CAPÍTULO XXXI

Hanare trabajó de manera incansable, rápida, concentrada y eficaz para intentar salvar la vida de Shisui Suzumura. Mientras Minato y Kakashi lo sujetaban, Itachi y Sasuke la ayudaron cuando tuvo que sacar las flechas. La del costado y una de las del hombro le habían atravesado. Tuvieron que cortar la punta sin quebrar la flecha y después sacarla para quemar la herida y evitar así que siguiera desangrándose.

La que costó más fue la que estaba más cerca de su clavícula. Esa no le había atravesado y, por lo tanto, tuvo que hacer un corte para poder extraerla sin desgarrar los tejidos y hacer más daño de lo que ya había hecho de por sí.

Sasuke cortó las puntas de las dos flechas con una precisión y un cuidado que a Hanare le encogió el corazón, mientras Itachi fue el que se encargó de extraerlas con fuerza y quemar la herida para que dejaran de sangrar, siguiendo en todo momento las instrucciones de la esposa de Hatake, mientras Shisui, aun inconsciente, se movía por el dolor que le provocó todo el proceso. Hanare intentó aislarse de los quejidos de dolor, que bajos y lastimeros fueron mil veces peores que si hubiesen sido plenos alaridos. Estaba claro que Shisui Suzumura era joven, muy fuerte y aguantaba el dolor como a pocas personas había visto hacer... pero era indudable que estaba pasando por un infierno.

Cuando terminó de curarlo, le aplicó un ungüento realizado con diferentes hierbas y lo vendó. Hanare terminó agotada, sudando bajo el vestido que en ese instante sentía pegado a la espalda húmeda y entumecida.

Los ojos de Minato Namikaze la buscaron cuando terminó con el último vendaje.

—¿Cómo está? —preguntó Minato, aunque por la gravedad de su expresión, Hanare sabía que Namikaze intuía su respuesta.

La mirada de los hermanos Uchiha sobre ella, conocedores de la situación, pesó como una enorme piedra.

Los quería muchísimo, eran su familia... una familia que había escogido y que le habían dado incondicionalmente lo que durante tanto tiempo le habían escatimado, y ahora odiaba no poder hacer más...

—Es joven y fuerte. Ha tenido suerte de que ninguna de las flechas diese en alguna zona vital, pero ha perdido mucha sangre, tiene tres heridas que pueden envenenar la sangre y, sin duda, la fiebre, que aparecerá pronto, será virulenta y persistente. No será fácil... —terminó Hanare con la voz más firme de lo que se sentía en su interior.

—Es un luchador —afirmó Minato con determinación.

Hanare asintió suavizando su expresión antes de contestar.

—Eso le ayudará, sin duda.

Kakashi cogió la bolsa donde su esposa había guardado lo que no había llegado a utilizar para curar las heridas de Shisui.

—Voy a acompañar a Hanare hasta nuestra habitación y a hablar con Naruto. Cerraré la gran sala para que nadie entre hasta que decidamos cómo vamos a actuar. Eso os dará tiempo para hablar —dijo Hatake a los presentes, intercambiando una mirada con Itachi que fue suficiente para que este los acompañara hasta la puerta.

—Itachi, lamento no poder hacer más, no ser suficiente para...

—Hanare... —dijo Itachi con determinación—, nadie hubiese podido hacer más por él de lo que tú has hecho. Nadie.

Hanare movió ligeramente la cabeza, con la expresión cansada, triste y los ojos cargados de pesar.

—Dentro de unas horas vendré a verle y cambiarle los vendajes. Si hay algún cambio no dudes en avisarme —dijo mirando a Uchiha con cariño.

Itachi asintió, con una calidez en su expresión que en contadas ocasiones dejaba entrever y que hizo que los ojos de Hanare se humedeciesen repentinamente.

—Kakashi..., Izumi y... —comenzó a decir Itachi, pero Hatake no le dejó terminar.

—Tranquilo. Iré por Sakura y Sakura Katō. Les contaré lo que ha pasado y me encargaré de que estén seguras —dijo Kakashi sin apartar la vista de la de Itachi.

