Las luces cambiaban de dirección. Primero, la rutilante linterna cegaba su visión. Posteriormente, las difusas y lejanas sentencias de su hijo parecían atormentarlo. No porque fuese él quien las emitía, sino por lo ensordecedora que le resultaba su voz. Cayó inconsciente, a expensas de lo que el desalmado patriarca Hyūga decidiera ejecutar.
Cuando abrió los ojos, creyó firmemente que se encontraba soñando, dado que el cautiverio en el que había estado sobreviviendo los últimos días ya no lo recibía más. En cambio, cuatro paredes blancas lo acorralaban. Fue entonces cuando consideró la posibilidad de haber fallecido. Dicho pensamiento le heló la sangre por completo, ¿cómo podría habérselo permitido? ¡Aún tenía un hijo por criar!; intentó ponerse de pie tan pronto como retomó su consciencia, sin embargo, una efusiva mujer de cabello rosado lo detuvo inmediatamente.
—¿A dónde te diriges con tanta prisa, eh? Apenas despertaste —mencionó la fémina, parándose frente a él mientras le dedicaba una sonrisa, gesto que desconcertó al rubio. ¿Por qué le hablaba con tanta familiaridad, si ni siquiera la conocía?
Por un breve instante, el rubio sintió pánico. No obstante, sus miedos fueron acallados en cuanto se percató del ropaje que portaba la fémina: era una médico, por lo que... No había llegado al cielo, sino al hospital.
—Debes estar muy aturdido, y comprendo que no sea yo la primera persona con la que te gustaría conversar —soltó una leve risa al mismo tiempo en el que se dirigía a la bolsa de suero que fluía por medio de vía intravenosa a través del Uzumaki—. Aun así... Permíteme presentarme. Mi nombre es Sakura Haruno, y por petición de dos personas muy preciadas para mí, me encargaré personalmente de ti durante tu estancia —lo miró de reojo mientras desconectaba el suero, sonriéndole ampliamente en todo momento.
—Gracias... Doctora Haruno... —murmuró el rubio, casi inaudible. Sus confusos ojos parecían empezar a acostumbrarse a lo que lo rodeaba.
—La enfermera vendrá a suplirme en unos quince minutos. Será la única vez en la que me ausente, ya que es una emergencia. Debo ir a testificar tu estado de salud —tras analizar que no hubiese fugas, inició la infusión del nuevo suero, dando por finalizado su labor—. ¿Cómo te encuentras, Naruto? ¿Tienes hambre? —sus ojos verdes se clavaron fijamente en el moreno, quien aún se hallaba anonadado al procesar tanta información—. Sé que la comida del hospital nunca es la más apetecible, pero dada la condición en la que te encuentras sería benéfico si ingirieras algo sólido, preferentemente glúcidos y...
Sakura continuaba hablando, pero él ya no la escuchaba. Su mente divagaba entre memorias fragmentadas que se proyectaban velozmente en su cabeza. La médico explicaba algo complejo y técnico relacionado a rutas metabólicas, pero le era imposible prestarle atención por más de dos segundos. Aunque, siendo objetivos, incluso en su versión más sana sería improbable que fuese capaz de seguir el ritmo de la conversación.
—¡Oh, es momento de irme! —anunció la doctora mientras tomaba se retiraba la bata y salía a toda prisa de la habitación. Su alarma había sonado unos pocos segundos atrás, era por ello que era consciente de la hora—. ¡Nos veremos pronto, Naruto! —sacudió su mano al mismo tiempo en el que cruzaba el umbral.
Estaba solo. Completamente solo. Desde su perspectiva, las paredes se contorsionaban, se acercaban y lo aprisionaban, lo asfixiaban. Sentía sus pálpitos acelerarse y sus manos sudar. Su respiración se entrecortaba. Millones de pensamientos lo agredieron, y no había nada que pudiese hacer para salvarse.
—Naruto —una mano conocida se posó en su hombro, cedió manso ante la voz igualmente familiar—. Lamento la demora, estaba consiguiendo tu almuerzo —la pelirroja colocó la charola con sumo cuidado sobre la mesa auxiliar—. Aproveché la ausencia de Sakura. Ella es demasiado estricta, posiblemente me aniquilaría si se llegara a enterar de esto —pese a sus declaraciones, esbozaba una gigantesca sonrisa sincera.
Al poco tiempo, el Uzumaki comprendió a qué se refería su prima. Reconoció aquel exquisito aroma e, instintivamente, dirigió su mirada hacia su procedencia. Sobre la charola reposaba una bolsa empaquetada con el logo de Ichiraku impreso en ella. Lágrimas brotaron de sus ojos, y él fue incapaz de frenarlas.
—¡¿Q-Qué pasa?! —la pelirroja se acomodó los anteojos, esa infalible manía suya que ejercía cuando se hallaba nerviosa—. ¿No está bueno? ¿Huele mal? —preguntó con consternación.
