En la mansión Grey, se estaba llevando a cabo el funeral de la Condesa. La madre de Anelis había sido encontrada por los empleados en el bosque colindante con la mansión con el cuello roto. La noticia fue un duro golpe para la familia, especialmente para el Conde y su hija, quienes lloraron la pérdida durante meses. El Conde invirtió mucho dinero para ayudar en la búsqueda del responsable, sin embargo, después de un año sin resultados, desistió por insistencia de su hija.
-Padre, ya no quiero verte así. - Le dijo una joven Anelis, quien estaba próxima a cumplir diecisiete años. Su cabello negro estaba perfectamente peinado en un moño y adornado con joyas de alto valor; su vestido color lila se espacía por el suelo donde se hincó para suplicar a su padre que se levantara del luto mortal por el que atravesaba.
Al fondo, un hombre alto, fornido permanecía en silencio. El Conde decidió no prescindir de los servicios del sirviente de su esposa ya que éste permaneció fiel a la familia pese a ya no estar unido por un contrato de trabajo.
-Ani… Mi pequeñita…- habló con voz queda el Conde mientras acariciaba el rostro de su hija tiernamente. - Tu madre era mi todo…
-También lo era para mi, padre, pero aún nos tenemos el uno al otro. - insistió.
El Conde suspiró; se secó sus lágrimas y se puso de pie, ayudando de paso a su hija.
-Max…- llamó al sirviente. - Tú te has quedado con nosotros. Has demostrado fidelidad a esta familia y es por eso que yo… Quiero encargarte el cuidado personal de mi querida Anelis. Temo que el culpable de llevarse a mi esposa regrese, así que tú obligación será protegerla. - ordenó.
Max se inclinó obediente, aceptando de paso su nueva labor. Durante los meses próximos, se mantuvo al lado de Anelis día y noche, se volvió la sombra de la Condesa, sin embargo, Max la cuidaba devotamente por un tema especial: la Condesa, quien fue su anterior amante y lo trajo desde Roma, le había ofrecido la mano de su hija siempre y cuando permaneciera a su lado y continuaran siendo amantes en secreto. Max no se negó puesto que la Condesa era una mujer llena de lujuria aunque aparentaba ser una dama refinada; su hija en cambio, no solo poseía una belleza que resaltaba por toda la región, sino que también era famosa por su forma de ser grácil y elegante, pura e inocente.
Cierto día, a la casa grande llegó una carta de un Conde de otra región quién solicitaba una audiencia con el fin de conocer a Anelis y pedir su mano en sagrado matrimonio. La noticia la sobresaltó, sin embargo, Anelis se dispuso a obedecer los deseos de su padre.
-Me dieron buenas referencias de él, parece ser un hombre honrado y de buena reputación. - comentó el Conde mientras tomaba el té en el jardín con su hija. Su semblante había mejorado notoriamente- ¿Qué piensas querida?
-Me preocupa dejarte, padre, pero si es tu deseo, lo haré. - respondió tranquila.
-Lo que más quiero en el mundo es ver a mi dulce hija feliz y quizá, más adelante, tener uno que otro nieto.
-Entonces es mi intención conocerlo también. ¡Max! - llamó. - Enviaremos una respuesta al conde, ve mañana a dejar la carta, por favor.
Max frunció el ceño en señal de molestia, pero igualmente se inclinó. Si bien el Conde desconocía su relación con su difunta esposa, pensó que con el tiempo y la dedicación demostrada no dudaría en ofrecerle a su hija en matrimonio, tal como le aseguró una vez su madre. La carta nunca llegó. El día en que la familia Grey debía recibir al pretendiente, éste nunca llegó y tampoco recibieron noticias del motivo de su ausencia.
-¡Es una completa falta de respeto! - exclamó el Conde molesto. Anelis se mantenía sentada en el sillón en completo silencio; observando a su padre renegar mientras caminaba de un lado a otro. - Escribiré otra carta transmitiendo mi descontento por tal desplante.
-Padre, quizá le sucedió algo. Es tarde ya, vamos a dormir. No es bueno para su salud. - razonó la chica. Luego de un hora más discutiendo, accedió a dormir.
Anelis se encaminó hacia su habitación acompañada de un candelabro para iluminar su camino. Afuera, el cielo parecería caerse en pedazos ante la fuerte tormenta eléctrica acompañada de lluvias torrenciales. La mujer de cabellos negros, observó angustiada la lluvia resbalar por el enorme ventanal; a decir verdad tambien le pareció extraño la ausencia de su pretendiente, siendo que él fue quien solicitó una audiencia primero. Al llegar a su habitación, se colocó un cómodo camisón para dormir que le llegaba a las rodillas.
Peinó su cabello color ébano con suavidad y perfumó sus manos con crema de la más alta calidad que podía encontrarse en Inglaterra. Los truenos la hacían brincar en su cómoda de vez en cuando.
Colocó el peine de plata en su lugar y cuando estaba dispuesta a levantarse, notó a través del espejo una figura alta oculta entre las sombras. Se volteó asustada, retrocediendo unos cuántos pasos.
