Generaciones Doradas

Capítulo 16

Palacio de Zeus, Monte Olimpo, Pánmizos, 18 de enero, 10:00h

El cielo ya estaba iluminado por el astro rey cuando los dioses se reunieron para el ataque: de todas las divinidades, Zeus encabezaría la ofensiva, a su vera acudirían Apolo, Hermes y Artemisa. Dudaba que necesitaran a más, estaban ultimando detalles con sus vástagos en torno a una mesa cuando vio entrar a Hefesto por la puerta. Grande fue la sorpresa del rey de los dioses al verle recorrer la sala hasta alcanzarles con su renqueante paso pero cargado con algunas armas para ellos, su señor sonrió al recordar su petición el día anterior y se le aproximó en pocos pasos hasta él.

-¡Ah, herrero, qué alegría me das! ¿Qué maravillas nos traes?

-Majestad -le hizo una suave reverencia-. Seguí sus peticiones para arreglar sus armas, como indicó las he dejado listas e incluso he preparado algunas nuevas para la importante misión que seguirán.

Y es que bajó el señor del cielo a la fragua ardiente del forjador para solicitar su maestría en el arte del manejo de los materiales siderúrgicos de la tierra, su habilidad era tan famosa y útil que siempre le confiaban todos sus útiles, herramientas e incluso prendas o armaduras. Esa vez no fue menos y Hefesto trabajó arduamente para cumplir con sus expectativas como siempre, sin embargo él no estaba del todo contento con haber hecho ese trabajo pero se tenía que hacer… y de no haber cumplido seguramente hubiera sufrido toda clase de consecuencias que no estaba dispuesto a asumir, encima los dioses habrían logrado su objetivo igualmente porque habrían usado a cualquier otro para ese trabajo. Puede que no fueran yan habilidoso de ello pero el trabajo estaría completado igualmente y aquello era lo importante, traía con él un saco con una espadas y su correspondiente escudo; por supuesto el rayo y la lanza solar y varias flechas para los mellizos.

-Bienhallado, sin duda -Zeus le tomó de los hombros con aprecio-. Pasa a tomar algo y descansar unos días, seguro que has acabado agotado -Hefesto asintió suavemente-, aunque no hacía falta subir hasta aquí, ahora íbamos a ir nosotros mismos.

-Necesitaba salir y despejar la mente -reconoció el herrero-, pero con gusto aceptaré la ambrosía, estoy sediento…

El resto de dioses se acercaron y recibieron los diferentes presentes que traía su hermanastro consigo. Hechos en nobles materiales como el acero y la plata, estaban balanceados y cosmos cubría el material, reaccionaba al de cada deidad y podían notar los engranajes internos en algunos casos pues no eran piezas únicas sino que eran verdaderas máquinas que ayudadas por la magia permitían hacer verdaderas maravillas… sin embargo no solían escucharle cuando explicaba las cosas que podían hacerse y por eso casi ni se molestaba en decir nada más. Esperaba que los Caballeros de Atenea y la propia diosa sí que escucharan sus palabras y atendieran sobre las maravillosas propiedades que esos objetos tenían.

-Me ayudaron a fabricarlas herreros mortales también, si notáis cosmos humano -les indicó-. La lanza, la espada y las flechas están preparadas para volver a vuestra mano si fuera necesario, el rayo… en fin, no sé por qué te he tenido que fabricar uno mi señor.

Y es que fue fabricado el original en la época de la guerra contra los titanes siglos antes, hecho por los gigantes era el arma más poderosa del Olimpo y en aquellos instantes el haberla replicado era el ejemplo perfecto de su habilidad y arte en aquellos menesteres… sin embargo Zeus ya tenía consigo esa arma, cubría sus brazos y podía lanzarlos a su voluntad sin mayores problemas desde cualquier punto; solo tenía que armar su antebrazo y el cosmos se reunía en su brazo, desde el que se formaban los primeros chispazos antes de que la descarga de electricidad recorriera el aire como un tiro después de preparar la atmósfera instantes antes del lanzamiento.

Y estaba en perfecto estado de revista, por lo tanto… sin embargo tenía que cumplir con ese cometido, y para Hefesto fue todo un reto. Necesitó tomar uno natural, creado de la mismísima atmósfera y caído a la Tierra durante una tormenta eléctrica; recibió el rayo en sus propias manos y lo llevó hasta la fragua, donde lo dejó en un yunque y comenzó a tratarlo dando golpes con sus propias manos desnudas y usando su magia. Tardó horas en ello pero tenía los conocimientos adecuados para cumplir con las expectativas, sin embargo era extremadamente complicado: tenía que trabajar la electricidad con cuidado pero con firmeza dado que, si lo hacía mal, podía salir despedido por una explosión de energía tan potente como una bomba o incluso más. El poder de la naturaleza era inmenso y ellos eran sólo sus portadores, en ocasiones así él era más que consciente… sin embargo estaban acostumbrados a trabajar con los elementos y no se les hacia tan extraño llegado un punto.

Le entregó con cuidado la pieza, era un objeto deslumbrante con la forma de una rama de olivo pero brillante como el mismo Sol. Crepitaba con el mero tacto y pequeños y fulgurantes hilos salían y se pegaban a la piel de cualquiera que se acercara demasiado. De esta forma se cargaban los objetos circundantes, sin embargo había una manera de manejarlo con cierta seguridad: tomó un trozo de cuero y lo envolvió sonriendo un poco.

-¿Sabéis el poder que desencadenan una de estas bellezas?

-Mucha, pero es indiferente -exclamó Apolo-. ¿Cuándo vamos a ir al Santuario? Tengo que limpiar mi honor contra esos infieles…

-Controla tu ira, hijo -le reprendió-. Atacaremos ahora mismo… pero antes tenemos que, al menos, intentar llegar a un acuerdo de paz.