Itachi asintió y Kakashi abrazó la cintura de su esposa atrayéndola hasta él. Antes de abandonar la habitación Hatake miró al fondo de la estancia, contemplando por un momento la escena cercana al lecho y la expresión de Sasuke, una que Hatake solo había visto una vez con anterioridad, muchos años atrás, una que no auguraba nada bueno. La templanza del menor de los Uchiha parecía estar al límite, al igual que la de Itachi.

Cuando la puerta se cerró tras la marcha de Hatake, Itachi acortó la distancia hasta el lecho donde Shisui yacía inmóvil, extremadamente pálido y con una expresión de dolor en el rostro que ni siquiera la inconsciencia parecía atenuar.

Una mirada de Itachi a Minato bastó para que Namikaze apretara los dientes y soltara el aliento con más fuerza de lo normal como si estuviese extremadamente cansado.

—Minato... —dijo Uchiha con dureza, con un tono oscuro, peligroso, que en el silencio pareció hacer eco.

—¿Cómo es posible que Shisui tenga la misma marca de nacimiento que nosotros? —preguntó Sasuke, y en sus ojos había una furia que rivalizaba con la de Itachi.

Namikaze era un hombre curtido, fuerte, con un genio de mil demonios que en ese preciso instante estaba luchando por controlar la ira que bullía en su interior por todo lo que había pasado esa noche, devastado completamente por la visión que tenía delante de él, porque Shisui jamás debería haber terminado en aquella cama... luchando por su vida, y aunque no le correspondía a él darles respuestas a los hermanos Uchiha, simplemente se las debía...

—No debería ser yo —dijo Namikaze... su voz clara, grave, con la autoridad que siempre destilaba, pero empañada por la extrema preocupación. Minato alzó una mano con un gesto que decía a las claras que no había terminado cuando vio a Sasuke dispuesto a contradecirle. Había observado a Sasuke Uchiha desde su llegada, y lo que había observado le había gustado, y mucho. El menor de los Uchiha tenía agallas, coraje, fuerza, determinación y una astucia que le granjeó su simpatía y admiración desde el instante de su llegada cuando observó con la elegancia con la que se enfrentó a Kamiruzu. Si tenía que admitir que todo lo que había oído de Itachi Uchiha era cierto, si debía admitir que ese hombre era único, ingobernable e imprevisible y con una inteligencia y perspicacia poco común, también debía admitir que el hermano del lobo solitario, del que no tenía referencias, le había impresionado por igual. Eran endiabladamente diferentes. Eso generaba rechazo, odios, envidias. La brutal sinceridad del mayor de los Uchiha tampoco ayudaba, pero a Minato eso le gustaba. Si hubiesen sido otros, si Namikaze no estuviese convencido de la clase de hombres y highlanders que eran los hermanos Uchiha, esa noche no hubiese salido ni una sola palabra de su boca, pero... Itachi y Sasuke Uchiha..., los hombres que tenía delante, merecían una respuesta y Shisui les necesitaba, más de lo que él imaginaba.

—Como he dicho, no debería ser yo. Él ni siquiera quería que lo supierais —continuó Minato mirando a Shisui—, pero os voy a dar las respuestas que buscáis, porque es absurdo retrasarlas y creo que, dadas las circunstancias, tenéis derecho a saber, pero sobre todo lo voy a hacer por él, porque se merece algo mejor que lo que ha tenido que soportar toda su vida —dijo Minato observando a Shisui tendido en la cama, tan inmóvil que Namikaze temió que dejase de respirar en cualquier momento—. Creo que será mejor que toméis asiento. Esto me va a llevar un rato —concluyó Minato.

Sasuke y Itachi tomaron dos sillas del fondo de la habitación y se situaron junto a los pies de la cama. Namikaze movió la suya para sentarse frente a ellos, y así poder hablar sin perturbar a Shisui, aun cuando este se hallaba sumido en la inconsciencia, pero lo suficientemente cerca para estar atentos a cualquier movimiento o cambio en el estado del joven Suzumura.

