CAPÍTULO XXV

Sakura cerró la puerta tras ella sin sospechar qué era lo que le esperaba.

Esa mañana, tras pasar un rato junto a Shizune, Izumi y Hanare, mientras ayudaban a esta última con los gemelos, uno de los hombres de su padre le había pedido que acudiese a la sala grande, la cual era, después del gran salón, la estancia más espaciosa del castillo, utilizada por los Namikaze para reuniones más pequeñas.

Terminada la de esa mañana, su padre había permanecido en la misma a la espera de que ella llegase.

Cuando Sakura entró, lo primero que hizo fue buscar con la mirada a su padre. Este se encontraba al fondo de la sala, donde una mesa de madera de proporciones generosas y varios bancos situados a ambos lados de la misma habían albergado un rato antes a varios de los highlanders que durante aquellos días intentaban solventar sus diferencias bajo la hospitalidad del clan Namikaze.

—Te has hecho de esperar —y esa voz hizo que Sakura se tensara.

Buscó por la sala a la persona de la que provenía, apartando por un momento los ojos de su padre para posarlos finalmente sobre su tía abuela Skena, que, separada de él por la gran mesa, no se encontraba sola.

Su estómago se cerró en un apretado nudo cuando se dio cuenta de la identidad del hombre que la acompañaba: Dosu Kinuta. Su mente empezó a divagar a una velocidad vertiginosa, elucubrando el motivo que justificaba la presencia de ambos allí, y las posibles respuestas a las que su mente llegó la pusieron enferma. Por eso cuando su padre comenzó a hablar, el corazón de Sakura se desbocó y su respiración se volvió errática.

Utilizando el bagaje que todos sus años de autocontrol y de autodisciplina le otorgaron, Sakura consiguió que externamente, en su postura, en su rostro y en sus movimientos, no se observara rastro de alteración alguna, aun cuando lo único cierto era que estar en aquel lugar, en la compañía de dos de las personas que más detestaba en el mundo, la había dejado sin aliento. Sakura sabía que no podía mostrarse débil ante ellos, que debía mantener la calma y seguir fingiendo que aquella situación no la alteraba, porque tanto Dosu como Skena eran de los que olían el miedo y la duda, y si los percibían en ella, irremediablemente quedaría a su merced.

La hija mayor de laird Katō achicó un poco los ojos, y su rostro se tensó al observar una pequeña sonrisa de suficiencia en los labios de Dosu Kinuta que, junto a la cara de satisfacción de Skena, no presagiaban nada bueno.

—Les dejo a solas para que tomen una decisión. Confío en que sea la adecuada —dijo Dosu antes de despedirse de Skena y Henson Katō con un gesto cortés. En su camino hacia la puerta se acercó lo suficiente a Sakura como para dejar su veneno.

—Siempre supe que llegaría este momento. Solo espero que esta vez hagas caso a tu padre —dijo Kinua, mirándola de tal forma que a Sakura se le revolvió el estómago.

Cuando Dosu abandonó la estancia, la pelirosa dirigió su mirada a su padre sin demora.

—¿Padre...? —preguntó, mirando a su progenitor, intentando obviar el anterior comentario de Dosu y obligándose a no pensar en las posibles implicaciones que podían conllevar sus palabras, ignorando la presencia de su tía Skena, a la que no le dirigió ni una sola mirada. Lo hizo consciente de que su padre condenaría ese comportamiento, pero a Sakura le resultaba cada vez más difícil no demostrar el desagrado que le causaba la presencia de ciertas personas y la forma en la que todos, durante toda su vida, habían intentado dominarla y manipularla, obligándola a hacer su voluntad, llegando incluso a imponerse sobre ella. Resultaba extraño que, después de tantos años de fingir, fuese en los últimos días cuando más difícil se le estaba haciendo aparentar que entre lo que sentía y lo que expresaba a los demás no había un abismo. Cada vez le era más costoso ser quien no era, sujetar a sus demonios y fingir incluso ante sí misma. Y sabía a qué se debía. Sabía quién era el culpable de despertar en ella esa necesidad de sentir y la capacidad de rebelarse para alcanzarlo. El maldito Sasuke Uchiha.

La fina línea en la que se convirtieron los labios de su padre y su ceño ligeramente fruncido le dijeron todo lo que necesitaba saber: que lo que iba a contarle no sería de su agrado.

Eso la puso aún más nerviosa, donde el silencio prolongado de su padre, callando y alargando el momento de forma cruel, solo consiguió hacer trizas sus nervios.

