Capítulo 3: Misterios inexplicables

El resto del viaje en el expreso de Hogwarts resultó sin más contratiempos salvo por el increíble bochorno derivado de haber causado un desastre en el que una chica había resultado herida por su culpa, o eso sentía Albus.

«Todo va sin problemas» se decía a sí mismo, salvo que lo decía con total ironía. Luego de que la hecatombe se desplegara en el pasillo y una vez que la profesora se llevó a la niña, mientras le dirigía a él una mirada reprochadora, Rose y él habían emprendido viaje por el pasillo del vagón buscando una cabina disponible. Y la encontraron. Se sentaron en un compartimiento ocupado por sus primas Victoire y Dominique, que los habían llamado al darse cuenta de que ambos seguían buscando un asiento. Sus primas eran así, eran las mayores de los Weasley y eran sobreprotectoras, pero más sobreprotectora era Molly Weasley II. Ella era quien siempre ubicaba a James y Fred cuando molestaban a Albus y quien ponía paños fríos cuando alguien se peleaba. Como sea, ellas habían visto que ellos dos vagaban por el pasillo y habían procedido a llamarlos para que se sentaran en su cubículo porque había lugar.

Rose y Albus se sentaron y, ni bien lo hicieron, Rose se integró a la conversación entre Victoire, Dominique y dos de sus amigas.

—Yo soy Rose Weasley —explicó la niña—. Y él es Albus Potter.

—Encantada de conocerlos. Yo soy Anne Howartz —dijo una de las chicas—. Wow estoy conociendo al mismísimo hijo de Harry Potter. Es una locura.

Albus solo observó a Rose mientras ella lo presentaba, él ni siquiera había hecho un amague de hacerlo por sí mismo, simplemente se dejó introducir por ella. Y cuando esa chica nombró a su padre, comenzó a preguntarse qué tenía que ver su padre en todo. Ya le dolía la cabeza y se sentía nervioso y aún más introvertido.

—Qué linda! Es un gusto. Soy Michelle Adams.

Las voces comenzaron a ser para Albus solo un murmullo lejano cuando se recluyó a si mismo a una lejanía letárgica mientras apoyaba su cabeza y miraba cansadamente por la ventanilla, por el bien de sus nervios. A medida que el tren avanzaba por los bosques y campos escoceses, el viaje se le hacía a Al una odisea interminable y aburrida. Estaba nervioso por la expectativa de cómo sería cursar en Hogwarts y cómo haría para hacer amigos, si le costaría o no, si se adecuaría y ahora agregaba a sus inquietudes por qué los demás no dejaban de nombrar a su padre. Era demasiado. Miró a su lechuza atigrada Pheiner, que se negaba a verlo desde el incidente del pasillo ya que, cuando se tropezó con el baúl, Pheiner había resultado bastante batido dentro de su jaula. Estaba enojado.

«Vamos! No puedes seguir mucho más tiempo enojado conmigo. ¡Fue sin querer!» pensó Al, casi como si la lechuza pudiera leer sus pensamientos.

Acercó un dedo a la jaula, pero Pheiner lo mordió.

—Auch! —Albus saltó, se metió el dedo en la boca para frenar las gotas de sangre que le había sacado. Pheiner estaba realmente enojado por el sacudón.

Todo iba mal, hasta su lechuza estaba enojada.

Rose sacó un pañuelo de su túnica de Hogwarts.

—Aquí tienes, Al. "

—Gracias —se envolvió el dedo en la tela. Le latía.

—Ya te va a perdonar. Le diste un buen sacudón.

—Peor sacudón me di yo. Solo es malhumorado.

La lechuza lo miraba con resentimiento.

—Así no te perdonara —Rose lo reprochó y metió un dedo dentro de la jaula de Pheiner, y él se dejó acariciar. Manso— Y peor sacudón se dio la chica de la lengua cortada.

—Lechuza traidora.