Sus hijos le miraron con sorpresa pero comprendían la razón de ser de esa afirmación. Sólo así tendrían la buena visión del resto de dioses, y eso era fundamental para poder mantener esas acciones ante todos, necesitaban una buena razón para atacar… aquella era la mejor posible. Por eso tomaron aquellas armas y se dirigieron hacia la salida para llegar hasta el Santuario de la diosa, usarían sus carros de combate para llegar y atacarían de improviso. Eso no se lo esperarían en ningún caso, debían estar demasiado entretenidos con otras cuestiones y nada ni nadie les tendría en preaviso para algo así… en no demasiado llegaron hasta los carruajes.

Tirados por sendos corceles, eran animales de fuego para Apolo, animales blancos para Zeus y Hermes, y de luz lunar para Artemisa. Unidos con cuerdas a modo de riendas, los carros estaban hechos en madera noble reforzada con acero y placas de bronce para proteger mejor la estructura del aparato, cuyas ruedas estaban hechas sus radios de hierro, igual que la cruz que sustentaba su suelo; eran de una belleza inmensa pero sobre todo útiles, en un lateral tenían un hueco para guardar sus armas y unos huecos servían para apoyarse mejor y poder mantenerse mejor y aguantar mejor las posibles embestidas. Acariciaron a los animales en sus crines, estaban colocados en filas de dos y en grupos de cuatro por cada cuadriga, las sagradas bestias relincharon con alegría y se limitaron entonces a montar en la parte trasera listos para avanzar hacia el Santuario.

Después de dar un golpe con las riendas para azuzar a los animales éstos comenzaron a correr y se empezaron a elevar en el aire después de dar un brinco; el carruaje hacía una parábola tras ellos y ascendían poco a poco, tras ellos se extendía en un arcoíris e incluso se formaba casi que algo sólido aunque desaparecían en el instante en que pasaban de largo. Se fueron internando entre las nubes mientras relampagueaban con intensidad al paso de los dioses, Hefesto se quedó en tierra y observando en todo momento, se limitó entonces a suspirar un poco antes de girarse sobre sí mismo y se internó en el templo de su padre… aún así hizo arder su cosmos suavemente y en su hombro apareció un fénix de fuego, murmuró el dios algo y el animalillo salió volando en el aire.

( ) ( ) ( ) ( ) ( )

Arena de combate, Santuario de Atenea. 18 de enero, 12:00h.

Esa era una mañana fresca en la que no había demasiado que hacer más que entrenar. Sin embargo algo, un pensamiento, seguía rondando la cabeza de Kiki como una mala premonición en la que no quería creer pero que auguraba que algo malo iba a pasar… sin embargo Saga sabía de sus ideas, se las expuso el día anterior y comprendió los miedos del Patriarca. No había razones para pensar que fuera a pasar nada en el corto plazo pero por desgracia esas ideas solían cristalizar al final y era mejor prevenir que curar… y en esa ocasión tenía pinta de ir a ser algo malo. Sin embargo Arturo siempre decía lo mismo: cada tres semanas Kiki se despertaba con malas ideas y montaba un verdadero zafarrancho de combate y ponía el Santuario patas arriba… la mayoría de las veces para nada. Sin embargo la amenaza que les explicó Hefesto hizo mella en la mente del mayor y ahora sentía la oscuridad misma cernirse sobre ellos como sólo una rapaz lo haría contra su indefensa presa.

Pero donde había patrón no mandaba marinero y los dorados salieron a patrullar las cercanías del recinto como siempre pero en lugar de dos iban cuatro; y además se les unieron un par de plata, por suerte para todos sólo estaban fuera cuatro de la principal Orden y todos los demás acudieron raudos y veloces de las posibles misiones que tenían a la llamada de su superior… y a falta de la totalidad de la actual generación también se llamó llamar a los doce predecesores, mucha fue la sorpresa para Severo al escuchar la noche anterior la petición de Saga pero la atendió con gusto. Al final si tenía un ejército nuevamente era gracias a Mónica, por eso accedió a llevar a sus tres jueces también a tierras atenienses para participar de su protección.

De hecho esa misma tarde tenían previsto pasarla allí y entrenar él, Bianca y Esther, los tres juntitos y en buena compañía y de la mano de Kiki… sin embargo la paz no duró en exceso. En primer lugar tuvo un fuerte escalofrío durante el desayuno, uno que recorrió como un latigazo su espalda… si ya lo pasó mal al saber que la compañía de Pánmizos había sido atacada, peor lo pasó al notar esa desagradable sensación inundar su cuerpo como si de un tsunami se tratara. En segundo lugar se vio obligado a formar un perímetro de seguridad cuando notaron que Océano se había acercado demasiado, se pusieron todos extremadamente nerviosos ante ese suceso y por poco no hay un ataque del que más tarde se habrían arrepentido… al menos vino en son de paz.

Mu de Aries había sustituido a Raki en el templo del carnero blanco. Su flamante armadura negra brillaba en tonos purpúreos con el Sol del medio día y su cosmos permanecía bajo pero atento a lo que estaba pasando. En torno a la casa tenían repartidos a varios soldados, igual que hacían con cada uno de los doce que formaban el camino zodiacal; sin embargo si iban a ser atacados por los dioses puede que aunque toda la Orden de Atenea y aún contando con los 108 espectros era más que probable que no fueran a lograr nada. Si tuvieran con ellos a los dioses gemelos… pero al parecer eran traicioneros y no se podía contar con ellos, y aún con todo en el Santuario contaban ahora con tres dioses viviendo allí. Y estaba también Ofiuco, que permanecía en Sagitario junto a Seiya para ser entrenada, el cosmos de esa mujer rivalizaba con el de los más poderosos guerreros y eso que aún estaba aprendiendo las artes del combate.

