No quiso levantarse de cama a pesar de que la luz estaba empezando a filtrarse por su ventana. Solo se limitó a ver como la luz subía en la abertura de la tela de las cortinas para poco a poco tomar posición en donde estaba su rostro. No pudo evitar soltar un suspiro de cansancio ante aquello.
Gruñó antes de revolcarse en su cama y no levantarse, tapándose con la sabana que tenía a su alrededor y volviendo a intentar conciliar el sueño.
No pasó mucho tiempo hasta que su puerta sonó, golpes dados en esta cuando el indicativo que una sirvienta estaba por entrar fue dado.
―Lady Florecen, por favor, le recuerdo que tiene que levantarse para reunirse con el maestro ―la sirvienta vio como de entre las sábanas emergió una cabeza cubierta por pelo rosa suave. Poco después la persona se reveló dejando a la vista una niña, joven, quizá estuviera entre los seis o siete años quien se encontró limpiándose los ojos con desgano.
― ¿No puedo reunirme después? ―una pregunta que fue completada por un bostezo bastante profundo. La sirvienta suspiró antes de ir hacia las cortinas y abrirlas por completo.
Ahora ella no quería encargarse únicamente de la niña pero era un buen trabajo al final, trabajar para una familia acomodada en estos tiempos era posiblemente la mejor salida que alguna vez pudo conseguir.
Además que le agradó la niña algo dormilona y que ahora le sonreía brillantemente tomando con humor el que hubiera hecho algo así.
Le agradó esa niña y supo que al igual que esa sonrisa, lograría algo brillante, fue por eso que a pesar de no querer cuidar a un niño, le gustó cuidarla a ella, a Florence Nightingale Smith.
…
El tiempo vivido en Italia fue algo que no pudo decir con seguridad que pasó. Desde temprana fue transferida en ambos lados, tanto Inglaterra como en Italia, aunque principalmente había quedado en Inglaterra.
Florece siempre que salía del condado de Hampshire no podía evitar mirar fascinación las grandes ciudades, como estas parecían erguirse tan perfectamente.
Le emocionó también el poder viajar por la capital, siendo que una vez que volviera a aquella casa ubicada en el pueblo de Wellow solo podría ver el árboles y bosque en gran extensión.
Le gustaba el poder conocer a las personas. Usualmente viajando con su padre en el centro académico y ocasionalmente hacia Londres cuando su padre necesitaba hacer trámites más preciosos.
Siempre le había su padre que tuviera cuidado para no alejarse. Florence no es que no lo escuchara, pero quería aprender, y fue por eso que cuando cumplió catorce que decidió comenzar a ver a su alrededor cuando su padre no se encontraba presente.
Le encantó recorrer los lugares. Las plazas de comercio siempre eran vivaces, la gente la trató bastante bien, ocasionalmente recibía algún regalo cuando hablaba con un dueño de puesto.
La llamaron linda o adorable. Una confianza que hizo que se sonriera y se sintiera grata a cada momento que pasaba en aquellos lugares.
Le encantaba ver a la gente feliz y riendo.
…
A la edad de dieciséis años por fin había logrado obtener permiso de su padre para recorrer el lugar. Ahora estaba una vez más en Inglaterra, pero había logrado viajar hasta ahí de manera personal, quería ver el mundo y encontrarse con más experiencias.
No le gustó del todo ser acompañada por una escolta, pero fueron ordenes de su padre. Hasta ahora Florence no había encontrado nada que le hiciera pensar en que algo así fuese necesario.
Todo el mundo fue amable con ella sin importar donde fuera.
Un aire de vanidad llegó en ella, pensando en cómo las personas del pueblo estaban interesadas en ella conforme crecía, algo problemático según el padre de Florence, pero no podía simplemente encerrar a su hija.
Además en el peor de los casos Florence tenía mucha confianza en su física, ella era fuerte, su padre había dicho que fue bendecida con un cuerpo mucho más fuerte que el promedio.
Pero no creyó en algo como una bendición, le costó creer en Dios a pesar de toda la enseñanza religiosa que cargó encima. Pero no podía discutir de algo como esto con su padre.
Fue en una de las visitas al pueblo que Florence decidió alejarse de su escolta para ir a los lugares que le habían sido prohibidos desde un principio.
Fue una curiosidad válida para ella, el que no importaba que hiciera, sino lograba experimentarlo entonces no tenía sentido que lo viera solo en libros.
Su padre había dicho que el mundo era cruel y que no necesitaba ver el lado sucio de este, internamente Florence lo supo, que su padre no le mentiría porque sí, ella era lista, podía dar crédito a su padre por ayudarla en su formación, pero no quitaba que aun así no pudo alejar pensamientos extra de ella.
Fue una mañana de invierno, el frío no había sido un impedimento para salir, Florence había optado por la ropa que le habían regalado en su cumpleaños para el invierno.
Creyó que la ropa de color negro sería suficiente para ir hacia la parte exterior de la ciudad, pasando la zona comercial y llegando hacia las residencias de las personas normales.
Un olor pútrido comenzó a hacer presencia conforme iba alejándose del centro de la ciudad, le fue sorprendente como la mayoría de lugares iban oscureciéndose.
No sintió ganas de levantar la mano y tocar aquella envoltura negra que estaba alrededor de las casas, a simple vista parecía resultado del uso de carbón o algún combustible.
La duda se sembró en ella viendo como más se adentraba dentro de la ciudad la mirada de las personas cambiaba. No fue la misma mirada que había recibido hasta ahora.
Fue como si no estuviera siendo bienvenida.
Florence dudó. No supo que hacer más que mirar de reojo a los alrededores, la capa negra que había puesto por encima de su abriga tampoco ayudó, ahora parecían sorprendentemente llamativo a pesar de su color.
Un fuerte viento hizo que su rostro y cabello quedaran al descubierto por la capucha que había sido empujada hacia atrás.
Miró a su alrededor y como las personas comenzaron a ocultarse en sus casas de prisa.
Una ventisca había caído de golpe en la ciudad.
La nieve y el viento había comenzado a azotar con fuerza los alrededores, Florence apenas pudo mantener los ojos abiertos ante aquel viento que parecía empujarla.
Caminó con cuidado para no caer, la nieve hizo que aquello fuera mucho más difícil. Sumado el hecho que quería evitar los lugares llevó a que se perdiera de la nada.
…
No pudo encontrase con nadie el resto del día y no supo tampoco como volver hacia el centro de la ciudad, había deambulado desde el mediodía hasta la noche.
El frío estaba siendo insoportable en ese momento.
Su única opción fue ir a la iglesia que había visto hace unas calles y entrar para pedir refugio, el sacerdote a cargo probablemente le daría una ayuda si le decía su situación.
Florence únicamente estuvo siguiendo el campanario de la iglesia solo para terminar delante de esta y llevarse una desagradable sorpresa.
La iglesia estaba más que abandonada.
Las puertas habían sido saqueadas hace tiempo, cualquier madera que pudiera quedar en el lugar fue removida e incluso parte de las paredes habían sido demolidas y la piedra hurtada.
No había mucho que pudiera hacer en su posición más que entrar si es que no quería morir congelada. Su cuerpo hace tiempo había estado débil por el frío, ella nunca había estado expuesta a un frío como este.
Siempre había estado viviendo cómodamente hasta ahora.
Afortunadamente las bancas de la iglesia no fueron llevadas del todo, quedaban un par de cerca del altar haciendo que ella caminara hacia el frente y ver el estado de estas.
Sucio.
El rostro de Florence se deformó en desagrado ante aquello. El moho estaba pegado por la madera pero al menos el clima había estado más soportable dentro de la iglesia.
Dudó bastante antes de sentarse y sentir como su cuerpo estaba agradeciendo aquella acción por la falta de descanso.
Florence miró al frente, a pesar de saqueo de la madera y de todo lo que parecía tener valor, las figuras de santos y la imagen de la crucifixión del hijo de Dios estaba ante ella, colgando desde el techo sin tocar el suelo.
Una obra que resplandecía, fue ahí que se dio cuenta, que no era solo la escultura del hijo de Dios que estaba indemne a pesar del estado de la iglesia.
Cada escultura e imagen estaba ahí en pie.
¿Alguien limpiaba con regularidad el lugar?
Se puso de pie y miró a su alrededor, buscó algo más y encontró la puerta que daba a la puerta de la habitación del sacerdote que debería estar ahí.
Miró a su alrededor y tragó antes de tomar una vara de madera y apretarla con fuerza, comprobando de su resistencia.
Cuando estuvo segura ella vio el pie de la puerta, la luz saliendo bajo este e indicando que alguien estaba presente.
Dudó unos instantes pero decidió tocar la puerta.
Pasaron los segundos sin respuesta hasta que esta se abrió por sí sola, al no estar nadie en frente a esta. ¿Por qué ocultarse mientras que abría la puerta?
Incluso había un espejo frente a esta que solo mostraba desde su ángulo su reflejo.
― ¿No se encuentra muy lejos de su castillo princesa? ―una voz joven, semejante a la de su edad, al menos eso fue lo que Florence pudo decir al momento de escuchar a quien estaba del otro lado hablar.
Observó la habitación brevemente. Había muchos libros, demasiados, casi toda la habitación estaba cubierta de estos y en el escritorio a un lado de habitación papeles con escritos que no logró distinguir.
―Yo… me perdí… ―un tono algo desesperado. Quizá fue el momento que se sintió más patética en su vida, pero no podía hacer nada más que pedir ayudar.
Tenía demasiado frío para moverse, y la habitación, a pesar de no tener una chimenea, estaba más cálida que el exterior.
Florence esperó una respuesta pero solo recibió un rechistar de lengua antes que la puerta se abriera en su totalidad. Esa fue la invitación para que entrara en la habitación.
Dio unos pasos adentro y escuchó la puerta cerrarse tras ella. No se giró de golpe pero sí sintió sus piernas cansadas al punto de caer en rodillas y dejar salir un fuerte suspiro.
El breve instante de paz se detuvo cuando algo frío y liso llegó a su cuello.
Incluso si era la primera sintiendo algo como eso tan cerca de su cuello, conocía la sensación.
La de una espada apuntándola.
― ¿Quién eres?
―Yo… ―la espada hizo más presión en cuello haciendo que abriera los ojos. Algo como eso podría ser peligroso si se dejaba sin más. Vio de reojo y agradeció al menos que la hoja estuviera impecable.
―Florence Nightingale Smith, soy hija de William Edward-
―No es necesario decir más, solo tú nombre… ya es problemático ―un suspiro de resignación se dio cuando la espada bajó del cuello de Florence y la tranquilidad llegó una vez más.
Ahora que podía ver mejor a su alrededor logró ver como la habitación a diferencia del resto del edificio estaba bien cuidado, no había filtraciones de humedad o moho, el viento también dejó de golpear en cualquier dirección.
Una manta cayó sobre su cabeza y no pudo evitar girarse ante eso. No fue algo que pensó encontrar aquí, era tela fina y bien cuidada, era más que fácil de ver como la persona en aquel lugar dedicaba bastante a la limpieza.
―Cúbrete y acércate, trataré el corte en tú cuello ―Florence se giró y por fin vio a la persona que había estado en aquella habitación.
Cabello rojo y ojos dorados, un rostro sin emoción y lo que más la retrajo de pensar que era de la misma edad que ella fue aquella mirada que le dio.
Nada.
No había una luz en los ojos de la persona tras ella.
Sentado con una pierna arriba del alféizar de la ventana, sentado tranquilamente en este como si el viento no viniera precisamente de esa dirección. La ropa del joven tampoco iba acorde al clima, llevando solo una camisa de tela blanca, pantalones y zapatos gastados de color negro.
― ¿No tienes frío? ―no pudo evitar preguntarlo al momento de ver al joven que estaba sentado ahí.
―Puede ser.
― ¿Por qué no te abrigas? ―la pregunta de Florence vino con una risa del hombre quien cerró el libro que tenía en mano.
―Le di mí abrigo a alguien más, y parece que mí cama también le pertenece a otra persona esta noche ―la voz del hombre fue burlona y al mismo tiempo desganada. Florence quiso decir pero vio la cama que el hombre señaló, las sábanas impecables y la cama bien extendida.
―Yo…
―Morirás si duermes en el suelo, no serías la primera que lo intenta, el baño está siguiendo el corredor, es un pasillo a la intemperie.
―Gracias…
Eso fue todo.
