CAPÍTULO DUODÉCIMO.

Sirius miró la dirección que había escrita en el trozo de papel que tenía apretado en su puño para asegurarse que estaba en el sitio correcto, y se percató de que así era. A pesar de lo arrugado que estuviera el papel, y de lo pequeña que fuera la esquina dónde estaba escrita la dirección que había arrancado de la carta, no cabía duda, ese era el sitio correcto. Sirius para llegar hasta allí, había cogido el autobús noctámbulo y se bajó a unas tres cuadras de distancia del lugar concreto, el resto del camino lo había hecho a pie, ya que en la carta le pedían que fuera precavido. Y como toda discreción se fue por la borda cuando se vio obligado a coger el autobús noctámbulo para ir a la dirección, puesto que nunca había estado ahí, y por lo tanto aparecerse no era una opción (aún menos cuando se arriesgaba a una despartición y por ende a una alerta a las autoridades mágicas), al menos andando unos metros podría otorgar esa discreción que le habían pedido.

El pueblo al que Sirius había llegado era uno pequeño cuyo sustento, por lo que podía ver, se basaba en la industria muggle, y por ende estaba localizado en el centro de Inglaterra cerca de las ciudades importantes industriales. Sin embargo parecía ser un lugar pobre y bastante peligroso, pero ¿qué podía haberse esperado? El joven se adelantó por la mal iluminada calle hasta dar con el número que buscaba, entonces indeciso abrió la verja que protegía un pequeño jardín delantero de la calle y ando hasta la puerta principal, se paró un segundo para pensar si de verdad quería hacer eso. Tras respirar profunda y pausadamente varias veces -con clara intención de calmarse- se secó el sudor frío que le producían los nervios y tocó con los nudillos la puerta. Esperó impaciente en el porche de la casa, su pie repiqueteando contra el suelo y sus nervios creciendo por segundos, y ya cuando estaba pensando que igual no era buena idea y que debía marcharse de ahí antes de que alguien le viera, la puerta se abrió de sopetón.

Sirius contuvo el aliento ante la imagen, una joven no mucho mayor que él se encontraba en el umbral de la puerta, tenía el espeso pelo castaño oscuro recogido en una trenza de la que escapan algunos mechones ondulados cayéndole por la frente y lados de su cara, sus felinos ojos marrones claros le miraban alertas, sus carnosos labios cerezas estaban contraídos en una mueca tensa y en su mano derecha podía ver sujeta una varita con la cual apuntaba al recién llegado. Todo en la joven desprendía un aura de ansiedad y nervios, su postura siempre recta y erguida, denotaba clara tensión y cierto temor, su mandíbula estaba apretada haciendo resaltar más sus rasgos finos y aristocráticos, y dándole el aspecto de una reina déspota. La muchacha suavizó su expresión dura pero no bajó la varita al reconocer al recién llegado, ahora que su mueca de tensión se había relajado ligeramente empezaba a resaltar su belleza natural, y el joven Black pudo respirar.

Sirius no pudo evitar pensar como, Andrómeda Tonks era poseedora de una extrema belleza inusitada, pero que también era el vivo retrato de su hermana mayor, aunque entre ambas existían notables diferencias. Para empezar todo en Andrómeda era un tono más claro que en su hermana Bellatrix, desde su pelo hasta sus ojos, en vez de ser negro era castaño; y para seguir, en la expresión de Andómeda se podía vislumbrar bondad y amor, mientras que en la de su hermana solo había soberbia y orgullo, mezclado con un toque de locura.

- ¡Sirius! -Exclamó sorprendida.

- Hola Andy -respondió el adolescente con una sonrisa tímida.

- Pensé que no vendrías -comentó ella más relajada, pero seguía sin apartarse de la puerta o bajar la varita.

- Yo también -replicó un poco incómodo, de repente unas risas llegaron desde el interior de la casa, ambos primos dirigieron sus miradas hacía ahí. -¿Me vas a dejar pasar?

- Hace tiempo que no te veo -replicó ella como si nada ignorando su pregunta.

- Si, -convino él sabiendo que es lo que pretendía su prima.

- Desde… -dejó el resto de la frase al aire esperando que Sirius la completara.

- La Navidad de mi segundo año en Hogwarts -terminó la frase por ella el adolescente, Andy sonrió ligeramente, pero el gesto desapareció rápido de sus labios.

- Me sorprendió que no te quedarás en el castillo -siguió ella con fingida tranquilidad.

- Desde entonces lo he hecho todos los años, eso o me he ido a casa de los Potter -Black se encogió de hombros indiferente, hasta los ojos escrutadores de su prima. Al fin ella sonrió de verdad.

- Pasa -dijo Andrómeda finalmente haciéndose a un lado para dejar entrar al joven -puedes dejar tu abrigo en el perchero

Una vez el joven Black se quitó el abrigo y lo dejó en el perchero indicado se giró hacia su prima, quién lo estaba esperando un poco más adelante del pasillo, la chica debió percatarse que su primo se sentía un tanto nervioso porque le sonrió de manera dulce para calmarlo, como solo ella lo había hecho desde que tenía memoria. Andrómeda Tonks, antes Black, siempre había sido la prima favorita de Sirius, la joven siempre había cumplido con las expectativas familiares, fue sorteada en slytherin, excedió en lo académico y posteriormente fue nombrada prefecta de su casa. Además de eso, siempre poseyó los más refinados modales y se comportaba en todo momento de manera correcta, su aspecto era pulcro y adecuado, digno de una Black y sin embargo a pesar de poseer innumerables características Black, era muy distinta a toda su familia. Siendo la única capaz de mostrar afecto hacía sus primos pequeños y hermanas, cuidando de ellos y protegiéndolos de los mayores, no interesándose en temas políticos o disputas de sangre, siendo bondadosa con todos sin importar su procedencia y muchos más detalles que la ponían a parte y la hacían diferente. Fue en su sexto curso cuando las cosas empezaron a complicarse para ella.

Sus padres Cygnus y Druella Black, se apresuraron a concertar un matrimonio entre su hija mediana y la familia Lestrange nada más ella terminase Hogwarts, pero la mediana de los Black nunca había querido pertenecer al mismo mundo de sus padres. Fue la primera vez que decepcionó a su familia, negándose en rotundo a casarse con Rabastan Lestrange, el cuñado de su hermana Bella, y rechazó todos los cortejos del chico en público humillando a su familia aún más de lo que ya lo había hecho, a partir de ahí las cosas se complicaron para Andrómeda. Sus padres tras el escándalo se volvieron duros con ella, no cejaron en su empeño de buscar un marido apropiado para su hija y las ofertas no eran escasas, todos los padres de la alta sociedad mágica inglesa quería relacionarse con los Black y la belleza de la joven hacía que fuera codiciada también por sus hijos, pero Andrómeda se empeñaba en rechazar todas y cada una de las propuestas que llegaban. Hasta que finalmente Cygnus Black puso el punto y final en el único heredero de la familia Dolohov, Anthony Dolohov. Pero para entonces ya era demasiado tarde, la mediana de las Black ya casi había terminado Hogwarts y había encontrado al amor de su vida en un hijo de muggles perteneciente a hufflepuff, Ted Tonks. Al enterarse los Black amenazaron con asesinar al joven "impuro" si Andrómeda no se casaba con Anthony, pero la chica no estaba dispuesta a renunciar al amor y la pareja huyó. Se casaron clandestinamente al poco tiempo, sin embargo, el mundo mágico era muy pequeño y los rumores no tardaron en llegar a su familia, trayendo más vergüenza a la noble y ancestral casa de los Black. Andrómeda fue borra del tapiz familiar, desheredada y despreciada por todos, cortando el contacto para siempre, pero al joven matrimonio pareció darles igual pues pronto Andrómeda se quedó embarazada, con tan solo 18 años, y el 4 de enero de 1973 dio a luz a una preciosa niña, entrando definitivamente en la lista negra de objetivos de toda la familia Black.

Unos años más tarde la misma Andrómeda sería quién retomaría el contacto con su primo favorito Sirius, al enterarse que éste había seguido un camino parecido al de ella, y había huido de casa de sus padres de una vez y para siempre. Así fue como Sirius Black se encontró la noche del 24 de diciembre de 1976 en el estrecho pasillo de la pequeña casa perteneciente al matrimonio Tonks a las afueras de Cronwdoy un pueblo muggle en el centro de Inglaterra.

- Sirius, ¿estás bien? -Era evidente que no era la primera vez que Andrómeda decía su nombre.

- Si -carraspeó él, podía leer la preocupación en los ojos de su prima, -solo estaba pensando que nunca he conocido a tu hija.

- Nymphadora -pronunció el nombre de su hija en un susurro y su cara se iluminó -ven.

Andrómeda con gestos delicados, que le hicieron recordar a su familia Black, le indicó que le siguiera por el pasillo hasta el final dónde este desembocaba en una sala circular pequeña, bien iluminada, y acogedora. Dentro de la sala Sirius se sorprendió al encontrarse a no dos sino tres personas, ninguno de los ocupantes de la sala se dio cuenta de que habían llegado, ya que los dos adultos estaban demasiado ocupados mirando como la pequeña niña cambiaba rápidamente su color de pelo mientras reía feliz. La joven a espaldas de estos, se hizo notar con un carraspeo y los dos hombres volvieron su cara hacía ella sorprendidos, aunque su asombro fue en aumento al ver que con ella venía un adolescente de ojos grises y largo pelo negro.

- Orión -exclamó uno de los adultos con alegría, mientras se levantaba de la butaca -¡muchacho que bien que hayas venido!

- Tío Alphard ¿qué haces tú aquí? -Sirius estaba francamente sorprendido, al reconocer a su tío materno ahí, pero correspondió al abrazo que este le daba -pensaba que estarías en Grimmauld Place pasando Nochebuena.

- Bueno este año me apetecía pasarla en familia de verdad muchacho -dijo mientras le daba unas suaves palmadas.

- Sirius -dijo en ese momento Andrómeda -te presento a mi marido Ted Tonks.

