Resumen: Genos se da cuenta de que hay algo que ha estado nublando su juicio, distrayéndolo de su venganza, y está decidido a eliminarlo. Pero todo lo que viene a su mente es la imagen de Saitama.


- Anime: One Punch-Man (ワンパンマン)

-Todos los personajes le pertenecen a su creador: ONE®


Notas del autor:

El nuevo capítulo del webcomic (150) me dejó sin palabras, ¡fue simplemente MARAVILLOSO!

Hay tantas emociones e ideas al respecto que quiero plasmar que no sé por dónde empezar. Por ahora, les dejo esta historia usando como inspiración los recientes pensamientos de Genos (del webcomic) sobre su "enojo" y "resentimiento" hacia Saitama y cómo de pronto parece considerarlo una distracción a su búsqueda del cyborg loco.

** La historia podría tener ligeros spoilers para quienes no siguen el webcomic, pero no es nada grave.


.

Genos juró venganza y, buscando volverse fuerte, perdió gran parte de su humanidad justo después de haber perdido a su familia a manos de un cyborg fuera de control años atrás.

Todo fue demasiado abrupto. No hubo despedidas, apenas pudo lamentarse del suceso luego de salir con vida. No sano, no libre, la culpa del superviviente lo persiguió por años. El doctor Kuseno fue una señal de esperanza, un salvador y finalmente un aliado en su búsqueda de venganza en contra del cyborg loco que destruyó sus vidas.

Fue el odio perpetuo lo que mantuvo su espíritu vivo, pero no como un humano, él apenas es eso incluso ahora, sino como un cyborg con una misión.

Había sido un largo camino junto a Kuseno. Siempre fue solitario. Nunca mostró misericordia, lo mismo que él caracterizaba en los más débiles. Tampoco valoraba tanto su vida como debería, algo típico de los cobardes, algo que Kuseno podría perdonarle.

Y con esa misma rapidez, la invasión de los robots llegó para acabar de nuevo con su vida. No lo consiguieron con él, pero sí con el doctor Kuseno.

Aún cuando sus investigaciones comenzaron a apuntar a un mismo objetivo, Genos se mantuvo al margen buscando algo más profundo que unas simples sospechas. Pero ese fue precisamente el problema, Genos bajó demasiado la guardia con quién debió haber sido considerado su enemigo desde el principio. Él ya lo sospechaba, no hacía falta otra razón para actuar.

¿Por qué no hizo nada?

¿Qué fue eso que lo detuvo?

—¿Qué haces en mi casa? —Pregunta Saitama.

Genos no responde, tampoco lo sabe. Se mantuvo deambulando por la ciudad, ensimismado, hasta que sus pies lo colocaron frente a la puerta de Saitama, su amado maestro.

Sus propios sentidos reconocen el sitio como su lugar seguro, estable y cálido; su hogar.

—Perdón por la intromisión. —Dice Genos agachando su mirada y deseando no haber llegado en un mal momento.

Saitama no se inmuta demasiado, nunca lo hace, y se limita a abrir más la puerta para dejarlo pasar. Luego se dirige a la cocina y comienza a preparar algo de té. Él supone que Genos ha venido para hablar de algo, pero Genos no tiene nada por decir, pedir consejo o preguntar. Saitama nunca responde con sinceridad, o con certeza, mucho menos con sentido o lógica. Su maestro a veces lo toma por un estúpido, un insecto, una molestia y, en una medida muy por debajo de todo eso, un amigo.

Genos espera en el suelo frente a la pequeña mesa el té que no pidió y Saitama se lo da mientras le cuenta algunas cosas mundanas de su día y Genos no tiene otra opción mas que prestar atención como todo buen discípulo. Lo adora, no puede evitar memorizar sus palabras porque mantiene el anhelo de que algo valioso debe haber tras ellas.

Desde hace tiempo, Genos ha pensado mucho en él mismo, en Saitama, en lo que una vez fue su hogar junto a él en Ciudad Z. Conforme indaga con el pensamiento en su interior, más se lamenta. Eso despierta un sentimiento amargo con tan sólo recordar.

