¿Saben que es lo más extraño de tener la capacidad de viajar de un extremo del planeta a otro en cuestión de segundos? Que el concepto de día y noche que tenía hasta ese entonces se volvía confuso. El día en Summers se me había hecho sumamente corto, cuando salimos del museo ya estaba oscuro. No se me hizo raro, pues al jugar videojuegos solía ocurrir el mismo fenómeno. Sin embargo, tras cruzar el portal que conectaba dos puntos del espacio no solo había claridad, sino que el sol se encontraba en su punto más alto.

Intentamos frenar rápidamente antes de estrellarnos como locomotora contra una pared, pero al hacerlo la inercia nos jalaba hacia delante, haciendo que tropezáramos

Paula, Jeff y yo formamos una dolorosa bola humana en el piso, . Nota mental, la próxima ves elegiría un sitio sin pavimento u hormigón.

Desde nuestra posición de Twist vemos a Poo de pie y sin ningún rasguño o torcedura. Había sido el único que había hecho un des aceleramiento perfecto. Creo que eso me pasó por querer impresionar al chico nuevo con nuestra forma de transporte.

«Bien, ¿ahora donde encontramos al profesor Spoon?» preguntó Poo.

Abrí la boca para dar mi respuesta, pero me quedé en silencio al darme cuenta que no tenía una realmente. Después de todo, no había planificado muy bien las cosas.

«¿Por qué no buscamos su nombre en el diario telefónico?» sugirió Jeff.

«Justo en eso estaba pensando» mencioné.

De la que me salvaste, amigo.

Mantengo el oído junto a la bocina de un teléfono público esperando una respuesta. Mientras tanto, reviso el bloc de notas de Jeff para asegurarme que leí bien el número que sacamos de la biblioteca.

Jeff había hecho tantas anotaciones desde la última vez que revisé su bloc que ya no había espacio para escribir nada más. Es por esta razón que el número del profesor Spoon estaba escrito de forma vertical en la orilla de una de las páginas, con los últimos dígitos cada vez más pequeños y curvados para hacerlos caber.

Por un breve instante ajusté mi vista y la distancia entre mis ojos y la libreta para no perderme entre tantas letras, medidas y números mientras me preguntaba si Jeff realmente esperaba poder leer algo de lo que había escrito, Si así se ven sus ideas en su cabeza probablemente sí.

Una voz femenina respondió del otro lado de la bocina: «Oficina del profesor Samuel Spoon».

«Ah, sí, necesito hablar con el profesor Spoon, es sobre el asunto de la tablilla».

«El profesor Spoon está muy ocupado en estos momentos».

«Venimos de parte del profesor Fork».

Ubo un breve silencio. «Un momento por favor».

Me sentía un poco mal por usar el nombre de una persona muerta para conseguir mis objetivos, pero si lo pensaba bien, no estaba buscando un beneficio egoísta, sino más bien se trataba de algo que podía beneficiar a todo el planeta, así que técnicamente está bien, ¿no?

«El profesor Spoon lo verá a la 1:25 en el museo de historia natural».

Click.

Volteo a ver a mis amigos con una sonrisa de oreja a oreja mientras levanto ambos pulgares.

«Bueno, tenemos una hora hasta entonces. ¿Qué quieren hacer?».

«Ponernos a caminar ―dijo Poo―, es mejor llegar temprano que ser impuntuales».

Jeff asiente con la cabeza mientras mira inexpresivo al piso.

Paula suspira. «Creo que será lo mejor, Fourside es una ciudad grande y podemos perdernos con facilidad».

«¿Que? ¡no!» exclamé quizá un poco más alto de lo que habría pensado.

Todo el grupo voltea a verme con ojos bien abiertos.

Esta vez medí el tono de mis palabras antes de continuar hablando. «Quiero decir, yo estaba pensando en divertirnos un rato, además, tenemos a Mousketson, no podemos perdernos».

«¿Qué pasó con tu paranoia?» pregunta Paula.

«¡No era paranoia! Oigan, los alienígenas sabían que estábamos en Summers y por eso derribaron nuestra nave. Sin embargo, no hay nada que les indique que regresamos a Fourside».

