CAPÍTULO XXXIV
La habitación permanecía en penumbra mientras Sasuke y Itachi observaban impotentes a Shisui. La palidez de su rostro, el leve temblor que parecía haberse adueñado de su cuerpo, las vendas que rodeaban su vientre y que estaban manchadas de sangre en el costado, y las que cubrían parte de su pecho y su hombro izquierdo y que dejaban entrever igualmente una mancha rosada que pronto se oscurecería.
Ambos sabían que, en solo unas horas, cuando Naruto pusiese en conocimiento del resto de los clanes lo acontecido aquella noche, la situación ya de por sí delicada podría convertirse en una auténtica locura si no tenían cuidado. Itachi sabía que Naruto Namikaze era inteligente, astuto y manejaba la diplomacia con auténtica maestría. No dudaba de que podría sostener la avalancha de desconcierto, acusaciones y preguntas que se desataría tras saberse lo ocurrido.
Contenido ese frente, solo había que esperar que Kinuta y Suzumura cometiesen un error. Algo de lo que tanto Sasuke como Itachi estaban seguros que ocurriría.
Una vez cayese uno, todos irían detrás.
—¿Cómo está Izumi? —preguntó Sasuke a su hermano.
Los ojos de Itachi se suavizaron al escuchar el nombre de su esposa.
—Preocupada. Estoy seguro de que le gustaría arrancarles el corazón a Kinuta, Suzumura y Farlan Kamiruzu, con sus propias manos.
Una tenue sonrisa se dibujó en los labios de Sasuke, aunque esta no llegó a sus ojos.
—No me cabe duda de que sería capaz de hacerlo —dijo lentamente, mientras sentía la mirada de Itachi fija en él, escrutándole, como hacía desde que era un niño cuando sabía que había algo que le ocultaba.
—Izumi está bien, Sasuke —señaló Itachi sin apartar sus ojos de los de su hermano menor.
Sasuke asintió.
—Sí, ya me lo has dicho —contestó frunciendo el ceño.
Los ojos de Itachi se oscurecieron ligeramente con una intensidad que...
Y entonces lo comprendió...
—Lo sabes... —afirmó casi en un susurro Sasuke.
Y lo que vio en la mirada de Itachi fue suficiente respuesta.
Jamás había visto esa expresión en el rostro de su hermano mayor y se sintió afortunado por poder presenciar cómo la vida le devolvía a Itachi un poco de todo lo bueno que él le había dado, por todo el sacrificio y el dolor que había tenido que soportar.
Sasuke esbozó una sonrisa que esta vez sí llegó hasta sus ojos.
—Sabes que voy a malcriar a mi sobrina o sobrino, ¿verdad? —preguntó el menor de los Uchiha, empapándose del afecto y la calidez que destiló la mirada de Itachi.
—Izumi no me lo dijo —quiso aclarar el menor de los Uchiha —. Yo se lo sonsaqué porque estaba preocupado y...
—Lo sé —dijo Itachi—. Sé por qué no me lo dijo Izumi; sé cómo es mi morena y sé que tú has estado ahí para ella en todo momento. Sé que Izumi te quiere muchísimo y me consta que tú también a ella, y que confiéis el uno en el otro me hace muy feliz y me llena de orgullo.
Sasuke miró a Itachi con emoción contenida. Ver la cantidad de emociones que danzaban por los ojos de su hermano al hablar de su futura paternidad, poder asomarse a ellas, esas que Itachi guardaba celosamente por imposición de la vida y que a él nunca le escatimó, le regaló un momento único y le embargó de emoción.
Una sensación que le oprimió el pecho y que, sin pretender, trajo consigo algunos recuerdos, incapaz de evitar pensar en el gran abismo que había entre ser un buen padre y ser un monstruo.
Sasuke había tenido a Itachi..., su hermano, su amigo, su confidente, su protector, un padre. ¿A quién había tenido Shisui todos estos años?
Itachi frunció el ceño cuando vio el ligero cambio en la expresión de su hermano menor. Su mirada, que un instante atrás era cálida, viva y expresiva, se tornó distante, dura, y sus ojos negros se oscurecieron.
—¿Qué pasa? —preguntó Itachi.
Sasuke intentó cambiar su expresión cuando se dio cuenta hacia dónde habían derivado sus pensamientos, pero ya era tarde para escapar del escrutinio de Itachi.