Saitama lo había echado en cuanto se mudó, ni siquiera lo aceptó como un adorno en su casa.

Es tarde en la noche, Saitama es el primero en bostezar. Genos lo mira con su mente en otra parte, no tiene sueño. —¿Planeas quedarte a dormir?

Aún dudando, Genos asiente.

Saitama alza una ceja, extrañado. Entonces rueda los ojos y resopla con cansancio. —Estás muy raro hoy, casi no has hablado… ¡oh! ¡No me digas que perdiste las llaves de tu departamento y estás en la calle!

Genos se limita a bajar su mirada y apretar sus puños sobre sus rodillas. Él no está raro, siempre ha sido así. Desde que Saitama lo conoce, él siempre ha sido alguien rencoroso y vengativo.

—No importa. —Minimiza Saitama, agitando su brazo y empezando a hacer espacio en la pequeña habitación que es su nuevo departamento. —Sólo recuéstate en el otro lado del futón y ya. Supongo que eso funcionará.

Genos asiente nuevamente y obedece sin chistar, sin juzgar o dimitir. Tal y como siempre lo ha hecho. Un perro que espera sentado.

Las luces son apagadas. La espalda de Saitama es lo que Genos siempre ha visto, no es diferente ahora que ambos están recostados en el futón.

Hay silencio, Genos lo odia porque eso abre paso a sus pensamientos intrusivos. Menos ideas y más recuerdos.

Fue bastante el tiempo en el que pasó sus noches durmiendo junto a Saitama. Semanas enteras. Alrededor de dos meses y medio, pero no más que eso.

Por otro lado, han sido años en los que Genos se ha estado preparando para su encuentro con el cyborg loco.

Pensándolo con detenimiento, él nunca había tenido tan poco, por no decir ningún, progreso en su búsqueda como ese par de meses que pasó junto a Saitama.

Genos piensa mejor en la oscuridad. Todo el tiempo en el que dejó pasar pistas sobre lo que se avecinaba y la forma en la que estuvo bien con eso por tanto tiempo, como si no le importara, como si su meta en la vida hubiera sido apoyar a Saitama en lugar de perseguir a su objetivo. Estuvo ciego por tanto tiempo, dejó ir tantas oportunidades y se conformó con tan poco.

Gebos debió haber sospechado de un tipo tan peligroso como Metal Knight desde el momento en el que lo conoció, debió haber escuchado los consejos de Drive Knight y luego haber desconfiado de él también. No debió haber hecho su imagen pública como héroe, sino haber permanecido en el anonimato por su cuenta, indagando entre la oscuridad y plantando justicia por su propia mano. Sin restricciones, quehaceres, listas de compras ni lecciones vacías.

Hubo, hay, había algo que nubló su mente. Aún hay restos de ese algo que lo mantiene atado a esa persistente ceguera y con la guardia baja.

El cuerpo de Genos se mueve sobre el futón, su mirada apunta a Saitama.

En su mente decide que, si su intento de maestro no se hubiera interponido desde un principio, él podría haber llegado más lejos, más cerca del enemigo, en donde las sospechas lo hubieran llevado al camino de la clara verdad.

En su primer encuentro, Genos no debió haberlo llamado maestro, no debió haber perdido tiempo espiándolo, estudiándolo, siguiéndolo; tampoco aparecer en su casa para vivir pegado a él. Genos debió haberle agradecido a Saitama por salvarle la vida y luego haberse ido una vez que no hubo señal de razón o logica en la forma en la que él se había vuelto así de fuerte. Nadie ha podido entenderlo, ni siquiera él que vivió a su lado. El proprio Kuseno murió intentando averiguarlo sin conseguirlo.

De pronto Genos se levanta y se acerca a Saitama, con sus manos a los costados de su cabeza, con su cuerpo metálico sentándose sobre sobre su estómago. Su maestro siente el peso encima y se remueve un poco, pero no despierta. Él siempre ha tenido un sueño pesado.

