CAPÍTULO XXIX

Shisui Suzumura esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos. Era una sonrisa forzada, en su interior incluso la sintió grotesca, pero el momento lo requería.

La cena estaba en su cenit. Todos los comensales parecían más relajados que en ninguna otra de las noches anteriores. Quizás fuese por el ambiente festivo que reinaba en aquella velada. El vino era más abundante, las risas se dejaban escuchar, más audaces, más espontáneas y sinceras, mezclándose con la música que desde el inicio resonaba entre aquellas paredes de piedra. Ahora más tenue y contenida, pero que, sin duda, en breve sería una de las protagonistas de la noche, a tenor del espacio, en el fondo de la estancia, más despejado que en otras ocasiones, en donde las mesas de aquel rincón habían sido ubicadas más hacia los extremos para dejar espacio, a fin de que los más desinhibidos se lanzaran a ejecutar algún baile al son de las piezas que estaba seguro ganarían en vigor en cuanto las viandas fueran abandonadas y el vino siguiera regando las copas de los presentes.

Shisui miró de nuevo a los invitados de Namikaze que llevaban días bajo su techo y prestó más atención a aquellos con los que compartía mesa esa noche. Él estaba en uno de los extremos y su tío Mervin se sentaba junto a él. Enfrente se encontraba Farlan Kamiruzu junto a dos de sus hombres. También Coburn Nohara y su hijo Hasson a la izquierda de Farlan, y en el otro extremo pudo distinguir la expresión ceñuda de Skena y Edwin Gunn, junto a Hanare, Shizune e Yamato Hatake.

Shisui era un experto en camuflar sus emociones, dueño de un autocontrol envidiable. Había aprendido a sobrevivir de la peor manera, a base de golpes, en un mundo hostil donde o te convertías en un superviviente o te despedazaban.

Años en el seno de un clan donde siempre lo habían tratado como un extraño, donde, después de la muerte de su abuelo y su madre, había tenido que endurecerse para no acabar aplastado, le habían servido para reforzar aún más su determinación, endurecer su carácter y disciplinarse hasta tal punto de trabajar, entrenarse y prepararse más horas y con más ahínco que cualquier otro highlander perteneciente a su clan, porque, a pesar de todo, a pesar de no deberle nada a nadie, aquel seguía siendo el clan de su abuelo, de su madre... y, por la memoria de ellos, por el futuro y la seguridad de aquellos miembros del clan que le tendieron en algún momento su mano, iba a luchar con uñas y dientes. No iba a dejar que Mervin y sus primos acabaran con el legado de sus antepasados y con el futuro del clan; no, si podía evitarlo. Los Sauzumura no tenían que sufrir las consecuencias de los actos de un hombre inseguro, ávido de poder y cuyos escrúpulos estaban condicionados a lo que podía obtener. Y, desde luego, ahora más que nunca, no iba a dejar que hicieran daño a...

Sus pensamientos quedaron en suspenso cuando, a lo lejos, vio la mirada de Naruto Namikaze clavada en él, después de que Minato cruzara unas palabras con su hijo. Puede que Naruto ya estuviese al tanto de todo. Había discutido con Minato, hasta ese mismo día, sobre la conveniencia de compartir todo lo que sabía con Naruto y alguno de sus aliados de más confianza. Shisui había querido tener pruebas tangentes de que sus suposiciones eran ciertas antes de hablar con Naruto, porque sus acusaciones, las de traición y conspiración para asesinar a algunos laird, eran suficientemente graves como para esgrimirlas sin que algo más que sus palabras las respaldara. Y aunque sabía que Minato le apoyaba, no podía pedir lo mismo a Naruto. No podía exigirle que confiara solo en su palabra, cuando era un hombre de confianza del rey y cuando en aquella reunión había tanto en juego.

Ahora, justo en aquel instante, rogaba para que Minato se lo hubiese contado todo a Naruto.

La mirada de Shisui se desvió hacia la mesa que había de forma paralela a la que él ocupaba. Su primo Akir parecía haberse despejado lo suficiente como para mantenerse consciente. Seguía con una copa en la mano, con movimientos erráticos, mientras masticaba casi escupiendo una cantidad ingente de alimento.

Todavía dentro de él resonaba la conversación que había mantenido con Akir un rato antes...

