Harry Potter pertenece a J.K. Rowling.

Solo nos pertenecen los OC.

La Pirata de los Cielos

Capítulo 73: Al Ministerio de Magia.

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La historia del vuelo hacia la libertad de Fred y George se contó tantas veces en los días siguientes que unos sonrientes Alex y Céline, entendieron que pronto se convertiría en una de las leyendas de Hogwarts. Al cabo de una semana, los que lo habían presenciado estaban casi convencidos de que habían visto a los gemelos lanzar bombas fétidas desde sus escobas a la profesora Umbridge antes de salir disparados hacia los jardines. Inmediatamente después de su partida, muchos alumnos se plantearon seguir los pasos de los gemelos Weasley. Céline oyó a varios hacer comentarios como: «Te aseguro que hay días en que me montaría en mi escoba y me largaría de aquí» o «Una clase más como ésta y creo que me marco un Weasley».

El Ministro estaba nervioso a causa de la deserción de dos alumnos y recibir comentarios como estos, gracias a la siempre confiable Dolores, solo aumentaba su nerviosismo. Saber que más alumnos podrían desertar y que los padres incluso, se podrían presentar fuera de las puertas de su oficina, para exigir explicaciones, fue lo que lo llevó, a negarle a dolores, su deseo de formar el Escuadrón Inquisitorial y ordenar que buscaran en su habitación personal en Hogwarts y en su oficina, para confiscarle todas sus Plumas de Sangre, además de revocarle ciertos derechos y derogar varios de los artículos, que el mismísimo Ministro de Magia, había estado aprobando.

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Inspirados por el ejemplo de los gemelos Weasley, un gran número de estudiantes aspiraban a ocupar el cargo vacante de alborotador en jefe. Pese a la nueva puerta del despacho de la profesora Umbridge, alguien consiguió deslizar en la estancia un Escarbato de hocico peludo que no tardó en destrozar el lugar en su búsqueda de objetos relucientes, saltó sobre la profesora cuando ésta entró en la habitación e intentó roer los anillos que llevaba en los regordetes dedos. Además, por los pasillos se tiraban tantas bombas fétidas que los alumnos adoptaron la nueva moda de hacerse encantamientos casco-burbuja antes de salir de las aulas, porque así podían respirar aire no contaminado, aunque eso les diera un aspecto muy peculiar: parecía que llevaban la cabeza metida en una pecera.

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Filch rondaba por los pasillos con un látigo en la mano, ansioso por atrapar granujas, pero el problema era que había tantos que el conserje no sabía a dónde mirar. La Brigada Inquisitorial hacía todo lo posible por ayudarlo, pero a sus miembros les ocurrían cosas extrañas sin parar. Warrington, del equipo de Quidditch de Slytherin, se presentó en la enfermería con una afección de la piel tan espantosa que parecía que lo habían recubierto de una mascarilla de maíz molido; Pansy Parkinson, para gran alegría de Hermione, se perdió todas las clases del día siguiente porque le habían salido cuernos; Draco había llamado a su padre a causa de un hechizo inofensivo pero mortificante, en el cual su cabello estaba envuelto en llamas que cambiaban de colores y ni siquiera Snape, podía quitarle su ahora permanente maquillaje ultra femenino; Crabbe y Goyle fueron hechizados, para tener que caminar a menos de dos centímetros uno del otro y tropezaban a cada segundo; Millicent Bulstrode fue maldecida para sentir hambre a todas horas, así que se la veía comiendo en todo momento, cuando Umbridge y Snape tratando de usar una contramaldición, encontraron que alguien la había marcado con tinta y un pincel, Runas de Hambre en su espalda; Warrington despertaba en el baño, en momentos aleatorios y extraños.

Tracy, Céline y Daphne, caminaban con sonrisas deslumbrantes y cuando Alex y Hermione preguntaron, el porqué de sus sonrisas, admitieron que ellas habían lanzado encantamientos permanentes a las cabezas de todos los Hijos de Mortífagos, quienes salieron con sus pulcros sombreros.