- Un gusto conocerte al fin -dijo el joven mientras se acercaba y le tendía la mano -Andy me ha hablado mucho de ti.

- ¿Andy? -Se asombró más Sirius.

- Si así es como llamo a mi esposa -rió Tonks.

- Si claro -Sirius le estrechó la mano mientras sacudía la cabeza.

El joven Black observó atentamente a Ted Tonks era un muchacho apuesto tenía el pelo rubio y unos ojos azules que denotaban alegría, su cara era un poco tosca pero su gesto la endulzaba, estaba claro que había bondad en él y sonreía afablemente al primo de su mujer. Abrazado a su pierna y rodeando esta con sus bracitos estaba su hija pequeña que miraba al extraño con curiosidad en su mirada. Sirius desvió su mirada gris hacia ella, los ojos de la niña parecían caleidoscopios que cambiaban constantemente sin detenerse en un color, su pelo tenía el mismo tono negro azulado que el de él mayor de los hermanos Black y le llegaba hasta los hombros, su nariz estaba arrugada graciosamente en señal de desconocimiento.

- Dora hija -dijo Andrómeda, mientras le extendía una mano a su hija -ven aquí.

La pequeña se soltó de su padre y fue al lado de su madre, está colocó las manos detrás de sus pequeños hombros, y miró a Sirius con un gesto indicando que procedería a presentarse, el pelinegro trago saliva nervioso y se pasó las manos por los costados de la túnica para limpiarse el sudor. Nunca se había puesto tan nervioso y le resultaba irónico y ridículo que la fuente de sus nervios fuera una chiquilla de tres años, entonces se acuclilló delante de ella e hizo un amago de sonrisa.

- Hola Nymphadora -así es como la había llamado su prima en el pasillo, el adolescente notó que Andrómeda había seguido la vieja tradición Black con el nombre de su hija -yo soy Sirius, y tu madre y yo somos primos.

- ¡Dora! -Gritó la pequeña tomando a Sirius completamente desprevenido y asustándole, se había puesto completamente roja, literalmente piel, pelo, ojos y todo -me llamo Dora no Nymphadora, es muy feo.

Y Black no pudo evitarlo, dejó escapar una carcajada.


Lily suspiró mientras removía su comida con desgana, la nochebuena no era una fiesta que se celebrará en su casa, a pesar de que su familia escocesa por parte paterna sí que lo hiciera. De hecho, Lily no conocía a ninguna familia inglesa que celebrase la Nochebuena, sí bien tampoco se consideraba una noche normal y corriente, no era tan especial como la comida de Navidad. Sin embargo, no eran las coles de bruselas -la comida "especial" que había preparado su madre- lo que le quitaba el apetito a la pelirroja, sino más bien el prometido de su hermana mayor, Vernon Dursley.

Era un joven corpulento según Petunia, aunque para Lily la descripción apropiada sería, rechoncho. Tenía el pelo: negro, fino, corto, y se lo peinaba de tal manera que este se quedaba pegado al cráneo, haciendo que su cabeza pareciera más grande; Además, poseía unos pequeños, redondos y brillantes ojos azules. Y era probablemente la persona más aburrida que Lily jamás había conocido.

La pelirroja conoció por primera vez a Vernon el verano pasado y desde entonces le había visto un par de veces más, y la realidad es que ya había tenido suficiente de él para toda su vida, pero por desgracia su hermana no. Petunia llevaba un tiempo viviendo en Londres dónde trabajaba, por lo cual las oportunidades de disfrutar de la "agradable presencia" de Dursley que tenían los Evans eran escasas, en especial para Lily quién pasaba nueve meses del año en un castillo en Escocia. Pero como la joven pareja contraería nupcias aquel mismo verano durante el mes de julio, habían ido a pasar una semana a Cokeworth para definir algunos detalles de la boda. Por eso Dahlia le había hecho prometer a Lily que se comportaría lo mejor posible.

- Lily querida ¿me ayudas con los platos? -Escuchó en ese momento la voz de su madre que le llamaba, la adolescente asintió con la cabeza y se levantó de la mesa.

- Perdona -dijo Lily mientras le retiraba el plato al prometido de su hermana, quien la miraba como si fuera una deliciosa chuleta, y lo llevaba junto con el suyo a la cocina.

- No has comido nada -escuchó nada más atravesar la puerta de esta -¿te encuentras bien?

Dahlia Evans era una mujer que se encontraba en sus cuarenta, tenía el cabello rubio-pelirrojo ondulado y siempre lo llevaba recogido en un moño o una coleta que dejaba escapar unos mechones dándole una apariencia juvenil, sus ojos eran de un intenso verde esmeralda, los cuales había heredado la pequeña de sus hijas, y sus rasgos estaban marcados por unas suaves arrugas debido a la cansada, dura y feliz vida que había llevado. En ese momento, Dalhia miraba a la menor de sus hijas con un brillo de preocupación en sus verdes ojos y una expresión de consternación.

- Claro mamá -respondió la niña forzando una sonrisa, pero evitando deliberadamente la mirada de su madre

- Has perdido peso este año Lily -la pelirroja bajó la vista a su cuerpo, era cierto que los últimos meses le habían causado perder peso pero no lo había hecho aposta -¿estas comiendo en Hogwarts?

- Si mamá -volvió a contestar ella en un tono más cansado, mientras fregaba los platos.

- No me digas si en ese tono jovencita -reprochó la señora Evans.

- Perdón mamá, es solo que estoy cansada -mintió.

- Bueno..., -estaba claro que su madre no se lo creía pero estaba dispuesta a dejarlo pasar -cuando acabemos con el postre puedes retirarte inmediatamente, pero solo sí comes algo del budín que he hecho.

- ¡Qué rico! -Los ojos de Lily se iluminaron ante la palabra budín -trato hecho.

Su madre sacudió la cabeza mientras se reía de su hija pequeña, puede que Lily hubiera perdido peso y el brillo de felicidad en sus ojos no fuera tan intenso como siempre, pero estaba claro que había cosas que nunca cambiaban y su pequeña seguía siendo ella misma después de todo.

- Yo llevo los platos de postre y tú llevas el budín -exclamó la adolescente encaminadose a la puerta decidida.

- Bien -asintió la señora Evans, pero antes de que pudiera salir la llamó -y Lily sonríe un poco. Sé que Vernon no es la persona más animada, pero es el prometido de tu hermana y se casarán en verano.

La ojiverde rodó los ojos pero se sonrojó y asintiendo entró dentro del comedor, una vez allí repartió los platos y los cubiertos de postre entre los comensales y tomó asiento en su sitio habitual cuando estaba en casa, generalmente la mesa estaba dispuesta para cuatro y se sentaban cada uno en un lado de esa manera intercalando un adulto con una de sus hijas, pero esta vez habían añadido una silla más al lado de Lily dónde estaba sentada Petunia. Cuando la pequeña de las hermanas Evans se sentó noto que en la mesa se seguía hablando de taladros y con resignación puso su mejor sonrisa para no tener problemas con su madre, o peor con su hermana.

A pesar de que Lily no participó activamente de la conversación, de vez en cuando reía algún chiste o lanzaba una exclamación, como sí realmente todo eso le interesara. Cuando finalmente todos hubieron terminado el postre y llegó el momento de sentarse a tomar el té en el salón, se excusó de la mesa dando las buenas noches se dispuso a recoger la mesa para retirarse finalmente a su habitación a descansar. Estaba fregando los platos cuando escuchó que alguien entraba en la cocina y se sentaba en una de las sillas de la pequeña mesa redonda que tenían dentro, asumiendo que era su padre que quería huir un rato dijo:

- Dime papá ¿te compras un taladro nuevo en Grunnings o esperaras a que Vernon te regale uno por cumple? -Preguntó divertida.

- Eso, ha sido innecesario -la voz de su hermana había sonado gélida.

- ¡Tuney! -Exclamó Lily, quién casi había dejado caer un plato por la sorpresa -perdón no creí que fueras tu, no quería ofenderte.

- ¿Y si llega a ser Vernon? -Preguntó elevando la voz pero no lo suficiente para que se escuchara desde el salón -¿qué hubiera pasado entonces?

- Petunia, lo siento vale -intentó calmarla de forma conciliadora -ha sido un error sincero, jamás ofendería a tu prometido aposta y estoy segura que hubiera entendido que solo era un chiste.

- Llevas toda la noche comportándote como una maleducada, no esperes que crea eso.

- ¡Tuney! Eso no es cierto -dijo Lily roja por el enfado y volviéndose para enfrentar a su hermana.

- Si lo es, apenas has hablado, solo respondías con monosílabos, te has pasado todo el tiempo mirando a tu comida y jugando con ella -enumeró Petunia, la pelirroja tuvo que admitir que tenía razón -¡Dios mío qué vergüenza! ¿Qué pensará Vernon ahora de mí?

- Tuney, no creo que lo que yo haga cambie la opinión que tiene Vernon de ti... -intentó consolar a su hermana siendo interrumpida por esta.

- ¡Eso no lo puedes saber! -exclamó la rubia, con los ojos llenándose de lágrimas.

- Por supuesto que sí, el te quiere os vais a casar en julio -levantó una mano antes de volver a ser interrumpida -te prometo que mañana me disculparé con Vernon por mi comportamiento, espero que lo entienda al fin y al cabo ayer llegué tarde de viaje y hoy estoy cansada.

- Bien -aceptó finalmente Petunia, mientras recomponía su rostro.

- Buenas noches Tuney -dijo Lily mientras se retiraba hacía las escaleras que iban a la planta superior.

No recibió respuesta, cuando llegó a su cuarto se cambió rápidamente poniéndose el pijama, después fue al baño y tras terminar de lavarse, la cara los dientes y demás volvió a su habitación lista para meterse de una vez por todas a la cama, pero se encontró con que Fritz ya estaba dentro. El pequeño gato anaranjado se había hecho una bola y se había colocado sobre la almohada de la cama supletoria que sus padres habían colocado en el cuarto de Lily, las dos hermanas Evans compartirían habitación por unos días, hasta que durase la visita de Vernon. Si bien sus padres no tenían inconvenientes en que él prometido de su hija se quedase allí a dormir, Richard Evans se había negado a dejar que su hija mayor durmiera en la misma cama que su novio mientras estuvieran bajo su techo y Dahlia se había mostrado de acuerdo en ese punto. Por suerte para Lily, Vernon volvería a su casa el día 26 y Petunia iría unos días más tarde a pasar Nochevieja y Año Nuevo con la familia de él.