Florence se limitó a dar las gracias y caminar hacia la cama para poder conseguir un poco más de calor. Dudó a primeras instancias en quitarse o no las botas pesadas que llevaba por el hecho que sus pies estarían fríos.
Lo hizo de todos modos cuando la incomodidad clamó. El frío llegó a sus pies y pasó por sus medias, se acostó y cubrió rápidamente para evitar que el frio se propague.
Miró una última vez con preocupación al joven que estaba sentado en el alféizar de la ventana, sin temblar o mostrar alguna debilidad.
Amable.
Florence se sintió mal, como si estuviera arrebatando algo que no debía, pero aun así, el frío no la hizo pensar. Tenía hambre pero ahora no deseaba pasar más frío.
Intentó conciliar el sueño, había caminado y corrido demasiado el día anterior buscando el camino a casa, tanto que incluso si ella era más fuerte que el promedio, su resistencia había mermado.
…
La mañana siguiente fue incluso más fría que la noche. Florence no quiso levantarse de la cama, que incluso si era tan dura y nada parecido a lo que había usado con anterioridad.
No pudo negarse a aceptar la realidad ante su situación actual. Lo que estaba viviendo era algo que ella misma se había provocado.
Se sentó en la cama y observó la trenza de su cabello caer hacia un lado, dándose cuenta que ni siquiera había podido arreglarlo en el día anterior.
Un rugido de estómago cortó cualquier pensamiento cuando sintió el dolor que había estado intentando obviar por el hombre que estaba sintiendo. Miró en la habitación y no encontró a nadie, probablemente el joven había salido en la mañana.
Se sentó y se puso las botas una vez más, el frío estaría presente un tiempo hasta que se regule su temperatura al final. Florence decidió que miraría un poco la habitación en la que estaba.
Observó el escritorio del lugar, solo había una silla y un escritorio lleno de apuntes. Se acercó a este y lo vio. Un pan de centeno y agua en un vaso. Florence abrió los ojos ante aquello.
No quiso decir nada, pero algo como eso era lo mismo que comían los prisioneros en su pueblo, no, viendo el pan y tocándolo incluso sintió que estaba demasiado duro para morderlo.
¿Quizá darle de comer esto fue una burla?, podría ser, siendo que la llamó princesa sin más.
Tenía hambre.
Florence apretó los dientes y se sentó en la silla, tomó el pan y lo rompió un poco antes de ponerlo en su boca. No podía masticarlo fácilmente.
Tomó el agua y le dio un sorbo esperando que el pan se derrita en su boca para poder masticarlo apropiadamente y tragarlo.
El sabor era horrible.
La masa pastosa en su boca tenía un sabor insípido con un toque agrío, el agua no ayudó en manejar el sabor. Había sido agua que se calentó sin más a modo de presentar algo para beber.
Extraño el té y el pan suave de su casa, el poder ponerle mantequilla o alguna mermelada.
Florence terminó de comer el pan y se dio cuenta que a pesar de no ser tan grande, era lo suficiente para llenarle el estómago, como si fuese hecho para ese único objetivo.
Dar la sensación de saciedad.
Miró el escritorio y encontró notas, muchas, fórmulas que la hicieron abrir los ojos, no solo eran fórmulas matemáticas complejas, había mucho que ella desconocía y bajo la educación de su padre siempre tuvo un orgullo a la hora de entender el campo.
Pero había muchas fórmulas que ni siquiera había visto. Parecían inventadas, pero por los números y la forma en la que estaban puestas no parecía ser ese el caso real.
¿Qué era lo que estaba investigando aquel joven?
La puerta se abrió de golpe y el aire frío llenó la habitación. Florence vio los papeles volar ante el viento fuerte del exterior. El mismo joven de cabello rojo estaba de pie delante la puerta, ahora encontró donde había estado la capa que usó antes de llegar a aquel lugar.
Pero incluso si el joven había tomado algo como eso no le daba ninguna cobertura real contra el clima.
― ¿Qué haces? ―Florence se sorprendió cuando la voz del joven salió, la puerta tras él se cerró y vio como caminó hasta ella.
Nunca se sintió intimidada, había sido educada para defenderse, para resolver cualquier situación negativa, fue por eso que tuvo la confianza para venir de plano aquí sola.
Pero la mirada que le estaba dando el joven frente a ella le hizo dudar si realmente podía defenderse. La espada en el costado del joven también fue el indicio que no iba desarmado.
El joven parpadeó y suspiró ante Florence quien se sorprendió por el repentino cambio.
―No quiero asustarte, solo… ¿qué haces aquí?
Florence tragó para responder pero sabía que no había otra forma de volver si es que no hablaba.
―Me perdí.
Sin más Florence esperó una risa o una burla del hombre pero no hubo nada de eso. Se limitó a suspirar y masajearse la frente.
―Bien, cuando la tormenta aplaque te llevaré al centro de la ciudad, quieres ir al centro de Londres, ¿no?
Florence se detuvo ante la pregunta.
― ¿Dónde estoy?
El joven alzó una ceja.
―Al oeste de Londres, actualmente te encuentras en Berkshire, ¿no has salido de Londres y llegado aquí? ―fue una pregunta con verdadera curiosidad sobre la situación actual.
Florence tragó y miró a otro lado, comprendiendo porqué por más que caminara no pudo encontrar el camino hacia su hogar, y por más que avanzara incluso a pesar de su avance inhumano se casó.
Había pasado de un condado a otro sin darse cuenta. No solo eso, si no que había avanzado pasando Oxford y llegando al oeste de Berkshire, en la zona limitante con Londres.
― ¿Puedes ponerte de pie?
Florence alzó la cabeza y vio al joven quien suspiró con cansancio viendo como ella estaba sin tocar el suelo con los pies.
―Estoy bien.
Un suspiro desganado hizo que Florence no mirase a otro lado.
―Esas botas no son para caminar por largas distancias, y mucho menos para el clima de frío extremo, bueno, siendo una princesa es obvio que no sabrías eso.
Ahí estaba otra vez.
El ceño fruncido de Florence llegó y vio al joven quien estaba sonriendo de lado como si estuviera festejando una victoria. Lo vio, como el pelirrojo metió su mano dentro del abrigo y sacó una bolsa, buscó en esta brevemente y sacó un ungüento.
―Ve a la cama ―el miedo inundó a Florence. El pelirrojo parpadeó confundido y suspiró una vez más―, no, seas estúpida, ¿sabes qué pasa con cualquier herida que pueda estar expuesta a este frío?
Florence llevó una mano a su cuello y tocó el parche que el joven le había puesto.
―Deja de pensar demasiado y solo siéntate, si caminos así o lo dejamos estar solo te perjudicará a ti.
Florence dudó un poco más pero caminó hasta la cama y vio al hombre arrodillarse, las botas como había dicho, fueron un regalo para que exhibiera, nunca pensó en la utilidad, las medias lo mismo siendo un conjunto que era para mostrar su porte que para la utilidad.
Se dejó estar cuando el joven pelirrojo le quitó le quitó las medias y fue ahí que sintió tirón. Los tobillos y el talón estaban rojos, sangre había caído de estos y se había pegado a las medias.
Un rechistar de lengua salió del joven.
―Lo tuyo no son las direcciones supongo ―era obviamente una burla hacia su situación. Algo que se merecía Florence para recordar.
―Lo siento…
―No soy con quien debes disculparte, probablemente hay quienes están preocupados por ti, dudo que una princesa pueda desaparecer de su castillo sin llamar la atención.
El humor de Florence comenzó a degradarse a cada que compartía palabras con el joven a su lado, pero no lo empujó o golpeó.
El joven era su única salida para este lugar.
― ¿Cómo te llamas?
La pregunta tomó por sorpresa al joven que no esperó que le dirigieran la palabra. El pelirrojo alzó la cabeza dudando un poco antes de mirar una vez a las vendas que había puesto en la cama y tomarlas, envolviendo con cuidado los pies de la joven.
―Archer ―no hubo apellido indicando que era simplemente un ciudadano y no un noble o uno caído. Había pensado en ello al ver los datos en el escritorio de este.
―Archer… no suena a un nombre real ―el ceño fruncido del joven hizo que Florence alzara las manos―, no es que sea un mal nombre, solo… parece extraño…
No es que el joven tuviera un arco para comenzar.
―No tengo un nombre real, me llamarón así porque era lo que podía hacer.
―Ya veo ―una risa suave salió de Florence cuando sintió un apretón en las vendas y luego como el hombre quitaba nuevamente nuevas medias e incluso botas―. Tú…
―No me des las gracias, no hago esto por ti, simplemente… sigo con una promesa que hice hace tiempo.
…
Un intento fallido.
Su vida actual fue un intento fallido de libertad. Emiya lo supo desde que despertó, pero tampoco es que pudiera hacer algo en contra de su situación, conocía las consecuencias y lo que pasaba por interferir con la historia, podría haber deformaciones bastante grandes.
Y mucho más con la persona que se había encontrado de entre todos los posibles individuos.
Florence Nightingale.
El peso de la historia de la mujer era demasiado grande para hacer una toma de decisión que pudiera llevar a la mujer a estar en contra de su creencia canónica.
¿Pero qué podía hacer?
La encontró frente a su puerta, probablemente ni siquiera pasaría la noche si la dejaba fuera, no tuvo muchas opciones para tratar con ella más que dejarla descansar.
Era principios de febrero de 1837. Por la cara de la joven pareciera que aún no había llegado a la "epifanía" que impulsó el resto de su vida. Emiya estaba cansado de lidiar con problemas.
Nació en irlanda pero tuvo que mudarse cerca de Londres por culpa de la asociación fracturada, fue la única forma que vio en poder conseguir ingresos, vendiendo información no relevante de magecraft que sería investigada próximamente.
Al menos así financió sus acciones.
Hubo varias razones por las cuales decidió quedarse en Inglaterra y específicamente en las afueras de Londres, era su gente y su situación actual.
No podía simplemente dejar que todos los que estaban a su alrededor murieran. No, de hecho, podría, lo había hecho con anterioridad, había dejado morir un sinfín de humanos por razones egoístas, pero ahora en una breve encarnación como esta, ¿por qué estaba ayudando a los humanos una vez más?
Carecía de lógica lo que estaba haciendo. Estaba salvando humanos que debían ser salvados, personas no catalogadas que podrían traer aún más lamentos que felicidad.
Pero aun así siguió con sus acciones y ayudó a los demás. Estaba cansado de eso pero necesitaba fondos y una excusa.
El tiempo de las guerras en Europa estaba por estallar y él necesita estar ahí para minimizar las perdidas. ¿No sería lo correcto ayudar de manera directa al bando que ganaría y evitar derramamiento de sangre innecesario?
Fue lo más lógico para hacer. No interferir a menos que sea necesario y salvar solo lo necesario.
¿Entonces por qué estaba con una pierna en el suelo terminando de tratar a Florence Nightingale?
― ¿Cuántos años tienes? ―Emiya preguntó a la joven quien se acomodó en la cama una vez más para acostarse.
―Dieciséis.
Emiya suspiró antes de ponerse de pie y caminar hacia la puerta que daba hacia el interior de la iglesia.
―Bueno princesa, tendrá que quedarse aquí hasta que termine la ventisca, te ayudaré a llegar a…
―Oxford.
Emiya sintió que su dolor de cabeza aumentaba.
Su cuerpo estaba aprendiendo aún a soportar su magecraft. No había posibilidad alguna para que pudiera simplemente tomarla en brazos y reforzarse para llevarla de vuelta, no con el clima actual.
―Oxford entonces, ¿cómo terminaste aquí? ―Emiya se cruzó de brazos viendo al a joven quien parecía avergonzada. En cierta forma Emiya no le sorprendió que Florence Nightingale hubiera llegado hasta aquí, no cuando el físico de esta parecía estar despertando.
Probablemente en algún punto, unos años más, tendría aquella fuerza que la caracterizó tanto, pero ahora solo era una adolescente cabeza hueca.
―Yo… quería recorrer la ciudad, me perdí y luego ¿corrí? ―una sonrisa algo nerviosa e inocente se marcó en la joven.
Emiya solo miró el techo y soltó un suspiro cansado.
La puerta sonó de golpe haciendo que ambos se giraran a verla.
―Cúbrete, el frío es bastante fuerte ―Emiya le pidió a Florence que se tapara por completo con las sábanas y así lo hizo.
Era obvio que la joven no deseaba pasar por el frío.
La puerta se abrió por parte de Emiya dejando a la vista una mujer, entre los treinta con un bulto en brazos.
― ¡Archer!
