CAPÍTULO XXXVII
Sakura miró a su hermana Shizune que con los ojos rojos, llenos de lágrimas; la miraba sin poder decir una sola palabra. Los sollozos que intentaba controlar la menor de las Katō, y que apenas emitían sonido alguno, eran desgarradores y le estaban partiendo el alma.
—Déjame que te abrace, por favor, Shizune —suplicó la pelirosa con los ojos húmedos por las lágrimas que se resistía a derramar.
Sakura le había contado a Shizune todo. Todo lo que pasó con Shira Kinuta años atrás y, aunque había sido lo más difícil que había hecho en su vida, aunque verla en el estado en el que se encontraba la estaba matando por dentro, una parte de ella había encontrado una paz que no esperaba. Después de los últimos días, de la muerte de Dosu Kinuta, de que se descubriera el pacto entre varios clanes del norte y de su traición y del estado de inconsciencia en que seguía Shisui Suzumura, Sakura había ido posponiendo aquella conversación, hasta ese momento.
—¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué no confiaste en mí? ¡Por Dios, Sakura! —exclamó Shizune negando con la cabeza—. ¡Quiero matarlo, con mis propias manos! —continuó la menor de los Katō entre dientes con rabia.
—Ya está muerto —susurró Sakura.
Y Shizune la miró con esa fuerza que la caracterizaba, y que su hermana siempre admiró de ella.
—Pues no es suficiente, maldita sea. No es suficiente para pagar por lo que te hizo —dijo arrancándose las lágrimas que rodaban por sus mejillas con la mano, de forma airada.
—Ya he hecho las paces con el pasado, Shizune... Por favor... Si no te lo he contado antes es porque durante mucho tiempo he sido incapaz de hacerlo, no porque no confiara en ti, sino porque no podía hablar de ello, apenas si podía respirar sin que sintiera que me quebraba por dentro —continuó Sakura tomando una de las manos de su hermana que temblaba ligeramente entre las suyas—. Cuando pasó me sentí como si una parte de mí hubiese muerto para siempre. Más de una vez deseé que en verdad todo acabase. Eran pensamientos fugaces a los que no permití echar raíces dentro de mí, y, ¿sabes por qué? —preguntó mirándola con una tenue sonrisa, una que no llegó a sus ojos—. Por ti. Porque tú, con tu fuerza, con tus continuas sonrisas, con tu corazón enorme y noble, me dabas una razón para seguir cada día. Así que, aunque no pude contártelo, Shizune, la verdad es que sigo aquí gracias a ti, porque tú me diste las fuerzas para seguir.
Shizune se mordió el labio para no sollozar de nuevo, mientras otra lágrima descendía por su mejilla y sus ojos eran dos pozos de dolor sin fondo.
—Perdóname, Sakura..., perdóname por no darme cuenta —rogó Shizune totalmente rota por dentro.
Sakura la abrazó con fuerza, atrayéndola entre sus brazos.
—Ni se te ocurra pedirme perdón por eso. Jamás, ¿me oyes? No podías darte cuenta de nada, por Dios, eras solo una niña. Y aunque lo hubieras hecho, yo no te lo habría contado, no podía —continuó Sakura—. Perdóname a mí por infligirte ahora este dolor; no tenía derecho.
Shizune se deshizo del abrazo de su hermana mayor cogiéndola por los brazos y mirándola fijamente.
—No, no, por Dios, Sakura. ¿Qué estás diciendo? Tú eres mi hermana, mi familia —dijo con determinación, remarcando cada una de las palabras dichas—. No te perdonaría si no lo hubieses hecho. Te quiero, Sakura. Tú e Yamato sois lo que más amo en este mundo. No sé lo que haría sin vosotros dos.
Sakura sonrió al sentir el cambio en la voz de su hermana al hablar de su esposo.
—Sobre todo sin Yamato —afirmó Sakura, con una mirada traviesa.
Shizune la miró con cara de desconcierto frunciendo el entrecejo.
—Verás, tengo que contarte algo más —continuó Sakura haciendo un gesto con los hombros que hizo que Shizune se llevase una mano al pecho, esperando ya cualquier cosa de labios de su hermana.
