—Te dije que esta era una mala idea. ¿Te lo dije? Obvio que te lo dije. Ah, pero ¿me escuchaste? NO. No, nunca me escuchas. Y ahora mira lo que pareces…

Alya estaba evidentemente ofendida y lo hacía más obvio a cada palabra. Como Marinette era consciente de que en su nueva condición no iba a poder responder a absolutamente nada de lo que su amiga preguntara, además del hecho de que se preguntaba y se respondía ella misma, se deleitó observando aquello que había herido la sensibilidad de Alya de tan flagrante manera.

«Ya no tengo cola. Lila cumplió su palabra. Eso es un consuelo considerando que nunca he confiado en ella».

Se encontraban en la superficie, en una caleta que quedaba oculta por algunas rocas altas del camino que se internaba en el bosque a un lado del castillo. Cuando la confusión por verse de pronto sin forma de respirar pasó, Marinette agradeció en silencio a Alya por sus buenos reflejos. Realmente pedir el cambio de aleta por piernas estando bajo el mar no había sido su momento más inspirado, pero la angustia que le habían ocasionado las palabras de Lila unida a su deseo de ver a Adrien otra vez le habían nublado el juicio. Aceptando que era un error y que, gracias a su amiga, no había pasado a peores, Marinette decidió observar detalladamente el resultado de la magia que le había pasado Lila.

Nunca había observado un par de piernas desnudas y, por supuesto, nunca había visto un par que saliera de su propio cuerpo, pero suponía que esas dos extremidades que se extendían desde sus caderas eran las piernas humanas. Al menos sí sabía que eran dos, pero eran extrañas y alargadas, aunque menos extensas que su cola. Cada una se dividía en tres partes separadas por dos zonas que se doblaban cuando realizaba el movimiento. Lo que más gracioso le parecía a Marinette eran los dedos. Eran extremadamente graciosos y, cuando intentaba tocarlos, sentía cosquillas. Aunque ella no supiera para qué se utilizaban con exactitud, sí sabían que eran cruciales a la hora de caminar.

Y hablando de caminar, ya venía siendo hora de intentarlo.

Alya no había dejado de parlotear durante todo ese tiempo, sin embargo el único que la escuchaba era el viento. Solo hablaba para ella, comentando la extraña apariencia de Marinette. Sin embargo, cuando notó que intentaba levantarse, hizo un silencio total, concentrada en lo que su amiga intentaba hacer. Alya tal vez no entendería nunca por qué a Marinette le apasionaba tanto el mundo humano o por qué se interesaba tanto en aquel hombre al que había salvado, pero sí se preocupaba por Marinette. Lo de buena amiga no se lo quitaba nadie.

Marinette primero apoyó la planta del pie derecho y luego el izquierdo, sin embargo, cuando intentó erguirse, sus nuevas piernas no soportaron el peso y cayó ruidosa y dolorosamente sobre su espalda.

—Y ahora resulta que vas, le das tu voz a Lila y ella te da unas piernas que no funcionan. —Alya estaba envalentonada otra vez. —Marinette, por lo que más quieras, olvida esta locura, quítate ese collar y regresemos a casa.

Pero Marinette negó con la cabeza y volvió a intentar ponerse de pie… con el mismo resultado.

—No me puedo creer que insistas en esta locura… Además, ponle que logras avanzar más de dos brazadas o dos pasos, o como quiera que se diga aquí —tomó la mano de Marinette para detenerla de intentar ponerse de pie otra vez—, ¿qué vamos a hacer con respecto a tu ausencia en el reino? ¿Qué le vas a decir a tu familia? O tú no, porque obviamente no puedes hablar, ¿qué les voy a decir yo?

Marinette rodó los ojos, soltó la mano de su amiga y se intentó parar una vez más. Esta vez lo consiguió hasta la mitad de su estatura, pero luego volvió a caer. Igual, Alya no la necesitaba como participante activa de la conversación, no sólo porque no pudiera, sino porque había regresado a su soliloquio.

