Disclaimer: Los personajes y el universo donde se desarrolla está historia no son creaciones mías ni me pertenecen, todo es obra de Masashi Kishimoto.

Advertencia: Este capítulo contiene escenas que abordan temas de violencia física u descripciones explicitas de crímenes de guerra que pueden resultar perturbadoras para algunos lectores. Estas situaciones se presentan como parte de la trama y la narrativa de la historia, con el propósito de explorar las complejidades de las relaciones y la evolución de los personajes. Se recomienda la discreción del lector, especialmente si estos temas pueden desencadenar respuestas emocionales negativas.

Heredera de la Voluntad de Fuego

Parte 4: El terror

XXVI

El sueño era distinto a los demás. Su madre cantaba en la cocina. Ella la oía cantar y el sonido de su voz era el sonido de su casa. Cantaba la misma canción una y otra vez. Nunca cantaba la letra sino la melodía con voz ausente como si pensara en otra cosa y cantar fuese solo una forma de matar el tiempo. Siempre cantaba cuando estaba muy ocupada.

Por alguna extraña razón, recordaba aquel episodio a la perfección. Era otoño. Los álamos se habían vuelto rojos y amarillos. En la cocina su madre trabajaba y cantaba junto a la vieja estufa. Batía mantequilla de manzanas en una gran cazuela. O envasaba melocotones. Los melocotones impregnaban la casa con un aroma delicioso y penetrante. Hacia jalea. La pulpa de los frutos colgaba en una bolsa de caían sobre la parte más fresca de la estufa. A través de la tela el zumo manaba espeso sobre un tazón en cuyos bordes se formaba una orla rosa-crema. En el centro el zumo era rojo y transparente.

Poco a poco, sus ojos se enfocaron en el líquido escarlata que caía gota a gota. Ahora las cosas se volvían cada vez mas borrosas. Supo que volvía a desvanecerse. Se escabullía. Parecía como si la oscuridad se convirtiera en algo como el azul crepúsculo. La penumbra había adquirido otra tonalidad. Crepúsculo sin estrellas y noche sin estrellas. Como en casa por las noches con grillos y ranas y un pedro ladrando a lo lejos y el alboroto de los niños jugando. Bellos sonidos maravillosos y oscuridad, paz y sueño. Solo que sin estrellas.

Una rata se arrastró sobre su cuerpo sigilosamente. Con sus pequeñas garras afiladas trepaba por su pierna izquierda. Era una gran rata parda. E arrastraba husmeando, oliendo y desgarrando su carne. Sentía sus bigotes que le cosquilleaban los bordes de la herida abierta. Sentía sus largos bigotes rastreando en la sangre. Y no podía hacer nada.

Recordaba aquella vez que Shikamaru le habló del cadáver del capitán de Iwagakure que encontraron en una de sus expediciones. Estaba tendido con una pierna extendida en el aire. La pierna estaba tan hinchada que el pantalón parecía a punto de reventar. Su rostro también estaba hinchado. Una rata gorda y satisfecha sentada en su cuello le roía el rostro. Al final, la aplastaron hasta convertirla en una jalea roja.

Ahora la rata se la estaba comiendo a ella. Podía sentir sus pequeños dientes afilados que mordían al borde de la herida y luego los rápidos y leves movimientos del cuerpo a medida que movía las fauces. Después hundiría sus patas y le arrancaría un trozo más de carne y eso le dolería y volvería a masticar.

Se vio corriendo por los pasillos de la unidad. Corría aullando a través de la noche. Corría a través de una serie de noches, corría por una eternidad pidiendo que le quitaran ese maldito animal de encima a medida que hundía sus dientes cada vez más profundamente.

Cuando hubo corrido sin piernas hasta el agotamiento y hubo gritado sin voz hasta desgarrarse la garganta volvió a caer en el útero, volvió a caer a la quietud, a la soledad, a la oscuridad y al terrible silencio.

Después de un momento, notó el gélido flujo de chakra dispersarse por sus nervios, reparando musculo, hueso y todo el tejido dañado a su paso.

Cuando consiguió disipar el peso de sus pasos y enfocar la mirada en la figura frente a ella, se percató que Hinata estaba arrodillada a su lado con las manos extendidas hacia ella y un brillo verdoso emanando de sus palmas.

Sakura se estremeció cuando la energía curativa entró en contacto con sus heridas. Era una sensación electrizante, como si una oleada de poder revitalizante recorriera su cuerpo, apuntando a cada punto de dolor con una precisión sin igual. El chakra se movía con un propósito bien definido y, en cuestión de segundos, las heridas que habían mermado su fuerza empezaron a desvanecerse, la hemorragia en su pierna se detuvo.

Miró a su alrededor, el sonido rítmico del tren en marcha creaba un telón de fondo relajante. Las demás chicas dormían, sus cuerpos yacían acurrucados unos contra los otros para mayor comodidad, formando un círculo protector. Una tenue luz parpadeaba en lo alto, proyectando un suave resplandor sobre sus apacibles rostros.

En un rincón, una de las mujeres que había desempeñado un papel crucial en su huida también parecía haber sucumbido al sueño. El cansancio de la terrible experiencia persistía en las líneas de su rostro, suavizadas solo por el consuelo del sueño.

Las manos de Hinata se movían sobre su cuerpo. Se sentía como una niña que había despertado llorando por una pesadilla para encontrarse a salvo y abrigada en los brazos de su madre. En lugar de la rata que le roía el costado sintió los dedos fríos de su amiga y la pulcritud del poder curativo danzar sobre su piel.

La rata solo había sido un sueño. Se sintió tan aliviada cuando lo descubrió que por unos minutos casi olvido su miedo. Sin embargo, eso no quería decir que estuvieran a salvo.

Hinata continuaba siendo un enigma en medio de la quietud. Su vista, fija en un punto invisible, resguardaba el peso de la contemplación. El zumbido del tren subrayaba el silencio que las envolvía. Ni una sola palabra había escapado de sus labios desde su llegada, acentuando la tensión que permeaba en el aire.

Aun en medio de la oscuridad, Sakura reparó en los contornos de su rostro: primero en su único ojo visible, después en la prominente arruga acentuada entre sus cejas y, por último, el rictus de tensión en sus labios, tan tensos y apretados que formaban una delgada línea recta.

—¿Para esto te reunías con él? ¿Para planear nuestra huida?—preguntó Hinata, acabando con el silencio que se había instalado entre ellas como una espesa neblina.

Sakura recibió su mirada inquisitiva, insegura de cómo debía responder.

—En absoluto—suspiró—. Sasuke no me reveló mucho del plan. Siempre se ha guardado las cartas en le pecho.

Hinata volvió a fruncir el ceño ligeramente.

—Entonces, ¿Por qué nos ayudó?

Cansada, se recostó contra el frio metal del compartimiento del tren, con la mirada distante.

—Sasuke tiene sus propias razones. No es de los que siguen ordenes ciegamente. Puede que trabaje con nosotros, pero eso no significa necesariamente que esté de acuerdo con los ideales de la Insurgencia.

Hinata procesó la información, su mente daba vueltas a las distintas posibilidades.

—Entonces, ¿no es un miembro de la resistencia?—quiso saber.

Sakura negó con la cabeza, con una expresión pensativa.

—Lo dudo. Él es una persona compleja. Que nos haya ayudado no significa que esté totalmente alineado con nuestra causa. Actúa según sus condiciones.

El vagón quedó sumergido en la oscuridad cuando Hinata detuvo el flujo de chakra. Sakura no iba a ahondar en los detalles de su relación y tampoco desvelaría lo que habían hablado en su último encuentro.

—En ese caso, todo lo que se dijo respecto a Shisui fue una mentira—la voz de Hinata, apenas por encima de un susurró, atravesó la oscuridad.

El nudo en su garganta se hizo más estrecho; incomoda, se removió en su duro y desgastado asiento. Posó la mirada en el suelo, lejos del penetrante escrutinio de la heredera Hyūga.

—Sí, lo hice—admitió.

—¿Por qué?—preguntó, con voz suave pero insistente.

Sakura vaciló, el peso de su confesión pendía en el reducido espacio.

—Para proteger a Sasuke—afirmó finalmente.

Hinata frunció el ceño, confundida.

—¿Para proteger a Sasuke?—un tinte de incredulidad teñía su cuestionamiento—. Pero si fue él quien te capturo y te envió a las granjas. Después de todo lo que hizo…

—Nunca dije que fuera un buen hombre—la interrumpió.

Poco a poco, la sorpresa se abrió paso por el rostro sereno de Hinata.