En ese mismo momento llegó a la puerta del cubículo una bruja regordeta que llevaba un enorme carrito lleno de golosinas y chocolates.

—¡El Expreso de Honeydukes los saluda! —los saludo desde la puerta y con una sonrisa— Niños ¿Alguno quiere algún dulce?

Albus agradeció la oportunidad para distenderse un poco, después de todo lo que había pasado necesitaba algo dulce para saborear.

—Yo quiero unas grageas de Bertie Bott —dijo Michelle, la chica de cabello rizado marrón.

—Y yo una babosa de gelatina —dijo su prima Dominique.

La bruja procedió a darles lo que pedían y a cobrarles.

—Yo paso —dijo Victoire

—Yo nada.

—Yo quiero…— pensó Rose mirando el carrito— unos diablillos de pimienta.

La bruja miró en dirección a Albus.

—¿Y tú? ¿Quieres algo?

Al miró al carrito, pero no se decidía en qué elegir. Había tantas cosas dulces y deliciosas que simplemente no se decidía por una sola. Entonces lo decidió.

Compró varias unidades de cada dulce.

—¿Estás seguro Al? —le dijo Victoire, visiblemente nerviosa.

—Si, papá siempre dice que es bueno compartir con amigos.

—Son nueve Sickles y tres Knuts.

La bruja les dio los dulces y Al sacó el dinero de su baúl y se lo dio.

—Esto sí que es un lujo! —dijo Michelle mientras tomaba un ratón helado.

—¡Con tu permiso! —dijo Rose mientras tomaba un diablillo de pimienta—. ¡Gracias, Al!"

Albus sonrió. Compartir dulces lo hizo sentir un poco mejor. Quizá ahora el viaje podría comenzar a encaminarse mejor.

—De nada.

Al decidió imitar a Rose y dirigió la mano hacia una rana de chocolate, que era la golosina que jamás había podido probar, pero ni bien acercó la mano su prima Victoire se precipito a agarrar las dos ranas de chocolate que había comprado. Al se quedó mirándola, sin comprender. Ella fue tan abrupta que lo dejó boquiabierto y algo sobresaltado.

—Yo quiero una rana —dijo, abriendo rápidamente la caja y metiéndose la rana de chocolate en la boca a una velocidad supersónica, como si tuviera un hambre voraz.

Todos en la cabina, exactamente todos en la cabina se la quedaron viendo sin comprender. Incluso un poco asqueados de la forma en que se metió la rana en la boca, entera y sin siquiera morderla—. Anne también quiere. Ella las ama.

—Emm… es verdad… —dijo cuando Victoire le dio su caja— Gracias, supongo.

Albus no sabía que rayos había pasado. Giro la cabeza para ver a Rose, que también lo miro con la misma cara de sorpresa que él y se encogió de hombros.

Anne abrió su caja y sacó el cromo.

—Puaj! ¡Me tocó Salazar Slytherin! —Se quejó con el ceño fruncido—. ¿Qué te tocó, Vic?

—Newt Scamander… —dijo y guardó rápidamente la tarjeta en el bolsillo trasero de su pantalón— Me la quedo, es la primera que tengo.

A Albus le parecía todo muy extraño. Primero estaban todas las personas que no dejaban de darse la vuelta en la estación de Kings Cross. Extraño, pero Albus lo había dejado pasar. Luego los tres chicos que les habían pedido un autógrafo, nada más ni nada menos. Como si eso fuera algo común. Y luego esto. Victoire actuando de lo más extraño. Nunca la había visto actuar tan extraño.

A Al algo le olió raro. Mal. Allí en todo eso había algo.

El resto del viaje siguió sin mayores sobresaltos, salvo que la mente de Albus seguía vagando en los extraños sucesos que las personas a su alrededor habían desencadenado. Cuando sintió que debía comer alguna golosina, no tuvo hambre y solo eligió una varita de regaliz a la que le dio increíbles vueltas para comer, sin ganas. Todo siguió tranquilo, entre conversaciones con Rose sobre cómo sería Hogwarts y la ceremonia de selección, Rose hablando con las otras chicas hablando entre ellas mientras Albus miraba por la ventana, salvo por un momento en que James abrió abruptamente la puerta del compartimento junto a su primo Fred II.