El grito desesperado vino cuando la mujer cayó de rodillas bajo el marco de la puerta, con una mano aferrándose al pantalón del hombre.
―Usted… la señora de la panadería.
―Escuché que tienes medicina, por favor, mi hijo está- ―la mujer no pudo terminar cuando el joven le tapó la boca con una mano.
―Espere un segundo y deje de gritar.
…
Florence vio al joven caminando hasta el escritorio y tomando una pequeña bolsa. Se fijó en la mujer que estaba de rodillas esperando y ladeó la cabeza ante la mirada feroz que iba al cajón de Archer.
Tragó cuando la mirada de la mujer fue dirigida hacia ella pero fue solo una fracción de momento hasta que Archer llegó con una pequeña bolsa de tela cargada con algún polvo.
―Gracias.
La mujer dio las gracias antes de levantarse y salir del lugar.
Florence miró a Archer quien caminó hasta el alféizar de la ventana una vez más y se sentó ahí con un nuevo libro.
―La medicina que le entregaste, su costo era…
―Lo que generaría una familia en aproximadamente una década.
―Lo sabes e incluso así lo entregaste ―Florence no podía creer aquello, muchas personas simplemente matarían por un poco y aquel joven, ¿tenía lo suficiente para administrar a otros?
―Llámalo un acto de piedad, no tengo los recursos para tratar a alguien como ese niño.
― ¿Piedad? ―la pregunta fue hecha con confusión. Si bien la piedad podía ser un motivo, por las palabras dadas por Archer no parecía ser ese caso.
―Por supuesto, probablemente morirá en un par de días.
Florence abrió los ojos ante las palabras del joven de cabello rojo.
― ¿Por qué?
― ¿Eh? ―Archer miró a la joven de cabello rosa quien estaba estática, con los ojos abiertos y sorprendida.
―Si sabias que algo así pasaría entonces…
―Probablemente la medicina no era para el niño en brazos ―un nudo se formó en la garganta de Florence―, lo más probable es que otro de sus hijos sea el enfermo a quien quiere tratar, ¿entre un bebé que no sobrevivirá el invierno y un niño que está creciendo?, es obvio que la madre elegirá al niño que ya logró pasar sus primeros inviernos.
Florence se sintió mal. Realmente mal escuchar algo así. Nunca pensó que la situación fuese medida de tal manera o que alguna vez una madre tuviera que tomar una decisión.
― ¿No podrías darle más?
Una risa suave a modo de burla salió de Archer ante esa pregunta.
―Ella no es la única a quien estoy tratando, con la medicina que tengo puedo evitar la muerte de otros diez niños en un estado menos avanzado que la muerte de un niño en un estado avanzado, algo como esto es simple y-
El sonido de un golpe fue lo que inundó la habitación cuando Florence se puso de pie y le dio una cachetada a Archer.
― ¡Son personas! ¡Necesitan tratamiento! ―Florence lo vio, al hombre alzar una ceja y sonreír de lado por sus palabras―, ¿te estás riendo de esto?
―No parecías molesta cuando gasté el ungüento en tú persona.
Silencio.
Florence se mordió los labios, tenía sujeto el cuello de la camisa de Archer quien parecía verla como si hubiera ganado.
―Solo acuéstate, te ayudaré cuando te recuperes ―Archer tomó la mano de Florence que estaba en su cuello y la bajó con cuidado haciendo que la mujer perdiera fuerzas―, has vívido toda tú vida en lujos, ¿no es así princesa?, es obvio que no conoces lo que pasa en los barrios marginales.
―Yo quería…
― ¿Conocerlos? ―Archer preguntó―, ¿crees que harías una diferencia? ¿Cómo si no hubiera quienes ya lo intentaron?
―Si es dinero.
―El dinero no compra una vida, incluso ahora, ¿no habrías muerto si no fuese por mí ayuda? ―Archer se rió antes de empujar a Florence en la cama―, puedes llevar la cantidad de libras equivalentes a lo que ganan dos familias al año pero solo hubieras muerto en la nieve, no me hagas reír.
Era cierto.
Todo lo que Archer le iba diciendo.
Era cierto.
Archer estaba con una sonrisa hasta que vio como los ojos de Florence comenzaron a ponerse rojos y lágrimas salieron de estos.
Se había pasado.
Florence se acostó y se acurrucó a sí misma abrazando las rodillas, se tapó el rostro con las mantas y comenzó a sollozar en silencio.
Archer estaba viendo aquello quieto y en silencio. No es que pudiera decir ahora "todo era una broma" o algo por el estilo.
Era difícil creer que aquella niña llorona y despistada crecería para ser aclamada como un ángel.
…
Florence había escuchado a Archer abandonar el lugar pero no dijo nada, al menos no sintió que pudiera decir algo.
Ella había hablado de más.
Debía agradecer que en la iglesia que había entrado estuviera justamente alguien que le hubiera dedicado su tiempo y voluntad en ayudarla, incluso ahora, a pesar de las palabras, le dejó comida en el escritorio para que se acerque a comerla.
El pan duro de centeno había sido reemplazado con uno más suave, había un poco de mantequilla en el interior y el vaso de agua ahora fue una tetera vieja pero con té dentro.
¿Era esta una manera de pedir disculpas por aquella vez?
Habían pasado seis días viviendo juntos en aquella habitación y gradualmente había aceptado la compañía de Archer.
Una sonrisa vino al rostro de Florence cuando se sentó una vez más para comer. La curiosidad le ganó y rebuscó dentro de los cajones que había en aquel escritorio.
Parpadeó muchas veces cuando en el primero lo vio lleno de libras, chelines y peniques. Era una cantidad más que sustancial para alguien que vivía en una iglesia derruida.
El segundo cajón fue algo semejante, medicina que iba más allá del costo de alguien de aquel lugar, siendo algunas inclusive llegando individualmente a pasar las quinientas libras solo en valor comercial.
¿Qué se suponía que hacía aquella persona que la acogió?
El tercer cajón hizo que su rostro se arrugara. Herramientas quirúrgicas, las había visto alguna que otra vez cuando el doctor de su casa las traía, le fue sorprendente encontrar algo como esto en este lugar.
Lo cerró y el cuarto y último cajón hizo que parpadeara. Joyas, diamantes, rubies, zafiros y esmeraldas, todo tipo de joya preciosa estaba en aquel cajón pero lo que le llamó más la atención fue una pequeña caja negra que estaba al fondo del resto.
La duda solo se intensificaba en Florence, al no comprender como todos aquellos objetos de valor estaban puestos en un lugar tan simple y fácil de encontrar.
Tomó la caja negra y la abrió con cuidado.
Un rubí con una cadena de plata e incrustaciones de estas. Le atrajo con solo verlo, era diferente del resto por mucho, al punto que le hizo pensar que no era de este mundo.
Pasos se escucharon desde el exterior.
Florence se desesperó y cerró sin más el cajón, sin poder meter la caja que había tomado sin querer debido al tiempo.
La puerta a diferencia de lo que creyó no se abrió sin más como lo había hecho Archer usualmente. Además, ¿no eran demasiados pasos los que estaban en el exterior?
La puerta cayó y Florence abrió los ojos ante ese hecho. No fue solo uno o dos, era un grupo de al menos diez quienes estaban ante la puerta viéndola ahora.
― ¿Y la chica?
―No estaba en el pedido, solo captúrenla, pueden violarla si deseas, solo no olviden ocultar el cuerpo después.
¿Qué era todo esto?
Florence tomó guardia con los brazos al frente, cosa que hizo que los hombres rieran. Uno de ellos se acercó y no dudó.
Un golpe en la mandíbula y otro en el brazo que había extendido aquel hombre. Florence vio la sangre caer de la boca de aquella persona y escuchó el hueso crujir.
Fue la primera vez que no se había contenido en un enfrentamiento contra alguien más que no fuese alguno de sus maestros.
La molestia llegó en el resto al ver a uno de los suyos rodando en el suelo con sangre siendo derramada por todos lados.
― ¡Pensé que el chico era el único problema!
― ¡Esa mujer nos dijo que la chica parecía indefensa!
Las quejas se dieron y vagamente Florence comprendió. Fue diferente a lo que Archer dijo que pasaría, viendo que ahora al fondo estaba la misma mujer con un cuchillo y la mirada desesperada hacia el cajón de medicinas, era evidente que habían venido para robar todo de Archer.
Florence tragó cuando dos personas saltaron y uno llegó al frente con un palo grueso de manera. Primero se movió y pateó al que venía de la izquierda y golpeó con el giro al de la derecha con el codo, solo para terminar agachada evitando el golpe del hombre del frente y poder golpear en el estómago de este.
Eso hicieron cuatro fuera.
Florence respiró hondo cuando se preparó para la siguiente tanda, pero un jalón de su pelo hizo que perdiera el equilibrio.
Fue uno de los hombres que golpeó, no lo había dejado inconsciente a pesar de que este estuviera en el sueño dejando que la sangre saliera de su nariz y boca.
Un golpe fue dado en su estómago ahora. Florence sintió como el aire de su cuerpo se escapó e instintivamente llevó las manos a su abdomen.
Pero no podía retroceder ahora.
Tacleó hacia el frente derribando a quien se encontrara delatante, saliendo de la habitación y terminando frente al altar donde cayó al suelo recuperando el aliento.
Cuando alzó la cabeza vio un tubo de acero ir a su rostro.
No pudo esquivarlo.
― ¡¿Qué demonios pasa con esta chica?! ―el hombre observó como la joven levantó el brazo izquierdo y bloqueó el golpe entrante, era obvio que sintió el dolor por el rostro que mostró, pero no se rompió el brazo, pero sí dobló por completo el tubo de acero.
Un golpe desde abajo se levantó con el brazo derecho de Florence y conectó de lleno con la mandíbula del hombre mandándolo a volar casi de manera sobrenatural.
Fuerte.
Florence siempre lo supo, que su constitución era superior a la normal, tenía confianza y sabía que podía lograrlo.
El sonido de un gatillo llegó a su derecha y no pudo hacer nada cuando la bala disparada impactó contra su pierna derecha.
El grito ahogado de dolor no fue posible de expresar en su totalidad cuando un tubo de acero la golpeó en la frente una vez más.
Ahora fue ella quien cayó al suelo mareada y en dolor.
― ¡Perra! ―una patada vino a su costado haciendo que ella apretara los dientes pero no se rindió. Golpeó con su brazo izquierdo la pierna del hombre quien la pateó y escuchó el tronar de huesos una vez más.
Vio de reojo como la mujer que había guiado a los hombres al lugar ahora salía de la habitación con joyas y la medicina que había en el lugar.
Ella sintió que perdió de alguna manera.
Un segundo golpe con una barra de metal se dio en su cuerpo haciendo que se retuerza. Miró por todos lados y aún quedaban más de diez, no entendió porque vinieron tantos por alguien como Archer.
El sonido del arma hizo que Florence mirara a tres de los hombres que se habían quedado atrás.
¿No eran aquellas armas del tipo revolver?, su padre le había enseñado una vez estos, pero nunca creyó verlos, no cuando probablemente se habían comenzado a producir hace unos meses. Pero el problema principal no eran los hombres que la rodeaban, no, de entre ellos, aún tenía alguna expectativa de poder salir de la situación.
Aquella persona tras el resto, el que se había quedado sentando en una de las bancas fue quien le causó el estremecimiento a la hora de poder seguir o luchar. Era como si se encontrara con algo que no debería.
― ¿Alguna noticia del chico? ―la pregunta hizo que los presentes se detengan. La mujer que había estado con las joyas y medicina en mano se acercó a aquel hombre vestido en traje y abrigo largo con sobrero de copa para darle las joyas.
―No señor, desde que se lo acorraló en distrito industrial no se supo nada de él.
Florence abrió los ojos ante esa información. Miró a su alrededor y vio como la fortuna era repartida. Había intentado forcejear en un principio dado el silencio.
Pero sintió como el propio suelo se adhirió a sus muñecas y piernas. Tres personas con armas y una que parecía hacer algo con suelo.
¿Qué es lo que estaba pasando?
―Entonces es cierto, el chico tenía contacto con alguien de la nobleza ―la persona se puso de pie y caminó hasta Florence quien estaba respirando en el suelo intentando mantener el aliento. Se acercó y se agachó mostrándole una piedra verde, uno de los zafiros que Archer tenía en su cajón―. ¿De dónde le envían esto al chico?
No lo sabía.
