Koichi estaba sentado en su casa, en su habitación rodeado de libros y apuntes y hojas sueltas. Estaba estudiando para ser médico, y era algo, quizá lo único, que se tomaba realmente enserio. Era una profesión heredada de su padre, y a su vez, este la había heredado de su abuelo, y así sucesivamente. La verdad sea dicha, no había iniciado sus estudios con mucho entusiasmo, pero a medida que avanzó, comenzó a interesarle. Y si había algo que él mismo aceptaba, era que tenía dos cualidades a su forma de verlo: era obstinado e impaciente, así que devoró cuánto libro, manuscrito y apunte se le cruzó para ir más rápido. Lograría su objetivo en el menor tiempo posible y con las mejores calificaciones.

Cómo no necesitaba, ni le interesaba, estar durante el día con su esposa, iba a su casa durante todo el día y regresaba por la noche, luego de la cena.

En su mansión, estudiaba, montaba a caballo, cuidaba a sus perros y por supuesto, estaba con su amante.

- Será poco tiempo, lo prometo.- Le dijo, y tiró de su brazo para sentarla a horcajadas sobre él.

Estaban en su habitación, Rumi, que era una sirvienta de su casa, le había traído una taza de té. O esa fue la excusa.

- No me gusta la idea de que estés revolcándote con otra. Y menos con tu prima.- dijo ella antes de plantearle un beso profundo. Los ojos marrones de Koichi se cerraron al contacto.

- Aún no me he echado un polvo con ella. Es bastante mojigata.- dijo él, acariciándole la espalda.

No lo hizo evidente pero eso le molestaba bastante. Su mujer ni siquiera lo miraba, ni hablar de un beso o un roce. Prácticamente no hablaban y aunque él insistía e insistía, conseguía monosílabos, o directamente que ella se aleje.

- Pero te gusta.- Afirmó ella, metiendo sus manos por dentro del yukata de él, y acariciándole el pecho.

- No cariño. No me gusta. Sino habría intentado echarmela ya. A mí solo me pones tú.- sonrió él y volvió a besarla, mientras le abría con delicadeza la ropa, para tocar la piel suave de la chica.

Mintió. La verdad Yuzuki le gustaba incluso sin haberla visto completamente desnuda. Tenía un culo precioso a su parecer, que sobresalía deliciosamente incluso cuando dormía boca abajo. Era delgada pero no demasiado y tenía una boca escandalosamente tentadora. Además era virgen y la noción de eso hacia que sienta una extraña pulsión ardiente.

Y si, había intentado hacer el amor con ella. Había intentado besarla. Tocarla.

Pero todo había caido en saco roto. La chica aunque mayor que él, parecía cerrarse completamente al deseo, incluso la contacto más inocente.

Pero no iba a dejar de intentarlo. Se juro que iba a hacerla suya como sea. Así que le propuso esperar a que esté lista. O eso le dijo. Lo cierto es tomaría lo que quería por la fuerza cuando él quisiera, después de todo era su esposa. Era su obligación complacerlo. Él era su dueño.

Y aunque la resistencia de su flamante cónyuge solía resultarle molesta, supo que someterla y hacerla suya, dominando esa características, amasijando su rebeldía, sería una victoria aún más dulce.

Una batalla ganada.

Un preludio de la guerra.

- Mañana empezaré a administrar el plomo. Llevará tiempo, porque no quiero que sea sospechoso. Había pensado en matar al tío primero, pero él es mi seguro. Si él muere antes, Yuzuki es capaz de huir, ya lo ha hecho.- explicó él, mientras masajeaba los pechos grandes de Rumi, y besaba entre palabra y palabra el cuello bronceado, levemente salado por el sudor del trabajo.

- ¿Crees que renunciaría a todo con tal de liberarse?- quiso saber ella, cerrando levemente los ojos ante el contacto con las manos de él, y sus besos dedicados.