—¡Te vi, Vic! ¡No puedo creerlo! —le dijo señalándola, haciendo que todos saltaran en el asiento por el ruido de la puerta— ¡Te vi besuqueándote con Teddy!

Victoire simplemente rodó los ojos.

—Ve a hacer algo mejor que entrometerte en vidas ajenas, Jimmy —acto seguido le cerró la puerta de vidrio del compartimento en la cara.

El asunto de la rana de chocolate revoloteaba en la mente de Albus incluso más que lo de los autógrafos, aunque intentaba alejarlo de su cabeza. Era inquietante y la actitud de su prima le parecía extremadamente rara. Casi parecía como que no quería que Albus abriera la rana, ni Rose tal vez, porque sabía que Rose tampoco había probado las ranas de chocolate y tal vez, solo tal vez había querido una.

—Prepárense, estamos llegando a Hogwarts —dijo Dominique en un cierto momento del viaje, en el mismo punto del viaje en el que Albus sentía una inquietud mayúscula. Necesitaba saber qué era lo que escondía su prima Victoire, porque ciertamente había sido raro.

—Si! ¡Qué emoción! —dijo Rose, sacando la nariz de su ejemplar de "Animales fantásticos y dónde encontrarlos"

—Al —lo llamo Victoire— Sería conveniente que ya fueras a cambiarte.

Él simplemente tomó su túnica de Hogwarts y se dirigió al baño del tren, al fondo del pasillo. Cuando llegó se empapó de las luces rojizas de los candelabros en ambos lados de los lavamanos que iluminaban en gran medida el sector en contraste con la oscuridad de la noche fuera del tren. El tapizado de las paredes del baño era azul noche con estrellas color oro que daban la ilusión de estar a cielo abierto en el campo, como si el vagón fuera transparente. Albus miro el suelo y se asombró cuando vio el césped moverse por debajo del tren, y a los costados se observaban bosques que se abrían a los costados de las vías del tren.

¡Un andén transparente! Un encantamiento de transparencia.

Fascinante.

Había otros chicos que iban a cambiarse al baño de varones como él, y muchos se quedaban mirando las paredes y el techo encantado del baño. Pero Al no se demoró frente al fascinante encantamiento, se dirigió a un cubículo y se paró frente al inodoro. Su cabeza estaba inundada de preguntas, y a medida que iban avanzando y llegando a los terrenos del colegio, comenzaba a sentir una fea ansiedad que le crecía desde lo más profundo del estómago y le hacía rechinar los dientes. Esa noche Albus sentía que se jugaba muchas cosas, sentía que el hecho de que fuera sorteado en Gryffindor se descubriría esta noche.

Sentía mucha presión. ¿Y si era sorteado en otra casa? ¿Y si iba a Hufflepuff? O peor… ¿a Slytherin?

A Al lo recorrió un escalofrío. No. Y no, no iría allí. De allí solo salían magos tenebrosos. Oscuros, y él no era así. Si fuera allí, Al sentía que tendría algo así como una crisis de identidad, o algo así. Si iba allí ¿Cómo sería él? ¿Un mago malvado?

Otro escalofrío lo recorrió. Cuando terminó de ponerse la túnica, sintió que el cuello le apretaba. Y si, se había puesto la túnica al revés.

Cuando volvió al compartimento, se sentía atolondrado. Mientras estaba sentado con el estómago dado vuelta y picándose las uñas, una voz sonó muy fuerte en todo el tren.

—Estamos llegando a Hogwarts. Por favor, dejen su equipaje en el tren, se lo llevarán por separado al colegio.

Ay no. No.

—Al, ¡deja de hacer eso! —lo reprochó Rose, a su lado.