Florence había conocido a Archer por menos de una semana, y al igual de misterioso era impredecible en sus acciones, solo sabía que estaba ganando mucho dinero, fuera de ese hecho no conocía nada de lo que hacía.
―No lo sé…
No fue una mentira. Florence tragó al ver el rostro del hombre ante ella arrugarse antes de ponerse de pie.
―Es suya, no tiene valor.
Quiso protestar pero sintió un tirón desde atrás, ella estaba boca abajo, y uno de los hombres había intentado forzar su abrigo y rasgarlo.
Florence apretó los dientes y se decidió. Como si ella hubiera dejaría algo como eso.
El hombre de sombrero de copa abrió los ojos cuando escuchó el sonido de la piedra romperse y se giró para ver a la joven una vez más. Las heridas parecían no importarle en absoluto, destrozó lo que había puesto a su alrededor y ahora estaba golpeando a los hombres que había traído.
Problemática, pero se había ganado su interés, después de todo, era raro encontrar a alguien con un cuerpo bendecido como ese, más en esta época. Se giró sobre sus talones y levantó una mano para hacer que una pica de piedra se elevara, el bastón en el suelo y la mano señalando el objetivo fue todo lo que necesito para que este fuera hacia la joven.
El impacto no llegó porque la persona que quiso evitar o lidiar antes de tiempo llegó.
Desde el techo dando paso a un umbral donde se posó bajo la luz entrante iluminando la iglesia. Florence vio a Archer, herido en el cuerpo, espada en mano y una mirada fija hacia ella.
―Entonces ese es el famoso vendedor de los últimos tiempos ―el negocio de la hechicería con joyas no era propia del país o si quiera del continente. El hombre con sombrero de copa había sido el mayor vendedor de estas porque había robado hace tiempo información de parte de una familia de magus de Japón.
¿Pero qué pasó cuando un niño apareció ofreciendo mejores joyas de las que vendía?
Solo podía lidiar con la competencia como un magus lo haría.
Le sorprendió el hecho que el chico apareciera con vida, pensó que los mercenarios no iluminados y los iluminados serían suficiente para lidiar con este, pero parece ser que lo subestimó, pero aun así no apareció indemne, no con heridas por todo el cuerpo y un brazo que parecía colgar sin fuerza.
Fue solo una fracción de segundo lo necesario para que las cabezas de todos los presentes rodaran sin más en el suelo. Todas menos la de la mujer que estaba cargando la medicina.
―Corre, y reza que no te encuentre ―palabras bastante fuera de lugar para alguien desangrándose. Así lo pensó el magus viendo al chico que tomó con un brazo a la joven que había estado luchando hasta ahora.
Lo más probable sería que la pelea se complicaría por como la joven ya no parecía estar consciente pero pese a ello.
Aún estaba peleando como un berserker negándose a morir.
―Parece que te subestime por lo cual-
Un dolor llegó a su pecho. Miró al frente y vio al chico escupir sangre. Pero ese no fue el problema o algo parecido.
El magus no pudo decir nada o reaccionar, no cuando todo su cuerpo estaba atravesado por espadas. Casi al instante colapsó dejando que la sangre se filtre por todos lados.
―Malditos héroes y sus situaciones de vida o muerte… ―Archer solo pudo maldecir su suerte a más no poder. Si no hubiera la necesidad de correr hacia la iglesia para asegurarse que Nightingale estuviera bien entonces podría haberse tomado con calma el ataque que sufrió.
Algo como eso fue humillante para salir herido, pero al menos vio al bastante increíble. El cuerpo de la mujer se fortaleció incluso más con la situación que vivió. Un cuerpo bendecido por Dios para la salvación de los demás. Así podría llamarlo Archer al cuerpo de la mujer que tenía en brazos.
Ojos rojos se entrevieron viéndolo de frente. Archer sonrió de lado a la joven quien parecía perdida viendo su rostro.
―Estás herido…
Florence no pudo evitar decirlo al ver como Archer estaba con una sonrisa manchada, la comisura de los labios del hombre con sangre seca y varios cortes viniendo de su frente.
―También lo estás, déjame tratarte, descansa, cuando despiertes… ―Florence sintió que estaba por dormir―, estarás en casa.
Eso fue todo lo que escuchó antes de perder la consciencia y caer en un profundo sueño. La única imagen que retuvo en su memoria fue la de un joven sonriéndole cálidamente bajo la luz del umbral de la iglesia con la cruz de fondo.
Una escena casi divina, pero al mismo tiempo tan humana al mostrar como a pesar de su posición podía mostrar el dolor.
A Florence Nightingale no le gustó aquella escena, ver al héroe herido pero aun así cargando con el peso de la salvación.
Florence quería intervenir, extender una mano y ayudarlo, ella al menos debía…
Curarlo.
…
La próxima vez que Florence abrió los ojos habían pasado meses desde que se desmayó en la iglesia, incluso si cumpleaños número disiente se había quedado en el olvido. Su familia había estado molesta pero no pudo hacer nada para ir contra lo que quería, no cuando fue su culpa su estado en el cual terminó.
Desde aquella mañana de invierno había pasado tiempo desde que perdió la consciencia.
La mañana del 13 de junio de 1837 fue el día en que abrió los ojos después de haber estado en coma por todo ese lapso. Desde los días de febrero del mismo año que había caído en aquel estado.
Todos quienes estuvieron al lado de la joven lo notaron, el cambio que hubo desde que despertó aquella mañana, no hubo demandas o quejas, no hubo algún signo de tristeza o lamento más allá de uno invisible que no era hacia ella.
Fue como si la persona que hubiera despertado de aquel largo sueño hubiera sido otra persona.
…
Medicina.
No supo que necesitaba de eso hasta que vio su propio cuerpo siendo cortado, no supo que quería ayudar a los demás hasta que vio a aquel héroe dañado, y no supo que deseó poder hacer algo hasta que la noticia de su desaparición se le había otorgado.
Florence sintió culpa, una invisible que la carcomía desde el interior hasta el exterior, había cambiado en el tiempo que había dejado la casa, porque incluso si fuesen un par de días.
Pudo vivir lo que era la vida de un ciudadano más. Comiendo la misma comida por días creyendo que el sabor mejoraba y pensando que las cosas cambiaran al día siguiente.
Pero no hubo nada de eso en ese tiempo que pasó en la habitación de aquella iglesia abandonada.
Poco después de que despertó le pidió a su padre que le ayudara a ubicar a quien la había salvado. Al parecer, el joven de cabello rojo había cargado con ella hasta el centro de Oxford incluso encontrándose herido.
No supo que decir cuando se enteró que poco después de entregarla había colapsado y lo peor de todo, terminó encerrado en un calabozo en vez de recibir un tratamiento.
Se sintió horrible, asqueroso en cierta medida, que la persona que había estado ayudando a los barrios bajos terminase de esa forma. Entregando medicina y alimento solo para ser vendido a un grupo que buscaba lo que usaba para ayudar a todos.
¿Acaso las personas eran tan ciegas que no podían ver que esa persona solo quiso ayudarles?
Florence había estado en negación cuando despertó pero al mismo tiempo no pudo borrar la sonrisa que vio a pesar de la situación que vivió aquel joven.
Archer le sonrió en vez de maldecirla, no se enojó con la mujer que buscó la medicina a pesar de sus heridas.
Compasión.
¿Era esa clase de temple algo que podía ganarse?
Cuando despertó estuvo confundida, en que debía seguir o que debía hacer con su vida, pero ahora lo tuvo más claro conforme decidió salir al templo y observar los alrededores.
Ella debía ayudar a los demás.
Le pidió a su padre ayuda para conocer Inglaterra y ver lo que había a su alrededor, también pidió volver al ducado de la Toscana y ver la situación de su ciudad natal.
El cambio fue dado en su mente y su forma de ver el mundo, la mirada de la chica inocente parecía haber sido arrancada y dejado dos cuencas que veían la verdad del mundo, pero incluso así.
No pudo sentir molesta hacia estos en lo absoluto.
Recorrió hasta se decidió encontró su lugar en un monasterio, la forma en la que trataron a los enfermos y marginados por igual la hizo reflexionar y aceptar.
Que todos merecían un trato por igual.
Dedicarse a los demás y a la fe era algo que había decidido en su estadía en el monasterio, los pretendientes que llevaba encima nunca mermaron pero pudo controlarlos con mayor medida.
Ya no hubo necesidad de escuchar promesas de amor cuando había decidido dedicarse únicamente a la salvación.
Incluso cuando las personas tan influyentes que había conocido y se habían interesado en ella por su apariencia y su forma de ser peculiar, solo las pudo rechazar.
¿Qué más podía hacer sino dedicarse a ayudar?
Quizá eso fue lo estuviera haciendo en este momento Archer. Le gustaba pensar que aquel joven de cabello rojo estaba vivo en algún lugar, siguiendo con su camino de ayudar a los demás.
Florence no pudo evitar relacionar ese encuentro con su descubrimiento acerca de la magecraft. Algo que al principio le interesó, el usar los misterios del mundo para ayudar a los demás, pero gradualmente se dio cuenta que aquellos misterios en vez de aportar ayuda, solo podrían aportar destrucción.
Vagó ayudando a los demás hasta que llegó a África en un grupo de ayuda, había estado viajando con amigos y fue allí que vio algo más de la realidad del mundo que solo el miedo a los humanos en los ojos de las personas.
El miedo al todo estaba impregnado en la mente de estos. Grecia había sido algo que pudo soportar a pesar de lo que vio, pero cuando llegó a Egipto la cosa empeoró.
No sintió que estuviera del lado del bien cuando trataba a alguien y al mismo tiempo moría alguien.
Las palabras de Archer siempre llegaban a su mente. Que del sacrificio nace la salvación.
¿Pero quién decidía que era lo que se sacrificaba?
Eventualmente Florence se detuvo a pensar en eso y sentía que su mente se degradaba conforme más iba cuestionando esas palabras. Si nadie deseaba sacrificar algo para salvar a los demás, ¿no significaba que aquel que salvaba era quien se sacrificaba?
Algo estúpido, pero al mismo tiempo que la dejó pensando y le cambió su vista de la ayuda a los demás convirtiendo su deseo de ayudar si es que deseaban.
En algo que era ayudar incluso si no lo deseaban.
― ¿Está ocupado? ―Florence alzó los ojos y observó la mesa que tenía en frente. Al haber estado perdida en sus pensamientos se olvidó que había estado sentada en la silla de un comedor.
Miró detenidamente al hombre y sus ojos se agrandaron.
Si bien las ropas eran distintas y más locales, pudo reconocer al hombre con solo un vistazo, no había envejecido en lo absoluto más allá de ganar de musculo.
―Claro.
Una respuesta con una sonrisa cortés. El hombre frente a ella, vistiendo una túnica blanca con una capucha que lo cubría era fácilmente reconocible para ella.
El pelo rojo y ojos dorados con esa mirada única era algo que no podía perder después de todo.
―Ha pasado un tiempo, ¿no? ―la risa del hombre hizo que Florence asintiera―, ¿la princesa ha estado bien?
Una burla que usualmente terminaría en la caída de los dientes de alguien que lo diera. Pero solo porque era persona.
Lo dejaría pasar.
―Veo que sigues igual de locuaz que siempre, pero tú rostro… ―Florence intentó no decirlo o mirar directamente, no era solo el rostro, pudo verlo de entre la túnica, las vendas que corrían cubriendo todo el brazo derecho y pecho subiendo por el cuello y cubriendo la mitad del rostro.
―Un incidente menor, parece que has estado ocupada.
― ¿Aun esperabas ver a la niña asustadiza? ―una burla poco propia de ella, incluso su forma de responder no coincidía a como hablaba usualmente, pero ahí estaba.
¿Se sintió relajada?
―Sería extraño encontrarme con la misma niña de aquella.
―Tenía dieciséis en ese entonces.
―Oh, ¿y ahora?
― ¿No te enseñaron que es de mala educación preguntar la edad a una mujer?
La risa suave del hombre fue recibida con una propia de Florence.
―Sí, supongo que algo como eso pasaría, me alegra que todo haya ido bien desde entonces.
― ¿Puedo hacer una pregunta?
Archer alzó una ceja hacia Florence.
― ¿Sería…?
― ¿Cuál es tú nombre? ―una pregunta que se repitió constantemente pero ahora al verlo podía decírselo. Florence no creía que "Archer" fuese su nombre.
Pero tampoco esperó que este alzara la cabeza y viera al cielo, como si estuviera buscando algo.
―No tengo uno.