-¿Quién anda ahí? - preguntó asustada. La figura avanzó, saliendo de la oscuridad y revelando la identidad del misterioso visitante. - ¡Max! - exclamó mientras respiraba y trataba de controlar el susto. - Por amor a Dios, ¡casi me matas del susto! ¿Qué haces en mi habitación? No es correcto que entres sin permiso.
-Mil disculpas Condesa. - se excusó.
Al notar que Max no parecía querer continuar la conversación, Anelis prosiguió:
-Sea lo que sea que quieras, espera hasta mañana por favor. Retírate de mi habitación. - ordenó.
-No puedo. - respondió de inmediato con voz grave. Anelis frunció el ceño. - Condesa, vine desde muy lejos sirviendo a su madre, pero desde que llegué aquí, mi única intención ha sido convertirla en mi esposa. La he amado con locura desde el primer día que pisé esta mansión.
Anelis sintió su cuerpo temblar. La voz del sirviente era tétrica y aquello, más que una confesión de amor, parecía una sentencia de muerte.
-M-Max yo soy tu ama… Esto no pasará. - declinó tratando de mantener la compostura.
-¿Por qué no? - preguntó mientras la tomaba con fuerza por los brazos. - ¡Es que acaso mi fidelidad no ha sido suficiente!
-¡Suéltame! - pidió Anelis empezando a forcejear para soltarse del agarre.
Max empujó a Anelis contra su cómoda, haciéndola chocar contra sus productos del cuidado personal. Los finos perfumes se derramaron en el suelo, las valiosa joyas se dispersaron por la habitación; Anelis trató de recomponerse del golpe, pero nuevamente el criado la empujó, esta vez contra el suelo y con insistencia empezó a levantar la bata de dormir mientras toqueteaba las piernas blancas. Anelis empezó a gritar, sin embargo la tormenta opacaba su llamada de auxilio. Siguió luchando, lanzando patadas, arañando y golpeando a su captor, hasta que vio un jarrón en el suelo, lo tomó y golpeó a Max en la cabeza.
Aprovechó que este golpe lo lastimó y corrió hasta la puerta principal, pero ésta estaba cerrada con llave. Desesperada, abrió el enorme ventanal de su habitación y se acercó al borde, buscando las ramas más fuertes de la enredadera para lograr escapar. Cuando logró su cometido inicial, subió, pero justo antes de bajar, sintió cómo era tomada por el cabello y jalada bruscamente de vuelta al balcón. Max empezó a golpear su espalda hasta que la hizo perder el equilibrio y caer. Una caída de tres metros, donde nada ni nadie amortiguó su caída. La lluvia no impidió que el charco de sangre se ocultara y fue hasta la mañana siguiente que su cuerpo, débil y al borde de la muerte fue encontrado por su padre. Por la noche, declararon su muerte.
. . .
Anelis se levantó bruscamente, respirando agitada. Se abrazó a sí misma como acto reflejo ante la pesadilla que tuvo respecto a su muerte. Su piel aún recordaba el miedo que la recorrió, pese a todos los años que habían transcurrido.
-¡Anelis! - la voz de Lenalee la hizo volver a la realidad. - No te precipites, estás herida.
-L-Lenalee… - habló suavemente mientras evitaba ser tocada por la peliverde.
Al fondo, Lavi y Kanda observaban a las mujeres, preocupados por la reacción de la chica de cabellos morados.
-Llegaremos pronto a la Orden, ¿estás segura de que no quieres que te ayude con tus heridas?
-No te preocupes, te aseguro que estaré bien. - trató de calmarla. La peliverde era muy insistente cuando se preocupaba por otros.
Cuando llegaron a la Orden, lo primero que hizo la peliverde fue llamar a los médicos para que la auxiliaran. Entre más personas se le acercaban para revisar la herida, más incómoda se ponía.
-Anelis, no seas obstinada. - regañó Lenalee. Parecía una niña pequeña. - La herida en tu pierna es grave, no podrás caminar.
-S-Solo necesito unas muletas, es todo yo…
Anelis no terminó su diálogo, en su lugar, fue tomada por Kanda, quien la cargó nuevamente como costal de papas, ignorando sus quejas y cuidado no tocarla. Dedujo, por su comportamiento, que a la Noé falsa le molestaba ser tocada en lugares donde su piel estuviera expuesta, por lo que se esmeró por siempre tocar su capa. Ya después se encargaría de sacarle a la tonta ese trauma.
-¡Muévete! Así no servirás como exorcista. - advirtió Kanda.
El grupo entero, incluyendo a Allen, quien salió a recibirlos, quedó helado ante el inusual comportamiento del espadachín.
-¿De qué me perdí? - preguntó Allen aún sin procesar la escena.
. . .
-¡Bájame!
Los gritos de Anelis retumbaban por el amplio pasillo del consultorio médico. Todo el camino se la pasó peleando con Kanda y repitiéndole una y otra vez que la soltara.
-Con gusto. - acto seguido, Kanda la lanzó bruscamente contra la cama.