—¿Entonces por qué, Sakura? ¿Por qué protegerlo?—cuestionó, al mismo tiempo que la contemplaba bajo la luz de la luna.

Un amargo suspiró escapó de sus labios.

—Porque, no importa en lo que se haya convertido, hay una parte de mí que aún se preocupa por él. Puede que incluso de una forma enfermiza y retorcida lo ame.

Sakura no podía escapar de la persistente verdad que roía los bordes de su conciencia. Estaba mal amar a Sasuke, eso lo sabía. La vida se había encargado de convertirlos en enemigos desde que eran muy pequeños, obligándolos a chocar en el caos de ideales y aspiraciones. Sin embargo, allí estaba ella, incapaz de cortar los hilos invisibles que la unían a él.

Los acontecimientos de las últimas semanas no habían hecho más que añadir capas de confusión al entramado de sus sentimientos. Sasuke, el temido shinobi con un objetivo singular y obsesivo, se había convertido en algo más enigmático, mas escurridizo. Un rompecabezas al que le faltaban piezas, y tan pronto como quiso reaccionar, se encontró a sí misma enredada en el misterio, incapaz de descifrar los intrincados patrones de su personalidad.

Dejó escapar todo el aire atrapado en sus pulmones. La verdad era esquiva, se le escapaba entre los dedos. El actuar de Sasuke la dejaba con más preguntas que respuestas. ¿Por qué la capturo? ¿Sólo para revelar una vulnerabilidad que ella nunca antes había presenciado? ¿Era manipulación, un retorcido juego de poder, o realmente se preocupaba por ella a su manera?

La noche era un lienzo de sombras, reflejo del tormento que danzaba en su corazón. Era capaz de reconocer la naturaleza retorcida de su relación, los bordes dentados que cortaban profundamente, dejando cicatrices que se negaban a desaparecer. El amor de Sasuke, si es que podía llamarse así, era tan enigmático como el hombre mismo. No era un amor convencional, desprovisto de calidez y la ternura habituales. En cambio, se manifestaba en momentos fugaces, en las miradas sutiles, en la forma en que luchaba por protegerla, aunque eso significara sacrificar una parte de sí mismo.

Trazó con la yema de sus dedos la pequeña cicatriz que había dejado su ultimo enlace de chakra al mismo tiempo que se cuestionaba la cordura de amar a un hombre que le había causado tanto dolor. La parte racional de ella gritaba que estaba mal, que merecía algo mejor, que debía desenredarse de la red de emociones que la unían a él.

Bajo el barniz de la razón, persistía la llama del afecto. Era una luz que se negaba a extinguirse, arrojando fulgor parpadeante en los rincones más oscuros de su corazón. Su relación con Sasuke era una danza de contradicciones, un delicado equilibrio entre el amor y el dolor, el deseo y el arrepentimiento.

A medida que el tren se desplazaba, los chasquidos de las ruedas resonaban en el abismo de su alma. No podía negar que Sasuke ocupaba un lugar en su corazón, un sitio que nadie más podría llenar. No era una cuestión de elección; se trataba de una fuerza inexplicable que desafiaba la lógica y la razón.

Mientras el tren avanzaba, sus pensamientos se adentraban en el pasado, rastreando la evolución de sus sentimientos por Sasuke. Recordó los días en los que él era una meta inalcanzable, la constante tensión que los envolvía, la desconfianza que danzaba entre ellos. Lo que se produjo entre ambos fue una transformación silenciosa, un cambio sutil en las cosas que los unían y que no había comprendido del todo hasta que fue demasiado tarde.

Los acontecimientos que le siguieron -su intento de escape fortuito, la muerte de Shisui, la captura de Itachi- no hicieron sino profundizar la complejidad de su conexión. Había luchado contra él, había intentado negar la influencia que ejercía en su corazón. Había intentado convencerse a sí misma de que merecía algo mejor. Sin embargo, cada esfuerzo por romper esos lazos se vieron frustrados por una resistencia, una fuerza invisible que la ataba a él, reacia a soltarlo.

El amor de Sasuke, si es que se le podía llamar así, era un rio turbulento que la arrastraba por sus impredecibles corrientes. No se trataba de una historia de amor convencional, llena de gestos románticos y promesas. En cambio, era un amor nacido del crisol del conflicto, forjado en el fuego de la adversidad.

Hinata finalizó cuidadosamente de vendar la última de sus heridas. Requeriría de atención especializada, pero por el momento, aquello bastaría para disipar el dolor que aun resonaba en los rincones de su cuerpo.

—Gracias, Hinata—murmuró.

—Tomátelo con calma—respondió.

La culpa crecía en su pecho como una sombra densa, pesada y difícil de ignorar, aferrándose a ella con cruel insistencia.

La necesidad de ocultarle a Hinata la verdad sobre Sasuke y los intrincados planes de escape la atormentaba, pero también sabía que era necesario. Había elegido ese camino lleno de sombras por razones que, aunque justificadas en su mente, la llenaban de remordimiento.

Mientras se recostaba contra la pared del vagón, una mujer que parecía dormitar se puso de pie. Extendió un paño húmedo hacia Sakura.

—Limpiate. Pareces un animal—dijo con tono áspero y directo.

Aceptó el retazo de tela, con una mezcla de gratitud y vergüenza, y empezó a limpiarse los restos de sudor, sangre y suciedad que se adherían a la piel de su rostro cuello. La mujer la observó con ojo crítico.

—El chico tiene agallas—continuó diciendo, sus palabras cortaron el aire como un cuchillo—. Por un momento, no estuve segura de que fuera capaz de hacerlo.

Sakura hizo una pausa, miró a la mujer.

—¿Usted lo ayudo?—preguntó, con un deje de incertidumbre.

—En la última parte del plan, por supuesto—respondió, con la mirada fija en algún punto en la oscuridad—. El resto fue por su cuenta. Tiene su propia manera de manejar las cosas.

Sakura tragó grueso, su mente se arremolinaba con una mezcla de emociones. El peso de sus acciones, las consecuencias de sus decisiones, flotaban en el aire. Se abrazó las rodillas, buscando algo de consuelo en aquel espacio reducido.

—¿Sabes hacia dónde vamos?—preguntó, tratando de desviar la atención de la figura y participación de Sasuke.

La mujer, aparentemente indiferente a la pregunta, miró a Sakura a los ojos:

—El tren se dirige al frente. Primera parada, Kōen no Sato.

—¿El frente?—Sakura frunció el ceño. La comprensión del viaje que les esperaba la embargó con una sensación de repulsión.

—¿Por qué vamos al frente?—se apresuró a cuestionar Hinata.

La mujer se echó hacia atrás, cruzando los brazos.

—Según los planes del comandante Uchiha, lo ideal sería que todas descendiéramos en Sunagakure.

Sakura mordió su labio inferior al comprender la gravedad de la situación. Sunagakure era un sitio plagado de tensiones políticas y alianzas delicadas. Las implicaciones de su travesía al frente eran siniestras, y no podía evitar sentir que se estaban adentrando en una red de complejidades que se escapaban de su control.

La penumbra se proyectaba sobre su rostro. El rumor constante de las ruedas sobre los rieles se mezclaba con el latido acelerado de su corazón.

La decisión se cernía sobre ella como una sombra ineludible, y en ese instante, su mirada se volcó hacia Hinata, quien aguardaba con nerviosismo.

Con un suspiro, Sakura se puso de pie, aunque no sin cierta dificultad. Su mirada, atestada de determinación, contrastaba con el tenue resplandor de la luz que emanaba del exterior. Hinata, al percibir su movilidad, no pudo contener la sorpresa y, con voz temblorosa, pregunto.

—¿Qué estás haciendo, Sakura?

Ella la atisbó con seriedad, midiendo cada palabra como si fueran piedras preciosas en un sendero peligroso.

—Bajaremos en Kōen no Sato.

—¿Qué? ¿Ir al frente?—la confusión se apoderó del rostro de la heredera Hyūga, su ojo dilatado reflejaba el desconcierto propagado en su interior.

Sakura, sin apartar la vista de su compañera, asintió con solemnidad.

—Debes tener una contusión severa en la cabeza para querer ir al frente—secundó la mujer, haciéndose eco en la preocupación de Hinata.

—Estoy bien—masculló—. Se que es peligroso, pero también existe la posibilidad de que encontremos a alguien de la Insurgencia en ese lugar.

Hinata retrocedió como si la repentina decisión de Sakura fuera un vendaval que la golpeaba.

—¿Insurgencia? Pero… ¿Por qué querrías ir al frente? Es un campo de batalla, Sakura—protestó.

