CAPÍTULO XXVI

Itachi entró en la estancia y encontró a Henson Katō junto a Skena Gunn.

Katō, por su parte, no tardó en percatarse de su presencia cuando dejó de prestar atención a los cuchicheos que entre dientes le susurraba la esposa de laird Gunn, y le miró fijamente, envaneciéndose como si intentase ser más alto de lo que en realidad era.

—Uchiha —dijo Henson Katō con voz cansada.

—Katō —contestó Itachi, y la mirada que le dirigió Skena, cargada de engreimiento, provocó que Uchiha esbozara una pequeña sonrisa. Estaba claro que a la esposa de Gunn no le agradaba ni él ni aquella interrupción.

—Ahora no es un buen momento, sea lo que sea que necesites —se excusó Henson.

—Pues va a ser una pena porque no vamos a retrasar esta conversación —contestó Itachi. Su postura indolente, desafiante, fue suficiente para que Henson titubeara y finalmente asintiera, a pesar de lo poco inclinado que parecía a ello y del claro desagrado que mostró Skena Gunn ante las palabras de Itachi.

—A solas —exigió Uchiha, lentamente.

En la cara de Skena, sus facciones se endurecieron al instante y su mirada se llenó de desprecio y prepotencia.

—No voy a...

Sus palabras murieron cuando la voz de Henson Katō resonó clara en la estancia.

—Skena, déjanos..., por favor —finalizó Henson cuando los ojos inyectados en sangre de la esposa de laird Gunn le miraron con resentimiento y desaprobación.

—Está bien —concedió Skena entre dientes, antes de dirigir una última mirada, fría y desagradable, a Bruce Gordon, de camino a la salida.

Esa mirada fue un tremendo error, y Skena fue consciente de ello cuando la que le devolvió el lobo solitario, fría y afilada como la hoja de un cuchillo, la atravesó sin piedad. Ella nunca había temido a nada, hacía tiempo que su posición le otorgaba las ventajas de saberse prácticamente intocable, y, sin embargo, aquel hombre, aquel salvaje, había conseguido ponerla nerviosa.

Cuando la puerta se cerró tras su marcha, Henson miró de nuevo a Uchiha.

—¿De qué quieres hablar?

Itachi se acercó unos pasos más, acortando así la distancia entre ambos.

—Del compromiso entre mi hermano Sasuke y tu hija Sakura.

La expresión de Katō cambió al instante. De sorpresa a incredulidad, terminando con una clara confusión.

—¿De qué estás hablando? Acabo de comunicarle a Sakura que Dosu Kinuta quiere una alianza con nuestro clan a través de su matrimonio con ella. No sé nada de un compromiso previo entre mi hija y tu hermano —afirmó Henson confuso—. Sakura se ha negado de forma tajante a considerar la propuesta de Kinuta. ¿Su reticencia se debe quizás a ello? Porque desde ahora quiero dejar claro que lo que desee mi hija carece de importancia. Ella se casará con quien yo le diga. Sus deseos son irrelevantes —finalizó Katō.

—¿Lo que ella desee es irrelevante? —preguntó Itachi con frialdad.

Katō apretó los dientes antes de hablar.

—Es mi hija y por eso hará lo que yo le ordene, lo que decida que conviene para nuestro clan.

Los ojos de Itachi se oscurecieron y su mirada se tornó dura.

—Si lo que te importa a la hora de tomar una decisión es el bien de tu clan, entonces, te aconsejo que declines la proposición de Kinuta y aceptes la de Sasuke.

Los ojos de Katō refulgieron con intensidad.

—¿Por qué? ¿Por qué debería hacerlo? Nada me obliga, a no ser que haya algún motivo de peso para ello... —dijo Katō callando de pronto, mirando a Itachi con furia, como si de repente hubiese comprendido algo—. ¡Si Sasuke ha osado tocar a Sakura... si se ha atrevido, entonces juro por Dios que la mato y que a él...!

