07. La resaca
Había dormido unas pocas horas y le dolía un poco la cabeza. A pesar de que cuando llegó a casa, ya no había rastro de alcohol en su cuerpo, se encontraba un poco aturdida. Estaba pensando en todo lo que pasó la noche anterior, en su conversación con Shikadai, en Chōchō y en Kawaki. Había algo muy raro en ese chico y en Shika también lo había. Es como si supiera mucho más de lo que saben los demás, o simplemente que a los demás no le importasen estas cosas. Tenía la sensación de que, a pesar de esa apariencia humilde, había en él algo demasiado ambicioso y eso dejaba a Sarada un poco confundida.
Estaba preparándose para ir a casa de su madre cuando sonó el teléfono y vio que Sumiré le llamaba. Así que se entretuvo un rato contándole todo lo que pasó la noche anterior cuando ellos se fueron.
-¿Kawaki te llevó a casa?
-Sí, me sorprendió bastante porque podía haber vuelto en taxi…
-Bueno, él es más caballeroso de lo que parece a simple vista.
-¿Es que lo conoces?
-Sí, hace años venía mucho por el despacho de Amado. Estuvimos haciendo unos estudios sobre su genética.
-¡Qué raro!
-No te creas, Amado es muy discreto y eso era todo lo que él buscaba, discreción.
La conversación derivó en otras cosas superficiales, aunque a Sarada le sorprendió que Sumiré supiera tanto sobre el tema, de hecho, le parecía extraña la naturalidad con la que contó todo eso. Quizá había subestimado a la chica tímida que todos pensaban que era, pero es verdad que siempre estaba callada y atenta a lo que los demás decían. Esperaba que otros dijeran algo antes de intervenir ella y quizá ese silencio y esa timidez le permitía ver el cuadro completo.
Meneó la cabeza para quitarse de encima ideas absurdas y se preparó para salir de casa. Se había maquillado un poco para que su madre no le regañase mucho por su mala cara y se fue en tren a su antiguo barrio. Su madre le esperaba en casa, había cocinado sukiyaki, como cuando era pequeña. Siempre que iba de visita, cocinaba lo mismo y, después de tantos años haciendo el mismo plato, era de los pocos que realmente le salían bien.
Su madre, Sakura, era una mujer muy peculiar. Peculiar porque tenía el pelo de color rosa. No de manera natural, claro, se lo teñía. Tenía un problema de melatonina, lo que significaba que el color natural de su pelo era blanco. También de su piel, que era del color del papel. Por eso, cuando era una adolescente se tiñó el pelo de color rosa. Lo hizo porque así hacía honor a su nombre, la flor del cerezo, y además le daba una personalidad única. Con el tiempo se convirtió en su signo de identidad y nunca se lo volvió a teñir de otro color. En el pueblo todo el mundo la conocía. Al principio, porque tenía el pelo de un color muy llamativo, pero con el tiempo se fue haciendo famosa por su carrera como médico. Así que la gente dejó de conocerla por el color de su pelo y empezó a conocerla por sus méritos y sus logros.
Gracias a su carrera profesional, Sakura no fue una autoridad materna al uso. Trabajaba muchas horas y apenas tenía tiempo para estar en casa. Así que desde joven Sarada aprendió a limpiar, cocinar, llevar la casa, hacer la compra y otras cosas que le quitaba tiempo de jugar y estar con sus amigos. Su padre tampoco estaba en casa. Tenía un bufete de abogados en Los Ángeles y solo iba a casa un par de días cada tres o cuatro meses. A veces podía estar años sin aparecer. Y no es que Sakura o Sarada no le echaran de menos, desde luego que lo hacían, es que se habían acostumbrado a su ausencia. Era algo normal, habían aprendido a vivir solas, a hacerlo todo solas, sin ayuda y no conocían otra vida que no fuera esa. Por eso Sarada era tan brillante, porque sabía cómo asumir más responsabilidades de las que le correspondían a su edad.
-Bueno, cariño, cuéntame qué tal te va en la nueva empresa. ¿Ha sido muy difícil esta primera semana?
-Bueno, resulta que Ino tiene doble personalidad.
-¿Ha sido muy dura?
-Bastante, en la oficina es otra persona. Una que no he visto nunca, es increíble.
-Bueno, es normal. Hay mucha presión sobre ella. Tiene un puesto muy relevante y cuando estamos trabajando tenemos que ser serias y hacernos las duras. Ya sabes, por eso de que los hombres creen que no podemos.
-Sí, algo así me dijo. Pero yo no siento esa presión de la que me habláis.
-Supongo que es generacional. Y dime, ¿has visto a Naruto? Cuando le veas, mándale recuerdos.
-No lo he visto en toda la semana. Por lo que tengo entendido tiene algún problema de salud.
-No creo, Naruto tiene una salud de hierro. Lo digo de verdad, le conozco desde hace más de 30 años y no le he visto enfermo ni un solo día. Ni un solo resfriado.
-Pues es lo que dicen. Tu eres médico y eres su amiga, quizá podrías hacerle una visita.
-Pues mira, ahora que lo dices, me ha entrado la curiosidad. Sabes que Naruto y tu padre son inseparables, aunque cada uno esté en la otra punta del mundo. Seguro que un día de estos le llama y ya verás como no es para tanto- Era evidente por su sonrisa que mentía. Que, a pesar de querer quitarle peso al asunto, estaba claramente preocupada por su amigo. Quizá con esta conversación, Sarada le había dado a su madre una preocupación innecesaria.
-Pero bueno, he hecho varios amigos en la oficina. Una de ellas es prácticamente mi vecina. ¿Sabías que el hijo de Ino trabaja también en la empresa?