La pelirroja tomó a su gato en brazos y lo colocó dentro de la cama que le había comprado para él, antes de acariciarlo y después de sacudir la almohada se metió en la cama supletoria, si bien Petunia había accedido al mandato "anticuado" de sus padres, se había negado en redondo a renunciar a una buena cama donde dormir. Y Lily que había sido la última en llegar a casa se contentó con la cama supletoria, una vez dentro de la cama se quedó un rato mirando al techo pensando el lo agotadoras que habían sido las últimas veinticuatro horas, y sin darse cuenta se quedó dormida.


El 25 de Diciembre James Potter amaneció emocionado y nervioso como lo hace cualquier niño el día de Navidad, sin embargo James ya no era un niño dentro de unos meses cumpliría la mayoría de edad y aún así a veces parecía no tener más de diez años, Navidad era una de esas ocasiones. Deprisa y corriendo bajo las escaleras de la mansión Potter hasta el acogedor salón del lado sur donde ponían el árbol en el que dejaban los presentes navideños. Sonrió al entrar en la sala y ver que debajo de este había muchísimos paquetes de todos los tamaños y envoltorios posibles, y lentamente recorrió la sala buscando los que tenían su nombre, los apiló a un lado del salón y se disponía a agitarlos para poder averiguar su contenido cuando una voz le interrumpió.

- ¡James Fleamont Potter! ¿Qué crees que estás haciendo señorito? -Desilusionado por haber sido cogido en el acto, se giró a la puerta donde su madre lo miraba con los brazos en jarras.

- Nada -respondió con una sonrisa que no engañaba a nadie -solo estaba juntando mis regalos, ves -como para reforzar su inocencia señaló los paquetes que había dejado a un lado.

- Está claro que has terminado con eso, así que porqué no te aseas y bajas a desayunar en familia -no era una petición y el azabache lo sabía.

- Si mamá -gruñó mientras se incorporaba de su sitio y volvía a subir a su cuarto.

Cuando bajó de nuevo se encontró con que sus padres ya estaban los dos sentados en la mesa del desayunado esperándolos, a Sirius y a él, rápidamente tomó asiento en uno de los lugares vacíos y observó con curiosidad a sus padres. Su madre estaba hablando con uno de los elfos acerca de la comida que se celebraba ese mismo día en casa de los Potter y a la que asistían todos sus familiares más cercanos, mientras que su padre leía "El Profeta" y por el gesto en su cara no debía tratarse de nada bueno.

- Padre -llamó desviando la atención de este del periódico -¿qué sucede?

Los señores Potter cruzaron una mirada, no es que en el diario apareciera nada especialmente grave o que les afectara a ellos de alguna forma concreta, pero en el último tiempo las páginas se habían llenado de nombres de personas que desaparecían en misteriosas circunstancias o eran halladas muertas, y esos no eran temas que quisieran que su hijo tratara. En un principio pensaron que su único retoño no se enteraría de muchas de estas, puesto que a pesar de ser temas importantes sabían que al alumnado de Hogwarts no le gustaba hablar de ello, sin embargo pronto descubrieron con disgusto que James se había suscrito al diario mágico y que por tanto recibía un ejemplar todos los días. Esto tenía consternados a los Potter, James nunca había sido un muchacho que se interesara en las noticias de actualidad más allá de aquellas que concernían a los deportes en particularidad el quidditch, pero su interés y seguimiento de los sucesos de actualidad eran un indicio de que su adolescente e impulsivo hijo estaba madurando. Y parecía que acabaría involucrado en esta guerra de alguna forma u otra.

- Nada hijo -contestó finalmente Fleamont tras unos minutos -unas cuestiones que hablan del mercado de pociones y elixires.

- Padre... -susurró James no creyéndose ni un ápice, había visto la mirada que compartieron sus padres.

- ¿Por qué no vas a buscar a tu hermano James? -Intervino la señora Potter -si bien están de vacaciones, conoces la norma en Navidad todos nos levantamos pronto para disfrutar de un buen desayuno y abrir los regalos con calma -tenía una sonrisa tensa en su cara que no daba lugar a réplicas.

- Bien como queráis -dijo el joven frustrado, de todas maneras se enteraría de todo, estaba seguro -pero anoche llegó tarde de su paseo, no sé si será fácil despertarlo.

- ¿Paseo? -Preguntó repentinamente pálida la señora Potter -¿Sirius salió a pasear anoche? -El azabache asintió confuso -¿y tú le dejaste que fuera solo? ¿Cómo pudiste James? ¿Es que acaso no...?

- Euphemia -cortó el señor Potter -tranquilízate, Sirius está en casa y todo está en orden. Seguro que hay una explicación completamente lógica para esto, James por favor ve a por Sirius, ahora nos explicaréis todo.

James miraba atónito a su madre, jamás la había visto tan aterrada, ni siquiera aquella vez que él se cayó de la escoba y acabó con 7 costillas fracturadas, un brazo roto otro salido, un esguince en el pie izquierdo, varias vértebras fracturadas y una apertura de craneal. Euphemia, nunca había sido muy controladora respecto a las salidas nocturnas de los chicos, si bien como a toda madre le gustaba saber donde estaban, había desistido hacía tiempo en intentar frenar a James y aún era peor cuando Sirius estaba en casa. Pero claro, pensó James, siempre había sabido cuando salían de casa y a donde iban, además de que no se dormía hasta asegurarse de que estaban bien y esta vez no ha sido así.

El azabache se levantó de la mesa aún sorprendido por la reacción de su madre, y a paso apresurado fue a la habitación que Sirius poseía en la casa. La verdad es que no sabía si su amigo de ojos grises tenía una buena explicación o no, simplemente la tarde anterior después de cenar se pasó por el cuarto de James para informarle de que iba salir un rato y que volvería para dormir independientemente de la hora. Potter sabía más que preguntar al mayor de los hermanos Black cuando estaba así, y supuso que cuando estuviera listo ya se lo diría no quería presionar a su amigo y menos con la tensión que habían vivido hacía no mucho. Finalmente llegó delante de la puerta del joven y llamó antes de entrar.

- Buenos días Canuto -dijo mientras entraba, Sirius estaba sentado en el borde de la cama, mientras se ponía los pantalones, aún medio dormido, pero al menos estaba despierto -me han encargado la difícil y compleja tarea de venir a buscarte para desayunar, así que no tardes mucho -lo último lo dijo mientras se tiraba en la cama aún sin hacer de su amigo, y provocando que este se cayera al suelo.

- Potter... -gruño desde el suelo el pelinegro, despertándose definitivamente tras el golpe.

- Date prisa Black -le ignoró el azabache -mis padres están muy nerviosos hoy.

- ¿Por qué están nerviosos? -El azabache por toda respuesta se encogió de hombros, la verdad es que dudaba que fuera porque Sirius saliese anoche.

Rápidamente Sirius terminó de vestirse y siguió a James hacía el comedor donde solían desayunar los Potter, de camino al salón el ojigris notó las miradas de reojo de su amigo a pesar de que el azabache no dijo nada estaba claro que estaba pensando en algo y seguramente tenía que ver con dónde estuvo anoche, pero Sirius se hizo el distraído, aún no quería compartir esa información. Unos segundos antes de entrar en el salón James le agarró del brazo para decirle algo.

- Sirius esto... -comenzó inseguro -no sabía que mis padres no conocían nada acerca de tu salida nocturna de anoche y cuando se lo he dicho se han puesto un poco nerviosos. Lo siento, pero creo que vas a tener que aguantar un interrogatorio de su parte.

James había hablado, rápido y directo, se notaba por su gesto y su tono de voz que se sentía culpable por haberlo delatado sin querer, suponía que eso era lo que le había estado preocupando de camino a la salón, soltando un suspiro finalmente el mayor de los dos adolescentes se resignó a la situación al fin y al cabo no era culpa del azabache. Respondería un par de preguntas y nada más.

- No pasa nada -dijo finalmente -no pueden ser peor que los de Minnie ¿no?

Añadió mientras le lanzaba un guiño y finalmente entraba en el salón para encontrarse con la brillante y avellana mirada reprobadora de Euphemia Potter, quizá esto sí que fuera peor que los interrogatorios de McGonagall.


Marlene escuchó como nuevamente su puerta era golpeada pero una vez más lo ignoró, llegó a casa una semana antes de que les concedieran las vacaciones en Hogwarts, y en un principio los padres y hermanos de la ravenclaw la encontraron bien. Era cierto que estaba un poco más alicaída que siempre y no sonreía tanto, pero nada que la presencia de Freya o algún otro de sus hermanos no pudiera cambiar. Sin embargo, poco a poco su actitud fue cambiando volviéndose más apática y arisca con su familia, perdiendo la calma rápidamente, provocando arranques de ira y lo que era peor una tristeza embriagadora. Hasta que el día antes de que llegaran Daegal y Vivianne de Hogwarts se encerró en su cuarto, y desde entonces apenas había salido, con la excepción de las comidas e ir al baño, pero siempre lo hacía a escondidas de su familia, se aseguraba que no hubiera nadie antes abandonar su cuarto.

