—Pa... Papá... —murmuró Boruto, completamente horrorizado al admirar la tétrica escena plasmada frente a él. Impetuosas lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos, deslizándose por todo su rostro al mismo tiempo en el que su cuerpo temblaba ligeramente.

No tardó mucho para que su cuerpo cediera. El infante cayó sobre sus rodillas, devastado. Su progenitor nunca había sido «santo de su devoción», pero tampoco le producía regocijo atestiguarlo en una situación tan calamitosa. Su nublada visión empeoró cuando un amargo sentimiento se apoderó de su pecho: cruda e insensata confusión. Su abuelo le había confesado directamente la traición de Naruto, e incluso le había chismeado el tipo de relación que escondía con Sasuke. Era por ello que, los primeros días, se había negado rotundamente e ir a echarle un vistazo a la capilla en la que supuestamente se alojaría su padre. No obstante, «la curiosidad mató al gato», por lo que eventualmente terminó por husmear a través de los inmensos ventanales impregnados en la construcción. Había sido una acción inocente, meramente genuino interés por el bienestar de su padre. Consideró, incluso, adentrarse a la edificación con tal de saludarlo brevemente, bajo algún tonto pretexto que se inventaría en el trayecto. Pese a lo hiriente y maleducado que llegaba a comportarse, lo cierto era que le guardaba un gran afecto a su padre. Sí, en ocasiones Boruto actuaba como un auténtico dolor de cabeza, pero inconscientemente lo hacía para llamar la atención de su padre ausente. Lo quería a su lado, tomando la responsabilidad que le concernía y demostrándole cariño tanto a él como a su madre, aunque a esta última ni siquiera le era relevante. Boruto lo sabía, y pensar en ello sólo avivaba su rencor hacia su progenitor. ¿Por qué no podía amar a su madre, aquella dulce mujer que se desvivía por complacer a su esposo? Diariamente aseaba el hogar, procuraba preparar los platillos favoritos de Naruto y cocinaba según las preferencias del mismo; cuando dialogaban lo escuchaba atentamente sin interrumpirlo, estaba tan al pendiente de él que incluso se percataba cuando estaba pasando por malas rachas e intentaba animarlo a como diera lugar. No sólo se encargaba de ser una buena ama de casa e intentar criar a su hijo, también buscaba desesperadamente darle lo mejor de sí como persona. Entonces, ¿por qué Naruto era tan incapaz de amarla?

—La respuesta es simple —la voz de Hiashi lo sacó del trance, al menos durante unos segundos—. Tu padre es uno de ellos. Está maldito —posicionó su gélida mano sobre el hombro del infante, provocándole otro escalofrío.

Era una verdad irrefutable. Pero en ese momento, poco o nada le importaba. Tan sólo quería que las cosas volvieran a ser como antes.

—¡No! —protestó el Uzumaki menor, apartando de un manotazo a su abuelo. Posteriormente, se dirigió apresuradamente hacia la puerta principal de la capilla, la cual logró abrir con éxito—. ¡Papá! —vociferó, con la voz desgarrada. Corrió hacia él, hasta que se dejó caer a un lado suyo.

—Boruto... —susurró con sorpresa, alzando su rostro con el propósito de verlo mejor. Inmediatamente su semblante se tornó afligido, como si no quisiera ser visto en ese estado—. No... No deberías estar aquí.

—Él vino por voluntad propia, seguramente a burlarse de ti —esclareció el patriarca Hyūga, caminando lentamente hacia ambos rubios.

Naruto gruñó al escuchar la voz de su suegro. La cizaña que aquel viejo desparramaba era colosal. Su hijo no estaba enterado de la situación en la que mantenían a su padre, pero por la manera en la que el vejete habló dio a entender lo contrario.

—¡Largo! —ladró el moreno, era obvio que se lo había dicho al canoso.

—¡Mide tus palabras, escoria! —el Hyūga frunció el ceño con disgusto—. ¡Tú no eres quien para darme órdenes! —tomó un pedazo de madera que se encontraba apoyado contra la pared. Después, se dirigió hacia su yerno con notorias intenciones de golpearlo.

