Bruno se puso de puntitas y caminó sobre la duela aprovechando su ya conocida habilidad para andar en completo silencio. Mirabel parecía estar dormida; la vio recostada sobre la cama, en posición fetal, de cara hacia la pared, dándole la espalda a la puerta de la habitación. Se preguntaba cómo despertarla cuando escuchó que de ella venía un murmullo ahogado que antes no había percibido.
Todo va a estar bien con ustedes. Lo prometo. Yo los amaré y estoy segura de que papá los amará. Nadie va a hacerles daño, no vamos a abandonarlos. Lo prometo. Y yo... yo estoy bien. Estoy bien. Estoy bien. Estoy bien. _ Con ojos muy abiertos y gesto de inquietud se acercó Bruno al lecho donde reposaba la muchacha.
Soltaba Mirabel esa letanía en susurros angustiados, empañando el sonido con esa constipación tan propia de las lágrimas y acarreando aire con sollozos aislados. La joven se abrazaba el torso, presumiblemente el vientre, con ambos brazos. Definitivamente esto no podía seguir así. Sus nervios se aplacaron, sus dudas desaparecieron y hasta su rostro se serenó.
Antes de que la otra pudiera darse cuenta de lo que sucedía, fue levantada en brazos por su tío como si de un hombre más alto y fuerte se tratara y, de alguna manera, el vate se las arregló para sentarse con todo y carga sobre el colchón, recargando la espalda contra la cabecera de aquella cama matrimonial. Con cuidado acomodó a su sobrina entre sus piernas abiertas y flexionadas aferrándola contra su pecho.
Mirabel, que durante todo ese tiempo se había quedado fuera de combate, dividida entre la sorpresa y la vergüenza de haber sido escuchada por Bruno, se enfureció de repente, alebrestándose como una potranca salvaje.
¡Qué demonios! ¡Suéltame! _ gritó la joven.
Por favor, mi amor, al menos déjame explicarte... _ suplicó el otro. Como Bruno la aprisionaba entre sus brazos y sus piernas y ella no podía usar sus extremidades, se retorció como una lombriz. _ ¡No te di permiso de entrar!
No te muevas así. Vas a lastimarte; van a lastimarse los cinco. _ Argumentó el tío y, ante esas palabras, Mirabel se quedó quieta expectante, mirándolo, torcida y con el ceño fruncido desde el hueco que formaban su pecho y uno de sus brazos. Pero, perdiendo el punto que pensaba abordar debido a lo que acababa de decir, Bruno preguntó, maravillado: _ ¿Tienes idea de lo curioso, de la plenitud que se siente al poder estrechar entre tus brazos a las personas más importantes de tu vida y que además sean cinco? ¿Y todas dentro de la misma persona?
¿Eso es lo que vienes a decirme? _ le cuestionó Mirabel, indignada. "Concéntrate, estúpido" se reprendió Bruno, intranquilo por estar echando a perder las oportunidades que tenía de hablar seriamente, aunque también era verdad que lo que había dicho, para él era la cosa más seria del mundo. Pero no era lo que su sobrina necesitaba escuchar en el momento. Así que hizo fuerza para abordar el asunto.
Mi vida, vengo a pedirte perdón. Estás así, si estás recelosa y angustiada en estos momentos en los que deberías estar tranquilita, es por mi culpa. _ le dijo empezando a acunar rítmicamente a Mirabel mientras colocaba su barbilla sobre los rizos de la chica. La muchacha alzó la ceja; tenía una especie de dejavú perverso en el que prefirió no ahondar porque algo le decía que no era tal paramnesia, sino un recuerdo real de algo lejano. A Bruno pareció ocurrirle lo mismo porque dejó de mecerla y se acomodó, carraspeando incómodo y con cara de susto. Como si antes hubiera olvidado a quién tenía entre los brazos y de repente se percatara de ello. De cualquier forma, tragó saliva y siguió con su explicación, apretando a su sobrina en su cálido abrazo.
Te prometí que las cosas no iban a cambiar entre tú y yo, y yo las cambié. Admito que me estuve escondiendo de ti, mi amor...