La aludida cerró los ojos. Recordaba a la perfección haberle dicho lo mismo a Shisui cuando comenzó a trazar la ruta de escape.

¿Estás loco?—le preguntó con un deje de indignación.

Aquella no era la primera vez que alguien lo llamaba así y tampoco sería la última. Aun así, la contempló por un breve segundo y regresó la mirada al mapa.

Kōen no Sato fue tomado por las fuerzas de Kakashi meses atrás. La Insurgencia gobierna y mantiene el orden en ese lugar—respondió.

Con las manos temblorosas y la garganta seca, se atrevió a levantar la vista.

—Es el lugar donde la Resistencia es más fuerte. Si queremos encontrar aliados, es allí donde debemos ir.

La expresión de Hinata transmutó del temor a la incredulidad.

—¿No te das cuenta que estas poniendo en peligro tu vida, nuestras vidas? No puedes ir al frente, no en tu estado.

Hinata buscó sus ojos en busca de una señal de vacilación, de duda. Pero lo que encontró fue una decisión inquebrantable, un fuego ardiente que resistía incluso en medio de las sombras de la incertidumbre.

—Sakura, por favor, reconsideralo. No sabemos qué nos espera allí—imploró, su voz teñida de angustia.

Sakura frunció el ceño.

—Estaremos más seguras en Sunagakure—insistió.

Antes de que pudiera formular una respuesta, el tren se detuvo de manera abrupta, sacudiendo a sus ocupantes en un despliegue de confusión y desorden. Con destreza, Sakura consiguió sostenerse, sus ojos buscaban en la oscuridad alguna señal de lo que sucedía.

Las demás chicas, despertaron con un sobresalto: miraron a su alrededor, asustadas a la par que se alzaban los murmullos de confusión y llenaban el estrecho espacio del vagón. Sakura levantó una mano en esto de calma, pidiendo que guardaran silencio.

Voces indistintas flotaban en el aire, acarreadas por la brisa nocturna. Aterradas, todas se encontraban expectantes, sus miradas ansiosas buscaban respuestas en la oscuridad que las rodeaba.

Al cabo de unos minutos que se sintieron como una eternidad, la pesada puerta del vagón se entreabrió de golpe, dejando filtrar un haz de luz tenue al interior. Un joven apareció ante ellas con expresión firme pero tranquila.

—Todas deben bajar—su voz resonó en la quietud cargada de tensión.

Una de ellas se atrevió a preguntar:

—¿Por qué?—su voz, a duras penas audible.

—Hay un retén de soldados adelante. Lo mejor será que todas desciendan y sigan por su cuenta.

Los murmullos de inquietud se apoderaron del vagón mientras todas procesaban la información. El peligro acechaba más allá de las puertas cerradas, la realidad se revelaba ante ellas cruda y amenazadora.

Una a una y con cierta inseguridad, las jóvenes se apearon del tren. El aire fresco de la noche acarició su rostro y envió escalofríos por todo su cuerpo. El kimono que portaban no estaba hecho para afrontar las inclemencias del clima invernal.

—¿Adonde se supone que iremos?—lo increpó la mujer que parecía formar parte del staff de la granja. Portaba un uniforme idéntico al de Suzume—. ¿Tu comandante tiene un lugar seguro para nosotras?

Sakura supo que al decir "tu comandante" se estaba refiriendo a Sasuke. Después de todo, él había planeado el escape. No sería digno de su parte simplemente dejarlas a la deriva.

—Sí—respondió el muchacho—. Hay una granja, la fachada es de color amarilla, ubicada a unos veinte kilómetros al oeste, yendo por el camino principal Es una alameda. Permanezcan ocultas en el bosque. Una colcha puesta en el tendedero significa que es seguro acercarse.

La mujer frunció el ceño con ahincó.

—No podemos quedarnos en el bosque.

El joven contuvo las ganas de poner los ojos en blanco.

—No puedo enviar el mensaje ahora mismo. Si no las esperan, les llenaran la cara de perdigones.

Aquello complicaba la coyuntura aún más. ¿Qué se suponía que debían hacer en las próximas horas? ¿Ocultarse entre los matorrales como animales?

Como si se tratara de un rebaño, el joven se encargó de dirigirlas a las orillas del bosque, lejos de las vías del tren. Hacia un frio intenso, y el aire se les clavaba como cuchillo a través de su deplorable vestimenta.

Cuando el chico se dispuso a encabezar la columna, Sakura lo tomó del brazo, obligándolo a frenar el paso y permanecer en su sitio.

—¿Qué tan lejos queda Kōen no Sato?—quiso saber.

El chico tensó los labios y la observó, tal vez intentaba descifrar si estaba bromeando pero, al darse cuenta que ella hablaba en serio, se aclaró la garganta con un carraspeo y dijo:

—Treinta kilómetros al norte.

Ella asintió, su mente ya calculaba la distancia y la posibilidad de llegar al enclave insurgente.

—Sakura, no puedes estar hablando en serio—le dijo Hinata en voz baja, apresurada.

Sin apartar la mirada del chico, hizo caso omiso a las palabras desesperadas de su compañera.

—¿Tienes algún arma?—preguntó directamente.

El joven rebuscó entre los pliegues de su chaqueta y extrajo un sable desgastado.

—Es lo único que tengo—espetó, colocándolo entre sus manos—. Ten cuidado. Ese lugar está plagado de shinobis. La última información que tuve es que la batalla continua.

Sakura observó el arma, sintiendo el peso entre sus manos.

—Koen no Sato es uno de los últimos vestigios de la Insurgencia. Si consigo llegar allí, probablemente pueda establecer contacto con alguna de las bases.

Desesperada, Hinata volvió a plantarse frente a ella.

—No sabemos lo que nos espera allí. Podemos buscar otro camino, encontrar un refugio más seguro, ir con las demás—murmuró Hinata. Le rozó el hombro tentativamente, intentando detenerla, pero no ayudó.

—No hay tiempo para buscar alternativas, Hinata. Esta es nuestra mejor oportunidad para regresar con los nuestros—espetó.

La discusión pronto se vio interrumpida por el rumor de voces indistintas a la lejanía. El joven dejó escapar una maldición apenas audible.

—Vamos, no se queden ahí paradas—urgió, levantando unas ramas para darles paso al refugio que conformaba la vegetación del bosque.

Antes de adentrarse en la penumbra, Sakura detuvo a la mujer que las había acompañado durante todo el trayecto.

—¿Estarán bien?—le preguntó con una preocupación evidente.

La mujer asintió.

—Me asegurare de que nada malo les pase. Puedes confiar en que estarán a salvo.

Agradeció con un gesto de cabeza y observó como las demás chicas se adentraban en el refugio improvisado. La penumbra engulló sus figuras. Hinata, a su lado, permanecía de pie, indecisa, sopesando internamente si debía acompañar a Sakura o quedarse con el resto del grupo.

El chico, al notar la duda en el rostro de Hinata, intervino con una indicación clara:

—El Norte queda cruzando las vías del tren. Vayan en esa dirección—apuntó.

—Gracias—susurró Sakura.

—Maldita sea, Sakura—maldijo Hinata en voz baja.

Había tomado una decisión.

Sakura a duras penas consiguió ofrecerle una sonrisa resignada.

Y sin más, ambas caminaron hacia los vagones del tren, aprovechando las sombras proyectadas por las enormes estructuras metálicas para ocultarse de los Uchiha.

—¿Por qué querríamos ir al frente de una guerra?—preguntó.

Sakura dejo escapar un suspiro.

—Koen no Sato sigue siendo Koen no Sato. No se están dando por vencidos.

Ambas se colocaron en cuclillas, esperando el momento perfecto para cruzar las vías y adentrarse al otro costado del bosque.

El ceño de Hinata se hundió.

—La gente muere en las guerras—le recordó.

Sakura tragó grueso. Alejarse del grupo e ir en contra de los planes de Sasuke tal vez era una mala idea, sin embargo, debía hacer todo lo que estaba en sus manos para seguir luchando.

—Hinata—la llamó; la voz severa. Se volvió hacia ella para vislumbrar su rostro desfigurado por la preocupación y el miedo—. No voy a permitir que nada malo nos pase, ¿está bien?

Aquella aseveración era arriesgada. Una promesa que difícilmente podría mantener.

—E-está bien—asintió Hinata.


Su respiración era laboriosa, pesada, entrecortada. Con la urgencia como su única guía, se detuvo junto a un tronco, intentando recuperar el aliento que la apresurada huida le había arrebatado. La afonía del bosque se rompía únicamente por sus jadeos.