En esos pensamientos estaba cuando el cielo se oscureció de pronto, nubes de tormenta se arremolinaron en torno al astro rey y la luz desapareció; rayos comenzaron a caer pero fueron detenidos por una pared de luz que protegía al recinto sagrado. Varias estrellas fugaces golpearon con intensidad las defensas pero éstas aguantaron con estoicismo, sólo entonces bajaron hasta el inicio de las escaleras y allí Mu contempló con pavor cómo llegaban los cuatro dioses: Zeus, Hermes, Apolo y Artemisa. Sus energías eran inmensas, se disponía a desplegar todo su poder y con él estaban varios de sus compañeros de armas cuando vieron que el rey de los dioses alzaba la mano con algo en ella. Sus cuerpos retumbaron con la gravedad de su voz, más semejante al tronar de una tormenta que a cómo hablaría un hombre.

-¡Si os rendís podremos dialogar! -gritó- ¡Pero si no, sucumbiréis ante la ira del Olimpo!

Sin embargo no dio tiempo alguno de respuesta, pues tomó el resplandeciente objeto y lo lanzó contra las protecciones. De inmediato se sintió una explosión de energía que hizo temblar la misma tierra, seguida de un fogonazo de luz que rodeó toda la cúpula antes de caer como una lluvia sobre todos ellos en forma de polvo, tan intensa fue la fuerza liberada; desintegrada las barreras los dioses avanzaron.

Ungidos en su cosmos, en pocos instantes se encontraron con que habían llegado hasta ellos pese a tener de por medio las escaleras que llevaban a Aries. Si embargo los dorados no estaban del todo indefensos: Mu alzó varios Muros de cristal a la salida para cortar todo paso, Aldebarán y Ángelo se colocó cada uno a un lado y les tiraron como pudieron unas cadenas que habían preparado para ocasiones así. Grande fue la sorpresa en los dioses dado que ni habían sentido a los mortales… eran débiles, pero dudaban que lo fueran tanto, un cosmos así debía ser notado sin problemas y ni siquiera tuvieron un amago de algo similar.

Las cadenas se enroscaron en torno a los brazos de Zeus, que frunció suavemente el ceño pero tiró con fuerza hacia sí para derrumbar a Aldebarán. Éste aguantó con cierto estoicismo el tirón pero eventualmente cayó de rodillas, no sin antes lanzar su Gran cuerno; Zeus se sintió confiado en retener el golpe casi que con una mano pero acabó volando por los aires al recibir la potente descarga, Apolo no se dejó amedrentar y después de golpear a Mu en el rostro preparó su arco para lanzar unas flechas al hombretón. Artemisa permanecía a unos metros de distancia mientras comprobaba que Hermes se enfrentaba a Ángelo en una danza de puñetazos y patadas, se intentaban tirar al suelo y ahorcarse mutuamente pero ninguno superaba al otro… y eso era absolutamente imposible. Frunció suavemente el ceño, preparó su arco y flechas y lanzó una ráfaga contra una sombra, sonrió con diversión al ver que éstas salían despedidas y que un suave gruñido sacaba a Severo de donde estaba.

Su cosmos ardía y sin embargo no sintieron su presencia hasta ese instante, era tan opresivo que hacía que el del resto de dioses no pudieran hacer uso de todo su poder. Zeus contempló al otro en silencio, no sin antes lanzar varios rayos contra los mortales presentes, salieron despedidos unos metros antes de golpear con sus espaldas en las paredes del templo. La estructura estaba algo dañada pero seguía lejos de acabar en mal estado… al menos por ahora, pero eso al olímpico le daba francamente igual pues miró a su hermano directamente a los ojos mientras se quitaba de encima las cadenas.

-Hola, Hades… bueno, te pareces a él pero tienes mucho de humano -saludó, los hierros cayeron al suelo con estruendo-. Me gustaría decir que es un placer verte de nuevo… pero estaría mintiendo.

-Será mejor que te vayas de aquí, esta es una guerra que no quieres librar -le espetó-. Vete de aquí tú y tus hijos, ahora que estamos a tiempo.

Sin embargo el otro se rio con ganas.

-¡Sí, sin duda! ¡Ahor mismo nos vamos! -negó con algo de vehemencia- ¿Qué te hace pensar que tienes fuerza para obligarnos?

Sin dar una respuesta hablada, movió su mano y una onda salió despedida hacia los cuatro dioses, que salieron volando; aunque no impactaron contra las paredes o columnas, y en su lugar se impulsaron contra él con violencia. Comenzaron entonces a acribillarle con puñetazos y patadas, pero Severo era veloz. Mientras se protegía de Artemisa lanzaba una patada contra el pecho de Hermes; entonces giraba sobre sí mismo y le propinaba un cabezazo a Zeus e interponía su brazo libre para protegerse del espadazo de Apolo, los metales al chocar provocaban chispas pero sus protecciones limitaban cualquier daño corporal.

Y sin embargo, aunque Severo se sentía ligero como una pluma, ágil como un gato y fuerte como un oso, los otros cuatro notaban un gran peso sobre sus hombros… la armadura que defendía sus cuerpos era más una pesada capa que les limitaba más que ayudaba, y en un combate en el que la velocidad era la clave de bóveda del éxito eso era muy perjudicial. Era el cosmos de Severo lo que les hacía ir más despacio, pero esa era la consecuencia de la verdadera acción del otro: reprimía los poderes de los demás y hacía que se redujeran hasta una mínima parte, apenas era un porcentaje de lo que realmente era… por eso los dorados podían plantarles cara e incluso superarles pese a ser sólo mortales. Esa humillación apenas había comenzado.