Genos mantiene sus ojos amarillos, encendidos, fijos en él. Sus cabellos dorados se resbalan por su frente con lentitud. Su boca es una línea recta.

Desde arriba, Saitama no se ve tan grande.

Genos comienza a pensar en lo injusto que es que Saitama sea demasiado fuerte sin ninguna clase de sacrificio. Tal vez su falta de metas concretas sea debido a que no ha sufrido lo suficiente como Genos o como Kuseno o como las personas que saben lo que es tener que ceder tu humanidad después de perder a tu familia junto con tu verdadero hogar.

En términos generales, Saitama es un hombre estúpido que no es capaz de siquiera defender su proprio reconocimiento. Es un ser perdido y solitario, lleno de una profunda depresión por ser aquello que Genos ha buscado con tanto esfuerzo: ser demasiado fuerte.

Genos mueve sus manos, las mismas que alguna vez aplaudieron con júbilo las hazañas de su maestro, y las arrastra por el pecho de Saitama, elevándolas hasta que sus dedos extendidos tocan sus clavículas.

Siempre insatisfecho de su vida, siempre decepcionado de sus oponentes. Saitama es un chiste.

Sus ventiladores se encienden, el zumbido es silencioso y el brillo anuncia que hay algo que se está calentando en su interior. Agresivo, resentido y culpable. Odio.

Saitama mantiene sus ojos cerrados. Eternamente impasible. Durmiendo plácidamente como si Genos no fuera un ser repudiable lleno de violencia.

Pero eso a Genos no le sorprende, es esperable, su maestro nunca lo ha tomado en serio.

Ensimismado nuevamente, Genos coloca sus manos alrededor del cuello de Saitama, sin dejar de mirarlo con detenimiento, y comienza a apretar.

Transcurre un momento en blanco, un minuto de silencio. Nada comparado a los dos meses y medio que estuvieron juntos.

Rodeando su cuello, Genos aprieta más.

Saitama finalmente despierta y su primera expresión es de sorpresa, sus ojos encuentran los suyos de inmediato. —¡Genos, ¿qu-?!

Genos aumenta la presión en el agarre, no quiere escuchar su voz o perderá sus fuerzas. No planea detenerse, así que no necesita saber lo que Saitama tiene por decir.

Los ojos de Saitama lucen inquietos y lo miran de un lado a otro, buscando una razón. Hay asombro, perplejidad y confusión; pero no miedo. Saitama no le teme. Genos no es una preocupación mortal, mínima, decente ni divertida para él. Sus manos se colocan sobre las muñecas de Genos con la intención de quitarlo de encima y parece que quiere decir algo hasta que las manos metálicas, encendidas de amarillo y naranja, comienzan a aumentar la presión y lo hacen detenerse pero no porque sea más fuerte, nunca será más fuerte que su maestro, sino porque hay algo en la mirada de Genos que ha captado su atención.

Con todas sus fuerzas, Genos continúa. Sus dedos se aferran a la garganta de Saitama intentando romperle el cuello o asfixiarlo, lo primero que consiga. Se apoya en sus rodillas para alzarse y aumentar la presión usando el peso de todo cuerpo en sus manos. Intenta ahorcarlo con todo lo que puede.

Necesita matar al culpable de su estancamiento, el idiota que lo distrae de su objetivo. El tipo que ni siquiera puede tomarse en serio a sí mismo, mucho menos a él.

Por un momento Saitama intenta detenerlo con algo de molestia, como considerando la idea de que esto se tratase de una extraña broma. Pero Genos no bromea, no titubea, ya no se atreve a mirarlo a la cara.

Los dientes de Genos rechinan y el metal de sus dedos crujen. La desesperación lo está consumiendo con rapidez. Su respiración está agitada. Las llamas comienzan a brotar de las palmas de sus manos y hacen un nuevo esfuerzo por quemar, derretir, dañar, cualquier cosa, la piel de Saitama. Pero eso tampoco funciona, él apenas consigue quemar una parte del cuello de su piyama.

—Genos… —Susurra Saitama. No siente dolor, esto no le está afectando en lo más mínimo. Él continúa luciendo confundido, pero no lo detiene.

