Disclaimer: Los personajes y el universo donde se desarrolla está historia no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Masashi Kishimoto.
Advertencia: Este capítulo contiene escenas que abordan temas de violencia física, psicológica y sexual que pueden resultar perturbadoras para algunos lectores. Estas situaciones se presentan como parte de la trama y la narrativa de la historia, con el propósito de explorar las complejidades de las relaciones y la evolución de los personajes. Se recomienda la discreción del lector, especialmente si estos temas pueden desencadenar respuestas emocionales negativas.
Heredera de la Voluntad de Fuego
XXV
A las doce en punto, el espejo de la entrada de la mansión Uchiha reflejaba la imagen de un hombre alto, vestido de forma impecable con el elegante uniforme de comandante.
Se colocó la chaqueta y salió de la casa en dirección al sur de la ciudad. Escuchó un trueno, el aire olía a lluvia. En medio de la oscuridad, apresuró el paso en dirección a uno de los distritos más marginados de la aldea.
Jamás se había visto en la necesidad de acudir a dicha zona. Lo que sabía al respecto era gracias a las historias que sus compañeros de batallón o incluso los capitanes contaban para pasar el rato. La mayoría de ellos buscaban una distracción luego de la batalla, así que tenían sus lugares predilectos.
Las calles estaban desiertas, sumidas en la penumbra. La única iluminación eran las bombillas de los zaguanes abiertos, en los que había mujeres mayores sentadas en taburetes, a menudo con dos o tres mujeres. Llevaban kimonos y adornos en los cabellos parecidos a los de las mujeres de la alta sociedad, sin embargo, Sasuke sabía que esas mujeres eran prostitutas. Su marca distintivita era el obi atado por delante.
Al llegar a un callejón sin salida, una chica de unos catorce años se acercó a él, le guiño un ojo y le dijo:
—¿Te la chupo por un Ryō?
Haciendo caso omiso a la propuesta, dobló en la esquina y se adentró en una callejuela, tal como se lo había indicado Suzume esa mañana.
El prostíbulo se encontraba en un semisótano al final de la calle, con un letrero luminoso en la entrada, una placa en relieve de falsa madera y un pasamanos de bronce brillante.
Sin pensarlo demasiado, empujo la puerta y se adentró en el establecimiento en busca de su objetivo.
Atravesó el pasillo hasta llegar a otro punto de control. Tan rápido como las puertas se abrieron, vislumbro a las mujeres que estaban ahí sentadas, repantigadas, paseándose o apoyadas unas conta otras. Mezclados con ellas se veían algunos hombres, monones de hombres que, vestidos con sus uniformes o trajes oscuros, tan parecidos entre sí, formaban un segundo plano indiferenciado.
Sus ojos negros viajaron por la estancia hasta ver a un hombre en ropa interior metiéndose en uno de los ascensores, mientras dos chicas tiraban de él, riéndose sin parar. El lugar estaba abarrotado, y lleno de humo. Sasuke se sintió mal desde el momento en que cruzó el umbral. Echó otra ojeada a los espectadores y vio algunos rostros conocidos, desde soldados rasos hasta capitanes.
A su mente acudió un recuerdo en particular: su entrenamiento con Shisui había comenzado oficialmente. Al ser uno de los miembros más importantes del ejército, se veía obligado a acompañarlo a tediosas e interminables reuniones de vez en cuando.
Aquella noche, luego de finalizar la sesión del Consejo de Guerra, un capitán se aproximó a ellos, con una sonrisa burlona.
—Los chicos y yo iremos a tomar un trago, ¿quieres acompañarnos?—preguntó directamente a Shisui.
—Me temo que será en otra ocasión—respondió diplomáticamente, echando un vistazo en dirección a Sasuke.
—El muchacho puede venir, no le hará daño ver la Danza en el arroyo. Quizás corra con suerte y sea el día en que se convierta en un verdadero hombre—dijo en tono burlón—. ¿Tú qué opinas, muchacho?
—Estoy seguro que le encantara, pero no será esta noche—intercedió Shisui—.Ahora, si nos disculpan.
Le parecía increíble la forma en que la sonrisa de fingida algarabía desapareció de su rostro, transmutando a una mueca de verdadero hastío tan pronto como se alejaron de ellos.
Más tarde, mientras iban de camino a casa, Sasuke se atrevió a preguntar qué era la Danza en el Arroyo. Lo escuchó soltar un suspiro y, sin detenimientos, optó por hablarle con la verdad:
Al final comprendió que aquel era un término para un show de striptease. Las mujeres fingían sumergirse poco a poco en el agua, obligándose a subir el kimono para que no se mojaran, hasta que los hombres acababan viendo lo que estaban esperando y empezaban a vitorear y brindar con sake unos a otros.
Ahora, mientras veía a dos mujeres desnudas intentando bailar sobre un pequeño escenario, comprendía lo que esa noche había sido un completo misterio para él.
Procurando no llamar la atención, se abrió paso entre las personas hasta llegar a la barra. Extrañamente la zona estaba vacía, salvo por el capitán que charlaba animosamente con una chica. Tomó asiento en el taburete y aguardó el momento adecuado para llamar la atención del bartender, quien se encontraba al otro extremo atendiendo un enorme pedido de tragos de sake.
Desde la comodidad de su asiento continuo observando la escena que se desenvolvía ante sus ojos. Un comandante se acercó a una de las jóvenes que bajaba del escenario y le susurro algo, a lo que ella asintió. A continuación él y sus amigos se dirigieron a una habitación trasera para divertirse en privado.
—¿Eres nuevo por aquí? Jamás te había visto.
Escuchó decir una voz femenina. Apartó la vista del escenario y avizoró a la joven que clamaba su atención: tenía los ojos verdes y el cabello cobrizo. Llevaba una bata de rayón y algo de maquillaje en el rostro.
Sasuke comprendió que era el pez más grande de la piscina en estos momentos, sin compañía.
—Se ve que trabajas demasiado, Comandante—continuó diciendo con una sonrisa encantadora estirándole la comisura de los labios teñidos de carmín—. Eres un hombre de pocas palabras, ¿cierto?. Creo que lo que necesitas es relajarte y yo puedo ayudarte con eso—añadió.
—No estoy interesado—dijo tajante.
La idea sonaba horrible. Ella frunció el ceño, estrechando los ojos y arqueando las cejas a manera de confusión.
Si lo que esperaba era una disculpa, probablemente podría aguardar por el resto de su vida. Haciendo énfasis en su respuesta, apartó la mirada de ella y postró su atención en la vasta colección de licores dispuestos en las estanterías detrás de la barra.
Ofuscada, la chica abrió la boca como un pez, sin embargo, cualquier cosa que se hubiese propuesto decir se vio interrumpida por el bartender.
—Satsu—la llamó con voz firme—. Hay un hombre preguntando por ti en la sección paraíso.
La joven rodó los ojos, dejó escapar un suspiro frustrado y se alejó de ellos, contoneando las caderas exageradamente con cada paso.
Sasuke estaba seguro que la había escuchado maldecir cuando pasó a su lado, pero eso no le importaba. El objetivo de su búsqueda se encontraba frente él y no podía darse el lujo de desperdiciar las oportunidades que la vida le servía en bandeja de plata.
Más tardó el camarero en servirle la bebida que Sasuke en atragantarse con ella.
—Tiene razón—murmuró el hombre, vertiendo más sake en un pequeño vaso—. Jamás lo había visto por aquí, Comandante.
Sasuke se aclaró la garganta con un carraspeo.
—¿Es muy notorio?
El chico sonrió.
—Cualquiera puede verlo a leguas, en especial las chicas.
El espectáculo era grotesco, a su parecer. Las jóvenes que no iban en su brusca desnudez, se caracterizaban de figuras femeninas atractivas a los ojos de los hombres. Las entrañas se le removieron cuando vislumbró a una de ellas ataviada con el mismo kimono que portaba Sakura la última vez que la vio: el uniforme del programa de reproducción.
—Además, la mayoría de los hombres que vienen a este lugar son clientes frecuentes, puedo reconocer a los nuevos comensales—agregó.
Sasuke colocó el vaso sobre la barra, inmediatamente el cantinero atendió a sus deseos, colmando el contenedor de cerámica hasta el borde.
Tal como lo hizo con el primer trago, se dispuso a beberlo de golpe. En esta ocasión no sintió el escozor descender por su garganta, tal vez por el hecho de que estaba entumecida por el primer golpe o por el nudo que se estrujaba cada vez que pensaba en Sakura.
—Eres un hombre observador, Iseri.
El aludido se quedó boquiabierto un minuto entero a causa de la sorpresa. Sus manos temblaban mientras sostenía la botella de sake.
—Tranquilo, no estoy aquí para arrestarte—dijo con voz nivelada—. Suzume me habló de ti.—El joven alzó ambas cejas, confundido—. Ella está a salvo.
—Esa mujer…—gruñó—, juro que un día me matara del susto.
