El último que apague la luz
Los disparos cesaron y el olor a sangre pronto invadió sus fosas nasales. Su vista apenas y se estaba aclarando cuando el aire salió de su cuerpo el cual fue estrellado contra uno de los tantos monitores que se instalaron en la habitación.
Miranda Keyes, despojada de sus armas, no podía hacer otra cosa que parecer débil ante el Brute que masacró a todo su pelotón. Agarrada nuevamente de la cintura, sintiendo las garras del homínido acentuarse sobre su piel, quería gritar por ayuda.
—Basura humana, no creas que hemos olvidado lo de Tartarus—declaró el capitán del pelotón Brute mientras era observado por el Cacique de Guerra—. Tú y los Sangueili perecerán a manos del sagrado. Esa es la voluntad de nuestros dioses.
—Bien dicho, hermano—añadió otro Brute que arrancó del torso un par de brazos de uno de los técnicos que se quedaron atrás durante la evacuación—. Los tuyos sólo serán alimento para nuestros ejércitos, nunca ascenderán como nosotros.
—Suéltame… —dijo ella con dolor—. ¡Te he dicho que me sueltes! —gritó con fuerza mientras intentaba golpear sin éxito la cabeza de su secuestrador.
—Tonta humana, ni para satisfacerme sirves.
—Rápido, contáctenme con el sagrado—ordenó el Cacique con autoridad mientras caminaba justo a lado de la bomba que había montado junto al resto de los marines—. Capturamos su centro de operaciones.
—¿Han descubierto cómo pretenden detenerme? —la voz del Profeta de la Verdad, tan clara y autoritaria como siempre, causaron en ella un escalofrío que la hizo sentir cada vez más insegura de sus acciones. Viendo de reojo, observando a la raza dirigente del Covenant, pudo notar la duda que lo invadía. ¿Acaso tenía miedo?
—No, aún no, noble Profeta—respondió el Brute de forma calmada.
—Averigüen lo que quiero saber o despertarán mi furia y los haré regresar a su infame planeta—dijo Verdad con ira cortando así la comunicación con el pelotón que irrumpió en su sala da mando.
—Sí, noble Profeta, así se hará—respondió él líder de la manada mientras veía la imagen del Profeta de la Verdad ser sustituida por el logo del UNSC—. Apresurémonos. ¡Acaben con esas máquinas! ¡Descubran lo que estos herejes saben sobre el Arca!
Pronto los Brutes comenzaron a destruir cada una de las consolas presentes en el centro de operaciones. Los Grunts, fanáticos de lo que sus superiores hacían, se enfocaron en disparar a las consolas de energía que iluminaban el sitio. De un momento a otro, la luz murió y la oscuridad se apoderó del lugar causando cierto pánico entre las tropas que tenían conocimiento de la presencia del Jefe Maestro.
—Sólo es un apagón, enciendan una linterna de las armas humanas—ordenó el capitán quien aumentó su agarre en la comandante—. Ahora aprenderás lo que es tenerle miedo a nuestra raza. Cuando acabe contigo, yo-
—¡Una granada sagrada!
—¡¿Qué demonios?!
—¡Los Grunts han sido aniquilados! ¡El demonio ha…!
—¡Hermano!
El capitán pronto soltó a la comandante para así tomar entre sus manos el arma con el que decapitó a cientos de humanos. Aunque no lo expresara de manera verbal, su temor por el asesino del Profeta del Pesar lo hicieron disparar a la oscuridad. Su gritó de guerra encubrió su miedo y antes de darse cuenta fue derribado por su superior.
—¡Idiota! ¡Estás matando a los nuestros! —gritó el Cacique con ira antes de escupir sangre que cayó tanto en su subordinado como en la humana—. D-Demonio…
Y antes de poder decir algo más, un cuchillo salió de su cuello dejando una fuente de sangre que dejó helado al otro Brute el cual tomó a Miranda entre sus brazos—. ¡Atrás! ¡Atrás! ¡Juro que si te acercas…!
Sin poder decir algo más, sin siquiera poder defenderse de lo que se avecinaba, el cuerpo del capitán cayó sin vida con un orificio que atravesaba su cráneo de donde su materia gris salía lentamente. Su intento por garantizar su supervivencia fue nulo y el Demonio de su fe, aquel Jefe Maestro del que tanto habló su líder en el pasado, se acercó sin inmutarse a donde cayó su escudo humano.
Miranda, habiendo presenciado todo, intentó decir algo, pero las palabras murieron al momento que su cuerpo le recordó la tortura por la que pasó.
—Comandante, espere—dijo Sierra-117 a la vez que dejaba su rifle de batalla a un lado—. Necesito cerrar esta herida.
—Jefe…
—Lamento haber llegado tarde—añadió el Spartan mientras veía la masacre que ocurrió momentos antes—. Eran buenos hombres, todos ellos.
Un sentimiento de culpa pronto invadió a la primogénita de la familia Keyes. Era la segunda vez que perdía a un grupo de marines a su mando, todo por haber intentado ser algo que no era.
—Yo les fallé. Por mi culpa esto pasó—dijo ella con dolor mientras sentía como la Bio Espuma entraba en su herida sellándola por completo—. La In Amber Clad, todos ellos murieron por mi culpa… Yo…
—Ellos tenían una misión, no puedes culparte por eso—respondió el Spartan antes de tomar en brazos a su superior—. Debemos irnos, un Phantom nos espera en el hangar.
—Cuando actives la bomba, apenas y tendremos un par de minutos.
—Entonces tendré que ser más veloz. ¿Lista?
