Generaciones Doradas

Capítulo 14

Pánmizos, cercanías de Eleusis. 15 de enero, 19:30h

El sistema de irse teletransportando a lo largo del recorrido sirvió para recorrer muchos kilómetros en pocas horas, sin embargo eventualmente Raki acabó demasiado agotada para poder seguir y tuvieron que detenerse en un pueblo cercano, allí se vieron obligados a descansar por esa noche… sin embargo en todas esas horas Fran no se despertó ni tampoco se movió demasiado ni dio señales de vida más allá de farfullar palabras inteligibles o algo que pudiera mostrarse como que volvía en sí. Heracles de Tauro aún lo tenía entre sus poderosos brazos cuando recorrían a pie el camino que les llevaba hasta Eleusis, era una aldea de casas de madera con zonas de césped, tierra y arboledas: algún que otro templo de piedra se alzaba entre los techos de paja y paredes de adobe en las casas más nobles del lugar. La hermosa Vía Lactea iluminaba el horizonte de lado a lado y servía de punto de referencia de una manera tal que la constelación de Aries Piscis llenaba todo el firmamento…

En cualquier caso no tardaron demasiado en localizar un lugar apropiado para dormir, y después de pedir un par de habitaciones para todos entre Romeo y la mujer, el más grandote dio un buen salto y se coló por una de la ventanas con Fran a su hombro. Según colocó al muchacho en la cama de mimbre más cercana, éste se revolvió en el sitio y después de un pequeño gritito; se incorporó de un tirón, sudando algo en frío y golpeando en el proceso la frente de Raki, ella dio unos pasos hacia atrás de la sorpresa pero cayó mientras los otros dos se reían un poco.

-¿Estás bien, chaval?

Esa era la voz de Romeo, el chico se acarició la cabeza algo adolorida por el golpe y por las extrañas sensaciones.

-¿Qué… pasó?

-Hiciste huir a Apolo, ¿te acuerdas de él?

-Sí… ese cabrón nos atacó a la salida de un pueblo -se dio cuenta que estaban a oscuras, ni una luz iluminaba la pequeña estancia-. ¿Cuánto tiempo he dormido?

-Casi todo el día -le explicó Raki-. Te quedaste fuera de combate, esa explosión de cosmos fue… increíble, ya digo que le hiciste huir.

-¿Y dónde estamos?

-En un pueblo cercano a Atenas, estamos creo que por Eleusis -murmuró Romeo-. ¿Te sientes cansado?

Él se limitó a asentir un poco, en ese momento se fijo en que ellos parecían agotados también y hambrientos, algo sudados y llenos de polvo. Sin embargo sus cosmos seguían activos y ardiendo, se sintió un poco mal en ese instante aunque ellos simplemente le invitaron a bajar a cenar y poder descansar un poco; se tendrían que acostar sin llegar a darse un baño por falta de agua corriente pero les era indiferente… el chico no sabía demasiado qué decir, por eso sólo se sentó a la mesa después de bajar por las escaleras y rodeó con sus manos el cuenco con verduras cocidas y un trozo de pollo flotando.

-¿En qué piensas?

-Nada…

-Oye, tío -Romeo le puso una mano en el hombro-. Impediste que nos matara Apolo… eso no está nada mal.

Él asintió despacio y comenzó a comer, rumiando las palabras de ellos. Permanecían en silencio sólo rompiéndose cuando alguno hacía algún comentario de cuán deliciosa estaba la sopa o de lo duro que resultó el día, según comían parecían ir resucitando y la energía volvía a ellos hasta terminar con los platos. Pidieron incluso una ración más, para sorpresa de la mujercilla que llevaba el local… Fran parecía irse calmando en ese sentido poco a poco, comprendiendo que ellos estaban mucho más costumbrados a aquella vida y que él tendría que hacer lo mismo en un momento u otro. En cuanto terminaron hicieron los pagos oportunos y ascendieron por las escaleras mientras charlaban un poco antes de entrar a los respectivos cuartos, Fran compartía con Romeo mientras los otros dos ocupaban el que estaba a la derecha; no era un lugar especialmente grande pero contaba con suficiente espacio para alojar a una docena de personas, estaban casi solos en el edificio y únicamente se podía sentir a la familia que regentaba el negocio también cenar un poco.