—El abuelo de Shisui, Clyde Suzumura, era como un hermano para mí. Siempre estuvimos muy unidos, y, aunque su hijo Mervin no siempre fue el hombre resentido y ambicioso en el que se ha convertido, nunca pudo compararse a Clyde. Sin embargo, Siüsan, la pequeña de la familia —dijo Namikaze carraspeando cuando cierta emoción al recordarla entrecortó su voz—, era una mujer excepcional. Dulce, hermosa, fuerte, alegre, tan noble... que dolía —continuó Minato perdido en sus recuerdos—. Cuando Siüsan tenía quince años Clyde se la llevó a una reunión de clanes. Era un encuentro importante porque unió bajo el mismo territorio a los clanes más fuertes de las Highlands. Yo no estuve presente porque unos días antes de emprender el viaje mi hermana falleció.

Namikaze inspiró hondo antes de seguir.

—Cuando volvieron a casa tras esa reunión Siüsan estaba diferente. Clyde vino a verme para presentar sus respetos por la muerte de mi hermana, y me transmitió su preocupación. Siüsan estaba demasiado callada, apenas comía y su alegría había desaparecido de pronto.

Sasuke se inclinó un poco hacia delante, igual que estaba Namikaze, con el entrecejo fruncido y toda su atención puesta en las palabras de Minato. La mirada de Itachi seguía igual de oscura, igual de gélida, aunque sus cinco sentidos también estaban centrados en la narración de Namikaze.

—Cuando tres meses más tarde fui yo el que visité a Suzumura, Siüsan estaba casada con uno de los hombres de Clyde que le sacaba treinta años. Me quedé tan sorprendido que creo que mi expresión al enterarme lo dijo todo por mí. Clyde me contó en la más estricta intimidad el motivo — continuó Namikaze y ahora el rictus de su boca, la expresión de sus ojos, se endureció como en aquella primera vez que lo escuchó de boca de su amigo—. Siüsan quiso quitarse la vida cuando sospechó que estaba embarazada y, cuando Clyde la sorprendió, no paró hasta saber la verdad. Que un hombre en la reunión la sedujo —dijo Minato entre dientes— y luego la tomó por la fuerza cuando ella se asustó. A pesar de que pudo averiguar la verdad, por mucho que Clyde lo intentó, ella jamás le dijo el nombre del hombre que había abusado de ella. Clyde adoraba a Siüsan y se sintió culpable por no haberla protegido, así que la casó con uno de sus hombres para poder evitarle el escarnio público y que nadie pudiese decir nada acerca del nacimiento de Shisui. Sin embargo, las habladurías fueron inevitables. El nacimiento prematuro, la urgencia en el enlace fueron detalles que no pasaron desapercibidos. El padre del niño murió a los pocos meses debido a una enfermedad, y aunque durante el tiempo que vivió Clyde fueron solo susurros velados, el que todo el mundo pensara que era un bastardo era una habladuría constante a espaldas de su laird. Cuando Clyde falleció, la prudencia, la discreción dio paso al rechazo abierto, incentivado por Mervin, cuyo trato con su hermana Siüsan siempre estuvo marcado por la envidia y los celos.

—¿Ella llegó a decir en algún momento quién era el padre del niño? —preguntó Sasuke.

—¿Qué tipo de rechazo? —preguntó Itachi, y las palabras se deslizaron de su boca con un tono inquietante y grave.

Minato miró a los hermanos dispuesto a contestar a ambas preguntas.

—El clan, desde su nacimiento, nunca llegó a tratar a Shisui como uno de los suyos; sin embargo, cuando Clyde murió, llegaron los insultos, las continuas peleas que más de una vez dejaron al muchacho malherido. De hecho, cuando Siüsan murió, a los pocos meses estuve a punto de matar a Mervin cuando, en una de mis visitas, que ya no eran tan bien recibidas, me encontré a Shisui convaleciente con varias costillas rotas, y marcas en su cuerpo, como si alguien le hubiese azotado. Tenía la cara hinchada y un ojo cerrado. Solo tenía ocho años. Nadie me dijo nada, incluso Shisui calló, pero esa no fue la primera vez ni sería la última en la que recibiría una paliza que lo llevaría al borde de la muerte —dijo Minato con furia—. Pero jamás he visto a un chico más listo y más cabezota. Trabajó más, entrenó fijándose y aprendiendo de los guerreros Suzumura hasta desfallecer, se esforzó hasta que le sangraron las manos, aprendió todo lo que pudo de los ancianos que, haciéndole gracia su perseverancia y su astucia, le permitieron observar, a veces a costa de vejaciones y humillaciones. Jamás he conocido a nadie tan seguro de sí y con tanta fuerza interior. Otro hubiese perecido en sus circunstancias dentro de ese clan, pero él no, él se hizo más fuerte y, con el tiempo, se ha ganado el respeto de parte del clan.