El salón había empezado a llenarse de comensales hambrientos pendientes de comenzar la cena. Shisui barrió la habitación esperando encontrar a Minato, cuando vio a Akir en un rincón de la estancia, perdido en una copa de vino, al borde de la inconsciencia y molestando a una de las muchachas Namikaze. Fue por ella que se acercó, porque, a pesar de que su primo se había comportado desde que llegaron a tierras Namikaze sin embriagarse hasta ese extremo, aquella noche Akir parecía haber vuelto a sus viejas costumbres, y Shisui conocía de sobra lo que pasaba cuando se embriagaba hasta ese punto. Libró a la joven de sus atenciones indeseadas, y tomó a su primo del brazo para alejarlo de ella, obligándole a sentarse, poniendo su cuerpo entre Akir y el resto, intentando alejarlo de la vista de los presentes para no llamar la atención de los miembros de los diversos clanes cuyo número en el salón cada vez era más numeroso.

Ese fue el instante en que Akir lo miró furibundo, deshaciéndose de su contacto con un tirón brusco dirigiéndose a él cargado de resentimiento y arrastrando las palabras casi en susurros, tanto que Shisui había tenido que acercarse para poder escucharle.

—Estoy harto de todos vosotros, de que creáis que sois mejor que yo. Incluso tú, bastardo de mierda, piensas que eres mejor. Estás muerto, ¿lo sabes, verdad? —dijo Akir llevando la copa a sus labios y tomando un sorbo que resbaló por su barbilla dejando un reguero hasta su cuello, mientras su sonrisa, sórdida y algo distorsionada, era contradictoria con su entrecejo fruncido.

Shisui supo entonces que Akir se encontraba en ese estado de embriaguez en el que su lengua se volvía incontrolable y cuya memoria posteriormente sufriría lagunas que nunca llegaría a recordar. A pesar de su continua borrachera, era difícil ver a Akir en ese estado, por lo que Shisui reconoció aquello por lo que era, una oportunidad que no debía dejar escapar.

Mirando con disimulo a su alrededor, cerciorándose de que los invitados más cercanos se encontraban a suficiente distancia como para no oírlos y que tanto su tío como su primo Leathan todavía no habían hecho acto de presencia, Shisui, dirigió la conversación hacia donde deseaba.

—No pienso que sea mejor que tú, Akir, pero quizás deberías hablar con tu padre y con tu hermano si crees que ellos te subestiman, que te consideran que no eres digno de su confianza —dijo Shisui sabiendo, por la furia que se asomó a los ojos de su primo, que este había caído en sus redes.

—¿Creen que no sé que el momento se acerca? No me importa que no confíen en mí, no me hace falta para saber qué traman. Los he escuchado cuando pensaban que no lo hacía y ... —dijo Akir acercándose un poco más a Shisui, echándole en la cara el aliento maloliente del vino agrio y corrompido—. Van a matar a alguien... Kamiruzu va a hacerlo... quizás a Itachi Uchiha.

Ese fue el primer golpe... certero, lacerante, ante el que Shisui se mantuvo imperturbable.

—¿Por qué piensas eso? No lo creo. Debes estar equivocado —contestó Shisui, y Akir endureció sus facciones escupiendo el vino que le quedaba en la boca del sorbo que había tomado unos segundos antes.

—No me equivoco... Eres un necio, siempre lo has sido... Sé que quieren la cabeza de Itachi porque Kinuta lo desea muerto. Parece ser que su padre tiene una deuda con los Farqharson y estos llevan mucho tiempo queriendo destripar a ese bastardo. Con eso la deuda estará más que saldada.

Shisui sintió que se le congelaban las entrañas, porque si aquello era cierto, ¿por qué Kamiruzu iba a estar dispuesto a ponerse en peligro y matar a alguien por Kinuta cuando eran enemigos? ¿Qué ganaba él?

—Kinuta ha convencido a Kamiruzu para que acepte a cuatro Farqharson entre sus hombres... ellos harán el trabajo. Kinuta tiene a dos entre sus filas, y sé que uno de sus mejores tiradores con arco rematará el trabajo si los Farqharson fallan.

Shisui había estado bastante seguro de lo que tramaban Kinuta, Kamiruzu y su tío Suzumura, y, después de vigilar a Kinuta y verlo reunirse con Farlan la noche anterior, también lo estaba de que había una doble alianza entre ellos. Una falsa con Cathair Kamiruzu como cabeza de turco y, otra, con Farlan Kamiruzu. Sin embargo, no había imaginado... qué equivocado había estado. Y ese fue el segundo golpe... el que hizo que la hiel subiera hasta su garganta, y que comprendiese que el pacto entre ellos no nació con el fin de recabar para sí mismos mayores beneficios durante las negociaciones, ni fue ideado para desestabilizar la reunión, sino que fue engendrado para deshacerse de sus cuotas personales, eliminar a quienes les estorbaban y ajustar cuentas... y lo iban a hacer de tal forma que nadie pudiera acusarlos de traición o asesinato. Culparían a otros, otros cargarían con la culpa, estaba seguro, y entre ellos los Farqharson...