—¿Qué cosa?

—Picarte las uñas.

—Es que no quiero bajar. ¿Y si voy a Slytherin?

—Eso no va a pasar. No te preocupes.

—¿Tú estás nerviosa?

A juzgar por la cara de pavor de Rose, la pregunta era bastante tonta.

—No… mentira. Si.

—Ay no.

El tren aminoró la marcha hasta que se detuvo y todos los chicos se apretujaron para bajar. Al casi sentía que no podía respirar entre los nervios y el apretujamiento de gente. El asunto de la rana de chocolate se borró momentáneamente de su cabeza.

Cuando viajaron del tren, los nervios del tren iban peor. Se seguía picando las uñas y el frio de la noche lo golpeaba peor en sus mejillas calientes. De pronto vio una lampara flotante desde lo alto.

—Los de primer año por aquí! ¡Los de primero por aquí!"

Era Hagrid, su rostro iluminado desde la altura por la lámpara.

—Los de primer año síganme y no se quede atrás ninguno! —la presencia de Hagrid tranquilizo en alguna medida a Albus, que le sonrió al gigante—. ¿Cómo estás, Al? Recuerda venir este viernes a tomar el té a mi cabaña.

Al asintió, contento. Para el viernes todo esto de la ceremonia de selección ya habría pasado, estaría en Gryffindor y ya se lo había contado a sus padres. Estaría haciendo amigos y tomándose un té en lo de Hagrid, tranquilo y concentrado en sus futuros exámenes.

«El viernes ya estarás en lo de Hagrid»

—Vengan los de primer año! ¡Síganme y ninguno se quede atrás! ¡Estén todos atentos y miren en donde pisan!

Todos siguieron al semigigante por un estrecho sendero, aunque estaba muy oscuro y Albus solo rezaba a Merlin para no tropezar con nada. Miró a su costado y vió a Rose a su lado, comiéndose las uñas.

—Aquí a la vuelta ya podrán ver el castillo —les anunció Hagrid.

El sendero terminaba en un inmenso lago negro que solo reflejaba la luz de la luna llena. Un lago calmo y estático.

Allí estaba. Hogwarts. Con inmensas arcadas y torres, con luces desde las ventanas. Un castillo inmenso sobre un risco en tierra escocesa, se veía imponente. Majestuoso, tan inmenso que casi le dio vértigo mirarlo.

—WOW —dijeron todos casi al mismo tiempo.

—Miren sobre el lago! —les ordenó Hagrid y unos botes aparecieron frente a sus narices, sobre el agua, mientras alcanzaban el peñasco.

—No más de cuatro por bote! —Grito Hagrid— Suban todos. ¡Apresúrense! ¿Están todos? ¿Sí? ¡Listo! ¡Andando!

Al se sentó en un bote con Rose, un chico de pelo rizado y espeso y una chica de pelo largo y lacio, de color arena.

La flota de botes emprendió viaje al mismo tiempo, rumbo hacia el castillo, y Albus sentía cada vez más que un nudo se le formaba en el estómago. Se deslizaron por una cortina de hiedra y por lo ancho del peñasco hasta llevar por un túnel oscuro. ¿Eso ya sería el castillo? Al todavía sentía el vértigo al mirar hacia arriba y ver la enorme estructura de piedra, o tal vez por la dichosa ceremonia de selección. Llegaron a un muelle subterráneo que tenía aspecto de muy antiguo y deteriorado por el tiempo y caminaron sobre roca mientras Hagrid vigilaba desde los botes. Subieron por los peldaños de piedra en un pasadizo. Finalmente, césped mullido y una enorme puerta de roble, pesada, larga e inmensa.

Wow.

Hagrid golpeó a la puerta varias veces produciendo un estruendo que hizo que todos tuvieran que taparse los oídos.

La puerta se abrió, mostrando el impresionante interior del castillo.

Ahora sí. Empieza la fiesta.