H bday patete.

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Sus ojos azules se posaron en el pastel de chocolate que se asomaba detrás de la vitrina, con su cubierta oscura e imperfecta, que parecía fresca, como si el líquido de cacao hubiese sido recientemente vertido sobre el panque negruzco con nueces. Las fresas que engalanaban como rosas sobre la cubierta, le daban un toque aún más llamativo y tentador.

Hyoga experimentó bajó la lengua el cúmulo de saliva involuntario, que le hacía saber que era demasiado tarde como para no ser seducido por el pastel. Movió frenéticamente la cabeza y trató de despegar la vista, pero el líquido dentro de la cavidad no se lo permitió, pues el deseo por él, era demasiado fuerte para resistirse.

—¿Qué pasa?— preguntó su acompañante dándole alcance. El rubio se dio media vuelta, formó una sonrisa y respondió:

—Nada—. El otro observó la vitrina.

—No me habías dicho que te gustara el pastel de chocolate—. Dijo, pero Hyoga se rio.

—Nunca me preguntaste…— bromeó, alzando los hombros. Y aunque era un comentario con la intención de molestar, Ikki reconoció que era cierto, que esa conversación no había ocurrido todavía.

—Te compraré…— comenzó a decir para remediar su error.

—Y tampoco dije que me gustara—. Tajó el rubio amablemente.

Volvió a dar media vuelta y con las manos en los bolsillos emprendió la marcha lejos de ahí. Ikki arqueó una ceja, miró el aparador, al ruso, el cristal y por último al muchacho que continuaba su camino sin voltear hacia otro escaparate.

Realmente creyó en su respuesta, pero aun así… parecía que había alguna otra cosa sospechosa en él.

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De regreso a casa, el fénix continuaba pensando en la escena de aquella tarde. Hyoga y él no habían vuelto a tocar el tema, y aunque el peli azul sentía cierta curiosidad, tenía que aceptar el hecho de que no resultaba tan misterioso que existieran personas en el mundo a las cuales no les gustara ese tipo de postres. Él mismo odiaba esa crema hecha con huevo y colorante artificial, sin embargo, no le hacía el feo a un trozo de pastel de queso o de chocolate.

—Gracias por la caminata—. Agradeció el ruso, sonriéndole en su manera cariñosa. Ikki asintió y le devolvió el gesto. Sacó la mano del bolsillo del pantalón y asió la de su amante que se movía al ritmo de sus pasos. Se detuvieron en la puerta, uno frente al otro, se acercaron suavemente, unieron sus frentes con la misma sonrisa cálida y después sellaron su amor con un tibio beso, suave, pero que contenía todo el elixir de aquel sentimiento que los mantenía juntos.

Al separarse y dejar un suspiro en sus labios, el fénix se apresuró a abrir la puerta, colocando la mano en la espalda del rubio. Este entró primero jalándole por los dedos, y en cuanto cruzó el umbral, un montón de serpentina, confeti y globos le cayeron encima como una lluvia frenética y multicolor.

Su primera reacción fue cubrirse la cabeza, y antes de que levantara la vista, ya tenía los brazos del santo de Andrómeda rodeando su cuerpo.

—¡Feliz cumpleaños!— Exclamó. Hyoga sonrió y volteó la mirada hacia el fénix, que, aunque tenía los brazos cruzados, apoyado en la pared, sonreía suavemente.

—Muchas gracias—. Respondió correspondiendo al gesto de su amigo, y comprendiendo que Ikki había sido su cómplice para darle aquella sorpresa. Shiryu, Seiya, Tatsumi y Saori también se acercaron (pero estos dos últimos no lo abrazaron).

—Ahora eres un año más viejo—. Decía Seiya con su sonrisa alegre.

—Y un año más sabido—. Añadió el dragón.

—Y Maduro—. Sonrió Saori.

—Gracias, gracias a todos—. Continuó el cisne, recibiendo algunos modestos obsequios de parte de ellos.

—Habríamos querido comprarte un pastel—, mencionó Shun—, pero no sabíamos cuál sería tu favorito.