Katō no pudo terminar la frase porque Itachi acortó el espacio que quedaba entre los dos, posicionándose tan cerca de Katō que este tuvo que inclinar ligeramente la cabeza hacia arriba para poder mirarle a los ojos, percatándose de que con su arrebato había despertado a la bestia.

—Si dices una palabra más... no habrá alianza posible que te salve de mí —siseó Uchiha, y Katō dio un paso atrás con la cara demudada—. Sakura y Sasuke se prometieron en secreto hace unos días —continuó Itachi—. Ellos desean casarse y yo deseo la felicidad de mi hermano. Y créeme si te digo que te conviene aceptar, porque si obligas a tu hija a casarse con quien no desea, si no apruebas este compromiso, arrasaré tu clan hasta que quede solo tierra y cenizas, y me encargaré personalmente de que tú caigas el primero. Así de beneficioso es este compromiso para tu clan, ya que de él depende su supervivencia —sentenció Itachi inmisericorde—. Piénsalo bien, Katō.

Itachi dio media vuelta dejando a Henson sin palabras, dirigiéndose lentamente hasta la salida. Sus pasos se detuvieron cuando la voz de Katō, algo titubeante, resonó en la estancia.

—Está bien, Uchiha. Si así lo desean, aceptaré ese compromiso.

Itachi ni siquiera se volvió antes de contestar.

—Sabia decisión.

Sasuke siguió a Sakura hasta el exterior.

Durante un momento la perdió de vista, el suficiente para que tuviese que pararse en mitad de la explanada y ojear a su alrededor.

No tuvo que decidir qué dirección seguir cuando, un instante después, la vio salir a galope del establo en su caballo, sin prestar atención a nada. Su semblante, ese que pudo ver por unos segundos, le habló de sufrimiento, de desesperación, y Sasuke no perdió el tiempo.

Corrió hacia el establo, cogió su montura y salió tras ella como alma que lleva el diablo. La dirección que había tomado era la que llevaba hasta el lago, así que no miró atrás, espoleó a su caballo y galopó sin descanso hasta que distinguió las aguas a lo lejos y una silueta cerca de ellas. Era Titán, el caballo de Sakura, pero ¿dónde demonios estaba ella?

Y entonces la vio, a los pies del lago, adentrándose en sus aguas.

Sasuke sintió la sangre congelarse en sus venas. Apretó aún más las riendas de su caballo, desesperado por llegar a su lado. Gritó su nombre cuando, a escasos metros, vio desaparecer la cabellera rosa bajo el agua. Saltó desesperado de su montura y corrió el corto espacio que lo separaba de la orilla, hundiéndose después en las gélidas aguas mientras rogaba por llegar a tiempo.

Nadó veloz hasta el punto exacto en el que la vio desaparecer y volvió a hundirse intentando no volverse loco cuando no la encontró. Aguantó bajo el agua hasta que su pecho ardió y tuvo que impulsarse hacia la superficie a fin de tomar aire para sumergirse de nuevo y seguir buscándola.

La tercera vez que emergió a la superficie vio el cuerpo de Sakura, flotando bocabajo, a unos metros hacia su derecha. Nadó para llegar hasta él, con mayor presteza de lo que lo había hecho en su vida. La parte superior de la espalda de Sakura y su pelo eran lo único visible cuando la alcanzó, con los brazos extendidos a ambos lados de su cuerpo en forma de cruz y la cabeza totalmente sumergida. Por Dios, ¿cuánto tiempo llevaba así?

No dudó, no pensó, simplemente reaccionó. Él mejor que nadie sabía que el tiempo era esencial. Con presteza y desesperación, la tomó por la cintura y empezó a arrastrarla hacia la orilla. Si no hubiese estado tan alterado quizás hubiese sido capaz de sentir que el cuerpo que él intentaba sacar del agua se resistía, ejerciendo fuerza para que lo soltasen.

No fue hasta que llegó a la orilla y el agua apenas le cubrió cuando fue consciente de que el cuerpo de Sakura, que debería permanecer laxo entre sus brazos, se movía con fuerza.

—¡Suéltame! —exclamó Sakura mientras tosía algo de agua.