Seis hombres y un arquero. ¡Maldita sea! Debía hablar con Minato lo antes posible.

—¿Y qué va a hacer Kinuta por Kamiruzu? —preguntó Shisui desganado, como si pareciese que no se estaba tomando en serio las afirmaciones de Akir, cuando por dentro le estaba siendo muy difícil mantener el control.

Y su primo esbozó una sonrisa torcida, casi desagradable, inmunda.

—Algo distinto a lo que él cree... —contestó Akir, articulando mal las palabras, aunque no lo suficiente como para evitar que Shisui lo entendiese, confirmando lo que ya sospechaba: que Kinuta y su tío traicionarían a Cathair Kamiruzu.

—¿Y qué harán ellos por Mervin? —preguntó Shisui antes de que Akir le mirara fijamente y se tambaleara hacia delante, casi pegando la cabeza al estómago de Shisui.

Este frenó la caída de Akir y lo pegó hacia la izquierda, dejándolo caer contra la pared. Un bufido salió de los labios de su primo que abrió lentamente los ojos, extrañándose al encontrarlo allí, como si no recordara que había estado hablando con él unos segundos antes.

Shisui exhaló el aire que había estado conteniendo, y se dio media vuelta.

No hacía falta que Akir le dijera nada... él ya sabía cuál era ese tercer y último golpe, directo al pecho, el que pondría tierra encima y le daría una tumba al hombre que Mervin Suzumura había deseado que dejara de respirar desde el día en que nació.

Lo que Kinuta y Kamiruzu harían por Mervin sería matarlo a él.

Shisui pudo llegar al centro de la estancia, intentando asimilar todo lo que había averiguado cuando su tío Mervin le interceptó.

—Esta noche te sientas a mi lado, así que ven conmigo —dijo con un tono de voz inflexible.

Shisui tragó un sorbo de agua que le supo a barro en la boca. No por la calidad de la misma sino por una sensación aciaga que lo estaba envolviendo por segundos. Su instinto le gritaba que el momento del que le había hablado su primo Akir podía estar más cercano de lo que pensaba, y él no había podido hablar con Minato después de eso, porque su tío Mervin se había pegado a él impidiéndole algún movimiento.

Esa noche, el ambiente era más distendido, las miradas normalmente recelosas parecían haber llegado a una tregua.

Ambas puertas que daban acceso al salón estaban abiertas y, por ellas, una vez que las viandas fueron retiradas, dejando como presencia sobre las mesas el vino y algunas delicias dulces cuando la música tomó protagonismo, empezaron a entrar más miembros del clan Namikaze, uniéndose al festejo, haciendo que parte de los invitados comenzaran a bailar en el centro del salón, donde las mesas habían sido retiradas hacia los lados para dar más espacio. La afluencia de gente hizo que el ambiente en la sala fuese caótico para poder observar y estar al tanto de cada movimiento.

La sensación de incertidumbre, de desasosiego, se acrecentó en Shisui, poniéndolo en alerta cuando observó, en la mesa que había cerca de la entrada principal en donde esa noche se habían sentado entre otros Itachi Uchiha, Henson Katō, Heki Tsuchi y Cathair Kamiruzu, a este último mirar a Uchiha y decirle algo al oído antes de levantarse de la mesa y salir discretamente de la estancia.

¿Qué había sido eso? Sin embargo, lo que hizo que se le helara la sangre en las venas fue cuando, pasado un rato prudencial, vio salir por la misma puerta a Itachi Uchiha. ¿A dónde iba? ¡Maldita sea!

Shisui deslizó su mirada por la estancia buscando a Sasuke entre la maraña de invitados, parte de ellos en pie bailando al son de la música que no cesaba y que resonaba cada vez más fuerte entre aquellas cuatro paredes, y otros todavía sentados, hablando, bebiendo y observando a todos los que intentaban seguir el vertiginoso ritmo de la melodía. No lo encontró ninguna de la dos veces que barrió la estancia con sus ojos. Si Sasuke no había visto salir a Itachi, ¿quién cubría sus espaldas?

Vio a Kakashi Hatake salir de la estancia junto a su esposa... y con ello se acabaron sus esperanzas de que alguien siguiese los pasos de Itachi.

No vio tampoco a Minato..., y Naruto... estaba hablando con Zaku Kinuta al otro extremo de la estancia, demasiado lejos de él como para poder contar con su ayuda. Si quería salvar a Itachi, el tiempo se le acababa. Ni siquiera sabía dónde estaban... pensó, enfurecido consigo mismo por no haber previsto aquello. No se perdonaría jamás si a Uchiha le pasaba algo.

