CAPÍTULO XXIV

La noticia del nacimiento del segundo hijo de Hotaru y Utakata Gekkō, un día después, llenó de alegría a toda la familia Namikaze. El parto se había adelantado, pero el mensajero del clan Gekkō aseguró que tanto la madre como el pequeño estaban bien y que el niño se llamaría Minato, como su abuelo paterno.

Minato Namikaze anunció a todos que al día siguiente se celebraría una cena en honor a su nuevo nieto, en donde habría música y el vino correría sin medida.

Todos pensaron que sería una buena idea, que aquella celebración serviría para distender el ambiente cada vez más enrarecido y qué mejor manera de hacerlo que el celebrar el nacimiento de una nueva vida. Quizás ese pequeño alto en las negociaciones fuese lo que necesitaban para retomarlas más tarde con fuerza y con una mayor flexibilidad, necesaria para que aquella reunión no fuese un fracaso y saliese algo positivo del esfuerzo que estaban haciendo tantos clanes a fin de que la paz se sellase.

Precisamente fue la celebración que se llevaría a cabo al día siguiente lo que provocó que Suzumura y Kinuta acabasen, a pesar del riesgo que esto suponía, en la habitación de este último, de madrugada, reunidos para ultimar su plan.

—¿Crees que Kamiruzu sospecha algo? —preguntó Suzumura nervioso. Kinuta esbozó una sonrisa lobuna sumamente inquietante.

—En absoluto. Ya he hablado con él. No le ha gustado que precipitemos el plan, ni que lo cambiemos de nuevo, pero ha entendido que esta celebración es una oportunidad sin igual para llevar a cabo nuestros fines y ha comprendido sus ventajas. Le hemos ahorrado el que tenga que forzar un enfrentamiento con Shisui. En vez de eso tu sobrino acudirá él solo hacia su tumba. De eso te encargarás tú. Aparte cree que tendrá el honor de ver morir a Itachi Uchiha a manos de los mercenarios —dijo a Mervin Suzumura con un brillo malicioso en los ojos—. Mañana por la noche todo el mundo estará demasiado ebrio y entretenido como para saber qué es lo que ha ocurrido hasta que sea demasiado tarde.

—¿Sigue pensando que mataremos a Nohara por él? —preguntó Suzumura mirándole sin pestañear.

—Sí, por supuesto. El muy estúpido así lo cree —dijo Kinuta con un tono de voz que revelaba lo inferior que le parecía la inteligencia de Cathair—. Se merece que su hijo lo traicione.

Suzumura se pasó una mano por la cabeza hasta llegar a su nuca, donde la dejó por unos segundos, sintiendo los músculos en tensión bajo sus dedos. Había sido difícil durante los últimos meses mantener a Cathair engañado, pensando que era él quien formaba parte de la verdadera alianza cuando en realidad era Farlan, su hijo, quien, junto a Kinuta y Mervin, había sellado el pacto inicial. La falsa alianza con Cathair fue solo un movimiento necesario para llevar a cabo los planes de Kinuta.

—Todavía no sé si podemos fiarnos de Farlan. Si fue capaz de aliarse con nosotros para matar a su propio padre, no creo que dude en traicionarnos si tiene oportunidad.

Kinuta miró a Suzumura con cierta burla bailando en sus pupilas.

—Y lo dice la persona que quiere deshacerse de su sobrino.

Suzumura se removió inquieto en la silla.

—Es un bastardo que intenta arrebatarme mi puesto como jefe del clan Suzumura. Es un hijo de perra —escupió.

—Francamente me dan igual tus motivos, pero es el hijo de tu hermana muerta, la misma a la que acabas de insultar al referirte así a tu sobrino —dijo fríamente Dosu—. Eres igual que el resto de nosotros, Suzumura.

Mervin miró con odio a Kinuta, pero se mordió la lengua a tiempo.

Una pelea entre ellos, un enfrentamiento con Kinuta, ahora que estaban tan cerca de conseguir lo que querían, no era lo más inteligente, así que calló. Si todo salía como Dosu lo había ideado, matarían a Shisui, a Itachi Uchiha y a Cathair Kamiruzu, y cada uno de ellos se desharía de la persona que se interponía en su camino.