Poo tomó la palabra: «Ness, esto no es un juego de niños, hay vidas en peligro y no podemos desperdiciar el tiempo que tenemos en cosas como la diversión.

Paula y Jeff voltearon a mirarse de reojo como si tuvieran algo de qué avergonzarse. Pero no era así. No debíamos sentirnos avergonzados solo porque al chico nuevo algo le parece mal.

«A ver, a ver, creo que se te olvidó que tú maestro me reconoció a mí como el líder, y si quieres ser parte de nuestro equipo, tendrás que aprender a hacer las cosas a nuestro modo».

Poo cerró los ojos y liberó un profundo suspiro. Seguido a esto me contestó: «Como ordenes».

«¿Puedo hacer una sugerencia?» preguntó Paula con uno de sus pómulos ligeramente levantado y mientras señalaba con discreción al cielo con el dedo índice.

«Dime».

«Podemos ir caminando hacia el museo y en camino buscar algo en lo que podamos pasar el tiempo, sirve que así le mostramos algo a Poo de nuestra cultura».

La idea me pareció buena.

«Excelente, Poo, ¿ya comiste?» preguntó Paula.

«Comí un plato de arroz y un vaso de agua antes de salir de Dalam».

«Entonces debes tener hambre. ―Paula tomó el brazo de Poo y luego lo colocó entre el suyo para prácticamente jalarlo―. Te van a gustar las hamburguesas…».

Dejé de escuchar la conversación a medida que avanzaban sobre la acera.

«¿Por qué esa cara?» preguntó Jeff con burla.

«¿A qué cara te refieres? He tenido esta toda mi vida» respondí algo molesto.

Llegamos barriéndonos al museo.

A la entrada del edificio se encontraba un hombre de bata blanca, cabello cobrizo y barba descuidada, estaba parado en su lugar mientras miraba su reloj y zapateaba con impaciencia.

«¡Profesor Spoon! ¡profesor Spoon!».

«Discúlpenme niños ―contestó mientras seguía mirando su reloj―, estoy esperando a alguien y tengo el tiempo contado».

«Somos nosotros, venimos de parte del profesor Fork».

«¿Qué? ―contestó él, esta vez prestándonos atención―. ¿Ustedes son sus estudiantes? Mínimo me imaginaba a alguien de dieciocho años».

«Nuestra edad no importa».

«Esta bien, los escucho. ¿Qué es lo que quiere decirme Fork? ―El hombre pone un cronometro en su reloj―. Tienen dos minutos».

«La tablilla fue destruida».

«¿Qué saben ustedes de la tablilla? ¿Saben? Tengo un horario apretado, pero gracias por quitarme parte de mi tiempo».

Spoon comienza a caminar dejándonos atrás.

«Espere, no han pasado los dos minutos».

«¿Y?, ya me dijeron lo que querían» contestó él sin detenerse en su camino.

Ahí iba nuestra última oportunidad de tener acceso a la información de la tablilla, y no iba a dejar que se nos escapara.

«Fork está muerto» le grité.

Spoon se detuvo a mitad de las escaleras, seguido a esto soltó una risa burlona. «Buen intento, pero acabo de hablar con él hace unas horas».

Estuve a punto de decirle que había sido yo el que contestó su llamada, pero eso solo habría creado más preguntas, preguntas a las que el hombre probablemente no querría quedarse a escuchar una respuesta.

Fue entonces que cambié mi jugada.

«Le podemos pagar» dije mientras le pisaba los talones.

Spoon me contestó sin siquiera voltearme a ver: «Gracias, pero no estoy interesado».

«Oh, ¡vamos! ―Esta vez corrí y me planté en frente del camino del hombre.― Todo el mundo tiene un precio, si no es dinero, será otra cosa…».

Spoon hace una clara muestra de desesperación seguido de un suspiro.

«Por favor, no es como si le estuviéramos pidiendo un órgano».

Spoon se empieza a acariciar la barbilla, lo que significaba que realmente lo estaba considerando.

«Bueno, hay una nueva cantante en el teatro Topolla»…

«¿Venus?».

