3. Cusack


Zeldris se llevó un sobresalto al golpear accidentalmente el control de la consola, perdiendo la partida en un instante. Sin embargo, la sensación que acababa de experimentar superaba cualquier videojuego. Había viajado en el tiempo, algo que nunca creyó posible y que siempre asoció más a la ficción que a la realidad.

Dejó el control y apagó la consola rápidamente, mirando su reflejo en la pantalla. Había olvidado cómo lucía en su adolescencia, con tonos apagados y ropa holgada que contrastaba con su imagen actual de un empleado de oficina. La nostalgia lo invadió al recordar aquellos días pasados y las emociones que los acompañaban.

Desde afuera, una voz rompió el silencio de la habitación, resonando con eco. Era su antiguo tutor, Cusack, quien esperaba una respuesta.

—Sí, dame un momento —respondió Zeldris con calma, aunque por dentro, sentía una mezcla de sorpresa y confusión ante la extraña situación en la que se encontraba.

Si hacía un recuento de las travesuras de su adolescencia, encontraría varias. Sin embargo, ninguna había tenido graves consecuencias. Pero si reflexionaba sobre sus discusiones, la peor fue el día que recibió las calificaciones del primer semestre en noveno grado.

No tenía un mal desempeño. Era el segundo mejor de su clase y sus profesores incluso enviaron elogios por su dedicación y trabajo. Pero nada de eso había sido suficiente para que su padre lo elogiara, y le recordó que debía ser el primero. Ser el segundo no era suficiente.

Esa respuesta enfureció a Zeldris. Mantuvo su ira al punto de encerrarse en su habitación como un león enjaulado. Esa misma noche, Cusack lo había visitado, intentando ver el lado positivo y destacando que las palabras de su padre no tenían sentido alguno.

Pero Zeldris estaba enojado y acabó expresando la peor réplica a la persona que lo había cuidado desde que era un bebé: le recordó a Cusack que no era su padre, sino su simple tutor.

Al día siguiente, y sin una explicación que pudiera considerarse racional, Cusack había renunciado.

Los golpes en la puerta sonaron con más insistencia y los ojos de Zeldris se abrieron cuando se dio cuenta de que estaba reviviendo la visita de su tutor. Todavía tenía varias emociones rebotando sobre él, pero suspiró y gritó para que el hombre pudiera pasar.

—Lamento interrumpirlo —se disculpó Cusack entrando a la habitación—. Pero escuché ruidos y me preocupé por usted.

—No te preocupes. Solo estaba jugando un poco —expresó Zeldris, lo suficientemente amistoso para que su tutor lo notara—. Ha sido un largo día y quería distraerme.

—Distraerse está bien —respondió Cusack con serenidad, reconociendo la complejidad de la situación—. Se me informó del comentario de su padre y debo expresar que no estoy de acuerdo.

—Tampoco yo —la voz de Zeldris sonaba ronca, capturando todas las emociones en su pecho—. Pero conociendo a mi padre, ya debería acostumbrarme a esto.

—No —interrumpió el tutor—. Tengo un gran respeto por su padre y estoy agradecido porque me permitió estar a su lado. Pero estamos hablando de que no lo trata como merece. Él no puede hacer lo que quiera. Sé que no soy el más adecuado para decirlo…

Por primera vez, Zeldris escuchó a su tutor con detalle. Había mucho más sobre cómo su padre debería tratarlo y todo su potencial no reconocido, y eso lo desconcertó. Durante años, había visto a Cusack como un tutor y la persona asignada para resguardarlo. Nunca se había dado el espacio para darse cuenta de que era mucho más que eso.

Había pensado que sería más difícil darse cuenta. Fue así como se echó a reír. Incluso Cusack, que detuvo su discurso, observó hacia otro lado para ocultar su sonrisa.

—Eso fue muy inspirador —espetó Zeldris. Su tutor lo vio con asombro ante su revelación—. Creo que tienes razón respecto a mi padre, podría tratarme diferente, pero no me importa.

Zeldris pudo ver que el hombre no esperaba eso. Lo observó respirar hondo, intentando no suponer lo que estaba atravesando su mente.

—¿Qué estás queriendo decir? —preguntó Cusack con cierta incredulidad en su tono.

—Mientras te tenga a mi lado, estaré bien —comenzó Zeldris, eligiendo sus palabras con cuidado—. Después de todo, siempre me has apoyado —agregó, no hizo contacto visual, pero igual pudo sentir la sorpresa aumentando en su tutor.

No fue necesario que Cusack diera alguna respuesta con palabras. En su lugar, cerró la distancia entre ellos con un abrazo cálido y reconfortante. Zeldris sintió todas las emociones en esa acción, como si se conectaran con él en lo más profundo de su ser.

Esa experiencia podría haber resultado extraña, pero en realidad, le hizo pensar que así debía sentirse el tener un buen padre.

—Cusack —dijo entonces, separándose del abrazo. Deseaba prolongar ese momento, pero sabía que debía mantener ciertas distancias, especialmente al recordar su pasado cómo adolescente. Su rechazo hacia el exceso de contacto físico era una de esas distancias—. Muchas gracias.

Cusack se movió hacia atrás, pero su sonrisa no desapareció, irradiando alegría genuina. Luego, con un gesto cariñoso, ajustó los mechones en el cabello de Zeldris, quien no estaba seguro de cómo reaccionar ante ese gesto tan paternal.

—Gracias a usted —respondió Cusack con gratitud, su tono rebosaba de mucho afecto—. Por cierto, ¿ha cenado?

—Bueno, en realidad… —iba a responder Zeldris, pero recordó las palabras de Gowther: viajaría a un momento, no a una época—. No. He estado encerrado jugando.

Cusack suspiró con pesadez y se encaminó hacia la puerta de la habitación con una postura seria. Sin embargo, se detuvo de repente y se volvió para mirar por última vez a Zeldris.

—Preparé una cena antes de la llegada del joven Meliodas —dijo con firmeza, pero también con una pizca de ternura—. No puedes negarte a comer.

Zeldris se sobresaltó ante la mención de la cena. Habían tenido conversaciones similares en el pasado, y no estaba dispuesto a revivirlas. Sin embargo, algo en ese momento lo hacía sentir diferente.

—Está bien —respondió con una determinación tranquila.

Cusack le dirigió una última mirada antes de avanzar por el pasillo, sus pasos resonando en el silencio. Zeldris suspiró y comenzó a ajustar el reloj para la próxima fecha, pero se detuvo abruptamente para tomar un papel y dejarlo sobre su mesa de noche.

Si su futuro iba a ser diferente, presentía que Cusack estaría encantado de recibirlo.


Nota de la autora: ¡Volvimos! Esta vez comenzamos con Cusack y un repaso por su relación con Zeldris. La siguiente parada será con Meliodas y luego, Gelda.

Espero que lo hayan disfrutado.

Ciao.