EPÍLOGO
Shisui Suzumura abrió los ojos lentamente, para volver a cerrarlos, como si aquel simple gesto le supusiera las pocas fuerzas que le quedaban. Jamás nada fue tan complicado.
El dolor inundó su cuerpo, y le quemó el costado y el hombro, sintiéndose entumecido, agotado, como si sus extremidades fueran simples apéndices sobre los que no tuviera control alguno.
Intentó moverse, centrar su vista en esa penumbra que le rodeaba y oyó un gruñido, rasgado, quebrado, salir de su garganta reseca, uno que apenas pudo reconocer como propio, y que provocó que su cuerpo temblara sin control por el esfuerzo. Hasta que unas manos grandes y duras evitaron que se quebrara, manteniéndolo de nuevo en el lecho, una sobre su pecho, la otra sobre su frente, con un gesto delicado para provenir de unas manos tan fuertes.
—Tranquilo..., despacio, poco a poco —dijo la voz, grave, imposible de ignorar, y a la que Shisui se encontró siguiendo, tratando de llevar a cabo sus indicaciones, confiando.
—Bebe —dijo al rato la voz, y Shisui intentó abrir de nuevo los ojos para ver a quién pertenecía, mientras empezaba a recordar... Cathair Kamiruzu... una trampa, las palabras de Mervin... Itachi y Sasuke...
Y volvió a gruñir cuando las manos levantaron con cuidado levemente su cabeza y vertieron a través de sus labios un poco de agua que tomó con avidez, tanto que tosió cuando el líquido regó su boca y Shisui intentó tragar con ansia.
—Despacio —le ordenó la voz, y él así lo hizo, bebiendo pequeños sorbos hasta que su cabeza volvió a estar de nuevo recostada sobre el lecho.
—¿Minato? —preguntó Shisui cuando sus sentidos empezaron a responderle, cuando recordó dónde estaba y por qué.
—No, no soy Minato... —dijo la voz lentamente de forma pausada, calmándolo.
Shisui giró la cabeza, hacia donde la voz le hablaba... y esta vez consiguió abrir los ojos.
Le costó enfocar la mirada lo suficiente para poder ver su imagen. La penumbra en la que estaba sumida la estancia apenas ayudaba. Debía ser de noche, pensó de pronto... ¿Cuántos días llevaría allí tumbado, inconsciente? Por cómo se sentía, como si hubiese salido del mismísimo infierno, debían de haber pasado bastantes, o quizás la gravedad de sus heridas le habían dejado sumido en una virulenta fiebre provocando que estuviese en aquel estado. Solo sabía que estaba vivo y que eso era mucho más de lo que esperó cuando lo hirieron. Realmente en aquellos momentos pensó que no sobreviviría.
Ahora otras preguntas le acuciaban. ¿Qué había pasado durante todo el tiempo que él llevaba inconsciente? ¿Habrían detenido Minato, Itachi y Sasuke a Kinuta y Kamiruzu? ¿Qué habría ocurrido con Mervin? Todas esas preguntas se agolparon en su cabeza, una tras otra, como si no tuvieran orden, ni paciencia, ni control, mientras terminaba de enfocar la figura que estaba sentada al lado de la cabecera de la cama y que permanecía inclinada ligeramente hacia él.
—Itachi... —dijo con dificultad cuando pudo verlo con claridad, apenas reconociendo la voz ronca que salió de su garganta.
—Sí... —afirmó Uchiha, y Shisui entrecerró un poco los ojos cuando observó con nitidez la mirada del highlander. En los orbes negros de Itachi creyó ver un profundo alivio dentro de la oscuridad que los dominaba. Esos ojos que en aquel instante escrutaban los suyos, inquisitivos, con esa voluntad inquebrantable de la que Shisui había sido testigo durante aquella reunión.
—¿Qué ha pasado? —preguntó con apenas un hilo de voz.