Zeus hizo arder su energía pero antes de que pudiera hacer nada las ondas infernales de Ángelo golpearon en su pecho y le dieron un tirón hacia atrás, su alma se estremeció y la energía que estaba acumulando estalló igualmente en una poderosa supernova de cosmos. Sin embargo se notaba que era un dios, pues arrasó con lo que había a su paso y los dorados sólo se salvaron gracias al muro de cristal que alzó Mu; pero Aldebarán tomó una drástica decisión y tomó al dios por detrás en un abrazo de oso por el que cubrió su pecho con los brazos y apretó mientras desencadenaba su supernova titán. Artemisa quiso intervenir y con una de las flechas intentó atravesar el cuello del enorme hombretón usándola como si de un puñal se tratara; y sin embargo se encontró con que Ángelo se interpuso y puso sus manos a modo de defensa pues hizo explotar su cosmos para tirar atrás a la diosa.

Ella dio un giro sobre sí misma y corrió hacia un lado antes de tirarse contra ellos nuevamente con su arco cargado; por su parte, Apolo también quiso atacar pero se encontró en ese caso con Mu, que usó su revolución estelar… la intención era mandar a volar al otro, pero en las espaldas del dios aparecieron unas alas de fuego con la que quemó ligeramente el rostro del otro, giró sobre sí mismo y plumas fogosas salieron despedidas de las mismas. Severo se dio cuenta de ello, y después de alejar a Zeus con un destello de sus manos en la tripa del dios extendió unas protecciones con una pared de luz para detener ese ataque; la generó desde una esfera y la interpuso justo a tiempo para detener la oleada de fuego que, de haber impactado, sin duda estarían muertos los mortales pues el calor se intensificó por encima de lo aguantable y se formó una pared que hubiera avanzado inexorable de no ser por la intervención de Severo.

-¡Está claro que esto es un empate! -exclamó Aldebarán- ¡Será mejor que os vayáis de aquí!

Sin embargo Zeus negó suavemente y alzó de nuevo el brazo con aquello brillante entre sus dedos, se encontró con que sus hijos de pronto se retiraron para sorpresa de sus enemigos pero Severo comprendió en ese instante las intenciones de su hermano; por eso se interpuso entre el dios y los dorados mientras colocaba los brazos en cruz y expandía su cosmos para defenderse. El rayo crepitó unos instantes antes de lanzar una nueva descarga de energía tan poderosa y basta que, de haber manado libre y en su plenitud, habría destruido no sólo Aries; todo el Santuario habría sucumbido ante esa fuerza de la naturaleza. Aún así el señor del Inframundo logró detener el poder de su hermano antes de que saliera despedido pero no pudo evitar que los otros tres dioses se escaparan y quisieran seguir adelante.

Avanzaron por las escaleras hacia Tauro pero rápidamente salieron volando para saltarse todo ese estúpido trayecto e ir directos hacia el Templo Principal; en el cielo se encontraron de improvisto con Bianca, ella había alzado unas cadenas de energía hacia ellos y los tiró contra el suelo para colocarles nuevamente esos mismos hierros sobre ellos. La intención era tenerlos allí e incluso expulsarles, sin embargo Apolo giró sobre sí mismo antes de eso y rompió las cadenas justo a tiempo y aterrizó a su vera. Comenzó a pelear con ella a base de puñetazos y patadas, la mujer era capaz de defenderse hasta que en un momento dado le dio un fuerte cabezazo en la nariz a Apolo, que trastabilló; sus hermanos sí que habían caído al suelo y encadenados como estaban poco podían hacer, pero después de un salto rompieron las cadenas.

Habrían avanzado de no ser por la intervención de Ofiuco. Esther bajó desde Sagitario hasta las escaleras que llevaban de Virgo a Libra comandando a los dorados de esas casas para detener allí mismo el combate, tenían la orden de no abandonar los puestos y hacer muros de defensa pero la situación lo ameritaba. La amazona llegó la primera y se interpuso entre Artemisa y su camino de ascenso, a la vez que Shun de Virgo, Shaka y Milo también llegaban desde abajo y Dohko, Shiryu y Shura lo hacían desde arriba. De esta forma se juntaron en una pequeña explanada que poco permitía luchar pero que se había improvisado como campo de batalla ante la necesidad de defender el Santuario… y sin embargo el efecto de la intervención de Severo iba desapareciendo, el cosmos de los dioses se alzaba y derrotaba – o más bien arrasaba – con el de los mortales presentes.

Así fue al menos durante el primer minuto, pues toda la zona se vio inundada por un poder igual de inconmensurable. Los cortes sangrando que se fueron formando en esa intensa guerrilla comenzaron a sanar ante el cosmos de Océano, que apareció por las escaleras con su báculo en mano y mirada fiera. Dio un golpe en el suelo con el objeto y se colocó en posición para, instantes después, ir a por Apolo; interpuso su propia lanza para detener el golpe de la mujer, que gruñó un poco antes de continuar con los envites. Hermes por su parte esquivó la Excalibur de Shura y lanzó por los aires a Shaka, sin embargo se encontró con el nuevo Virgo detrás, que lanzó su Tesoro del cielo para que ni pudiera moverse del sitio.

Artemisa se estaba enfrentando a Bianca junto a Esther, la primera elevó su cosmos y detuvo el puño de la diosa, que también paró el ataque de la otra con la palma de la mano; la mortal por su parte se tiró a por la olímpica, que giró sobre sí misma antes de intentar dar una poderosa patada en la cabeza. Sin embargo antes de eso Bianca fue empujada atrás y acabó de espaldas en el suelo, Artemisa quiso propinarle golpes en el rostro con las botas pero Ofiuco procedió a lanzar su cataclismo de luz contra el estomago de la diosa.