—También sé que tu padre murió en batalla años atrás y que necesitas dinero para solventar los gastos de tu madre y hermanos. Debe ser agotador mantener dos trabajos ¿cierto?
Luego del pequeño interrogatorio, se había dado a la tarea de buscar todo tipo de información posible para utilizarla a su favor. Suzume le advirtió sobre la reticencia que podría expresar Iseri ante su plan, pero él estaba decidido y no iba a tirar la toalla, no en ese momento tan crítico.
—Puedo asegurarte que estará mejor con mi ayuda.
Iseri frunció el ceño y adelantó el labio inferior, como si aquello tuviera para él algún interés.
—Con todo respeto, Comandante, todos necesitan ayuda.
El hombre que se encontraba cerca de la barra se levantó, entrelazó su mano con el de su acompañante y se alejó de ellos, no sin antes dar un pequeño moví de cabeza y una sonrisa discreta.
Cuando estuvieron lejos del oído, Sasuke se inclinó ligeramente sobre la barra y dijo:
—Escuche que tienes acceso a un tren de carga.
Iseri entrecerró los ojos como si estuviera mirando algo sospechoso.
—Y usted quiere ir en el—dijo en un tono carente de compasión.
—Yo no, pero hay veinte chicas que están dispuestas a hacerlo—respondió.
—¿Qué?—preguntó atónito.
—Si se trata de dinero, no te preocupes, puedo pagarte todo lo que pidas.
—De ninguna manera—se apresuró a negar.
Haciendo oídos sordos al joven, Sasuke continuó diciendo:
—Necesito que detengas el tren un par de horas.
—Menuda mierda.
Iseri apartó la mirada, pero Sasuke prosiguió.
—Tu hermano menor… ¿hace cuanto está enfermo?
Iseri no se movió. No respiró. De sus labios no salió ni una sola palabra. Su rostro era hielo, sorpresa y terror.
Era un golpe bajo, sin embargo, Sasuke había aprendido que en orden de obtener algo, en ocasiones debía jugar sucio.
—Es por esa razón que no fue admitido en la academia, ¿cierto?
Iseri tragó grueso.
Sasuke se terminó el trago, dejó un par de monedas sobre la mesa y apartó la silla.
—Veinte minutos—espetó. Sasuke lo miró directamente a los ojos—. Veinte minutos es todo el tiempo que puedo detenerlo.
—¿Conoces el terreno dònde se ubica la granja de magdalenas?—quiso saber.
—Las vías del tren se ubican a un kilómetro—respondió—. Si consigo generar una distracción lo suficientemente buena para detener en el tren, probablemente consigan llegar en un par de minutos. ¿Las chicas pueden correr?
—Si, todas son kunoichis.
—En ese caso, no les tomara mucho tiempo subir—dijo más para sí mismo que para Sasuke.
—¿Cuándo es la próxima salida?
Iseri echó un vistazo en ambas direcciones para asegurarse que nadie más lo estuviera escuchando.
—Está programado el envió de un cargamento al frente dentro de dos noches—masculló.
—Bien, eso bastara.
Iseri observó atentamente a Sasuke.
—Solo tengo una condición—interrumpió—. Si usted falla en esta misión, yo no me hare responsable y me dejara fuera de este embrolló.
A Sasuke le parecía un trato justo, después de todo, Iseri estaba apostando su vida.
—Trato hecho—accedió.
Republica del Fuego: Granja de Magdalenas
La habitación parecía encogerse con cada minuto que pasaba. Atrapada en una espiral de nerviosismo, Sakura estrujaba y estiraba los dedos en un intento por disipar los primeros rasgos que le indicaban que, dentro de un par de segundos, estaría sufriendo un ataque de pánico. El aire denso le oprimía los pulmones y hacían que la simple acción de respirar se volviera un desafío.
La tenue luz del atardecer se filtraba por las persianas entreabiertas, proyectando sobras danzantes y grotescas en las paredes y el suelo, las cuales daban la impresión de burlarse de su agitación. Las manecillas del reloj avanzaban inexorablemente, su tic-tac metrológico resonaba en sus oídos como un sonoro estruendo en medio del silencioso bosque.
Sus manos temblaban, y pese a la gelidez del aire, las gotas de sudor resbalaban por su frente. La ansiedad, como un monstruo invisible, se cernía sobre ella, amenazando con devorarla por completo.
Se sentó en el borde de la cama, obligándose a sí misma a encontrar una fuente de tranquilidad en su perturbada mente. Cerró los ojos, pero en la oscuridad detrás de sus parpados aparecían los recuerdos dolorosos de las muertes y los gritos, el olor de la sangre y los rostros inertes de sus compañeros de batalla. El sonido distante de llanto solo servía para agravar aquella desagradable sensación de aislamiento y desesperación.
El dolor en su pecho era constante y parecía tener una piedra alojada en la garganta; lo sentía cada vez que tragaba.
Otra vez, aquella exaltación de horror y desesperación se extendió por todas sus terminaciones nerviosas. Era como si se estuviera ahogando en la creciente marea, a ese instante en el que el agua llegaba a su cara, deslizándose lentamente sobre su piel, hundiéndola poco a poco. Postrada en el lecho, no podía hacer nada más que sentarse y esperar, sintiendo como se acercaba a ella.
En un acto reflejo elevó la mirada; Sasuke ingresó en la habitación con pasos pesados, ataviado con el impecable uniforme de comandante. La visión de él, a pesar de su rostro cansado, provocó que su corazón diera un agónico vuelco. En los últimos días, su semblante se había transformado drásticamente; sus rasgos parecían más finos a causa de la delgadez y bajo sus ojos vacíos y apagados se vislumbraban dos marcas cerúleas que denostaban la falta de descanso.
Sin saber muy bien qué hacer o cómo actuar, el comandante se situó en el centro de la habitación, dejando caer todo el peso de su mirada sobre ella, obligándose a hacerlo.
Sakura se puso de pie y dio un paso tentativo hacia el frente, mientras lo hacía no podía evitar preguntarse si aquel hombre que tenía frente a ella era el mismo Sasuke al que se había entregado sin reparos meses atrás. ¿Había cambiado tanto, o era ella la que había evolucionado? Le parecía irrisorio y cruel que ya no podía distinguir la delgada línea entre el miedo y la adoración. Ahora mismo, mientras aguardaba a que alguno de los dos rompiera la barrera del silencio, Sakura se cuestionaba si sus sentimientos eran genuinos o simplemente estaban motivados por el miedo y la pérfida necesidad de ser amada.
—Las chicas están comenzando a sospechar—se atrevió a decir con un tono de voz modulada—. Creen que estas aquí para satisfacer tus propios deseos.
Él arrugó la nariz ligeramente en señal de disgusto. No porque detestara la idea de involucrarse sexualmente con ella, sino por las retorcidas circunstancias que lo llevarían a hacerlo y el objetivo detrás de ello.
—Tienen razón—se mostró de acuerdo—. Soy un hombre egoísta.
—Sasuke…—masculló.
—Pero no estoy aquí para hablar de eso—si la había escuchado, optó por ignorarla—. Esta hecho. El plan está en marcha—espetó sin expresión alguna decorando su rostro o voz.
Sakura sintió que su estómago daba un vuelco.
—Te irás dentro de dos días—continuó diciendo.
Al parecer, Sasuke tenía todo planeado y bajo control.
—Dos días…—murmuró sin mirarlo—. ¿Quieres decir que será la noche de la ceremonia?
Una vez más el disgusto se reflejó en su rostro.
—No lo llames así, sabes que no hay nada de honorable en una violación sistemática.
Los dos se quedaron nuevamente en silencio. Sakura flexionó una de sus manos; sentía la punta de los dedos entumecidas.
Sus hombros temblaron. Por primera vez en su estancia, quería volver a su habitación y encontrar algo que hiciera desaparecer la guerra.
—Las vías del tren se encuentran a un kilómetro al este. Una vez que todas consigan subir, serán transportadas a la frontera de Sunagakure—explicó Sasuke. Lo vio tragar grueso y, tras una breve pausa, continuó—: Serás libre y podrás dejar todo esto atrás.
Las últimas palabras quedaron suspendidas en el aire. Su garganta se contrajo y todo su cuerpo tembló. Le dolían los pómulos y el pecho. Sentía como si estuviera a punto de romperse en pedazos.
Sasuke se congeló y la miró fijamente. Ella bajó los ojos y contempló su regazo.
—¿Crees que vaya a funcionar?—se atrevió a preguntar.
—Debe funcionar—suspiró el Uchiha.
De repente, el peso del mundo y el caos de la guerra reposaban en sus hombros, acentuando el cansancio en sus facciones.
Esa misma tarde, cuando Kōgyoku solicitó verla en su despacho, imaginó que sería capaz de decir todo lo que sentía, de preguntarle lo que quería saber. En cambio, cada vez que intentaba abordar el tema, se le quebraba la voz, le temblaban los hombros, el llanto se acumulaba en sus ojos y luego comenzaba a hiperventilar.