Antes de decir una maldita palabra, Henson Katō se limitó a apoyarse en el borde de la mesa, cruzó sus brazos por delante del pecho y la miró con determinación, rebosando sus ojos un desagrado más que latente. Esa mirada, la misma que le dirigía desde hacía años, se había agravado en los últimos tiempos hasta rozar lo doloroso. Y, aunque Sakura había dejado tiempo atrás de esperar un gesto de afecto por parte de Henson Katō, la punzada en el centro del pecho que le produjo recibir su decepción fue un recordatorio permanente de que nunca sería suficiente buena para él, de que para su progenitor, Sakura dejó, mucho tiempo atrás, de ser su hija, convirtiéndose solo en un escollo del que intentar desprenderse.

—Te he mandado llamar porque tengo algo que comunicarte —comenzó Henson con excesiva lentitud, como si esa cadencia al hablar fuese necesaria para que ella entendiera bien lo que iba a decirle a continuación—. El hijo de laird Kinuta, Dosu, me ha comunicado su interés en forjar un enlace entre su clan y el nuestro, a través de un matrimonio. Más concretamente, su matrimonio contigo.

Sakura sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Eso no podía estar pasando, imposible, no de nuevo. Ya había estado prometida a él y ese compromiso se había roto hacía años. De ninguna manera iba a terminar casándose con un hombre como Dosu Kinuta.

—No —espetó Sakura de forma rotunda con un aplomo que sorprendió incluso a Henson Katō.

—No te estoy pidiendo tu parecer ni tu consentimiento, Sakura. No te equivoques —exclamó laird Katō de forma autoritaria.

—Siempre te dije que debías disciplinarla más de lo que lo has hecho, Henson. Si hubiese estado a mi cargo sabría cuál es su deber como mujer y como hija del laird del clan Katō —dijo Skena con claro desprecio, acercándose a ellos y poniéndose al lado de Henson.

Laird Katō miró a Skena con una furia controlada, una mirada que encontró en la de ella frialdad y suma prepotencia, la misma que, a pesar de todo, se impuso finalmente a la de Henson.

—Sabes que lo que digo es cierto. Esta niña solo ha sabido avergonzar a tu clan y humillarte a ti. Deberías haberla hecho entrar en razón a golpes. A los perros hay que disciplinarlos para que te obedezcan.

—No es un perro, Skena, es mi hija —dijo Henson Katō contrariado.

—Una hija que solo te ha traído desgracia —contestó la esposa de laird Gunn, y Henson calló desviando la mirada. Un gesto que le dolió a Sakura como no imaginó que todavía fuese posible.

—No entiendo el porqué de esta alianza. No es beneficiosa para nuestro clan, ahora no. No sé el motivo de considerar la posibilidad de...

—¡Cállate! —bramó Henson, como si estuviese cansado de aquella conversación. Sakura sabía que sería imposible razonar con su padre y más cuando se encontraba en aquel estado.

—El porqué no es asunto tuyo. Solo tienes que hacer lo que te diga y casarte con quien te ordene.

Sakura sintió una furia ciega consumirla desde dentro. No iba a dejar que nadie la controlase. No podía. Antes se quitaría la vida, porque solo pensar en que estaría bajo los designios de Dosu Kinuta le provocaba ganas de saltar al abismo y acabar de una vez con todo. No podría soportar que ese hombre la tocara, que hiciese con ella lo que quisiese sin importar sus deseos.

La mirada que tenía Dosu le recordaba a otra... una que la acosaba todavía en las noches y le seguía provocando pesadillas. Una que la despertaba con el corazón desbocado y con las náuseas en la boca del estómago. Que la dejaba sin poder dormir y la llenaba de sombras. Los ojos de Dosu eran los mismos que los de Shira y no porque fuesen del mismo color sino porque ambos tenían la misma mirada fría, desprovista de juicio, desprovista de humanidad, en donde se vislumbraba el placer que les otorgaba el provocar el dolor en otros.

—No me casaré con él y no hay nada que puedas hacer para obligarme a ello. Ya no —dijo Sakura, consciente de que durante muchos años Shizune había sido una forma, por parte de su padre, de manipularla, y de la que ahora este ya no podía hacer uso.

El bofetón que recibió y que la derribó al suelo no lo vio venir. Se puso en pie de inmediato, con los dedos en la mejilla donde estaba segura luciría la marca provocada por la mano de su padre. Le dolía la cabeza y el lateral de la cara como si fuese a estallarle.

—Deberías haber hecho eso hace mucho tiempo, Henson, pero me alegro de que por fin le hayas dado lo que se merece —escupió Skena con satisfacción a Katō, antes de desviar sus ojos hacia su sobrina nieta.