-Nos iremos al amanecer, según se levante el Sol -explicó Raki-. Dormid bien chicos… yo estoy que me caigo de sueño.

Bostezó un poco y después de despedirse con sendos abrazos cada uno entró a su respectiva habitación y se metieron en las camas. Heracles y Raki se desvistieron y quedaron abrazados y cadera con cadera bajo la excusa del frío aunque encendieron l chimenea con algo de su cosmos; lo mismo pasó en el de los otros dos, sin embargo ninguno se había acercado hasta la chimenea, por eso se miraron con sorpresa y se pusieron aún más nerviosos cuando un avecilla salió de las llamas y se posó poco en el hombro del muchacho mientras las flamas desaparecían y dejaban un hermoso fénix multicolor como el arcoíris y con un pergamino en el pico que Fran tomó con delicadeza.

-Estimado muchacho, he escuchado de tu riña con Apolo y me ha sorprendido gratamente tu capacidad de hacer frente al dios del Sol -comenzó a leer-. Nos encontraremos en Alejandría, que sé que es vuestro destino. Un afectuoso abrazo, tu tía, la señora de las llamas del Universo.

El fénix entonces procedió a arder nuevamente, tomó con cuidado el papel y éste se desintegró mientras volaba hacia el fuego y se perdía entre sus llamas igual que había llegado… ninguno de ellos sintió un cosmos especial pero de pronto se notaron especialmente cansados mientras el calorcito agradable de la estufa les invitaba a dormir. Y como no tenían nada mejor que hacer y el cuerpo les pedía descanso se quitaron la ropa, según posaron la cabeza en la almohada quedaron totalmente dormidos y ni se enteraron de las suaves risitas que provenían del otro lado suscitadas por una insustancial charla, sólo rota por un beso de buenas noches a través de un dulce roce de labios después de tomar la cara del otro entre las manos y sentir un ligero calor subir por el cuerpo mientras poco a poco se relajaban y dormían tranquilamente.

No fue hasta que el astro rey empezó a aparecer por el horizonte que fueron abriendo los ojos con sus primeros rayos, de hecho fue Heracles el primero… sonrió al ver a Raki en torno a él, apoyada en la almohada pero con una mano en su pecho. Estaba tan guapa… pero le daba miedo decir nada, aunque recordaba bien el agradable sabor de sus labios ella parecía bastante dormida en esos momentos y puede que no se acordara. Se avergonzó de notar su miembro ligeramente duro y se alarmó algo al ver que ella se removía, como si fuera a despertarse, así que se dio prisa para salir de la cama y ocultar la reacción natural de su cuerpo. Sin embargo, contemplarla con la luz del amanecer de fondo le dejó cautivado, era extraordinariamente hermosa a sus ojos y el cosmos que tenía era tan brillante y poderoso como el de una estrella de verdad… se sonrojó como un adolescente y se dio un suave bofetón para intentar quitarse esas ideas de la cabeza, intentó hacer que la sangre volviera a su cauce natural y se fue vistiendo… sin embargo eventualmente llevaba su vista al hermoso cuerpo de su compañera.

Era una mujer delgada pero con el cuerpo fuerte, atlética y con curvas que se perdían por la armadura pero que en veces así se podían apreciar a la perfección… estaba lejos de ser una diosa, algunas pecas recorrían su piel y tenía estrías aquí y allá; también podían observarse cicatrices aquí y allá, pero para Heracles ella era una verdadera diosa… suspiró pesadamente mientras se contemplaba a sí mismo, fue entonces que ella se giró y abrió suavemente los ojos, lo primero que vio fue al otro medio desnudo… se sonrojó un poco pero se dejó endulzar la vista mientras él estaba demasiado metido en su mundo antes de enderezarse un poco y bostezas con ganas para llamar su atención.

-Buenos días… vamos a comer algo y salimos, ¿no, Herc?

