Capítulo 5: El extraño niño rubio
Todos en la mesa de Slytherin lo miraban con sorpresa, otros con recelo, pero lo cierto era que a nadie le pasaba desapercibido que él había sido sorteado en Slytherin. Ni a los fantasmas. Ósea a nadie ni vivo ni muerto, a todos les era sorprendente que Albus Potter haya sido seleccionado en Slytherin.
Y Albus era el único que no sabía por qué.
«¿Qué estarán mirando?»
Al podía escuchar lo que hablaban, y es que ni intentaban taparlo.
—Es el hijo de Harry Potter.
—Está en Slytherin.
—Qué raro…
Algunos incluso eran hasta hostiles.
—¿A mi qué me interesa quién es?
—Para mí no es nadie.
Albus odiaba que la gente hablara de él como si él no estuviera allí. A menudo le pasaba en la casa de sus abuelos y él detestaba eso. Siempre que James lo cargaba o sus primos más grandes hablaban de él, para bien o para mal, a menudo lo hacían como si él fuera una especie de ente transparente. Al pensaba que era porque él casi no aportaba nada en las conversaciones y era del tipo de escuchar la conversación que se desarrollaba en la mesa en vez de hablar. Siempre al margen. De los dos, la que siempre hablaba primero y se explicaba extrovertidamente era Rose. Siempre sabía qué decir, aunque la mayoría de las veces sonara algo pedante, siempre se le ocurría cómo cerrar la boca de su hermano y sus primos de manera elegante.
Al estaba sumido en sus pensamientos cuando el nombre de la chica que antes le había hablado sonó en el gran comedor.
—Summerby, Diana.
La chica se acercó, decidida, hacia el taburete y se calzó el sombrero. En el mismo instante en que se lo puso, este grito:
"¡SLYTHERIN!"
Diana, algo desorientada y desestabilizada por el veredicto, caminó hasta la mesa de Slytherin y, mientras lo hacía, hizo contacto visual con Albus. Ella se dirigió directamente a su lado y se sentó. Mientras los demás Slytherin saludaban a Diana la directora Minerva McGonagall dio unas palabras de bienvenida e inauguró el ciclo lectivo. Luego de todo eso Albus se concentró en intentar comer algo, y la verdad que la mesa era deliciosa. Sobre los platos de oro un montón de comida deliciosa humeaba atrayéndolo, y luego dulces de todo tipo se sirvieron como postres. Delicioso. Casi se parecía a una navidad en La madriguera.
Al miró tímidamente a su alrededor, a sus compañeros de casa. Todos charlaban y se relacionaban entre sí. Menos él. Al era consciente que este era el momento para generar amistades que lo acompañarían por siete largos años hasta que saliera de Hogwarts, por eso se sentía presionado por hablar con alguien. Intentó armarse de valor para saludar al chico que tenía sentado al lado, pero éste estaba demasiado dado vuelta hablando con la chica que estaba a su lado, así que siguió mirando para ver con quién podía entablar conversación. Vagó con la mirada y centró su atención en la mesa que tenía enfrente, la mesa de Gryffindor. Vio a su prima que lo buscó con la mirada y lo saludó con la mano, con una expresión algo triste. Él la imitó. Desde hacía tiempo que sus familias les habían hablado sobre la fraternidad que había en cada casa. Uno se convertía en familia de los integrantes de su misma casa y se verían entre sí todo el tiempo. Dormirían en las mismas piezas, tendrían su propio hogar apartado de los demás y pasarían tiempo juntos en la misma sala común. Pero todo eso sería sin Rose, y se sentía triste y desilusionado por eso. Lo cierto es que habían hablado mucho sobre quedar los dos seleccionados para Gryffindor, juntos, pero ahora esas expectativas se habían ido por la alcantarilla. Se verían, sí, pero sería mucho menos que si hubieran estado en Gryffindor los dos. Qué fiasco.