Los ojos de la mujer se abrieron.
―Tú…
―Solo llámame Archer, quizá algún día decida si puedo tener un nombre.
―…
― ¿No es la respuesta que querías?
―Pensé en muchas respuestas, no algo cómo eso.
―Usualmente la gente cree que miento cuando digo eso.
―La gente que miente no buscaría la respuesta al cielo de manera tan desesperada.
Silencio.
Emiya abrió los ojos y sonrió de lado ante aquella respuesta.
―Sí, supongo que todos deseamos tener un rayo de iluminación para que nos guíe ―era un tono resignado, Florence podía decirlo, pero lo más le molestó fue la mirada del hombre, algo que se había dado cuenta desde hace mucho tiempo incluso si fue breve su primer encuentro.
Buscase donde fuera, no logró encontrar a nadie con los mismos ojos que aquella persona, unos ojos que mostraron todo menos energía.
Los ojos de alguien que había abandonado toda esperanza de vivir su vida.
― ¿No puedes encontrarlo por ti mismo? ―la pregunta de Florence tomó desprevenido a Archer, algo que hizo que la mujer notó.
―No importa cuánto uno pueda buscar, lo sabes, ¿no?, una persona que no desea ser salvada, no encontrará nunca la respuesta.
Implícitamente Archer le dijo a Nightingale que no había esperanzas para él de seguir buscando algo que no encontraría.
―Yo la encontré, mi dedicación… ―Florence no lo diría, que aquel motivo de su cambio y la revelación que tuvo fue por haber a aquella persona.
Aquella persona estaba frente a ella.
―Es bueno que hayas encontrado lo que te mueve ―Florence lo vio, como Archer se puso de y se estiró antes de moverse.
― ¿Has desparecido por catorce años y ahora te vas otra vez sin más? ―había un ligero deje de decepción en la voz de la mujer.
―Tengo que partir hacia el extremo oriente.
Florence alzó una ceja ante esa información.
― ¿No hay una guerra librándose en este momento en ese lugar?
―Llamarlo guerra sería una subestimación, pero sí.
Florence se rio ligeramente sin alzar la cabeza.
―No has cambiando en lo absoluto.
Archer sonrió ante ese comentario.
―Quien sabe, quizá ahora iré a pelear por los malos.
― ¿Y tú juzgas quien es bueno o malo?
―Me atrapaste ―un entendimiento entre ambos fue algo que se libró desde el primer instante, incluso hace catorce años las cosas fueron así, el hecho fue sencillo.
Eran similares.
―Solo quieres evitar la mayor cantidad de muertes ―incluso sin verse o hablarse por años, pudo comprender al hombre perfectamente, podía leerlo porque era como leerse a sí misma.
Para Florence ambos tenían el mismo estilo de pensamiento pero con un enfoque distinto.
―Quien sabrá, quien sabrá…
Ambos se miraron en silencio brevemente, un silencio incomodo apareció.
―Me sorprende la poca reacción al verme, con lo que gastaste para encontrarme, pensé que sería un encuentro emotivo.
Florence no pudo evitar sonreír de lado ante las palabras del hombre.
―Quizá lo hubiera sido así hace años, oh, no lo tomes a mal, no te he olvidado, pero el impacto sí fue mermado.
―Bastante doloroso que nuestra princesa sea tan poco sensible ―Archer llevó una mano a su pecho para sacudir la cabeza una vez más―, fue bueno verte.
―Sí, algún día te pagaré lo de aquella vez.
―Solo necesito que estes a salvo, esa es paga suficiente, y la próxima vez, tengo algo que entregarte.
…
Florence tampoco se quedó mucho tiempo más en Egipto después de aquel encuentro con Archer. Lo había acompañado aquella tarde a la estación para que saliera, el tren recién se había habilitado pero fue un buen medio para viajar antes de salir hacia el mar.
Tres días después de la partida de Archer ella viajó a Alemania para enfocarse en un nuevo lugar para tratar a los enfermos. Un convento fue algo que sintió que le venía bien además de la filosofía que este llevaba.
Ayudar a quien lo necesite sin importar su distinción social. A Florence le gustó aquello, el poder ver más allá de la moneda que alguien llevaba o la carga que este tenía, lo único que importaba era lo que ellos querían recibir y no dar.
A finales del 1850 a la edad de treinta años fue que se encontró más rápido con Archer de lo que planteó. Era como si el hombre cambiara para adaptarse al país que viajara, por lo cual el verlo fue una sorpresa.
Y una mucho más grande el encontrar que su cabello había dejado de rojo a pasar a un blanco puro. Quiso preguntar pero se limitó a simplemente saludar.
―Nos encontramos de nuevo ―Nightingale vio hacia la calle, había estado limpiando algunas sábanas en el patio trasero del convento cuando lo vio ahí. De pie con una sonrisa tranquila y ropa elegante una vez más, un traje de caballero, la camisa blanca, zapatos, chaleco, saco y pantalones negros, al menos eso fue lo que pudo decir ante el porte del hombre.
―Parece que nos encontramos más seguido de lo esperado, ¿habrá alguna guerra por aquí? ―una burla obvia de ella hacia el hombre quien se rio un poco―. Con esos colores pareces un cuervo siguiendo a los ejércitos marchantes.
―No puedo decir nada de usted, porque siempre está hermosa, princesa ―la burla ante el título era obvia pero la sonrisa de Florence solo aumentó ante ese título.
―Entonces como un vasallo debería servir a esta princesa ―tomando los bordes de su falda que había estado sujetando mientras lavaba la ropa pisándola Florence hizo una reverencia que fue seguida por el hombre.
―Oh, ¿cómo alguien tan humilde como yo podría atreverse a ponerse en el camino de su majestad? ―Florence se rio gratamente y cerró los ojos.
No vio como la mirada de Emiya fue a su rostro y los ojos de este en su sonrisa. Fue un encuentro breve pero ella vio como el hombre suspiró antes de mirar hacia un lado.
―Me gustaría seguir hablando, pero me temo que el tiempo está terminando ―Florence asintió miró hacia el cielo, el atardecer que iba llegando.
―Cuídate del invierno, quizá aún no ha comenzado con fuerza, pero parece que será fuerte.
―No soy la niña de aquella vez, no moriré incluso si duermo sin nada a la intemperie ―una jactación que fue recibida con una risa de parte del hombre.
―Quizá la próxima vez acepte tú invitación, pero ahora no creo que sea el momento.
Dicho aquello el hombre se alejó sin más.
Florence se quedó quieta, alzó una mano y tomó la trenza que colgaba en su hombro y espalda y jugó con ella brevemente sin saber que decir.
Su rostro estaba rojo al darse cuenta de la propuesta tan indecente que había soltado de la nada, y lo peor de todo, es que lo había hecho ante aquella persona.
―Creí que dijiste que dedicarías a salvar a los demás, pero parece ser que tienes a alguien especial.
Florence se giró y vio a una de las hermanas en el convento. La diversión era obvia y más que plasmada en el rostro de esta cuando la vio.
―Yo… ―el rostro de Florence estaba calentándose, su ropa tampoco ayudaba por haber estado trabajando se había quitado el abrigo de arriba.
Más parecía una propuesta para que duerma con ella que un comentario sobre su fortaleza.
―Oh, no te preocupes, no le diré a nadie tú secreto.
…
¿Cuánto tiempo más estaría en la tierra?
Emiya no supo que pasó y porqué aún seguía ahí, Alaya estaba susurrándole pero no lo llamaba, podía arrastrarlo en cualquier momento pero no lo hizo.
¿Por qué?
Aquel intento fallido le otorgó esta vida simple, algo tan efímero que antes de darse cuenta ya habían pasado más de treinta años desde que llegó a aquel mundo.
Pero ¿qué era su objetivo o lo que necesitaba hacer por eso que aún no era convocado?
No es que se estuviera quejando pero de cierta manera en cierto grado el aparecer y ver a aquella mujer crecer le dio un ligero aire de tranquilidad.
¿Quizá fue por la responsabilidad que sintió al principio al interferir con ella?, probablemente por eso creyó que era una carga que él debía lidiar, pero no parecía haber cambios en la historia que conocía e Nightingale con la Florence que conoció en esta vida.
La mujer que había encontrado viajando ya un par de veces era de lejos interesante. Poco a poco, la actitud infantil y la forma en la que ella actuaba se asemejaba más y más hacia su yo real.
Por lo cual ella estaría en la guerra de Crimea que se desataría en poco en tiempo.
Emiya miró sus manos y pensó en sus acciones hasta el momento. En vez de tomar la oportunidad para descansar decidió centrarse en aparecer en el campo de batalla para hacer lo que mejor sabía hacer.
Matar.
No fue por piedad o por necesidad, fue algún tipo de deber implícito que llevaba en su mente, no podía evitarlo, el ver un conflicto y quedarse al margen.
¿Cuánto tiempo había vivido en el mismo bucle para terminar así?, el ser convocado y resolver un conflicto, aquel bucle fue algo que no pudo escapar, por tanto tiempo estuvo atrapado en ese mismo estado que ahora que se le dio una salida temporal.
No pudo pensar en otra cosa que no fuese intervenir.
Desde que despertó solo dedicó su tiempo a estar encerrado, el vivir en Irlanda en sus primeros años de vida fue algo que lo relajó. Al menos fue la primera vez que conoció a lo que podría llamar su familia de verdad. Fue un momento en su vida que creyó que podía seguir sin más en aquel mundo, una familia que lo quería y una hermana lo adoraba.
No supo por qué dudó al momento de viajar, ¿qué era el sentido de ir a otro lugar cuando sabía el final de la historia que se iba a contar.
No pudo hacer nada, a pesar de que su mente le dijo que algo malo iba a pasar se quedó al margen y no hizo nada más que esperar y cuando el momento de la perdida se llegó a presentar, solo pudo mirar a un lado a su familia sin poder extrañarles de verdad.
No se merecía amor al final de todo sin importar que llegara a pasar.
Decidió volver a Irlanda y tomar las cosas que su familia y venderlas. Había caído en un error al pensar que podía vivir para sí mismo cuando el mundo le negó aquel derecho desde el primer instante de su consciencia.
Quizá fue por esa la razón que eventualmente encontró aquel colgante. Aquella joya que simbolizó su todo en vida y el camino que siguió. Fue una mala broma el haberla encontrado en medio de la nada como si alguien la hubiera puesto para que la recogiera.
¿Qué pasaba con las señales del mundo?
Podría atribuir a Alaya de aquel hecho pero no tenía sentido del todo eso, no a menos que hubiera un tercero involucrado, pero ¿Quién? Y ¿Por qué?
Sacudió las ideas molestas de su cabeza y decidió que era mejor centrarse en la vida que pensar en lo que vendría posterior a ella, conocía lo que estaba tras el umbral de la muerte para preocuparse de algo sin sentido.
Pasó años de su vida juntando información y medios para ayudar a la clase obrera en Londres, viviendo en la miseria absoluta e incluso podría decir que lo estaban pasando peor que algunos lugares en conflicto.
Al menos esos lugares estaban derramando sangre para sobrevivir, en los barrios bajos solo derramaban sangre para eventualmente morir.
Fue una mala broma que intentara alejarse de la guerra y del conflicto real a pesar de saber que este llegaría a su puerta algún día, y así fue cuando la vio por primera vez en esta vida.
Florence Nightingale. Quiso cerrarle la puerta y hacer que se fuera al momento de verla, alguien como ella no moriría sin importar su interferencia o no, lo vio, como en aquella iglesia gradualmente la mujer parecía alcanzar la iluminación que tanto se calmó que obtuvo.
Fue en ese momento cuando estaba luchando contra quienes invadieron la iglesia abandonada que se dio cuenta de la diferencia entre un héroe de verdad y él.
Muchos clamaban que un héroe no nacía sino que se hacía, pero el verla ahí, logrando pelear por instinto y sacando todo de sí e incluso más para evitar que la situación avanzara a más le mostró la realidad.
Si fuese él en la situación de ella sin preparación o memorias hubiera salido tan herido que no sabría si sobreviviría, quizá lo haría, pero las consecuencias serían mayores.
Envidia. Emiya tuvo un pequeño deje de esto al ver como Nightingale lograba conseguirlo todo como si el mundo se hubiera abierto paso para ella. Sabía que esa forma de pensar fue estúpida y errónea, no había nadie quien pudiera conseguir algo sin dejar algo atrás.