- No lo dudo. Correría de vuelta a los brazos de ese samurái, y estoy seguro que dejaría todo atrás. Pero eso no me sirve, porque necesito de ella para acceder a ciertas arcas que tienen mucho dinero.- Explicó él, y pasó la lengua por el contorno del pecho de ella.

- Debe amarlo con locura...- Gimió suavemente Rumi, y enredó los dedos en el cabello de él.

- Si. Soy consciente de que está plenamente enamorada de él pero su marido ahora soy yo.-

- ¿Tu dejarías todo por mi?- preguntó ella, moviéndose sobre él, estimulándolo.

Habían estado en esta relación hace más de un año. Empezó casi sin querer, pero él pronto cayó presa de los conocimientos del amor físico que Rumi, siendo 5 años mayor, le presentó. No podía decir que la amaba, pero si sentía algo por ella más allá del plano sexual. Aunque no era amor. Definitivamente no.

Koichi no tenía idea de lo que era el amor. Ni la empatía...o la piedad. Koichi no era un hombre de sentimientos.

Pero era un excelente actor. Era un perfecto mentiroso.

- Por supuesto.- mintió él, la besó y le apretó los pechos con delicadeza, haciéndola suspirar.- Eres bellísima.

- Voy a darte algo de alivio, realmente lo mereces.- dijo Rumi, y buscó apartar toda la ropa que se interponía en medio para hacerlo entrar en ella.

~*~

El tiempo pasó y un mes y medio después de la boda, Yuzuki enfermó.

A nadie le llamó mucho la atención puesto que había bajado de peso luego de la boda. La situación de su padre lejos de mejorar, empeoraba, y aunque los médicos le habían dicho que había pocas probabilidades de que mejore, ella no perdía esperanza. Así que se dedicó a buscar diferentes profesionales en el país para que vengan a ver a su padre, a buscar medicinas alternativas e incluso religiosas.

Para nada.

Una mañana, Aiko fue a despertar a Yuzuki para desayunar.

La encontró profundamente dormida. Al acercarse, notó que los huesos de la clavícula eran más visibles que antes.

La habitación estaba en penumbras, y ella dormía sola en ese momento, pues su marido se había marchado muy temprano, como de costumbre. A su lado, había una taza de té vacía. Aiko sabía que Koichi le preparaba todas las noches un té, como gesto para ganarse su aprecio.

Ese hombre revolvía el estómago de la joven sirviente, algo sobre él le hacía poner la piel de gallina. Era sumamente soberbio y su trato hacía ella era más distante que con el resto de la servidumbre. Supuso que era porque ella era más cercana a Yuzuki.

- Señora...el desayuno está servido.- aviso, abriendo levemente el shōji, para dejar entrar el sol.

- Oh, no me siento bien. Hoy no voy a desayunar.- musitó Yuzuki, y se giró dándole la espalda.

- Anoche no cenó.- le reprochó Aiko, arrodillándose a su lado.- No está comiendo bien últimamente... francamente me está preocupando.-

"Sobre todo porque el señor Rengoku me pidió que la cuide. Él estaría preocupado también." Pensó Aiko.

- La enfermedad de papá está avanzando y eso me tiene preocupada. Es todo.- le explicó Yuzuki, sentándose en el futón.

Le dolían horriblemente las piernas y tenía náuseas. Sabía muy bien que no estaba comiendo bien pero lo cierto es que había perdido el apetito.

La vida de casada tampoco ayudaba. Su marido intentó ganar su simpatía todo el tiempo, la llevaba a cenar y al teatro, a ver peleas de sumo y a recorrer museos. Le compró hermosas joyas e incluso le regaló un maravilloso ejemplar de caballo Kiso, blanco como la nieve, con largas crines del mismo color. Pero Yuzuki no era feliz, no lo amaba y encontraba despreciable ciertas actitudes de él, hacia ella, hacia la gente y hacia la servidumbre de su casa. Sabía que esos gestos no eran más que para poder meterse entre sus piernas, y eso le causaba un desprecio aún mayor.