—Puede que esta sea la última vez que nos veamos—los ojos de Sasuke, profundos y oscuros, reflejaban su propia tormenta interior. Estaba claro que él también acarreaba con un peso en su alma—. Se que nunca me perdonaras. Entiendo si me odias—murmuró.
Para su sorpresa, tomó una de sus manos y notó el flujo de chakra danzar por su piel, cálido y agradable, como los rayos del sol cuando se filtraban entre las copas de los árboles.
—Sin embargo, te juro, Sakura, que acabare con todo esto. Lo juro. Aun si eso implica ir en contra de mi clan. Juro que todos los que te hicieron daño pagaran—se esforzó por sonar firme, aunque su garganta ardía por el nudo que estrujaba su interior.
—No me hagas esto, Sasuke. No hagas esto. No…no…no—suplicó: las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
Quería gritarle, decirle que dejara de aceptar eso. Increparlo por resignarse. Estaba rompiendo su corazón. Quería que dejara de actuar como si estuviera bien. Nada de eso lo estaba. Nunca todo estaría bien.
Sus planes eran estúpidos y egoístas. No era justo que él muriera y ella tuviera que vivir con todo. Si simplemente le hubiera permitido escapar con Shisui, nada de esto habría sucedido. Debería haberlos dejado trabajar juntos. Si no fuese un maldito controlador y no hubiera intentado hacer todo por su cuenta, las cosas serían diferentes.
Poco a poco, el enlace de chakra se desvaneció, y como única prueba de su juramento, se vislumbraba una diminuta cicatriz en su dedo anular.
Sakura apretó sus os labios hasta formar una línea dura y plana, su expresión se volvió fría y cerrada.
—No quiero que arriesgues tu vida por mi—su voz era como el hielo—. Sabes lo que pasara si te atrapan…
Sasuke se puso rígido.
—Lo sé—espetó él, interrumpiéndola—. ¿Qué crees que he hecho todo este tiempo? Las últimas semanas he condenado a muerte a más de un centenar de personas—intentó tragar—. Soy tan consciente de los riesgos que creo que a veces podría volverme loco de conocerlos. No te atrevas, Sakura, no te atrevas a tratarme como si fuera un ingenuo. Lo sé tan bien como tú. ¿Por qué demonios crees que me estoy esforzando tanto?—su voz se quebró ligeramente.
Sakura se dio la vuelta. Se sentía tan agotada que solo quería hacerse ovillo en un rincón para no tener que continuar de pie. Había llegado a su límite. Podía percibir su fuerza de voluntad esfumarse; como una presa, su cansancio amenazaba con romperse y desbordarse.
Estrujó los ojos con fuerza y sollozó.
—Tú también puedes salir de aquí—dijo ella, sin saber de dónde había sacado las fuerzas suficientes para volverse hacia él—. Tú también puedes salir de aquí—insistió en un susurro quedo.
Ahora fue el turno de Sasuke para tensarse de pies a cabeza. Estaba claro que él también había considerado la idea en más de una ocasión, pero siempre llegaba a la misma conclusión:
—Soy un criminal de guerra, Sakura. No puedo cruzar la frontera. Si lo hago, me meterían en el cárcel por el resto de mi vida o me ejecutarían. Cualquiera que fuese el destino, lo merecería—esbozó una sonrisa triste.
Sakura se secó las lágrimas con las mangas de su yukata.
—Lo se…—su voz se quebró. Estaba demasiado cansada para mantener a raya sus emociones. Ella soltó un sollozo—.Siempre estás en peligro y no puedo pedirte que te detengas, no puedo hacer que te detengas.
Dubitativo, Sasuke acortó la distancia entre los dos. La última vez que intentó tocarla, ella lo golpeó en el pecho en repetidas ocasiones, hasta que los músculos de sus brazos empezaron a arder y su pecho se contrajo por la falta de aire.
Sin embargo, ella necesitaba tocarlo, ansiaba acariciarlo, besarlo y abrazarlo como la última noche que estuvieron juntos.
Él debió verlo en su cara, pues volvió a tomar su mano, pasando el pulgar por sus nudillos.
—Lo haría si pudiera. Tú lo sabes. Huiría contigo y nunca miraría atrás.
Cualquiera que fuesen sus deseos, ambos hicieron un esfuerzo sobrehumano para mantener el control.
Sakura se mordió los labios, respiró hondo, aplacando el violento oleaje de emociones en su interior.
—Escapare bajo tus condiciones, pero debes jurarme algo más.
Echó un vistazo rápido a sus manos entrelazadas y después a su rostro; el Uchiha tenía una ceja arqueada.
—Lo que tú quieras—susurró.
—No te atrevas a morir, Sasuke. No puedes dejarme atrás.
Con un suspiro, Sasuke retiró su mano; sus dedos se deslizaron lentamente, hasta que, finalmente, se separaron en un gesto de resignación, el cruel mensaje de que era hora de prepararse para lo que vendría.
Sasuke avanzó con extraordinaria rapidez a través del largo pasillo que lo llevaría a la celda de Itachi. Había memorizado el camino. Por un lado, porque tenía una buena memoria y, por otro, porque quería evitar que los guardias se inmiscuyeran en sus asuntos personales.
Así fue que, tan pronto como los guardias recibieron el anuncio de su llegada, se dispusieron a desbloquear la pesada y hermética puerta metálica que separaba la celda de su hermano con el mundo exterior.
No dudó en dar un paso al interior e ingresar a la habitación que mantenía confinado al antiguo comandante. La puerta se cerró a su espalda y reparó en Itachi sentado en un catre.
Tenía los brazos recostados sobre los muslos y la espalda ligeramente encorvada hacia delante, el rostro fijo en el suelo, con el visor cubriéndole la mirada. Era extraño vislumbrarlo en esa posición. Ahora que lo recordaba, jamás había visto a su hermano actuar de esa manera, en especial cuando su madre se las apañó para reprimirlos cada vez que alguno de los dos alteraba la perfección en su postura. Llevaba el cabello suelto y su uniforme era similar al de cualquier otro soldado de los Uchiha, salvo por la falta de condecoraciones y la sobrada vergüenza que era llevar uno.
—¿Nuestro padre ha decidido cuando será mi juicio?—Itachi fue el primero en preguntar; su voz resonó entre las paredes, áspera, monótona.
—Aun no—respondió Sasuke tomando asiento en la silla.
—Supongo que aún le soy de utilidad—suspiró.
Ambos guardaron silencio. Cualquiera que fuesen los motivos de Fugaku para retrasar el juicio de Itachi aun eran desconocidos para Sasuke.
—No estoy aquí para hablar de eso—masculló.
Escuchó el tintineo de las cadenas.
—¿Entonces?—preguntó Itachi.
Sasuke contempló sus manos y, después, se dispuso a examinar el rostro medio cubierto de su hermano mayor. Sintió la boca repentinamente seca y tragó grueso; la saliva era como un ácido corrosivo que le quemaba la garganta.
—Esta hecho. Voy a sacar a Sakura de este lugar.
Otro lapso de espeso silencio se apoderó de ellos.
—¿Qué te hizo dar el golpe definitivo?—quiso saber Itachi—. Honestamente, jamás creí que lo harías.
Meses atrás, Sasuke estaba dispuesto a morir para no cometer traición. Intentó persuadir a Itachi para que abandonara todas esas ideas revolucionarias y acatara sus obligaciones como comandante. Sin embargo, el curso de los hechos alterado por los sentimientos que había desarrollado por Sakura lo llevaron a destruir aquel sistema de dogmas y creencias que le habían impuesto desde la infancia. Se despojó de los prejuicios y analizó detenidamente los principios por los cuales luchaba y, tras varias semanas inmerso en una crisis existencial, se dio por vencido.
Comprendió que, en cierto sentido, era una persona demasiado moral y el mundo no tendría lugar para eso.
—Le hice un juramento… le jure que…—su garganta se contrajo.
No era necesario ahondar en explicaciones. Un genio como Itachi era capaz de comprender el significado oculto tras las palabras y de predecir el comportamiento de los humanos que lo rodeaban. Después de todo, él también estuvo en esa posición mucho tiempo atrás, antes de que Sasuke tomara conciencia y fuese capaz de discernir por su cuenta.
—Conoces los riesgos—más que una pregunta, Itachi estaba haciendo una afirmación.
Al ser un hombre metódico, era seguro que Sasuke estaba al tanto de lo que implicaba ir en contra de su padre, Sakura, Shisui e Itachi eran muestra de ello.
—Sí—susurró.
—Y, aun así, decidiste hacerlo.
—La última conversación que tuvimos me dio en qué pensar—dijo Sasuke con aspereza.
Itachi no respondió, al menos no de inmediato. Se reincorporo en el catre y clavó la mirada en él, aun cuando llevaba el visor puesto.
—Maldita sea, Sasuke…—murmuró—.No puedes inmiscuirte en toda esta mierda—dijo, sin calcular el tono de creciente alarma en su voz.