Minato decidió seguir su historia con la pregunta que le había formulado Sasuke cuando este maldijo entre dientes y vio la mirada de Itachi, gélida, inhumana.

—Cuando Siüsan enfermó me mandó llamar. Mi relación con Mervin no era cordial, pero nada iba a impedirme verla, así como tampoco me impidió después de su muerte traer a Shisui a mis tierras cada vez que podía, para que pasase una temporada con mi familia —contó Minato y, de nuevo, sus ojos se tornaron apagados, llenos de dolor por el pasado—. Ella sabía que se moría y tenía miedo por Shisui. Había visto cómo el trato del clan hacia él era demasiado duro y temía que eso se recrudeciera con su muerte. También le daba miedo que Mervin pudiese hacer daño a Shisui, así que me hizo prometerle que yo velaría por él todo lo que pudiese, y así he intentado hacerlo durante todos estos años —continuó con la vista perdida imbuido en los recuerdos—. Me contó quién era el padre de Shisui, cómo abusó de ella en aquella reunión, cómo la amenazó después con devastar a su clan si se atrevía a decir algo, y por qué le creyó. El hombre que gobernaba sus pesadillas era el laird de un clan más poderoso y brutal que el suyo. Me hizo prometer que jamás, jamás tomaría represalias por el pasado antes de decirme su nombre y yo, viéndola cómo la muerte nos la arrebataba y la súplica en sus ojos, no pude negarle su último deseo, aunque mantenerlo me haya costado casi la vida —espetó al final Namikaze con dureza—. Cuando le hice la promesa que ella me exigía, Siüsan hizo llamar a Shisui y delante del pequeño nos dijo quién era su padre: Fugaku Uchiha —sentenció Minato, y Sasuke endureció la mandíbula hasta un punto en el que sus huesos hubiesen podido quebrarse.

La mirada de Itachi, su expresión, era la de un hombre con sed de sangre.

—¿Alguien más supo o sabe quién es su padre? —preguntó finalmente Sasuke con la voz contenida.

Minato negó con la cabeza.

—No volvimos a hablar de ello nunca más, hasta esta reunión. Él jamás pensó en contaros nada. No os conocía, ni pretendía hacerlo. Pensaba que eso solo traería complicaciones y sufrimientos innecesarios.

Ahora fue Itachi quien se inclinó hacia delante, acortando la distancia con Namikaze y mirándole directamente a los ojos.

—Se interpuso entre un puñado de flechas y yo, y me salvó la vida. Esa respuesta no me vale.

Namikaze le devolvió la mirada, penetrante, determinada, sabiendo que Uchiha tenía razón. Él tampoco se hubiese conformado.

—El primer día que llegó hablamos a solas. Me contó que había descubierto que su tío se había reunido en secreto con Kamiruzu y Kinuta. Lo hizo arriesgando su vida de forma temeraria y suicida —dijo Minato negando con la cabeza y esbozando una sonrisa amarga—. Él ya sospechaba que había una alianza realizada con el fin de malograr esta reunión. Yo me enfurecí con él por arriesgarse de esa manera, y, ¿sabéis qué me contestó? —preguntó Minato viendo la atención extrema que ambos hermanos Namikaze dedicaban a sus palabras—. Me dijo que no era más arriesgado que su día a día en el clan Suzumura o que el hecho de que su tío quisiese deshacerse de él. Que sabía cuidarse solo y que no me preocupase.

—¿Suzumura quiere deshacerse de él? ¿Lo ha intentado? —preguntó Itachi demasiado calmado. Namikaze estaba empezando a conocer a Uchiha para saber lo peligroso que era ese tono.

