CAPÍTULO XXXVI
La tenue luz del amanecer iluminó ambos cuerpos, que entrelazados no podían dejar de tocarse, como si fuesen uno solo. Los dedos de Sakura acariciaron el brazo de Sasuke con cuidado, allí donde la sangre seca cubría una herida aún fresca e irregular.
El menor de los Uchiha tocó con ternura la frente de Sakura donde unas pequeñas arrugas se habían formado al observar su herida.
—Es solo un pequeño corte —dijo Sasuke con una cálida sonrisa.
Sakura le miró a los ojos, en claro desacuerdo.
Después de que Sasuke, abrazados durante la madrugada, le contara todo lo que había acontecido esa noche, Sakura solo pudo dar gracias por no haber sabido antes a lo que se había expuesto: Itachi y él contra siete guerreros Kamiruzu, y Shisui Suzumura luchando por vivir un día más. Todo lo que se fraguaba a su alrededor era peligroso, oscuro y enfermizo, como esa alianza secreta de la que ahora sabían, y en la que estaba metido Dosu Kinuta. Solo pensar en esa familia la hizo estremecer de frío, como si evocarlos fuese el precedente de un mal augurio.
Tampoco podía llegar a imaginar lo que debió ser para los hermanos Uchiha descubrir que Shisui era su hermano. Ella aún no podía creerlo. Cuando Sasuke se refirió a él, contándoselo todo, Sakura notó el cambio en su voz, más grave, pausada, afectada y su expresión... tensa y preocupada al hablar de él. La hija mayor de Katō sabía que, tras esos pequeños gestos, Sasuke escondía mucho más de lo que quería mostrar, porque aquello le había afectado. ¿A quién no lo haría? Sin embargo, el menor de los Uchiha exudaba una fortaleza interior y lo afrontaba todo con un arrojo y una determinación tal que era inmensamente difícil provocar que el hombre que tenía delante llegase al extremo de su aguante, y cuando lo hacía, este lo encaraba con excesiva naturalidad, como si fuese fácil, como si nada pudiese dañarlo, como si nada pudiese arañarle ni apagar su fuego interior, como si eso no desgastara su alma y pudiera matarlo.
Y eso era muy peligroso.
—Estás preciosa incluso cuando frunces el ceño.
—No estoy frunciendo el ceño —se quejó Sakura, arrugando su frente todavía más, provocando que Sasuke riera por lo bajo, grave, suave y que sus ojos adquirieran ese punto canalla que la hacía temblar. ¿Cómo se podía amar tanto a alguien? Y mirándole fijamente, totalmente hechizada por su risa y la alegría que emanaba de él, de todo lo que desbordaban sus ojos, entendió de pronto las palabras que le había dicho Sasuke cuando le confesó que la amaba, cuando le dijo que lo que deseaba ante todo es que ella fuese feliz, aunque no respondiera a sus sentimientos, aunque ese compromiso no fuese real. Y ahora comprendía el alcance de las mismas porque ella lo anhelaba también para él, porque verlo feliz, como lo hacía en ese instante, la llenó de una dicha inconmensurable, a pesar de que en su interior rugía con fiereza la necesidad de que esa felicidad la alcanzase con ella.
Deseó ser capaz de poner siempre una sonrisa así en su boca
—Sakura, ¿qué pasa...? —preguntó Sasuke con su sonrisa apenas ya visible en los labios y con una mirada abrasadora, cuando observó la expresión de la pelirosa tornarse seria y teñida de cierta añoranza.
—Acabo de entender tus palabras, cuando me dijiste que ante todo querías que fuera feliz, aunque eso no te incluyera a ti —confesó Sakura rozando ligeramente los labios de Sasuke con las yemas de sus dedos—. Yo también deseo que seas feliz, cualquiera que sea el lugar y las personas que lo hagan posible, aunque eso no me incluya a mí... —continuó la pelirosa, sellando los labios de Sasuke con su mano cuando vio su intención de responder a sus palabras, cuando la expresión de sus ojos, penetrante y acerada, se intensificó— ...aunque yo no pueda ser tan generosa como tú. Me muero por que esa felicidad me incluya a mí, para siempre. ¿Quieres casarte conmigo, Sasuke Uchiha?