Hasta entonces las cosas habían salido demasiado mal para los dioses invasores, pero era el momento de cambiar las cosas: Apolo alzó su lanza en el aire después de desarmar a Océano y de la misma salió una intensa luz y energía que, cuando surcó el aire al girar en el aire gracias al ágil movimiento de manos del dios; se dispuso a empalar al otro pero una mano se lo impidió: Kiki había aparecido y como efecto un hilo de sangre salió de sus brazos por el esfuerzo de detener el golpe. El dios gruñó un poco por lo obstinados que eran aquellos mortales, se disponía a volver a empujar con violencia cuando escucharon un poderoso chasquido en el aire.

Una nueva explosión de energía salió desde Aries y se elevó en el cielo como un cometa que explotó en lo alto de la atmósfera, sin embargo un nuevo meteoro aterrizó por allí y se escuchó un fuerte bramido, como el de una bestia. En el corazón de los presentes se sintió un intenso miedo de golpe, como si algo malo estuviera pasando pero más intenso aún fue el terror en el rostro de los dioses presentes, que trastabillaron unos pasos atrás antes de llevar su mirada al templo del carnero. Instantes después Zeus llegó hasta allí junto a Severo, éste último tenía sus manos sobre las del primero, como si de alguna forma hubiera caído derrotado.

-Creo que es el momento de parlamentar, pero antes… -suspiró un poco- Será mejor que vayáis al Olimpo.

-¿Qué sucede?

Kiki estaba en el suelo sentado, Océano tenía aún el venablo de Apolo en una de las manos mientras él también sostenía el báculo de Atenea en la otra pues estaban en pleno forcejeo; los dorados se congregaron en torno a ellos y Hermes fue alzado por Bianca, que se había colocado encima de él para golpear su rostro. Artemisa salió de entre unas rocas pero no llegó ni a mirar a Aldebarán, que estuvo cerca de ponerla en un buen apuro… sin embargo la duda de la señora del Santuario era más que razonable.

-Lo que habéis escuchado es el sonido de una serpiente de fuego… una bestia antigua del séquito de Hiperión, los titanes se han puesto en marcha -murmuró Zeus-. Está claro que nuestras fuerzas están parejas, si atacarais el Olimpo sucedería esto mismo pero con nuestros guerreros… no tiene sentido seguir esta lucha de desgaste, no teniendo a un enemigo como el que tenemos y que sí está totalmente unido.

Sin embargo sabía que dos titanes permanecían con el Santuario, y aún así no habían intervenido… de haberlo hecho tenía claro que habrían perdido miserablemente. Ello sin contar con los dioses olímpicos que no le seguían, que eran demasiados. No quisieron comentar aquello pues no deseaban ponerse en contra – más aún – al señor del cielo, por lo que optaron por ahorrarse nada al respecto y se limitaron a observarse durante unos segundos antes de que Zeus chasqueara la lengua con impaciencia.

-Acepto la paz, pienso que también es importante no… matarnos entre nosotros.

Océano dio un suave tirón para que Apolo le devolviera su bastón antes de él hacer lo mismo con su lanza, Kiki se aproximó entonces al olímpico y le tendió la mano. Frunciendo el ceño el otro la tomó en señal de respeto y apretaron con ciertas ganas pero más por necesidad que por interés en realmente querer llegar a una solución de paz en los conflictos.

( ) ( ) ( ) ( ) ( )

Pánmizos, sistema de cuevas de Nidavellir. 19 de enero, 20:00h

Pasaron unos días en la casa de Eitri, el acogedor enano había ayudado bastante y les permitió quedarse allí para poder descansar por las noches y así estar buscando el Bifröst todo lo que consideraran; el puente del arcoíris que llevaba hasta el reino de Asgard estaba bien oculto pero el enano les había indicado cómo se llegaba hasta el mismo, y sin embargo no sabían del todo bien cómo podía hacerse algo así. Esa noche era la tercera que pasaban allí y aún no habían logrado demasiado en ese sentido más que patearse el sistema de cuevas que formaba el sitio. Sin embargo tampoco podían irse demasiado lejos por tener que dormir allí, y aún con todo Camus siempre pedía volver antes y así poder pasar unas horas más con la joven Gudrún, que resulto ser una joven muy amable y trabajadora como la que más.

Mónica y Prometeo por otro lado se quedaban hasta algo tarde para poder explorar algo más, esa noche llegaron con cierto entusiasmo ante la idea de creer haber encontrado algo realmente prometedor, puede… que esa fuera la última jornada que pasaran allí.

-Prome encontró una cueva a unos kilómetros, por una galería -se rio por lo curioso que era hablar así en un lugar así-. He notado un cosmos muy intenso emanar de allí.

-Bien, bien -Eitri suspiró pesadamente-. Camus, me alegra haberte tenido aquí… te echaré de menos.

El aludido suspiró un poco, sí… él también lo echaría de menos sin duda.

-Gracias por acogernos, señor -comentó Hyoga-. Su conocimiento nos ayudará mucho sin duda.

El enano sonrió mientras se disponía a colocar la mesa para cenar, si esa iba a ser de las últimas noches tendrían que celebrar apropiadamente…

( ) ( ) ( ) ( ) ( )

Pánmizos, puerto de Alejandría. 29 de enero, 06:00h

La travesía por el Nostrum se alargó durante varias jornadas, con la ayuda del bueno de Filoctetes y su conocimiento sobre la mar recorrieron las aguas; surcaba el barco las olas con facilidad y las remontaba y descendía ayudada de los remos que manejaban los marineros, movían las palas de madera al ritmo de un poderoso tambor que tocaban con una cadencia perfectamente acompasada. La vela se hinchaba con el viento y lo aprovechaban junto a las corrientes superficiales para impulsarse, durante las mañanas se podían ver grupos de delfines acompañar el barco en su búsqueda de grupos de peces para comer; también atisbaron grandes ballenas, algunas en solitario y otras en grupos familiares en proceso de sus viajes de migración por el mar. Si bien tenían toneles en los que guardaban toda suerte de alimentos en salazón aprovechaban esos bancos para echar las redes y comer algo fresco para el medio día: para cocinarlos usaban metales alejados de las maderas y con cubos de agua cerca por si acaso, aprovechaban trozos de carbón colocados en cuencos y ubicados en las paredes de una de las bodegas.