« Oigo su nombre y mi corazón se acelera» dijo con una voz quebrada. «Eeeh, si me consigues un autógrafo de ella puede que lleguemos a un trato» agregó después de recuperar la compostura.

El profesor pasó frente de mí y siguió su camino sin que nadie lo siguiera.

«¿Eso es todo? ¿hicimos el viaje hasta acá para nada?» preguntó Jeff con cierto tono de decepción.

«Estoy segura que debe haber otras personas que tengan información de la tablilla» comentó Paula.

«Tenemos que conseguir ese autógrafo».

«¿Y cómo piensas lograrlo?» preguntó Jeff.

«Paula, ―volteo a verla―, ella es de Twoson, ¿No dijiste que la conocías?».

«Ya te lo dije, Ness, no es como si fuéramos amigas, además, ella es famosa ahora…».

«Al igual que tú, ¿se te olvida?».

Intentando desviar la conversación me preguntó en un tono sarcástico: «¿Te das cuenta que el tipo solo te dijo lo del autógrafo para que lo dejáramos de molestar?».

Jeff tomó la palabra diciendo algo que (utilizando el diccionario) sería semejante a esto: Hasta dónde yo lo veo, el sujeto hizo uso de un deseo personal para crear una hipérbole referente al qué tan dispuesto está a negociar, siendo algo que, desde su escepticismo, sería imposible concederle. Por lo que la mejor forma de persuadirlo sería precisamente concederle su petición.

«¿Qué?» preguntamos Paula y yo al unísono después de mirarlo con confusión.

«Que apoyo el plan de Ness».

Miro a Paula con orgullo.

«Es que yo… no lo sé».

Suspiré mirando al cielo. Era evidente que Paula no estaba dispuesta a cooperar.

«¿Sabes qué? Olvídalo, no quiero pasar por esto de nuevo y no voy a obligarte a hacer algo que definitivamente no quieres hacer». Me siento en la banqueta, a medio metro del punto de mi frustración.

«Para conseguir la victoria es imprescindible obligarnos al menos una vez a hacer cosas que no queremos» dijo Poo con una voz firme pero calmada mientras miraba a Paula.

«Oye, déjala en paz» dije desde mi asiento. «Ya se nos ocurrirá algo» agregué, quitándole convicción a esta última frase.

«Vamos» dijo Paula.

«¿A dónde?».

«A intentar conseguir ese autógrafo».

Me levanté de un salto cambiando completamente de actitud.

Antes de yo poder pasar al frente Paula dijo con voz de mamá: «Pero, deben prometerme que cuando estemos allá no van a comportarse como tontos». Esto mientras nos miraba a los tres por turno.

«Lo prometemos, vamos» dije mientras corría a la delantera.

Al llegar al Teatro Topolla, Jeff vio un poster publicitario de Venus y quedó igual de admirado que yo por la belleza de la joven.

«Pensándolo mejor, espérenme aquí y yo les traigo el autógrafo de Venus» dijo Paula.

«¿Qué? Eso no es justo» reprochó Jeff.

«Así es, además, no creas que te vamos a dejar sola después de lo que pasó la última vez».

«Estaré bien ―contestó Paula―, además, para qué gastar dinero en un show que ni siquiera vamos a ver».

«Yo pongo el dinero y para mí no es ningún problema» dije yo.

«Yo los puedo esperar aquí» dijo Poo.

«Gracias, Poo ―respondió Paula―, es bueno ver que alguien sí usa la cabeza de forma lógica».

Después de comprar los boletos fuimos directo a camerinos. En el camino, Paula nos fue dando instrucciones de cómo comportarnos delante de Venus.

Paula adoptó su pose más tierna e inocente, propia de una niña de once años. Entonces, con una sonrisa y una voz dulce se dirigió a los 2 mastodontes que vigilaban la entrada del camerino de Venus: «Hola, venimos a ver a Vanessa, soy Paula Jones, ella me conoce».

Tan fríos como el hielo, aquellos dos hombres no movieron ni un musculo.

«¿Quién es Vanessa?» preguntó Jeff.