Pues si tanto asco te doy...
No digas eso. Jamás, entiéndelo, jamás experimentaría sentimientos negativos hacia ti, mi vida. Nunca. Me escondía porque desde la primera vez que estuve contigo tuve que enfrentar algo de mí mismo que me parecía aberrante. Yo jamás te hubiera tocado si la profecía no nos hubiera puesto entre la espada y la pared.
¡Vete! ¡Veteee! _ gritoneó Mirabel comenzando a retorcerse de nuevo.
¡Mirabel! _ exclamó Bruno llamando su atención, aunque de forma más chusca que agresiva. _ Perdóname, pero estaría mal que te dijera mentiras. Y si me dejas terminar, verás a dónde quiero llegar con esto... _ Ella guardó silencio, todavía respirando con agitación. _ Yo jamás me hubiera metido contigo... porque ¿qué clase de pervertido sería si me atreviera a ponerte las manos encima siendo tú mi sobrina más pequeña? Te habría hecho daño, Mirabel, no puedo imaginar que algo como una relación de ese tipo entre tú y yo ocurriera sin que salieras lastimada de alguna manera... Es más, ahora ocurrió sin que nosotros lo buscáramos y de todas maneras te hizo daño...
¡Me hizo daño porque me abandonaste! _ Lloró la joven trigueña. El hombre jaló bruscamente aire. Eso le dolió más que el quijotazo* que le diera su sobrina esa misma tarde.
Sí. Lo admito. Era lo último que deseaba y ¡pas!, hice que sucediera. Salió más caro el caldo que las albóndigas. Y lo lamento de veras. Mirabel, déjame quedarme a tu lado, por favor.
¡Ya te dije que puedes meterte tu caridad por donde te quepa! No quiero que me hagas más favores. Si lo que te preocupa son los bebés, tranquilo. Son tus hijos, no tienes que estar conmigo para estar con ellos. Pero haz tu vida. Ve y cásate con tu Irene. Ya no quiero tus sacrificios. ¡Quiero que hagas lo que tú quieras! _ Súbitamente, como si le hubiera dado pie, Bruno actuó en consecuencia con esas palabras. Giró y recostó a su mariposa con delicadeza sobre el colchón.
¿De verdad? Entonces me voy a dar uno, ¡no! dos... ¡dos y medio!, dos y medio minutos para ser bien egoísta y voy a confesarte todo. _ Comenzó a decir el hombre quemando con su tórrido aliento el oído de Mirabel. ¿Por qué sentir su peso sobre ella era tan delicioso? _ Quiero que te quedes conmigo, Mariposita. No como mi sobrina, aunque la vida perversa haya querido que lo seas. Quiero que te quedes conmigo como mi mujer. _ Bruno le susurraba al oído, le sembraba besos detrás de la oreja y por el cuello mientras hablaba. Una mano taimada se deslizó sigilosamente bajo el camisón blanco de la joven para recorrer, camino arriba, el espacio entre sus muslos, derritiéndola a tal grado que sus piernas se abrían como si tuvieran conciencia propia. Hábilmente, la mano del tío eludió la ropa interior de la muchacha.
¡Hhhhii! _ un leve espasmo, acompañado de un gritito ahogado, agitó el cuerpo de la joven cuando sintió el índice cálido y certero de Bruno sobre su clítoris.
Te quiero para mí. Te amo. La primera vez que siquiera se asomó dentro de mí un sentimiento sospechoso, un anhelo por ti, lo acallé de la manera más violenta que te puedas imaginar. Me negaba a ser más monstruoso de lo que ya era. ¿Alguna vez te ha pasado que hay algo a lo que le temes tanto que ni siquiera te das permiso de que llegue a tomar forma en tus pensamientos?