Y fue en aquel viaje en Egipto que logró ver qué fue lo que había perdido la mujer que había visto aquel día. La luz de los ojos de Nightingale había perdido brillo, la forma más apacible y sin ganas de conflicto real se mostró para él.
Ya no estaba viendo a un humano o la joven de aquella vez, ahora la mujer delante a él fue nada más ni nada menos que un intento vano de una salvadora en este momento, un intento que eventualmente llegaría a ser la realidad.
¿Pero que rostro presentaría el día que ella cambiara totalmente?, apenas pudo reconocer a la joven de aquella vez, sabía lo que podía hacer el paso del tiempo a la mente de una persona, si bien había quienes maduraban, había quienes crecían como una persona totalmente ajena a lo que alguna vez fueron.
Le interesó ver el desarrollo de Nightingale al final del día, siendo como había cambiado no pudo evitar la curiosidad y en parte, ponerse en el mismo lugar. Le agradó también como había cambiado.
Había podido ver como las veces que comía el pan que le daba parecía al borde del llanto por el sabor pero ahora la había visto comer a lo lejos lo mismo que un mendigo, el mismo pan que un desdichado o beber el agua caliente que entregaban a modo de té.
La joven que alguna vez había sido una "princesa" por como actuaba había sido reemplazada por la mujer madura que ahora podía darle la mano a lo más bajo de la ciudad y comenzar a tratarlo.
Se quedó un poco por ello en Alemania, viéndola de vez en cuando y charlando, a veces salían a comer cuando terminaba un trabajo, pero no podía quedarse tanto tiempo en un solo lugar, estaba perdiendo el tiempo y lo sabía, pero aun así.
Hablar de igual a igual con alguien de igual a igual con una perspectiva similar a la suya fue algo que dio un toque más calmado a sus conversaciones.
Eventualmente y sin darse cuenta había pasado de ir cuando podía para ir a cada que estaba en la ciudad, visitando el convento dónde estaba aquella mujer entrañable. Sin darse cuenta a veces llegaba con flores, algo que comenzó como una burla ahora fue una rutina.
¿Quizá fue porque con un pequeño gesto podía ver una sonrisa tan radiante?
Emiya a veces se quedaba quieto viendo a la nada, sentado en el parque antes de pasar por el convento, como si quisiera evitar la idea de ir para encontrarse con la mujer.
¿Por qué ella también lo recibía con tanta paz y gratitud? Emiya no era ajeno a como había hombres tras ella, quizá él pudiera considerarse uno más, pero era conocimiento común que Nightingale había rechazado a todos aquel pretendiente que se le acercara.
¿Quizá era porque la mujer sentía que estaba en deuda con él?, esa podría ser la única razón que llegaba a la mente de Emiya para que algo así pasara, fuera de eso, no podría encontrar otra explicación.
No entendía porque ella era siempre tan amable con él.
…
Era octubre de 1853.
Los aplausos en la sala no se hicieron esperar cuando la estrella de la noche había ingresado en la sala. Florence Nightingale entró bajo aplausos cuando entró en la habitación donde estaba siendo felicitada.
Había ascendido en poco más de dos años en jefa de una instalación para tratar a los enfermos. Algo que la hizo feliz, y ahora si bien no le gustaba del todo las fiestas o socializar, no podía evitarlo, el tener relaciones con gente en con poder era algo que le enseñaron desde joven, por lo cual ahora podía gozar de cierta ayuda para completar sus objetivos, uno de ellos era este.
―Te ves aburrida.
Florence se detuvo cuando una voz sonó a su espalda, una que conocía. Se aclaró la garganta y se giró para ver a Archer con los brazos cruzados sentado en el alféizar de la ventana.
La sonrisa de Florence hizo que Archer se estremezca, era algo que siempre notaba la mujer cuando veía al hombre, el ligero temblor cuando le dedicaba una sonrisa.
―Creí que no vendrías.
―Hoy es tú gran día, ¿no es así? ―ambos se habían encontrado bastante seguido desde hace tres años ya―, al menos tendría que venir a felicitarte.
―Pensé que estarías en la parte occidente en este momento, al menos eso fue lo que dijiste ―Florence caminó y se sentó al lado de Archer quien sonrió de lado ante la estrella de la fiesta quien terminó quedando fuera del foco de los demás.
―Estaba ahí, fue por eso que no pude llegar la semana anterior ―Florence parpadeó un par de veces.
― ¿Has vuelto del frente para el día de hoy? ―se inclinó y miró al rostro del hombre quien al instante desvió la mirada y cerró los ojos.
―Solo tenía que terminar algunos trámites aquí.
Florence podía ver a través de la obvia mentira. Una carcajada estalló de la mujer haciendo que Archer gruñera ante ese hecho. Sabía que no había forma que aquel hombre gruñón fuese honesto pero algo como esto simplemente era divertido de ver.
―Sí, lo que digas ―Archer no pudo evitar verlo, la sonrisa que estaba dándole aquella mujer que había dicho con la que no se involucraría, pero ahí estaba.
Volviendo siempre al lado de ella buscando verla sonreír para él una vez más.
―Gracias.
Una vez más, a pesar de no haber hecho nada significativo, Archer escuchó las gracias de Nightingale.
―No tienes que darme las gracias… ―Archer observó el cuello de la mujer, si bien el vestido rosa con rojo era algo bastante elaborado, no fue lo que llamó su atención principalmente―. Veo que lo llevas puesto hoy.
Era el collar que fue casi un símbolo para él, el colgante de Rin descansaba en el pecho de Florence. La mujer había intentado devolverlo en varias ocasiones, pero se limitó, entregárselo, una promesa de que se volverían a ver, al menos así fue como Florence lo tomó aquella vez.
―Era una ocasión especia.
―Sí, supongo que la situación lo ameritaba.
―Pensar que te harías la dueña de algo que robaste ―la burla fue recibida con una ligera risa.
―Pienso que tuve suerte de encontrarte aquella vez en los barrios bajos.
―No creo que hubieras necesitado mí ayuda, eres más fuerte que cualquier ―Archer sonrió y miró el techo―, eventualmente encontrarías la forma de volver.
―Lo dices ahora pero en ese momento sentí que iba a morir, después de todo, es raro encontrarse con un magus.
Florence probó la palabra a modo susurro y esperó la reacción de Archer quien solo se limitó a asentir sin ganas.
―Supongo que era de esperarse.
―No sabía que vendías algo tan importante en ese momento.
―Lo hacía para mantener una fuente de ingresos para los necesitados.
―Y aun así te apuñalaron por la espalda… ―Florence miró al suelo. Fue una mala broma que aquel que estuviera ayudando cayera en la misma que una gallina de huevos de oro.
Una vez que la gente probaba el sabor de la riqueza eventualmente deseaban más, y en este caso, un niño que vivía solo pero tenía dinero y recursos no podría haber sido mejor objetivo.
―No es algo que estuviera fuera de lo que pensaba, pero la aparición de magus lo fue.
―Creí que no hablarías de esto en público.
―Varias personas aquí saben de ello, el que no lo mencionaras hasta ahora me sorprendió.
―Creí que estaba siendo considerada… ―Florence no pudo evitar suspirar antes de mirar una vez más al hombre de forma animada―, no importa lo que sea que hagas, sé qué haces lo correcto.
Los ojos de Archer se abrieron.
―Esa confianza ciega te pasará factura algún día ―un suspiro no pudo evitar salir de Archer antes de ponerse de pie.
― ¿Ya te vas? ―el hombre no quiso girarse, no cuando la voz de la mujer sonaba tan desganada.
―Iré por un poco de aire fresco, dudo que la estrella de la noche pueda retirarse.
Una risa jovial se dio ante ese comentario.
― ¿Ahora hablas de etiqueta? ―Florence se puso de pie ante el hombre y le extendió la mano.
Archer dudó si debía extender la suya o no. No tuvo opción cuando la mano de Nightingale se extendió y lo jaló hacia ella para que lo siguiera.
―Careces de modales para hacer que "esta princesa" deba moverse por sí misma ―una burla a como siempre la llamó. Archer sonrió de lado antes de tomar la mano de la mujer e ir al punto para bailar.
Fue extraño.
¿Cómo había terminado en esta clase de situación?
No fue la primera vez que la acompañó para un baile, pero ahora el verla sonreír y reír de tal forma tan amena y tranquila.
Sintió que algo en su pecho se movió. Tres años seguidos viendo a alguien que lo recibió con una sonrisa de manera tan constante le hizo preguntar si realmente había terminado todo, que ya había salvado a Florence aquella vez hace tantos años.
La presentación pasó tranquilamente hasta que ambos pudieron salir al patio de la mansión en donde se llevó a cabo la celebración. Archer vio como Florence se había quitado los zapatos y los llevaba en mano.
―Te siguen molestando, ¿no?
―Desde aquella vez nunca he usado algo que sea incomodo, no a menos que sea necesario ―Florence caminó y llegó hasta una glorieta en medio de aquel lugar, se sentó en una de las bancas de piedra y palmeó un par de veces hasta que Archer se sentara.
―Bebiste ―Archer se limitó a decir antes de sentarse al lado de la mujer.
―Un poco, no te preocupes.
―Nunca te había visto beber ―Archer vio a la mujer que tenía una gran sonrisa en su rostro viendo hacia el frente.
―Bueno, ¿no es usual que alguien que se dedica a los demás no tenga tiempo para sí?, solo te he visto fumar, pero nunca beber.
Archer sonrió de lado mostró una caja de metal, eran cigarrillos pero al instante en que lo hizo le fueron arrebatados por la mujer.
―Parece ser que quienes lo consumen desarrollan alguna enfermedad, no se ha demostrado, pero deberías dejarlo.
Archer parpadeó y vio la caja en manos de la mujer, extendió la mano para tomarlos de vuelta pero Florence movió la mano y lo apartó una vez más. Le siguió el juego, estirando el brazo y siendo Florence quien repitió el mismo movimiento para evitar que lo obtuviera.
El juego pasó a un leve forcejeo con una risa calmada de Florence, Emiya estaba disfrutando del momento vivido hasta ahora.
¿Alguna vez se había sentido tan a gusto?
Antes de darse cuenta ambos cayeron al suelo y rodaron para terminar con Florence con la caja en mano sonriendo victoriosa. Estaba sentada a horcajadas sobre Emiya quien la veía casi como si estuviera hipnotizado.
―Deberías dejarlo.
Una sonrisa emergió una vez más de Emiya.
¿Siempre fue tan fácil sonreír o sentirse así? Quizá era el hecho de la sonrisa y el ánimo incondicional de parte de Nightingale pero Emiya empezó a sentirse que había logrado por fin algo.
―Estás haciendo trampa.
El reclamo de Archer fue a oídos sordos. Florence sintió como el hombre se sentó y se quedó cara a cara con ella.
―Tú…
La caja de metal golpeó el suelo cuando ambos se besaron. Florence usualmente hubiera rechazado o golpeado a quien se acercara tanto pero si era aquella persona con quien sintió que podía contar hasta el final.
Estaba bien, más que bien. Nightingale envolvió la nuca del hombre en un abrazo y le devolvió el beso, fueron segundos más antes que ambos se separaran. El rostro de la mujer rojo y Emiya viendo a la mujer sin saber qué hacer con lo que sintió.
Ganas de poseerla.
La sujetó de la cintura y pasó una mano por la espalda antes de levantarse de golpe. Nightingale abrió los ojos y miró al hombre quien la cargó de la nada.
Ella no era del tipo de "doncella" que podía ser movida sin más sin que se resista. Usualmente hubiera rechistado o se hubiera molestado, pero incluso cuando ella sabía lo fuerte que era.
No se sintió mal ser protegida por una vez más.
…
Archer había rentado una casa cerca del convento desde que supo dónde estaba Nightingale, quizá fuese una coincidencia de hace tiempo pero no le importó que algo así pasase o que ese estuviera metiendo con la historia que no debía.
Él solo la quería a ella en aquel instante.
Desde el carruaje hasta la llegada a la casa ambos se habían estado besando. Nightingale vio como su cabello había pasado a estar desordenado, el cabello en extremo largo que portaba ahora caída alrededor de su cuerpo sin más, una mordida en su cuello la hizo llevar una mano a su boca cuando el hombre comenzó a jugar con ella.
No fue agresivo como pensó que sería. Había escuchado rumores los primeros meses de conocerlo en Alemania, pero esos rumores se aplacaron conforme pasaba el tiempo.
Al principio fue que Archer solía salir con algunas mujeres pero ese hecho bajó de intensidad hasta llegar a la situación actual.