El proceso llamaba la atención de los visitantes, pues en la pared tenían ganchos en los que colocaban cadenas de hierro para colgar los cazos; en su parte inferior colocaban trozos de carbón que prendían aprovechando velas que siempre procuraban mantener encendidas, sin embargo la mayoría de veces acababan necesitando usar una espada con la que hacían chispas usando un pedernal. Después de prender las llamas colocaban una plataforma de metal de bronce y allí ya hacían el pescado o la carne, después se limitaban a apagar las brasas y disfrutaban de la comida caliente. Esa mañana el Sol no tardaría demasiado en salir y Fran se había levantado algo mareado por lo que se mecía la nave, se había sentado en un taburete cerca de los puestos de los remeros, que estaban durmiendo con una manta por encima y aprovechando los huecos entre los asientos y usando unos cojines para estar algo más cómodos.

Suspiró un poco mientras se sentaba y colocaba sus brazos sobre las maderas que servían de agarraderas, eran macizas salvo los agujeros que se utilizaban para colar los remos y que tocaran el agua; contaban con hierros para reforzar las placas de roble que servían de casco, con remates para unir las piezas más grandes, ello permitía que el aparato fuera más resistente… pero el salitre del mar hizo su efecto a lo largo de los años y ahora el óxido color bronce cubría con una ligera capa el material. Fran bostezó un poco y se dejó arrullar por el mar, al poco llegó con él Romeo y se colocó sobre la barandilla a su lado. Tenía su cuerpo cubierto por una pequeña manta para que el viento no se llevara su calor corporal, le entregó una más al muchacho y se limitó a masticar una manzana que traía consigo.

-En breve llegaremos a Alejandría -murmuró el Caballero-. Allí tendremos que ir a la biblioteca… ¿has vuelto a ver a ese fénix?

-No, pero no he dejado de pensar en él -reconoció Fran-. Dijo que nos encontraríamos con alguien, una tal… señora del fuego o algo así.

Romeo asintió, se hacía a la idea después de meditarlo un poco se hacía a la idea de quién podía ser pero no era nada seguro. Se rascó la mejilla pensativo y observó el horizonte en silencio, perdiéndose en sus pensamientos.

-A partir de ahora las cosas cambiarán… Egipto es diferente a Roma o Grecia.

-Me imagino, pero todo esto es la antigüedad… -Romeo le observó con interés- Se supone que todo esto es nuevo para mí, ¿recuerdas? Ayuda que acabe tan cansado cada día…

-Si has podido dormir en estos días no creo que tengas problemas -sonrió divertido en respuesta-. Pero me refería a gente asaltando, queriéndonos engañar… Ya ves lo que pretendió hacer Filoctetes, el dueño de este barco.

Fran asintió despacio.

-Este mundo es muy duro… nosotros somos ricos en comparación con cualquiera de aquí, estoy seguro que nadie del barco salvo nosotros sabe leer o escribir -luego llevó su mirada al otro-. Pero no entiendo qué me quieres decir… ¡explícate!

-Eso es cierto -respondió complacido Romeo-. Creo que nos van a dar una profecía en cualquier momento… tendremos que estar atentos a, palabra por palabra, quedarnos con lo que se dice y apuntarlas… y luego apuntarlas para interpretarlas más adelante.

-Y entiendo que son muy rebuscadas.

-Exacto.

Romeo no pudo evitar reírse cuando le escuchó bufar con cansancio, y eso que el día ni había comenzado. Sin embargo le tendió una manzana después de habérsela limpiado algo entre sus prendas, gesto que agradeció y comenzó a comer en silencio en la compañía del otro. En frente se encontraban con la oscuridad pero a lo lejos se apreciaban los contornos de la costa de Alejandría y los fuegos que iluminaban la hermosa ciudad: se expandía por un basto territorio aprovechando el delta del Nilo y lo rico en agua que siempre era gracias al caudaloso río y sus muchos afluentes menores en esa zona, donde desembocaba en lo que él llamaría Mediterráneo. En una colina algo distanciada se apreciaban los pebeteros del palacio del gobernador, pero sin duda destacaba el poderoso fuego del gran faro: era una gran torre de piedra cuya área superior estaba encabezada con un pebetero de bronce cuyo fuego siempre estaba encendido y alimentado por carbón y en especial un aceite que ardía con la suficiente intensidad para poder ser visto a mucha distancia… la suficiente para avisar con tiempo de la proximidad del cabo que servía de puerto, era bastante amplio y estaba cruzado con muchas pasarelas de madera para atracar toda clase de navíos.

En no demasiado pudieron comprobar la salida del Sol por el este y comenzaron a ver mejor la ciudad de Alejandría. De casas de ladrillo bajas y techos de madera y paja, los templos eran de piedra cincelada marrón así como los edificios públicos; muchos barcos ya recorrían las aguas también en busca de bancos de peces o queriendo moverse a lo largo de las muchas rutas comerciales que salían o venían hasta allí. El paisaje sin duda era precioso, las gaviotas volaban en pequeños grupos e intentaban robar las piezas recién sacadas del agua a los marineros, que defendían los pescados con la misma agresividad con la que ellas atacaban; también había comerciantes y pequeños trirremes de vigilancia aquí y allá para controlar las llegadas, a Fran aquello le recordaba a cómo se hacían las cosas en su mundo.