—Creí que no podría odiar más a Fugaku Uchiha de lo que lo hice en su día, pero me equivocaba —declaró Sasuke con voz áspera—. Durante toda su vida lo que siempre intentó fue humillar, doblegar, quebrar, aterrorizar y anular a todos los que debió amar, y lo hizo siempre infligiendo el máximo dolor —continuó lentamente—. Nunca permití que ese odio me consumiera, porque no quería ser como él y no quería otorgarle esa victoria, pero esta noche, al escuchar lo que nos contó Minato..., saber lo que Fugaku le hizo a Siüsan Suzumura e imaginar por lo que ha tenido que pasar Shisui me ha devuelto todo ese odio, de golpe, porque el hijo de perra de Fugaku no solo consiguió pudrir la vida de los que le rodeaban sino también salpicar la de aquellos a los que solo rozó —dijo Sasuke entre dientes—. Ha estado solo desde niño, Itachi. Nosotros pasamos un infierno, pero nos teníamos el uno al otro.
Itachi miró fijamente a Sasuke, con esa determinación y fuerza que era parte intrínseca de su naturaleza.
—Y él nos tiene ahora, a los dos. Quien quiera hacerle daño, quien quiera destruirlo, tendrá que enfrentarse a nosotros —sentenció Itachi—. Empezando por Mervin Suzumura.
Sasuke extendió el brazo y tocó la frente de Shisui con los dedos cuando este se removió inquieto.
—Matar a ese bastardo no es suficiente —contestó el menor de los Uchiha, cambiando su expresión, sus ojos tiñéndose de preocupación cuando notó que la piel de Shisui estaba ardiendo.
—Tiene fiebre, maldita sea —masculló entre dientes.
La expresión de Itachi se endureció cuando tocó con la palma de su mano el rostro de Shisui.
—Era inevitable —susurró Uchiha, levantándose para acercar hasta el lecho una palangana en la que vertió agua, y mojó un paño de los varios que había dejado Hanare. Estrujándolo bien, lo puso en la frente de Shisui.
—Sí, pero está muy débil y ha perdido mucha sangre... —señaló Sasuke, dejando la frase en el aire—. Y me niego a perderlo. Acabamos de enterarnos de que es nuestro hermano.
—No vamos a perderlo —afirmó con fuerza Itachi—. Has escuchado a Minato. Es un luchador.
Sasuke clavó su mirada en los ojos de su hermano.
—Y es igual de cabezota que tú. Tiene esa mirada fría y oscura que me recuerda a la tuya, esa que pones cuando algo te parece una estupidez.
Itachi arqueó una ceja y Sasuke sonrió, esta vez de verdad, con la esperanza de que la vida les diese un poquito más, solo un poco más.
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Sakura no podía dormir, no después de esa noche, no con el torbellino de emociones y pensamientos que turbaban su corazón y su mente y que no le daban descanso.
La cena y los festejos duraron hasta altas horas de la noche, no en vano si bajaba al salón y lo comprobaba todavía quedarían algunos rezagados disfrutando de los últimos vestigios de lo que aparentemente había sido la noche más distendida con diferencia de la que habían disfrutado desde que estaban en tierras Namikaze.
Sin embargo, Sakura sabía que eso no había sido así, y que esa noche podía haber perdido a Sasuke para siempre, y la reacción que siguió a ese pensamiento, el miedo que inundó cada parte de su cuerpo, la angustia que saboreó en su boca y la hiel que subió hasta sus labios fueron reveladores, devastándolo todo a su paso.
Había sabido que algo no iba bien desde el momento en que vio salir a Sasuke del salón, después de que su mirada la guiara hasta donde estaban Itachi y Kamiruzu.
Supo que aquello pasaría desapercibido para el resto de invitados que, con el baile, la música, las conversaciones, las risas y el vino corriendo de copa en copa apenas prestaban atención a lo que ocurría a su alrededor. Para ella, sin embargo, estaba todo tan claro que cuando vio salir a Sasuke del salón sintió que le robaban el aire.
La palidez que percibió en el rostro de Izumi Uchiha, que había estado sentada durante toda la cena a su lado, le confirmó que también la esposa de Itachi era consciente de lo mismo. En ese instante, Sakura quiso levantarse y seguirles, pero la mano de Izumi sobre su muslo, y su mirada con una súplica impresa, la inmovilizaron mejor que cualquier palabra.
Sakura sabía que aquella señal, un movimiento como el que había hecho Kamiruzu, era lo que Itachi y Sasuke habían estado esperando, pero quizás no tan pronto, y eso fue lo que más la inquietó. ¿Y si no estaban preparados?