—Te voy a decir lo que les voy a decir: les diré que la princesa del Rubrum Mare se volvió completamente loca, porque eso es lo que sucedió. Y cuando les cuente que ahora trata de ponerse de pie en medio de una caleta donde puede ser descubierta por humanos, y que además está desnuda, seguramente van a pensar que la que se volvió absolutamente loca soy yo y me van a obligar a que el doctor Damocles me atienda y, ¿sabes qué? No hay, —dijo con convicción— en todos los Siete Mares, un bagre más insoportable que el doctor Damocles.

Marinette, desde su posición en el suelo tras una nueva caída, observó a Alya entrecerrando los ojos.

—No me mires así. El doctor Damocles tal vez no sea un bagre desde el punto de vista literal, pero es tan aburrido como uno.

«Si él te escuchara, posiblemente te tendría limpiando corales como castigo por un mes».

Hasta cierto punto a Marinette la tranquilizaba la conversación sin sentido que su amiga tenía consigo misma y en la que a veces la involucraba a ella. Le daba una especie de escape mental del hecho de que las piernas no le respondían como a ella le gustaría.

De nuevo, utilizando esta vez el apoyo de una de las rocas más altas, intentó ponerse de pie, con la suerte de que al menos esa vez, aunque sostenía parte del peso con sus brazos, las piernas la comenzaban a soportar un poco mejor. Un poco más y podría permanecer erguida sin ayuda.

Alya la observaba asombrada y Marinette sonreía, satisfecha por no haberse rendido.

Un sonido como de pasos que bajaban por la pendiente del camino que llevaba a la caleta llamó la atención de las dos amigas. Marinette, comprendiendo que se acercaban humanos, dejó el apoyo de la roca para indicarle a Alya que se escondiera bajo el mar y ella se parapetó como pudo.

Sin embargo, cuando vio que era Adrien quien se acercaba, acompañado por el amigo que lo había ayudado cuando ella lo había tenido que dejar en la playa tras la tormenta, se olvidó por completo de su desnudez y se acercó sin siquiera pensarlo.

—En serio, Nino —iba diciendo Adrien—, que estoy bien.

—En serio, Adrien, que no te creo. Puedes ser todo lo príncipe que tú quieras, pero no me vas a convencer de que estás bien.

—¿Qué te hace pensar que miento?

—Vamos a ver, quedémonos con los hechos: ayer desapareciste del palacio para reaparecer mágicamente en la playa tras una tormenta de las peores que he visto en mi vida y clamabas, escúchame bien —recalcó ante la mueca de Adrien—, clamabas por una mujer que te había salvado la vida. Ahora, cuatro horas después, me tienes dando vueltas por todas partes buscándola. Permíteme que, al menos, dude de tu salud mental…

Adrien se sorprendió por el silencio repentino de su amigo hasta que se fijó que ya no lo miraba a él, sino que su vista estaba fija en algún punto a su izquierda.

—Ahora ¿qué te pasó? —preguntó curioso.

—Me pareció que algo se movía tras aquella roca. —Nino la señaló.

Cuando Adrien miró, observó claramente lo que era un montón de cabello que, sin duda alguna, estaba unido a una cabeza.

—Hola, ¿puedes salir?

La chica, porque obviamente era una mujer joven, a juzgar por lo poco que se podía ver de su cabeza, salió a la luz del día. Al verlo a él, su rostro se iluminó completamente, cosa que le pareció extremadamente curiosa. Pero eso no fue lo más extraño que le ocurrió en ese momento. Adrien, notando un detalle muy importante, cerró fuertemente los ojos y se dio la vuelta con una velocidad que no sabía que fuera capaz de conseguir.

—Nino, ¿soy yo o había una mujer desnuda corriendo hacia nosotros?

—Adrien —dijo Nino con los ojos bien cerrados—, yo no esperé a averiguar si realmente estaba desnuda, en cuanto me fijé que sus hombros estaban al descubierto, cerré los ojos, por si acaso.

Adrien sintió un toque delicado en su hombro y resistió el impulso de voltearse y abrir los ojos. La joven bien podía estar herida o podía necesitar ayuda, pero si la pierna completamente desnuda que él sí había conseguido ver en su totalidad servía como indicio, ella no llevaba ropa ni algún tipo de tejido que la cubriera. Por suerte, en un acto reflejo, había conseguido cerrar los ojos y voltearse antes de ver más de lo que se consideraba decente. Pero, entendiendo que no podía permanecer dándole la espalda eternamente, tomó una decisión.