Farlan quería ser el nuevo laird del clan Kamiruzu y para eso necesitaba deshacerse de su padre. Kinuta deseaba matar a Itachi Uchiha para saldar una deuda que su progenitor, Zaku Kinuta, tenía con el clan Farqharson y que debía finiquitar si no quería que el fantasma de la traición por los actos pasados de su padre llegase a oídos del rey, y Mervin se desharía de una vez por todas de su sobrino Shisui, que, contra toda lógica, se había ido ganando el respeto de su clan hasta convertirse en un guerrero indispensable entre sus filas y de cuyo talante los ancianos hacían alarde hasta el punto de que algunos de ellos pensasen en él como en el laird que el clan Suzumura necesitaba, por encima de Mervin.

El plan de Dosu era tan retorcido y magistral que, si todo salía bien, todos ellos quedarían fuera de sospecha y la culpa recaería sobre una sola persona, una que al final de la celebración estaría muerta, no pudiendo así demostrar jamás su inocencia, aunque de inocente tuviese poco. Después de eso, cuando aquella reunión acabase, cada uno de ellos volvería a su clan, con la promesa de mantener la alianza viva a fin de desestabilizar a Gunn y Nohara, humillarlos y doblegarlos con su fuerza conjunta, y conseguir por fin los terrenos que ansiaban, saciando así los odios que se habían ido cimentando a través de los años, los enfrentamientos y los derramamientos de sangre que manchaban aún las hojas de sus espadas.

—Puede que sea igual que vosotros, pero aún tengo algo de honor.

—¿Honor? —preguntó Kinuta—. ¿Matando a tu propia sangre? No me hagas reír, Suzumura.

Mervin gruñó por lo bajo, pero no dijo nada, sabía en el fondo que Kinuta tenía razón, aunque se negara a aceptarlo.

—¿Crees que Uchiha acudirá? Y si lo hace, ¿habrá suficientes hombres con Kamiruzu para contener a Itachi Uchiha? —preguntó Suzumura—. Es posible que acuda acompañado. Su hermano puede ser un problema. Y te recuerdo, antes de que me digas que estás seguro, que hasta la fecha todos tus intentos de llevar a cabo nuestros planes han sido frustrados. Shisui no respondió como pensábamos ante los pobres ataques de algunos de los guerreros Kamiruzu. Lo del broche de Cathair en el accidente de Izumi Uchiha para forzar el ataque de Itachi contra él tampoco ha funcionado, ni siquiera que Uchiha sucumbiese a su ira al enterarse de que Shisui lo sabía.

Kinuta asintió lentamente. Reconocía y asumía esos contratiempos como parte de un plan en el que las circunstancias que los rodeaban hacían que fuera prácticamente imposible llevarlo a cabo en su forma original. Había que adaptarse y realizar los cambios necesarios para hacer que fuera posible llevarlo a cabo. Era algo con lo que había contado desde el principio, a pesar de haber sufrido más contratiempos de los que él había esperado en un principio. Sin embargo, había merecido la pena la espera y la frustración soportada, cuando por fin tenían a su alcance la oportunidad perfecta.

—Por supuesto que Itachi Uchiha acudirá. Su orgullo y su vanidad son la perdición de Itachi. Irá solo, y si no lo hace se encontrará con una desagradable sorpresa. Créeme, lo tengo todo pensado. Tú solo tienes que encargarte de que tu sobrino acuda también. Irá directo a su muerte.

Kinuta chasqueó la lengua ante la mirada de Suzumura que parecía albergar todavía ciertas dudas. Dosu sabía con seguridad que Itachi Uchiha acudiría. Estaba seguro de que lo haría, conociendo con qué lo amenazaría Kamiruzu.

—Está bien. ¿Y tú dónde estarás?

La mirada fría, sin vida, que le lanzó Kinuta le hizo sentir a Mervin incómodo por un instante.

—Estaré en el salón, en plena celebración, donde todos puedan verme. Además, es posible que no solo haya que festejar el nacimiento del nieto de Minato Namikaze. Con un poco de suerte, es posible que pueda anunciar mi futuro enlace.

Suzumura frunció el ceño.

—¿Tu enlace con quién?

Kinuta se pasó una mano por el rostro antes de contestar. La sonrisa rasgada, sibilina y llena de ironía que asomó a sus labios fue de todo menos cálida.

—Con la hija mayor de los Katō.