—Sí—, concordó el pegaso—, pensamos en traer uno como el Shiryu…

—Ya sabes, con el relleno ese de crema…

—Y las nueces, no olvides las nueces…

—O aquel de fresas con…

—Chicos…— Intervino Hyoga, quien sentía que la lengua se le derretía—. No es necesario. Con lo que han hecho me siento feliz.

—¡Por favor—, exclamó Seiya—, ningún cumpleaños está completo sin un rico pastel!— Shun y Shiryu asintieron.

—Ninguno—. Dijo este último.

—Hay que encender las velas, y luego al apagarlas pedir un deseo—. Comentó Andrómeda para que su amigo comprendiera por qué era tan importante un pastel de cumpleaños.

Hyoga sonrió y meneó la cabeza, porque ya tenía todo, e incluso mucho más de lo que sentía merecer: sus amigos e Ikki eran lo único que necesitaba.

—Lo que pasa es que no le gusta el pastel—. Intervino Ikki, casi dando la pauta que necesitaba para que el rubio declarara una razón que lo dejara tranquilo con todo ese asunto. Shun se acercó curioso, como si acabara de ver un ente fuera de este mundo.

—¿Cómo es que no te gusta?— preguntó muy sorprendido.

—Pues…— Hyoga intentó pensar en algo que decir, pero sus amigos continuaron.

—¿Es eso posible?— Shun levantó sus ojos como buscando la respuesta en el techo.

—¡Suena muy extraño!— exclamó Seiya. Hyoga se rio forzadamente porque no esperaba tener que explicar algo tan tonto como eso.

—Miren—, dijo—, la verdad es que jamás lo he comido, ¿de acuerdo?

—¿¡Qué!?

—Ustedes han festejado sus cumpleaños, y yo los he acompañado, pero nunca he aceptado la rebanada de pastel…

—¡Es cierto!— exclamó el santo de Andrómeda llevándose las manos a la boca como si hubiera descubierto algo inexistente.

—¿Por qué?— preguntó Shiryu. El cisne suspiró.

—Mi maestro era demasiado estricto con nosotros…— explicó, recordando al joven francés con su porte elegante y su semblante estoico, mirándolo con desaprobación—… tenía un régimen alimenticio muy preciso, y los dulces estaban fuera del menú.

—¿Así que Camus te los restringió de por vida?

—¡No, claro que no!— exclamó un poco ansioso— Mi amado maestro solamente me dio la pauta para una dieta saludable, que decidí seguir por mí mismo. Es todo—. Los santos de bronce se miraron entre ellos sin saber qué decir.

—Aun así yo creo que…

—No hace falta, Shun—. Interrumpió el cisne, tomando la primera bolsa con papel celofán que había recibido, y decidiendo abrirla para cambiar el tema— ¡Wow! ¡Unos calentadores nuevos! La próxima vez que vaya a Siberia definitivamente me los llevaré puestos…— En ese momento, mientras él tomaba la atención de todos para disfrazar el tema, el fénix salió sigilosamente por la puerta.

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Al encerrarse en la habitación, soltó un suspiro y se recargó en la puerta para que el cansancio no le hiciera terminar en el suelo. Pasado un momento decidió internarse en la habitación, y dejó las bolsas y cajas sobre el mueble más cercano, para, después, ir a refunfuñar junto a la ventana.

Era increíble que estando a pocas horas de terminarse su cumpleaños, Ikki hubiera decidido irse sin decir ni media palabra. Era normal verle desaparecer y volver como si nada al cabo de algunos días; sin embargo, desde que ambos comenzaron a salir, el fénix parecía haber encontrado un nido del cual no necesitaba huir…

Salvó esa noche en la que se marchó sin decir nada más.

Dio un pisotón al suelo para desquitar un poco el enojo que sentía y fue a sentarse a la cama para aliviar un poco más la molestia.

La verdad, aparte de la caminata y del beso frente a la puerta, Hyoga hubiera esperado alguna otra clase de regalo… algo así como un no sabía qué, que hiciera más énfasis en el tipo de relación que tenían.

Suspiró y recargó todo su peso hacia atrás, terminando finalmente en el colchón con las manos ahora arriba de su frente, contemplando el techo pálido ante sus ojos mientras imaginaba al ingrato pajarraco emigrar en su nada modesta moto hacia algún lugar del sur…

Suspiró con cansancio, cerró los ojos y se durmió sin darse cuenta.