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Entre tanto, se hizo patente la cantidad de Surtidos Saltaclases que Fred y George habían conseguido vender antes de marcharse de Hogwarts. En cuanto la profesora Umbridge entraba en el aula, los alumnos que había allí reunidos se desmayaban, vomitaban, tenían fiebre altísima o empezaban a sangrar por ambos orificios nasales. La profesora, que chillaba de rabia y frustración, intentó detectar el origen de aquellos síntomas, pero los alumnos, testarudos, insistían en que padecían «Umbridgitis severa». Tras castigar a cuatro clases sucesivas y no conseguir desvelar su secreto, la profesora no tuvo más remedio que abandonar y dejar que los alumnos, entre desmayos, sudores, vómitos y hemorragias, salieran a montones de la clase.

Pero ni siquiera los consumidores de Surtidos Saltaclases podían competir con el gran maestro del descalabro, Peeves, quien parecía haberse tomado muy en serio las palabras de despedida de Fred. Volaba por el colegio riendo desenfrenadamente, tumbaba mesas, atravesaba pizarras, volcaba estatuas y jarrones… En dos ocasiones encerró a la Señora Norris en una armadura, de donde fue rescatada, mientras maullaba como una histérica, por el enfurecido conserje.

Peeves rompía faroles y apagaba velas, hacía malabarismos con antorchas encendidas sobre las cabezas de los alarmados estudiantes, lograba que ordenados montones de hojas de pergamino cayeran en las chimeneas o salieran volando por las ventanas; inundó el segundo piso al arrancar todos los grifos de los lavabos, tiró una bolsa de tarántulas en medio del Gran Comedor a la hora del desayuno y, cuando le apetecía descansar un poco, pasaba horas flotando detrás de la profesora Umbridge y haciendo fuertes pedorretas cada vez que ella abría la boca para decir algo.

Ningún miembro del profesorado parecía dispuesto a ayudar a su Suprema Inquisidora. Es más, una semana después de la partida de Fred y George, Céline y Alex, vieron que la profesora McGonagall pasaba junto a Peeves, que estaba muy entretenido aflojando una lámpara de araña, y habría jurado que oyó que le decía al Poltergeist sin apenas mover los labios: «Se desenrosca hacia el otro lado.»

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En la clase de Encantamientos, todos tenían sus propios problemas, para lograr que a sus respectivas tazas de té, les crecieran piernas.

A la de Alex le salieron cuatro patas muy cortas que no llegaban a la mesa y que se retorcían en vano en el aire.

A la de Ron le salieron cuatro patas delgadísimas que mantuvieron la taza apoyada en la mesa con mucha dificultad, temblaron unos segundos y entonces se doblaron, con lo que la taza cayó y se partió por la mitad.

Hermione estuvo a punto de hacerlo, pero volvió su mirada, hacía Céline y Daphne, quienes usaron el hechizo e inmediatamente, a sus tazas, les salieron piernas. Ya fueran piernas musculosas y patas de pato o hacer que la taza diera saltos con patas de rana. Esto, causó la risa de ambas rubias; causando que Granger las mirara con una ira extrema.

Se concentró y usó el hechizo agarró su taza cuando ésta salió correteando alegremente por la mesa con sus cuatro robustas patitas de estilo chino y la colocó de nuevo en su sitio.

— (...) Montague no debió intentar descontarle todos esos puntos a Gryffindor, ¿no te parece? —dijo Ron —Si tanto te apetece preocuparte por alguien, preocúpate por mí.

— ¿Por ti? —Preguntó Hermione, curiosa — ¿Por qué voy a preocuparme por ti?

—Porque cuando la próxima carta de mi madre supere todos los controles de la profesora Umbridge, voy a pasarlo muy mal. No me sorprendería nada que me hubiera enviado otro vociferador.

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A la tarde siguiente, Alex y Hermione, salían del bosque prohibido.

—Tranquilízate —le aconsejó Alex. Hagrid les estaba pidiendo esto, únicamente porque sabía que tarde o temprano, tendría que irse de Hogwarts y no podría seguir cuidando de él.

— ¿Qué me tranquilice? —se extrañó ella, sofocada—. ¡Un gigante! ¡Un gigante en el bosque! ¡Y pretende que nosotros le enseñemos nuestro idioma! ¡Suponiendo, claro, que podamos burlar a una manada de centauros asesinos al entrar y al salir! ¡No… puedo… creerlo!

