Shizune..., dime qué pasa —insistió Sakura.
Shizune inspiró profundamente antes de volver a mirar a su hermana.
—No tienes que ser fuerte todo el tiempo, Sakura, ni tienes que serlo por mí. Llevas protegiéndome desde que éramos unas niñas, y te quiero por ello, pero no es necesario. Hace mucho que dejó de serlo, y, sin embargo, tú sigues protegiéndome, sin permitirme que yo me preocupe o haga lo mismo por ti. Y eso duele, porque me haces sentir que no confías lo suficiente en mí.
Sakura sintió cada una de las palabras de Shizune como pequeñas laceraciones directas al corazón. Siempre la había protegido y siempre lo haría, pero no solo porque creyera que debía hacerlo sino porque Shizune era todo su mundo. Su hermana pequeña era la única persona en toda su vida, junto a su madre, que la había querido incondicionalmente. La única que la aceptaba tal y como era, a pesar de sus discusiones o sus diferentes puntos de vista. Cuando su madre murió siendo ambas unas niñas, solo se tenían la una a la otra. Su padre, demasiado ocupado con los asuntos del clan y devastado por la muerte de su esposa, se alejó de ellas de tal manera que Sakura desde entonces había tenido la sensación de que era huérfana. Su mala relación con él durante los años posteriores solo puso de manifiesto ese sentir agónico que terminó por aceptar. Cuando Henson Katō recuperó parte de su antiguo yo y volvió su mirada de nuevo hacia sus hijas, para ella fue demasiado tarde; sin embargo, se alegraba de que con Shizune salvase una maltrecha relación que se reforzó lentamente con el carácter cariñoso y conciliador de su hermana. Todo lo opuesto a ella que, después de lo de Kinuta, se encerró en su mundo a cal y canto, sin que nada salvo Shizune le importase. Por eso no podía permitir que su hermana pensase que no confiaba en ella, porque hasta ese momento era la única en quien lo había hecho.
—Confío en ti más que en nadie en el mundo, Shizune, y sé que no necesitas mi protección, pero no puedo evitarlo, porque aunque sé que eres muy capaz de protegerte tú sola, y que cuentas con el gruñón Hatake como esposo, el cual daría su vida por ti —dijo Sakura sonriendo al ver cómo la mirada de su hermana se llenaba de una calidez inmensa al oír nombrar a Yamato—, sigues siendo mi hermana pequeña y te quiero. Y es inevitable que desee verte feliz y segura —terminó Sakura.
—Pues, entonces, debes entender que yo desee lo mismo para ti —dijo Shizune con vehemencia cuando las viandas empezaron a llegar a la mesa.
Sakura sonrió levemente y su mirada cálida encontró el mismo sentimiento en la de Shizune que le devolvió a su vez la sonrisa y le apretó la mano entre las suyas. Un instante en el que dejaron claro que todo estaba bien entre ellas y que terminó cuando Rin Nohara, que se sentaba a la izquierda de la menor de las Katō, le preguntó algo, acaparando su atención. Sakura, entonces, volvió la vista hacia la mesa donde un guiso, varios trozos de carne y diversas verduras ocupaban prácticamente toda la superficie.
—¿Está todo bien?
La pregunta de Sasuke, en un tono bajo para que el resto de los comensales no pudiesen escucharlos, sacó a Sakura de sus cavilaciones.
—Sí —contestó Sakura mirando a Sasuke, y los ojos negros del menor de los Uchiha, que tanto la perturbaban, le devolvieron la mirada como si dudase de que eso fuese completamente cierto—. ¿También has escuchado mi conversación con Shizune? ¿No tienes medida, Sasuke Uchiha? —preguntó Sakura como si aquello la disgustara más de lo que en realidad lo hacía.
Un brillo canalla cruzó por los orbes negros del menor de los Uchiha.
—A pesar de lo que pienses, no ha sido mi intención, pero es difícil no oír lo que dices cuando estás sentada a mi lado.
Sakura asintió de forma reticente, mirándole fijamente cuando Sasuke no dijo nada más y tomó un trozo de carne de la mesa.
—¿Quieres que te corte un poco? —preguntó Sasuke con el cuchillo en la mano y cara de inocente.
Sakura volvió a asentir sin dejar de mirar a Sasuke, ahora con los ojos un poco entrecerrados.
—¿Tengo que empezar a ponerme nervioso? —preguntó el menor de los Uchiha cuando depositó un trozo de carne en el plato de Sakura.
—Tú no te pones nervioso nunca. Jamás he visto a nadie con un temple como el tuyo —replicó Sakura que aún no podía quitarse de la cabeza la imagen de Sasuke sufriendo aquella misma tarde un ataque de asma. Sentir que no puedes respirar, que vas a morir asfixiado, debía ser una experiencia terrible y, sin embargo, el hombre que tenía al lado no parecía afectado por ello.
—Eso no es del todo cierto. Me puse nervioso cuando te vi saltar con tu caballo sobre aquellas piedras, de las que creí que no saldrías viva.