-Sí, no lo recuerdas, pero una vez fuimos de vacaciones todos juntos. También con la familia Uzumaki.
-¿En serio? No me acuerdo de nada
-Sí, con la familia Uzumaki fuimos varias veces, aunque solo una con tu padre.
-No recuerdo nada de eso, supongo que de haber visto a Kawaki lo recordaría, no es de esas personas que se olvidan fácilmente.
-Es que Kawaki no estaba. Naruto adoptó a Kawaki cuando este tenía 15 años, tú tendrías unos doce o trece, no recuerdo bien. Fue por esa época cuando dejamos de ir de vacaciones con ellos. Naruto tenía demasiado trabajo, Hinata tenía que hacerse cargo de tres chavales, tu padre se enterró en trabajo fuera y a mí me dieron la dirección del hospital. A veces en la vida las cosas no salen como uno quiere.
-Entonces, ¿Naruto tiene otros hijos?
-Sí, claro. Me parece raro que no te acuerdes. Tiene una niña llamada Himawari, bueno ya tiene unos 21 años, está estudiando bellas artes en la universidad y el mayor se llama Boruto, tiene tu edad.
-¿Y dónde está?
-En Estados Unidos, estudió con tu padre, sabes que enseña una asignatura en la universidad. Fue hasta allí para aprender con él y después, se quedó. Se especializó en derecho penal y creo que está trabajando en un bufete de Nueva York.
- ¿Y la empresa?
-Abandonó a su familia. Dijo que no quería ser el heredero de los Uzumaki, que estarían mejor sin él. Decidió sacrificar el honor de los suyos por pasarlo bien en el extranjero. Sus padres no le culpan, pero la última vez que hablé con Naruto, lo vi realmente apenado.
-¿Así que Naruto y tú habláis mucho?
-No tanto como me gustaría. Pero vamos a dejar de hablar de Naruto, ya le llamaré un día de estos para ver qué tal le va. ¿Has conocido a alguien especial estos días?- Se había quedado preocupada por su amigo, así que prefería cambiar de tema.
-¡Mamá! Solo llevo una semana trabajando, además es muy poco profesional…
-Pero tal y cómo has hablado de ese tal Kawaki, parece que te ha llamado la atención.
-Pues no, además es bastante desagradable y muy mal educado.
-Me imaginaba, pero ya vas teniendo una edad y deberías pensar en conocer a alguien…ya sabes alguien especial. Yo a tu edad estaba casada.
-Prefiero centrarme en mi trabajo…
Sakura decidió no insistir más. Hablaron de otras cosas, Sarada le contó un poco más sobre las cosas que había visto en la empresa y le habló también de Mitsuki y de Orochimaru. También estuvieron hablando del hospital y de otras cosas del pueblo. Una ventaja de ser la directora del hospital público era que conocía a todo el pueblo. Era un hospital grande, no solo acogía a los ciudadanos de Konoha, sino también a los de los pueblos colindantes.
Sakura estaba un poco preocupada por su hija, aunque no era una persona especialmente tradicional, tenía cierto miedo interno a que su hija terminase siendo una solterona o una mujer que perdía la oportunidad de conocer a alguien que la quisiera. Parecía una tontería porque fue ella misma quien le enseñó que se podía vivir sola y que se podía salir adelante por una misma incluso con niños de por medio. Sin embargo, en el fondo de su corazón temía que Sarada pasase por lo mismo que ella, que tuviera que estar sola ante una situación así. Quería a su marido y estaba dispuesta a aceptar toda la soledad que la vida le impusiera por estar con él, pero sin que nadie lo supiera, había pasado muchas noches triste, llorando, con el peso de todas sus responsabilidades a sus espaldas y nadie que la ayudara. Tuvo que apoyarse en sus amigas de toda la vida, en Ino y en Ten-ten, incluso Naruto se ofreció a ayudarla, llevándoselas de vacaciones. Estaba agradecida por ello, pero en muchos momentos de su vida flaqueó más de lo que quería admitir.
Por el otro lado, a Sarada le pasaba por la cabeza algo similar. No era tonta, de hecho, era muy buena observando a la gente, entendiendo sus gestos, sus movimientos, sus caras y lo que podían sentir. Eso le hacía una persona tan empática, esa capacidad de leer en los movimientos de las personas sus sentimientos más profundos. Lo hizo con su madre desde que era una niña, por eso siempre era obediente y responsable, prefería quedarse en casa estudiando antes que salir con los otros niños, nunca quiso darle una preocupación más de las que ya tenía. Con la edad de 12 años ya sabía hacer muchas cosas que otros no, le llevaba a su madre la comida al hospital los sábados y se esforzó en preparatoria para recibir una beca a la excelencia y poder salir de casa para no ser un estorbo. Sabía que estar sola era muy duro y aunque confiaba en que podía hacerlo, sacar adelante una familia por sí sola no les daría a sus hijos el futuro que ellos necesitan, quería tener una familia, quería tener a alguien cerca, pero tampoco sabía cómo se podía vivir así, simplemente Sarada no tenía un referente adecuado que le guiara en esta parte de su vida.
-Cariño, te has quedado dormida en el sofá. Te está sonando el móvil.
Solo se había sentado un rato, pero estaba realmente cansada. Eran las cuatro de la tarde y había recibido un mensaje de Chōchō quedando para tomar un helado. No le apetecía mucho ese helado, pero quizá pasear y tomar un café le haría bien.
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Aquí está la nueva actualización. La historia ya va cogiendo ritmo.
Me apetecía introducir a Sakura porque en algún momento pondré un poquito de SasuSaku.
En el próximo capitulo las chicas se reunirán para seguir hablando de lo que pasó la noche anterior.
Hasta la semana que viene