— ¡Todavía no tenemos que hacer nada! —afirmó Alex en voz baja para aplacarla mientras se mezclaban con una marea de alumnos de Hufflepuff que iban charlando hacia el castillo—. No nos ha pedido que hagamos nada a menos que lo echen, y cabe la posibilidad de que eso no llegue a ocurrir.

— ¡Alex, por favor! —chilló Hermione, furiosa, y se paró en seco; los alumnos que iban detrás de ella tuvieron que esquivarla para pasar—. Claro que lo van a echar, y si quieres que te diga la verdad, después de lo que acabamos de ver no podemos culpar a la profesora Umbridge.

Alex se quedó en silencio, pero admitió que su amiga tenía razón. Suspiró y miró los cielos, mientras pensaba en qué hacer.

Para Alex, su hermana era una antiheroina, era una chica dispuesta a todo. Una sonrisa apareció en sus labios, cuando pensó en decirle sobre el hermano menor de Hagrid, quien era muchísimo más gigante, que Hagrid, que podría pasar por un humano muy alto y quien SÍ era inteligente.

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Esa misma noche, las cosas cambiarían para la Inglaterra Mágica y todo comenzaría, con el trío de Oro, saliendo de su Sala Común, para no despertar a los demás.

Pero era como si los planetas se alinearan.

— (...) Porque son verdad, Hermione. Ryddle ha atrapado a Sirius, ¡yo lo he visto! Y no lo sabe nadie más, y eso significa que somos los únicos que podemos salvarlo, y si tú no quieres hacerlo, me parece muy bien, pero yo voy a ir, ¿entendido? Y si no recuerdo mal, no pusiste objeciones a mi obsesión por salvar a la gente cuando eras tú a la que tenía que salvar de los Dementores, ni… —se volvió hacia Ron —cuando mi hermana tuvo que salvar a la tuya del basilisco…

—¡Yo nunca me he quejado! —saltó Ron acaloradamente.

—Pero si tú mismo lo has dicho, Alex —insistió Hermione con vehemencia—, Dumbledore quería que aprendieras a cerrar tu mente a esas cosas; si hubieras practicado Oclumancia como es debido nunca habrías visto est…

— ¡SI PIENSAS QUE VOY A HACER, COMO QUE NO HE VISTO NADA…!

— ¡Sirius te dijo que lo más importante era que aprendieras a cerrar tu mente!

— ¡PUES MIRA, SEGURO QUE OPINARÍA OTRA COSA SI SUPIERA LO QUE ACABO DE…!

—Están fuera de la cama. Pero no creo que sea, para una cita triple. —Céline, en su calidad de Prefecta, los veía confundida, junto a Daphne.

Alex avanzó hacía ella a grandes zancadas y con un rostro de horror, tomándola bruscamente, por los hombros. — ¡Céline, hemos visto a Voldemort torturando a Sirius en la Sala de Profecías, del Ministerio de Magia!

—Déjame comprobarlo. —pidió ella, sacando un espejo de entre sus ropas y tocando la superficie de metal —Sirius Black.

El espejo se empañó y pasaron los segundos, sin una respuesta, pero finalmente Apareció un Sirius muy adormilado. — ¿Qué ocurre, Céline?

— ¡¿Estás bien?! —Preguntó Alex frenéticamente, agarrando del hombro bruscamente a su hermana, mientras miraba por encima a un Sirius intacto, sano... adormilado y confundido, por la llamada a tan altas horas de la noche.

—Ryddle le ha enviado a Alex, una visión por Legeremancia, en la cual aparecías, siendo torturado en...

—La Sala de las Profecías —dijo Alex más calmado.

Los ojos de Sirius se abrieron como platos. "Colgó" la llamada y contestó minutos después. —Arthur no contesta. Llamaré a los demás.

— ¿Lo ves? —dijo Hermione, tomándole el brazo a Alex, con un gesto tranquilizador. —Él está bien.

Alex avanzó lejos de ella. —Iré por los Mortífagos —Todos lo miraron, Hermione y Ron, lo siguieron dentro de la Sala Común, pronto, Ron salía con una Nimbus 2001 y Alex con una Saeta de Fuego, Céline suspiró y lo siguió. Pronto, Alex era seguido por su hermana, sus cuñadas y sus dos mejores amigos.