Sakura sintió bajo la palma de su mano la enorme sonrisa que dibujaron los labios de Sasuke, junto al pequeño mordisco que este le dio, juguetón, en sus dedos. Sobresaltada retiró la mano de la boca del menor de los Uchiha.
—¿Me has mordido? —preguntó falsamente indignada sonriendo a su vez como no lo había hecho jamás, con los nervios a flor de piel por la pregunta realizada, sintiendo un vértigo paralizante a cada segundo que no llegaba la respuesta, ahogando un grito cuando él la tomó desprevenida y, en un rápido movimiento la envolvió entre sus brazos, girando con ella hasta quedar encima de su cuerpo, entre sus piernas.
Sakura soltó un pequeño gemido al sentir piel con piel, sin que entre ellos dos quedara un pequeño resquicio por el que poder escapar.
Sasuke la miró y en sus ojos desatados, el caos, el anhelo, el deseo, la fuerza, la promesa de una pasión sin límites y un amor incondicional y eterno. Tantas emociones en aquellos ojos negros tormenta, tantas que Sakura no alcanzaría jamás a contarlas.
—Sí —dijo Sasuke con voz entrecortada, honda, casi susurrada—. Por Dios, sí —volvió a decir con una fuerza que Sakura pudo sentir hasta en el alma.
La mayor de las Katō rio por lo bajo, con los ojos rebosantes de vida, vibrantes y emocionados y el corazón lleno de un amor profundo y sin igual.
—Pero antes... —continuó Sasuke con una mirada que erizó la piel de la pelirosa hasta hacerla enrojecer— voy a devorar cada rincón de tu cuerpo, hasta que me supliques que me detenga.
Y Sakura supo que estaba perdida, porque Sasuke siempre cumplía sus promesas.
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Mervin Suzumura esperó entre las sombras hasta que vio salir a Minato Namikaze de la habitación de Shisui Suzumura. Habían pasado cuatro días desde que, para todo el mundo, Cathair Kamiruzu perdiese la cabeza al intentar matar a Itachi Uchiha y acabase degollado por los mercenarios que había contratado para su propia seguridad.
Mervin apretó la mandíbula al recordar cómo el resto de los laird asistentes a la reunión habían reaccionado al día siguiente cuando Naruto Namikaze los había reunido a todos en la sala donde a diario habían estado negociando una posible alianza, para poder comunicarles lo acontecido. Los recelos, las miradas acusatorias y los enfrentamientos volvieron, recrudeciéndose cuando todos los clanes sospecharon los unos de los otros de haber sobornado a los mercenarios para acabar con la vida de Cathair Kamiruzu. Naruto les avisó de que nadie podría abandonar las tierras de los Namikaze hasta que las cosas no quedaran aclaradas y hasta que no se llegara a un acuerdo de no agresión entre los clanes del norte. El recordatorio de que tenía el beneplácito del rey para actuar como considerase necesario en cada situación, dándole un poder casi ilimitado, hizo que todos a regañadientes acataran dicha decisión.
Tanto Farlan, como Dosu Kinuta y él mismo no habían mantenido ninguna conversación desde la noche de los acontecimientos por precaución, ya que, en aquel momento, cualquier movimiento erróneo podía acabar con una acusación de traición y asesinato. Eso no significaba que Mervin no pudiese sentir continuamente las miradas acusadoras de Farlan y Dosu, recriminándole que no hubiese acabado con el trabajo que debía realizar. Más que nadie, él quería ver a su sobrino muerto, pero el bastardo, a pesar de estar con un pie en el otro mundo, parecía aferrarse a la vida con uñas y dientes. Debería haber fallecido tras tres días sumido en unas fiebres que lo estaban consumiendo vivo, pero estas no terminaban de acabar con él como si de esa manera intentara, aun agonizando, seguir martirizando a Mervin con su sucia y mísera vida.