En todo ese tiempo no habían sido atacados, lo que era de agradecer pero no tenía dudas de que según pisara tierra eso iba a cambiar… Romeo tenía bastante razón al decir poco después de la pelea con Apolo que el viaje sólo había comenzado, que ellos ahora estarían en el ojo de la tormenta y que sólo sería cuestión de tiempo que volverían a tener en frente a un dios dispuesto a acabar con ellos… sin embargo Poseidón tuvo muchos días para poder hundirles en pleno mar sin que nadie les hubiera echado de menos; el mismo Zeus bien podría haber mandado una tremenda tormenta eléctrica, o que Hermes o cualquier otro se apareciera por la noche con un cuchillo mientras dormían. Sin embargo nada de eso, ni cercano siquiera, había pasado… y brindaban por ello con alegría. Y mientras se iban aproximando Raki hizo aparición en lo alto del travesaño que sostenía la vela, donde se sentaba habitualmente para contemplar la inmensidad del mundo y perderse en sus pensamientos; ahora tenía ante su mirada la belleza de Alejandría y sonrió mientras se estiraba y dejaba revolver su pelo por el amable viento.

Sin embargo sus ojos se movieron hacia un edificio de gran tamaño si se comparaba con las casas pero que tampoco destacaba en especial por las cercanías de los templos: aquella debía ser la famosa biblioteca a la que tenían que dirigirse. Allí esperaba que encontraran muchos de los secretos que tenían sobre los hermanos, o incluso sobre cómo entrar al Olimpo en un momento dado. Fran no tuvo más problemas con picores en su espalda y el tatuaje había desaparecido casi por completo, tan sólo quedaban unas pocas líneas que apenas tenían ya significado o efecto. Su cosmos era enorme y se le notaba un verdadero dios, diferente a su hermana en muchos sentidos… pero igualmente cálido y agradable, se sentía igual de cómoda sirviéndole que con Atenea, pero era más que probable que cuando volvieran a casa notaran un gran cambio en ella.

Sonriendo, la mujer se dejó caer a la cubierta del barco y se aproximó a los demás. Para ese momento los marineros ya habían comenzado las maniobras de aproximación con Filoctetes a la cabeza. Notó que sólo quedaba Heracles, al que escuchó silbar en el interior de la bodega en busca de las pocas pertenencias que tenían con ellos. Cundo se les acercó se encontró con que estaban charlando sobre dónde dejarían el barco y qué harían a partir de ahora, Raki se colocó a la vera de Romeo y se abrazó a su brazo y sonrió un poco.

-Gracias por la ruta, Filoctetes -estaban acabando en ese momento-, te dejé el dinero en tu cama ayer por la noche, ¿viste el saco?

-¡Sí, muchas gracias! -exclamó él- Sin embargo… las aduanas son duras, ya sabéis, venís de fuera, no estáis apuntados en Alejandría…

-¿Tengo que recordarte quiénes somos?

Esa sutil amenaza pareció ser suficiente para aplacar los deseos económicos y, en general, la codicia del marinero. Se retiró con una suave inclinación y les dejó descansar antes de abandonar el navío, en pocas horas pisarían tierra nuevamente… La mujer miró a los otros dos antes de girarse y comprobar que llegaba Heracles con sus pocas cosas entre las manos, fue entonces que ella habló.

-Iré a Alejandría para comprobar los alrededores mientras nos acercamos -murmuró-. Puede que nos estén esperando… aunque lo dudo, por tener cuidado.

Miró más a Fran a modo de pedir permiso, cuando él asintió ella sonrió suavemente y desapareció en el aire para hacer las indagaciones por el puerto de Alejandría. Se dejó aparecer entre las sombras de unos edificios que estaban bastante próximos y formaban así un corredor. Era un puerto sobre todo comercial, con varios edificios donde los marinos se podían juntar para tener sus reuniones, había allí también plataformas de madera donde se atracaban los barcos y que eran recorridos constantemente por toda suerte de pescadores u hombres de la marina mercante de Egipto o mercaderes que trabajaban por sí mismos para llevar y traer toda clase de productos; una zona en concreto estaba reservada al ejercito y defensa, pero eso a ella le daba relativamente igual.

Raki recorrió el lugar tranquilamente mientras dejaba sus brazos a la espalda y andaba con parsimonia pero siempre atenta a lo que veía. Era día de mercado y se notaba por el ir y venir de muchos cargados con bolsas y sacos de cuero hasta arriba de múltiples productos llegados desde la región de Hispania, Asia o el lejano oriente; un lugar para todos ellos desconocido pero no para la amazona, que en muchas misiones tuvo que ir hasta la región de Jamir, de donde venía su pueblo. Los puntos sobre sus cejas no eran tintados y eran propios de la gente de esa región, símbolo de sus poderes psíquicos, se suponía que era un regalo de un antiguo dios para ella desconocido pero lo entendía más como una maldición a veces… suspiró mientras llevaba su vista por todas partes atenta a cualquier cosa que pudiera llamar su atención.

Pensaba en ello cuando vio cómo el barco donde estaban los demás se iban aproximando, pensó en volver a su cubierta pero se abstuvo al sentir una presencia. Estaba rodeada de personas pero aquella era muy intensa, poderosa y especial; según se giró se encontró con los ojos caramelo de una mujer, que sonrió suavemente antes de aproximarse. Raki se quedó embelesada mirándola y apreciando su rostro: de cuerpo esbelto, sólo se apreciaba su busto dado que una tela bastante sencilla cubría enteramente su figura, su piel era clara y su pelo negro como el azabache sólo se dejaba ver como unos pocos mechones en torno a su cara. La desconocida tomó su mano con cierta firmeza.

-Me alegra veros por fin, cara a cara -sonrió-. ¿Dónde está el resto de tu grupo?