—Suzumura no le confía asuntos serios, pero hace unas semanas lo envió a tierras de los Nohara para llegar a una tregua con ellos. A la vuelta le tendieron una emboscada. Una flecha estuvo a punto de arrancarle la cabeza; sin embargo, no atacaron a ninguno del resto de los hombres que le acompañaban. Suzumura dijo que lo más inquietante fue ver la expresión de su tío Mervin cuando le vio volver vivo.

—Bastardo —siseó Sasuke.

—Sí, es un maldito hijo de perra —afirmó Minato mirando brevemente al menor de los Uchiha.

—¿Y por qué matarlo ahora? —preguntó Itachi con una mirada inquisitiva.

—Sí, ¿por qué arriesgarse a que el clan lo descubra? Si como dices se ha ganado el respeto de parte de su gente, nadie podría obviar si el jefe del clan matase al nieto de su antiguo laird, a alguien de su propia sangre.

Minato sonrió ante la perspicacia de los hermanos.

—Porque uno de los ancianos del clan habló con Shisui. Parte de los hombres con más peso en el clan piensan que Mervin no es el hombre idóneo para ser su laird. Al parecer sus decisiones han llevado a su gente en más de una ocasión a una delicada posición —dijo Minato con desprecio—. Ese hombre le insinuó que él sería mucho mejor laird.

—Y Shisui no accedió —dijo Sasuke con firmeza.

Los ojos de Minato brillaron ligeramente.

—No, no lo hizo. Le dijo a ese hombre que agradecía saber que su clan le tenía en alta estima pero que era peligroso hablar en tales términos porque podía malinterpretarse y considerarse traición, y que él jamás traicionaría a los suyos ni a su laird —continuó Namikaze frunciendo el ceño con expresión seria—. Shisui está convencido de que fueron esos mismos ancianos los que, viendo peligrar su situación al no convencer a Shisui, hicieron llegar a oídos de Mervin que su sobrino había estado buscando el apoyo de los ancianos para traicionarlo —continuó Minato ahora con expresión seria—. Os cuento todo esto porque quiero que entendáis que Shisui ha vivido toda su vida sin poder confiar en nadie. Ha estado siempre solo y ha tenido que enfrentarse a todo y a todos. Ha aprendido esa lección desde que salió del vientre de su madre. Estos días ha estado intentando descubrir lo que Suzumura tramaba, junto a Kinuta y Kamiruzu. Cuando pasó lo de Izumi y descubrió el broche de Kamiruzu, supo que era una trampa y que con ello lo que querían era utilizarte de la alguna manera —afirmó Minato mirando a Itachi—. Por eso no te lo dijo, y por eso me pidió que le pusiera vigilancia a tu esposa y a Sakura Katō. Estaba muy preocupado por ellas. Creo que una parte de él quería confiar en vosotros y decíroslo, pero no está acostumbrado a contar con nadie, ni apoyarse o confiar en alguien más que no sea en sí mismo. Sin embargo, esta vez fue diferente. Dudó. Lo vi en su mirada —dijo Minato y titubeó al final, como si hubiese dicho demasiado.

Itachi no lo dejó pasar.

—¿Por qué? —preguntó incisivo, y Namikaze gruñó por lo bajo. Uchiha era como un maldito cazador que no quiere soltar a su presa.

—Porque le importa el futuro de su clan y sabía que lo que Suzumura tramaba podía llevar a su gente al desastre. Es admirable cómo se preocupa por ellos cuando han hecho su vida un infierno —dijo Minato apretando los dientes—. Pero también porque le importaba vuestra seguridad. Estaba determinado a no dejar que nadie os hiciera daño. Eso no me lo dijo, pero no me hizo falta. Pude verlo en su mirada, en su obstinación por descubrir lo que pasaba, en su forma de hablar de vosotros. Me sorprendió la rapidez con la que congenió contigo, Sasuke —sonrió ligeramente Minato y el menor de los Uchiha tragó con fuerza.

Minato desvió la mirada un segundo, convencido de que había dicho demasiado, pero sintiendo, aunque Shisui jamás se lo perdonase, que los hermanos Uchiha debían escuchar algo más. Algo que a él le tomó por sorpresa y le sobrecogió.