—Prometo que esto te va a gustar —dijo la mayor de las Katō con una calidez en sus ojos que hizo que Shizune contuviese el aliento.
Y Sakura lo hizo. Se lo contó todo. Todo lo que su corazón albergaba por Sasuke Uchiha.
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—¿Cómo está Shisui? —preguntó Naruto Namikaze, sentándose en una de las sillas de la pequeña sala que él utilizaba para llevar las cuentas del castillo.
Kakashi y Sasuke ocupaban las otras dos sillas dispuestas alrededor de la mesa, donde aún reposaban varias misivas del rey. En ellas Guillermo le comunicaba a Namikaze la necesidad de su presencia lo antes posible en la corte y su firme resolución, tras escuchar la información de Sarutobi y la confesión de boca del mismo Mervin Suzumura de acusar a ambos de traición y asesinato.
—Sigue igual. La fiebre no remite —dijo Sasuke.
—Son muchos días luchando contra ella —expresó Naruto.
Kakashi miró a Sasuke con preocupación. Hatake había sido testigo en los últimos días de cómo los hermanos Uchiha se turnaban en todo momento para permanecer al lado de Shisui y de cómo ambos sufrían por el destino de aquel highlander con el compartían la misma sangre. Conocía a Itachi tan bien que durante días no le había presionado para que saliese de aquella estancia en la que Shisui se debatía entre la vida y la muerte. El que hubiese conseguido sacarlo de la habitación para tomar una cena decente esa noche le había costado casi su amistad; sin embargo, lo había conseguido aunque solo hubiese sido por un rato antes de que Uchiha volviese a la estancia de Shisui para relevar a Minato Namikaze en su cuidado.
—Lo está consumiendo vivo, y está acabando con sus fuerzas —afirmó Sasuke entre dientes.
Los ojos del menor de los Uchiha, siempre vibrantes, parecieron apagarse por un segundo al hacer aquel comentario.
—Es fuerte y que siga luchando es un hecho esperanzador —afirmó Kakashi, mirando a Sasuke. El menor de los Uchiha le devolvió la mirada, penetrante, inquebrantable, y Hatake vio en ella la fuerza que caracterizaba a Itachi, la misma que rogaba que hubiera en el interior de Shisui Suzumura. Porque conocía todo por lo que aquellos hermanos habían pasado, sabía a todo lo que habían renunciado, los admiraba, eran su familia, y no deseaba verlos sufrir más.
—¿Y de qué querías hablarme? —preguntó Naruto mirando a Sasuke recordando que durante la cena el menor de los Uchiha le había comentado que había algo que quería pedirle.
—Deseaba saber si te importaría prestarme al padre Will —dijo Sasuke mirando fijamente a Naruto.
Una sonrisa se extendió rápidamente por los labios de Namikaze, y Kakashi rio abiertamente, guiñándole un ojo a Sasuke cuando este desvió su mirada hacia él.
—Si no te parece abusar de tu hospitalidad —continuó Sasuke mirando de nuevo a Naruto—, a Sakura y a mí nos gustaría casarnos aquí, antes de que acabe la reunión —terminó el menor de los Uchiha cuya expresión y el brillo de sus ojos, cargados de ilusión, lo decían todo.
Sakura y él no querían esperar, ya que bajo el techo de los Namikaze se encontraban reunidos en aquel momento todas las personas que tanto Sasuke como la hija mayor de Katō deseaban que estuviesen presentes en su boda.
—¿Katō está de acuerdo con que os caséis aquí? —preguntó Hatake.
—Sakura y yo se lo hemos dicho esta mañana, y aunque al principio tuvo sus reticencias, al final ha accedido. Skena Gunn fue la que generó más problemas y la que provocó las dudas en Henson. Según ella su sobrina nieta no debía casarse de manera apresurada, y debía hacerlo delante de su clan.
—Esa mujer es peculiar —espetó Naruto.
—Sí, peculiarmente odiosa —dijo Hatake, y Naruto sonrió abiertamente.
—Creo que después de que Sakura le dijese a la esposa de laird Gunn que esa decisión no le correspondía tomarla a ella y que lo que tuviéramos que discutir con su padre acerca de la boda no era de su incumbencia, solicitando a su padre que aquella conversación la mantuvieran sin su presencia, le quedó bastante claro que lo que ella opinase no volvería a tenerse en cuenta —dijo Sasuke y en sus ojos, un brillo travieso de admiración.
