CAPÍTULO XXXIII
La reacción de Farlan Kamiruzu fue la que todos habían esperado. Ante Minato, Naruto Namikaze, Kakashi Hatake, Sasuke y Itachi Uchiha, fingió sorpresa, incredulidad, desconcierto y, por último, repulsa por lo que había hecho su padre. En ningún momento intentó abogar por la inocencia de su progenitor o intentó dudar de la versión de Uchiha, sobre todo cuando este amenazó con arrasar todo su maldito clan si llegaba a enterarse de que él tenía algo que ver con la trampa de esa noche.
Farlan dio muestras de estar afectado por la muerte de su padre, actuó con una humildad que le era ajena y, aunque sus esfuerzos por aparentar fueron sin duda elogiables, no pudo disimular el destello de satisfacción que cruzó por sus ojos y que ni siquiera su falsa conmiseración consiguió ocultar.
Se sintió insultado por el hecho de que Itachi y el resto pudiesen pensar que él tenía algún tipo de conocimiento previo sobre el plan de su padre. Defendió con rudeza su absoluto desconocimiento sobre los motivos de su progenitor para querer matar a Uchiha y que le llevaron a actuar como lo había hecho, aunque reconoció que el desprecio por Itachi estaba arraigado en su padre por el legado familiar y que se había recrudecido en los últimos días. Reconoció, midiendo muy bien los tiempos, que últimamente lo había notado demasiado nervioso y agresivo, llegando a obsesionarse con su seguridad, tanto que había contratado a varios hombres de armas para que lo protegieran, los mismos que yacían en el suelo a su lado.
Eso lo confesó después de que Sasuke le preguntara por qué sus propios hombres lo habían matado a traición.
Se le notó nervioso, y algo titubeante, cuando teorizó con la posibilidad de que la lealtad de aquellos mercenarios hubiese sido comprada por alguno de los otros clanes del norte para debilitar al clan Kamiruzu deshaciéndose de su laird, y se mostró claramente contrariado cuando Naruto Namikaze le prohibió abandonar la reunión al día siguiente como él deseaba hacer para llevarse el cuerpo, a fin de enterrarlo bajo suelo Kamiruzu. El hecho de que el mismo rey Guillermo le hubiese dado a Naruto la autoridad necesaria terminó por acallar cualquier posible protesta de Farlan, no sin que la furia dominara su mirada esta vez sin disimulo. Aquella reunión no había terminado, los acuerdos a los que podían y debían llegar eran meros hilos que podían cortarse simplemente con una pequeña brisa, y, en calidad de hombre de confianza del monarca, Naruto no iba a permitir que a una unión infructuosa se le sumase la sombra de la traición hasta que todo quedase claro.
El momento determinante fue cuando Minato Namikaze dejó caer que quizás los actos de Cathair Kamiruzu se debieran a la información que Shisui Suzumura quería compartir con él antes de la cena. Se reprochó haber pospuesto esa conversación, y solo esperaban que Shisui, que estaba malherido, saliese de su inconsciencia para poder escuchar lo que tenía que contarles.
La cara de Farlan palideció al escuchar aquello, y todos pudieron ver cómo la sombra de la duda nublaba sus ojos.
La semilla estaba plantada; ahora solo quedaba esperar.
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—Sois unos malditos estúpidos. No deberíais estar aquí —escupió Dosu Kinuta entre dientes.
Mervin Suzumura deambulaba por la habitación de Kinuta como una bestia salvaje sin control, y Farlan Kamiruzu apretó los dientes ante la respuesta de Kinuta.
—Si Shisui sabe algo y se lo dice a ellos, estamos muertos — sentenció Kamiruzu.
Kinuta le miró como si quisiese hacerlo añicos.
—Mi hombre le disparó tres flechas. No creo que se despierte jamás. Debe estar agonizando en este mismo instante, si no ha muerto ya —espetó Kinuta—. El hecho de que hayáis venido a mi habitación es más peligroso que lo que pueda salir por la boca de ese bastardo. Shisui Suzumura no sabe nada y Minato Namikaze, junto al resto, lo único que han intentado es probarte porque dudan de ti, como dudan de todos los que están bajo su techo y que han venido a esta reunión; todos podían tener algún motivo para matar a Cathair, pero, si no cometes ninguna estupidez, como ha sido la de venir esta noche a mi estancia, no pueden probar nada. No tienen ninguna maldita cosa —terminó Kinuta con los músculos de su cuello en tensión y la vena que sobresalía recorriendo su sien, hinchada y pulsante.
—Nadie nos ha seguido. Me he asegurado bien de ello —respondió Farlan intentando apaciguar la furia de Kinuta.