Él había ido a ver a su sobrino a diario, a distintas horas y siempre había tenido que irse tras pasar un largo rato al lado de su cama sin poder culminar su cometido, porque Shisui nunca estaba solo, siempre había alguien más en la estancia: Minato, Itachi, Sasuke o Izumi Uchiha e incluso Sakura Katō, y aunque en más de una ocasión sugirió quedarse para velarle por la noche, no fue hasta el día anterior que finalmente lo consiguió, aunque de nada le sirvió cuando la compañía de Sasuke Uchiha fue una constante, dándole la bienvenida al amanecer y a un nuevo relevo, sin que el bastardo de Sasuke abandonara la habitación en algún instante. A pesar de ello, esa experiencia le sirvió a Mervin para comprobar que durante la noche, sin duda, tendría su mejor oportunidad para dar fin a la vida de su sobrino. Lo que había observado en el tiempo que su sobrino llevaba agonizando era que durante el día la habitación en la que se encontraba siempre estaba ocupada por dos o tres personas más. Hanare, Namikaze, Hatake y los Uchiha eran casi siempre los visitantes; sin embargo, por las noches, normalmente era una sola persona la que se quedaba junto a Shisui, por lo que Mervin se tomó el hecho de que Sasuke le hubiese acompañado la noche anterior como una singularidad. Mervin calculó bien sus movimientos, sabiendo que solo debía esperar. En algún momento Shisui se quedaría a solas, sobre todo si el que le velaba durante la noche era el viejo Minato Namikaze, como era el caso ese día. Su hombre de confianza le había dicho que la noche que le tocó al viejo quedarse con Shisui, Namikaze se había ausentado durante varias veces de la habitación, para aliviar sus ganas de orinar.
Así que esa noche, en la que Minato volvía a quedarse a velar a Shisui de madrugada, Mervin se encontró durante horas en el recoveco del pasillo, entre las sombras, esperando a que ese desgraciado de Minato dejara a Shisui un momento a solas, lo suficiente para que él pudiese asfixiarlo y desaparecer.
Cuando la puerta se abrió lentamente y observó al viejo salir, no sin antes dirigir una última mirada dentro de la habitación, como si quisiese asegurarse de que Shisui iba a estar bien mientras él iba a orinar o a donde quisiese que fuera, Mervin sintió su pulso acelerarse y su sangre golpear con furia sus venas en anticipación a lo que iba a hacer. Tenía que reconocer que hubiese deseado no ser él quien tuviese que llevarlo a cabo, no por matarlo, porque eso tenía que reconocer que le procuraba un extraordinario placer, sino por el peligro al que se exponía de ser descubierto, pero Dosu había tenido razón en una cosa: no podía dejar la muerte de Shisui en manos de alguno de sus hombres. Una cosa es que Mervin ordenase a uno de sus highlanders de confianza que vigilara la estancia a fin de que le informara sobre todo lo que observara, y otra que ordenase a ese hombre ejecutar a su sobrino. La primera tenía fácil explicación. La preocupación de Mervin por saber en todo momento la situación en la que se encontraba su sobrino; sin embargo, la segunda no tendría explicación alguna con el añadido de que el hombre designado para aquel trabajo podría delatarle en el caso de que lo descubriesen.