En un principio cuando le dieron la noticia del descontrol de su magia se lo tomó bastante bien, los medimagos y sanadores no le habían podido explicar mucho y le habían informaron que se trataba de un área básicamente desconocida para los magos y demasiado compleja para hacer conjeturas. Ante este hecho las esperanzas de Marlene en vez de verse reducidas se vieron abocadas, ya que sí se trataba de algo tan complejo y desconocido era probable que los sanadores se hubieran equivocado y no hubiera perdido el control de su magia. Impulsada por este hecho la rubia tomó una actitud positiva hacía el tema, si bien obviamente le molestaba andar como una bruja que recién obtiene su varita a los 11 y tiene que aprender todo, sabía que era buena estudiante y con la ayuda de sus amigos y hermanos pronto estaría al mismo nivel que antes. Su idea se vio frustrada cuando los hechizos más básicos como el wingardium leviosa no le salían, al vivir en una casa de magos resultaba imposible para el Ministerio determinar quién realizaba qué magia en la casa y decidió aprovechar esa ventaja para ir practicando. Se levantaba todas las mañanas temprano para poder practicar en secreto, pero una vez notó que no mejoraba nada, las esperanzas de recuperar su magia o el control de la misma y volver a ser la de antes desaparecían lentamente.

La primera vez que tomó su varita después del "incidente" no sintió nada en ella, se afligió bastante al darse cuenta que la varita que tenía sujeta en su mano derecha no parecía más que un inútil palo de madera, como si quién la sujetara no tuviera una gota de magia en sus venas y tan solo fuera un muggle. Un miedo completamente racional invadió entonces a la joven rubia llenando su cabeza de dudas, si el tema era tan desconocido ¿podía esto decir que igual había perdido su magia para siempre y no el mero control de la misma? Pero se obligó a apartar esos pensamientos al acordarse del incidente que habían sufrido sus hermanos por su culpa y otros sucesos parecidos que ocurrieron a su alrededor, sin embargo esto no resultó tan tranquilizador como creía y poco a poco fue cayendo en sentimientos negativos y algo tétricos.

La puerta sonó nuevamente sacando a Marlene de sus oscuros pensamientos, sin embargo siguió sin abrir, sabía que era Navidad pero no le apetecía ver a nadie, y bufando se dio la vuelta en la cama agarró una de las almohadas para estrujarla en sus brazos y poder seguir tumbada e ignorando al resto. Pero en ese momento escuchó como la puerta se abrió con un simple clic, que no hubiera sido posible para alguien normal, y cegada de rabia lanzó con todas sus fuerzas la almohada, para que esta fuera atrapada en el aire por el recién llegado. Sus ojos azules veían con furia al muchacho de 19 años que estaba apoyado casualmente en el marco de la puerta con una sonrisa ladina, William.

Su hermano había terminado el año pasado Hogwarts, y a diferencia de los amigos de Marlene, no sabía que quería hacer una vez acabados sus estudios escolares. Por eso el chico emprendió aquel mismo verano un viaje por el mundo para aprender acerca de la magia y la cultura en los diferentes lugares y así poder encontrar algo que le apasionara y en lo que poder trabajar. De toda su familia Marlene siempre había tenido una relación más cercana con William, solamente se llevaban dos años, los dos estaban en la misma casa, los dos jugaban al quidditch, a los dos les gustaba la misma música y así todo. El joven castaño le observaba apoyando su peso sobre su hombro izquierdo casualmente contra el marco de la puerta inclinándose hacía el mismo lado, su tez estaba bronceada debido a los lugares exóticos que había visitado, tenía los brazos cruzados sobre el pecho, entre ellos sujetaba la almohada que Marlene había lanzado y en su cara bailaba una sonrisa burlona, pero el brillo de diversión no brillaba en sus ojos pardos.

- ¿Qué pasa Malen? ¿No vas a invitarme a pasar? -La ojiazul le evaluó con la mirada.

- Lárgate William, nadie te ha dado permiso para entrar -dijo duramente, sorprendiendo a su hermano.

- Como no abrías he tenido que improvisar -replicó recuperándose del golpe mientras jugaba con su varita entre sus dedos, los ojos de Marlene se desviaron al objeto y notó como se le llenaban de lágrimas, pero las retuvo.

- ¿Acaso nadie te ha dicho que delante de mí no se puede utilizar magia? -Soltó sarcásticamente, no era una norma pero desde que había vuelto, la joven notó como en su casa los que podían no hacían magia para no entristecerle, sin percatarse que hacían peor la situación para ella.

- Puede que me lo hayan advertido -dijo él mientras se encogía de hombros -pero ya sabes que no soy un fiel seguidor de las normas, me gusta ser creativo.

- Pues vete a ser creativo a otra parte -decretó ella mientras volvía a darse la vuelta y tumbarse dándole la espalda a su hermano.

Detrás de ella escuchó el ruido un tanto violento de su puerta al cerrarse, y largó un suspiro aliviada, si bien hacía meses que no veía a su hermano desde que partió el primero de Julio, no le apetecía hablar con nadie y menos con él. En ese momento sintió como el colchón se hundía al otro lado y sobresaltada se dio la vuelta, William le observaba duramente con sus ojos pardos sentado en el borde izquierdo de su cama.

- Marlene si crees que me voy a ir sin que bajes a comer con nosotros estas loca -declaró el seriamente, en su cara ya no había rastro de sonrisa o burla alguna, y la seriedad y preocupación cubrían su semblante entero -además creo que si bajo sin ti Sarah me maldecirá hasta que me tenga que atender ella misma en San Mungo -añadió en un tono divertido para hacer reír a su hermanita

Marlene volvió a posar sus ojos azules en los pardo de su hermano mayor, su relación con Will era tan diferente a la que tenía con todos sus demás hermanos, con el siempre se había sentido ella misma, siempre había podido reír, llorar, gritar, soltar lo primero que se le pasara por la mente, ser egoísta, mandona, posesiva y un millón de cosas más. Will la impulsaba a ser feliz, a no dejarse amedrentar, a disfrutar, era quién ensalzaba su creatividad y la hacía sentirse protegida, quién mejor la había entendido siempre, pero ahora era imposible que él comprendiera lo que ella sentía.

- Vete -repitió esta vez más duramente no dejando lugar a discusión.

- Malen, no me voy a ir. Siempre hemos sido tú y yo contra el mundo, no hay nadie que te comprenda como yo.

Pero ya no era así porque mientras ella había pasado los peores meses de su vida en Hogwarts; con el miedo constante, aguantando los insultos y desplantes a sus amigos, viendo como estos se rompían ante los sucesos, sintiéndose total y completamente inútil e intentado ser fuerte por ellos. Will, aquel quién fue el primero en llamarla Malen, quién la había cuidado de sus pesadillas y protegido de sus miedos, había estado viajando por el mundo. Will había sido durante esos horribles meses el culmen de la dicha y felicidad, cumpliendo uno de sus sueños ajeno a todo lo que sucedía en su país, ajeno a el dolor que se respiraba en el ambiente y sobre todo Will había estado ajeno a él dolor de su propia hermana. Disfrutando como nunca mientras Marlene era brutalmente atacada, casi perdiendo su vida y realmente perdiendo su magia en el proceso, despojándola de todo aquello que la hacía ella.

Mientras pensaba todo eso los ojos de Marlene se llenaron de lágrimas que no dejó escapar, se obligó a respirar profundo antes de decir.

- Pero ya no William -contestó cansada -éramos tu y yo contra el mundo, entonces decidiste que preferías el mundo y te marchaste dejándome atrás.


James sonrió de manera encantadora y asintió con la cabeza, en verdad no le había prestado ninguna atención a lo que su tía Dorea le estaba contando. Sabía que tanto ella como su tío llevaban unos meses muy malos después de que se publicara ese dichosos artículo, cuestionando el honor y nobleza de los Potter, pero desgraciadamente Dorea Potter resultaba ser sumamente aburrida. Desvió sus ojos avellana de su tía y los fue pasando por cada una de las personas sentadas a la mesa, si bien los Potter eran una familia más bien pequeña, Euphemia se aseguraba de tener la casa llena de gente en fechas señaladas como Navidad. Ese año además de sus tíos Potter, también estaban casi toda su familia materna presente, con los que eran menos apegados ya que su madre tenía algún que otro encontronazo con su cuñada, respecto a sus ideas. Sin embargo el tío Apollyon Dearborn, hermano de su madre y su esposa, la tía Cedrella, no podían rechazar esa clase de invitación ya que eso estaba muy mal visto, además con ellos en esta ocasión venían dos de sus tres hijos Caradoc y Timothy.

Pero en la mesa no había ni rastro de Sirius.

Estaba pensando en lo dispares que eran los comensales mientras jugueteaba un poco con la comida cuando notó que alguien le miraba con intensidad, al levantar sus ojos se topó con otros iguales a los de él que lo miraban con reproche, el azabache contuvo la mueca que pugnaba por salir y simplemente resopló suavemente, de manera que sólo era perceptible para quién lo miraba. Su madre en la cabecera de la mesa, contuvo una sonrisa divertida ante el comportamiento de su hijo, y simplemente negó con la cabeza, asumiendo que era incorregible, James entonces dejó escapar una sonrisa traviesa feliz de haber entretenido a su madre.

Euphemia Potter podía no ser joven, pero no lo aparentaba físicamente, se podían ver rasgos de la edad como pequeñas hebras plateadas en su pelo caoba, unas pocas patas de gallo alrededor de sus ojos y en la comisura de su boca, y algunas arrugas que marcaban el paso del tiempo, pero sin embargo su espíritu se seguía manteniendo igual que cuando tenía 20 años. Muchos eran los que le decían a James lo increíblemente parecido que resultaba a su padre, a pesar de que los rasgos del adolescente eran mucho menos toscos y tenían una delicadeza y un aire propio de la aristocracia, pero pocos conocían el origen de su carácter. Y sin duda alguna el joven lo había adquirido de su madre, quién era igual de vivaracha y bromista que él, a pesar de haber aprendido a moderarse con el tiempo, Euphemia había sido criada bajo las normas de la alta y estricta sociedad inglesa mágica, una poco tolerante. A diferencia de su marido e hijo quienes jamás habían sido obligados a cumplir esas normas, sin embargo, Euphemia había conseguido mantenerse limpia de prejuicios y conservado su carácter juvenil, el cual se veía ensalzado cuando su único hijo estaba presente.