—¡Para! —sollozó Boruto, colocándose enfrente de su padre al mismo tiempo en el que sus brazos se extendían, como si quisiera abarcar más perímetro—. ¡Por favor, abuelo, detente! ¡No lo hagas, no lastimes más a mi papá! —suplicó, aunque sus palabras no eran del todo claras debido a lo lastimoso de su llanto.

Ambos hombres se sorprendieron ante la protesta del pequeño. Quizá, incluso, su propio padre era el más asombrado de los dos. No hubo más palabras, sólo silencio acompañado de los quejidos del niño.

—Señor —uno de los sirvientes lo llamó desde el umbral de la puerta—. Lamento interrumpirlo, pero lo están buscando —y como si anticipase sus pensamientos, se atrevió a agregar—; es un hombre de mediana edad, bien vestido. Me parece que su nombre es Shikamaru.

Los orbes celestes de Naruto se iluminaron al escuchar dicho nombre, e inevitablemente una amplia sonrisa se esbozó en su rostro. Boruto compartió su alivio, dado que el Nara era una puerta abierta para garantizar la salvación de su padre.

—¿Y qué es lo que quiere? —inquirió Hiashi, dejando caer la madera que sostenía al suelo. Acto seguido se acercó al sirviente con tal de dialogar mejor.

—Interrogarlo. Está recopilando información con respecto a una desaparición, o algo similar —informó el sirviente con cierta consternación en su tono de voz.

Naruto sintió sus ojos humedecerse. La visita de Shikamaru significaba dos cosas: la primera, que lo conocía tan bien como para discrepar con los absurdos rumores que la familia Hyūga se encargó de esparcir sobre él y su paradero; y la segunda, lo apreciaba tanto que fue capaz de jugarse el pellejo ante una familia poderosa como con la que se enfrentaba.

—Que se retire, no poseo nada útil para él —decretó el anciano, tajante.

—Señor... —el sirviente miró hacia el suelo y tragó saliva, como si no quisiera decirlo—. No se irá. Viene acompañado.

—¿No estoy siendo claro? —el mayor alzó la voz a medida de que su paciencia se acortaba—. No me interesa.

—Lo acompaña un familiar del desaparecido y el oficial Yamanaka.

Aquella sentencia le cayó como un balde de agua fría. Rechistó, y sin más remedio, decidió acudir al encuentro. Ya se las arreglaría para intimidar al oficial.

—¿A dónde crees que vas? —preguntó Hiashi al percatarse de que Boruto lo seguía—. No seas estúpido —lo tomó bruscamente del brazo y lo empujó de vuelta al interior de la construcción, la cual cerró con llave para dejarlo cautivo a él también.

El Uzumaki menor recapituló incrédulo lo que acababa de ocurrir. Su abuelo, quien le juró cariño incondicional, ahora lo trataba como si fuese inmundicias. Su corazón dolía, pero no tenía tiempo para asimilarlo.

Recorrió impacientemente toda la capilla. Movió los bancos, rompió los ventanales, gritaba y corría de un lugar a otro mientras parecía rebuscar algo.

—¿Qué intentas hacer, Boruto? —preguntó su padre, severamente confundido.

Fue entonces cuando el menor se dirigió hacia él e intentó hasta el hartazgo deshacer los apretados nudos que aprisionaban sus manos.

—¡Maldita sea, soy tan inútil! —vociferó el infante, rompiendo en llanto nuevamente gracias a que no era capaz de desatarlo.

Abrazó a su padre como nunca lo había hecho. Naruto estaba más anonadado por el repentino afecto de su hijo que por las infernales torturas que recibió los días anteriores. Escuchaba como, entre sollozos, su hijo se disculpaba un sinfín de veces.

«Nunca me odiaste» pensó el adulto para sí. Una sonrisa plena se dibujaba en su rostro. El dolor físico había pasado a segundo plano; finalmente estaba escuchando las palabras que durante tanto tiempo soñó con oír:

—Te quiero, papá.

La muerte ya no lucía aterradora.