«Es el verdadero nombre de Venus» contestó Paula. De nuevo se dirigió a los guardias: «Por favor, no tardaremos ni cinco minutos».

En eso, uno de los estómagos retumbo tan fuerte que provocó eco en el pasillo.

Saqué una hamburguesa a medio comer de mi mochila y se las mostré: «Se las damos si por lo menos preguntan por nosotros».

Los hombres se miraron el uno al otro y sin decirse una sola palabra parecieron llegar a un acuerdo.

Uno de ellos tocó la puerta y al recibir una respuesta se asomó al interior para informarle a la artista sobre Paula Jones».

«Oh, déjala pasar» contestó una voz cálida y jovial.

Y ahí la teníamos, parada en frente a nosotros, gesticulando los labios para producir sonido con ellos.

¿Qué tanto decía? No lo recuerdo, más allá del hecho de que estaba platicando con Paula, yo estaba prestando más atención a cada movimiento que hacía: Reabría los ojo cuando le tocaba escuchar, pero cuando agachaba la mirada sus parpados lucían un ligero reflejo plateado que centellaban pequeñas estrellas. Sus pómulos se agrandaban ligeramente cuando sonreía al responder una pregunta. Se colocaba una mano en su cadera cuando se cansaba de estar parada en una posición y, para sorpresa del Ness de doce años, eso resaltaba más su figura.

Como sea, no voy a agregar diez párrafos más de todas las cosa que se quedaron grabadas en mi cabeza sobre ella. Teníamos ante nuestros ojos una hermosa figura femenina y ni Jeff ni yo sabíamos que hacer ahora además de contemplarla.

De repente, llegaron a mis oídos un sonido que dibujó en mi rostro una sonrisa.

«Ness». Venus había pronunciado mi nombre y, de hecho, lo había hecho sonar más bonito de lo que era realmente.

Sentía alegría, sentía emoción y en un instante sentí dolor.

Paula había dado un fuerte pisotón sobre mi pie y después hizo lo mismo sobre el de Jeff.

«Ella les dice hola» nos aclaró Paula.

«Hola» dijimos Jeff y yo al unísono entre el exhalo de un suspiro.

«Entonces tú eres el jovencito que ayudó a los 5 Fugitivos a pagar sus deudas» dijo Venus.

Agité la cabeza como un martillo neumatico.

«Yo ayudé» dijo Jeff.

«Sí, pero la idea fue mía» intervino Paula.

«Solo en la segunda ocasión». Mencioné yo.

«¡Como sea! ―exclamó Paula―, ¿Será que nos puedas dar tu autógrafo? Te prometo que sacaré a estos bobos de aquí para que no te sigan molestando».

Venus puso el dedo índice debajo de su mejilla derecha mientras recargaba su codo en el brazo izquierdo. «Con una condición» dijo ella.

«¿Cual?» contestó Paula con cierta inquietud.

«Que tú me des el tuyo».

Paula dejó su firma en un cuaderno de pasta negra que tenía Venus, en este la joven parecía recolectar firmas de otros famosos.

«Bien, ahora, donde firmo yo» preguntó Venus.

Jeff sacó a toda velocidad su bloc de notas de uno de los bolsillos de su traje.

«Olvídalo, orejón, esa libreta no puede almacenar nada más» dije yo.

«Claro que sí, no importa que sea en sima de una de mis notas».

«El punto es que esté sobre una superficie en blanco».

«¡Oigan!». Paula volteó las palmas de su mano al techo como si digiera: ¿Y entonces?

Resulta que había un cubo de basura ahí adentro, lleno de cosas que podían servir de superficie para ser autografiadas.

«(Risita). Está bien, firmaré esta cascara de plátano».

Sujeté con cuidado la cascara de plátano mientras veía la firma que en ella reposaba ahora.

«Déjame verla» dijo Jeff mientras se amontonaba sobre mí.

«Y este va gratis».

Mientras aun estaba viendo el autógrafo de la joven cantante ella levantó mi cabeza y me regaló un dulce beso en el cachete.