—Bien hecho —dijo Hatake.
Y Naruto asintió antes de hablar.
—Para nosotros será un placer que os caséis aquí, y el padre Will estará encantado de oficiarla.
—Gracias —respondió Sasuke con una gran sonrisa.
Unos pequeños golpes resonaron en la puerta, antes de que uno de los hombres de confianza de Naruto la abriera y asomara la cabeza.
—Naruto, laird Nohara y Tsuchi querían saber si podían hablar contigo. Querían consultarte algo. Todavía siguen en el salón y han sido bastante insistentes.
Naruto enarcó una ceja. En la cena tanto Nohara como Tsuchi se habían enzarzado en una ridícula discusión acerca de quién entendía más sobre caballos. Habían intentado que Naruto tomara partido en la misma, y él había conseguido escabullirse, aunque parecía que su suerte había llegado a su fin.
—Si me disculpáis. Debo dejaros, aunque no quiera —dijo Naruto con resignación.
Hatake rio por lo bajo.
—Buena suerte.
—Para aguantar a esos dos hace falta más que buena suerte —remarcó Sasuke, y Hatake soltó una carcajada.
Sasuke y Kakashi salieron tras Naruto cuando este se excusó, y mientras Namikaze tomaba rumbo al gran salón, Kakashi y el menor de los Uchiha siguieron el camino que conducía hasta sus habitaciones.
—Con todo esto que ha pasado no te he preguntado cómo están los pequeños —le dijo Sasuke a Hatake cuando caminaban lentamente en dirección a las escaleras que los llevaría a la planta superior.
—Están bien. Obito parece que se ha tranquilizado bastante y Itachi ya está durmiendo bien —dijo Hatake, y Sasuke vio en sus ojos esa ternura que solo el hablar de su familia conseguía sacar a la superficie.
Sasuke ralentizó su paso cuando Hatake detuvo el suyo. El menor de los Uchiha frunció el ceño cuando la mirada inquisitiva de Hatake se clavó en él.
—¿Pasa algo? —preguntó Sasuke, que ya estaba más que acostumbrado a esos momentos. Sabía que cuando Kakashi tenía esa expresión en el rostro era porque había llegado a una conclusión sobre algún asunto al que había estado dándole vueltas durante un tiempo.
—Itachi...
—¿Mi hermano? —preguntó Sasuke, colocándose frente a Hatake.
Kakashi asintió mirándole fijamente.
—La noche en que Cathair le tendió la trampa.
Sasuke enarcó una ceja.
—Sí, ¿qué pasa con esa noche?
—Me he estado preguntando qué le dijo Kamiruzu a Itachi para que tu hermano saliese del salón sin ajustarse a lo que habíamos hablado previamente. Ni siquiera intentó avisarnos, ni una maldita señal. Arriesgó demasiado y quiero saber por qué.
—¿Aún no conoces a Itachi? —preguntó Sasuke con una leve sonrisa quitándole importancia a los interrogantes de Hatake.
—Porque lo conozco demasiado bien te lo pregunto, y porque te conozco a ti, sé que intentas evitar contármelo —continuó Hatake—. ¿Con qué le amenazó, Sasuke? —preguntó Hatake con voz profunda y exigente, intuyendo la respuesta—. Estábamos todos en el salón, a su vista, así que no podía amenazarle con ninguno de nosotros...
La mirada intensa de Sasuke fue suficiente para confirmar sus sospechas.
Hatake apretó la mandíbula y se tocó el pelo, despejando de su rostro los mechones plateados que caían sobre él.
—Maldita sea —masculló Kakashi—. Podríais haber muerto.
Sasuke miró a Kakashi con determinación.
—Sabes que mi hermano haría cualquier cosa por tus hijos.
—¿Por qué no me lo dijo? —preguntó Hatake casi en un susurro, con la voz ronca y afectada por lo que acababa de descubrir.
La mirada de Sasuke se suavizó.