—Tú mismo dijiste que era un cobarde, estabas en lo cierto—respondió con el ceño fruncido.
—Eso no significa que debas actuar como un idiota.
Sasuke contuvo un bufido exasperado.
—¿Qué otra cosa podía hacer?—preguntó, desesperado.
Le ofendía que Itachi lo tomara por ingenuo. Había pasado noches en vela tratando de hilvanar un plan donde todos salieran victoriosos, pero eso era una guerra y, en la guerra no había desenlaces felices. Por esa razón, se encantó por las medidas drásticas.
—Huye con ella.
—¿Qué?
—Huye con ella—repitió el mayor de los Uchiha. El impresionado rostro de Sasuke reflejaba una profunda turbación—.Es lo que yo debí haber hecho con Izumi, dejar todo atrás y escapar. Pero fui un cobarde. Tuve miedo de hacerlo.
Resultaba extraño escuchar hablar a su hermano desde su propia experiencia y sentimientos de una manera tan abierta. Itachi, que siempre había sido un ser enigmático y reservado, estaba compartiendo un pedazo de su alma.
—Itachi, sabes que no puedo simplemente dejar todo esto atrás—respondió Sasuke, su voz cargada de dudas y preocupación—. Es mi responsabilidad terminar esta guerra. Y si huyo con Sakura, sería considerado un criminal, tanto aquí como con los insurgentes. No puedo hacer eso.
También había barajeado la posibilidad de subir a ese tren y no mirar atrás.
Itachi negó con la cabeza.
—No, no serias considerado como uno si llevas contigo una ofrenda de paz—dijo entre siseos—. Esa era la condición, el trato que teníamos con la Insurgencia. Por esa razón envié a Shisui con Sakura.—Hizo una pausa—. Si la entregas a ella y renuncias a la Régimen, podría ser un paso hacia la reconciliación.
Sasuke frunció el ceño con ahincó, sus pensamientos eran un torbellino. La idea de usar a Sakura como una ofrenda de paz era perturbadora y angustiante. El nudo en su garganta se estrujó.
—No puedo hacerlo, Itachi—espetó con firmeza—. Le hice un juramento a Sakura. No puedo utilizarla como moneda de cambio.
Resultaba increíble la devoción que Sasuke había desarrollado por la kunoichi. La sombra del pasado, el peso de la guerra y el amor que sentía por ella se entrelazaban en una compleja red de decisiones que afectarían el curso de sus vidas y el destino de la nación.
—Escapa con ella, huye lo más lejos que puedas. No intentes regresar—dijo Itachi con urgencia, sintiendo que las palabras le pesaban en la lengua.
Sasuke volvió a contemplar sus manos durante un breve instante; el conflicto interno proyectado en su mirada. Suspiró profundamente antes de hablar:
—Para ser honesto, Itachi, mi corazón dice que debo hacerlo… huir con ella. Pero sé que Shisui, todos los demás, nunca me lo perdonarían.—Tragó grueso, levantó la mirada y la clavó en el rostro de su hermano—. Pero una cosa es segura. Detendré esta guerra, aunque eso signifique morir en el intento.
Antes de permitirle a Itachi decir otra palabra, se puso de pie con determinación, y sin mirar a su hermano, salió de la celda con paso firme.
El corredor parecía oscuro y sombrío, al igual que su vida en esos momentos.
El cuarto de baño se ubicaba en un ala recluida, lejos de los dormitorios y todas las áreas comunes a las que tenían libertad de ingresar.
El baño era un requisito, pero también un lujo. El simple hecho de quitarse la ropa, era un lujo.
La habitación humeaba como un plato de sopa. Se despojó del resto de las prendas, primero el obi, luego el yukata, la prenda interior, las enaguas y las medias rojas.
Su propia desnudez le resultaba extraño. Vergonzoso, impúdico. No quería mirar algo que la determinaba tan absolutamente.
Tomó asiento en uno de los taburetes disponibles y comenzó a ducharse. Aquella era la noche de la ceremonia, por lo tanto, todas debían lucir presentables. El agua estaba templada. Alcanzó un cepillo y la barra de jabón. Talló su piel para quedar absolutamente limpia, libre de gérmenes y bacterias, como la superficie de la luna.
No pudo evitar que sus ojos miraran el pequeño tatuaje en su brazo izquierdo. El antiguo símbolo que portaban los hitae ate de la hoja. Un pasaporte al pasado.
Rápidamente, apartó la vista y continuó con su labor. Aquella tarde no había charlas animadas ni susurros apresurados. Sus compañeras también permanecían en absoluto silencio, demasiado absortas en sus propias preocupaciones y pensamientos para reparar en las demás.
Cuando la hora del baño llegó a su fin, todas fueron dirigidas como un rebaño hasta otra habitación.
—Usen esto —ordenó la segunda al mando en el programa, entregándole a cada una un kimono de seda: era una prenda escarlata, rojos como la sangre, sin estampados ni decorados hermosos.
Sakura ya era lo suficientemente delgada para extrañar el uso del sostén, pero la falta de ropa interior era notoria. Como un nervio en carne viva.
—Y estos, para el frio—añadió la mujer sonriendo, mientras las asistentes entregaban medias de lana que llegaban hasta el muslo.
Al igual que minutos atrás, todas se vistieron en silencio y, solo cuando estuvieron listas, fueron dirigidas a las habitaciones donde debían aguardar, lavadas, cepilladas y alimentadas, como un cerdo que se entrega como premio.
Mientras tomaba asiento al borde de la cama, recordó una de las tantas historias introductorias que su maestra solía contarle antes de iniciar una intrincada lección de ninjutsu médico. En su memoria se había grabado a fuego el relato de las pelotas para cerdos, las cuales se les entregaban a los animales que eran cebados en pocilgas. Se trataba de pelotas grandes y de colores, y los cerdos las hacían rodar ayudándose con el hocico. Algunos argumentaban que eso mejoraba el tono muscular; los cerdos eran curiosos, le gustaría tener algo en qué pensar que no fuese su conversación con Sasuke o lo que estaba a punto de ocurrir.
Inmediatamente se puso de pie y comenzó a deambular de un lado a otro, como un espíritu atormentado. Sus pasos resonaban en la habitación, un eco de incertidumbre que llenaba el espacio. Cada minuto que pasaba sin noticias de Sasuke la empujaba un poco más al abismo de la angustia.
El nerviosismo se apoderaba de ella, y sin poder contenerse, comenzó a morderse la uña del dedo pulgar, un mal hábito que había adquirido de Tsunade.
Era como si estuviese atrapada en un diminuta celda, un lugar donde los minutos se alargaban como horas, y las sombras de sus temores se proyectaban sobre ella. La incertidumbre, como un monstruo invisible, la acosaba, retorciéndole las entrañas.
Habían transcurrido dos días completos desde la visita de Sasuke. Cada hora que transcurría sin señales de vida por parte de él la hacía sentirse impaciente y temerosa. Su mente se llenaba de suposiciones y escenarios catastróficos, todos ellos influenciados por un profundo temor que tenía que ver con el destino del Uchiha y el futuro incierto que compartían.
En ese momento, Sakura anhelaba desesperadamente cualquier noticia que le trajera un rayo de esperanza, algo que la sacara de la oscuridad que la envolvía. Pero hasta entonces, solo podía continuar su deambular nervioso y esperando con el corazón en vilo la hora del escape.
El sonido del picaporte moviéndose la sacó de su tortura mental. Aterrada, desvió la mirada hacia la puerta y un escalofrió recorrió su espina dorsal. La figura de un Comandante ingresó en la habitación, ataviado con su impecable uniforme de gala. El cabello caía en oscuros mechones por su espalda, sus ojos reflejaban una profundidad siniestra, inyectados de fría sangre que envolvía su mirada a causa del licor consumido en las últimas horas. En sus labios, una sonrisa sardónica tiró de sus comisuras.
Con el corazón latiéndole en la garganta, se dijo así misma que había visto ese rostro antes, lo sabía con certeza, pero no podía recordar el momento o el lugar. La impresión de que su memoria le juagaba una mala pasada la llenó de inquietud. La figura del Comandante emanaba un aura ominosa, un aura que gravitaba entre lo conocido y lo desconocido, entre el pasado y el presente.
El hombre echó seguro a la puerta y, con elegancia y seguridad, avanzó hacia ella: su mirada fija en Sakura, como si hubiera estado esperando ese encuentro. El tiempo parecía haberse detenido en la habitación, y el suspense flotaba en el aire.
El comandante esbozó una sonrisa cínica, una expresión que exudaba un tinte de maldad.
—Debo admitir que tengo suerte—murmuró, sus palabras impregnadas de un despiadado sarcasmo—. Supongo que mis superiores han decidido compensar todas esas veces en las que tuve que trabajar horas extras.
Con un nudo en la garganta, tragó grueso. No podía ignorar el peligro que emanaba de cada poro del comandante. Sus instintos, atrofiados por el tiempo y la realidad en la que vivían, aun eran capaces de advertirle sobre la amenazaba que representaba, su mente corría buscando una vía de escape, aunque sabía que estaba en desventaja.