No hubo respuesta alguna. El rubio se limitó a envolverla en un fuerte abrazo. Aunque lo único que pudo abrazar de ella fue de su tronco para abajo debido a su situación. Aún así, la mujer sintió la fraternidad que emanaba y correspondió el gesto.
—Te acordaste —musitó el rubio, con un hilo de voz que amenazaba con quebrarse en cualquier momento.
—¿Cómo no iba a hacerlo, grandísimo tonto? Siempre despilfarrabas el dinero en ese sitio —sonrió con ternura, añorando aquellos tiempos en los que compartían el mismo techo.
Luego de unos minutos más en los que Karin consoló a su primo, éste comió hasta el último bocado del ramen que le habían comprado. Una vez que dialogaron brevemente sobre su estado actual (y asegurarle que Boruto se encontraba a salvo), la pelirroja narró lo sucedido y el cómo lograron localizar su paradero: Shikamaru y Sasuke recolectaron las pruebas necesarias que inculparían a Hiashi de sus infames delitos, e incluso reunieron testigos que confirmaban las atrocidades que ocurrían dentro de los dominios de los Hyūga. Con ayuda del oficial Inoichi y el detective Asuma, abrieron una carpeta de investigación al respecto. Después de recaudar la información pertinente y bajo la protección de una orden judicial, los policías inspeccionaron el territorio de Hiashi, finalmente encontrándose con el horroroso escenario que tanto temían.
—Y como dije... Boruto estará bajo mi tutela hasta que seas dado de alta. Así que no tienes nada de qué preocuparte, a no ser que pienses que mis nulas habilidades de cocina logren intoxicarlo —bromeó la mayor.
Ambos rieron. A pesar de haber vivido tan traumáticos eventos, Naruto parecía desenvolverse correctamente. Quizá su recuperación tomaría menos tiempo del esperado.
—Por aquí —indicó la enfermera Shizune mientras abría la puerta de la habitación—. ¡Karin! ¡¿Le trajiste comida del exterior?! —inquirió la mujer tan pronto como sus fosas nasales se inundaron del aroma—. ¡No tienes idea de cómo eso podría afectar su dieta, además la doctora Haruno dejó una preestablecida y...! —la pelinegra tomó del brazo a su allegada, jalándola fuera del cuarto con tal de sermonearla con mayor privacidad. Ah, sí, y también para darle su espacio a los otros dos.
—Hey... —saludó el azabache, esbozando una débil sonrisa en su rostro. Ahora eran sólo ellos dos.
El rubio lo miró estupefacto. Sintió su corazón latir tan fuerte que creyó que explotaría. Estaba nervioso, quizá demasiado.
—Hey... —respondió de la misma forma, aunque su expresión facial permanecía paralizada.
Esperaba pacientemente que el pelinegro se acercara, pero aquello simplemente no sucedía. En su lugar, el Uchiha desviaba su mirada al suelo y ocasionalmente separaba los labios, como si fuese a decir algo, mas ningún sonido escapaba de él. De no ser por la confianza mutua que existía en ellos, probablemente la atmósfera sería incómoda.
—Yo...
—Gracias por haber colaborado con Shikamaru —habló el rubio, sonriente—. Creo que nunca saldaré una deuda como esta —rió inquieto, rascándose la nuca—. Para la próxima debería tener más cuidado, ¿no es así?
—Naruto... —musitó el pelinegro, mirándolo con preocupación.
—Sabes, Sasuke... Quizá si hubiera sido más valiente nada de esto habría pasado... —sonrió de lado, amargamente. Su vista se encontraba fija en el suelo, tan perdida y vacía que resultaba espeluznante—. Fui un cobarde todo este tiempo. Quizá es mi culpa también que Hinata haya enloquecido, después de todo, yo... Yo nunca le puse un alto —rió con sorna, como si se burlara de sí mismo—. Y Boruto, mi hijo... ¿Cómo podré mirarlo a los ojos después de todo lo que ha presenciado? Debo ser repugnante desde su perspectiva —sus ojos se humedecieron y su voz tembló al pronunciar esa oración—. Soy tan repulsivo que...
Los brazos de Sasuke se posicionaron alrededor del rubio. Por los ojos del pelinegro también fluían lágrimas, aunque Naruto no estaba del todo seguro de la razón de su procedencia.
—Boruto está orgulloso de tener un padre que se preocupa tanto por él, eso tenlo por seguro —susurró el Uchiha, con su voz temblorosa—. Naruto... Ante mis ojos eres la persona más hermosa que ha existido.
El silencio gobernó durante los próximos minutos. Permanecían así, intactos, juntos... Tranquilos. Fue entonces cuando el rubio le devolvió el abrazo.