—Tú, mejor, cállate —espetó Suzumura—. Si hubieses cumplido con tu parte del trato tanto Itachi como mi sobrino estarían muertos —siguió Mervin—. Ahora tenemos un problema, porque si Shisui no perece puede hablar, y me da igual lo que digas, Kinuta, porque mi sobrino no es estúpido, nunca lo ha sido y sé que sabe algo. Lo noté en sus ojos esta noche cuando lo envié a la gran sala. No sé cómo ni por qué, pero estoy seguro de que algo sospechaba.
—Deja de decir majaderías —exclamó Kinuta enfrentándose a él —. Si hubiese sospechado no hubiese ido. Y no es posible que supiese de nuestra alianza o nuestro plan a no ser que alguien hubiese abierto la boca —señaló Dosu, escrutando a Suzumura más de cerca, acortando la distancia entre ambos, dejando que el silencio tras sus palabras dijese el resto—. Porque si ese es el caso más te vale que el traidor esté muerto o el que acabará con las tripas fuera serás tú.
Mervin Suzumura le miró con la furia enturbiando su rostro.
—Y yo respondo por los míos. Ni yo ni mis hijos hemos dicho nada a nadie. Sabemos cuál sería el resultado de un desliz por nuestra parte: una acusación de traición y eso se paga con la muerte. Así que a mí no me amenaces, Kinuta. Este plan fue tuyo desde el principio.
Los ojos de Kinuta refulgieron como dos antorchas antes de dirigirse lentamente a Suzumura.
—Y si no fuerais unos incompetentes y unos inútiles esta noche todos estarían muertos. Cathair ya no es un problema y Shisui tampoco lo será porque de eso te encargarás tú —dijo Kinuta sin desviar los ojos de Suzumura—. El único que debería pedir vuestra cabeza soy yo, porque Itachi Uchiha sigue vivo —remarcó con odio.
Suzumura pareció titubear un instante.
—¿A qué te refieres con que debo encargarme de Shisui? —preguntó a media voz.
—A que tú lo querías muerto y a que ni Farlan ni yo vamos a arriesgarnos. Si en verdad sabe algo, y por algún milagro se recupera lo suficiente como para hablar, la consecuencia será, como bien has dicho, la muerte para los tres. Así que tendrás que acabar con él. No creo que te sea muy difícil ahora que está indefenso en una cama, agonizando —finalizó Kinuta.
—Estás loco —exclamó por lo bajo Suzumura.
—¿Acaso eres un maldito cobarde? —preguntó Farlan Kamiruzu a Suzumura—. Estamos todos metidos en esto. Yo estoy expuesto. Minato y Naruto Namikaze dudan de mí, y no voy a dejar que todo por lo que he luchado se hunda y me acusen de asesinato y traición. Kinuta lo ha planeado todo, ha conseguido infiltrar a los Farqharson para que hiciesen el trabajo sucio, incluso dos de los que yacen muertos junto a mi padre y lucían anoche los colores Kamiruzu estos días atrás han estado junto a los Kinuta. Si al ver sus cuerpos alguien los reconoce, eso señalaría también a Dosu. El arquero que prácticamente ha acabado con Shisui es uno de los hombres de Kinuta, pero tú, ¿qué coño has expuesto tú? Ahora te toca cumplir tu parte y asegurarte de que tu sobrino no sobrevive.
—Mandaré a uno de mis hombres —dijo Suzumura dubitativo, al sentirse acorralado, porque expuesto así, tal y como lo había hecho Farlan, no le faltaba razón.
—No, lo harás tú —ordenó Kinuta—. Uno de tus hombres podría hablar, y a ti no te resultará tan difícil. La persona que tiene más derecho a estar en esa habitación junto a tu sobrino moribundo eres tú. En el momento en que te quedes a solas con él solo tienes que asfixiarlo. Nadie sospechará de su muerte, porque es un milagro que aún siga respirando.
—¿Y si no me dejan a solas con él? —preguntó Suzumura—. En cuanto Minato me lo ha comunicado he querido verlo, pero me ha dicho que la esposa de Hatake estaba revisando sus heridas y cambiando los vendajes. Que debo esperar unas horas, puesto que Shisui está bien atendido y que lo que necesitaba en estos momentos es descansar —continuó Mervin—. La única realidad es que ese viejo me odia. A saber lo que Shisui le habrá contado sobre mí durante todos estos años. Estoy seguro de que hará todo lo posible para que no me acerque a él.