Saitama parece reconocer el dolor y la frustración en sus ojos de llama amarilla, porque se limita a mantenerse quieto y en silencio, simplemente esperando, permitiendo que Genos se desquite cuanto quisiese con él.

Darse cuenta de eso hace sentir profundamente herido a Genos. No quiere su maldita lástima. Quiere paz en su mente, en su corazón y en las almas de su familia; necesita más ambición, más fuerza, más velocidad, más poder, más potencia, más…

El contorno de sus dedos se fractura rompiendo la primera capa del metal. Sus manos incineran gran parte de su camisa y manchan el futón y la sábana de negro carbón. El humo baña la habitación, sus ventiladores están en su máxima velocidad. Pero el cuello de Saitama no cede.

Saitama.

Saitama.

Genos odia haberlo conocido. Su simple presencia es una distracción en su mente, la pesada niebla en su camino; y al mismo tiempo es calor y brillo, Saitama es el sol cuya luz ha conseguido dejarlo ciego.

Lo admira, lo ama tanto y es eso lo que lo mantiene atado. Ahora no puede vivir sin él.

Su sistema detecta un derrame de aceite en una de las aberturas de su rostro. Genos no puede sentir las gotas negras y espesas resbalar por sus mejillas, pero puede verlas caer sobre el rostro de Saitama.

Genos aprieta los dientes, luego se muerde los labios y finalmente un alarido cortado y tembloroso sale de su garganta antes de comenzar a llorar desconsoladamente.

No puede tener a Saitama, tampoco puede conseguir su venganza.

El calor del fuego en sus manos aumenta, pero no dispara. No puede destruir el suelo del departamento.

Saitama lo mira con ojos compasivos, un rostro solemne y sus labios fruncidos. Como esperando que él termine de agotar toda la energía que tenga. Puede esperar toda la noche de ser necesario. No recibirá ningún daño, él no puede ser lastimado, mucho menos asesinado. Genos lo sabe más que nadie y aun así…

Él es persistente. Genos continúa forcejeando intentando asfixiar a Saitama lo más que puede.

La presión de sus manos dejan marcas rojizas que seguramente no durarán más de un día en la piel de su maestro. El metal de sus brazos cruje debido a la fuerza que aplica, tiemblan, comienzan a abollarse debido a la propia presión puesta. Un acto rudo, lastímero y desesperado que no importa cuánto se esfuerce, no tendrá efecto alguno.

Genos desea no haber perdido tanto tiempo en su juego de perro, sirviente y fanático. Maldice que Saitama haya sido tan distraído como para no haber protegido a Kuseno a tiempo. Se odia a sí mismo por haber apostado sus pasos en el camino correcto, siguiendo a Saitama, ondeando su capa, reflejándose en sus ojos, añorando permanecer a su lado antes que obtener cualquier fuerza absoluta.

Y Genos no puede hacer nada al respecto. Es demasiado tarde.

De forma abrupta, Genos retira sus manos y se para de un salto, casi tambaleándose con sus propios pies y dejando que su espalda choque contra la pared. Saitama lo observa y se sienta sobre el futon apoyándose con sus manos. La camisa de su piyama ha sido incinerada por completo y hay humo negro saliendo de la almohada.

Los ojos inquietos de Genos observan el daño hecho a su maestro y su respiración se acelera. Su boca entreabierta no puede formar una palabra. Sus labios tiemblan. El zumbido de sus ventiladores inundan su audición, aturdiéndolo. Su pecho se mantiene encendido bajo sus ropas, quemándolas, preparándose para un ataque, y aún con eso su luz no es suficiente para alumbrar toda la habitación. Está oscuro dentro del departamento, en su mente y en su consciencia, lo poco humano que le queda.

De pronto, Genos se golpea el rostro una vez, dos veces, cuatro, seis, múltiples veces.

Saitama se pone de pie y le pide que se detenga, en sus ojos hay pánico.