Lo observó darle un trago a su bebida y colocarla con cuidado sobre la mesa, manteniendo sus ojos fijos en ella. Cada gesto, cada movimiento, estaban calculados para mantenerla en un estado de temor constante.
Volvió a tragar grueso al verlo sacarse el saco y desabotonar el cuello de la camisa tan resueltamente. Una ráfaga de pánico la sacudió y se halló desandando el camino hasta el momento. Reculó tropezando con el lecho y allí se dejó caer. El hombre tomó de nueva cuenta su vaso, sus ojos finos en Sakura.
—¿Quieres un trago?—preguntó, como si estuviera ofreciéndole un escape temporal de la tensión que inundaba la habitación.
Sakura negó con la cabeza, su voz temblorosa, y respondió:
—No tengo permitido beber, Comandante.
El hombre soltó una risa sardónica que resonó de manera violenta en la habitación.
—Por supuesto, había olvidado toda esa mierda de que no son cortesanas—habló con ironía—. Bien, ya sabes cómo son las reglas. Pero no te preocupes, no voy a forzarte a nada—la última frase estaba cargada de una ambigüedad que hizo que el estómago de Sakura se contrajera—. Levantate—ordenó.
Sin saber muy bien cómo o por qué, ella obedeció. Sus ojos la devoraron, como un animal a su presa acorralada. Antes de que supiera que hacer, sus dedos huesudos le estaban desatando el obi.
—¿Quién diría que la muerte del traidor de Shisui me haría tan afortunado?—lucia maravillado—.No consiguió dejarte embarazada, ¿cierto?—enarco una ceja, dirigiendo la mirada hacia su vientre plano.
Sakura giró el rostro.
—Nunca pensé que mi última intervención me daría acceso a ti—dijo con una sonrisa. Estudió su faz, su expresión era triunfante, tal como Sakura creía recordarla. Permitió que el obi cayera el suelo y deslizó la tela del kimono de sus hombros—. Mierda. Puede que el hijo de puta disfrutara de ti en tus mejores tiempos, tal vez había más carne y no tantos huesos. Pero no te preocupes, eso no me molesta.
Quería apartarlo, pero sus fuerzas no eran comparables con las de su enemigo.
Agarró su seno izquierdo y lo apretó con fuerza mientras se acercaba, de modo que sus cuerpos casi quedaron presionados el uno contra el otro. Enterró la nariz en su cabello, inhalando. A ella se le colmaron las fosas nasales del agrio aroma a sake. Ebrio.
—Maldito Shisui—masculló—. Siempre se quedaba con todo—dijo, retrocediendo ligeramente para mirarla de nuevo—.Cuando supe que me asignarían a su puta personal no pude evitar contener mi alegría—el agarre sobre su pecho se hizo más fuerte mientras hablaba, los dedos se hundían en su carne. Si Sakura hubiese sido capaz de moverse, habría jadeado de dolor, pero estaba paralizada por el miedo.
El hombre siseó y retorció su pecho con fuerza.
—Puede que te hayas salido con la tuya la última vez que conseguiste apuñalarme con ese kunai envenenado. No obstante, he estado fantaseando con esto durante tanto tiempo…
Sakura abrió los ojos desmesuradamente y comenzó a hiperventilar. Inabi. Un escalofrío le recorrió la espalda mientras los recuerdos regresaban con claridad dolorosa desde los rincones de su mente. Uchiha Inabi, el hombre que había enfrentado la noche en que asesinó a los otros dos guardias aquella vez que intentaron abusar de ella.
Todo le resultaba tan extraño y espantoso que no se dio cuenta del instante en el que cayó de espaldas en el lecho e Inabi sobre ella, aplastándola, dejándola sin escapatoria.
Notó como sus manos comenzaban a recorrer sus muslos trazando un camino ascendente. Pasó largo rato aflojando y desabrochando todas las prendas que iban debajo de su atuendo, paso a paso y sin dejar de frotarle las piernas.
Intentó apartarlo, pero sus manos fueron apartadas con brusquedad y luego sintió los dientes contra su pecho un segundo antes de que lo mordiera.
Las lágrimas cálidas rodaron por sus mejillas. Estaba llorando. Los dedos estaban entre sus piernas y la apuñalaban. Empujándola violentamente.
Intentó cerrar los muslos pero él leyó sus pensamientos, así que, en contrataque, alojó su miembro craso y erecto entre sus piernas.
Cuando por fin se separó de ella, aunque no tanto como hubiese deseado, pudo apreciar su rostro. Observó aturdida como la lujuria se agolpaba en sus ojos. Lo miró despojarse del cinturón y después bajar la cremallera de sus pantalones.
—Si que eres especial. Ahora comprendo porque Shisui estuvo dispuesto a morir por ti—espetó al mismo tiempo que acariciaba su miembro—.No puedo culparlo, yo también sacrificaría el mundo entero por un coño como el tuyo.
Con la misma inclemencia y crueldad, la obligó a separar las piernas y se colocó de rodillas entre ellas. Su corazón latía a la misma velocidad que la de un ratón. El cuerpo de Inabi quedó suspendido a unos centímetros del suyo. Otra amplia sonrisa abarcó su faz, alargándose a la misma velocidad en la que ella concentraba todas sus fuerzas en intentar levantar una especie de barrera mental entre los dos.
Podía sentirlo rozándole la entrepierna. La lampara estaba encendida, y Sakura miraba las sombras en el techo intentando buscar algo que la distrajera. Sin embargo, fue en ese instante, poco antes de que de que consiguiera corromperla por completo que notó un cosquilleo recorrer sus terminaciones nerviosas.
Inabi estaba demasiado consumido por el deseo que ni siquiera se percató del peso de la mano de Sakura sobre su hombro. Aquel latido de energía despertó su instinto de supervivencia y, en un acto autómata y desesperado, enfocó su mente en aquel pensamiento claro y rápido. Sin dudarlo, golpeó su frente contra el rostro del comandante, utilizando su propia fuerza y la sorpresa como un arma improvisada.
Sintió que se le rompía la nariz mientras se apartaba, pateándolo salvajemente mientras se liberaba y se lanzaba hacia la puerta.
Unos dedos huesudos se enredaron en su tobillo y tiraron de ella hacia atrás, delegándola al suelo de madera hasta arrastrarla. Intentó liberarse de una patada mientras Inabi la arrastraba una vez más bajo su cuerpo. Sakura clavó el codo en el plexo solar a la misma vez que luchaba con uñas y dientes para zafarse de su agarre.
Sus uñas se convirtieron en garras afiladas que arañaban la piel del comandante, apuntando directamente a sus ojos. Inabi dejó escapar un grito, algo entre el dolor y el aturdimiento; aflojó el agarre cuando se retiró instintivamente en un intento desesperado por proteger su rostro.
Consiguió alejarse y, al cabo de unos segundos, le clavó el talón en la garganta antes de ponerse de pie y dirigirse hacia la salida.
Se estrelló contra la pesada madera y agarró el mando. Con las manos temblorosas, tomó el mango con desesperación. Procuro girarlo, su mente estaba sumida en una vorágine de urgencia y miedo, pero la perilla no se movía. Un dolor punzante irradio desde la palma de su mano hasta su hombro mientras forcejeaba. El metal candente quemaba su piel.
Un grito de agonía escapó de sus labios- Apartó la mano con un tirón brusco. Tal fue su terror al descubrir sus dedos quemados y chamuscados hasta el hueso. La perilla de la puerta estaba al rojo vivo, una trampa mortal que había estado esperando pacientemente a su presa. El dolor la hacía sentir como si su mano estuviera envuelta en llamas, ahora las heridas amenazaban con inmovilizarla.
Inabi lanzó una carcajada, una risa inquietante, grotesca. Las vibraciones del pérfido sonido se movía por las venas de Sakura como hielo, congelando su espíritu y colmándola de horror.
Giró lentamente, con el corazón palpitando descontroladamente. Inabi se encontraba al otro lado de la habitación. Su sonrisa era macabra, y su rostro estaba salpicado de sangre, con gotas carmesí corriendo por su piel, llenando su boca hasta filtrarse entre sus dientes. La visión era espantosa, una pesadilla hecha realidad que la llenó de un pánico indescriptible.
El Comandante, con una mirada maniaca en los ojos, avanzo hacia ella. Se llevó una mano ensangrentada a la garganta y tosió.
—Disfrute nuestra pequeña batalla. ¿Creíste que ibas a escapar, ratoncito?—otra sonrisa burlona brotó de las profundidades de su ser—.Morirás tan pronto como pongas un pie en ese pasillo. No queda nadie para salvarte.
La kunoichi lo miró fijamente. Su mano herida palpitaba dolorosamente, emulando el latido de su acelerado corazón.
Mientras estaba junto a la puerta, una reconocida y aplastante sensación de hundimiento la invadió.