—No importa lo que ese viejo diga. No puede impedirte verlo. Shisui es un Suzumura, es tu familia y tú mandas sobre su destino —aseguró Dosu—. No te interesa parecer ansioso, así que espera hasta el amanecer y luego ve a verlo. Cerciórate de que está agonizando, que uno de tus hombres vigile su puerta si hace falta, pero debes encontrar la manera de quedarte a solas con él y terminar con su vida. Y ahora largaos para que pueda pensar. Aseguraos de que nadie os ve salir de aquí.
Farlan asintió y Suzumura, con los ojos llenos de furia, pero también de miedo, uno que intentaba enterrar bajo su supuesta inconformidad, frunció el ceño antes de dar media vuelta y dirigirse a la puerta.
—Una cosa más, Suzumura —dijo Kinuta.
Mervin se volvió lentamente.
—Espero que sepas que, si te atrapan y sale una sola palabra de tu boca, yo me encargaré personalmente de que nadie de tu familia siga vivo. Recuérdalo.
Suzumura apretó los dientes y uno de sus puños antes de contestar.
—Si vuelves a amenazar a uno de los míos, eres hombre muerto, Kinuta. No lo olvides tú tampoco —y dicho eso salió de la habitación junto a Farlan Kamiruzu, ambos tomando caminos opuestos por el oscuro pasillo, que a esas horas de la madrugada, aún permanecía en silencio.
Kinuta maldijo por lo bajo y estrelló uno de sus puños contra la pared de piedra que quedaba frente a él.
Sabía que no podía confiar en el perro de Cathair Kamiruzu para que matara a Itachi Uchiha, pero había estado seguro de que los Farqharson sí lo lograrían. El maldito hijo de perra era solo un hombre y, aun así, había conseguido sobrevivir. Su arquero le dijo que Uchiha había contado con la ayuda de su hermano Sasuke, ese bastardo al que Dosu deseaba matar con sus propias manos. Itachi Uchiha era una deuda a saldar, algo que debía hacer, pero Sasuke, eso era harina de otro costal. Quería retorcerle el cuello hasta que la vida se apagase de sus ojos, o clavarle un puñal en el corazón para retorcérselo lentamente y disfrutar de cada segundo. Mirarle a los ojos y ver en ellos indefensión, miedo, impotencia, humillación. El pensar en esa posibilidad hacía que se excitase.
Solo esperaba que el imbécil de Suzumura rematase a su sobrino.
Aquellas flechas habían sido para acabar con Itachi en caso de que los Farqharson fallasen, pero el bastardo de Shisui Suzumura se había interpuesto sellando así su propio destino. Su arquero también había tenido la orden de matar a Suzumura si este salía con vida de la sala y no perecía bajo el filo de la espada, pero la llegada del viejo Namikaze y de Hatake lo complicó todo.
De todas formas, él consideraba que había saldado su cuenta con los Farqharson. Su trato había consistido en meter a seis hombres de ese clan dentro de aquella reunión para que pudiesen acabar con Uchiha. Si ellos habían fallado, no era cuestión suya.
Con los nudillos ensangrentados miró por la ventana hacia la noche oscura. Solo la luna que, de forma tímida, se asomaba entre las nubes alumbraba en ocasiones la explanada que se extendía tras el castillo.
Kinuta siempre había sido un hombre paciente.
Le había llevado años estar donde estaba ahora. A un paso de ser el nuevo laird de los Kinuta. Su padre llevaba enfermo mucho tiempo, se debilitaba cada día y su juicio era cada vez más errático. No le quedaba mucho y lo sabía. Y Dosu ya no se conformaba con manipularlo a su antojo y manejar el clan en la sombra. Solo necesitaba zanjar la deuda que su padre tenía con los Farqharson y que heredaría de Zaku cuando este muriese. Aquella deuda de sangre que, de no pagar, traería una guerra con los Farqharson, una que los Kinuta no podían permitirse tras los enfrentamientos que ya libraban con los clanes del norte.
Con los Farqharson fuera y la promesa de una alianza con Farlan Kamiruzu, Kinuta tenía muchas posibilidades de derrotar a Nohara y negociar con Gunn, y mantendría su alianza con el cobarde de Suzumura ya que le sería útil para contener a Coburn en caso de una guerra.
Ahora lo que debía hacer era mantener la cabeza fría, para conseguir todo lo que se había propuesto, lo que se merecía: sería el nuevo laird, devolvería a su clan su antiguo esplendor y recuperaría las tierras que Nohara les había arrebatado hace años. Sakura Katō sería suya, para doblegarla, para poseerla hasta que la oyera suplicar pidiendo clemencia, para tomarla, una y otra vez hasta que gritara de dolor. La quería sumisa y bien dispuesta.
Y por eso, si Sasuke Uchiha se interponía, él lo mataría haciéndolo sufrir hasta que se saciara de su dolor, hasta que su sangre le cubriera las manos.