Una noche, simplemente consiguió lo que quiso a la fuerza. Todo lo que prometió fueron mentiras, y solamente hizo con ella lo que quiso en ese momento, y luego le dijo que tenía que entender que hay ciertas libertades que él podía tomarse y ella, simplemente debía aceptarlo.

Era su mujer. Era su propiedad.

Y Aunque Yuzuki había rogado que pare y hasta había forcejeando y peleado, él simplemente la abofeteó, no escuchó sus súplicas. Cubrió su boca y siguió hasta saciarse.

Y Yuzuki sintió que se desgarraba, que su cuerpo físico lo rechazaba con cada fibra de su ser. Sintió repulsión como nunca había sentido en su vida. Conoció entonces la otra cara del sexo, el dolor del cuerpo rompiéndose, de la piel quemando de odio bajo la palma de un extraño.

Era el mismísimo infierno.

Lo que Koichi le hizo sentir era lo absolutamente contrario a lo que Kyojuro.

Lo odió, profundamente y ese odio sólo creció y creció con el tiempo.

Así las cosas, la vida de Yuzuki se había vuelto un laberinto de dolor, enfermedad y resignación. Una rueda interminable de abusos y manipulación. Koichi se encargó de dejarle bien en claro que *debía* entregarse a él cuándo él lo desee porque es lo que hacen las buenas esposas.

"No querrás que tu padre se angustie porque nuestro matrimonio no funciona verdad? Sabes bien que su pobre corazón no está para angustias" le decía él. Y ella deseaba explotar en pedazos.

Se sentía más atrapada que nunca, cuidando de su padre que muchas veces no podía levantarse.

Aiko observaba todo desde su lugar de sirviente pero también desde el lugar de mujer. Su Señora se había vuelto más pálida, tenía bolsas oscuras bajo los ojos y estaba perdiendo peso, de forma alarmante. Aiko monitoreaba la dieta de Yuzuki, y notó que claramente comía menos, pero cada vez que la confrontaba sobre eso, Yuzuki decía lo mismo "Papá está muy enfermo, y yo estoy preocupada".

Aiko ya no se tragaba eso.

Pensó en hablar con Koichi al respecto pero él rara vez le dirigía si quiera la mirada, mucho menos la palabra.

- Por favor Señora...aunque sea un poco de arroz y verduras.-

Yuzuki miró a Aiko, y vio su preocupación. Sonrió levemente y le pidió ayuda para levantarse.

- ¿Donde está Koichi?-

- El señor salió rumbo a su casa. Aviso que volvería tarde en la noche. Cómo siempre.

-Gracias al cielo.-susurro Yuzuki.

Con ayuda de Aiko se vistió y ella la llevó al comedor, donde le sirvió arroz blanco, té y algas secas.

- ¿Has visto a mí padre ya?-

- Si Señora. Le llevé el desayuno hace una hora aproximadamente. Desayunó bien, y lo noté.-

-Igual.- la interrumpió Yuzuki, con la vista fija en el plato.-Esta igual o peor, no es necesario que mientas Aiko. Soy consiente.-

La joven no dijo nada. Pero su señora tenía razón: Tetsuo Gotō se levantaba apenas una hora por día y a pesar de que ingería varias medicinas, nada parecía ayudarle.

Luego del desayuno, Yuzuki fue a ver a su padre. Lo encontró dormido, otra vez. Se sentó a su lado, tomó su mano y se puso a leer.

Pero al cabo de un rato el dolor de estómago con el que se había levantado era punzante así que, volvió a la cama.

Pidió saltarse el almuerzo y Aiko le insistió en que al menos coma fruta, a lo que Yuzuki accedió de mala gana.

Tarde esa noche, luego de la cena, Koichi llegó a la casa. Notó el silencio y se desplazó discretamente por los pasillos. Fue a ver a su tío, abrió levemente el fusuma de su habitación y lo vio en su futon, pequeño y dormido, con una lámpara de aceite encendida en una esquina. Luego de allí, y con la misma quietud, se dirigió a su habitación, la que compartía con Yuzuki, e hizo lo mismo. Y también la vio recostada, sobre su lado izquierdo, con el shōji abierto y dormitando.