Al siguió centrando su atención en la mesa de Gryffindor, en la punta más alejada de todos. Allí estaba ese chico pálido y rubio, Scorpius Malfoy. Más alejado del resto, se veía claramente como los demás chicos se daban vuelta y se reían de él mientras cuchicheaban entre sí. Él chico simplemente miraba su plato de comida y daba vuelta el pastel de calabaza como si estuviera buscando en él la respuesta a un acertijo. Por alguna razón Albus no pudo evitar sentir una cierta unión con Scorpius, una cierta similitud. Él también sentía una cierta desconexión con las personas que tenía alrededor en la mesa, y sintió simpatía por Scorpius. Lástima que estuvieran en las casas equivocadas.
De repente, algo pasó en la mesa de Gryffindor. Albus, ante su sorpresa, vio como su hermano James y su primo Fred se acercaban a Scorpius y se sentaban cada uno a su lado, vio cómo James señalaba algo en el plato de Scorpius haciendo que esté acercara su nariz hacia el plato y, en ese momento, PLUM. Todo el rostro de Scorpius quedó aplastado dentro del pastel de calabaza al cual Scorpius tanto le había dado vueltas. James y Fred explotaban en carcajadas al igual que todos los demás de la mesa de Gryffindor y algunos de las otras mesas.
Al se quedó estupefacto.
—Oh no, pobre Scorpius —dijo la chica a su lado, Diana Summerby—. ¿Ese no es tu hermano? Es un poco… bromista, veo —le preguntó a Albus.
—Si… —admitió Al con mucha vergüenza. De repente, una oleada de curiosidad lo inundó— ¿Conoces a Scorpius Malfoy
—Oh, no mucho —admitió Diana mientras ambos veían como el pobre Scorpius intentaba limpiarse la cara con un pañuelo—. Solo cruzamos algunas palabras en el expreso de Hogwarts.
—¿Viajaste con él?
—Si, en la misma cabina. Algo hablamos. Es un chico bastante callado, tuve que sacarle a la fuerza algunas palabras.
Al asintió y no dijo nada. La conversación hubiera muerto allí de no ser porque Diana insistió.
—Se que es Malfoy, pero no me pareció un mal chico. Fue bastante dulce.
—¿Qué significa que sea Malfoy? ¿Qué tiene? —Al no entendía todos los acertijos.
—¿No lo sabes? Todos lo saben…
Al negó con la cabeza.
—Mis padres me contaron que su familia apoyó de manera muy cercana a Voldemort durante la Segunda Guerra Mágica. De hecho, todos ellos eran mortífagos. Incluso la tía abuela de Scorpius estuvo presa en Azkaban.
—¡¿Qué?! ¡No puede ser!
Al miró a Scorpius.
—Como lo oyes. Era Bellatrix Lestrange. —Susurró Diana—. Por eso nadie quiere acercarse a Scorpius.
—No sabía nada.
—Como sea. No podemos hacer mucho por él. —Diana se llevó una vara de regaliz a la boca y la tragó rápidamente— Así que tú eres Albus Potter. El hijo del gran Harry Potter.
Albus suspiró pesadamente.
—Sabes… no lo entiendo y ya está empezando a intrigarme.
—¿Qué cosa?
—¿Qué tiene que ver que sea el hijo de Harry Potter?
—¿Qué quieres decir? ¿No lo sabes? Tiene que ser una broma —dijo Diana abriendo la boca e incluso dejando ver algo de su pastel de manzana.
—No. De hecho, no entiendo. Todos están diciéndome "el hijo de Harry Potter esto" "el hijo de Harry Potter aquello" y yo entiendo cada vez menos… Incluso me pidieron un autógrafo ¿sabes? ¡Es una locura! —Estallo Al.
Todos los que estaban al lado suyo en la mesa de Slytherin se quedaron en silencio. Al, avergonzado, bajo la voz.
—Es solo que no entiendo qué le pasa a la gente —suspiró Al. Había perdido todo el apetito— ¿Por qué todos me dicen eso?
Esperaba que Diana le diera una respuesta, pero ella, pensativa, lo esquivó.