Un dolor atroz, como una tormenta que se desataba en su costado derecho, se apoderó de él de repente. La sensación punzante le robó el aliento. Con los dientes apretados, llevó instintivamente una mano a la zona afectada. La textura de la sangre bajo sus dedos lo hizo consciente de la gravedad de la herida.

Cerró los ojos con fuerza, sintiendo como el dolor se extendía por su cuerpo. El aire fresco de la noche se mezclaba con el aroma metálico de la sangre, creando un paisaje sensorial que exacerbaba su situación.

Intento respirar: una, dos, tres veces. Notó el nudo estrujándole la garganta, tan estrecho que incluso tragar saliva, parecía una tarea sumamente complicada.

Desconocía cuanta sangre había perdido, pero por su visión nublosa y el cansancio que comenzaba a apoderarse de él, podía deducir que era una cantidad significativa.

Presionó una mano contra la herida y continuo corriendo. La línea de la mansión se cernía sobre él. Estaría a salvo una vez que pudiera ingresar a su casa. Continuó corriendo entre los matorrales. Solo cien metros…cincuenta…treinta.

La imponente estructura parecía distorsionarse entre la penumbra del bosque y el dolor que le nublaba la visión. Una vez más, volvió a apretar sus dientes. Aunó todas las fuerzas que le restaban y forzó a sus piernas a moverse a pesar del suplicio instalado entre sus costillas.

Cada paso era un desafío, cada inhalación suponía una lucha contra el dolor que se intensificaba con cada movimiento. La casa, ahora más cerca, se alzaba como un testigo silente de su sufrimiento.

La sangre marcaba su camino, una estela carmesí que derramaba furiosamente. El cansancio pesaba sobre él como una losa, su cuerpo agotado, magullado. A pesar de la agudeza del dolor, logró cruzar el jardín. El intento por mantener la conciencia se volvía más arduo con cada minuto que pasaba.

Haciendo uso de sus últimas reservas de energía, alcanzó la ventana de su habitación. El simple acto de levantar las piernas para ingresar se sintió como una hazaña monumental. Su visión se había tornado borrosa, y el mareo amenazaba con arrebatarle el control de sus sentidos.

Finalmente, logró deslizarse por la venta y se dejó caer de rodillas en el suelo. Su habitación, normalmente un refugio, se tornó en un espacio inhóspito en el que su propia vulnerabilidad se manifestaba de manera implacable.

Al borde del colapso, apoyó la espalda contra la pared. Cerró los ojos un momento, buscando en la oscuridad de sus párpados una pausa de aquella pesadilla. La cabeza le daba vueltas, como si estuviera a punto de sumergirse en las profundidades de un sueño febril.

Los latidos de su corazón resonaban como un eco distante. Respiraba con dificultad, el aire parecía escaso para alimentar sus pulmones agotados.

La pared fría marcaba un contraste contra su piel caliente. Un suspiro escapó de sus labios, cargado de agotamiento y suplicio. La habitación giraba a su alrededor, la realidad y la inconsciencia danzaban en un límite frágil, irrisorio.

¿Con qué de esa forma moriría?, se preguntó. Se sentía como si tuviera la cabeza llena de algodón húmedo. Mantuvo los ojos cerrados, como si al hacerlo pudiese postergar el encuentro inevitable con la oscuridad. La debilidad lo envolvía como una sombra, y la lucha por mantenerse despierto era una batalla interna que amenazaba con consumirlo.

Al cabo de unos minutos, cuando volvió a abrir los ojos, la penumbra de la habitación no era la única presencia en el cuarto. Frente a él, una preocupada Suzume lo observaba; sus ojos cafés reflejaban el horror y la consternación.

Sasuke dio un sobresalto, asustado por la presencia inesperada. La expresión de terror de Suzume no pasó desapercibida ante sus ojos cansados.

—Estás herido—dijo con obviedad, clavando la mirada en la fuente de su malestar.

—No es nada, solo un rasguño—dijo con desgana, intentando restarle importancia a su estado.

Suzume negó con la cabeza, desechando la respuesta superficial.

—Un rasguño no causaría este desastre—dijo señalando el reguero en el suelo y su uniforme empapado.

Al bajar la mirada, se percató de la gravedad de la situación. El líquido escarlata había impregnado su ropa y, si eso no fuese suficiente, había un rastro ominoso en las losas de madera.

—Debo echar un vistazo—se apresuró a decir la mujer mientras se colocaba de cuclillas frente a él.

Sin embargo, Sasuke no estaba dispuesto a inmiscuirla en eso. Tan pronto como las noticias llegaran a oídos de su padre, la búsqueda de los culpables comenzaría. Suzume ya había hecho bastante por él y no iba a involucrarla en esa cacería de brujas.

—No es necesario, puedo ocuparme de esto—murmuró, reticente a mostrar debilidad.

—La herida podría haber afectado algún órgano, probablemente el pulmón—espetó, no estaba dispuesta a aceptar su negativa—. No puede hacerlo solo. Permítame ayudarlo.

Los dos se contemplaron durante un largo segundo. Sabía que no podía acudir al hospital para reclamar atención médica. Alguien se daría cuenta de la situación y no dudarían en interrogarlo. Así que esa idea estaba completamente descartada.

Con resignación, desgarró su saco y desabrochó la camisa, revelando su abdomen marcado por la herida. Suzume analizó con zozobra. El corte era más feo de lo que imaginaba y, probablemente, también más profundo. Contuvo las ganas de preguntar qué había ocurrido y Sasuke agradeció su silencio, puesto que él tampoco tenía idea de cómo había sucedido.

Tras unos cuantos segundos de deliberación, la mujer acumuló un poco de chakra en la palma de su mano y se acercó con cautela.

—No hay daño interno aparente—anunció después de una breve evaluación—, pero ha perdido mucha sangre. Necesito detener la hemorragia.

Sasuke, con una calma que contrastaba con la urgencia de la situación, colocó una mano sobre la de ella.

—Solo sutura la herida—pidió con voz firme.

Suzume, aterrada, apretó los labios y frunció el ceño. La luz, poco a poco comenzó a extinguirse. Al darse cuenta de la vacilación, Sasuke expresó:

—He visto el sello que llevas en el brazo—dijo, su mirada penetrante encontrándose con la de su fiel aliada—. Estaré bien—le aseguró.

No era la primera vez que lo herían de esa forma, pero si era la primera ocasión en la que debía afrontar aquello en silencio.

Suzume trago grueso. Con dificultad, anuncio que iría a buscar un botiquín y, con una mirada ansiosa hacia la puerta, se apresuró a dejar la habitación. La puerta se cerró tras de ella, dejándolo solo con sus pensamientos y el eco del dolor que lo acompañaba.

Sin esperar a la ayuda que vendría, se puso de pie. La alcoba se balanceo a su alrededor, pero no era consciente del caos que estaba causando. El tiempo parecía ralentizarse mientras aguardaba, el pulso de la urgencia marcaba cada segundo que pasaba.

Agotado hasta la médula, se encaminó hacia el cuarto de baño, sintiendo el peso de su propio cuerpo maltratado. Al llegar, encendió la luz, revelando el estado lamentable de su figura en el espejo empañado.

Lejos de detenerse, giró sobre sus talones y abrió la regadera, permitiendo que el agua cayera con un sonido reconfortante. Sin importarle que aun llevara la mitad de la indumentaria puesta, se metió a la ducha, permitiendo que el agua, inicialmente tibia, arrastrara consigo la mezcla de sangre y suciedad.

La presión del líquido presionaba contra sus músculos doloridos. Cerró los ojos un momento, permitiendo que aquella sensación revitalizante lo envolviera.

El líquido carmín y la tierra se fundían en espirales en el azulejo. Con la frente apoyada en la pared, inhaló una vez, dos, tres veces. Tragó grueso, el sabor metálico de la lucha aun presente en su boca. Restregó una mano contra su rostro, como si pudiera borrar las huellas de su acto terrorista con un simple gesto. Sin embargo, la cicatriz interna era palpable, la sombra de las decisiones tomadas y las que quedaban pendientes.

En el remanso de la regadera, sus pensamientos se dirigieron inevitablemente hacia Sakura. Una punzada de remordimiento atravesó su pecho al recordar su ausencia. La imagen de la kunoichi, apeada en el tren era, posiblemente, lo último que conservaría de ella. Una sensación de vacío se apodero de él, obligándolo a preguntarse si, tal vez, debió haber escapado junto con ella.

