Capítulo 1: Preludio


Si había algo en lo que Albus Potter estaba seguro, era que podía confiar en su padre. No había razón alguna por la que debiera desconfiar de su palabra y sabía que no había posibilidad de que fuera sorteado en Slytherin si él no quería ir allí. Lo decidió mientras saludaba con la mano a su padre, que caminaba junto al vagón en movimiento del expreso de Hogwarts. Lo decidió mientras veía su rostro y su mano en alto, saludando de la misma forma en la que él lo hacía.

Él tenía su destino en sus manos.

Mientras la figura de su padre iba quedando atrás, en la lejanía, Albus tomaba aún más confianza y se determinaba a entrar en Gryfindor. Estaba seguro de que podría convencer al sombrero seleccionador. Ese viejo trozo de tela debería tomar en cuenta su opinión.

Desde luego que su padre tenía razón, todo estaría bien. Sabía que a él no le importaría que entrara a otra casa, le daría lo mismo si Albus iba a Hufflepuf o Slytherin, pero él quería entrar a Gryffindor.

Desde siempre la familia Weasley había hablado de la importancia de ser sorteado en Gryffindor, de la importancia de ser valiente y osado como los leones, de ser leal y noble, y de la importancia de combatir a los carroñeros Slytherin, de ser diferentes a ellos. Albus sabía de antemano la reacción de parte de su familia si él quedaba en Slytherin, y por eso mismo debía ser sorteado en la casa correcta.

Albus debía ser terminante. Le diría al sombrero que él era valiente y que poseía la bravura de Gryffindor, que él jamás se acobardaba y que incluso hacía frente a su hermano James cuando éste intentaba asustarlo diciéndole que al poltergeist Peeves le encantaba suspender en el aire y desde los tobillos a los estudiantes de primer año, o que había estado preguntando sobre quién era el próximo hijo de Harry Potter que estudiaría en Hogwarts el año entrante. Pero, de todas maneras, ¿Qué sabía Peeves de su padre? ¿Por qué preguntaba? ¿Qué podría saber de él?

Su padre era solo su padre, Peeves no tenía por qué saber nada de él, ni de Albus. Y él siempre se había defendido de James. Lo haría también con Peeves. Y con el sombrero.

Sin duda alguna, todo iría bien. No había de qué preocuparse.