Los ojos de Mervin Suzumura brillaron con apreciación.

—Tengo que reconocer que es una mujer exquisita. Sin embargo, pensaba que su carácter es de los que deja mucho que desear.

—Ya me encargaré yo de que ese carácter sea domado. Es lo que más ansío de llegar a un acuerdo con Henson Katō —rio sin humor Kinuta—. Tener a Sakura en mis manos para hacer con ella lo que me plazca va a ser una delicia.

Ambos hombres rieron por lo bajo por las implicaciones que las palabras de Kinuta conllevaban.

—¿Todavía no has hablado con Katō? ¿Y si él no quiere esa alianza? —preguntó Suzumura.

Dosu miró a Mervin como si este se hubiese vuelto loco. Estaba tan pagado de sí mismo que dicha posibilidad no tenía cabida en su conversación con Katō.

—Él aceptará, que no te quepa duda.

—¿Y si es ella la que no lo desea?

Kinuta soltó una carcajada, que ahora sí, le erizó la piel a Mervin Suzumura.

—¿Desde cuándo una mujer tiene derecho a opinar sobre su futuro? Ella hará lo que se le ordene, como todas, y créeme cuando te digo que, si se resiste, eso solo hará que disfrute más el momento en que la tenga a mi merced, apoyada sobre sus rodillas y dándome placer con la boca. Voy a hacer que esa perra desee no haber nacido.

Izumi se despertó de golpe, con su cuerpo completamente empapado en sudor y el eco de la pesadilla que acababa de sufrir todavía en la mente.

—¿Un mal sueño? —preguntó Itachi con la voz algo ronca.

Izumi, que se había incorporado levemente en la cama, le miró solo un segundo.

—Siento haberte despertado.

A Itachi solo le hizo falta un breve cruce de miradas para saber que lo soñado por Izumi la había afectado sobremanera.

—Ven aquí —dijo Itachi, abriendo los brazos, y Izumi no lo pensó—. Estás temblando, morena —continuó Uchiha cuando la estrechó contra su pecho, y su tono fue más grave, más suave, con un deje de preocupación que Izumi, tras los últimos meses junto a él, había llegado a reconocer.

Posando su cabeza en el torso desnudo de Itachi, escuchó los latidos de su corazón, esos que siempre la hacían sentir segura, que le daban una paz y una tranquilidad infinita.

—Estoy bien —contestó Izumi intentando aparentar que así era, cuando en realidad el sueño que había tenido había sido tan vívido que la angustia aún le atenazaba el pecho y prolongaba el nudo que apretaba su garganta.

Sintió la respiración serena y calmada de Itachi por encima de su cabeza, y bajó la palma de su mano, la misma que tenía apoyada en el estómago de Uchiha, sobre sus músculos, y que provocó que estos se ondularan ligeramente bajo su tacto, deleitándose en la dureza de los mismos, en su forma y en cómo estos se movían ligeramente en cada una de sus inspiraciones, mientras los recorría con sus dedos.

—Vamos a tener un problema si sigues tocándome así —afirmó Itachi, provocando que Izumi sonriera levemente, antes de levantar su rostro y mirarle a los ojos.

—¿Seguro? —preguntó la morena bajando lentamente su mano por el vientre de Itachi, rozando con sus dedos el nacimiento del vello donde la "v" que conformaban sus perfilados músculos de su bajo vientre daba paso a una parte de su cuerpo donde el deseo era más que visible.

Izumi disfrutó escuchando cómo la respiración de Itachi se volvía errática, acelerada, consciente de lo que su tacto provocaba en él, cuando Uchiha acunó su mejilla con la palma de su mano y acarició su piel con el pulgar, lentamente, tomándose su tiempo como si ese gesto fuese vital y necesario, tanto como respirar... y Izumi cerró los ojos sintiendo que con solo ese leve roce Itachi sería capaz de volverla loca...

Cuando lo sintió acercarse a ella, como si el tiempo no fuese importante, como si cada segundo que lo acercaba a ella fuese el más valioso, Izumi abrió de nuevo los ojos para perderse en los orbes oscuros de Itachi, unos ojos que la miraban oscurecidos por el deseo y una necesidad tan visceral que la atravesó por completo, expresión de un amor sin medida que le quemaba la piel y embriagaba sus sentidos.