Así que, cuando Namikaze cerró la puerta tras él, mirando detenidamente el pasillo como si desconfiara de que alguien pudiese acechar en la oscuridad, Mervin se quedó inmóvil, reteniendo el aliento hasta que escuchó los pasos de Minato alejándose de allí. A esas horas de la madrugada todo estaba en silencio, ningún alma despierta entre los muros de aquel castillo, por lo que, con sumo cuidado, Mervin acortó la distancia que lo separaba de la estancia, abrió la puerta cerrándola tras él y se acercó al lecho. La habitación estaba en penumbra, solo una vela iluminaba la estancia, lo suficiente para poder distinguir la silueta de Shisui bajo las mantas tumbado en la cama. Acercándose hasta él, vio la cara demacrada de su sobrino, la piel pálida y la respiración entrecortada. Viéndole así, tan cercano a la muerte, nadie dudaría de que hubiese expirado de pronto, haciendo que su sufrimiento lo abandonase. En el fondo le estaba haciendo un favor al hijo de perra.
Con determinación se inclinó sobre él y, con una mano le tapó la boca y la nariz, con fuerza, casi con saña. Sintió cierta excitación al pensar que le estaba quitando la vida al causante de sus desvelos durante toda su vida. Un niño al principio, ahora un hombre, que siempre había amenazado su posición en su propio clan, un lugar que le correspondía a él y solo a él. Quizás fuese por su propia sed de venganza, por su ímpetu en acabar con la vida de Shisui, pero, centrado en su cometido, no escuchó acercarse a nadie tras él hasta que la hoja de un cuchillo le acarició el cuello.
—Suéltalo o te degüello.
La amenaza unida a esa voz que parecía salida directamente del infierno le hicieron levantar lentamente la mano de la parte inferior de la cara de Shisui mientras rogaba mentalmente por su vida. No podía acabar así, no de aquella forma.
Su atacante le dio la vuelta, dejando que el cuchillo marcara una pequeña línea en su piel que le hizo sisear de dolor.
Los ojos negros de Itachi Uchiha, fríos, oscuros, inmisericordes, le hicieron temblar. Esos ojos prometían dolor y muerte, y supieron leer con excesiva facilidad lo que estaba pensando, que en su desesperación intentaba discernir si podría derrotarle.
—No tienes ninguna posibilidad, pero me haría ilusión que lo intentaras, solo por el placer de destriparte como a un cerdo.
Mervin endureció sus facciones antes de escupir en la cara a Uchiha.
No pudo. Su saliva nunca llegó a su destino porque el golpe que recibió en el estómago, y en su rostro le hizo gritar y retorcerse de dolor.
—¿Cómo está? —escuchó preguntar a Itachi, y Mervin abrió los ojos sorprendido, desviando su mirada hacia el lado cuando una segunda voz retumbó en la estancia.
—Está bien —dijo Sasuke, inclinado sobre Shisui y observándolo detenidamente. Si no fuese porque eso era imposible diría que incluso vio preocupación en sus ojos.
Mervin gruñó sintiéndose engañado porque, ¿cómo demonios estaban en la estancia Sasuke y Itachi Uchiha, cuando los había visto retirarse de esa misma habitación horas antes?
Esta vez el que pareció leer la pregunta en su rostro fue el menor de los Uchiha cuando, con una sonrisa irónica y satisfactoria, contestó a esa pregunta sin que Suzumura la formulase.
—Este castillo tiene sus secretos, sobre todo la habitación de Minato Namikaze, que es esta. No creerías que la estancia del laird del clan Namikaze solo iba a tener un acceso, ¿verdad?
—¿Qué queréis? —preguntó Suzumura, mirando alternativamente a los dos—. Shisui es mi sobrino, tengo derecho a ver cómo está. No sé qué pensáis que habéis visto pero os equivocáis —dijo con furia.
Mervin supo que no tenía escapatoria alguna cuando ambos hermanos le miraron, cuando atisbó dentro de sus ojos lo que serían capaces de hacer, del infierno que le harían pasar sin que les importara absolutamente nada.
—Tu alianza con Farlan Kamiruzu y Dosu Kinuta fue una mala idea. Matar a Cathair Kamiruzu, una estupidez; intentar acabar conmigo, un error —dijo Itachi, mientras los ojos de Mervin se abrían completamente al entender que Uchiha estaba al tanto de su trato con Kamiruzu y Kinuta—. Pero intentar matar a Shisui es una sentencia de muerte y te costará todo.