Sasuke no llegaría a tiempo.
Él no lo haría. Habían agotado toda su suerte después de salirse con la suya tanto tiempo.
Echó un vistazo desesperado al vaso del que minutos atrás bebía. Los engranajes de su mente giraban con desesperación procurando buscar una posible ventaja en medio de la pesadilla en la que se encontraba. Sin embargo, antes de que pudiera actuar, Inabi se acercó con una facilidad que la hacía sentir completamente vulnerable.
La tomó del cabello con fuerza, y con una brutalidad inhumana, estrelló su cabeza contra la pared. El impacto fue devastador; su visión vaciló a medida que el dolor y la confusión la envolvían. Lejos de resistirse, su cuerpo cedió ante la inclemencia del golpe. Ella se desplomó. Sentía un zumbido en su cabeza.
Una vez más, los dedos de Inabi se clavaron en su hombro, obligándola a girar para encararla. Su rostro estaba cubierto de sangre y cortes profundos surcaban su frente, marcas visibles de la lucha que había mantenido cuando intentaba sacarle los ojos.
¿Podría volver a correr? ¿Tenía algún sentido intentarlo? Las posibilidades de escape parecían tan lejanas como el horizonte.
Se situó nuevamente entre sus muslos, obligándola a abrir las piernas para admitir la intrusión de su cuerpo. Con la respiración agitada y una mezcla de sudor y sangre recorriéndole los costados del rostro, Inabi echó la cabeza hacia atrás, pasando una mano por el desordenado cabello castaño.
—De haber sido otra persona, no dudaría en matarte—siseó—. Sin embargo, tengo una misión y debo cumplir con mi deber. Así que es mejor que abras las putas piernas y no pongas más resistencia—jadeó, tratando con sus pesadas manos de empalarse en ella mientras Sakura continuaba luchando en vano.
A pesar del aturdimiento, comenzó a palpar el suelo a su alrededor, buscando cualquier oportunidad, una ventaja, cualquier cosa que le permitirá escapar.
Estiró el brazo tanto como le era posible y, en un hecho de acontecimientos que parecía una intervención divina, se topó con el contenedor de cristal, un poco más y se aferró al vaso.
Con un movimiento rápido y certero, lo impacto de lleno en el rostro del comandante. El vidrio se quebró, un sonido nítido lleno la habitación mientras se retorcía de dolor, obligándolo a alejarse de ella.
Respiró una enorme bocanada de aire y se aferró a uno de los cristales; sin pensarlo más, se lanzó hacia el comandante y, con la misma precisión que la caracterizaba al hacer intervenciones quirúrgicas, clavó el vidrio afilado en la garganta del comandante, tan profundo como le era posible.
Sujetó la nuca de Inabi con la mano izquierda, y deslizó el vidrio un poco más adentro. Pudo oír otro crujido. El grito que emitió duro menos de un segundo. La sangre cayó como una lluvia cálida sobre el rostro de Sakura.
Vio los carros de servicio pasar frente a él, cada uno de ellos cargado con bandejas repletas de manjares exquisitos y el más fino sake.
Se había congregado a los Comandantes a la noche inaugural de la Granja de Magdalenas. Sasuke sabía que debía actuar con cuidado y precisión, aprovechar el caos y la distracción que la festividad le brindaría.
—Sasuke-sama—dijo una mujer mientras se aproximaba cautelosamente—.La puerta de servicio estará desbloqueada.
—Gracias—murmuró.
—Oh, por cierto—rebuscó entre los bolsillos de su yukata—.Esto es para usted. Un pequeño presente—dijo mientras le extendía un pequeño dispositivo.
Sasuke miró el objeto con una mezcla de asombro y preocupación.
—Supongo que un chico como usted sabe qué es—sonrió.
—Es el control para activar los explosivos—respondió.
La mujer asintió, orgullosa.
—Puede que ahora haga algo distinto a lo que solía hacer cuando era joven—suspiró—. Lo mejor que le sucederá a este lugar es volarlo en pedazos.
—Debo admitir que esto no estaba en mis planes—confesó—. Los comandantes… ellos…
—Estarán muertos cuando las chicas suban al tren. No querrá dejar evidencia de su pequeña travesura ¿o sí?—enarcó una ceja.
Sasuke tragó grueso.
—Gracias por todo. Espero que no te metas en problemas por ayudarme.
—No se preocupe por mí. Yo también tengo asuntos pendientes con este lugar—dijo—. Te deseo suerte en tu camino, joven comandante.
Sin más, la mujer se dio media vuelta y se alejó al escuchar su nombre en la lejanía. Sasuke echó un último vistazo al dispositivo y después volvió a mirar el reloj, sabiendo que el tiempo se agotaba. Pronto, Sakura estaría en ese tren acercándose a su destino, y su venganza se haría realidad.
Las palabras de Itachi sobre escapar con la kunoichi resonaban en su cabeza, una idea tentadora que le ofrecía una salida de aquella sombría venganza que había abrazado. Sin embargo, sabía que no podía ceder a esa tentación. Había hecho un juramento, y no podía permitirse fallarle una vez más.
Las manecillas del reloj marcaron la hora con solemnidad. Sin vacilar, activó su Sharingan, las pupilas carmesí destellando con un brillo sobrenatural. El poder su linaje, la herencia de su clan, cobraba vida en sus ojos.
—Las cámaras de seguridad han sido desactivadas—anunció otra persona.
Sasuke asintió y, sin más preámbulos, se aventuró fuera de la cocina y se adentró en el pasillo. Oía las risas de unos cuantos hombres. Algo muy divertido o excitante debía estar sucediendo tras las puertas cerradas, porque cada sonido era más fuerte que el anterior, hasta que por fin se fueron acallando y dejaron solo el tañido de un shamisen.
Se acercó cuidadosamente a uno de las puertas. No obstante, una de las guardias que patrullaba la zona se acercó con una mirada inquisitiva.
—¿Esta perdido, comandante?—preguntó con un aire de autoridad.
En un parpadeó se encargó de atraparla en un genjutsu con un simple contacto visual. La mujer cayó en una ilusión y, después, termino tendida en el suelo, sin emitir un sonido.
El corazón de Sasuke se paralizó, dejando de latir por una fracción de segundo mientras rodeaba el picaporte y giraba lentamente hasta desvelar el interior de la habitación. Debía ser notorio el ataque de pánico que estaba experimentando, sin embargo, todo pensamiento coherente se esfumó de su vente al vislumbrar a una joven tendida de espaldas en el lecho, con un hombre robusto y mayor entre sus piernas.
Con los hombros tensos y el rostro inexpresivo, llevó una mano hasta uno de los kunais que había preparado en caso de que la situación requiriera medidas desperadas.
Los grotescos jadeos colmaban sus oídos y no perdió de vista la manera en que la chica se aferraba a las sábanas a medida que las embestidas incrementaban.
Cegado por la furia, se acercó sigilosamente; desenfundo un sable y, con un golpe certero, enterró la hoja directamente en la nuca del comandante. La chica, que a duras penas debía tener quince años, lanzó un grito horrorizado cuando las gotas carmesí tiñeron su rostro bañado en lágrimas.
Asqueado, apartó el arma y se aseguró de dejar el cuerpo en el suelo, lejos de la joven kunoichi que estaba demasiado asustada, contemplándolo con los ojos bien abiertos.
Rebuscó por sus alrededores algo con que cubrirla. Lo primero que encontró fue el horrible kimono escarlata que las obligaban a portar todo el tiempo, uniformes que simplemente las objetivaban.
—¿Puedes levantarte?—preguntó, ayudándola a reincorporarse en la cama; estaba temblando.
—S-sí.
—Bien—suspiró. Colocó el kimono sobre sus pequeños hombros y la auxilio a atarlo lo mejor posible—.Ve por el pasillo hasta el final y dirígete hacia la puerta este. Busca a tus compañeras y llevalas contigo. No se detengan y tampoco miren atrás ¿entendido?
Ella asintió, perpleja. Probablemente eran demasiadas instrucciones para una jovencita que intentaba procesar todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor, pero Sasuke confiaba que aquello bastaría para alertar a las demás y generar otra distracción. El tiempo corría y, a medida que los minutos avanzaban, también se agotaba el umbral de gracia que poseían para que todo saliera a la perfección.
Tan rápido como salieron al pasillo, la kunoichi comenzó a tocar las puertas de las habitaciones. Las jóvenes que emergieron, desconcertadas y aturdidas, se agruparon en la galería, sin entender del todo lo que estaba sucediendo a su alrededor. El pasmo se extendía como una sombra inquietante, y Sasuke sabía que cada segundo contaba.
Decido a encontrar a Sakura, continuó con un trote certero. El somnífero que colocó en las bebidas de los comandantes ya debía haber hecho efecto.
En medio de la confusión, corrió veloz pasillo abajo en busca de Sakura. Las puertas se abrían, una tras otra, liberando a kunoichis enajenadas, quienes trataban de comprender lo que estaba sucediendo al mismo tiempo que se desplazaban como ovejas en un rebaño al punto de reunión indicado por Sasuke.