En ese momento entró Ikki. La luz no estaba encendida, así que fue él quien iluminó la habitación con un 'clic'. Hyoga se despertó, y volvió a sentarse en el colchón para intentar reñirle, pero no pudo porque le alegraba estar equivocado y descubrir que el ave no había dejado el nido; además, pelear con él era desperdiciar un tiempo precioso que podía bien apreciar con besos y caricias.

—Hola—. Saludó el ruso mientras sonreía.

—Hola—. Respondió el peliazul cerrando la puerta. El rubio notó que llevaba una cajita blanca con una cinta azul que la cerraba en forma de moño.

—¿A dónde has ido?— le preguntó, disimulando su emoción. Ikki terminó por sentarse a su lado.

—Feliz cumpleaños—. Le felicitó colocando la caja en las piernas del halagado. Hyoga le sonrió y tomó el presente con sus manos.

—Ya sabía que la caminata, la comida y lo que llamaste postre, eran parte de tu regalo. No tenías que comprarme nada—. Mintió, porque sí había esperado algo. El otro movió suavemente la cabeza.

—Todos tus amigos te compraron algo, el novio no iba a quedarse atrás—. Fue vergonzoso aceptarlo, pero tenía que reconocer que eso era Hyoga para él: su novio. A cambio de su valor, había recibido una sonrisa enamorada.

—Gracias— dijo el ruso.

Retiró el listón azul con cuidado, abrió la caja y lo primero que vio le hizo esbozar una sonrisa tan amplia, que el fénix no tardó mucho en corresponder. Al momento, Hyoga pareció darse cuenta de lo que había hecho, porque carraspeó y cambió la expresión.

—ehm… gracias…— Dijo con solemnidad y lo tapó de nuevo, no sabiendo de qué forma regresarlo. Ikki debió adivinar su pensamiento porque se lo quitó de la mano, lo destapó y lo sacó completamente de la caja.

—Me importa un comino lo que te dijera tu adorado maestro. Claramente, vi como lo miraste en el centro comercial—. Hyoga se levantó e hizo como que tenía que mirar algo por la ventana.

—¿Yo?— preguntó con inocencia.

—Tú, pato—. Ikki también se levantó—. Dale la primera mordida, u oblígame a estamparte la cara con él—. El ruso volteó solamente sobre el hombro, y se rio bobamente.

Le gustaba el detalle que el fénix había tenido, pero aún no estaba del todo seguro que pudiera ya no dijera morderlo, sino pasarle de pérdida la lengua.

—He leído que el chocolate es una mascarilla muy efectiva para…— Ikki hizo el brazo para atrás, con la clara intención de disparar un dulce proyectil— ¡ESTÁ BIEN, ESTÁ BIEN…!— Hyoga se cubrió con las manos, y pensó en las fresas, el chocolate que le escurría y el detalle que su novio había tenido solamente para que él pudiese saber lo que era comer un delicioso pastel, en una fecha tan conmemorativa como es el cumpleaños. Vaya, hasta se molestó en ponerle una dedicatoria con crema sobre el pastel: "H bday, patete".

Suspiró y se acercó al postre como si fuese directo a la horca.

—No es tan malo—. Intentó el otro consolarlo—. Seguro que Camus entenderá si lo desobedeces una noche—. El rubio lo miró con una pequeña sonrisa.

—¿Sabes? Isaac no tenía problema en desobedecer y hacer rabiar a Camus (con todo y ese temple de hielo), pero yo no podía verlo molesto conmigo. Era difícil ver a ese hombre decepcionado de mí…— Ikki abrió la boca para decir algo, sin embargo, Hyoga continuó con su explicación—. No es por él, es por mí.

—No te entiendo—. Dijo el japonés. El rubio se rascó la cabeza—. Creo que estás buscando pretextos para escaparte, pero sabes que entre tú y yo, yo soy más terco—. Hyoga se rio, aun cuando su novio tenía fruncido el ceño y realmente parecía dispuesto a cumplir su amenaza; así que decidió explicar lo que sentía para no darle más vueltas al asunto.