Su camisa tendría que ser suficiente, al menos hasta que lograran llevarla al castillo. Sin abrir los ojos, desabotonó la prenda y se giró.

Para poder cubrirla, sin embargo, tendría que mirarla, pero al abrir los ojos, perdió por completo el sentido de lo que hacía para perderse en los ojos más hermosamente azules que había visto en su vida.

Adrien pensó en ese momento que nunca había visto unos ojos como los de ella, o un color tan azul como ese. El color de los mantos de las vírgenes, en los que utilizaban azurita con yemas de huevo era parecido, pero no evocaba la profundidad del azul de los ojos que lo tenían completamente hechizado. El azul de las zonas más lejanas del mar era similar, pero no contenía la misma dulzura.

Los ojos de esa misteriosa joven eran preciosos y él se había quedado tan embelesado mirándolos que no había reparado en nada más. O, al menos, así había sido hasta que ella sonrió como si lo hubiera buscado toda su vida y su mirada se iluminó como el cielo de la mañana. La emoción tan grande que había sentido al apreciar esa sonrisa lo ayudó a despertar de su admiración y, volteando el rostro a un lado para no observar la clara desnudez de la chica, dejó caer su camisa sobre sus hombros.

Una vez que estuvo cubierta, volvió a fijarse en ella. No era una joven muy alta, de hecho, le llegaba a la barbilla. Y estaba completamente mojada, como si se hubiese estado bañando en el mar a esa hora tan temprana de la mañana. De las puntas de su cabello, que le llegaba un poco más abajo de los hombros, caían gotas de agua sobre su camisa.

Su piel era blanca, tanto que parecía de porcelana, sin impurezas ni imperfecciones. Su rostro era digno de contemplar solo por los dioses. Era bellísima. Los ojos que tanto lo habían impresionado hacía sólo unos instantes estaban enmarcados por unas pestañas larguísimas y negras a juego con su cabello azabache al que el sol no dejaba de arrancarle reflejos azulados. Su nariz era pequeña y algo respingada, lo que le daba un cierto aire de tierna travesura que se equilibraba con la inteligencia que se adivinaba en su mirada y con la alegría que demostraba su sonrisa. Y era una sonrisa amplia, de esas que te hacen feliz porque transmiten la felicidad que les da origen.

Adrien no tenía idea de dónde había salido aquella joven, pero, si fuera un poco más crédulo, incluso afirmaría que era una criatura mítica, hasta mágica, que había caído por error en el burdo mundo de los mortales. Sólo la voz de Nino logró sacarlo de su contemplación.

—Adrien, amigo, ¿ya puedo abrir los ojos? ¿La joven…?

—Ya la he cubierto, Nino, ahora tanto ella como yo estamos en la frontera del recato. —Comentó Adrien medio en broma y totalmente en serio.

La joven lo contemplaba como si él fuera lo único que había estado buscando en el mundo, la causa de toda su dicha. Pero él estaba plenamente consciente de que eso debía ser solo una impresión suya. No podía ser de otra manera. Eso sí, mantenía su mirada fija en los ojos de él. Se le podía atribuir al decoro puesto que no se consideraba correcto que una joven estuviera semidesnuda cerca de un hombre en iguales condiciones, y menos en público. Aunque la verdad era que las actuales circunstancias no eran muy usuales. Es decir, cuántas veces alguien podía salir en compañía de un amigo, bajo cualquier excusa, a buscar a la misteriosa mujer que lo salvó de una muerte segura y se termina encontrando a una joven completamente desnuda y que parecía haber salido del mar. Con esta última idea en la cabeza, luchó por reponerse y comenzar a pensar con lógica.

—Perdona —se dirigió a ella—, ¿puedes entenderme?

El gesto de afirmación de la desconocida le hizo saber que hablaba su idioma y que lo escuchaba.

—¿Me puedes decir tu nombre?

Ella hizo el intento de hablar, pero su voz no salió de ninguna manera. Adrien entendió que la chica no podía hablar. Puede que hubiese pasado por algún trauma reciente o era posible también que fuese algo que la acompañaba desde su nacimiento. Y eso, si bien podía llegar a ser un problema, no iba a impedir que la ayudara.