Se obligó a sosegarse cuando esa idea encontró un lugar acomodado en su mente, quebrando su autocontrol, sobre todo porque una reacción extraña e inusual por su parte ante lo que acababa de ver podría tener consecuencias para los Uchiha. No sabían si quien estuviese con Kamiruzu podría estar observándolos desde el anonimato que daba el número de invitados presentes en aquel salón.
Sakura habló con Izumi, con el corazón desbocado en el pecho y un leve temblor en las manos, y, a pesar de ello, se tragó su angustia, su miedo y actuó como si nada estuviese pasando, como si todo su ser no estuviese al borde de un precipicio, porque así era como se había sentido durante toda la miserable noche.
Tuvo que retirarse a su habitación cuando Temari y Izumi lo hicieron, y, aunque la esposa de Uchiha le susurró que todo estaba bien, tras una mirada que intercambió con Kakashi Hatake, la única realidad es que Sakura siguió sintiendo esa sensación de angustia en la boca del estómago que no desapareció por más que se dijo a sí misma una y otra vez que Sasuke estaba a salvo y que lo vería en unas horas.
Quizás la razón de su desasosiego, de su intranquilidad, no era solo esa...
Ahora que la madrugada y el cielo estrellado al que miraba desde la ventana le ofrecían cobijo a sus dudas y desataban con libertad la maraña de emociones que pugnaban en su interior, se enfrentó en carne viva no solo a la magnitud de sus sentimientos hacia Sasuke Uchiha, sino también a lo que deseaba de verdad, descubriendo lo que anhelaba, cuestionándose si tendría el valor para aceptarlo, enfrentándose a si ella sería capaz de darse por igual.
Y todo eso la estaba matando.
Dolía demasiado abrirse en canal y hurgar en lugares donde años de silencio habían amordazado hasta a su alma.
Porque no podía ni quería mentirse, ya no...
Porque en los últimos días se había encontrado más de una vez buscando respuestas a preguntas que le daba miedo plantearse.
Porque ya no negaba que cuando no estaba a su lado echaba de menos su sonrisa, su ceja alzada y su mirada canalla. Que deseaba sus silencios, sus conversaciones a media voz, sus irónicas palabras y su facilidad para removerla por dentro. Que admiraba la forma honesta, sincera y visceral con la que expresaba sus sentimientos y sus ideas y cómo eso la empujaba a cuestionarse cosas que jamás se había planteado poner en duda. Porque a su lado habían expirado los silencios, esos que durante años la habían ahogado hasta enterrarla en un pozo sin luz, y la había hecho ser más libre de lo que jamás se había sentido.
Y porque en sus labios había conocido la pasión y el deseo.
Y porque amaba a Sasuke Uchiha.
Tanto, que daba miedo.
Inhalando el aire frío de la noche que le calaba hasta los huesos, Sakura se abrazó a sí misma. La delgada tela de su camisola apenas la abrigaba. Girándose, se acercó hasta la cama y tomó una manta para echársela sobre los hombros. Eso hizo que sus ojos captaran el momento exacto en el que alguien deslizó algo por debajo de su puerta.
Se acercó con sigilo, y cuando vio de qué se trataba, por primera vez en toda la noche respiró de verdad, el aire llenando su pecho con el ansia del sediento al que le han negado el agua, devolviéndole la calma que las últimas horas le habían arrebatado, porque ahora sabía con certeza que Sasuke estaba a salvo, que Sasuke estaba bien.
Era un trozo de cinta de su vestido azul.
Un trozo de cinta que Sasuke le robó el día del lago.
Un trozo de cinta que esa noche Sasuke había lucido junto a su broche. Un trozo de cinta que era una promesa, una de la que solo ambos conocían su significado.
Maldita sea... no quería un compromiso falso... no quería seguir viviendo a medias... no quería que su pasado siguiese adueñándose de su presente y de su futuro... no quería que el miedo la llevase a renunciar a aquello que sentía, que golpeaba con cada latido su pecho, que estremecía con cada caricia su cuerpo, que la llenaba de esperanza y le provocaba vértigo. Lo quería todo... las promesas que vio en sus ojos, las conversaciones interminables, las confesiones sin arrepentimientos, el deseo de su mirada, el tacto de sus manos, su sentido del humor, sus irónicas palabras desmentidas por sus tiernas sonrisas, la fuerza de su interior, su aguda inteligencia, su corazón... ese que le había ofrecido abriéndose en canal, en carne viva, para que ella hiciese lo que quisiese con él. Eso requería de valor... uno que anhelaba igualar.