—No voy a soltarte, maldita sea —siseó entre dientes Sasuke con un tono demasiado duro y lacerante, que contrastaba totalmente con el alivio y la alegría que sentía al saber que ella estaba bien, que seguía respirando—. ¡Intentabas ahogarte! —exclamó con un rugido.

Sakura se quedó inmóvil por un momento y su tez pálida perdió aún más color. Sus ojos refulgieron casi rozando la ira y sus manos, que temblaban visiblemente, se cerraron en dos puños como si quisiese contener lo imparable.

—¡No quería matarme! —espetó furiosa Sakura, como si estuviera masticando cada sílaba, empujando con todas sus fuerzas a Sasuke y consiguiendo que este finalmente la soltase cuando el menor de los Uchiha aflojó su agarre al observar el dolor y la desesperación que destilaban los ojos de la pelirosa.

—¿Y, entonces, qué demonios estabas haciendo? —preguntó Sasuke, acercándose de nuevo a ella, con los pies todavía enterrados bajo el agua.

Sakura negó con la cabeza, se dio la vuelta y salió del lago con determinación, con Sasuke tras ella, siguiendo sus pasos de cerca, llamándola repetidamente, con un tono de voz exigente y preocupado, mientras ella lo ignoraba como si él no existiese.

—¡Para! —exclamó Sasuke, acelerando el paso hasta que estuvo de nuevo junto a ella, cogiéndola del brazo.

El menor de los Uchiha solo rozó su piel y Sakura se revolvió como una furia, zafándose de sus dedos como si estos la hubiesen quemado.

—¡No vuelvas a tocarme! —gritó Sakura, y Sasuke frunció el ceño, percatándose de que no solo las manos de la pelirosa temblaban. Toda ella se sacudía como si no pudiese evitarlo. Sasuke maldijo en voz baja y levantó las suyas para que las viera, intentando que se calmara lo suficiente como para que le dejase acercarse a ella.

Solo había que ver su rostro, sus ojos desesperados y velados por el dolor, para comprender que el estado en el que se encontraba no era solo debido al frío provocado por hundirse en las gélidas aguas del lago, sino a algo contra lo que Sakura parecía estar luchando en aquel instante, aunque las ropas empapadas que se pegaban a su cuerpo tampoco ayudaban.

—No voy a tocarte, ni siquiera me acercaré si así lo deseas, pero ¿qué hacías metida en el lago, hundiéndote bajo sus aguas, vestida? —preguntó Sasuke, viendo cómo la expresión de Sakura se tornaba cautelosa, perdida, como si de repente se sintiese acorralada—. Te he visto salir corriendo de la sala grande —continuó con voz más suave—. Sé lo que tu padre te ha dicho, sé que Kinuta le ha propuesto una alianza entre ambos clanes, a través de un matrimonio contigo —finalizó Sasuke, parándose en seco cuando los ojos de Sakura rebosaron de pánico al escucharle decir lo último.

—No voy a casarme con él, no voy a hacerlo —dijo la pelirosa, y Sasuke sintió que algo se estrujaba bajo su pecho cuando escuchó la voz de Sakura quebrarse.

El menor de los Uchiha se acercó un paso más hacia ella, sin dejar de mirarla a los ojos.

—Y no tendrás que hacerlo —dijo el menor de los Uchiha con voz grave.

Sakura lo miró y Sasuke comprendió que ella no le creía.

—¿Qué hacías metida en el lago? —preguntó de nuevo.

Sakura desvió sus ojos de él, solo un momento, y miró de nuevo a las gélidas aguas.

No sabía qué había pretendido hundiéndose en ellas.

Cuando salió corriendo de la sala grande, solo había querido alejarse de allí. De lo siguiente que fue consciente fue de montar a Titán, salir del establo y galopar a lomos de su caballo intentando desaparecer. No lo logró por mucho que se distanció, por mucho que intentó que la presión que sufría en el pecho se fuera. Lejos de conseguirlo, la sensación se incrementó, cada vez más, y con cada inspiración se hizo más insoportable hasta que le impidió respirar. Ese fue el momento en el que vio el lago, y algo dentro de ella la impulsó a ir hacia él, convencida de que esa angustia, esa locura que la estaba abrasando, la desesperación y el desasosiego desaparecerían si se sumergía en él. Que la frialdad de las aguas conseguirían detenerlo.