—Siempre quise probar uno… pero me daba pena comprarlo por mí mismo. Sentí que era demasiado mayor para hacer algo así, o muy femenino para pedir uno al tomar el té en una cafetería—. Explicó por fin—. Que tú me lo obsequies… me hace muy feliz—. Su cara cambió al pronunciar aquellas palabras, así que lo tomó entre sus manos y lo alzó hasta la punta de su nariz mientras cerraba los ojos, listo para alcanzar su deseo.

Ikki tuvo la tentación de aventarlo encima del pastel para hacer la tradicional broma de cumpleaños, pero creyó que eso únicamente iba a amedrentar a su novio. El ruso, por su parte, aspiró profundo y pudo sentir claramente el olor del cacao, y hacer, como si reviviera en su mente, todo el proceso que requiere, desde cultivarlo hasta volverlo chocolate, y de ahí bañar el esponjoso pan. Lo había investigado incontables veces en libros de cocina e incluso en la biblioteca, con la esperanza de que si algún día lo probara, sabría del mismo modo como en aquel momento que estaba a punto de deleitar sus papilas con él.

Suspiró, sonrió, abrió la boca… y no se atrevió a morderlo, porque lo encontró tan maravilloso, que si lo degustaba y no era de su agrado, no tendría el valor para terminarlo y fingir que realmente le gustaba sin vomitar.

Volvió a repetir la acción con un poco de valor para comerlo, pero… volvió a fracasar en su intento. De pronto, el fénix se lo quitó de las manos, se lo llevó a los labios, lo mordió (en lo que Hyoga vio como algo muy sensual), y enseguida tiró del pecho del cisne para dárselo a probar como las aves alimentan a sus crías.

La primera reacción del ruso fue quedarse hecho de piedra mientras sentía el exquisito sabor del chocolate en su boca, inundar cada una de las papilas gustativas, seduciendo sus sentidos, y embriagando cada palmo dentro de su boca, produciendo una explosión de placer que no había sentido hasta entonces. Ni Ikki o el chocolate necesitaban un complemento para ser perfectos, pero admitió que la fusión de estos amenazaba con volverse una adicción incontrolable.

El rubio se aferró a la cintura ajena mientras cerraba los ojos y reclamaba más de la boca del moreno con besos ansiosos y apasionados. Ikki quiso abrazarlo, también, aferrarse a su agarre para hacer de aquello un encuentro más íntimo; sin embargo, se obligó a recordar que sostenía aún el plato con el pastel recién mordido, así que colocó una mano en la mejilla rusa y la resbaló hasta sus labios para mediar paz al ataque de besos apasionados con que Hyoga pretendía alimentarse.

—Creo que no tengo que preguntar qué te ha parecido—. Formó una sonrisa complacida para luego morder su propio labio inferior—. Te lo has comido sin protestar—. Hyoga rio suavemente, y se pasó la lengua de forma seductora por la boca.

—No lo sé Ikki, solamente estoy probando… Probando, ¿entiendes?— Lo atrajo de nuevo por la cintura—. Tal vez necesito que me des un poco más para decirte si puedes o no comprarme el del año que entra—. El peli azul sonrió con satisfacción.

—Me complace informarte que antes de ese día tenemos tiempo suficiente para probar una inmensa variedad de estos—. Volvió a darle una mordida al pastel sin retirar la vista del rubio—. Y hay muchas formas también de comer cada uno…— Se acercó de nuevo, lo besó, y llevándolo a la cama, se preparó a mostrarle una de la más suculenta de todas.

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FIN

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Este fic fue publicado por primera vez el 29 de enero del 2013, y se lo di como regalo a Laries Cam.

Lo escribí para el evento del club de Hyoga :3 … Y el cumpleaños del patete

Comentarios adicionales: Pues… Un día recordé que mis camus detestan los dulces, siempre son así bien cuidadosos con su alimentación y demás XD… y pues me dije a mí misma… ¿Qué pasaría si Camus le hubiese restringido a Hyoga y a Isaac comer pastel? XD… no es algo natural, pero en SS que es natural? XD

Espero que les gustara, y gracias por leer *