Frenó en seco al vislumbrar a Hinata Hyūga en medio de la galería. La muchacha parecía atónita y estupefacta, absolutamente indefensa.
—¿Te encuentras bien?—preguntó.
Hinata se tensó.
—¿Q-qué está pasando?—dijo titubeante.
Tras examinarla brevemente con la mirada, determino que no estaba herida.
—Tienes que salir de aquí—respondió con urgencia.
—N-No puedo.
—¿Por qué no?—indagó con un deje de irritación. El tiempo se le acababa y todavía no era capaz de localizar a Sakura.
—Sakura… ella….
Rápidamente, la tomó de los hombros y la obligó a encontrarse con su inclemente mirada. Hinata lo observó, por mucho, horrorizada.
—¿La has visto?
Estrujó el ojo con fuerza y sacudió la cabeza con vehemencia.
Derrotado, Sasuke se percató que era inútil continuar acosándola con preguntas.
—No tenemos mucho tiempo. Sigue a tus compañeras y no te detengas—ordenó—.¡Ahora!
La chica dio un respingo asustada, no obstante, lejos de rehusarse, levantó la falda de su kimono y corrió por el pasillo.
Sasuke lanzó una maldición, una mezcla de indignación y desesperación con una pizca de temor ante todo lo que no comprendía. Necesitaba darse prisa.
…
Se encontraba desplomada contra la pared, jadeando mientras luchaba por mantenerse consciente. La habitación apareció ante ella lentamente. El aire estaba cargado del olor a licor y el hierro que emanaba de la sangre.
Inabi estaba muerto. Sakura analizó sus brazos, confundida. Tenía pequeños fragmentos de vidrio enterrados en la piel. Un zumbido agudo y metálico colmaba sus oídos y no parecía detenerse. Cerró los ojos en un intento desesperado por disipar el dolor de cabeza y tosió al intentar respirar.
Colocó ambas manos en el suelo y procuró levantarse, pero el piso se tambaleo y su cuerpo se inclinó involuntariamente hacia el frente. Un sollozo ahogado escaló por su garganta a la vez que hacia un esfuerzo sobrehumano por sosegar sus pensamientos dispersos.
Necesitaba…
¿Qué necesitaba?
Necesitaba…
Escapar.
Necesitaba salir de la habitación. Llegar al pasillo.
Pero, ¿Dónde estaba la puerta?
Echó un vistazo desconcertado a su alrededor. Había tantos destellos de luz que no era capaz de distinguir con claridad.
Debía reincorporarse antes de que alguien más la encontrara. Apretó los dientes y, con toda la fuerza de voluntad en ciernes, consiguió levantarse, tambaleante. La cabeza le dolía tanto que todo a su alrededor daba vueltas y, por un instante, tuvo la certeza de que acabaría desmayándose. Su pierna izquierda no respondía. Miró hacia abajo y se dio cuenta que tenía un kunai enterrado en la pantorrilla.
Todo a su alrededor se distorsionaba. Sus oídos aturdidos captaban ruidos, pero no podía distinguirlos. Las tenues luces de la estancia parpadeaban. Las cosas ondulaban y oscurecían. Se echó hacia atrás.
Se levantaría enseguida.
Solo necesitaba unos minutos para recuperar el aliento. Si conseguía aclarar su cabeza un poco, sería más fácil moverse.
Nota un par de manos firmes sobre sus hombros desnudos y, poco después, la sostenibilidad que le faltaba regresa.
—Por favor, no, te lo suplicó—sollozó.
Cualquiera que fuese la persona que estaba frente a ella, era irreconocible.
—Mierda, Sakura, lo siento tanto. Por favor, resiste. Tienes que aguantar.
Su voz sonaba alargada y distorsionada.
Confundida, entrecerró los ojos.
—¿Sasuke?
Estaba tan pálido que pensó que podría ser un fantasma.
Había resistido el infierno con cierta entereza, pero cuando se sintió acompañada, se quebró.
—Viniste…—extendió la mano y toco su rostro, específicamente su barbilla. Él estaba realmente allí.
Sasuke cubrió su desnudez con el kimono, se aseguró de ajustarlo lo suficiente con el obi.
—Lo lamento. No puedo curarte—dijo. Su voz temblaba. Sonaba vulnerable—. Estas a salvo ahora. Te sacare de aquí. Lo siento tanto.
Sintió cómo apartaba el kunai de su pierna. El dolor la atravesó como fuego y lanzó un grito entrecortado.
Aquello ayudo a aclararle la mente.
—Oh, Dios, Sasuke… Inabi, él…
—Puede pudrirse en el infierno—dijo con evidente desdén.—. Ahora mismo debo sacarte de aquí.
Con facilidad, deslizó una mano detrás de su cintura y otra debajo de sus piernas, levantándola.
Podía sentir que temblaba. Estaba tan pálido. Miró aturdida alrededor del pasillo. Las puertas estaban abiertas de par en par y en el lugar parecía reinar u caos silencioso.
Cada paso que daba, resonaba en el aire. Sus propios latidos retumbaban en sus oídos como un eco constante. Las paredes, pintadas de un inspiro color blanco, parecían cerrarse sobre él. La mente de Sasuke estaba en un estado de alerta constante, y sus sentidos agudos le advertían de la amenaza que se cernía sobre ellos.
Como un presagio siniestro, sintió que todo se cerraba detrás de él. Se giró en un gesto instintivo, solo para encontrarse con Kōgyoku, bloqueando su camino. El rostro de la mujer estaba descompuesto, su mirada agitada y al borde del colapso. Notó la transpiración en su frente, los ojos desorbitados que parecían buscar respuestas que ella misma no podía encontrar.
El intercambio de miradas estaba cargado de tensión. Sasuke y la ninja medico permanecieron contemplándose sin pestañear, completamente quietos.
—Todo este tiempo… debí imaginarlo. Todo este tiempo fue ella—consiguió decir la encargada del programa.
Sasuke estaba callado, pero… fuera consciente o no, tenía muy apretadas las mandíbulas.
—¿Puedes caminar?—se apresuró a preguntarle a Sakura. Había conseguido hacer un torniquete para frenar el sangrado de la pierna, pero dudaba que en su estado actual fuese capaz de recorrer los metros que los separaban de la puerta este.
Sakura asintió.
—No quiero luchar contra usted, Kōgyoku-san. Permita que Sakura se vaya…
—¡Basta!—le cortó la mujer, y añadió con voz imperiosa—. Acabaremos con esto de una vez.—Miró a Sasuke a los ojos y asintió, como si le estuviera advirtiendo algo.
Mientras clavaba la mirada en la kunoichi, Sasuke ayudó a Sakura a mantenerse de pie. Kōgyoku volvió a inspirar profundamente.
Sasuke estaba increíblemente tenso, como si estuviera a punto de comenzar de un momento a otro. Para cuando activo el afamado Dojustsu de su familia, Kōgyoku se encontró haciendo lo mismo.
El aire se atascó en sus pulmones al vislumbrar el punto supremo del Sharingan girar en sus irises; aquel era un intrincado patrón, digno de los portadores del Marengo.
Al ver su rostro horrorizado, Kōgyoku no pudo evitar una risilla complaciente.
—No ira a ningún lado, Comandante. No lo permitiré.
Kōgyoku fue la primera en actuar. Con un movimiento rápido, creo una serie de sellos y lanzó una lluvia de shurikens en dirección a Sasuke. Las mortales estrellas giratorias se dirigieron a él con una precisión letal.
Sasuke creó una barrera de tierra para protegerse. Los shurikens chocaron contra la pared, desviándolos en el proceso.
Sin dejar de moverse, el comandante lanzó un par de kunais cargados de sellos explosivos. Los proyectiles volaron hacia su objetivo con velocidad letal. Sin embargo, su oponente reacciono con destreza, lanzando una bola de fuego para bloquear los kunais entrantes. Las explosiones resultantes iluminaron el pasillo, arrojando sombras siniestras en las paredes.
—Eres un mocoso ingenuo—escupió con desdén—. No era Shisui Uchiha, sino tú… ¡Ella estaba intentando protegerte a ti!—exclamó, histérica.
Los dos caminaron uno frente al otro, analizando los posibles movimientos que podrían producirse en los siguientes minutos.
—¿Qué estás haciendo ahora? La muy puta abrió las piernas para consultarte, ¿así que te imaginas salvándola?—lanzó una carcajada grotesca.
Sasuke no dijo nada, sus mejillas temblaron.
—No sobrevivirás. Si ella escapa, tu padre te hará responsable.
El comandante resoplo.
—No imagino que exista la posibilidad en la que sobreviva en los próximos meses, incluso si ella se queda—su voz sonaba cansada, pero con una digna firmeza.
En ese preciso instante, decidió que había llegado el momento de poner fin a la batalla. con UN MOVIMIENTO RAPIDO, reo una bola de fuego y la lanzó hacia su oponente, quien trato de defenderse, pero las llamas la envolvieron, quemando su ropa y causándole dolor.