Una vez terminado el almuerzo, tocaba la hora del té, para eso la señora Potter siempre mandaba preparar el salón que estaba directamente al lado del comedor así sus invitados no tenían porque recorrer la casa y lo qué era más importante, invadir la privacidad de la familia Potter. James estaba planeando su estrategia de retirada, de manera que esta fuera sutil e inevitable, cuando notó como alguien lo agarraba de la túnica, al darse la vuelta posó sus ojos en los verdes de su padre que lo observaban divertido como dándole a entender que sí él tenía que sufrir, ambos lo harían. Resignado el adolescente se dejó arrastrar hasta donde estaba su familia, sin embargo esta vez se apresuró a tomar asiento al lado de Timothy, con quién llevaba queriendo hablar desde hacía un tiempo.

- Primo -dijo Tim feliz de verle a su lado -siento no haberte rescatado durante la comida, pero es que tu tía Dorea me asusta -fingió estremecerse -es como Caribdis cuando algo está cerca lo succiona.

- ¿Quién? -Pregunto James confuso.

- Una cosa muggle -contestó Tim en voz baja para que su madre no escuchara.

- ¿Y tu desde cuando sabes tanto de muggles? Si ni siquiera has cursado estudios muggles.

- Eso mi querido primo es porque fui sacado injustamente de Hog...

- Si, si todos conocemos la historia la tía Cedrella que está cucu y considera una deshonra y una mancha para los Yaxley no terminar en slytherin, sacó a su hijo pequeño y lo educó en casa por el bochorno de que este fuera un simple tejón.

- Exacto, ni duré una semana en Hogwarts... -añadió Tim con diversión, pero el anhelo brillaba en sus ojos -una pena.

- Ya, pero nada de eso responde a mi pregunta -replicó James.

- Eso mi querido primo...

- ¿Siempre repites las frases? -Le cortó divertido.

- ¿Y tú siempre interrumpes antes de recibir una respuesta? -Replicó con una pregunta.

- A veces -se encogió de hombros -es divertido.

- Bien -dijo Tim como si no le interesara la respuesta -¿por dónde iba? Ah ya sé -continuó antes de que su primo pequeño volviera a interrumpirle -eso mi querido primo sucede cuando eres atacado y te ves obligado a guardar cama durante meses y como nadie te quiere, ni te visita. Haces algo que nunca consideraste -hizo una pausa dramática -leer.

James rió divertido ante la exageración de su acompañante, Timothy Dearborn era un chico curioso, tenía siete años más que James y era el primo más cercano a su edad ya qué Caradoc el anterior le sacaba al azabache 16 años y a su vez el mayor de los tres hermanos Dearborn tenía una diferencia de 19 años con su primo pequeño. A diferencia de toda su familia el sombrero sorteó a Timothy en hufflepuff, pero sin embargo no pudo cursar ningún año dadas las ideas de su madre, ese era otro punto extraño, a pesar de ser hijo de Cedrella Dearborn, antes Yaxley, Timothy era un fiel y conocido defensor de los muggles e hijos de muggles y se oponía en rotundo a la pureza de sangre. Como consecuencia tenía una relación pésima con sus padres y su hermano mayor, quién era otro fanático y por eso cuando sufrió aquel "altercado" como lo denominó el empleado del ministerio fue tirado en la casa de los Potter y no de los Dearborn.

- Vaya..., puede que el sombrero se equivocara contigo después de todo -le siguió la broma James -si te hubiera puesto en ravenclaw quizá no te hubieran sacado de Hogwarts.

- Que cierto es primo, que cierto -dijo con resignación fingida.

El ruido de una aparición distrajo a los dos jóvenes de la conversación entretenida que habían entablado entre ellos, al igual que hizo con todos los adultos, quiénes posaron sus ojos sobre el pobre elfo doméstico que acababa de aparecer y se encontraba temblando. Bonky miraba aterrado en dirección a Cedrella Dearborn y luego sacudía su cabeza rápidamente como si quisiera convencerse de algo, la señora Potter se apiadó del pobre elfo y rompió el silencio que se había formado.

- Bonky supongo que tendrás un mensaje -dijo con dulzura bajo la mirada reprobadora de su cuñada.

- Si ama -la voz de Bonky era especialmente aguda -vengo señora a informar al señorito James que ha llegado un paquete para él y a preguntarle ¿qué quiere hacer con él?

- James querido ¿por qué no vas a ver qué es ese paquete? -Euphemia clavó sus ojos avellanas en él, le estaba dando una escapatoria de ahí y lo sabía -y llévate a Tim contigo.

Ambos chicos se levantaron del sofá y siguieron al elfo doméstico hasta una de las salitas secundarias, donde generalmente dejaban los paquetes, regalos y demás objetos sin abrir, nada más salir James se soltó los botones de su túnica de gala, odiaba esa vestimenta tan formal, sólo le agobiaba y no le permitía respirara bien. Una vez llegaron el elfo que ya estaba más tranquilo se despidió de su joven amo y partió feliz por haber cumplido su misión, sobre la mesa redonda cerca de la ventana se encontraba un paquete alargado envuelto en colores dorados y rojos haciendo honor a su casa, pegado a este había una carta y en el sobre solo se podía leer el nombre de James, en una letra que le sonaba pero no supo identificar.

- ¿Qué es? -Preguntó impaciente Tim detrás de él.

- No sé -por un momento se había olvidado que no estaba solo.

- ¿Y de quién es? -Volvió a preguntar impaciente.

- Tim, como verás mi visión de por sí no es muy buena -dijo mientras señalaba sus anteojos cuadrados -pero es que ya me resulta imposible ver a través de las cosas.

- Lo siento, no está en la naturaleza de un hufflepuff esperar -el azabache sólo sacudió su cabeza estuvo a punto de decirle que de hecho sí estaba en los hufflepuff pero se contuvo divertido ante las ocurrencias de su primo.

Y entonces tomó el paquete en su mano y separó la carta del regalo envuelto, por un segundo pensó en abrir primero el regalo pero se contuvo y recordó sus modales, además de que podría ser una broma. En esta había una simple nota que rezaba.

¡Feliz Navidad!

Gracias por no dejar solo a un soldado caído,

aquí tienes tu recompensa, disfrútala capitán.

Fdm: Compañero de lucha (Adam Robins.)

P.D: por aguantarme y como compensación por

beberme tu botella en la fiesta de fin de exámenes.

Está encantada para que no se acabe.

Cuando abrió el paquete este consistía de una botella de Whisky de fuego de Irlanda databa de 1898 y tenía un diseño estiloso, en definitiva era una buena botella. Sonrió divertido con las ocurrencias de su compañero de cuarto, era la primera vez que le hacía un regalo en seis años y resultó uno fantástico. Sonriendo aún se giró a su primo que lo miraba curioso, le alcanzó la nota para que la leyera y luego le mostró la botella.

- ¿A qué se refiere con compañero de lucha? ¿No es a quidditch verdad?

- No, no es quidditch -la sonrisa del azabache se agrandó, llena de socarronería, misterio y algo parecido a la resignación.


Llegó al parque que ese día se encontraba vacío y se dejó caer sobre el columpio suavemente, hacía tiempo que no iba a ese parque por los menos desde el verano de segundo, siempre había sido uno de sus lugares especiales donde se sentía segura, sin embargo en tercero las cosas empezaron a cambiar entre ella y su amigo de la infancia, y el parque dejó de parecer atrayente para la pelirroja. Suspiró pesadamente mientras comenzaba a impulsarse con los pies hacía delante y atrás, no sabía bien qué hacía ahí, suponía que de haber estado Severus en su casa ella no se hubiera acercado ni remotamente al lugar. Era cierto que desde aquella tarde de octubre en la que se sentaron frente a la biblioteca a hablar las cosas habían mejorado entre ellos, pero también era verdad que habían tenido un par de encontronazos desde entonces, y hasta la habían castigado por su culpa. En su estancia en Hogwarts Lily sólo había recibido castigos por una cosa, y era por pelear con James Potter, hasta aquel curso.

La prefecta cerró sus ojos mientras sentía la brisa chocar contra su cara le encantaba columpiarse, siempre le había gustado, de pequeña pensaba qué eso debía ser lo más cerca que uno podía estar de volar, hasta que descubrió el mundo mágico y supo que existían escobas mágicas y alfombras voladores u otras criaturas mágicas con alas. Cuando alcanzó la máxima altura que le permitía el columpio llevó sus ojos al río bajo el viejo arce que tenía semillas helicópteros, y su mente se inundó de recuerdos, de viejas charlas, y secretos compartidos, hacía tiempo ya de esos momentos y aún seguían siendo unos bonitos recuerdos a pesar de su relación agridulce con Severus. Se preguntó ¿por qué no había vuelto a casa esta Navidad?, sabía que su padre Tobías no era una buena persona, no porque Snape se lo hubiera contado nunca pero vivir en un barrio tan pequeño que conllevaba conocer los secretos de los demás, pero a pesar de su pésima relación con su padre, su madre Eileen seguía ahí y si estaba tan enferma como le había contado, no le quedaba mucho tiempo para pasar con ella.

Lily no quería justificar el comportamiento ni la actitud de su antiguo amigo de la infancia, pero no podía evitar pensar que su comportamiento provenía de su no tan fácil infancia, si bien ella y su familia no nadaban en abundancia nunca les había faltado de nada en la mesa y menos el amor y la seguridad que proporcionan los padres y aunque la relación de Lily con Petunia pareciera estar cada vez más cerca del abismo, la pelirroja sabía o quería creer que su hermana la seguía queriendo. Sin embargo donde Lily había recibido amor, Snape había obtenido críticas, donde Lily había sido reprendida Snape había sido golpeado, donde Lily había visto amor verdadero, Snape solo había visto alcohol y maltrato, a pesar eso no justificaba el comportamiento de Severus hacía los muggles y nacidos de muggle, nunca se debía justificar el odio a muchos por el temor a unos pocos. Después de todo, todo el mundo tenía problemas y no todos los pagaban con los demás.