Izumi gimió cuando Uchiha capturó sus labios entre los suyos y saqueó su interior con delirante lentitud y devoción, y cuando quiso darse cuenta, estaba sentada a horcajadas sobre él, con el deseo a punto de devorarlos a los dos.

Izumi rompió el beso suavemente, y escondió su rostro en el cuello de Itachi.

—Prométeme que, si alguno debe dejar este mundo antes que el otro, seré yo quien lo haga. Prométemelo —rogó Izumi en un susurro.

Sabía que estaba siendo irracional, sabía que Itachi no podía prometerle en verdad algo así, pero en ese momento, en ese instante, necesitaba escucharlo de sus labios, porque las imágenes de lo que había soñado, de Itachi cubierto de sangre, de su rostro rígido y su piel fría aún, le hacían desear vaciar su estómago de lo poco que había tomado en la cena. Imágenes que la estaban volviendo loca pero que habían tomado el control de su mente desde que se despertara bañada en sudor y con un peso demoledor sobre el pecho.

Confiaba en Itachi más que en nadie en el mundo, pero sabía que la vida a veces no era justa, daba zarpazos en la oscuridad, y te arrebataba sin aviso, en un solo instante, lo más preciado, dejándote vacío, hueco, para que siguieses respirando en un mundo en el que el dolor y la agonía se convertían en tu día a día. Y ella no iba a dejar que nadie le arrebatase a Itachi, aunque tuviese que luchar contra la misma muerte para robárselo de sus brazos.

—Morena... —dijo Itachi suavemente cuando intentó separarla de él, lo justo para poder mirarla a los ojos, pero Izumi apretó los brazos alrededor de su cuello, su pecho unido a su torso, piel con piel, y su cara enterrada en su pelo.

—Izumi..., mírame... —pidió Itachi, y esta vez el nombre de su esposa fue seda entre sus labios.

Izumi tembló sabiendo que no podía esconderse de él, como Uchiha no podía esconderse de ella. Habían llegado a conocerse de tal manera en los meses que llevaban casados que a veces tenía la sensación de ser uno solo. Su conexión era tan profunda que solo una mirada podía hacerles trizas, justo antes de tocar el cielo con los dedos.

Izumi deslizó lentamente los brazos desenredándolos del cuerpo de su esposo, alejándose lo justo como para poder mirar sus orbes negros, pero sin renunciar al toque de su piel.

Observó a Itachi escrutarla con su mirada, sus ojos oscureciéndose en un segundo, un pozo en el que se ahogaría sin dudar.

—Un día dijiste que era tuyo —dijo Itachi, y Izumi solo pudo asentir levemente ante los recuerdos que esa frase le evocó—. Siempre he sido tuyo, morena, y siempre lo seré. Tuyo para amarte, para enlazar mi mano con la tuya, para compartir mi vida y entregártela si me la pides; pero esa promesa, esa que me exiges, no puedo hacértela. Solo puedo jurarte que no rendiré mi último aliento fácilmente porque siempre lucharé por estar un segundo más a tu lado.

Una lágrima surcó la mejilla de Izumi, que tragó saliva antes de mover sus caderas y elevarlas lo suficiente para enterrar a Itachi en sus entrañas, lentamente. Un gemido visceral salió de los labios de ambos, desbordados, antes de que Uchiha pusiese sus manos sobre la cintura de su esposa.

—Me estás matando, morena... —dijo Itachi entre dientes, ejerciendo una leve presión para que Izumi no pudiese mover las caderas, sin dejar de mirarla, fijamente. Y Izumi supo lo que le estaba pidiendo, porque entre ellos no había lugar para engaños, omisiones u olvidos. Itachi siempre fue a ella con esa brutal sinceridad que marcaba cada uno de sus pasos, con esa honestidad descarnada que algunos describían como orgullo y frialdad. El lado más oscuro del lobo solitario. Sin embargo, ella amaba esa parte más que a nada en el mundo porque ese era Itachi.

—Ese juramento me basta —dijo Izumi a escasos centímetros de su boca, tan cerca que Uchiha pudo paladear cada palabra salida de sus labios, con la caricia de su aliento.

Y entonces sí, entonces Itachi se rindió a su morena, perdiéndose en su interior una y otra vez, al ritmo que marcó su esposa, entregándole hasta el alma.