La cara de Suzumura se contrajo de miedo, ira y desesperación.
—¿Por qué tanto interés en la vida de este bastardo? Yo soy el jefe del clan Suzumura —masculló fuera de sí—. Está en mis manos la vida de cualquiera de los miembros de mi clan. Shisui es mi sobrino, me ha traicionado y por ello debe pagar con su vida. Tú no eres nadie para inmiscuirte en mis decisiones. Y respecto al resto de lo que has dicho, no sé nada de ninguna alianza —espetó Mervin orgulloso.
—No deberías haber dicho eso —escuchó Suzumura decir a Sasuke Uchiha.
El dolor que sintió cuando su cuerpo chocó contra la pared de piedra que había a sus espaldas fue igualable al pánico que sintió cuando una de las manos de Itachi Uchiha le aprisionó la garganta contra ella, inmovilizándolo, haciendo que le fuese imposible respirar, sintiendo que, a cada segundo que pasaba, la vida se le escapaba de entre los dedos.
Cuando su rostro estuvo congestionado y los ojos inyectados en sangre, el agarre de Uchiha se suavizó lo suficiente para poder toser y permitirle vivir un poco más. Cuando desapareció por completo y pudo mirar a Itachi Uchiha, los ojos de este eran dos témpanos de hielo.
—Un laird no dispone de la vida de los miembros de su clan, sino que vela por ellas entregando la suya si hace falta para salvaguardarlos —dijo lentamente Itachi con voz grave—. Y Shisui no te pertenece, no eres dueño de su vida ni de su futuro.
—Es mi sobrino —volvió a repetir Mervin.
—No, ya no... —dijo Itachi—. Es mi sangre, es mi familia, es mi hermano y es libre —sentenció Itachi dando un paso hacia Suzumura que se encogió ligeramente cuando Uchiha acortó la distancia entre ambos, intentando comprender lo que Itachi le estaba diciendo—. Aunque tu muerte no fuera inevitable por traición, morirías igualmente solo por el hecho de atreverte a tocarlo —dijo Itachi señalando a Shisui—, pero puedes evitar que acabe con tus hijos y arrase con todo tu clan.
—Mis hijos no saben nada —espetó Suzumura derrotado.
La sonrisa fría, infernal, de Uchiha fue directa a sus entrañas, como si se las hubiesen arrancado de cuajo.
—La embriaguez es una mala compañera para los secretos —espetó Sasuke.
Y entonces Suzumura cayó al suelo de rodillas, derrotado, entendiendo a dónde quería llegar el menor de los Uchiha con sus palabras. Mervin conocía demasiado bien a su hijo Akir para saber que se referían a él. En algún momento Akir, bajo los efectos de la bebida, los había sentenciado.
Mervin asintió lentamente, consciente de que haría cualquier cosa por la vida de sus hijos, aunque estos fueran su vergüenza.
—Kinuta me amenazó con lo mismo si hablaba —dijo Mervin mirando a ambos hermanos Uchiha,
—Si confiesas, tus hijos estarán a salvo —dijo Sasuke.
Mervin le miró durante unos segundos a los ojos intentando discernir la veracidad de aquella declaración.
—Y si no lo haces, ellos morirán y a mí no me importará a qué precio —sentenció Itachi.
Y Mervin Suzumura procedió a contarles todo.
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El gran salón estaba cerrado y dentro de él se encontraban ocho de los diez laird pertenecientes a los clanes que habían acudido días atrás a aquella reunión dictaminada por el rey en territorio Namikaze. Junto a los mismos se encontraban los hijos u hombres de confianza de cada uno de ellos que, al igual que los jefes de cada clan, esperaban de forma curiosa y expectante a lo que Naruto Namikaze tenía que decirles. Los habían convocado excesivamente temprano, demasiado para tratarse de la reunión habitual. Eso despertó suspicacias y provocó preguntas entre los asistentes que se agravaron con el nacimiento de ciertos susurros cuando Naruto decidió comenzar.