Al cabo de unos minutos, el cuarto de baño, impregnado de vapor y la pesadez del arrepentimiento, se transformó en un refugio temporal donde las heridas físicas se mezclaban con las emocionales, y la decisión de quedarse o escapar reverberaba en cada rincón oscuro de su ser.

El sonido de la puerta abriéndose hizo que se volviera, instintivamente, hacia la entrada del baño. Suzume ingresó con premura. Tan rápido como sus manos se lo permitieron, colocó el botiquín sobre el lavamanos y cerró ambas llaves de la regadera.

En silencio, lo ayudó a despojarse de la parte superior del uniforme. Sin toda la sangre podía analizar el daño del tejido. Las manos de la mujer temblaban ligeramente, pero su determinación no flaqueó. Esterilizó todo meticulosamente, bajo la mirada ausente del Uchiha.

—Va a necesitar morder esto—dijo ella, ofreciéndole una toalla enrollada. Preparó las herramientas necesarias para suturar la herida.

El silencio se instaló en el pequeño espacio del baño, interrumpido de vez en cuando por el sonido del agua goteando y la respiración contenida del comandante.

Sasuke hizo una mueca cuando la punta de la aguja se incrustó en su piel.

—¿Valió la pena?—la escuchó preguntar, dubitativa.

Con todo el asunto de la huida, Sasuke no había analizado la situación con detenimiento. La mayor parte del consejo de su padre había muerto y, con la destrucción del proyecto más ambicioso de su padre, se desataría una crisis política dentro de la aldea. El Régimen comenzaba a mostrar atisbos de descomposición, solo era cuestión de tiempo para que acabara de derrumbarse.

—S-si.—Apretó los dientes. Su voz sonó amortiguada por la toalla.

Un latigazo de dolor le recordó sus problemas.

—Más le vale—murmuró.

Pese a que lo curaba con tanta delicadeza como era posible, hasta el más ligero roce hacía que Sasuke tuviera que contenerse para no gritar. Se sentía pequeño, débil e impotente, como un niño que sollozara en la oscuridad.

Suzume terminó de suturar la herida, asegurándose de vendarla cuidadosamente. Con delicadeza, ayudó a Sasuke a ponerse de pie y lo asistió a desvestirse. En un acto de compasión desmedida, lo guio hasta la cama. De su yukata extrajo un pequeño bote con pastillas.

—Abra la boca y trague—ordenó, ofreciéndole la diminuta píldora.

—No me hace falta…—Sasuke trato de incorporarse—. Además, ni siquiera sé qué es.

—Si le hace falta. No es hora de ponerse quisquilloso—replicó Suzume con firmeza—.Esto lo ayudara a reponer la sangre perdida.

Sasuke tomó la pastilla sin más objeción y la tragó, recostándose nuevamente en la cama. El silencio llenó la habitación mientras la medicina hacia su efecto.

En el remanso de la quietud, decidió romper el silencio.

—Cada maldito segundo—murmuró, su voz sonaba ronca y cansada.

—¿Qué?—preguntó la mujer sin entender muy bien a que se refería.

Sasuke esbozó una sonrisa cansada y agrego:

—Valió la pena cada maldito segundo.

Suzume dejo escapar un suspiro resignado, sintiendo el peso de las palabras de un hombre herido.

Antes de que pudiera decir algo más, Sasuke, sumido en el agotamiento acumulado se dejó llevar por un profundo sueño.

Durante un tiempo soñó que Sakura estaba con él, que lo curaba con manos suaves al mismo tiempo que desperdigaba besos por sus mejillas, sus ojos, sus labios y su cuello.

El despertar definitivo no fue tan dulce. La estancia estaba completamente iluminaba, y bajo las mantas, el dolor había regresado: era una punzada entre las costillas, que se convertía en un cuchillo al rojo al menor movimiento. Lo descubrió por las malas cuando trato de reincorporarse en el lecho. Ahogó un grito y dio otro puñetazo.

Los acontecimientos de la noche anterior se sentían como el producto de un largo y profundo sueño. Al echar un vistazo a su alrededor, se dio cuenta de que no quedaban rastro del caos y la sangre. Una sensación de irrealidad se apoderó de él mientras absorbía la tranquilidad aparente.

Al bajar la mirada, descubrió que llevaba una gasa cuidadosamente situada sobre la herida. Con delicadeza y dificultad, logró tomar asiento a borde de la cama. La habitación, ahora ordenada y serena, lucia como un escenario distinto al campo de batalla que había sido apenas unas horas antes.

Aunando todas las fuerzas que le eran posibles, se levantó; sus movimientos revelaban la tensión que aun residía en su cuerpo. Dirigió su andar hacia el cuarto de baño. La luz del nuevo amanecer se filtraba suavemente a través de las corinas, iluminando el espacio de manera acogedora.

Al mirarse en el espejo, encontró su propia imagen reflejada. El vendaje por todo su torso le recordaba la vulnerabilidad de su humanidad, incluso siendo un ninja consumado. Tras un segundo o dos, dejó de lado la contemplación y se concentró en las tareas prácticas. Se lavó el rostro, sintiendo como el agua fresca eliminaba las huellas de la fatiga. El dolor en su costado persistía, pero ahora era un recordatorio tangible de la batalla superada, un logro personal.

Mientras observaba su propio reflejo, pálido y cansado, experimento una extraña amalgama de satisfacción y pesar. La guerra dejaba cicatrices, tanto en el cuerpo como en el alma, y él no era inmune a sus efectos.

Regresó a la habitación y, con una mano sosteniendo su cabeza, se dejó caer en la cama. El dolor palpitante en su costado se mezclaba con el latido persistente de su cerebro, creando una sinfonía de molestias que nublaba su capacidad de pensar con claridad. Dentro de poco, el peso de la responsabilidad y las repercusiones de su acto heroico se cernirían sobre él como aves de carroña

Absorto en el suplicio, se obligó a ponerse de pie. La necesidad de retomar el control de la situación lo impulso a vestirse con su uniforme, cada movimiento lento exacerbando la incomodidad en su cuerpo mal trecho. Aunque el proceso era tortuoso, logró ajustarse la ropa. Ya buscaría una excusa para explicar las ojeras bajo sus ojos y la tonalidad cetrina de su piel.

Con paso tambaleante, abandonó la habitación y se desplazó hacia la cocina. El olor a café y el suave murmullo de la mañana creaban un ambiente que contrastaba con el viacrucis interno del comandante.

Con temor palpable, tragó grueso mientras ingresaba al sitio donde sabía que encontraría a Suzume. Al ingresar, un enorme alivio la invadió al verla de pie cerca de la estufa, demasiado absorta en la preparación del desayuno para reparar en su presencia. Sasuke cerró los ojos por un momento, dejando que el aire llenara sus pulmones por completo.

—Veo que despertó—dijo, volviéndose hacia él con una expresión serena—. ¿Le gustaría tomar su desayuno?—preguntó, su tonto tranquilo emitía una sensación de normalidad que contrastaba con la noche tumultuosa que la había obligado a experimentar.

—No estoy realmente hambriento—respondió con sinceridad, la garganta aun tensa.

—Debería comer algo. Le ayudara—insistió con suavidad.

La miró ir y venir por el lugar, vertiendo arroz, caldo y verduras en diferentes cuencos.

—Respecto a lo que sucedió anoche…—comenzó a decir.

Suzume, sin dar espacio a la incomodidad, intervino con compasión:

—Ya me hice cargo de ello. No tiene que mencionarlo.

Sasuke se mostró impresionado. La simplicidad de su réplica dejaba en claro que ella estaba dispuesta a dejar atrás la noche de caos y seguir adelante.

—Gracias—murmuró.

Ella simplemente asintió en respuesta.


Llegaron a las orillas de la aldea al amanecer. El camino a Kōen no Sato se extendía desolado, como una lengua oscura que devoraba la esperanza con cada paso. La evidencia de la presencia de los Uchiha marcaba la tierra de manera inconfundible. La hierba, una vez verde y lozana, yacía pisoteada y marchita a causa del peso de las botas de los guerreros. Fogatas apagadas, sus llamas extintas como almas condenadas, dejaban tras de sí un rastro de desolación. Los parches rectangulares visibles en la tierra señalaban el sitio exacto donde se alzaron tiendas de campañas, ahora desvanecidas como sueños olvidados al despertar.

Sakura, envuelta en una sombra de incertidumbre, avanzaba con cautela. El ambiente estaba atestado de una tensión palpable, como si el mismo viento retuviera suspiros ante la inminente oscuridad. Las siluetas retorcidas de los árboles desprovistos de hojas se erguían como espectros silentes, testigos mudos de las tragedias desplegadas bajo sus ramas.