—Si quieres, podemos intentar llamar al grupo —dijo otra voz, era un Neville con una mirada valiente, siguiéndolos —Luna Lovegood —bajaron hasta las puertas del colegio y Luna llegó, bastante seria y sujetando su varita mágica.

Fueron hacía el Bosque Prohibido, siguiéndola y usaron los Thestrals, con los cuales Luna podía comunicarse.

Viajaron desde el Bosque Prohibido, hasta el Callejón Diagon, en donde los gemelos Weasley, estaban incrédulos al verlos, pero Céline cortó sus preguntas, diciendo que le harían varias bromas a Umbridge y que ella, solo era la mensajera. Que vino, porque Umbridge no estaba ese día en el colegio, sino con el Ministro. Le entregaron lo que pidió y ella les pagó generosamente, antes de retirarse y seguir hacía el Ministerio.

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Céline, Daphne y Tracy, saltaron grácilmente de sus monturas.

En ese instante, Hermione y Ginny aterrizaron a ambos lados de Ron: bajaron de sus monturas con algo más de gracia que Ron y Alex, aunque con expresiones de alivio similares por tocar al fin suelo firme; Neville bajó de un salto temblando de pies a cabeza, y Luna desmontó suavemente. — ¿Y ahora qué hacemos? —le preguntó ésta a Alex con interés, como si todo aquello fuera una divertida excursión.

—Por aquí —indicó Neville, y después guió rápidamente a sus compañeros hasta la desvencijada cabina telefónica y abrió la puerta—. ¡Vamos! —los apremió al ver que los demás vacilaban. —¡El que esté más cerca del teléfono, que marque seis, dos, cuatro, cuatro, dos! —ordenó. El que estaba más cerca era Ron, así que levantó un brazo y lo inclinó con un gesto forzado para llegar hasta el disco del teléfono. Cuando el disco recuperó la posición inicial, una fría voz femenina resonó dentro de la cabina.

«Bienvenidos al Ministerio de Magia. Por favor, diga su nombre y el motivo de su visita.»

—Alex Potter, Ron Weasley, Hermione Granger —dijo Alex muy deprisa—, Céline Volkova, Daphne Greengrass, Tracy Davis, Neville Longbottom, Luna Lovegood… Hemos venido a salvar a una persona.

El suelo de la cabina telefónica se estremeció y la acera empezó a ascender detrás de las ventanas de cristal; los Thestrals, que seguían hurgando en el contenedor, se perdieron de vista; la cabina quedó completamente a oscuras y, con un chirrido sordo, empezó a hundirse en las profundidades del Ministerio de Magia. «El Ministerio de Magia les desea buenas noches» La puerta de la cabina telefónica se abrió y Céline salió a trompicones de ella, seguido de Neville y Luna. Lo único que se oía en el Atrio era el constante susurro del agua de la fuente dorada, donde los chorros que salían de las varitas del mago y de la bruja, del extremo de la flecha del centauro, de la punta del sombrero del duende y de las orejas del elfo doméstico seguían cayendo en el estanque que rodeaba las estatuas.

Pasaron junto a la fuente y se dirigieron hacia la mesa donde se sentaba el mago de seguridad que el día de la vista disciplinaria había pesado la varita de Alex; sin embargo, en aquel momento la mesa se hallaba vacía.

Alex estaba seguro de que allí debía haber alguien encargado de la seguridad, e interpretó su ausencia como un mal presagio, con lo que su aprensión aumentó mientras cruzaban las verjas doradas que conducían al vestíbulo de los ascensores. Alex pulsó el botón y un ascensor apareció tintineando ante ellos casi de inmediato. La reja dorada se abrió produciendo un fuerte ruido metálico, y los chicos entraron precipitadamente en el ascensor.

Céline pulsó el botón con el número nueve; la reja volvió a cerrarse con estrépito y el ascensor empezó a descender, traqueteando y tintineando de nuevo.