Henson, totalmente centrado en Sakura, no contestó a ese comentario.

—Todavía no está decidido, pero si acepto la oferta de Kinuta, te casarás con él aunque sea lo último que haga, ¿me has oído? —continuó Henson dirigiéndose a su hija.

Sakura sabía que aquello era una equivocación, que acercarse a su padre, con la barbilla levantada y la mirada desafiante era un suicidio, pero no iba a dejar que la doblegase. Tendría que golpearla hasta acabar con ella y aun así moriría con el no en la boca.

—Pues será lo último que hagas, y yo también, porque solo muerta conseguirás que me case con él —dijo Sakura entre dientes, y esta vez tensionó su cuerpo cuando su padre le cruzó la otra mejilla. Trastabilló hacia atrás, pero consiguió mantenerse en pie. Sintió la sangre en la comisura de su boca antes de que sus dedos, por inercia, fueran hasta allí y se impregnaran con el líquido rojo.

—Si así lo decido te casarás con él, aunque tenga que atarte y arrastrarte. Piénsalo bien, Sakura, porque puedo convertir tu vida en un infierno. Y ahora, ¡lárgate! No quiero verte más por hoy. Solo tu presencia me repugna —escupió con furia Henson Katō, y Sakura, apretando los dientes, temblando de rabia, de dolor y desesperación, dio media vuelta y salió corriendo de allí.

La reunión de esa mañana había sido distinta, porque por primera vez pareció haber un acercamiento en las posturas de los clanes. Por lo menos Kamiruzu y Kinuta, los más reacios a llegar a un acuerdo, habían estado más receptivos respecto a los argumentos de Nohara, Gunn y el propio Suzumura, el cual había estado más conciliador que nunca. La única nota discordante fue la salida de tono de Kamiruzu tras un comentario de Itachi, al que Minato Namikaze tuvo que poner freno, señalando a Kamiruzu que aquella era su casa, y que no iba a dejar que nadie bajo su techo se comportase de tal forma, impropia de un highlander. Los ojos llenos de furia de Kamiruzu hicieron dudar al resto, que durante un instante temieron que este perdiese el juicio y que, llevado por un impulso, retase al mismísimo laird Namikaze; sin embargo, Kamiruzu sorprendió a todos callando ante las palabras de Minato, unas que resonaron en las paredes de piedra como si fuesen una pesada losa, y que dejó la estancia en completo silencio.

Tras la reunión, varios de los highlanders fueron de caza y otros al lago, dado el ambiente más distendido que impregnaba las horas previas a la celebración que Minato Namikaze tenía prevista para esa noche. Otros, como Sasuke, Itachi y Kakashi, permanecieron dentro del castillo.

Los tres, tras acabar las negociaciones por ese día, acudieron a las habitaciones de Hanare, en donde Izumi, Shizune y Sakura llevaban toda la mañana ayudando a la esposa de Hatake con los gemelos. La pobre Nesha había amanecido indispuesta del estómago y guardaba cama por orden de Hanare, la cual le recomendó descanso y una infusión que ella misma le preparó.

Kakashi se quedó con ellas cuando el pequeño Itachi no quiso dejar sus brazos; sin embargo, Sasuke y Itachi decidieron buscar a Henson Katō y hablar con él cuando Izumi les comentó que uno de los highlander perteneciente al clan Katō se había presentado allí, momentos antes, en busca de Sakura, solicitando que esta le acompañase por requerimiento de su padre.

Eso puso en alerta a Sasuke que, preocupado por que Kinuta hubiese decidido apresurar su proposición de matrimonio hablando con Henson, no dudó en salir de la habitación al instante, no sin antes cruzar una mirada con Itachi, suficiente para saber que ambos pensaban lo mismo.

Sasuke bajó las escaleras maldiciendo por lo bajo por no haber previsto aquel temprano movimiento por parte de Kinuta y apreciando que Itachi le acompañase, por si debía reforzar su proposición y darle mayor solemnidad con la presencia del jefe del clan Uchiha.

Cuando ambos encararon el pasillo que llevaba a la entrada principal, la puerta de la gran sala se abrió y de ella salió Sakura, tan deprisa que Sasuke apenas tuvo tiempo de verla. Cuando la pelirosa echó a correr, el menor de los Uchiha miró a su hermano.

—Itachi... —exclamó sin necesidad de decir nada más, antes de salir de forma apresurada tras ella.

Itachi asintió, dirigiéndose acto seguido al interior de la estancia donde imaginaba que aún se encontraría Henson Katō.

Fuera como fuese, no iba a salir de allí sin sellar la seguridad de Sakura y la felicidad de su hermano Sasuke.