Por el camino atravesaron el bosque miserable lleno de troncos arrancados y con la tierra revuelta. De vez en cuando se vislumbraban enormes cráteres.

Aguzando sus sentidos, tenía la sensación de que los árboles la miraban, como si sus ramas fueran dedos esqueléticos apuntando hacia el camino que se desvanecía en la distancia. El cielo, una manta de plomo, amenazaba con desgarrarse en tormenta en cualquier momento.

La idea de una emboscada latía en su corazón, una sombra acechante que se deslizaba por su columna vertebral. A medida que se acercaban a la ciudad, se dio cuenta que no tenía sentido; los Uchiha no tenían idea de que ellas iban, y no habrían tendido una trampa tan elaborada para dos kunoichis.

No obstante, lo que la inquietaba era la tranquilidad que dominaba la tierra yerma y helada. Habría preferido una emboscada. El silencio era peor. Si Koen no Sato todavía estaba bajo asedio, los Uchiha estarían en guardia, preparados para las escaramuzas. Habrían apostado soldados para asegurarse que ningún refuerzo llegara a la resistencia interior.

Si es que había una resistencia.

Era como si solamente hubiesen empacado y, un día cualquiera, tomaron la decisión de marcharse. Ni siquiera se habían molestado en dejar atrás algún punto de control. Lo que significaba que a los Uchiha no les importaba quienes entraran a la aldea.

Cualquier cosa que yaciera oculta detrás de las murallas no valía la pena protegerlo.

Mientras avanzaban, el paisaje desolado reveló su cara más macabra. Un grito escapó de los labios de Hinata en un estallido de terror.

Sakura, con la urgencia de la supervivencia, reaccionó instintivamente. Su mano se cerró sobre la boca de Hinata, ahogando el grito en un susurró ahogado. Entre las sombras, la guió hacia los arbustos circundantes, asegurándose de que su presencia no resonara en la quietud del aire.

Cuando dirigió la mirada hacia el punto que contemplaba Hinata, se percató que los cadáveres colgaban de las ramas de los árboles. Un soldado desnudo había quedado suspendido entre dos ramas. Todavía llevaba el hitae ate, pero ninguna prenda cubría su cuerpo. En realidad ahí arriba solo había una mitad, un tronco al que le faltaban las piernas.

—¿Cómo es eso posible?—preguntó Hinata al borde del llanto.

—Lo desenfundo una explosión—gruñó Sakura—. Ya lo he visto otras veces. Cuando caes en una mina, sales disparado del uniforme. Debe ser la presión del aire.

Allí abajo solo quedaban colgajos de uniforme. Más allá había una masa sanguinolenta pegada al suelo que antes era un miembro humano. Había un cuerpo tendido en el suelo que conservaba únicamente un retal de calzoncillos en una pierna y el cuello de la guerrera. Por lo demás, iba desnudo; el uniforme colgaba de un árbol. Le faltaban dos brazos, como si se los hubieran destornillado. Uno de ellos se hallaba a unos veinte metros, entre las matas.

A pesar del grotesco paisaje que las rodeaba, la urgencia de la situación la obligo a enfocarse en la realidad que enfrentaban.

—Debemos ser cuidadosas—murmuró—. No sabemos quién puede estar acechando allá afuera—señaló directamente el camino.

Hinata asintió.

Con un gesto resignado, Sakura se apartó de ella. Podía notar como el cansancio se apoderaba de su cuerpo, un peso invisible anidado en cada musculo fatigado. Habían deambulado por el bosque toda la noche. La última comida que ingirió fue la tarde anterior, por lo tanto no le resultaba extraño sentir calambres ante la falta de azúcar.

Con la conciencia de que continuar sin un breve respiro podría resultar contraproducente, decidió que era el momento de reposar. Hinata, sensible a la fatiga de su compañera se alejó unos pasos y tomo asiento en el suelo: su ojo aun reflejaba la inquietud y el miedo que dejaba tras de sí la macabra visión en el bosque. Desde su posición, ambas kunoichis tenían una vista parcial de la ciudad, una imagen fragmentada de lo que alguna vez fue un refugio seguro.

Con la vista fija al frente, Hinata se atrevió a romper el silencio:

—¿Tienes idea de donde estamos?

Sakura negó con la cabeza.

—No lo sé. No llevo un mapa conmigo—la falta de certeza en su tono revelaba la incertidumbre que se extendía más allá de su ubicación física.

—¿Crees que nos hemos alejado lo suficiente de la granja?—indagó.

La granja de magdalenas, con sus horrores y sus sombras, era un espectro que aun rondaba en la mente de ambas mujeres.

—Espero que sí—suspiró.

El frio del invierno se insinuaba con sus garras gélidas, envolviéndolas mientras yacían en el suelo. Abrazando sus piernas, buscaban algún consuelo, intentando retener el calor en medio de la cruda estación.

Hinata, con la mirada perdida en el cielo gris, dejó escapar un suspiro cargado de desdén.

—Odio este lugar—murmuró, como si las palabras pudieran disipar la opresión en el aire.

—Yo también—dijo Sakura. La heladez del suelo se filtraba atreves de la tela del kimono. Las batallas no solo se libraban en los campos de guerra, sino también en los rincones más pérfidos de su propia existencia.

—Estaremos bien—dijo al cabo de un momento, tratando de sonar convencida, como si pudiera conjurar una realidad más amable mediante la repetición de esas simples frases.

Hinata, sin embargo, no compartía esa visión.

—¿Cómo esto está bien?—preguntó alzando la voz.

Sakura, con una calma que ocultaba sus propias dudas, respondió:

—Vamos a encontrar a los miembros de la Insurgencia. Ellos nos ayudaran, y todo va a estar bien.

Se había dicho eso a sí misma mientras transitaban por el bosque, intentando convencerse que su suerte sería diferente una vez arribaran a la aldea.

—Siempre dices eso, pero no lo sabes. ¿Tienes algún brillante plan secreto?—insistió la Hyūga, insatisfecha con la respuesta genérica.

—Bueno, yo…—titubeó.

—No tienes idea a donde vamos, ni siquiera sabes si vamos a estar bien—rebatió.

Sakura sostuvo su mirada y, sin pensarlo demasiado, frunció el ceño.

—¡Estoy intentando mantenernos con vida!—exclamó.

Sintiéndose vulnerable, Hinata desvió la mirada hacia el suelo. Haciendo oídos sordos a las advertencias de Sakura, se puso de pie.

—Antes de que llegaras a la granja, todo era diferente,—comenzó a decir Hinata, su voz estaba cargada de resentimiento—. ¿Por qué no escapaste tu sola? ¿Acaso pensaste que todas queríamos lo mismo?

—¿Te refieres a ser violadas hasta engendrar un hijo?—pregunto con paciencia pero también con un atisbo de frustración.

—¿Escapar para que? ¿Para enfrentarnos a qué? Al menos allí estábamos seguras.

Sakura guardó silencio. El peso de la acusación se incrustaba en su pecho como la hoja afilada de un kunai. Notó como sus ojos comenzaban a escocer a causa de las lágrimas, al mismo tiempo que a su mente acudían las imágenes de los cadáveres de Shisui y Tamaki, dos personas que habían muerto por su culpa.

—Habrías hecho lo mismo—escupió, secando el rastro húmedo con el dorso de la mano.

Ofendida, Hinata la contemplo.

—No sabes lo que hubiera hecho.

Incrédula e incapaz de mantener esa conversación, ella se puso de pie.

—Bien—dijo, terminante.

Ofuscada, comenzó a caminar hacia el frente. Necesitaba alejarse.

—¡Tal vez hubiera hecho algo mejor!—la escuchó gritar a su espalda—. Algo más inteligente.

—¿Cómo qué?—se giró hacia ella—. ¿Cómo qué, Hinata?—gruñó—. Algo estúpido y peligroso, y luego hubiera tenido que salvarte otra vez.

—¡Esto es estúpido y peligroso!—rebatió—. ¡Nos encontramos en medio de la nada, rodeadas de cadáveres!

Sakura tragó grueso. Sabía que nada de lo que estaban diciendo era en serio. El cansancio se apoderaba de ellas y, en su experiencia, el ser humano tendía a comportarse de manera cruel una vez su cuerpo era expuesto, vulnerado.

Cualquier intento por escapar se vio frustrado cuando Hinata dijo:

—Es por eso que Shisui Uchiha está muerto.

Ella frenó en seco. La imagen de su cuerpo inerte sobre un charco de sangre y el cráneo destrozado.