—Hace unos días le vi observaros, cuando os reíais de algo que había dicho Sasuke —continuó de pronto aclarándose la voz—. Shisui estaba concentrado en lo que hacíais y tenía una tenue sonrisa en la boca. Tuve curiosidad y le pregunté qué pensaba —dijo Minato negando con la cabeza—. No creí que fuese a contestármelo, así que, cuando lo hizo, su respuesta me sorprendió —dijo Minato con los ojos cansados, tristes—. Creo que él no fue consciente de todo lo que destilaron sus palabras, porque jamás, jamás antes... le había visto, ni escuchado, anhelar nada tan abiertamente —siguió Minato mirando a Itachi—. Me dijo que, por primera vez en su vida, tras su abuelo Clyde y su madre, se sentía orgulloso de ser parte de algo, de llevar la misma sangre que otro ser humano.

Sasuke apretó los labios, mordiéndose el inferior hasta hacerse daño.

La mirada de Itachi se oscureció, intensa, penetrante, hasta que sus ojos negros parecieron tornarse rojos.

—Shisui conoce mis expresiones demasiado bien —dijo Namikaze—. Sabía lo que iba a sugerirle antes de que lo hiciera, así que, antes de poder decir nada, antes de que pudiera aconsejarle que hablara con vosotros, me miró con esa determinación que lo caracteriza desde que era un niño y me dejó claro que no os lo contaría, porque jamás diría o haría algo que pudiera perturbar o afectar a vuestra familia —terminó Namikaze mirando de nuevo hacia el lecho donde estaba Shisui—. Querías saber por qué se interpuso entre esas flechas y tú. Creo que he respondido a tu pregunta.

—Sí, lo has hecho —dijo Itachi. Su voz, más grave y más ronca de lo normal.

Itachi se levantó lentamente, mirando a Shisui que en ese instante se removió un poco, inquieto.

Minato también dejó la silla atrás, acercándose para comprobar que, a pesar del pequeño movimiento, Shisui seguía inconsciente.

Sasuke observó la mirada de su hermano mayor, siguiendo sus pasos, quedándose a los pies de la cama.

Su hermano... Ahora eran tres...

Todavía en su interior hacían eco las palabras de Minato Namikaze. Algunas habían sido lacerantes como la hoja de un cuchillo y otras demasiado amargas para poder tragarlas de un solo golpe, y, a pesar de ello, a pesar de la furia que le corroía las entrañas por el relato de Minato, por conocer cómo el pasado de Shisui había sido hostil, desagradable y doloroso, no tan lejano al de Itachi y al suyo mismo, también sentía una emoción fuerte difícil de describir. Dios, tenía otro hermano... Y ese pensamiento le llevaba a ese preciso instante, a esa habitación, en donde Shisui luchaba por su vida, en el que la posibilidad de perderlo antes siquiera de haber tenido la oportunidad de conocerlo de verdad lo estaba destrozando. Y eso encendía una furia dentro de él difícil de contener, porque quería matar a cada una de las personas que le hicieron daño, quería hacer pagar a todos los que habían llevado a Shisui hasta ese lecho, quería, maldita sea, deseaba con todas sus fuerzas que viviera.

Vio a Itachi acercarse y rozar con sus dedos el pelo de Shisui, con sumo cuidado, y Sasuke sintió que el pecho se le encogía ante ese gesto. Si a él todo lo que había descubierto esa noche lo estaba destrozando sabía que a Itachi lo estaba matando por dentro. Lo veía en sus ojos, detrás del dolor, de la furia, de la calidez de su gesto casi tierno, mientras sostenía con mano férrea sus emociones, con un autocontrol, una determinación y una fiereza que cada día seguía sorprendiéndole.

—Quédate con él —dijo Itachi a Sasuke de camino hacia la puerta—. Que nadie...

Uchiha calló en cuanto la voz de Shisui, débil y susurrada, llegó hasta sus oídos.

—Mi… Minato.

El nombre salió de los labios de Shisui, mientras sus ojos se abrían lentamente turbados por el dolor.