-Sí, sí…

Ella sonrió algo sonrojada y se fue vistiendo también. Le gustaba haber sido vista así por su compañero… cuando estuvieron listo, pocos minutos más tarde, recogieron sus bártulos y tocaron a la puerta del otro cuarto. Fue Romeo, ya vestido, el que abrió y les permitió entrar: Fran se estaba atando las botas y se incorporó en ese momento, sólo entonces suspiró un poco.

-Creo… que ayer por la noche nos visitó algún dios -murmuró-. No el dios como tal, pero nos dejó un mensaje.

-Algo noté ayer… como un calorcito en el corazón -explicó Raki, pensativa-. ¿Era algo malo?

-Al revés, me animaba a seguir -los otros dos se sorprendieron-. Se llamaba a sí misma como la señora del fuego o algo así… no sé, de lo que sí recuerdo es de que nos veríamos en Alejandría.

En cualquier caso no les quería muertos, de haber sido así estarían ya criando malvas y con toda la zona ardiendo – lo más seguro – hasta los cimientos. Eso les venía bien de alguna forma, dado que ahora parecía tener alguna especie de aliada o, mínimo, que no les iba a molestar demasiado… después de lo sucedido con Apolo era casi de agradecer, aunque costaría fiarse de nadie nuevamente, tendrían que acostumbrarse a ello en aquel mundo. Sería demasiado infantil pensar que cualquiera que se les acercara pudiera tener buenas intenciones y no ninguna maquinación oculta, alguna cosa con la que quisieran usarles de alguna manera… mejor ahora que más tarde, Raki le colocó una mano en el hombro al adivinar sus pensamientos.

-¿Vamos a desayunar y seguir?

Él asintió y se limitaron a ir a comer un poco, unos trozos de pan con algo de aceite y un par de vasos de agua y zumo de alguna fruta que no reconocieron en un primer momento pero que seguramente fuera de la temporada. Según salieron por la puerta el Sol les dio en el rostro y volvieron a recorrer el camino hacia Atenas, tenían muchas cosas que hacer aún e iban en silencio pero sus cosmos hablaban por ellos: atentos a todo lo que pasaba en torno a ellos, sus ojos iban y venían entre las diferentes personas que se encontraban por el camino de piedra y tierra que era la calzada romana por la que circulaban. Los campesinos ya estaban en el campo haciendo sus labores habituales con los cultivos o las bestias, aunque la mayoría aún lo hacían con sus propias manos usando alguna herramienta de madera.

Había que reconocer que toda esa zona era muy similar entre sí, aunque en un momento dado se encontraron con un entorno totalmente diferente: después de cruzar una colina se encontraron con el mar de fondo a varios kilómetros, y a su costa la hermosa Atenas y muchas otras zonas con casas de pescadores, puertos pesqueros y mercantes, y sobre todo zonas de olivo y vid. También había muchos rebaños de ovejas y cabras, con templos aquí y allá y un par de bonitos ríos – el Cefiso e Iliso – recorrían la llanura y circulaban hasta el Mediterráneo. Fran se quedó maravillado de aquellas vistas pero no llegó a decir lo que pudiera pensar en esos momentos, los caballeros dorados también se recrearon un poco antes de continuar andando con miras a llegar al puerto y conseguir algún puesto para llegar hasta Alejandría… tomaría bastante tiempo cruzar el mar y sería muy caro lo más seguro, pero podría valer la pena, desde luego.

La otra opción era llevar ellos mismos un esquife, pero era inviable por su falta de conocimiento marítimos. Tampoco podían usar sus cosmos para desplazarse por las aguas, eso llamaría de nuevo la atención de los dioses y podrían ser atacados de nuevo… y esa vez es probable que viniera alguien más poderoso que el dios del Sol. En un momento dado se detuvieron debajo de una encina para beber un poco y juntar el dinero para conseguirse los puestos, preparar los papeles y demás cuestiones importantes. Dejaron sus pocas cosas apoyadas en el tronco mientras Raki vigilaba y los otros tres se reunían para tomar esas decisiones juntos… ella se adaptaría a aquellas cuestiones en cuanto las supiera, en buena medida le daba igual.