" El plomo está asentándose en su organismo." Pensó, mientras caminaba a la cocina ." Tengo que seguir administrado dosis ínfimas para favorecer su acumulación".

Encendió el fuego y puso agua a hervir. Decidió que le llevaría un 'delicioso té' con su ingrediente especial a su hermosa mujer, y puso manos a la obra.

Echó sin miedo apenas, casi invisible, una finísima capa del polvillo grisáceo sobre la taza y luego preparó el té.

- Buenas noches, Yuzuki.- dijo, abriendo el fusuma. Ella se giró a verlo y se sentó.- te traje un té.-

- No quiero té. Muchas gracias.- dijo ella.

- Apuesto a que no comiste hoy.- afirmó Koichi.

Yuzuki no dijo nada. Pensó que tendría que hablar con Aiko para que deje de contarle si comía o no. Seguramente lo hacía sin maldad, pero no era correcto. Lo que no sabía era que Aiko no le había dicho nada, él Simplemente sabía que no había comido porque uno de los síntomas de envenenamiento era la pérdida del apetito y las náuseas.

- No me siento muy bien últimamente.- confesó ella.

- Entonces un té te sentara de maravilla.- Dijo él, y se sentó a su lado. Le extendió la taza y ella la miró un momento antes de agarrarla.- Dime, ¿qué te sucede?-

- ¿Te importa?

- Bueno, eres mí esposa. Lo que te suceda es mi responsabilidad.- Sonrió él, y le acomodó el cabello detrás de la oreja.

Yuzuki tuvo que reprimir el impulso de golpearlo al mínimo roce.

- Vaya...que caballeroso.-

- Si no confías en mí como esposo, confía en mi como futuro médico.- dijo él.

Y Yuzuki decidió hablar, más que nada para que se calle, no estaba de ánimos para soportarlo.

- Pues...siento muchos dolores de estómago y nauseas. Y a veces me duelen mucho las piernas. Hoy noté que estaban bastante hinchadas.-

- Oh, ya veo...- Asintió él mirándola con falsa preocupación.- Todo eso es claramente síntoma de estrés. Me parece razonable.-

- Si...lo sospeché.- declaró ella, y bebió un sorbo de té.

Ese simple gesto le dio una gran satisfacción a Koichi. Cada sorbo era un paso más.

-Deberias dejar que te cuide un poco más...- dijo él, y acarició la mejilla de Yuzuki. Y notó cómo todo su cuerpo se tensó.- Recuerda que estoy estudiando medicina.-

- Preferiría que cuides a mí padre si estás tan deseoso de aplicar tus conocimientos. - dijo ella, y lo miró a los ojos.

En momentos así, Koichi quería estrangularla. Se imaginó poniendo sus manos en su cuello y apretando con fuerza hasta que la tráquea se parta. Pero él era un maestro en disimular emociones, así que solo respiró profundo y asintió.

- Lo haré si así lo deseas. Indagare en la comunidad a la que tengo acceso, quizá halle algo.-

- ¿Tenías que esperar a que te lo pida?-

- Yuzuki...- sonrió él, y se acercó a ella... peligrosamente, tanto que pudo ver cómo se le erizaba la piel.- Eres muy especial con tus asuntos. No iba a arriesgarme a meterme y que me apartes a las patadas.-

Ella no dijo nada. Se terminó la taza de té de un sorbo, sin dejar de sostenerle la mirada, y se la entregó.

- Gracias por el té.- susurró. Y sonrió, casi desafiante.

Koichi se mordió levemente los labios y reprimió un deseo ardiente de abofetearla, echarla al futon y violarla, solo para que sepa que él no es ningún idiota.

Después de haberla sometido varias veces, ese instinto desafiante aún prevalencia. Odiaba eso.

- A tus órdenes, mi bella Yuzuki.- sonrió.

A partir de mañana, aumentaría un poco más la dosis. Se había hartado.