Genos sabe que no debe culpar a Saitama. Él no pidió nada, fue Genos quien siempre se aferró a la idea de descubrir el origen de su fuerza y luego de estar a su lado.

Genos fue quien no dudó en darle todo lo que pudo. Podría hacerlo de nuevo una y otra vez si Saitama se lo pidiera. Si tan sólo él se lo dijera.

Se ha acostumbrado tanto a las migajas de su atención que apenas y puede reconocerse a sí mismo. Se ha vuelto dependiente de las palabras de su maestro, las cuales ya ni siquiera lo consuelan o lo motivan pero consiguen destruirlo sin siquiera intentarlo.

De pronto Genos se siente perdido, confuso y con ganas de matar.

El mundo no se detiene. Su sistema interno no le responde. Hay algo que duele y no se puede apagar.

Saitama se acerca y lo detiene sosteniéndolo de los hombros, diciendo algo sobre evitar seguir lastimándose a sí mismo.

Genos niega con la cabeza y su llanto aumenta. Sus lágrimas de aceite manchan su rostro pálido y siente que ya no le importa porque está roto por dentro. Él es un mal discípulo por culpar a su maestro de sus propios errores y un mal hijo por no haber podido vengar a su familia en contra del cyborg que los mató.

Sus pies dejan de responder y Genos se arrodilla, con su frente sobre el suelo, implorando perdón.

Kuseno tenía razón, él aún es muy joven, demasiado impulsivo e ingenuo.

Saitama retrocede un par de pasos sin realmente saber qué hacer. Entonces él se acerca a Genos, lleno de desconcierto, sin saber que está pasando por la mente de su discípulo, sin saber del dolor que representa su inalcanzable venganza o su profundo remordimiento. Él nunca sabe nada.

Saitama intenta tocarlo del hombro, acerca su cuerpo y se arrodilla frente a él sin tener idea de qué hacer o qué decir. Saitama siempre ha sido malo con las palabras, así como es malo expresando sentimientos, también es un mal maestro. Pero Genos ya sabía eso y siempre trató de convencerse de que eso no le importaba cuando sí debió importarle. Genos tenía que haber sido menos paciente con sus estupideces; esas que lo incitan a tener una vida normal, pero que definitivamente no puede permitirse, no cuando hay alguien que no ha pagado por sus crímenes ahí afuera.

Saitama lo hace enderazarse y coloca sus brazos alrededor de él, envolviéndolo en un abrazo. Genos no lo rechaza, no puede, nunca lo haría, y corresponde colocando sus manos rotas sobre su espalda y su rostro lleno de aceite en su hombro.

—Lo… ¿lo siento? —Suelta de forma dubitativa Saitama. Sus pupilas se remueven de un lado a otro sobre el cuerpo de Genos, buscando una razón que justifique ser su objeto de desquite. —Lo siento… es mi culpa, ¿no?

Saitama se disculpa con duda, frío como siempre, como si sintiera que debiera hacer eso y nada más. Sin entender razones. Con el fin de volver a la monotonía de su vida lo antes posible.

—Lo que sea que te haya vuelto así, tiene que ver conmigo, ¿verdad? Perdón.

Genos niega efusivamente con la cabeza. Saitama no debería disculparse pero de todas formas lo hace. No es justo. Genos no debe hacer responsable ni a Saitama ni a nadie de sus propias acciones. Genos fue quien perdió el camino y quien, sabiéndolo, estuvo bien con eso. Él está bien con eso. Debería. Tiene que. Él quiere estar con Saitama a pesar de todo.

Saitama acaricia su cabello y espera paciente a que se recomponga. —Está bien, Genos. No pasa nada. Todo va a estar bien.

De nuevo Genos se encuentra deseando jamás haberlo conocido, porque entonces seguir su vida sin él aún sería una opción.

Su familia está muerta, el doctor Kuseno se ha ido, todos se han vuelto sospechosos. La única persona que le queda es Saitama, su maestro, la llama en su corazón, su luz, su mayor distracción y la niebla en su mente.

Ahora Genos ha perdido el camino y no sabe cómo volver. Saitama es todo lo que sus ojos ven.