-Pues no sé si tendremos suficiente… -murmuraba Heracles, contando las monedas-. Por otro lado venimos del Santuario, quiero decir, entiendo que nos tendrían que dar trato preferente, ¿no?

-Puede, pero yo no contaría con ello -respondió Romeo-. Tenemos que contar sólo con nuestros propios medios -se lo pensó unos segundos antes de seguir-. Lo que sí podemos hacer… es trabajar de algo durante unos días y no comer en ningún sitio más, sólo ahorrar.

-¿Vamos a poder hacer algo así?

-Si cazamos sí, Fran.

Claro, eso tenía sentido, pensó. Pero eso implicaría esperar mucho tiempo y a saber cuánto tendrían que ahorrar – si es que lo necesitaban – para poder viajar, pero en cualquier caso estaba bastante seguro de que se gastarían todos los ahorros en aquello. Decidieron entonces que se informarían y a partir de ahí decidirían qué harían, así que siguieron andando y en un punto del camino éste se dividía para llegar hasta las cercanías del puerto marítimo en lugar de ir hasta la polis como tal; los campos de cultivo pasaron a ser puntos de construcción de cascos de los trirremes – tanto de guerra como comerciales –, de zurcido, confección y preparación de las redes de pesca, de cañas de hilo y madera… y de toda suerte de productos marítimos. Incluso las telas de las grandes velas triangulares se hilaban allí junto a los carpinteros que trabajaban la madera para los remos o asientos que necesitara cada navío.

Llegó un punto que estaba todo demasiado lleno y aglomerado para que pudieran andar con cierta comodidad, llevaron por inercia las manos a los bolsillos para evitar robos de alguien con la mano demasiado larga, de hecho tuvieron que esquivar a un par de críos correr y detrás de ellos algún adulto con la cara roja y chillándoles para que devolvieran lo sustraído. Tras cruzar las largas calles hasta el final, y una vez contemplaron los muchos puntos de venta y trabajo de los locales que por allí vivían, se encontraron con el hermoso mar que bañaba las costas de la ciudad… el olor del salitre que había embadurnado el aire hasta el momento ahora era mucho más evidente, incluso el viento se revolvió en torno a sus cabelleras. A partir de un punto muchos barcos se juntaban en torno a las maderas que servían de puerto, en el que estaban atracados aprovechando unas maderas y gruesas cuerdas bien trenzadas y que evitaban que la marea se pudiera llevar a las diferentes embarcaciones que allí descansaban.

Muchos hombres iban y venían cargados con sacos de tela de colores oscuros o pardos llenos de todo tipo de productos; animales de tiro empujaban carros de madera hasta arriba de grandes toneles de madera con mercancías de aún más diversas naturalezas, incluyendo grupos de esclavos con cuerdas en torno a las caderas para impedir su escape, manos atadas y harapos algo viejos pero que cubrían sus cuerpos. Estuvieron buscando algún letrero de viaje pero al no haber nada pensaron que la mejor manera de informarse sería en la cantina del puerto, allí más de un lobo de mar ya descansaba y tomaba algo caliente o decidía las próximas rutas de transporte para cruzar el mar. Era un edificio de madera con pequeñas ventanas, una parte superior con cuartos y una chimenea a un lado para calentar la estancia; un hombre se encargaba de servir jarras de cerveza y cuencos de oliva a sus veteranos compañeros, un par de mapas del mar decoraban las paredes pero destacaban las cabezas de serpientes marinas o las fauces de tiburones, destacando los enormes huesos de la cabeza de una ballena en el centro y que servía de mesa principal.

Según cruzaron la puerta de entrada algunos se fijaron en ellos pero pasaron de su presencia en cuanto les analizaron con los ojos, volviendo a sus asuntos. Se acercaron a la barra, donde el hombretón les miró con interés mientras colocaba varios vasos de madera y preparaba otra jarra para ellos.

-¿Alguien que conozcas para viajar por mar a Alejandría? -preguntó Heracles- Podemos hacer muchas cosas en el barco, si fuera necesario.