Sin saber por qué, Lily se soltó del columpio cuando alcanzó una vez más la máxima altura, y en vez de caer fuerte al suelo con sus dos pies, aterrizó con estilo cómo lo hacía de pequeña, una vez sus pies tocaron tierra firme otra vez, sonrió con un poco de soberbia y llevada por los impulsos se acercó a los matorrales, donde se encontraban las flores marchitas por el frío invernal. Tomó uno de los pequeños capullos que había sobrevivido a las condiciones meteorológicas y cerró los dedos entorno a este, a los pocos segundos abrió su mano y en la palma de la misma yacía una rosa tudor completamente abierta y hermosa, y nuevamente los recuerdos volvieron a invadir su mente, pero estos poco tenían que ver con Snape y tampoco eran muy lejanos, pues tan solo hacía unas horas de ello.

- Unas horas antes -

Esa mañana Lily fue la segunda en levantarse en su casa, el primero como siempre fue su padre quién se encontraba en la cocina con un delantal floreado preparando el desayuno para todos, la pelirroja sonrió al ver a su padre así, siempre le habían encantado la dinámica de sus padres. No había un día en el que Richard Evans no esperará a su mujer Dahlia con el desayuno listo y servido sobre la mesa, y no había día en el que ella no devolviera el gesto teniendo la cena lista para cuando su marido llegara de la fábrica agotado. El señor Evans sonrió a la más pequeña de sus hijas al verla entrar en la cocina, y le besó la frente con delicadeza, Lily feliz tomó asiento en la pequeña mesa redonda que había en la sala y se sentó a desayunar mientras hablaba con su padre de cómo había ido el curso y demás.

Para cuando terminó de desayunar, Dahlia ya había bajado y se encontraba lista y aseada con un precioso vestido navideño y su pelo recogido como siempre en un moño, Lily saludo a su madre se despidió de su padre y subió rumbo a su cuarto pues tenía muchas cosas que hacer. Al llegar a su habitación se encontró con que Petunia ya estaba despierta y terminando de hacer la cama, sin siquiera saludarla pasó de largo y se marchó al cuarto donde dormía su prometido quién ya estaba listo como ella, ambos bajaron a desayunar con sus padres. Entonces Lily se apresuró a desatar y enviar las lechuzas que habían llegado de sus amigos con sus regalos de Navidad de vuelta antes de que las vira Vernon y una vez hizo eso, organizó su cuarto, y se metió en el baño para prepararse, si tenía que disculparse con Vernon por lo menos lo haría una vez estuviera presentable.

Cuando por fin bajó a la planta baja, el resto ya habían terminado de desayunar y su madre y hermana se disponían a preparar la comida de Navidad, mientras que su padre salía al porche a leer el periódico y Vernon estaba sentado delante de la televisión viendo una película. Muy nerviosa la pequeña de la casa se acercó al novio de su hermana, que miraba embobado la película, y se sentó en la butaca que estaba al lado del sofá que ocupaba Vernon, pensó seriamente en lo que le diría, pues tampoco lo tenía muy claro, se aclaró varias veces la garganta y abrió la boca otras tantas pero la cerró antes de decir nada, finalmente habló.

- Vernon -dijo tímidamente, él gruñó a modo de respuesta -perdona que te moleste, pero me gustaría hablar contigo -los ojos pequeños y azules de él se fijaron en Lily.

- ¿Conmigo? -Preguntó confuso, mientras se rascaba la cabeza con una mano.

- Si, creo que es importante que hablemos -continuó más confiada -si tu quieres.

- Bueno vale -no parecía muy receptivo a la idea, pero bajo el volumen de la tele.

- ¿Qué te parece dar un corto paseo mientras hablamos? -Sugirió ella.

- ¿Andar? Pero si hace frío y... -se cortó ante la súbita entrada de su prometida en el salón, que miraba suspicazmente de su novio a su hermana.

- ¿Qué pasa aquí? -Exigió con un tono duro a su hermana, pero Lily no se dejó amedrentar.

- Le preguntaba a Vernon si quería ir a dar una vuelta y hablar un rato -contestó lo más tranquila que pudo.

- ¡Ay! Que idea tan fantástica Lily -llegó la voz de su madre desde detrás de Petunia -claro que sí, mira si podéis pasar por delante de la tienda de Ed para ver si esta abierta nos hace falta arándanos.

Y su madre precipitadamente le puso el abrigo a su hija menor, le dio una bolsa y la llevó hasta la puerta donde se quedó mirando hasta que la figura de su hija menor y su futuro yerno desaparecieron en la esquina. La pequeña pelirroja andaba a paso ligero, mientras que a su lado podía escuchar al rechoncho novio de su hermana resoplar en busca de aire, aminoró su paso para que Vernon pudiera regular su respiración y se mantuvo en silencio a su lado.

- ¿Bien qué querías? -Preguntó él de manera brusca, los ojos verdes de Lily le miraron sorprendida antes su tono.

- Bueno yo... -empezó la joven bruja, pero la mirada hastiada de él y el tono anterior la irritaron en sobremanera -¿se puede saber qué te pasa? ¿Acaso te he hecho algo? Porque no creo que merezca ese tono ni esa mirada -las palabras se le escaparon.

- Eres tú quién me ha obligado a salir del calor de tu casa -los ojos pequeños y redondos estaban entrecerrados -por si no te has dado cuenta hace frío para andar, y no es trabajo de hombres hacer la compra, es la obligación de las mujeres servir a sus maridos.

- Pensé -empezó Lily tratando de respirar para controlar su genio -que nos vendría bien para conocernos un poco mejor por Tuney.

- Está claro que la lista de la familia es Petunia -replicó Vernon, produciendo una rojez en las mejillas de la pelirroja -ella sabe cual es su lugar y no intenta engatusar a otros para que hagan su trabajo, ¿o crees que no sé que esto en verdad es para que no hacer sola tus obligaciones? Habrase visto que un invitado trabaja...

- Cualquier excusa para no andar es buena para ti -la voz de Lily salió fría e impersonal, ya no aguantaba más -no creo que las capas de grasa de tu cuerpo te permitan sentir nada de frío -añadió mordaz, pero nada más decir eso se arrepintió y miró horrorizada a su acompañante que se había quedado tieso.

- No tengo -Vernon se había puesto rojo y respiraba rápidamente y de forma entrecortada - porqué aguantar las estupideces de una niñata malcriada y consentida que no sabe comportarse, y tiene que ser enviada fuera de casa a que le enseñen modales.

Lily se quedó aturdida ante las palabras del prometido de su hermana, si bien iba a pedirle perdón por su contestación completamente indebida decidió que ya no lo haría, la única razón por la que se le había escapado lo otro era porque le había enfurecido la manera de hablar de Vernon de las mujeres como si fueran objetos que coleccionar. Ella también se había puesto roja, apretaba los puños fuertemente y miraba a Vernon como si quisiera incendiarlo.

- Mira Dursley, la única razón por la que aún no te he pegado es porque mi hermana por algún inexplicable motivo te quiere, pero yo no voy a tolerar que me hables así. Si bien tienes motivos para estar enfurecido por mi comentario anterior no pienso pedirte perdón, la única razón por la que he osado decirte que me acompañaras a pasear era porque quería pedirte disculpas si ayer me comporté como una maleducada contigo. Francamente ya me da igual, no tengo el más mínimo interés en lo que tu pienses de mí, pero que quede claro que por lo menos yo me he interesado en mantener una relación cordial contigo solo por Petunia.

- ¡No me interesa tener ninguna relación con delincuentes como tu! -Gritó Vernon enfurecido, nuevamente los ojos verdes de Lily se abrieron con sorpresa y la rabia aumentó.

- Bien -dijo despacio y mortiferamente -puedes volver a casa, yo me encargaré de comprar lo que necesitamos. Espero que te pierdas -dijo ácidamente, y con eso se dio la vuelta enfurecida dejando a Vernon Dursley solo.

Cuando volvió a casa Lily seguía completamente furiosa, sentía que en cualquier segundo perdería el control de la magia y seguramente lo haría en cuanto viera a ese intento de persona o cuando su hermana se lo echara en cara, entró en la cocina hecha una furia y literalmente lanzó la bolsa sobre la encimera, los ojos verdes de su madre la miraron asombrada. Pero eso no frenó a Lily que continuó como un torbellino hasta su habitación donde cerró la puerta de un portazo y se lanzó a la cama para ahogar sus gritos con la almohada. Media hora después escuchó como su padre llamaba para comer más calmada la pelirroja arregló su apariencia en el espejo y bajó las escaleras, cuando entró en el salón sus ojos verdes se cruzaron con los azules de Vernon y sintió como la misma rabia de antes volvía a invadirla, sin embargo esta se mitigó al ver como Dursley apartaba la mirada. Como el resto de la velada transcurrió tranquila, Lily supuso que Vernon no le había dicho nada a su hermana, pero nada más acabar de comer salió a pasear, lejos de todos.

- Presente. -

Suspiró fuertemente al pensar en todos los acontecimientos del día, y un sabor agridulce se instauró en su estómago, Lily sabía que a veces era demasiado impulsiva y gritaba y reaccionaba sin conocer todos los factores, le pasaba a menudo tristemente y aunque no le gustara creerlo últimamente se estaba dando cuenta que quizá había juzgado demasiado a cierta persona que no paraba de producir un tremendo dolor de cabeza. Pero con Vernon había sido distinto, a pesar de querer tener una buena relación con él por su hermana no había sido capaz, y sabía que a partir de ese momento no había forma de que jamás tuvieran algo más allá de un trato formal, si es que llegaban a consolidar eso, y esto solo haría que Petunia y ella se distanciasen más.

Dejó caer la rosa al suelo y volvió a suspirar, su mente voló al primero de septiembre y se acordó de sus amigas, quizá tenían razón y después de todo existían varias Lilys sin duda alguna la Navidad era una época llena de melancolía, o quizá era un cúmulo de todos los acontecimientos recientes. Pensó en Marlene a quién aún no había visto, en su conversación con Benjy, en su recién relación con Sirius Black, en sus peleas continuas con Potter, en la señora Snape y en su futuro cuñado, sí quizá todo eso era demasiado para cualquiera y ella no necesitaba ir a un psicólogo.