Apenas podía ver a través de sus lágrimas. Le dolía respirar, sentía como si le aplastaran su caja torácica, como si la desesperación le presionara contra el pecho, aplastándola tanto que apenas podía respirar.

Frustrada, volvió a tallarse los ojos, esta vez con más fuerza. Desando el camino recorrido y se plantó ante Hinata, quien la miraba, expectante.

—Debí haberte dejado atrás hace mucho tiempo—dijo entre dientes.

La furia se proyectó en su rostro. El torbellino de emociones turbulentas sirvieron como su motor para dirigirse hacia la aldea. El crujir de las ramas bajo sus pies resonó en la quietud de la mañana.

Pese a la discusión que ambas habían mantenido, Hinata la seguía desde una distancia prudencial.

Les tomó cerca de una hora llegar a las puertas de la ciudad. Cuando finalmente se dispuso a ingresar, un espantoso hedor las asaltó como una bofetada. Sakura reconoció ese olor, lo había percibido en los campos de batalla y también en la Unidad 121. Ahora sabía qué esperar. Había sido ingenuo de su parte y una tontería aguardar por algo diferente.

—Sakura—la llamó Hinata tan pronto como se situó a lado de ella.

Ninguna de las dos tenía la voluntad necesaria para avanzar un paso más.


Koen no Sato era una ciudad de cadáveres.

El hedor de la carne humana putrefacta lo inundó todo.

Los cuerpos yacían como piezas de un macabro rompecabezas, dispuestos con meticulosidad, como si los Uchiha hubieran querido dejar un mensaje sobrio a los próximos visitantes de la ciudad. La destrucción, en su terrorífica precisión, posea una simetría sádica. Los cuerpos se alineaban en filas ordenadas y uniformes, formando pirámides decrecientes de diez, luego de nueve, luego de ocho. Había cuerpos apilados contra las paredes, dispuestos al otro lado de la calle en líneas inquebrantables. La desgarradora escena se extendía hasta donde alcanzaba la vista.

Todo a su alrededor se había transformado en una fosa común hediente y repleta con los cuerpos de quienes los precedieron, era ya demasiado tarde para escapar.

La quietud reinaba en las calles, un silencio sepulcral que solo era interrumpido por el susurro del viento entre los escombros, el zumbido incesante de las moscas revoloteando sobre la desolación y el espectral graznido de aves carroñeras que planeaban sobre el funesto festín de carne putrefacta.

A Sakura se le humedecieron los ojos ante la devastadora escena que se desplegaba frente a ella. El hedor, denso y abrumador, impregnaba el aire, llevándose consigo el ultimo vestigio de inocencia que pudiera quedar en aquel lugar. Las lágrimas amenazaban con caer, pero las contuvo, enfrentando con cierta pesadez la crudeza del panorama.

Hinata, con sollozos que resonaban como lamentos se acercó a ella. Con manos temblorosas, la tomo de la mano, buscando desesperadamente apoyo y consuelo. Lejos de rechazarla, Sakura entrelazó sus dedos con los de ella y juntas avanzaron por el infierno creado por la guerra, cada paso marcado por la inhumanidad que se extendía a su alrededor.

La obra de los Uchiha se volvía más grotesca y sádica a medida que ambas se adentraban en las profundidades de la ciudad. Cerca de la plaza central, la visión del horror alcanzó su punto máximo. Los cadáveres yacían expuestos en estados de increíble profanación, colocados en posiciones tan grotescas que desafiaban la imaginación.

Había algunas víctimas clavadas a tablas, como pérfidas marionetas de una macabra representación teatral. Otros cuerpos colgaban de los ganchos, suspendidos por la lengua, creando una escena que perturbaba la razón y el alma. La brutalidad alcanzó su cúspide con cadáveres desmembrados de todas las formas posibles: sin cabeza, sin extremidades, con mutilaciones que debieron practicarse cuando la víctima aún estaba viva. Había dedos, ojos y lenguas arrancados y apilados en pequeñas pilas que conformaban una exhibición de barbarie.

Aquello no se asemejaba ni por asomo a lo que había vislumbrado en el campo de batalla. Había cabezas apiladas en montones ordenados, aun no tan podridas como para convertirse en cráneos, pero ya despojadas de la humanidad que alguna vez albergaron. Todavía conservaban suficiente carne y tejido para formar aciagas expresiones, probablemente las mismas que hicieron antes de morir decapitados.

Quizás, impulsados por un intento inicia de purificación, o por una curiosidad sádica, los Uchiha habían intentado incinerar varias pilas de cadáveres. Sin embargo, habían abandonado la tarea antes de completarla. Tal vez no quisieron desperdiciar el petróleo o el hedor se tornó tan insoportable incluso para ellos. Los cadáveres, medio carbonizados, conformaban un cuadro de figuras deformadas. El pelo convertido en ceniza, las capas superiores de la piel volviéndose un negro arrugado, pero lo más aterrador era que algo identificablemente como humano yacía bajo el polvo, como un recordatorio oscuro de la humanidad perdida.

Fuera de lo que parecía ser una academia ninja, encontraron esqueletos cortos de un blanco inmaculado. Sus cuerpos habían sido limpiados para que los huesos brillaran a la luz del sol. Luego de examinarlos, Sakura llegó a la conclusión de que se trataban de niños, los cuales se habían convertido en alimento para los perros rabiosos y hambrientos.

Sakura se encontraba perpleja ante la devastación de sus enemigos. No podía comprender cómo habían encontrado tantas formas diferentes de infligir sufrimiento. Por cada esquina que doblaban, revelaban otro ejemplo en la cadena de horrores, un salvajismo bárbaro igualado por la inventiva que lo acompañaba.

La visión de una familia aun abrazada dejó a Sakura sin aliento. El amor y la conexión reducidos a una pérfida escultura de sufrimiento. Y, como si no hubiera límites para la crueldad, bebes yacían en el fondo de cubetas de madera, su piel había adquirido un tono carmesí, flotando en el agua en la que habían sido sumergidos y muertos por ebullición.

En las horas que habían pasado, los únicos seres vivo que encontraron fueron perros, engorados de forma antinatural, alimentándose de los cadáveres. Perros y buitres, los carroñeros que merodeaban entre los despojos. Era una escena de pesadilla, donde la vida se desvanecía y la muerte se imponía como un maestro siniestro, enseñando lecciones de horror.

Su cuerpo tembló ante la furia que crecía en su interior. Tragó saliva y cerró los ojos, buscando contener la tormenta de emociones que amenazaba con desbordarse. Una máscara de distanciamiento se extendió por su rostro con una curiosa ondulación, como si una fachada de indiferencia hubiera formado un sello sobre la superficie de su faz, conteniendo cualquier vulnerabilidad interna.

Juntas continuaron avanzando, y fue cerca de la puerta sur donde encontraron pruebas de una última batalla desesperada. Los vencedores estaban claros, y la brutalidad con la que los cadáveres de la Insurgencia habían sido tratados no difería de la suerte de los civiles.

Sus ojos verdes avizoraron la bandera rota de la Insurgencia tirada en el suelo, un símbolo desgarrado, quemado y manchado de sangre La mano del abanderado estaba desprendida por la muñeca, mientras el resto de su cuerpo yacía a varios metros de distancia, con los ojos en blanco y sin vida.

De rodillas en el suelo, Sakura tomó la bandera. Todo sonido parecía dispersarse, el mundo se tornó silencioso mientras la impresión del horror se apoderaba de ella. Ni siquiera escuchó la voz de Hinata. Algo había cambiado para siempre en ese momento. La realidad se tornaba más cruda, más sombría.

Nada volvería a ser igual. Ninguna de las dos volvería a ser la misma tras atestiguar las atrocidades de la batalla.


Sasuke atisbó todo a su alrededor con ojos que habían visto demasiado violencia en poco tiempo. El lugar era un caos. L aldea, por la que alguna vez había transitado con tranquilidad, estaba sumida en un verdadero desastre. Tras la explosión de la Granja de Magdalenas, Obito se había encargado de realizar una purga. Mientras iba de camino hacia el cuartel, vislumbró el cuerpo de una criada colgando de un árbol, una perversa decoración que dejaba claro que la crueldad del comandante no conocía límites.

Los cadáveres de una familia entera yacían dispersos a las afueras de su hogar; sus vidas sesgadas en un instante de violencia desatada. La escena pintaba el retrato dantesco de un infierno en la tierra, donde la desesperación y el terror dejaban huella en cada rincón. Sasuke, con la mirada fija en el horizonte, tragó grueso y avanzó, cada paso reverberaba en el silencio sepulcral que envolvía las calles.