—Lo conoces muy bien, Kakashi. Él no hace las cosas por reconocimiento. Al contrario, odia eso. Itachi adora a tu mujer, para él es como una hermana, y quiere a tus hijos como si fuesen suyos. Mi hermano iría al infierno por ti, si hiciese falta. Lo haría sin mediar palabra y evitando que te enterases jamás. Es su forma de proteger a los que ama.
—Y la tuya —dijo Hatake emocionado.
Sasuke sonrió lentamente.
—Bueno, soy un Uchiha.
—Sin duda —contestó Hatake.
Y el menor de los Uchiha se mordió el labio inferior antes de volver a hablar.
—Además de mi hermano, he tenido la suerte, todos estos años, de tener la amistad y el ejemplo de otro gran hombre, uno sin el cual no estaría hoy aquí —dijo Sasuke mirando fijamente a Kakashi.
Hatake asintió conmovido.
—Para mí ha sido un orgullo ver el hombre en el que te has convertido —dijo Kakashi con firmeza.
—¿Te imaginas teniendo esta conversación con Itachi? —preguntó Sasuke—. Antes te corta los huevos —finalizó, y ambos estallaron en carcajadas.
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La boda tuvo lugar dos días después, en la pequeña capilla que los Namikaze tenían en el castillo.
El padre Will la ofició y fue íntima y preciosa. A pesar de que algunos de los invitados todavía no habían abandonado las tierras de los Namikaze, entre ellos los Gunn y Tsuchi, solo estuvieron presentes Izumi y Itachi Uchiha, Henson Katō, Shizune e Yamato Hatake , Naruto y su esposa Temari y Kakashi junto a Hanare y los pequeños.
Sakura estaba preciosa con un vestido de color azul oscuro, con el escote y las mangas ribeteados con unos bordados de pequeñas hojas de color plata. El hecho de que, sobre su hombro izquierdo, cruzando su pecho hasta la cintura, llevase un trozo de la tela del feileadh mor de los Uchiha, algo que ni Sasuke ni Itachi esperaban, hizo que la mirada que le dirigieron ambos al acercarse al altar la hiciera emocionarse. Admiración, orgullo y un amor infinito desprendían los ojos de Sasuke Uchiha, unos ojos que no dejaron de mirarla, de acompañarla, de acariciarla durante toda la ceremonia y los festejos posteriores, hasta que ambos se retiraron a altas horas de la madrugada a la habitación de Sasuke, ya como marido y mujer, donde dejaron hablar a sus cuerpos, acariciándose, amándose, entregándose como si no hubiese un mañana, como si cada instante fuese el último, con intensidad, con urgencia, con una pasión sin límites, hasta que el alba los encontró enredados, entre las sábanas, desmadejados, agotados y satisfechos.
—Nunca pensé que pudiera ser tan feliz —susurró Sakura mirando a los ojos a su esposo, ambos tumbados en el lecho, uno frente al otro, con sus piernas enredadas y los brazos de Sasuke rodeándola, deslizando sus dedos por su espalda, dibujando círculos en su piel, provocando que desease cerrar sus ojos para abandonarse a las sensaciones que con su roce le provocaba.
—¿Qué...? —preguntó Sakura, acariciando la mejilla del menor de los Uchiha cuando la mirada intensa de Sasuke sobre ella, sobre su rostro, se prolongó en el silencio.
—Estaba pensando que sesenta o setenta años no me bastarán —contestó Sasuke con una sonrisa en los labios, la misma que Sakura dibujó con las yemas de sus dedos tras abandonar su mejilla, riendo cuando la mirada canalla de su esposo, esa que había aprendido a reconocer, esa que hacía que se estremeciera y que su piel ardiera, la miró con absoluta devoción.
—Entonces tendrás que amarme por toda la eternidad —sugirió Sakura, en voz baja, suavemente, en su oído, sintiendo cómo la piel de Sasuke se erizaba bajo sus dedos, cómo la mano que trazaba dibujos en su espalda se tensaba, atrayéndola más hacia él hasta que fue imposible saber dónde empezaba uno y terminaba el otro.
—Ya te amo, mi vida, hasta el final de los tiempos —afirmó Sasuke demostrándole una vez más, con su cuerpo, con el roce de sus manos, con sus besos y con su alma, que aun así, la eternidad se le antojaba demasiado corta.
