Albus se despegó de la ventanilla de la puerta del vagón sintiendo sus mejillas encendidas y echó una vista a su prima Rose, tan acalorada por la emoción como él. Ella le sonrió y señaló hacia el pasillo del andén con una rápida cabezada.
—Vamos, Al. ¡Si no nos apuramos, nos tocarán los peores asientos!
Y tenía razón. Todas las cabinas parecían estar ocupadas, salvo por algunos chicos que todavía pululaban por el pasillo, viendo dónde pasar el resto del viaje.
Albus posó las manos frías en sus mejillas durante solo un segundo y comenzó a caminar detrás de Rose. Era un alivio que la tuviera a ella, transitar lo emocionante y desconocido de Hogwarts con alguien más cercano era muy tranquilizador. Se sentía acompañado y seguro en un mar de personas que todavía no conocía.
Su prima Rose siempre había sido su amiga, era la prima más cercana en edad, porque ambos tenían doce años cumplidos, y la prima con la que siempre había jugado siendo niño, con quien siempre pasaba tiempo durante las grandes reuniones familiares en la casa de sus abuelos, La Madriguera. Con Rose siempre se sentía acompañado. Era verdad que algunas cosas de Rose lo sacaban de quicio, como su carácter fuerte y que siempre quería saber todo y creía que sabía más que los demás, pero las cosas que le caían bien de ella sobrepasaban las malas, como el hecho de que Rose siempre era buena con él y siempre estaba para él. Si a él le costaba hablar con el resto de sus familiares, a pesar de que él no quisiera mostrarlo, Rose se daba cuenta y se quedaba a su lado, hablándole a pesar de que él no respondiera. Y no lo hacía de manera pesada, simplemente hablaba dando por hecho que él le respondía por dentro y llenaba los silencios incómodos. También si no quería hablar porque se sentía súbitamente de mal humor, que era algo que a veces le pasaba sin saber por qué. Era un lindo gesto.
Su prima le caía bien.
Rose caminaba por el pasillo mirando hacia el interior de cada cabina en busca de una que estuviera vacía o buscando a sus demás primos mientras Albus la seguía sin decir palabra, solo mirando de reojo a cada persona que se cruzaba, sin saber bien qué hacer. Se sentía algo incómodo porque algunos chicos con los que se topaban al caminar los miraban muy intensamente, e incluso se daban vuelta para mirarlos antes de seguir con su camino. Albus no entendía por qué.
Mientras caminaba preguntándose si tenía algo pegado en la cara o si otra vez había cambiado el color de su cabello a verde chillón, un grupo de tres chicos que venían caminando en fila por el pasillo se pararon en seco ni bien los vieron. El chico que venía por delante, que parecía ser mayor que Albus, de cabello arena y flacucho, lo miró con unos ojos tan grandes que parecía como si hubiera visto un fantasma. Codeó a su compañero que venía atrás y que lo llevó por delante cuando se frenó y le susurró a sus dos impresionados compañeros.
—Es el hijo de Harry Potter!
¿Pero qué les pasaba? Una oleada de incomodidad recorrió la espina dorsal de Albus mientras su prima Rose se veía tan sorprendida como él.
—Eres el hijo de Harry Potter ¿verdad? —el chico de anteojos le preguntó algo dudoso—. ¿Me darías tu autógrafo?
Albus se quedó sin habla. No sabía qué rostro poner ni qué hacer, solo asintió con la cabeza. El chico volvió a hablar.
—Y tú debes ser la hija de Ron Weasley y Hermione Granger. ¿Nos das tu autógrafo también?
—Er… ¿por qué no?…
El segundo chico desenvainó su varita e hizo aparecer una lapicera y un pergamino. Rose tomó lo que le ofrecían y escribió su nombre con su prolija caligrafía mientras los chicos miraban expectante a Albus, a la espera de que él diera el suyo.
¿Pero qué estaba pasando? ¿Quién era él para tener que dar su autógrafo? Nada tenía ni un poco de sentido.
Ellos habían nombrado a su padre, pero… ¿qué estaba pasando? La experiencia estaba siendo tan extraña que tendría que contárselo a su padre por carta. ¿Sería que eran fanáticos del jefe de Aurores? Sabía que su padre contaba con su grupo de admiradores porque su papel como auror lo convertía en una especie de ídolo, por eso a su padre le llegaban cartas de admiradores desde todas partes del mundo mágico. Eso era lo que le decía cuando él le preguntaba de quiénes eran todas las cartas que a diario le llegaban vía su lechuza Ember al Número 12 de Grimmauld Place, le decía que eran personas impresionadas por su papel como jefe de Aurores del ministerio de magia.
Albus no tenía más idea de nada, pero todo ese misterio le hacía doler la cabeza.
Los tres chicos volvieron mirar a Albus con rostro muy expectante luego de que Rose les diera un improvisado autógrafo.
—Albus Potter —el chico de cabello negro le extendió el pergamino y la lapicera y esperó a que los agarrara—. ¿Nos darías un autógrafo?