Los soldados patrullaban nerviosamente por los alrededores, vitoreados por gente que apoyaba ciegamente el Régimen de su padre. Algunos, envalentonados por la violencia de las últimas horas, detenían a los hombres con signos inequívocos de su espíritu rebelde, y paraban en la calle a las mujeres que lucían sospechosas, porque se sentían responsables de imponer el orden, la moral y la decencia.

Cuando llegó al cuartel, no le extraño ver un fuerte destacamento de soldados en los portones de la sede de gobierno, vestidos todos con ropa de batalla y armamentos de guerra. Apretando los dientes, se adentró en el edificio, preparado para enfrentar a cualquier persona que se le plantara en frente.

El vestíbulo estaba impregnado de una angustia palpable. La atmósfera, antes tranquila, estaba atiborrada de urgencia y preocupación. Todos los shinobis que se encargaban de hacer funcionar el engranaje de las divisiones, estaban reunidos con expresiones serias que reflejaban la gravedad de la situación.

Tan pronto como se acercó a la recepción, su asistente salió a su encuentro, preocupada.

—Comandante—lo saludó con formalidad—. El General está aguardando por usted. Ha convocado una reunión de urgencia—anunció.

Sasuke frunció el ceño.

Se apresuró a caminar por los pasillos vacíos hasta alcanzar la habitación donde habitualmente su padre se congregaba con sus hombres de confianza.

Sintió como todos los músculos de la espalda se le tensaban como nudos. El fiel asistente de su padre lo vio llegar e hizo una reverencia. No intercambiaron palabras, pero él sabía a lo que había venido, así que lo condujo ceremoniosamente hacia el final de un largo pasillo. El hombre señaló la puerta custodiada por dos hombres. Ambos le miraron de reojo, pero no dijeron nada. Dejó que sus piernas se movieran por si solas y abrió la puerta.

La sala de reuniones lo recibió con un olor a limpio. Había una mesa larga, hecha del más hermoso roble. A su alrededor había diez sillas, nueve de ellas apuntando a la majestuosa cabecera de la mesa, casi todas vacías.

Aquellos lugares habían sido ocupados por los comandantes y generales que habían muerto en la explosión. Al fondo de la sala, distinguió la figura imponente de su padre; su rostro serio reflejaba la gravedad de la situación.

No muy lejos de donde se encontraba, Obito yacía de pie, portando el elegante uniforme y una expresión pletórica decorando su asquerosa faz. El simple hecho de verlo le hizo hervir la sangre.

—Lo que están haciendo es excesivo—reclamó.

Obito se encogió de hombros y soltó todo el aire contenido en sus pulmones.

—Tan solo estamos siendo precavidos—respondió sin desvelar un ápice de arrepentimiento. Era bien sabido entre las fuerzas de los Uchiha, que Obito disfrutaba de tales desplantes de crueldad.

Molesto, Sasuke frunció el ceño con ahincó.

—Kaito, su esposa, sus hijos…—empezó a enlistar—. Ninguno de ellos tenía nada que ver con la Insurgencia—espetó.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?—preguntó Obito con Parsimonia, arqueando una ceja.

Sin amilanarse, apartó la mirada de su superior y dejo que toda la furia recayera sobre su padre.

—Estas actuando como un tirano.

Fugaku bordeó la mesa, sin detenerse a mirar a ninguno de los dos. Si la acusación había hecho mella en su interior, no lo mostró. En su lugar, se situó detrás de la silla dispuesta exclusivamente para él y habló:

—Quince… quince comandantes de alto rango muertos. Quince de mis mejores hombres, consumidos por las llamas—dijo con serenidad, tan calmado que haría desesperar hasta el monje más paciente—. ¿No te parece excesivo?—preguntó.

Sasuke tragó grueso.

Fugaku giró sobre sus talones, dándole la espalda a ambos.

—Cualquiera que sea el responsable, este es un golpe fatal para nuestras fuerzas. Si la Insurgencia lo sabe, no dudara en atacar. Somos vulnerables.

«Qué lo hagan», pensó Sasuke con orgullo. Aquella depravación debía finalizar.

—Hay manera de solucionarlo, pero matar a civiles no es una opción—protestó.

La mirada penetrante del General buscó respuestas en el rostro impasible de Sasuke.

—¿Y cuál es la alternativa?—preguntó con desdén—. Quiero escucharlo—su tono de voz revelaba su creciente enfado.

Él, sin embargo, permaneció en silencio. Fugaku, visiblemente furioso, cerró los ojos un instante de frustración contenida. Un suspiro escapó de sus labios, y en un rápido cambio de tono, golpeó la mesa con fuerza. El estruendo retumbó en la sala, una manifestación física de la ira que lo consumía.

—¡Quiero la cabeza del responsable!—exclamó. Su rostro estaba rojo por la furia.

Obito, al otro lado de la sala, asintió.

—Yo me encargare de traérsela, General—dijo, dispuesto a ejecutar la orden. Sus ojos se encontraron con los de Sasuke, y él, aparentemente listo para retirarse, se vio obligado a permanecer en el lugar un momento más.

—No te di la orden de marcharte, Sasuke—declaró con una autoridad que cortó el flujo del aire.

Obito, con una sonrisa media, abandonó la sala, dejando a Sasuke a solas con su padre.

Él permaneció de pie, expectante. Su postura era perfecta y ensayada. Fugaku pasó una mano por su cabello, tratando de recobrar la calma.

—En los siguientes días se llevaran a cabo los funerales de los comandantes—anunció—. Esta claro que, debido a todo lo sucedido habrá que hacer un cambio de planes.—Sasuke intentó ocultar el miedo que lo atenazó al instante—.En ese periodo, espero que des con los responsables. Por un momento imagine que habíamos terminado con esas ratas, pero Shisui e Itachi solo era una pequeña fracción del cuadro.

Cuando Fugaku se giró a verlo, Sasuke fue capaz de ver la desolación en su rostro. Lo miró como si estuviese a punto de decir algo, pero al final, simplemente calló.

Ahora, en la espera de su final, Sasuke podía ver qué detrás de esa fachada reacia imponente, había un hombre cansado, un hombre que había luchado hasta el hartazgo y que, cegado por la codicia, estaba perdiendo el rumbo.

—Hare lo mejor que pueda—respondió, acatando la orden.

—Hay algo más que quiero pedirte—continuó.

—¿De qué se trata?

—Es sobre tu hermano.

Una oleada de pánico lo sacudió. ¿Había sucedido algo malo con Itachi? ¿Se trataba acerca de su juicio? Sasuke lo miró desafiante, pero guardo silencio.

—Necesito que vayas a verlo y lo traigas de regreso—espetó. De la mesa tomó un pergamino y caminó en su dirección. Cuando estuvieron frente a frente, colocó el objeto en su mano—. Es su absolución. Los crímenes de tu hermano han sido perdonados.

Sasuke lo miró con los ojos bien abiertos, demasiado sorprendido por su decisión. Sintió un peso en el pecho, temía lo que vendría ahora, pero su padre continuo, con su voz plana y carente de emoción, como si estuviera recitando una lección de historia.

—Precisamos de toda la ayuda que podamos. Itachi es uno de los mejores shinobis que poseemos. No voy a permitir que se pudra en una celda mientras nuestros enemigos contemplan nuestra caída.

Continuara


N/A: No tengo palabras para describir todo lo que despertó en mi a la hora de escribir este capítulo. Me gustaría asegurarles que las cosas terminan en este punto, pero no. La crueldad de la guerra proseguirá durante el resto de la historia. Lamento haber sido tan explicita con ciertas escenas, pero esto estaba planeado desde el comienzo.

Gran parte de los acontecimientos de este apartado están inspirados en la Matanza de Nankín. Tome como referencia algunos artículos periodísticos y documentales, así como libros y otras fuentes para hacerlo tan real como fuese posible.

Creo que a partir de este punto, la historia se torna más compleja y funesta. Les advierto que si están esperando un final feliz, se encuentran en el lugar equivocado.

No voy a desvelar más puntos, dejare que el fic hable por sí mismo y hare comentarios sobre la marcha.

Sin nada más que agregar, agradezco profundamente todo el apoyo y la paciencia. Espero que sigan conmigo a pesar de la turbulencia. Siempre estoy atenta de sus interacciones y no sé cómo compensar el tiempo que se toman para leer esta historia, añadir a sus favoritos, dar follow o dejar un bonito review.

Les mando un fuerte abrazo donde quiera que se encuentren.

¡Nos leemos hasta la próxima! ¡Bye, bye!