—¿Sabes? No importa. Ni te preocupes, vaya uno a saber qué le pasa a la gente. ¡Sigamos disfrutando del banquete! —y ella se dio vuelta y buscó conversación con el chico que tenía enfrente, dejando a Albus con todas las preguntas en la punta de la lengua.
Y, lamentablemente, su inquietud había sido despertada y difícilmente de apagaría. Necesitaba respuestas.
Cuando terminó el banquete, cada prefecto los condujo hasta sus salas comunes. Al divisó a Rose entre la muchedumbre y la saludó con la mano. Todavía seguía poniéndolo mal que había quedado lejos de su prima. Sabía que tendría que hablar con otras personas y eso lo ponía nervioso. Mejor pensaría en otra cosa.
Al se concentró en seguir al prefecto Jones, que los guio por el vestíbulo de entrada hasta una inmensa puerta con arabescos en el lado derecho del final del vestíbulo luego de bajar por la escalera caracol que da a las puertas delanteras del castillo. Cuando el prefecto abrió la pesada puerta de madera con arabescos, bajaron por unas escaleras de piedra iluminadas por antorchas en lo alto de las paredes. Eran escaleras anchas y, bajándolas, Al sentía que jamás llegarían a la sala común porque las escaleras parecían no terminar nunca, pero cuando por fin llegaron a un tramo desnudo de muro de piedra que mostraban la puerta a las mazmorras subterráneas del castillo: la sala común de Slytherin. El prefecto Jones estiró el brazo e hizo sonar la manija de oro que brillaba en la puerta bajo el rostro de una cariátide del mismo material brillante. La cariátide abrió su boca de oro y le habló.
"¿Contraseña?"
—Acuérdense: la contraseña cambia cada quince días. Asegúrense de preguntarle a algún prefecto. Y lo que es aún más importante —se dio la vuelta para ver a todos los niños—. "No divulguen la contraseña.
Luego miró a la cariátide y respondió:
—Horace Slughorn —y la puerta se abrió. Una pequeña antesala se extendía ante ellos, poco iluminada por dos pelotas de luz que flotaban a cada lado de la puerta. La antesala tenía bibliotecas llenas de libros en cada pared. Mientras Al miraba los lomos de los libros de las bibliotecas, un grito ahogado se extendió entre el alumnado. Millones de arañas peludas flotaban desde el techo, pendidas desde hilos de sus telas de araña.
—No se preocupen por las arañas. Son completamente inofensivas y hasta tienen buen humor. Si se les acercan ¡les pedirán caricias!
«Si! ¡Claro!» Pensó Albus con ironía. Él no intentaría acercarse. Ante la mirada atónita de los alumnos, el prefecto abrió la puerta con un simple Alohomora, apoyando la punta de la varita en la cerradura, que se abrió con un simple clic pero Albus no podía apartar la mirada de las gordas y peludas arañas que pendían desde el techo en los hilos de sus telas de araña.
—Fascinante… —murmuro a su lado Diana.
—Fascinantemente asqueroso —le respondió Al.
Una puerta se abrió y Albus pudo ver las mazmorras.
El lugar era grande, semisubterráneo. Un brillo verdoso y oscuro dibujaba olas de luz sobre las paredes había tapices sobre los cuales serpientes negras serpenteaban y se enrollaban unas con otras. La luz venia desde unos ventanales enormes que se elevaban en algunas paredes hasta el techo, mostrando el interior del lago negro y su agua oscura. Desde el extremo de uno de los grandes ventanales pasó nadando y moviendo sus tentáculos un gran calamar.
—WOW.
—¡Increíble! —exclamaron los alumnos, estupefactos.