Le resultaba imposible creer que estuviera en una reunión Black, en las reuniones y eventos familiares de la familia Black nunca se habían escuchado risas, ni existía el sonido de fondo de música de ningún tipo, tampoco podían vestir de manera informal y desde luego era inaudito comer en el suelo, pero por encima de todo nunca se respiraba un ambiente de paz o felicidad que se respiraba en casa de los Tonks. Sin embargo así era, por primera vez en su vida Sirius estaba celebrando Navidad con su familia y está se sentía una familia real.

- Papi, papi otra vez -reía la pequeña hija de Andrómeda mientras su pelo cambiaba precipitadamente de un color a otro por la emoción.

- No sé yo Dora, -replicó Ted sonriendo -creo que tu madre tiene el orgullo bastante herido para jugar otra vez después de todo es una slytherin y una Black -en los labios del hijo de muggles brillaba una sonrisa burlona y divertida.

- ¿Con que esas tenemos Edward Tonks? Bien, vas a ver como esta Black te pone en tu lugar -contestó Andrómeda con un brillo en sus ojos marrones.

- ¡Bien! -La pequeña saltó al regazo de su madre y estiró su bracito hacía su padre para así ser abrazada por los dos.

Era una escena verdaderamente enternecedora la de la pequeña familia de tres, Andrómeda Tonks que había sido educada para comportarse como si fuera de la realeza estaba tirada desprolijamente en el suelo, con su cabello castaño escapando por doquier de la trenza que solía llevar. Una inmensa sonrisa adornaba sus labios, y sus grandes y gatunos ojos marrones brillaban con intensidad. En su regazo estaba su pequeña hija que observaba a su madre fascinada como si no hubiera mujer más guapa en el mundo, sus rasgos habían cambiado sin querer hasta ser idénticos a los de su madre, pero su pelo y ojos se teñían cada pocos segundos de algún color fuerte y llamativo, signo inequívoco de su felicidad. Y por detrás de ellas abrazándolas contra su pecho, Ted Tonks miraba a las dos mujeres que tenía en brazos como si de dos auténticos tesoros se trataran. Los ojos azules del hombre también brillaban con una intensidad que sólo la más pura felicidad otorgaba, y mechones de su cabello rubio caían despeinados sobre su frente y cuello acariciando sin querer a su mujer. Todos reían contentos y felices, sabiéndose queridos y sintiéndose protegidos.

Sirius observaba la escena con fascinación y un anhelo latente en sus pupilas, por el deseo de ser querido así alguna vez por alguien, de saberse protegido y seguro con la sola presencia de otra persona. Una sonrisa de felicidad y melancolía surcó su rostro, Alphard Black lo notó y se acercó al más joven de sus sobrinos apoyando su mano sobre su hombro y apretando.

- Nunca imaginé que vería un cuadro así para uno de mis sobrinos, sin embargo me siento orgulloso al pensar que un día serán dos -los ojos grises de Alphard se clavaron sobre los de Sirius, con una sonrisa de complicidad.

- No sé, yo soy más de motos que otra cosa -dijo Sirius intentando ocultar sus verdaderas emociones.

- ¿Motos?

- Oh sí, tío Alphard no sabes es este transporte muggle que va sobre dos ruedas y tiene un motor, una auténtica preciosidad.

- ¿Y de dónde has sacado tú eso?

- Una amiga hija de muggles -respondió sonriendo -una vez me dejó una revista y vi una moto, desde entonces sé que me compraré una.

- ¿Quieres una moto? -Preguntó la voz de Ted quién ya se había puesto en pie y se acercó a los dos hombres.

- ¡Oh no, no, no! Ni si te ocurra montarte en uno de esos cacharros infernales ¿me oyes bien jovencito? -Le regaño Andrómeda antes de que pudiera contestar -¿Qué locura es esa? ¡Una moto! ¡Podrías matarte!

- No es más peligroso que ir en escoba Andy -dijo Ted.

- Si que lo es y no me contradigas Ted Tonks.

- Yo tampoco creo que sea más peligro...

- Tú tampoco Sirius Black -le miro la castaña furibunda.

Sirius notó como una manita tiraba de su pantalón muggle, cuando bajó la vista esta se clavó en Nymphadora quién había demostrado tener el mismo carácter de su madre y una inteligencia impropia de una niña de tres años. Estiró sus manos exigiendo ser cogida en el aire y el obedeció la orden encantado.

- ¿Me llevarás de paseo cuando te la compres? -Preguntó feliz e inocentemente a su tío Sirius.

Todos los adultos rieron menos Andrómeda que veía a su hija con una expresión sería y a su primo con la amenaza brillando en sus ojos, después de eso Sirius no volvió a mencionar nada cercano a motos o demás, y se dedicó a jugar con Dora al nuevo snap explosivo que obtuvo esa Navidad. Aunque su prima Andrómeda no era la mejor cocinera, pues en casa de los Black siempre habían existido elfos domésticos para servir y a las mujeres no se les enseñaba a cocinar, no se le daba mal, y la comida fue recibida de buen grado.

A pesar de que no debería, Sirius no pudo evitar sorprenderse ante la escasa comida, no parecía una festividad ni mucho menos, y un sentimiento de culpa lo inundó. Por supuesto que la comida era escasa, su prima y su marido vivían en un barrio pobre a las afueras de una zona industrial muggle. Además, que el supiera Andrómeda no tenía trabajo, pues salir a la calle para ella era muy arriesgado ya que su cabeza tenía un alto precio para su familia y probablemente a Ted le pasara algo parecido, y además tenían una hija pequeña.

Una vez acabada la comida retiraron los platos y se quedaron en la pequeña sala circular a hablar, con una taza de chocolate caliente en la mano, en un momento Sirius se excusó y fue al baño, cuando estaba volviendo se chocó contra un mueble derrumbando sin querer varios marcos de fotos. Eran casi todos mágicos menos en los que aparecían, ya fuera solos o acompañados, una pareja de señores mayores, los padres muggles de Ted. Rápidamente empezó a colocar todos mientras observaba las fotos distraídamente hasta que tomó una que hizo que su pulso se parará. Sin darse cuenta sus ojos grises se oscurecieron y apretó el puño en el que no sujetaba la foto, en esta se podía ver a cinco jóvenes todos y cada uno de ellos tenía una belleza inaudita de rasgos aristocráticos y clásicos, dos chicos y tres chicas, sus edades variaban y no podrían tener más de entre 16 y 6 años, todos sonreían felices mientras se abrazaban, tocaban o hacían cualquier cosa, estaban en un jardín al aire libre y sus trajes eran elegantes y soberbios, hacían una imagen monstruosamente hermosa, casi inhumana.

Sus ojos primero se fijaron en quien aparentaba ser la mayor, una chica esbelta con un brillante rizado pelo negro que caía suelto hasta un poco más allá de media espalda, grandes y felinos ojos negros, y unos carnosos labios color carmesí en los que se podía ver una sonrisa petulante, su mano derecha estaba apoyada en el hombro del niño de delante y la izquierda rozaba la de una joven. Está también era esbelta pero se notaba que era un par de años menor, tenía el cabello también suelto brillante y ondulado cayéndole hasta medía espalda pero era castaño oscuro, sus ojos tenían la misma forma que los de la joven de su lado sin embargo eran pardos y poseía unos carnosos labios idénticos con la excepción del color, en vez de ser carmesí eran cereza, además de que dejaban ver una sonrisa dulce, la joven abrazaba con su mano libre a un chico. Él era por lo menos cinco años más joven, tenía el cabello negro azulado largo hasta la mandíbula y perfectamente peinado hacía atrás, unos ojos grises brillantes y una sonrisa traviesa, una de sus manos estaba al rededor de la cintura de la chica y la otra despeinaba a una niña rubia delante de él. La niña rubia en cuestión era mayor que él pero más joven que las otras dos, poseía un brillante cabello rubio casi platino que caía liso por sus hombros, unos grandes ojos azules y unos labios rosados que resaltaban contra su pálida piel, su sonrisa se veía perturbada por una mueca de fastidio y su mano derecha apretaba la del último integrante de la foto. El más pequeño de todos tenía el mismo cabello negro que el otro joven y sus ojos también eran grises pero mucho más oscuros casi rozando el negro, sonreía de forma alegre pero intentaba mantener un semblante serio.

- Casi cuesta creer en lo que nos hemos convertido ¿verdad? -Susurró una voz detrás de él.

Sirius se giró sobresaltado y miró a su prima, parecía rota y malherida como si pensar en ello le partiera en dos, sus ojos marrón claro brillaban y dejaban ver un millón de emociones indescifrables mientras permanecían fijos en la foto.

- Si -por algún motivo se había formado un nudo en su garganta y le había costado horrores decir eso.

- A veces creo que es todo un sueño, que me despertaré un día como si hubiera sido una horrible pesadilla y Bella y Cissy estarán a mi lado -seguía susurrando, pero tan bajo que apenas Sirius la podía escuchar.

No sabía que decir, no creía poder decir nada para consolar a su prima, después de todo nada podía prepararte para el dolor que supone perder a tu familia en vida, él lo sabía bien lo había vivido aquel mismo verano. Cada vez que pensaba en Reg o se cruzaba con él por Hogwarts sentía una punzada en el corazón, y cubría su dolor con rabia porque pensaba que eso era mejor que llorar a alguien que no le quería. Andrómeda pareció adivinar su pensamiento.

- No es demasiado tarde para vosotros Sirius -le dijo mirando directo a sus ojos -Reg no es como Bella él aún..., aún tiene salvación.

- No, no la tiene -replicó Black cabezota -le di una salida, le dije que se viniera conmigo, no quiso -declaró duramente.

- No dejes de dársela Sirius -ella le miraba mortalmente seria, directo a los ojos -si lo haces lo perderás para siempre, aún es un niño tiene 15 años. Muéstrale que hay otro camino y sigue haciéndolo hasta que te escuche.