—Aún falta laird Suzumura —comentó laird Nohara mirando a Leathan y Akir, cuyos rostros tensos se crisparon al escuchar hacer referencia a su padre.
—Nuestro laird está indispuesto esta mañana. Nosotros acudimos a esta reunión por mi padre y en representación del clan Suzumura —dijo Leathan, el mayor de los hijos de Mervin Suzumura.
Cualquiera que fuese un poco observador podía darse cuenta de la inquietud de Akir, que rehuía conscientemente la mirada de los presentes, y de la tensión en el mentón de Leathan, así como el movimiento involuntario de su mano izquierda que delataba su incomodidad y nerviosismo. La única realidad es que, desde la noche anterior, no habían visto a su padre, y esa mañana no habían podido encontrarlo. Sabían que debían guardar silencio hasta que consiguiesen dar con él, sobre todo porque ninguno de ellos quería despertar la suspicacia de Dosu Kinuta o de Farlan Kamiruzu.
—Itachi Uchiha tampoco está —dijo laird Katō mirando a Naruto Namikaze y Kakashi Hatake.
—Uchiha se reunirá con nosotros en breve —informó Kakashi.
—Pues si hemos acabado de preguntar por los ausentes, que demuestran una clara falta de respeto por el resto de los aquí presentes, me gustaría saber por qué nos has reunido a esta hora y para qué. ¿Tiene algo que ver con lo ocurrido a Cathair Kamiruzu? Porque si es así esta reunión ha terminado para mí. Lo que le pasara a ese bastardo nada tiene que ver con nosotros y, francamente, ya hemos perdido demasiado el tiempo con esta absurda reunión. ¿Cuánto tiempo llevamos aquí, dos semanas? Y no estamos más cerca de un acuerdo que al principio. Francamente, Namikaze, tu labor como mediador y la del resto de los clanes que están aquí con esa misión es una auténtica mierda —escupió Taffy Kinuta que se llevó una mano al pecho tras decir lo que pensaba. Su cara se contrajo con dolor.
—Padre, debería descansar. Déjeme a mí la reunión —dijo Dosu Kinuta.
—¿Qué reunión? —preguntó Taffy como si se hubiese olvidado de lo que acababa de decir, mirando extrañado a su hijo—. No me encuentro bien —continuó, y Dosu hizo una señal a uno de sus hombres de confianza para que se llevara a su padre.
—Si quiere, mi esposa puede examinar a su padre —se ofreció Kakashi ante el silencio que se formó en el gran salón tras abandonar Taffy el mismo y quedar claro, de nuevo, lo que todos habían visto más de una vez en los últimos días, que Taffy Kinuta estaba enfermo y que eso le hacía a veces desorientarse y mostrarse agresivo. El dolor que parecía apoderarse de él de pronto era también demasiado frecuente.
—No necesito que nadie le examine —dijo Dosu mirando fijamente a Kakashi, hasta que tuvo que desviar sus ojos ante la frialdad y la dureza que vio en los de laird Hatake.
Naruto Namikaze volvió a tomar las riendas de la reunión cuando les rogó que guardaran silencio.
—Todos saben lo que le pasó a Cathair Kamiruzu hace unos días.
Varios gruñidos y asentimientos se generalizaron en la sala.
—Sí, lo mataron mientras él intentaba acabar con Itachi Uchiha. ¿Ya han descubierto quién pagó a esos mercenarios para que traicionaran a Cathair y le cortaran el cuello? —preguntó laird Gunn levantando una ceja.
—Mejor que eso, tenemos a un testigo —afirmó Minato Namikaze, y las respuestas por parte de los presentes no se hicieron esperar. El murmullo fue generalizado y ni a Kakashi Hatake ni a Naruto les pasó desapercibida la rápida mirada que cruzaron Farlan Kamiruzu y Dosu Kinuta.