La cascara de plátano calló al piso, mi corazón se aceleró y desde algún lugar de la habitación se escuchó un chillido como el de un juguete de goma ferozmente estrujado. De pronto, fuí violentamente empujado, pero ya no estaba en el camerino de Venus, sino que estaba en los pasillos del teatro.

«Ya tenemos el autografo, ¿contento? ― dijo Paula en un tono molesto mientras sostenía en alto la cascara de plátano―. Y gracias por hacerme pasar vergüenza frente a Vanessa.

Una vez que Paula se adelantó Jeff me preguntó: «Oye, ¿en que momento salimos del camerino de Venus?».

Estaba igual de confundido que mi compañero, per ahora solo podía pensar en dos cosas. La primera: Que ninguno de mis amigos en Onett se lo iba a poder creer. La segunda: la pregunta de si lo que acababa de ocurrir realmente sucedió o solo había sido mi imaginación .

Nos encontramos con Poo a las afueras del teatro.

Paula se cruzó de brazos y con un tono que ya se me estaba volviendo molesto preguntó: «Bien. Ahora, ¿cómo vamos a reencontrarnos con el profesor Spoon?».

Una vez más me di cuenta que no había pensado bien mi plan, y era poco probable que utilizar el nombre de Fork volviera a darnos resultado.

No muy lejos del muelle había un carrito de hot dogs, y no muy lejos de ese carrito se encontraba un hombre de bata blanca, preparándose para darle el primer bocado a su almuerzo.

«¡Profesor Spoon! ¡profesor Spoon!».

El hombre dejó caer al suelo el hot dog.

«¿Otra vez ustedes? ¿Cómo me encontraron?».

«Le preguntamos a un trabajador del museo».

Spoon nos suplicó una vez más que lo dejáramos tranquilo, pero su actitud cambió al mostrarle la cascara de plátano autografiada.

Ese trazo fino sobre una superficie razposa, esa profundidad, ese *inserte datos que solo un profecional podría notar*. Solo puede haber sido ella. ¡¿Como lo consiguieron?!».

«Digamos que… ―Volteo a ver a Paula, quien gira sus ojos―. Tenemos contactos».

«¿Nos dejará ver ahora sí esas fotos?» preguntó Paula.

«Pues la verdad, me sorprendieron con este regalo, creo que puedo hacerlo».

El hombre abrió el portafolio que llevaba consigo y de aquí sacó una carpeta protectora en donde se encontraban tres fotografías. Cada una mostraba un progreso en lo que respectaba a la restauración de la tablilla.

«¿Saben? No sé por qué insisten conmigo, cuando bien pudieron pedirle una copia a un conservador del museo de antropología en Summers».

Paula volteó a verme con una expresión de «Te lo dije, ahora te voy a matar». Aunque en mi defensa, a ninguno de los cuatro se nos ocurrió tal idea.

Spoon me dio la carpeta y al ver las fotos simplemente no supe que hacer con ellas. Sabía que aquí se encontraba información importante, pero, había un pequeñito problema: No sabía leer scarabie.

«¿Puedo ver eso más de cerca?» dijo Poo.

Le pasé toda la carpeta.

Mientras Poo revisaba en silencio las fotografías el profesor Spoon nos preguntó con una voz calmada: «Entonces, ¿es verdad? lo de Fork».

Confirmé con un gesto.

Resulta que ―como era costumbre en los adultos―, al enterarse de lo que mis amigos y yo éramos capaces, todo lo que le habíamos dicho a Spoon, por más serio que fuese, dejó de ser un juego y cobró significado para él.

«¿Cómo ocurrió?».

«Digamos que esa tablilla contenía información valiosa, y hay un grupo de personas que no les conviene que esa información salga a la luz y harán todo lo posible para que no lo haga».

«Y le transfirió sus descubrimientos a un grupo de niños porque nadie sospecharía de ellos, brillante». Ese fue el razonamiento de Spoon.

«Ah, sí, lo que diga».

«¿Eran cercanos?».

«No».

«Tiene sentido, uno no involucraría a seres cercanos en algo tan peligroso».

«Ya lo descifré ― dijo Poo―. Esto es lo que dice la tablilla».