- No lo entiendes Andy -el oji-gris contenía unas lágrimas que luchaban por salir, sonaba derrotado -ya es demasiado tarde para él, no es sólo que piense como ellos, que me odie por huir de casa, es que Regulus es uno de ellos. Está marcado.

- Mientes -dijo Andrómeda mientras se llevaba impresionada las manos a la boca -no, no, no puede ser ni siquiera es mayor de edad, aún está en Hogwarts -sus ojos pardos se llenaron de lágrimas también.

- No lo hago -Sirius intentó ser lo más delicado posible -esa es la razón por la que huí, mis padres... -el odio brillaba en sus ojos grises -ellos nos entregaron, nos ofrecieron a los mortífagos, como si fuéramos sus marionetas o simples objetos. Bella estaba ahí, vino a llevarme a la ceremonia, ellos no querían a Regulus era demasiado pequeño aún, pero yo ya podía unirme cumplía 17 ese Noviembre. Pero me negué, jamás me uniría a ellos tenían que saberlo. Fue doloroso, no recuerdo mucho, se que les grité, que les dije todo lo que sentía y se que ellos me atacaron, pero me había hartado así que tome mi varita y se lo devolví, después corrí arriba cogí mis cosas y bajé, estaba tan enfadado todo es borroso, pero se que le dije a Reg que viniera conmigo que los Potter nos acogerían a los dos. James me lo había dicho, me dijo que pasara lo que pasara él y sus padres nos protegerían, pero Reg no quiso y yo ya no podía quedarme, Bella ella no iba a hacerme simplemente daño quería matarme lo pude ver en su mirada y entonces me desaparecí.

Las lágrimas habían caído de sus ojos y rodaban libres por sus mejillas perdiéndose en su mentón, sus ojos no miraban a ningún punto y su cuerpo temblaba producto del llanto, y de la rabia y odio acumulados, Andrómeda pudo ver en su cara que además del dolor había algo más ahí, aunque no supo identificar qué. Cortó la distancia y envolvió a su primo en sus brazos de forma sobreprotectora, escondió su cara en su cuello y dejó que las lágrimas también cayeran, lloraba por Sirius y lo que tuvo que pasar, lloraba por Regulus y lo que le había tocado, lloraba por no haber estado ahí para ayudarles, pero sobretodo lloraba por su hermana Bella a quién definitivamente había perdido para siempre. Cuando se calmaron se separaron, la castaña arregló su cara para hacer desaparecer los rastros de llanto y después acicaló a Sirius y le colocó bien su ropa muggle, de una forma muy maternal, como había sido siempre con él.

- ¿Por qué tienes la foto ahí? -Desvió la atención el pelinegro.

- Por lo que fuimos una vez, para no olvidarlo nunca.

- ¿No te resulta doloroso tener ese recordatorio constante ahí expuesto? -Ella se encogió de hombros meditando la respuesta.

- No más que el recuerdo en sí, pero eso no lo borro de mi mente ¿por qué habría de quitar la foto entonces? Haga lo que haga nunca olvidaré de donde vengo, no puedo y no quiero.

- No lo entiendo -dijo él confuso, Andrómeda lo miró con intensidad.

- Dime Sirius ¿por qué has venido a mi casa?

- Tú me invitaste -replicó aún más confuso.

- Lo sé, pero ¿qué te trajo ayer? Nadie te forzó a venir, yo te extendí una propuesta y tu la aceptaste ¿por qué? -Ella ya parecía conocer la respuesta.

- No sé... -estaba muy confuso, no lo había pensado antes ¿por qué había querido ir a casa de Andrómeda y no quedarse con los Potter?

- Piensa -insistió la castaña.

- Supongo... -no estaba seguro de entender lo que decía -supongo que porqué es Navidad y no me apetecía pasarlas con los Potter.

- ¿Por qué no? -Buscaba la mirada de Sirius pero estaba clavada en el suelo.

- Porque no son mi familia -levantó los ojos y los clavó en los de su prima -porque ellos ya tienen una familia, y aunque James me trate como un hermano y Euphemia y Fleamont como un hijo, no es lo mismo. No lo es.

- Porque estas fechas deben pasarse en familia -dijo ella sonriendo melancólica -por eso viniste aquí, porque querías buscar a lo que te queda de familia. Porque aunque lo hagas a un lado y lo apartes de tu mente no puedes olvidarte de ellos -señaló la foto -no te hace falta ningún retrato o recordatorio constante, porque siempre van a estar ahí.


Marlene despertó de madrugada exaltada por una de las muchas pesadillas que tenía desde el accidente, sus ojos azules brillaron con terror iluminados por la luz de la luna que se colaba por su ventana que no tenía las contraventanas cerradas, su pulso era acelerado y su respiración errática, estaba sudando pero era un sudor frío inducido por el miedo. Lentamente se puso de pie y se acercó a la ventana para cerrar la contraventana, pero casi se muere de un infarto al ver a una lechuza dormitando en el alféizar exterior, rápidamente abrió la ventana y con cuidado para no despertarlo tomó el animal y lo llevó donde su propia lechuza dormía. Desató la carta y el paquete que venían con el animal y le preparó un bol con agua y otro con comida para cuando despertara.

No abrió ninguna de las dos cosas inmediatamente, si no que se dirigió a su cama y se sentó, lo último que recordaba era la conversación que había tenido con William y como este salió derrotado de la habitación dando un portazo, se debía haber quedado dormida después de eso, le escocía la cara así que suponía que había llorado aunque eso podía haber sido durante la pesadilla también, últimamente ninguna de las dos cosas era muy raras. Levantó la vista al escritorio y como creía comprobó que había una bandeja con comida que alguien había entrado a dejar, no tenía hambre a pesar de no haber comido nada así que no se movió de la cama. Suspiró y tomó la carta y el paquete que había depositado en su cama, necesitaba una distracción para no pensar en lo que le había dicho a William, ni en sus pesadillas. Una pequeña sonrisa se formó en sus labios al reconocer la letra.

Querida Lene:

Sé que no estás pasando por tu mejor momento, y aunque desconozco los motivos,

porque no me lo quieres decir, he decidido ser paciente y esperar a que te abras.

Aunque no me lo digas sé que hay algo más allá de lo que ocurrió que te atormenta,

y por una vez he decidido dejar ¿cómo era? Ah si mi necesidad de arreglar al resto para

llenar mi patética vida (...zorra...)

Aunque estoy deseando verte de una buena vez, pero supongo que me harás

esperar para eso también. No creas que es sólo para darte un abrazo de oso, porque

jovencita tú y yo tenemos que ajustar cuentas seriamente. Si crees que no te voy a

hechizar por lo de Benjy vuelve a San Mungo que aún estas afectada ¿qué en nombre

de Merlín te poseyó para hacerme esa jugarreta?

Pero bueno mientras tanto, ¡feliz Navidad!, espero que mi regalo te guste, es un poco

extraño pero creo que vas a saber apreciarlo.

Besos

Lily.

Sonrió divertida ante la carta de su amiga, y a la vez un tanto preocupada, sabía que la pelirroja era capaz de cumplir su amenaza, pero es que cuando se enteró de que nadie iría a buscarla fue todo demasiado perfecto. Ese mismo día Benjy había estado visitándola en San Mungo, y de hecho fue cuando llegó la lechuza y el chico reconoció la letra de Lily cuando se enteró de que su amiga no había estado respondiendo las últimas cartas del joven, así que ideó todo el plan y convenció al morocho para que fuera a por ella. Francamente tenía mucha curiosidad por saber cómo habían ido las cosas, sabía que Benjy no quería hablar de nada remotamente relacionado al ámbito amoroso así que estaba tranquila, dejando esto a un lado tomó el paquete entre sus manos y notó con sorpresa que era duro, antes no lo había sentido.

Se deshizo del papel que lo envolvía y observó fascinada una pequeña caja de madera, rectangular, medía más de largo que de alto, más o menos tenía el tamaño de su palma. La madera parecía estar un poco envejecida y los colores vivos que se mezclaban entre sí dando una apariencia exótica con los que estaba pintada la caja estaban un poco desgastados y apagados. En la tapa tenía tallada una flor, que si no se equivocaba era una dalia, recordó que así se llamaba la madre de Lily, y la flor era blanca resaltando contra los colores brillantes del fondo. La abrió lentamente y un sonido musical que la embelesó salió de esta, dentro de la caja había una nota también escrita por Lily.

Esta caja de música es una reliquia familiar, fue hecha a

mano por mi abuelo como regalo de compromiso para mi

abuela. Ellos eran muy pobres y en vez de un anillo, mi

abuelo decidió hacerle esto él mismo, como señal de su amor.

Ella me la dio a mi cuando era pequeña, para poder

calmar mis pesadillas y guardar mis miedos y

preocupaciones, como una caja de Pandora.

Espero que ahora te sirva a ti para velar tu dolor,

si tienes miedo solo tienes que abrirla y yo estaré ahí.

Marlene sintió como se le llenaban los ojos de lágrimas y una sensación caliente le oprimía el pecho de forma reconfortante. En lugar de comprarle cualquier cosa que sabía que le hubiera gustado, Lily le había regalado uno de sus objetos más preciados de su colección. Aquel que había cuidado de ella en los momentos más difíciles y que le hacía sentirse segura. Por primera vez desde que volvió a casa notó como una sonrisa sincera se dibuja en sus labios, rápidamente se puso de pie cerró la ventana, colocó la caja sobre su mesilla, se metió en la cama y se dejó guiar hasta los brazos de morfeo acunada por la música de la cajita.


¡Hola queridos míos!

Sé que me he demorado, y lo siento, pero tiene una razón: he estado sin ordenador MESES, ha sido horrible para la uni. Pero al fin lo he solucionado.

Estoy deseando saber qué pensáis, es muy importante para mí porque me parece un capítulo bastante emocional y clave para varios personajes. Como siempre cualquier duda, sugerencia, corrección y demás me lo decís (gracias.)

Gracias a Paula por sus constantes reviews que me motivas a seguir! Y a aquellos que hayáis puesto en favorita mi historia.

Prometo intentar actualizar antes la próxima vez, besos

B.