—¿Qué testigo?, ¿y por qué no ha hablado antes? —preguntó Farlan Kamiruzu.
La puerta del fondo de la estancia se abrió y por ella entró Mervin Suzumura, seguido de Itachi y Sasuke Uchiha.
La expresión de Dosu Kinuta se ensombreció, y un destello de furia, de odio, cruzó sus ojos antes de que consiguiera dominarlo. Farlan Kamiruzu palideció ligeramente, intentando aparentar una serenidad que claramente le había abandonado.
El resto de los presentes miraron desconcertados a Suzumura, cuyo semblante estaba magullado en varios lugares y cuya tez estaba blanquecina y sudorosa.
—¿Qué significa esto? —preguntó Nohara con la voz entrecortada, cuando Itachi y Sasuke se acercaron al círculo formado por los laird, y Uchiha obligó a Mervin Suzumura a situarse en medio de ese círculo.
Leathan y Akir Suzumura ni siquiera abrieron la boca. La mirada que cruzaron con su padre cuando este entró, y su ligera negación con la cabeza, fue suficiente para que entendieran lo que ocurría y que debían mantenerse al margen si querían sobrevivir a aquello.
Mervin Suzumura no miró a nadie, su vista fija en el suelo para que su determinación no flaqueara, aunque eso no le impidió sentir los ojos de Kinuta y Farlan Kamiruzu sobre él, ni tampoco la promesa de Itachi Uchiha pesando sobre sus espaldas. Sabía lo que debía hacer... si caía uno, caían todos. Pues que así fuera. Él ya estaba muerto, pero no su estirpe. Leathan y Akir seguirían con vida si hablaba y eso era todo lo que le importaba en ese instante.
Nunca debió confiar en Kamiruzu y en Kinuta. Esa alianza había sido una sentencia de muerte desde el principio y ahora lo veía claro. Se dejó cegar por la ambición y las promesas de Kinuta, y ahora todos pagarían las consecuencias. Solo unos segundos antes de hablar levantó la mirada, para cruzar sus ojos con los de Dosu Kinuta. Habían sido unos estúpidos y todos morirían por ello.
—Farlan Kamiruzu, Do... —empezó a confesar Mervin, justo antes de que todo se volviera una locura, antes de que Kinuta se abalanzara sobre él con un puñal directo a su pecho, antes de que sintiera cómo alguien lo empujaba hacia un lado con una velocidad endiablada, lo suficiente para que el cuchillo alcanzara su costado y no su corazón, enfrentándose a Kinuta antes de que este consiguiera apuñalarlo de nuevo.
Sasuke no le había quitado los ojos de encima a Kinuta desde que entraron en la estancia. Sabía que aquel bastardo era peligroso, y más si lo acorralaban, como pensaban hacer con la confesión de Mervin Suzumura.
El menor de los Uchiha había esperado que Dosu se revolviera y lo negara todo, pero, a diferencia de lo que pensaba, en vez de ser testigo de su negativa, lo fue de la ira que arrasó sus ojos, dotándoles de un aura de locura, y entonces Sasuke lo supo, supo que Kinuta intentaría algo desesperado.
Siguiendo su instinto, Sasuke se adelantó, ganando el tiempo necesario para evitar que el puñal de Kinuta alcanzase de pleno a Suzumura, cuando este, con un rugido y la mano armada, de pronto se abalanzó sobre Mervin, consiguiendo que Dosu solo le hiriese en el costado, interceptando de nuevo la mano de Kinuta cuando este, con un movimiento endiabladamente rápido y furioso, intentó rematar a Suzumura. La sorpresa en la cara de Kinuta cuando Sasuke, aprovechando el impulso de su movimiento, dobló la mano del highlander y enterró el puñal en sus entrañas no tuvo precio. La incredulidad y el terror agrandaron los ojos de Kinuta a un solo palmo de la cara del menor de los Uchiha, antes de que este removiera el cuchillo en su interior mientras le decía en voz baja «por Sakura, por mi hermano Shisui», solo un segundo antes de que Dosu se atragantara con su propia sangre y cayera al suelo sin vida.