Donde solo se encontraba con ella fuera de su trabajo.
No le preguntó que era exactamente lo que hacía, no importaba.
El abrazo cálido al ser cargada y la forma delicada en la que fue depositada en la cama le hicieron feliz. Había olvidado quien era o lo que podía sentir.
La sensación de ser tratada cómo una mujer hacía tiempo que había salido de su ser, pero ahora ahí estaba.
Con el cuerpo siendo desnudado de poco, las caricias y toques ligeros que no pudo detener o mejor dicho, no lo quiso.
Se había jurado en mantenerse fuera de toda relación y entregarse únicamente al cuidado de los demás pero ahí estaba ahora.
Besando y dejando que un hombre la toca, le muerda el pecho y la desnude.
Los susurros de afecto no faltaron. El cómo decía que era hermosa fue algo que hizo que sintiera mucha más vergüenza que el mostrar su pecho.
Una mordida en su pezón hizo que un leve grito saliera de su boca. Miró abajo y vio a Archer quien la empujó de vuelta para acostarse.
―Archer yo-
―Emiya.
La respuesta rápida del hombre desconcertó a Nightingale de momento.
―Soy Emiya ―los ojos de Florence se abrieron ante esa revelación.
Probablemente era la única persona a la cual el hombre le había dicho su nombre hasta ahora.
―Emiya… ―brazos cruzaron tras la nuca del hombre acercándolo una vez más, el vestido que llevaba hace tiempo había caído y dejó su cuerpo expuesto. Intentó hacer lo mismo, pasando los dedos alrededor del cuerpo del hombre y quitando gradualmente la ropa que llevaba con ayuda de este.
Antes que pudiera entrar en razón ambos estaban desnudos una vez más.
Estaba sentada en el regazo del hombre quien la besaba casi como si estuviera asegurándose que estuviera presente, la mano que le apretaba el trasero también fue algo que Nightingale no pudo evitar de que le gustara.
No le diría que podía ir más duro porque aún estaba procesando lo que era el miembro del hombre que estaba abrazándola. Al estar sentada en el regazo de este sintió la punta palpitante que llegaba en su espalda en una distancia algo demasiado arriba de lo que le gustaría.
Cuando se dieron la vuelta fue que Nightingale pudo ver lo que sintió contra su espalda y ahora estaba sobre su estómago. Sabía de medicina lo suficiente para decir que algo como eso en una primera vez iba a doler.
¿Pero acaso no era el dolor parte de la ayuda a la salvación o de un tratamiento?
Además pudo decirlo por como Emiya la abrazó. Florence sintió la desesperación del hombre arriba de ella y pensó en cómo podría estar ahora mentalmente.
¿Acaso no debería ayudar a tratar su salud mental también?
Dolor.
Los brazos y piernas de Nightingale abrazaron con fuerza al hombre mientras que este tomaba su primera vez, y fue el turno de Nightingale de morder le hombro de este cuando fue lo único que se le ocurrió para aplacar lo que sentía.
Los jadeos cuando Emiya terminó de entrar en Nightingale solo crecieron cuando ella sintió que perdía fuerza y bajando la mirada vio la sangre caer de ahí.
No estaban usando protección.
Pero incluso por tonto que pareciera debido a su profesión.
No le importó.
…
Emiya se despertó primero a la mañana siguiente pero no dijo nada más a la hora de ver a la mujer dormida sobre su cuerpo.
Sonreír se le hizo tan fácil cuando estaba al lado de Nightingale que dudó de la realidad del momento, pero ahora podía disfrutar de un calor que desconocía y un aroma que lo embriaga.
Pegó su cabeza contra la de la mujer y el perfume que llevaba llegó a sus sentidos, miró abajo y vio el rostro durmiente de la mujer quien estaba abrazándolo. El pecho generoso de la mujer simplemente llegó a su mente como se movía la noche, quizá se había excedido con ella en su primera noche juntos.
Sabía cómo Nightingale buscaba conservar la pureza pero no pudo evitar moverse.
La deseó tanto que simplemente tuvo que reaccionar. Las marcas alrededor del cuerpo de la mujer fueron el mayor indicativo de lo que pasó en la noche. Quizá se excedió cuando ella prácticamente estaba gritando pero no pudo detenerse.
La deseaba.
Deseaba monopolizarlo todo ella, y gracias a esa sonrisa que recibió de manera inocente y sin pensar por parte de ella.
¿Dónde podría encontrar a otra persona igual? Emiya lo sabía, cómo Nightingale era única al igual que él, eventualmente ella desarrollaría el sacrificio por los demás pero ahora era diferente. A pesar de conocer perfectamente lo que hacía no le importó, se burló e incluso lo apoyó.
Ambos tenían una meta que era salvar a los demás.
Un suave gruñido vino de Nightingale cuando había llevado su mano hacia el trasero de ella. Emiya no lo pudo evitar, la figura de la mujer era mucho más que perfecta, la tez pálida con los ojos rojos y el pelo rosa que solo acentuaban la belleza de la mujer había hecho que perdiera el control.
Muestra de ella era como la entrepierna de la mujer de pelo rosa había estado rebosante. La mujer se quejó de que estuviera terminando dentro de ella todo el tiempo pero no parecía una queja real.
No cuando usaba las piernas para asegurar que no se fuera una vez que terminara.
Emiya no pudo decir que no a algo así y solo pudo abrazarla con fuerza, con ello se dio cuenta de algo, que a pesar de las palabras a negativa de Nightingale pareciera que disfrutaba más cuando era rudo.
Los recuerdos de la noche anterior y madrugada hicieron que volviera a ponerse duro. Antes de darse cuenta ya estaba pegado contra el estómago de Nightingale quien había despertado cuando una presión vino hacia ahí.
Lo primero que vio la mujer fue aquel monstruo que no dejó de azotarla y a la mirada deseante de Emiya a su lado. Se giró y se puso sobre el hombre aún adormilada.
―Está bien, ahora eres mí paciente exclusivo, ¿no debería tratarte con cuidado?
Los ojos de Emiya se abrieron ante la propuesta y cualquier signo de control se fue nuevamente.
Amaba la sensación que le brindaba aquella mujer.
…
El tiempo de la guerra había llegado. Emiya no pudo hacer nada mientras que observó el paso del tiempo ir y a pesar de interferir aquella guerra debía ocurrir.
Había sido un año desde que Florence Nightingale comenzó a vivir con él. Ambos no oficializaron nada, era algo que Florence no podía hacer si es que no deseaba mantener su estatus y la ayuda de los nobles influyentes.
Era octubre del 1854. Ahora se encontraba en un barco viajando hacia la península de Crimea donde la guerra se estaba librando en aquel momento. Emiya miró a su lado y sonrió cuando la cabeza inclinada en su hombro estaba ahí, Nightingale estaba descansando con tranquilidad sobre él.
La mujer no había logrado festejar su cumpleaños treinta y cuatro debido al tiempo que habían pasado planificando todo sobre el centro de atención en el cual estaba a cargo Nightingale.
La trompeta de niebla sonó con fuerza indicando que habían llegado. Miró a su alrededor y vio la mezcla de médicos y soldados, los voluntarios enviados por Inglaterra para liberar la guerra con la expansión de Rusia que se estaba dando en aquel momento.
Pensó en ser un mercenario hace años cuando llegara aquel momento de librar la guerra pero en vez de eso decidió ir como alguien de Irlanda, un voluntario al servicio de Inglaterra para la guerra.
―Vamos despierta ―Emiya movió un poco el hombro cuando ni siquiera con la trompeta de aviso del barco parecía que Nightingale despertaría.
En vez de obtener una respuesta positiva un abrazo fue dado, si fuera otras circunstancias aceptaría la opción de cargarla, pero ahora no era el momento.
Si bien quería que ella estuviera relajada hasta el final se sintió mal por forzar ya la situación.
Florence supo que el tiempo de juego se terminó y respiró hondo antes de ponerse de sentarse correctamente y ver la mano extendida de Emiya.
Hace años no hubiera pensando que una situación así se daría, el hombre parecía dedicado a ir por el mundo pero ahora había optado por dejarlo todo y quedarse a su lado.
Sonrió para tomar la mano del hombre y ponerse de pie. Era momento de buscar su equipamiento e ir directo al centro de atención designado. Ella junto con el resto de su equipo del hospital habían llegado hasta aquí como voluntarios, era algo que haría sin importar que, pero al menos ahora agradecía que podría tener una mejor perspectiva de la que había vivido Emiya.
Pero lo que más importaba era salvar la vida de los demás en este momento.
Caminando fuera del barco fueron recibidos por el personal del lugar. Fue momento de separarse cuando Emiya tuvo que ir a la zona de los que irían como refuerzo y Nightingale a al hospital de Scutari.
La guerra de Crimea había comenzado para ambos.
…
La línea del frente fue cortada de las comunicaciones la primera semana en al que llegaron. El tiempo de dormir de Nightingale se había reducido a cero en ciertos días debido a la cantidad de trabajo que había.
Los heridos no dejaban de llegar.
Se estaba hartado a cada día que pasaba que no pudiera dar la atención que deseaba para los heridos. Todos llorando y gritando que no querían morir, deseando no haber ido al campo de batalla.
Hombre que perdieron extremidades o que las perderían debido a las infecciones. La forma en la que muchos quedarían discapacitados de por vida y con un trauma irreparable.
Cada día llegaban más y más heridos del frente. Al principio no se preocupó por Emiya pero gradualmente viendo a todos quienes llegaban no pudo hacer nada más que preocuparse.
Estaba sintiendo que su mundo se iba abajo a cada que veía a una persona regándole que la muerte antes de seguir sufrimiento.
Los peores eran los afectados por la artillería o los cañones, quienes llegaban con partes del cuerpo despedazadas.
El choque de realidad le hizo abrir los ojos sobre que había estado haciendo todo este tiempo y a quien había estado cuidado.
Quienes antes parecían orgullosos y con un gran porte ahora estaban agonizando tomando su mano esperando para que el dolor se detenga.
Las barracas habían sido lugares de verdadero infierno. Fue ahí que la idea vino a su mente.
¿Por qué Dios dejaba que los hombres vayan al infierno?
La energía con la que comenzó el tratamiento había ido mermando pero no podía aflojar el ritmo, no podía permitirse, no podía dejar que incluso aquellos que no querían seguir viviendo.
Terminaran sin un tratamiento.
…
Fue en marzo de 1855 que logró hacerse al cargo de la atención de los heridos en el hospital de Scutari. Pudo poner los recursos que quería para el tratamiento, tuvo que darle las gracias a su padre por el envío continuo de libras que le dio para que pudiera seguir manteniendo un orden en los gastos médicos que se consideraron como un "extra" en la guerra.
Al primer mes en junio de 1855 la situación para los heridos cambió drásticamente. Ya no había la misma taza de muertos que en un principio.
Pero aun así Nightingale no pudo descansar por más que lo intentara. No con todo lo que había delante de ella. No podía dormir por lo cual se limitó a tomar una lampara y recorrer por las noches el lugar.
Solo después de completar por completo una ronda es que el sueño llegaba a su mente y lograba descansar por breve que sea.
Desde que había llegado hasta ahora no hubo noticias de Emiya en el campo de batalla. Se habló de un hombre que salía indemne de cualquier encuentro y aquella fue la idea que tuvo Nightingale sobre la situación de Emiya.
Los mensajeros o corredores de campo solo podían llegar una vez, las comunicaciones entre soldados se había cortado por completo, la única forma de comunicarse con Scutari desde el frente era llegando en una camilla. Las fuerzas militares estaban principalmente en Sebastapool y a pesar que Nightingale envió cartas no hubo respuestas.
La ansiedad solo subió con eso.
Debía seguir tratando a los heridos.
La idea volvió a la mente de la mujer cuando parpadeó un par de veces y se dio cuenta que estaba sentada en la silla del dormitorio del ala de enfermería.
¿Cuándo fue la última vez que durmió en forma?
Usando los brazos como apoyo Nightingale se puso de y comenzó a hacer su ronda del día. El visitar a los heridos y tratarlos, cambiar las vendas y limpiar las heridas antes que llegasen los nuevos heridos era una prioridad.
La vida que estaba teniendo ahora no fue la que pensó que sería.
Tanta muerte y destrucción y sin poder salvar a nadie en forma.
¿A cuántos había perdido con los meses que pasaban?
Estaba cansada pero incluso si mentalmente no quería seguir adelante, su cuerpo le gritaba que no podía quedarse plantada o sentada, influencia que llegó a su cabeza y gradualmente cambió.