La otra no llegó a responder, pues cerró los ojos y cuando los abrió la desconocida había desaparecido. Decidió obviar aquello y se limitó a acercarse al punto donde esperaba que el barco atracara… desde allí podría llegar en un parpadeo pero se sentía mejor en tierra, donde la firmeza del suelo relajaba su espíritu, demasiado agitado por las aguas del mar… por suerte ya no tardarían demasiado y pronto volverían a casa, aunque estando ya allí las cosas serían muy diferentes de necesitar volver.

En no demasiado rato les vio bajar aprovechando una pequeña pasarela de madera que se apoyó en las placas que formaban el muelle; minutos antes saltaron un par de marineros para atar los cabos con poderosas cuerdas que lo mantendrían fijados y sin posibilidad de moverse ni aunque las mareas crecieran de sopetón. Cuando se hubo unido al resto de la comitiva no tardaron en llegar a la calle principal del puerto y se internaron por las callejuelas. Eran estrechas, más bien oscuras pero frescas y aireadas por las corrientes que llegaban desde el mar; aunque había un intenso olor a pescado en general era un lugar que durante el día era agradable y en las noches, iluminado por la luz de la luna y estrellas, se desplegaba un ambiente casi mágico que maravillaría a cualquiera que se fijara.

Pero no estaban allí para hacer turismo, por eso se dirigieron raudos hasta la biblioteca. Era tan famosa que incluso se dejaban ver pequeñas señales bastante inteligibles con diferentes localizaciones: una cesta con una manzana y un pez para el mercado, una moneda o sestercio para el banco, un libro para la biblioteca… quien quiera que tuvo la idea fue bastante inteligente, a Fran le hizo bastante gracia aquello y de haber podido habría sacado incluso una foto a las rudimentarias pero útiles señales hechas en madera policromada con toda suerte de tintes. Transitaron por variopintas callejuelas antes de alcanzar una pequeña plaza con un jardín, varias casas viejas y el edificio de la biblioteca: una edificación hecha efectivamente en piedra y que en esos momentos servía como lugar de peregrinación para muchos estudiosos de todo tipo de artes y conocimientos que requerían de saberes más allá de lo que sus ojos jamás habían visto.

-Bien… aquí es, ¿entramos? ¿O buscamos antes un sitio en el que dormir por las noches?

Raki iba a responder cuando vio llegar nuevamente a esa desconocida. Había salido de entre unos árboles del jardín y se les acercó con parsimonia mientras un fénix de fuego se posaba sobre uno de sus hombros. Notó su presencia entonces Fran, que giró el rostro y la observó en silencio antes de comprender su naturaleza.

-Antes… te sentí… ¿Quién eres?

La desconocida extendió sus brazos en ese instante y le abrazó con intensidad, los tres dorados se quedaron expectantes pero en su cosmos no notaban agresividad o interés en hacerles daño… sólo un amor mucho más profundo que el mar que acababan de recorrer para llegar hasta allí. No entendían qué intenciones podría tener pero por ahora no había razón para desconfiar, sin embargo estarían atentos por si acaso.

-Soy la señora de las llamas del Universo… y tu tía divina Hestia, diosa olímpica.

-Oh…

La aludida se rio con una alegre carcajada antes de invitarles a pasar con un agradable gesto, las grandes puertas de madera giraron y chirriaron sobre sus goznes para dejarles pasar y los fuegos de los pebeteros se incendiaron con intensidad a la orden silenciosa de la divinidad, que tomó a Fran con cierta firmeza pero sin apenas ejercer fuerza.

-¿Cómo os llamáis? -uno a uno se fueron presentando- Los Caballeros de Atenea… un grupo de valientes hombres y mujeres al servicio de la paz, espero que podáis perdonar las malas artes de los dioses… pero tendremos que luchar juntos.

-No nos corresponde a nosotros perdonar nada -intervino Heracles-. Sólo tenemos por misión proteger la paz y la justicia… es todo, Atenea es la diosa protectora de la Tierra, al protegerla defendemos eso y más… ahora nuestra señora tiene un hermano al que protegemos con gusto.

El aludido se sonrojó un poco pero asintió suavemente, Hestia se limitó a acompañarles por el interior del edificio y les guio por sus pasillos como si los conociera perfectamente. Era un lugar ligeramente iluminado por las luces de candelabros, por suerte era más la natural que entraba por las ventanas laterales y que descendían desde los tragaluz del techo; las estanterías se alzaban a lo largo de las plantas en las que se dividía el inmueble pero destacaba un patio central con un pozo, varios bancos de piedra o madera; y especialmente con unas escaleras. La diosa se colocó a su vera tranquilamente, a esas horas de la mañana tan sólo unos pocos estudiantes revisaban algún que otro manuscrito. Pocos eran los que leían en ese mundo, y los que lo hacían tenían colecciones privadas, sin embargo allí se aglutinaba mucho del conocimiento del mundo. Al menos una copia de todo aquello interesante se guardaba entre sus baúles o estantes, sino es que era el documento original.

-Por aquí se llega al área más vieja de la biblioteca… de cuando se fundó por Alejandro Magno hace siglos, aquí se guarda el conocimiento más antiguo.

-La de nuestro mundo ardió en un incendio…

Hestia miró a Romeo con interés en ese momento.

-Una lastima… sin embargo aquí encontraréis lo que necesitéis -sonrió un poco y miró a Fran-. Me gustaría hablar contigo más… si puede ser.

El aludido miró a los demás, que asintieron mientras Heracles se quedaba a unos metros de distancia a modo de defensa y los otros dos descendían las escaleras para alcanzar las catacumbas. No porque no se fiaran de la diosa, sino por el ataque de cualquier otro que quisiera acercarse demasiado y amenazarles de alguna forma.

( ) ( ) ( ) ( ) ( )

(1)

Los diálogos escritos en cursiva que se muestran son para reflejar las comunicaciones vía cosmos. Aquellos que son con la letra normal, son hablando la lengua común que corresponda. Los nombres de las técnicas están también en cursiva.