Shisui fue a levantarse cuando la voz de su tío Mervin detuvo su movimiento.

—¿A dónde vas? —preguntó laird Suzumura entre dientes, y las facciones de su rostro endurecidas—. Leathan está hablando con Tsuchi y necesito que alguien vaya a por Akir. David lo acompañó a la gran sala hace un rato para que se despejase, demasiado borracho como para poder sostenerse en pie, pero empecinado en no retirarse —continuó Suzumura mirándole a los ojos, con una expresión de desprecio que no disimuló—. Lo mejor es que Akir se retire por esta noche. Ha bebido lo suficiente para avergonzarnos y no quiero que lo que hemos conseguido durante estos días en las negociaciones, el inútil de mi hijo lo eche por tierra con su evidente falta de control. Así que ve y encárgate de que llegue a su habitación y no salga de ella.

Solo fue un segundo, pero Shisui lo supo, todo encajó...

La forma en que Mervin evadió sus ojos al final, la dureza en su voz intentando camuflar su urgencia, la mirada que intercambió Suzumura con Kinuta de forma tan sutil y disimulada, tan imperceptible que pensó que lo había imaginado, o la petición repentina de su tío... que sonó forzada...

Ya no le cabía duda. Ya sabía dónde estaba Uchiha, y por qué su tío lo enviaba allí.

La gran sala iba a ser su tumba, el lugar donde pensaban darle muerte.

Maldiciendo en voz baja, endureciendo sus facciones, se levantó y se puso en movimiento, atravesando la estancia, esquivando a los invitados que se interponían en su camino, y, en cuanto atravesó la puerta, corrió hacia la gran sala.

Sabía que era una trampa, sabía que le estarían esperando, pero no iba a permitir, si él podía evitarlo, que aquellos bastardos llevaran a cabo su plan; no iba a permitir que asesinaran a Itachi Uchiha, aunque eso tuviera un alto precio.

Kinuta apretó la mandíbula en un acto reflejo.

Su padre le susurró algo al oído y Dosu simuló interés cuando todo su ser bullía con la súbita y sostenida euforia de saber que estaba a solo un paso de que su plan tuviese éxito. Farqharson era una espina clavada en el costal que no les dejaba respirar, y esa noche la deuda sería saldada. Las negociaciones serían interrumpidas, y él volvería a su territorio con una alianza con Farlan Kamiruzu y Mervin Suzumura que le serviría para, pasado un tiempo prudencial, aplastar a Gunn y Nohara, y todo ello sin que el rey pudiese acusarlos de provocar que aquella reunión fracasase.

Se relamió los labios cuando sus ojos fueron a posarse en Sakura Katō. Ella sería su recompensa... tan hermosa... Su deseo por Sakura era una molestia que pronto saciaría de todas las formas que podía imaginar. Con dureza, con violencia, con sumisión, hasta hacerla que se postrara a sus pies y que hiciese todo lo que él la ordenase. El placer que le proporcionaba el pensarlo... en cómo la humillaría y la haría rogar... hizo que su miembro se endureciera como pocas veces le había ocurrido en los últimos tiempos. Se congratuló interiormente. Quizás su apatía se solucionase muy pronto.

Henson Katō no le había dado una respuesta y, aunque hubiese deseado poder anunciar esa noche su compromiso con Sakura, tampoco le tomó por sorpresa. No pensaba que el indeciso Katō, por una vez en su vida, tomara una decisión con prontitud, aunque no dudaba de que al final aceptaría. Lo había visto en sus ojos cuando habló con él. Qué fácil había sido manipularlo. El inútil de Henson era un estúpido bastardo al que pronto tendría comiendo de su mano.

Kinuta barrió la sala para cerciorarse de que nadie sospechaba de sus intenciones.

Itachi Uchiha había caído en su trampa. Su prepotencia y su orgullo serían su perdición, y Dosu las había utilizado en su contra. Uchiha se creía invencible y su soberbia lo llevaría a la tumba. Tenía que reconocer que Kamiruzu estaba cumpliendo bien con su parte. Había conseguido sacar a Itachi de la sala, en el momento adecuado, cuando la fiesta estaba en su cenit, muchos de los invitados se encontraban ebrios y la otra mitad demasiado imbuidos en el festejo, la música y todo lo demás como para prestar excesiva atención a lo que les rodeaba. Dosu había estado seguro de que Kamiruzu lo conseguiría, y más cuando él mismo le proporcionó la amenaza perfecta para ello. Pocas personas importaban a Itachi Uchiha... pero no se equivocó al escoger a las perfectas.