Anelis, aguantando el dolor de su pierna, tomó una bandeja y se lanzó furiosa. Kando sonrió burlón, eso no era nada para sus reflejos como espadachín.
-Señorita, basta. Empeorará su herida. - trató de calmar la enfermera.
Anelis suspiró frustrada. Ese desgraciado le estaba colmando la paciencia, sin mencionar que en dos ocasiones la tocó, poniendo en peligro su misión.
-Está bien. - se rindió. - Pero… ¿Podría echarlo de aquí? Por favor. - pidió señalando a Kanda.
-Joven Kanda… necesito limpiar la herida. No puede estar aquí.
Kanda miró mal a la enfermera, quien de inmediato tembló de miedo. Ya tenía conocimiento del mal humor que presentaba el exorcista ultimamente y de la poca paciencia que éste tenía con los demás. Indignado, se dio la vuelta cerrando la puerta con brusquedad.
. . .
Allen se encerró en su habitación a meditar. Komui le informó que por órdenes expresas de los mandos superiores no acompañaría a los demás en la misión que se les asignaría, algo que le molestó. Estaba interesado en conocer más sobre el vínculo entre la chica nueva y su maestro, especialmente por la similitud física que ésta tenía con los Noé. La primera persona que se le vino a la mente cuando vio su cabello morado fue Road Kamelot; incluso llegó a pensar que se trataba de ella disfrazada o algo así. Lo descartó luego de saber que Herv la reconoció como exorcista.
-Aunque… ahora que lo pienso… Creo que fue una buena decisión, ¿no lo crees Tim? - preguntó al Golem dorado que revoloteaba a su alrededor. - He sentido que la presencia del catorceavo se ha vuelto más fuerte, incluso he perdido la razón de vez en cuando. Hasta que no alcance a controlarlo seré un peligro para mis amigos.
Una risa cantarina irrumpió el silencio, desconcentrándolo. Al abrir los ojos se encontró a sí mismo en un lugar diferente, pero muy conocido a la vez. Árboles hechos de paletas de dulces, arbustos de algodón azucarado, un río de fresa, piedras hechas a partir de gomas dulces y al fondo, bajo el único árbol real, Road Kamelot se encontraba sentada esperándolo. La sonrisa juguetona de la menor de los Noé le generó una corriente eléctrica. No era la primera vez que ella lo transportaba hasta esa dimensión, de hecho con esa era la quinta o sexta, y aunque no debería sorprenderse, lo hacía.
-Road… - habló el chico con tranquilidad.
-¡Allen-kun! - saludó lanzándose de inmediato sobre el exorcista.
-¿Por qué me trajiste aquí? - preguntó. El cuerpo delgado de la chica sobre el suyo había dejado de incomodarle.
Road adquirió un gesto de seriedad.
-Te amarraré si intentas irte. - amenazó. - ¿Tanto te incomoda? Porque cada vez es más fácil traerte aquí.
-N-No es eso. Estamos en bandos diferentes, ¿recuerdas? Ya piensan en mí como un traidor, no quiero darles más razones. - justificó el peli blanco mientras se acostaba en la sabana, disfrutando del clima fresco.
-Pues yo pienso que eso lo hace aún más romántico. ¡Un amor imposible! - exclamó fantaseando.
-¿A-Amor? - preguntó levemente sonrojado. La menor del clan Noé era muy ocurrente.
-Si. Después de todo yo te amo, Allen. - confesó.
Contrario a las ocasiones anteriores, Allen alcanzó a leer que Road hablaba con la verdad. Sus ojos brillaban con sinceridad y una tierna sonrisa acompañada de un leve sonrojo se dibujaron en su rostro. Esta vez, fue el turno de Allen de enrojecer hasta las orejas.
-Y-Yo…
-Descuida, no espero que sientas lo mismo por mí. Somos enemigos, tú mismo lo dijiste, así que está bien. - se excusó la chica con tranquilidad. Allen palideció al instante y su semblante se volvió serio.
-Road…
-¿Por qué no cambiamos de tema? ¿Qué has hecho últimamente? - preguntó cortando el tema anterior bruscamente.
Después de unos segundos de silencio, Allen continuó:
-No mucho. La Orden está tratando de controlarme. Enviaron a los demás a una misión con la chica nueva y…
-¿Chica nueva? - preguntó Road con un atisbo de celos.
-N-No es lo que crees. Es solo una nueva exorcista. Anelis Grey; ese es su nombre…
El gesto de Road cambió. La chica sintió un escalofrío recorrer su menudo cuerpo. Hacía muchos años que no escuchaba ese nombre; es más, ni siquiera debería existir una mujer llamada así.
-¿A-Anelis Grey? - murmuró para sí misma.
-Si. ¿La conoces? Ella se parece mucho a ustedes.
-No, no tengo idea. - respondió evadiendo la pregunta. Se levantó sacudiendo su precioso vestido rojo y con un chasquido sacó a Allen de su dimensión de sueños. Se retiró sin decir más, dejando al peli blanco confundido.
Dos días más tarde, sus amigos llegaron, trayendo a la nueva exorcista herida y peleando con Kanda para que éste no la cargara.