Aprovechando esa distracción, acortó la distancia entre los dos, como si se hubiera teletransportado. Cuando la mujer volvió a mirar al frente, Sasuke estaba a dos palmos de su nariz. La encargada pareció paralizada y miró al rostro de Sasuke, que ahora estaba a una pulgada de su cara.
El ruido de pasos se acercaba, y pronto, un grupo de soldados llegó al pasillo, armados y listos para enfrentar al comandante.
Sin más opción, Sasuke se apartó de la ninja médico y se dispuso a terminar con sus nuevos oponentes en un combate cuerpo a cuerpo, utilizando su Sharingan para anticipar sus movimientos.
Por otro lado, Sakura vislumbró a la doctora reincorporarse con facilidad, preparada para lanzar un ataque mortal hacia el Uchiha. El terror la impulsó a levantarse nuevamente y, mientras una carga de adrenalina recorría su sistema nervioso, se lanzó hacia ella dejándola tendida en el suelo.
Sakura volvió a mirar a los ojos de Kōgyoku. Sus cuerpos aún estaban entrelazados, pero consiguió lanzar el puño contra el mentón de la kunoichi.
La mujer escupió sangre y sus ojos se clavaron en Sakura. El líquido carmesí le brotaba de los labios, goteando sobre su barbilla y luego cayendo al suelo.
No muy lejos de donde se encontraba, un aguijón eléctrico reposaba en el suelo. En un acto reflejo, Sakura lo tomo. Alzó el arma, ya había destrozado el cráneo de Inabi en aquella habitación así que no dudaría en hacerlo con la encargada.
—¡No!—grito la mujer—. No lo hagas—masculló con una sonrisa burlona.
Iba a necesitar algo más que eso para conseguir persuadirla. Llegado ese momento, Sakura se había percatado que ya no le importaba asesinar con tal de llegar a su destino.
—¡Sakura!—la llamó Sasuke.
Los soldados que acudieron a atacarlo yacían muertos en el pasillo.
—Aun podemos alcanzar el tren—dijo él casi sin aliento.
Sakura cerró los ojos con fuerza y maldijo. Dejo el aguijón eléctrico en el suelo. Sabía que matarla no era la solución. El fuego se había esparcido durante la confrontación, y la sala comenzaban a llenarse de humo y calor asfixiante.
Sin más preámbulos, entrelazó sus dedos pegajosos y ensangrentados con los de Sasuke, permitiéndose dirigirla por el intricando laberinto de galerías, buscando desesperadamente una salida alterna.
Un vacío aplastante quiso hacer mella en la boca de su estómago. Sin saber muy bien cómo, el aire gélido de la noche los recibió.
Sakura jadeó imperceptiblemente cuando atravesaron el campo tan rápido como les era posible. El viento frío los golpeaba de tal manera que podía sentir como le quemaba los pulmones al mismo tiempo que el agotamiento escocia sus músculos. Aun cuando el agotamiento atentaba contra su estabilidad, no mostró señal de debilidad. Debian seguir sin detenerse en ningún instante, porque un segundo de retraso significaría caer en las manos de los Uchiha.
A la lejanía se oían gritos de «¡Fuego!», pasos apresurados, gritos desgarradores y ladridos frenéticos de los perros que custodiaba los alrededores. Mientras escuchaba aquel caos, el sonido del silbato del tren rasgó el caos.
Tan solo faltaban unos cuantos metros para que ambos consiguieran saltar la valla de seguridad y llegar a las vías del tren.
En un último intento, ambos lograron sortear la zona de seguridad. El tren estaba cerca, dentro de poco Sakura subiría a uno de los vagones y se marcharía para siempre.
Ambos respiraban agitados. El crepitar de las llamas y la destrucción había quedado atrás.
—Subieras al tren, ya sabes que hacer—dijo Sasuke en voz baja, tratando de ocultar su preocupación detrás de una máscara de determinación y pesar.
Sakura lo contempló, suplicante.
—Por favor, ven conmigo—rogó.
El nudo en la garganta de Sasuke se tornó más apretado, asfixiante.
Fácilmente podría subir al tren, escapar con ella tal como se lo había sugerido en incontables ocasiones, cuando los dos yacían desnudos en el lecho, después de entregarse en cuerpo y alma.
Nada le gustaba más que alejarse de toda esa mierda, marcharse de una buena vez a un lugar recluido, lejos de la guerra, la muerte y todas las intrigas políticas. Sin embargo, dentro del juramento que le había hecho, se dijo a si mismo que terminaría con todos aquellos que una vez le hicieron daño.
Con un suspiro, la abrazó con fuerza, como si quisiera grabar los últimos remanentes de su presencia en su memoria. Deposito un beso en su frente y murmuro contra su piel:
—Lo siento, Sakura. Pero tengo que quedarme a arreglar este desastre.
El viento revolvía su cabello. El silbato del tren llenaba el aire. Sus fanales esmeraldas se posaron a Sasuke, quien estaba frente a ella, el silencio entre los dos iba cargado de emociones incontenibles.
—Ahora, vete, no te detengas por mi—dijo apartándose de ella.
Resuelta, dio un paso hacia adelante, acercándose a lo que sería su vía de escape. No obstante, antes de avanzar, volvió a mirar a Sasuke, su rostro lleno de amor y despedida. En silencio, desando el camino que ya había transitado, abrió los brazos y cuando estuvo lo suficientemente cerca depositó un apasionado beso en sus labios, un gesto que transmitía todo lo que sentían, el amor, resentimiento, la esperanza en medio del infierno que los rodeaba.
Sasuke correspondió el beso con la misma intensidad, su corazón latiendo desenfrenadamente mientras se aferraba a ella. Sabía que debía dejarla ir, pero eso no hacía que fuera más fácil.
El momento de su partida se materializó con el temblor del suelo y las ruedas del tren pasando por las vías: la luz cegadora los obligó a apartarse y, sin más, la ayudó a llegar.
—¡Sakura!—gritó una de sus compañeras al mismo tiempo que asomaba su cuerpo por la puerta abierta, extendiendo una mano.
La pelirosa la tomó, asegurándose que sus piernas no terminaran bajo las ruedas. Con un firme empujón, consiguió subir.
Agitada, se quedó en el suelo durante un instante. Haciendo uso de las ultimas fuerzas, se acercó a la orilla y apreció a Sasuke, que se quedó a unos cuantos metros: sus proyectaban la lucha interna entre el deseo de retenerla y la necesidad de mantenerla a salvo.
Sasuke la observó marcharse a medida que el tren comenzaba a alejarse, siguiendo su ruta.
Fue en ese momento que Sasuke recordó el dispositivo que llevaba consigo. Sabía que debía evitar que la pesadilla que vivieron las chicas se repitiera y que el desagradable problema que continuara.
Con manos temblorosas, detonó los explosivos. Un fuerte estallido resonó en la finca y, en cuestión de segundos, el edificio comenzó a temblar. La explosión se expandió, consumiendo el lugar en llamas, dejando atrás una nube de humo y destrucción.
Aquello solo era un adelanto de su plan. No iba a detenerse hasta derrocar el Régimen.
Continuará
N/A: Bueno, eso sí que fue un capítulo… impactante y, debo admitir, el más complejo de desarrollar y escribir por toda la violencia que contiene.
Debo admitir que no estaba muy segura de desarrollarlo, incluso, en borrador, cambie las escenas una y otra vez con el objetivo de matizarlo, suavizarlo y no hacerlo tan explicito. Sin embargo, en una situación de guerra se viven atrocidades inhumanas y las mujeres son las principales víctimas de estos crímenes que se derivan de dicha coyuntura.
Me gustaría decir que todo esto frenara aquí, pero lo cierto es que las cosas se tornan más complicadas y pérfidas para nuestros protagonistas.
Sakura consiguió escapar, Sasuke tomó una decisión y ambos transitaran por caminos diferentes a partir de este momento, cada uno luchando con los recursos que tiene y desde diferentes posiciones.
El camino de redención de Sasuke está lejos de terminar y apreciaremos un cambio en la personalidad de Sakura y su forma de ver las cosas. En cuanto a Itachi, su aparición fue breve, pero no será la última.
No saben cuánto me alegra que, a pesar de todo el tiempo que lleva el fic, continúen leyendo. Como lo había dicho en el capítulo anterior, intentare avanzar tanto como me sea posible.
Como siempre, agradezco sus favorites, follows, recomendaciones y reviews. Estoy atenta a todos y cada uno de sus comentarios 3 ustedes son parte fundamental del proceso de inspiración y escritura. Así que, espero no decepcionarles con el rumbo que va tomando el fic.
Por el momento es todo, probablemente me tome una pequeña pausa para terminar de darle los últimos detalles al fic y adentrarnos en la carrera hacia el final.
¡Cuídense mucho! ¡Les mando un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren!
¡Bye, bye!