Por todo el lugar había sillas y sillones abotonados de tapizado verde oscuro y negro, sofás de cuero, armarios de madera oscura y brillosa que tenían en sus techos… cráneos de decoración. Si, Albus no se equivocaba, eran cráneos. También había una mesa cuadrada con un ajedrez mágico. Perfecto, si algo había que había mantenido a Albus entretenido durante las vacaciones y las reuniones en la madriguera, eso era jugar ajedrez mágico con alguno de sus primos o con el tío Ron, así que podría divertirse en su larga, larguísima estadía en Slytherin. Todo el mobiliario giraba en torno a una chimenea de mármol oscuro que iluminaba el salón con la ayuda de lámparas de oro con cadenas en el techo. Sobre la repisa labrada de la chimenea, un enorme escudo de Slytherin colgaba en la pared y bajo la repisa crepitaba, cálida, la hoguera. Albus pensaba que la hoguera debería estar prendida todos los días, las veinticuatro horas del día, para que un lugar tan frío se mantuviera habitable.
—Bueno. A partir de aquí siguen solos. A la izquierda es la habitación de los varones y a la derecha el de mujeres. Está prohibido que las mujeres entren a los cuartos de varones y también viceversa. Cada uno seleccione sus camas sin peleas. ¡Buenas noches!
Al se quedó parado en el medio de la muchedumbre de niños que se apresuraban para entrar en sus habitaciones.
—¡Buenas noches, Albus! Nos vemos mañana —le dijo Diana y se fue directo para el cuarto de chicas.
—Buenas noches, Diana.
Cuando Albus entró al cuarto de varones, vio que cada cama estaba cerrada por un dosel de terciopelo verde. Miro hacia ambos lados, a las dos hileras largas de camas y, mientras lo hacía, comenzó a sentir el cuchicheo de algunos chicos de su edad.
«Es mi imaginación… claramente. ¿por qué hablarían de mí?» pensaba, sin gracia, Al en su fuero interno.
—…Potter…
—¿Qué hace…?
Y risitas tontas. Al intentó seguir caminando por la fila de camas que ya estaban llenas e intentó sentarse en una de las camas del final, la antepenúltima más cerca de la ventana, desde la que se podía ver una lluvia espesa.
—Fuera, Potter —un muchacho de pelo rapado negro y sonrisa cruel le dio un empujón de costado, hacia la cama que quedaba al lado de la ventana que mostraba el lago negro—. Casa equivocada y cama equivocada. ¿Qué no ves, tonto, que tu lechuza está en esa cama?
Y era verdad, su lechuza Pheiner lo miraba desde el costado de esa cama. Seguro que, por los nervios, se había quedado sin pensar en su lechuza. Ni en sus cosas.
—Déjalo, Flint —le dijo otro chico regordete y con pelo negro lacio que se reía de él—. Es estúpido, no entiende.
Los dos chicos se pudieron a reír y Albus no pudo evitar cargarse de enojo, pero lo reprimió todo porque no se sentía con fuerzas para pelear ni responder a nadie. Se dirigió a su cama y se sentó. Miró a Pheiner. Albus se dio cuenta de que la lechuza estaba enojada. Otra vez.
—Pher… Lo siento. No me quise olvidar de ti, lo juro. Estoy nervioso… —dijo mientras le acariciaba las plumas. Luego, Al se quitó la túnica, que ya estaba coloreada por el escudo y los colores de Slytherin, y se puso su pijama: Un pijama temática Gryffindor, cortesía de su abuelo Arthur… el único pijama que había llevado a Hogwarts. Se acostó en la cama y sintió como su cuerpo se hundía rápidamente hacía el suelo, con un golpecito de madera.
—¡Maldición!
En seguida las carcajadas de los dos chicos que lo habían increpado se escucharon, sonoras, en el cuarto.
—¡Bien hecho, Goyle! Cayó justo.
—¡Si!
Albus se puso todo rojo, con la cara abrazada en enojo, cuando entendió lo que habían hecho. ¡Habían roto una de las varillas de madera de su cama! Al día siguiente debería ir a contarle al profesor Campbell que le habían roto su cama.
Y así, Albus se fue a dormir. Enojado y abrumado por estar en Slytherin con sus cálidos compañeros. Y, a pesar de no tener sueño, intentó dormir con todas sus fuerzas. Debía prepararse para el día siguiente.
El primer día en Hogwarts.