La confusión del momento, los gritos y el caos casi permitieron que uno de los hombres presentes en el gran salón se escabullera en silencio.
Solo cuando la puerta entreabierta a pocos pasos del highlander se cerró de golpe por la mano de Kakashi Hatake, posicionándose ante ella, cortando su huida, la expresión de urgencia y desesperación en el rostro de Farlan Kamiruzu se convirtió en rabia.
La confesión de Mervin Suzumura ante todos, después de que Hanare Hatake le curase la herida del costado y se cerciorase de que Suzumura seguiría con vida, y de que varios hombres Namikaze retiraran el cuerpo sin vida de Kinuta, creó un ambiente de crispación y de furia en el resto de los clanes, sobre todo por parte de Nohara y Gunn, quienes hubieran sido, si la alianza hubiese tenido éxito, los más afectados por la misma. No en vano, Kinuta, Suzumura y Kamiruzu no solo querían utilizar la reunión para poder alcanzar sus fines personales, sino también para afianzar una alianza entre los tres a fin de, conjuntamente, mermar, debilitar y acabar con los otros dos clanes del norte.
El rechazo y el horror en la cara de todos los lairds cuando quedó al descubierto el asesinato de Cathair Kamiruzu orquestado por su propio hijo, y el intento por parte de Mervin para acabar con la vida de su propio sobrino, fueron los detonantes de que muchos de ellos pidiesen la muerte inmediata de ambos. Solo la voz de Naruto Namikaze entonada en nombre del rey, evitó que aquella tarde el suelo de la gran sala del castillo del clan Namikaze se cubriera de sangre más de lo que lo había hecho con la de Kinuta.
Tanto Suzumura como Farlan Kamiruzu fueron encerrados a la espera de las instrucciones por parte del rey Guillermo, al que Naruto había enviado un comunicado días atrás con uno de sus hombres de confianza, aunque a Namikaze no le cabía duda de cuál sería el destino de ambos y de la difícil situación en la que quedarían sumidos sus respectivos clanes.
Más difícil fue retener a un enfermo y enloquecido Taffy Kamiruzu cuando le comunicaron lo que había hecho su hijo y cómo había muerto. El ataque que sufrió después de que Naruto Namikaze junto a Henson Katō le diesen la noticia terminó por agravar la situación de laird Kinuta, de cuya recuperación Hanare dudaba seriamente.
El enviado del rey, Hiruzen Sarutobi, junto a varios hombres de su guardia personal llegaron a tierras Namikaze al día siguiente. Tenían como misión recabar toda la información de lo sucedido, así como llevarse consigo a Mervin Suzumura y Farlan Kamiruzu detenidos bajo los cargos de traición y asesinato. Sarutobi, a su vez, habló con Leathan y Akir Suzumura, así como con los guerreros del clan Kamiruzu y del clan Kinuta que habían acudido allí con sus respectivos laird, a fin de que estos se encargaran de emplazar a los representantes de cada clan para que en dos semanas acudieran a la corte, para conseguir el beneplácito del rey en cuanto a la elección del nuevo laird, y decidir el futuro de dichos clanes.
Gunn y Nohara llegaron a un acuerdo de no agresión hasta que la inestabilidad provocada por los acontecimientos se atenuara y la elección de los nuevos laird por parte de los otros clanes propiciase una nueva reunión.
Naruto Namikaze, cuya buena relación con Sarutobi era patente, confirmó su presencia en la corte en pocos días, para estar presente a requerimiento del rey Guillermo cuando juzgaran a Farlan Kamiruzu y a Mervin Suzumura, por las acusaciones vertidas contra ellos.
Los dos días siguientes fueron duros y complicados, no solo por los acontecimientos sino también por las confesiones que aún faltaban por hacer entre aquellas paredes de piedra.