Albus, que no estaba acostumbrado a ser el centro de atención, comenzó a sentirse muy nervioso, tan nervioso como cuando James le hacía bromas adelante de todos en la Madriguera, y sintió como sus mejillas se volvían incandescentes. Sin pensarlo, como si quisiera huir, dio un paso vacilante hacia atrás pegándose a su baúl, en el medio del pasó y, justo cuando la tomaba de la manija para maniobrar con ella hacia no sabía dónde, pisó algo blando que chilló y bufó. Albus cayó al suelo en un estruendo mientras un gato blanco salió disparado hacia el otro extremo del vagón. Mientras Albus caía como en cámara lenta y el gato prácticamente volaba a su lado, sintió que aterrizaba sobre algo más, sobre una persona y, efectivamente, sintió como alguien respiraba con fuerza y luego emitía un grito ahogado que lo asustó aún más. Como si fuera poco, otra persona más atrás maldecía enojado.
—Demonios! —Chilló un chico.
Albus, finalmente, cayó al suelo y sobre su baúl.
Una niña de unos once años, con pecas muy marcadas en todo el rostro y cabello rubio llegó corriendo por el vagón, esquivó a Rose y a los tres chicos y prácticamente saltó por sobre Albus como si no le importaran ninguna de las otras personas. Los ignoró y paso de costado.
—¡Lady! ¡Ven! —gritó la niña.
¿Pero qué estaba pasando? Albus se sentía perdido. En solo dos minutos se había levantado tal revuelo en el pasillo del vagón que algunos se daban vuelta para ver de dónde provenía el estrépito del cuerpo de Albus golpeando el suelo y del gato chillando.
—Lo tengo! —Gritó un chico a lo lejos y se escuchó a la misma chica de antes agradecerle.
Al mismo tiempo, Rose se inclinó para adelante y, por un momento, Albus pensó que lo iba a ayudar a él, pero ella, boquiabierta, le habló a alguien detrás.
—Por Merlín!
Cuando Albus giró la cabeza y miró, vio que detrás suyo había una chica de pelo marrón lacio inclinándose para adelante con una mano en la boca y los ojos fuertemente cerrados. Y detrás de ella, un chico rubio y con anteojos tenía estrellada en la ropa una tarta de calabaza que le teñía de una pasta anaranjada todo el buzo azul. Como si fuera poco, algunas personas se hallaban embotelladas en el pasillo, sin poder pasar y sobre un lado del vagón.
¡Había causado un desastre! Una verdadera colisión.
Desde atrás de ellos alguien gritó.
—Se mordió la lengua!
La chica separó la mano de la boca poniéndola en jarra y un chorro de sangre descendió por su mentón, cayendo a su mano. ¡Estaba sangrando! Al ver esto, Albus no pudo quedarse en silenció y, horrorizado por haber lastimado a la chica, se levantó solo de un salto y comenzó a disculparse al mismo tiempo que Rose sacaba un pañuelo de su túnica y se lo apoyaba en la boca a la chica.
—L…lo s…siento. ¡Perdón! N…no quería lastimarte… perdón…—comenzó a balbucear tartamudeando Albus.
Alguien detrás de ellos gritó.
—Hay que llamar a un profesor!
—Yo lo llamo! —Rose se dio la vuelva y en un segundo desapareció rumbo hacia las cabinas de los profesores.
Mientras Albus seguía balbuceando unas disculpas lastimeras y entrecortadas, Rose volvió a los pocos segundos con una profesora que atendió a la chica.
—Pero ¿qué sucedió aquí?!
Albus intentó responderle algo coherente ya que estaba bastante nervioso y le temblaban las piernas del susto.
—Em… yo… sin querer…
—Se cayó encima suyo y ella se mordió la lengua —respondió alguien.
—¿Tu apellido? —le pregunto la profesora.
—Potter, señora.
—El hijo de Harry Potter eh…? —dijo la profesora antes de que él pudiera seguir—. Espero que no sigas causando estos problemas en Hogwarts.
¡Perfecto!
La profesora sacó la varita, hizo una floritura en aire con la varita y, luego, tocó los labios de la chica con la punta de madera, entonces el chorro de sangre que salía de su boca se detuvo al instante.
Albus se sentía completamente apenado, abochornado, y no sabía qué hacer para volver el tiempo atrás y hacer que todo este desastre no pasara. Pero había ocurrido. ¡Ni siquiera había llegado a Hogwarts y ya había causado una colisión en el tren y había hecho que una chica se cortara la lengua y otro chico se estrellara un pastel de calabaza en la ropa! Y, encima, ya había tenido un roce incómodo con una profesora antes del primer día de clase.
Si se enteraba, su madre no estaría nada feliz con esto. Sin duda Albus no seria quien se lo cuente. Nunca. Mientras la profesora se llevaba a la chica y los demás le dirigían una mirada reprochadora, en una fracción de segundo en la que se abstrajo en su pena, Rose le tocó el hombro y Al pudo ver el bochorno en su rostro.
—¿Vamos, Al? Mejor marchémonos…
Al solo la siguió. Sería lo mejor.
Cabizbajo, solo esperaba que esto no le adelantara lo que sería su año en Hogwarts porque, si esto era solo una probadita de lo que sería su primer año, sería una hecatombe. Y esperaba hacer algún amigo, pero a este paso sentía que se ganaría el odio de todos.
Ojalá su año fuera mejor.