Solo cuando estuvo hundida en ellas, y su cabeza bajo el agua, se dio cuenta de que por más que corriera, por más que lo intentase, aquella sensación no desaparecería. Y ese fue el momento en el que, por un segundo, solo por un instante, deseó dejar de pelear. Un instante eterno que pasó fugaz, cuando comprendió que no podría hacerlo. Cuando supo que no podría rendirse a pesar de estar demasiado cansada, demasiado rota... y de tener quebrada el alma.

—No intentaba matarme, solo quería parar, solo quería poder respirar... porque... porque no puedo más —dijo Sakura, cuyos hombros empezaron a temblar descontroladamente, ahogando un sollozo. Su respiración se volvió irregular, demasiado rápida y algunos resuellos empezaron a sonar tan fuertes que de seguir así tardaría poco en perder el conocimiento.

—Déjame que me acerque, Sakura. Por favor —rogó Sasuke con fiereza—. Di una sola palabra y estaré a tu lado.

La pelirosa le miró y lo que vio en sus ojos, la tormenta que se fraguaba en ellos, la desesperación, la preocupación que apenas podían contener la hicieron asentir levemente con la cabeza.

—Sí... —dijo en apenas un susurro, pero que fue suficiente para que Sasuke salvara la distancia entre los dos y la rodeara con sus brazos. Ese fue el instante en que ella se quebró, en que todo lo que había estado conteniendo durante años se desbordó, haciéndola añicos.

—No puedo Sasuke, no puedo, no puedo... —sollozó Sakura con un llanto silencioso que desgarró al menor de los Uchiha por dentro. Aquella reacción, aquella angustia, no podía haberla desencadenado solo la propuesta de matrimonio. Sasuke podía sentir que tras ella había más, mucho más.

El menor de los Uchiha la apretó contra su pecho, como si así pudiese protegerla de la tormenta que se había desatado en su interior.

—No tendrás que casarte con él, no lo harás, tranquila —le susurro Sasuke al oído, sosteniéndola cuando las piernas de la pelirosa fallaron.

El menor de los Uchiha pasó su mano bajo los muslos de Sakura y la tomó en brazos, acunándola entre ellos, acercándose después lentamente hasta su caballo. La pelirosa ante ese último movimiento se tensó, temblando con más fuerza, si es que eso era posible.

—Shh... No vamos a volver, solo quiero coger una manta. Estás helada —explicó Sasuke con dulzura, antes de tomar la prenda que llevaba en su montura. Una vez que la tuvo, intentó que Sakura comprendiera que debía quitarse el vestido, antes de envolverla con ella. El hecho de que, de repente, no discutiera, no se negase, con la mirada vacía, con los brazos laxos, hizo que la furia le devorase las entrañas. ¿Quién le había hecho tanto daño? Lo mataría, se juró a sí mismo, mientras la ayudaba a deshacerse del vestido dejándola sola con una camisola, envolviéndola rápidamente con la manta. Después se sentó al pie de unas rocas, con Sakura en su regazo, para resguardarse del viento que soplaba cada vez con más fuerza.

La respiración de Sakura seguía errática, y su corazón desbocado, algo de lo que Sasuke pudo dar fe al sentir los latidos bajo la palma de su mano, la misma que estaba posada en la espalda de la pelirosa y dibujaba pequeños círculos en ella.

—Dime qué pasa, Sakura... Habla conmigo, por favor... —rogó Sasuke con voz ronca.

Pareció pasar toda una vida antes de que la oyese hablar. Fue tan bajo que al principio Sasuke pensó que se lo había imaginado.

—Shira Kinuta me violó cuando tenía doce años y... yo lo maté —confesó Sakura en un susurro.