Los chicos salieron al pasillo, donde sólo vieron moverse las antorchas más cercanas, cuyas llamas vacilaban agitadas por la corriente de aire provocada por el ascensor. — "¡Vamos!" —volvió a susurrar el heredero Potter, y guió a sus compañeros por el pasillo; Luna iba pegada a él y miraba alrededor con la boca entreabierta—. Bueno, escuchen —dijo Alex, y se detuvo otra vez a dos metros de la puerta—. Quizá… quizá dos de nosotros deberían quedarse aquí para… para vigilar y…

— ¿Y cómo vamos a avisarte si viene alguien? —le preguntó Ginny alzando las cejas—. Podrías estar a kilómetros de aquí.

—Sé cuál es la puerta. —dijo Céline, usando su varita y lanzando una esfera pequeña de fuego, que quedó encima de una puerta.

— ¿Como? —Preguntó Hermione, curiosa por la magia de (quien ella consideraba que era) su rival de estudios.

—Ojo de Dragón, ¿recuerdas? Puedo ver la magia que hay, detrás de la puerta y son muchísimas magias y todas ellas, similares entre sí. —Y sacó una pistola, mientras marchaba y todos la siguieron —Doce Mortífagos nos esperan y lo sé, gracias a que veo su magia y la magia que proviene de Ryddle, gracias a la Marca Tenebrosa, en sus brazos.

Comenzaron a caminar, hasta la habitación que Céline les dijo. Al atravesar la puerta, vieron cientos de estanterías con esferas de cristal, que brillaban en un tono azulado y ambos hermanos, asintieron. Era aquí. Alex y Ron, lanzaron uno de los inventos Weasley: Polvo de Oscuridad y en cuanto se formó la nube oscura, Céline, Hermione y Daphne, la multiplicaron mágicamente, antes de enviarla con un hechizo de viento, esparciendo el polvo de oscuridad, por toda la habitación.

Ya estando impedidos de la vista, Neville y Luna, enviaron otro invento Weasley: Detonadores Señuelo, al activarlos y soltarlos, les salieron patas y echaron acorrer, antes de explotar.

— ¡¿Qué ha sido eso?! —Preguntó Malfoy.

— ¡¿QUÉ ES ESTA MIERDA?! —Gruñó otro Mortífago, cuando el polvo comenzaba a cubrirlos.

— "Oppugno" —susurraron Tracy y Neville al mismo tiempo.

Todas las Profecías esféricas, volaron contra los Mortífagos, escucharon cristales chocando contra huesos, cristales quebrándose contra metal o contra piel, los Mortífagos gritaron de dolor.

¡Orquesta de Balas: Bala Cazadora! —Céline disparó absolutamente todas las balas que tenía a la mano. Todavía tenía más...

Pero en su habitación en la Sala Común de Slytherin.

Pronto, se escuchaban los gritos de los Mortífagos y el sonido de sus cadáveres, al caer muertos.

Céline desapareció debajo de la Capa de Invisibilidad.

Podía tener ese nombre, pero la Capa lograba mucho más, que solo volverla invisible. La hacía indetectable, la hacía imposible de escuchar, incluso si gritara o si marchara.

Era el poder de ESA Reliquia de la Muerte.

— ¡Maldita sea...! —Malfoy abrió los ojos con horror, cuando las hermanas Carrow se encendieron en llamas y murieron, incluso antes de que alguien pudiera hacer algo.

—Aaah. Los niños quieren jugar... —pero Bellatrix se quedó en silencio, cuando sangre fresca le bañó la mitad del rostro y se giró para ver. — ¡¿RODOLPHUS?! —gritaron su esposa y su hermano, al ver el cadáver decapitado.

¡VENTUS! —Rugió Malfoy. El polvo se alejó de ellos y sus ojos se abrieron, cuando descubrieron, que de los doce Mortífagos, solo había nueve. ¡Maldita sea!

—Se supone que Dumbledore, no.… él nunca... —La Capa le otorgó a Céline, manos invisibles. Manos que rodearon el cuello y la mandíbula de Macnair y con un movimiento veloz, le rompió el cuello.

— ¡Alex, tienen que irse de inmediato! —Gritó una voz, que se sorprendió al ver a los jóvenes allí.

Una voz que Bellatrix reconoció como su primo Sirius, incluso después de tantos años.

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74: Orden del Fénix vs Mortífagos.