—Está bien, no te preocupes por eso. —Añadió ante el gesto apesadumbrado que reemplazó la sonrisa de la joven. Luego se volteó hacia su amigo mientras trataba de darle calor en los brazos. —Nino, ve adelantándote al castillo y pide que le preparen un baño caliente. Está helada y además está toda mojada. Necesitamos hacerla entrar en calor o se enfermará. Además, mi camisa no tapará su desnudez si el tejido sigue filtrando el agua.

Nino, incluso antes de que Adrien hubiese terminado de pronunciar la frase, ya había salido raudo en dirección al castillo.

—Ahora —se dirigió a la joven— necesito que me acompañes. Te voy a ayudar, pero necesito que vengas conmigo a donde vivo. ¿Puedes caminar?

Marinette deseaba decirle que sí, pero sabía que no podía. Además no sería del todo verdad si lo hiciera, porque sentía como si las piernas no la sostuvieran. No sabía si era que aún no se adaptaba a aquella forma de movimiento o la alegría de haber encontrado a Adrien tan pronto.

Como respuesta a su pregunta, simplemente lo miró como tratando de decirle «No estoy muy segura, pero lo voy a intentar». Sin embargo, al intentarlo, perdía rápidamente la fuerza de la pierna que había apoyado y necesitaba cambiar a la otra de inmediato, con el mal resultado que acabó cayendo en el suelo y casi arrastrando a Adrien, que trataba de ayudarla a mantener el equilibrio, con ella.

La frustración por no poder caminar y el dolor por el golpe se mezclaron con la vergüenza de que la primera impresión que Adrien tenía de ella fuese aquella y, de pronto, sintió algo a la vez conocido y nuevo que le acariciaba la mejilla. Al darse cuenta de que era agua y que esta salía de sus ojos, miró a Adrien aterrada, porque cómo era posible que, de sus ojos, saliese agua. Se percató entonces de que él la miraba de la misma forma, aunque no por la misma razón.

—No, por favor, no llores —su tono era desesperado, como si no supiera qué hacer a continuación—. ¿O es que te hiciste daño?

Logró negar con la cabeza mientras la comprensión llegaba a ella con más fuerza que la de la caída que había sufrido hacía unos segundos.

«Así que esto es llorar. Al fin descubro lo que es llorar. Por supuesto que en casa nunca lo hubiese descubierto. Estando dentro del agua, incluso si llorase, no lo hubiese notado».

La alegría de este descubrimiento hizo que apareciera una pequeña sonrisa en su rostro que, a su vez, provocó un suspiro de alivio en Adrien.

—Gracias por dejar de llorar. No es que debas reprimir tus emociones ni nada de eso —dijo en un apuro y con una timidez que a Marinette le pareció increíblemente tierna—, pero realmente no sé qué hacer si lloras. Quisiera saber cómo consolarte, pero no lo sé.

«Estoy bien. Gracias por preocuparte, pero estoy bien». Sabía que no podía decirlo, pero sí intentó que su sonrisa y su mirada le hicieran llegar ese mensaje.

—De acuerdo, intentémoslo de nuevo —dijo Adrien inclinándose y tomando la mano de Marinette—. Intenta, primero, sostenerte en pie.

Marinette lo intentó, pero el problema no era permanecer de pie, sino cuando intentaba caminar. Luego de la tercera caída, Adrien interpretó que se debía a que estaba demasiado asustada como para caminar. Algo horrible le debía haber ocurrido a aquella joven, pero él se estaba quedando sin tiempo. Así que con un profundo suspiro la tomó en brazos y comenzó a correr hacia el castillo.

Si bien lo ideal hubiese sido entrar por las puertas de la servidumbre, no había manera de evitar la entrada principal del castillo, no desde dónde él se encontraba y, entendiendo que la situación ya lo tenía todo en contra, que las matronas se enteraran que el príncipe había entrado semidesnudo cargando con una joven por la entrada principal del palacio no iba a empeorar mucho la situación.

Así que corriendo, mientras mantenía su preciada y ligera carga segura entre sus brazos y asegurándose de que, a pesar de las circunstancias, ambos estuvieras medianamente decentes, se dirigió a los grandes portalones.

La buena o la mala suerte, en este punto quién sabía, se aseguró de que en la mismísima entrada se encontrara Nathalie conversando con uno de los guardias y con Placide. Adrien era rápido, pero, lamentablemente, no se podía hacer invisible.