Sakura tragó saliva con cierta dificultad cuando vio la mirada intensa y profunda de Sasuke. Dios, todo lo que contenía y que ella no quería entender, pero que inmutablemente tenía la propiedad de dejarla paralizada y con un nudo en el estómago cada vez que la veía. Y nunca había sido tan poderosa como en ese preciso instante.
Era embriagadora... y única.
Sasuke le sostuvo la mirada por unos segundos antes de desviarla. Cuando volvió a posar los ojos sobre ella, había una calidez hipnotizante en sus ojos, pero la intensidad y la amalgama de emociones que había percibido en ella momentos antes había desaparecido, como si Uchiha se hubiese dado cuenta de que Sakura no estaba preparada aún para todo lo que esa mirada significaba, y con delicadeza, casi con mimo, resguardándola, protegiéndola, la hubiese ocultado hasta un momento más propicio.
Y quizás fue por ser consciente de ese hecho, por la esperanza que sintió brotar en su interior después de tantos años, o por la forma en que Sasuke le había mostrado de nuevo una parte de sí mismo: con naturalidad, con una fuerza y una confianza que ella no podría corresponder jamás, lo que la llevó a hacerle una pregunta que en otro momento ni siquiera se le hubiese pasado por la cabeza realizar.
—¿Crees que soy demasiado orgullosa y egoísta?, ¿tanto como para hacer daño a las personas que me importan?
La mirada de Sasuke se oscureció de pronto y un brillo peligroso destelló en sus orbes negros.
—¿Alguien te ha dicho eso? —preguntó Sasuke achicando un poco los ojos cuando no obtuvo respuesta—. ¿Acaso tú crees que eso es cierto?
Sakura desvió levemente la mirada y tragó saliva antes de volver a mirarle. Sus ojos no parecían tan seguros y desafiantes como solían ser y en ellos se podía entrever un deje de vulnerabilidad.
—No eres ninguna de las dos cosas —afirmó Sasuke en voz baja, con rotundidad y con tanta vehemencia que Sakura sintió que la tensión que se había apoderado de ella a la espera de su respuesta desaparecía lentamente, sin poder apartar la mirada de aquel hombre que parecía más seguro de cómo era ella que la propia Sakura. Aquello la impactó, más de lo que quiso reconocer, porque fue la primera vez que vio a Sasuke perder algo de su autocontrol, de ese que parecía inmutable e inmune a todo y a todos. La primera vez que su sonrisa insolente, relajada e imperturbable, abandonaba sus labios.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? —preguntó la pelirosa tras unos segundos, intentando, sin éxito, distanciarse de todo lo que le provocaban sus ojos, y aunque apretó el puño para que no se notara, las manos le temblaron ligeramente por ello. No podía evitarlo, estaba nerviosa, porque aquella pregunta que para otros podría ser algo trivial, para ella, el verbalizarla era como dar un salto hacia el abismo. Jamás, nunca antes, había compartido con otro ser humano, en voz alta, sus miedos y sus dudas, esas que hacían eco en su mente con asiduidad.
—¿Por dónde quieres que empiece? —preguntó Sasuke con una determinación que hizo flaquear el autocontrol de Sakura—. Podría enumerar muchas razones...
—Dime solo una —pidió con voz ronca y grave.
Sasuke no dudó antes de contestar.
—Arriesgar tu vida para salvar la de otra persona, no importarte lo que pueda suceder ni los perjuicios que ello pueda ocasionarte con tal de evitar que una situación delicada pueda acabar con un derramamiento de sangre como hiciste la otra noche durante la cena, anteponer siempre el bienestar de Shizune al tuyo propio... ¿Sigo? —preguntó Sasuke.
Sakura se quedó mirando fijamente al menor de los Uchiha mientras la mirada de este le decía sin palabras que podría continuar enumerando razones por un buen rato.
Aquello pellizcó el centro de su pecho colmándola de una calidez desconocida.
—¿Eso es lo que hace un amigo?, ¿aliviar y despejar tus dudas? —preguntó Sakura mirándole fijamente.
—Un amigo no te dice lo que deseas oír. Un amigo te dice la verdad, aunque duela escucharla —dijo Sasuke guiñándole un ojo, relajando una conversación que se había tornado cada vez más seria—. Y eso es lo que acabo de hacer, Sakura Katō.
Sakura sonrió abiertamente y sus ojos brillaron provocando nuevamente que la mirada de Sasuke se tornarse oscura e intensa.
—Deberíamos comer algo —dijo finalmente Sasuke—. No sé tú, pero yo tengo bastante hambre —continuó con una risa burlona cuando escuchó el ruido proveniente de las tripas de Sakura, la cual se sonrojó visiblemente antes de chasquear la lengua y dedicarle toda su atención a los alimentos que tenía delante.
Sasuke sonrió de medio lado, consciente de que estaba perdido sin remedio, completamente enamorado de aquella mujer que le hacía soñar con una sonrisa, y vibrar con solo una mirada.