Observó a Itachi tomar aire antes de contestar. Sus ojos fijos en los suyos, seguros, firmes, determinados.
—Mervin confesó, y tanto Farlan Kamiruzu como él fueron puestos a disposición de la guardia del rey que los ha llevado a la corte. Guillermo los ha acusado de traición y asesinato. La muerte será su condena —dijo Itachi con rotundidad.
Ante la necesidad de que el rey escuchase la confesión de los labios de Mervin Suzumura acerca de todo lo acontecido, Itachi no había podido acabar con la vida de Suzumura, pero sin duda, si por algún milagro este no pereciera ejecutado por mandato real, Uchiha se encargaría de que Mervin no viera un nuevo amanecer. Suzumura no volvería a atentar contra la vida de Shisui.
El sobrino de Suzumura cerró los ojos un instante. Aunque sabía qué clase de hombre era su tío Mervin y el odio que este sentía hacia él, nunca quiso que su destino fuese ese.
—¿Kinuta? —preguntó mirando nuevamente a Itachi.
—Kinuta intentó matar a Suzumura cuando este iba a confesar, y murió a manos de Sasuke.
El entrecejo de Shisui se arrugó inmediatamente.
—Sasuke está bien —se apresuró a decir Itachi, que interpretó a la perfección el origen de la preocupación de Shisui—. Se ha casado esta mañana con Sakura Katō.
Una sonrisa imposible de dibujar lo hizo en sus labios resecos.
—Me alegro... ¿Cuánto tiempo llevo...?
—Siete días —contestó Itachi—. Has tenido mucha fiebre.
—Me duele todo. No puedo apenas moverme —dijo casi en un susurro... mirando los ojos de Itachi que parecieron, en la penumbra, dirigirle una mirada cálida.
Debía de estar todavía confuso porque no entendía nada en la actitud de Itachi. Primero creyó ver en su mirada preocupación, alivio y ahora... ¿Qué era aquello que destilaban sus ojos? Y, entonces, una fugaz sospecha se instaló en el centro de su pecho, dejándole sin aliento. Apartó de golpe la mirada de la de Itachi y cerró los ojos por un instante.
No, no, por favor...
Él no quería que ellos lo supieran, no quería irrumpir a la fuerza en sus vidas, no quería imponer su verdad ni su existencia a nadie y menos tener que soportar, como lo había hecho durante toda su vida, el rechazo, el rencor y el maldito odio.
«Maldita sea, Minato, qué has hecho».
—Shisui... —le llamó Itachi con voz grave y firme.
Shisui abrió los ojos, y le miró fijamente, con una mirada determinada, fuerte y con esa voluntad que lo había mantenido en pie durante toda su vida.
—No tenía derecho a contártelo —dijo, infligiendo a su voz una dureza que provocó que Itachi arqueara una ceja—. Olvida todo lo que Minato haya podido contarte. Como si nunca te hubieses enterado —terminó Shisui con la respiración agitada por el esfuerzo.
Shisui frunció el ceño cuando, después de decirle todo eso, una tenue sonrisa se adueñó de los labios de Uchiha. La mirada penetrante de Itachi se ciñó sobre él como si pudiese escrutar hasta su alma.
—No voy a olvidar nada... De hecho, en cuanto te encuentres mejor, vamos a tener una larga conversación..., Shisui Uchiha —dijo Itachi lentamente, enfatizando cada palabra, provocando que el rostro de Shisui se contrajera con una mueca al escuchar cómo le había llamado.
Aquello pareció hacerle gracia a Itachi que amplió su sonrisa al ver el gesto de Shisui.
—Y ahora, descansa...
Shisui miró a Itachi fulminándole con la mirada.
La risa baja, profunda, de Uchiha retumbó entre las cuatro paredes de piedra.
—Creo que vamos a llevarnos muy bien —finalizó Itachi, y Shisui maldijo por lo bajo.
FIN