Si alguien no deseaba obtener un tratamiento, ¿no sería más fácil incapacitarlo para que lo recibiera?
Incluso si la persona se negaba a seguir viviendo con su situación actual no significaba que ella abandonaría a un herido.
Lentamente la esperanza de ver a Emiya se fue mermando conforme los meses pasaban y al cabo de un año sin respuestas en 1856 fue que ella sintió que estaba perdiendo el rumbo a donde pensar.
El fin de la guerra se dictó ese mismo año haciendo que los festejos no esperaran, pero no hubo descanso igual para ella, los heridos seguían existiendo, siendo una victoria o una derrota no importaba.
Las vidas humanas se habían perdido por igual.
En enero de 1857 cuando las cosas se regularon en Crimea fue que Nightingale sintió que la esperanza de encontrarse a Emiya una vez más se fue. Había muchos soldados que desaparecieron sin más y nunca volvieron, no era tan increíble pensar que algo así pasaría.
Un diagnóstico de una amiga enfermera le fue dado, todos los síntomas de una depresión se le habían manifestado. ¿Pero cómo no poder evitarlo?
No importaba que hiciera había perdidas, muertes sin más y personas agonizando sin esperanza.
Estaba cansada pero no podía detenerse debía seguir ayudando a los demás. Agradeció su cuerpo bendecido y su formación, gracias a eso pudo seguir el ritmo que ni un humano podría soñar.
"El ángel de Crimea"
Aquel título le pareció una mala broma, porque si fuese un ángel Dios no la hubiera enviado al infierno que era aquel lugar.
De vuelta a su habitación fue que vio a una persona parada frente a su puerta.
―Ha pasado un tiempo, ¿verdad?
Nightingale tuvo ganas de golpear a la persona frente a ella, pero el ver las vendas por su cuerpo y el tono de piel cambiado que había surgido le dio a entender que mucho había cambiado.
Pero no su aprecio hacia esa persona.
Emiya recibió un abrazo que casi lo derribó, la mujer de pelo rosa parecía distinta de lo que recordaba antes de ir al frente, ya no quedaba la misma mirada soñadora o la inocencia restante.
Ahora dos ojos rubís llenos de lágrimas y enmarcados por ojeras era lo que estaba ante su vista.
Un beso de bienvenida fue dado.
Algo que se arrepintieron ambos al no darlo antes de partir.
Emiya había hecho su parte, ayudó a minimizar tanto como pudo las bajas y fue por eso que no pudo volver hasta ahora, pero en vez de recibir una sonrisa sintió que su mundo se sacudió al recibir lágrimas.
―Me alegra que estés de vuelta… ―los ojos de Emiya se abrieron.
¿Alguna vez alguien lo estuvo esperando?
Siempre tuvo una casa vacía a la cual volver pero nadie quien dijera aquello con la esperanza de volverlo a ver. Todo eso cornado con la sonrisa de ojos cerrados que le regaló la mujer quien no pudo ocultar la felicidad al verle.
Fue el turno de Nightingale de abrir los ojos cuando Emiya enterró su mentón en su hombro al momento de darle un abrazo.
Si había alguna vez que pudo decir que estaba feliz en vida Emiya supo que era este momento, con alguien que lo deseaba a su lado, quien lo comprendía y lloraba por él a este punto.
Rin quería que cambiase, le brindaba herramientas pero no lo apoyaba, aun así la mujer dedicó tanto como pudo de ella en ayudarlo.
¿Ahora que sintió que alguien estaba dedicando su todo en abrazarlo?
Emiya sintió que por fin las ideas innecesarias abandonaban su cabeza.
Estaba feliz de vivir esta vida por efímera que fuese.
Estaba feliz de tener a Florence a su lado.
¿Por qué alejarse de esto que había conseguido?
Ahora solo deseaba quedarse al lado de aquella mujer de cabello rosa y terminar su tiempo de vida al lado de ella, no importaba el resultado final o donde parara después de morir.
Al menos sintió que no había desperdiciado por fin su tiempo de vida.
…
Una vida bien vivida.
¿Alguna vez pudo decir que había logrado algo como eso?
En 1860 Emiya había cortado casi toda comunicación con sus contactos y dejado de viajar, se centró en ayudar a Nightingale quien había abierto una escuela para mostrar como debían de tratarse a los demás.
Emiya no tuvo opción, o menos él se quitó cualquier opción para abandonar el lado de Nightingale. Después de la guerra la mujer tuvo pesadillas constantes, no había noche que pudiera dormir tranquila y era obvio que lo que vio en la guerra la había cambiado.
La mujer noble y risueño de buen corazón había sido sustituida por alguien tranquila, las sonrisas seguían ahí pero más discretas, a penas la escuchaba reír a pesar que sabía que disfrutaba del momento.
La persona ante él ya no era la Florence Nightingale que conoció en juventud, si no la mujer que ascendió como servant ante todos.
―Emiya ―la voz de Nightingale sonó detrás suyo. Las facciones del hombre se relajaron al verla, había muchas cosas que cambiaron de la línea de tiempo original.
Una de ellas fue que conoció a Florence Nightingale y la segunda que a diferencia de la línea usual. La mujer había roto sus votos y se casó al final.
Un anillo estaba en la mano de ambos. Emiya pensó en el pasado, como quiso no involucrarse con la historia pero no le importó en este punto, incluso si Alaya venía a castigarlo ahora estaba bien.
Disfrutaría hasta el último instante en que su cuerpo y vida le permitirá compartir al lado de Nightingale. Y por sobre todo no pudo evitar ver el estómago abultado de la mujer, fue un resultado que era predecible que llegaría, en especial cuando le dedicó tanto a estar con ella.
Una esposa amorosa y una familia que llegaría para acompañarlo.
Una familia fue algo que jamás pensó haber logrado en vida y en muerte solo deseó el desaparecer de la existencia, más ahora ya nada importó del pasado o como había llegado.
Quizá Nightingale fuese realmente la mejor enfermera de la historia, porque había aceptado el tratarlo por el resto de su vida, y con ello quedarse a su lado hasta el último instante.
Pero el verla ahora frente a él tan resplandeciente y hermosa a pesar de comenzar a haber pasado los cuarenta no pudo evitar más que taparse los ojos ante la comezón en sus ojos.
Ante una vista tan hermosa, una mujer que le sonreía cada día como si él fuese quien la hubiera salvado, no pudo resistirlo.
― ¿Querido? ―la preocupación y el tono amable y dulce, maternal de Nightingale hizo que Emiya no pudiera verla un segundo más.
¿Cómo ella podría considerarse la que fue salvada cuando fue ella quien lo salvó al final?
Si había una próxima vez.
La elegiría una y otra vez.
…
Había muerto.
No tuvo remordimientos o penas en la vida que había vivido. Quizá fuese una probada de libertad pero no importaba cuando el sabor de unos años fue más dulce que la de una eternidad bañada en un sabor amargo.
Miró al frente y vio a una chica, cabello naranja vistiendo una especie de uniforme, parecía feliz de verlo por lo cual ella debía ser su maestro.
Lo mejor sería presentarse rápido y seguir adelante. Ahora podía estar en paz, con la memoria viva y guardada en su mente, no importaba si fuesen solo recuerdos que podía revivir solo en su pensar.
Esos recuerdos fueron reales al igual que los sentimientos que había tenido ante aquella vez.
…
Se había dedicado a estar en la cocina poco después de haber sido convocado, al parecer no era tan necesario por fortuna suya, a lo cual ahora estaba como el cocinero de las instalaciones.
Escuchó que habría una invocación el día de hoy, habían pasado alrededor de un mes desde que llegó y no estaba tan al corriente de la situación porque no le importó.
Revivir los recuerdos de esa vida una y otra vez fue lo único que necesitó.
La puerta de la cocina sonó cuando alguien entró. Se volteó e hizo lo posible para guardar su reacción.
― ¿Eres el encargado de la cocina?
Era imposible que no conociera esa voz y la soltura en la que se movía para examinar un lugar. Después de la guerra la obsesión con la limpieza de Nightingale fue algo que le causó diversión.
La vio de fondo supervisando el comedor y las mesadas, las ollas y utensilios, anotando todo y puntuándolo en una plancheta que llevaba consigo.
―Bien, bien, está perfecto ―Emiya se giró e hizo oídos sordos más allá de asentir. Sabía que la versión que estaba a su lado era la original.
No había forma que ella lo sugiera hasta el final.
― ¿No eres demasiado frío querido?
Emiya se detuvo, había estado picando verduras y no pudo hacer nada más que detenerse en seco y abrir los ojos. Se giró y vio como la mujer se quitó el guante mostrando aquel anillo que conocía.
Incluso en los últimos días de vida como Emiya el esposo de Florence Nightingale Smith pudo decir que la mujer ante él era hermosa, sin aparentar la edad que llevaba, pero verla una vez más en el momento más álgido de su belleza con aquella sonrisa de amor y afecto que le entregó en cada mañana.
No pudo hacer nada más que soltar el cuchillo y darle un abrazo a la mujer quien lo acunó con cuidado.
―Era una broma, una broma ―aquellos momentos fuera de su persona que solo conocía Emiya era algo que Nightingale logró mostrar solo a él.
Le había contado su historia con el paso del tiempo y pensó que no lo volvería a ver, no al menos a él pero al igual que ella, Emiya había aparecido en el mismo lugar.
―Ya, nunca te había escuchado llorar ―era cierto por parte de Nightingale, Emiya jamás lloró o mostró mucha emoción en general, al menos no cuando no se trataba de ella.
El abrazo con fuerza y la risa suave fueron una cuna que meció el corazón de Emiya.
No le importaba si este lugar terminaba con la existencia de los demás, solo deseaba estar en aquellos cálidos brazos una vez más.
Disfrutar de los juegos y las bromas, del calor de su cuerpo y la voz que soltó cuando la molestaba, los momentos en que se enojaba o cuando ella lloraba.
Pensó que lo había perdido y que nunca podría volver a tener aquello en su mano pero ¿en tan poco la habían devuelto a su lado?
Solo podía aferrarse a la mujer que amaba y abrazarla.
El momento emotivo parecía haber sido compartido por como la propia Nightingale ahora lloraba.
Se separaron luego de un beso de reencuentro para mirarse con detenimiento.
―Disfrutemos nuestro nuevo hogar ―la mano extendida de Nightingale fue tomada sin dudar, la vacilación de la primera vez hace mucho que se perdió.
Ya no importaba si fuese una burla o una ilusión, si se trataba de ella tomaría su mano incluso hasta el fin.
Y la mantendría feliz sin importar que, porque para Emiya no existió el ángel de Crimea, para él existió la dama de la lampara porque en medio la oscuridad.
Fue ella quien logró iluminar que camino debía tomar.
La amaría incluso en el más allá y no la olvidaría en toda la eternidad, abrazando aquella luz que lo motivó y lo guío no soltaría el calor o la emoción que le provocó.
―Te amo… ―no importaba si no podía decirlo a cada momento al menos se lo haría saber. Y ahí tras las palabras de Emiya en una confesión, la misma risa inocente estalló.
―También te amo ―Nightingale no supo cuántas veces en el pasado Emiya le había dicho aquellas palabras, ¿quizá a cada que sonreía?
No importaba.
De ahora en más, lo escucharía por toda la eternidad.
…
¿Final feliz?
Y bueno, esto se me alargó más de lo que deseaba, ya ven, me leí mucho, pero muchísimo de la vida de ella y la adapté con su versión de Fate para esto. Creo que el resultado se puede comprar.
Creo.
¿Adivinen con qué historia está relacionada esto?, y no, no es maldición.
Y tal, la que sigue es la comisión de Brynhildr y luego podré estar en paz, que para esa también me llevo leyendo mucho texto.
¿Les gustó la historia?
Debo decir, que el concepto de Emiya x Nightingale me gusta, mucho la verdad, porque son más compatibles de lo que creí y al mismo tiempo tan en contra uno del otro.
Y bueno, espero que disfruten de la historia que me tomó trabajo y quien la comisionó que le haya gustado.
Creo que pasaré las comisiones para junio y reduciré el número a solo 3 porque esta complicado cuando se acumulan muchas.
Sin más, espero que les haya gustado y díganme que piensan de una buena historia, no one-shot, sino una elaborada de Nightingale.
Y bueno.
Les deseo lo mejor y espero poder publicar algo más que solo one-shot estos días.
Rey de picas fuera.