Pero había algo innegable, y sabes que no te miento porque te lo dije la primera vez que hicimos el amor: eres lo más importante de mi vida. _ Mirabel tragó saliva y le pareció que se bebía el agua de los mares. Al tiempo que le murmuraba en el oído, el hombre no paraba de hacer círculos y otras figuras en su aguijón venéreo; la joven sentía que se drenaba sin tregua bajo sus caricias. _ Así que me convencí a mí mismo de que mi predilección hacia ti era platónica, de que uno puede amar por encima de todas las cosas a alguien, convertirlo en su prioridad, reconocerlo como parte de su alma en un cuerpo ajeno sin que ello signifique que esta maldita necesidad carnal tenga que entrar en la ecuación. Quizá pueda ser, no estoy negando que uniones así ocurran, creo que puedo estar definiendo la amistad pura, pero me temo que he de reconocer que no es mi caso para contigo. Yo... ya no puedo luchar más con mi propia alma, te reclamo espiritual y carnalmente, mi amor.
Me había convencido de que el siguiente paso era formar mi propia familia y enamorarme de alguien, y que eso no estaba peleado con que siguieras ocupando tu lugar en mi vida, pero la verdad... no sé qué habría resultado de eso... quizá, y perdón por lo horrible que va a sonar esto, quizá los Miranda me hayan hecho un favor... _ Mirabel no sabía a esas alturas cómo estaba siendo capaz de poner atención a todo lo que su tío le decía, sentía una catarata entre las piernas y podía notar, gracias a la viscosidad de su toque, cómo empapaba la mano de Bruno.
Te voy a contar un cuento que para mí es más verdadero que nada en el mundo, aunque a otros les pueda parecer ridículo: he visto cosas más allá del Tiempo, y concibo el Infinito como un lugar hostil y mareante en el que las almas se pierden como dientes de león agitados por un tifón inconmensurable. Algunos se encuentran momentáneamente y unen sus patitas por un segundo, pero no significa nada porque están hechos para olvidarse unos a otros, porque tienen un ánima contenida dentro de sí mismas y están hechas para revolcarse solas en la infinidad de los vientos.
Pero hay otras que cada vez que se cruzan, se recuerdan y por eso pasan el Tiempo eterno buscándose una, y otra, y otra vez. Porque un solo espíritu está contenido en dos cuerpecillos separados, en dos de aquellas fibritas agitadas por la tempestad. No sé en cuántos universos y cuántas veces en el mismo, bajo cuántas caras e identidades nos habremos encontrado, pero estoy seguro que siempre terminamos rindiéndonos mutuamente el uno ante el otro aunque nos cueste la vida, la moral o cualquier cosa preciada, porque no puede ser de otra manera. Tú eres para mí y yo soy tuyo, mi amor. Por eso no puedo dejarte ir. Te suplico que te quedes conmigo, mientras me sigas amando. _ Mirabel gimió sin sonido porque entre las palabras y las caricias había hecho erupción en un clímax que comprometió su cuerpo y su psique. Se quedó sin fuerzas y la gravedad la compactó sobre el colchón. Bruno se detuvo a contemplar su obra mientras probaba el licor de sus dedos y selló su cuento con un beso absoluto.
¡Yo no quería conocer su sexo todavía, Bruno!
¡Perdón, perdón, perdón! Se me salió... Pero vele el lado bueno, sabiendo eso, podemos empezar a nombrarlos...
Mmmm. Bueno. ¿Qué ideas tienes?
Yo ya sé cómo les quiero poner: Mirabelo A., Mirabelo B, Mirabelo C, y Mirabelo D. _ dijo el hombre, recibiendo después un zape en la frente, cortesía de su sobrina. _ ¡Es que todos se parecen a ti, mi amor!
¡Ya en serio!
Bueno, Mirabelo, Bruno,... Brumiro y Mirabruno.
¡Yaaaaaaaaaa! Créeme, no das risa. _ Le volvió a pegar la otra, aunque sí se reía de las estupideces de su amado.
Llevaban como dos horas recostados sobre la cama, sólo hablando. Volvían a ser lo que eran antes de los encuentros sexuales y tenían la extraña sensación de estarse poniendo al corriente, como si llevaran semanas sin verse. Ya no había dudas en ellos. En cuanto al mundo exterior, les regalaba una pequeña tregua en medio del caos.