—Su Alteza —lo regañó rápidamente Nathalie en cuanto lo vio— ¿se puede saber cómo es que acabó metido en semejante y escandalosa situación? ¿Y qué hace con una mujer a cuestas?

—Nathalie —improvisó Adrien sin detenerse, ya elaboraría más la explicación después—, la acabo de encontrar en la orilla de la caleta. Su barco naufragó y ella fue la única sobreviviente.

—Pero…

—Ya envié a Nino a que le prepararan un baño caliente. Estoy seguro de que Abir ya lo tiene listo y luego ella se encargará.

—Muy bien. Preséntate en el Salón del Consejo cuando la dejes con Abir. Y por favor, —concluyó mirando la extraña estampa que presentaba el príncipe—, ven presentable.

Adrien no se detuvo a contestar, sino que continuó su carrera dejando atrás rostros asombrados y algunos aterrorizados tanto entre Consejeros como en la servidumbre, hasta que al final de un pasillo su amigo lo detuvo.

—¿Ya está listo el baño? —preguntó Adrien sin detenerse.

—Mi mamá ya lo tiene listo en una de las habitaciones. Sígueme.

Adrien, cargando con la joven, siguió a Nino hasta una de las habitaciones de invitados, una estancia coqueta y retirada, justo lo que él hubiera necesitado de estar tan sobrecargado de información como lo estaba la desconocida.

Justo en medio de la estancia, Adrien pudo ver un biombo tras el cual se podía adivinar la silueta de una tina siendo llenada por un criado. Era una verdadera suerte que Nino fuese tan rápido. Al voltear un poco el rostro, el príncipe contempló que, sobre la cama que presidía la habitación, ya habían dispuesto ropas y zapatos para la joven. En ese momento, con la fuerza de una tromba y el aura de una brisa marina entraba Abir llevando con ella tal montón de recipientes y artículos de aseo que Adrien dudaba que la chica volviese a oler a otra cosa que no fueran rosas búlgaras por el resto de su vida.

Abir era una señora de esas que gritan "instinto maternal" por cada poro de su piel y eso había sido una bendición cuando Adrien perdió a su propia madre. Si alguien podía cuidar a la joven y asegurarse de que no le faltaba nada sin resultar agobiante y sabiendo exactamente lo que hacía, ese alguien era Abir.

—Ya le conté que la encontramos en la caleta y que necesita cuidados. —Le explicó Nino.

En cuanto Abir reparó en ellos, comenzó a dar indicaciones como general en un instante tuvo a Adrien y a su preciada carga frente a una tina llena de agua a rebosar.

—Nino, quédate fuera y ayuda a las muchachas con lo que sea que necesiten. Ya tengo aquí todo preparado.

Sin embargo, se enfrentaban a otra faena porque la joven no quería dejar ir a Adrien.

—Escúchame, por favor —Adrien llenó su voz con toda la paciencia que pudo—. No te ocurrirá nada, Abir es como una madre para mí y ella se asegurará de ayudarte. ¿Confías en mí?

La joven lo miró y él nuevamente se perdió en su mirada. No sabía qué tenían sus ojos, pero Adrien no podía evitar quedar prendado de ellos cada vez que ella lo miraba de esa forma. Le hacía sentir que él era el centro de todo su universo, una idea absurda como la que más, considerando que hacía solo un rato que se conocían, pero era una impresión que no conseguía quitarse.

Adrien sabía que ella no le respondería, no con palabras, aunque se encontró muy deseoso de escuchar su voz, pero sí esperó el gesto con el que contestaría su pregunta.

Al ver que este era una afirmación, se agachó despacio para que ella depositara los pies en el suelo y, cuando se aseguró que se sostenía, tomó su mano y la acercó al lugar donde esperaba pacientemente Abir.

—Entonces —dijo colocando un galante beso en el dorso de su mano pero sin dejar de mirarla a los ojos—, si confías en mí, confía en ella. Te prometo que te ayudará.

La sonrisa que la chica le dedicó casi lo hizo perder el equilibrio. Le regaló una última reverencia antes de darles la espalda y acercarse a la puerta, la cual cerró suavemente tras salir.