-Preguntadle a él, que suele transportar personas.

Se giraron, estaba señalando a un tío que haría parecer normal a Heracles: alto como una torre, era de piel blanquecina y rubio, de ojos pardos y con algo de barba, rechoncho y con unos mapas de navegación ante sus ojos. Con cuidado se le acercaron, parecía concentrado y muy ensimismado en sus cosas y no deseaban molestar, por eso carraspearon un poco para llamar su atención; cuando alzó la vista les analizó durante unos segundos.

-Nos han dicho que…

-¡Contratados!

Se levantó como un resorte y les agarró de las manos con una genuina sonrisa de felicidad en el rostro, parecía estar celebrando una gran victoria por su reacción. Salió como una exhalación sin llegar a responder sus preguntas, obligándoles a ir detrás de él a los otros cuatro con la preocupación de en lo que se habían metido sin pretenderlo.

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Cercanías de Lom, Noruega, provincia de Oppland. 15 de enero, 15:00h

El Sol ya hacía rato que había bajado del horizonte y la noche imperaba ya en ese lado del mundo para cuando ellos llegaron hasta el pequeño pueblo noruego. Era una aldea de casas de madera bien aislada con diferentes materiales, con ladrillos y tejados altos y muy inclinados; calles cortas y pavimentadas, cada pocas horas pasaba una máquina de nieve y llevaba el blanco elemento hacia los laterales de la calzada, donde se alzaba un gran muro de varios metros de alto y que permanecería allí durante todo el invierno y hasta la primavera. Las gentes ya estaban en sus hogares y toda vida social se circunscribía a la familia o más cercanos en cuanto a distancia, ahora que no podían ir a ningún lado… tuvieron suerte pues no comenzó a apretar la nevada hasta que ya estaban a pocos kilómetros del destino, Camus sólo necesitó usar su cosmos en ese trayecto para evitar placas de hielo.

En cuanto llegaron a un lugar donde aparcar el coche se encontraron conque cualquier ruta para ir al interior estaría totalmente detenida por grandes bloques de nieve helada, que unido al irascible viento, hacía de la expedición un suicidio… pero Mónica se sabía acompañada por caballeros de oro y un dios que controlaba el fuego, dudaba mucho que ese clima adverso fuera a impedirles absolutamente nada. Sin embargo Hyoga sí que contemplaba el cielo en silencio y, pensativo, permanecía cruzado de brazos con sus cosas a los pies. Su compañero cargaba con todo lo demás mientras cerraba el coche y le colocaba una funda antes de unirse a sus cavilaciones y decidir qué era lo que iban a hacer con esas circunstancias.

-No deberíamos movernos… -murmuró el más joven- Aunque nosotros no tengamos problemas, ella se puede perder… y con este tiempo su cosmos podría apagarse por el cansancio y perderla.

-Estoy de acuerdo -comentó Camus-. Tengo una reserva en un hostal, iremos allí ahora mismo y desde allí saldremos a la mañana.

Y con esas fueron hacia el lugar seleccionado por el anterior dorado. Era un edificio grande, de cinco plantas de altura y hecho con ladrillos cocidos que le daban un aspecto sencillo pero cálido, con ventanales para que entrara la luz – cuando la había – y gruesas cortinas para aislarse del exterior. Según entraron pidieron las respectivas llaves en recepción y después de las indicaciones subieron a la segunda planta con el ascensor y se distribuyeron entre los cuartos… los dos dorados por un lado, y Prometeo con la diosa en el otro, sólo una pared les separaba en esos instantes así que podían llegar en cualquier momento. Después de dejar las cosas en sus cuartos se reunieron en el que compartían las divinidades y se colocaron en las camas, sentados cómodamente sin las zapatillas, y con sendas mantas en torno a las piernas por el frío; Camus fue el que habló.

-A partir de mañana comenzará la aventura, iremos hasta una zona de cuevas, desde allí podremos dar con el enano que os conté -explicó-. Tendremos que salir temprano, con el Sol, así que aprovecharemos el amanecer para salir por la puerta en ese momento y usar los más minutos de luz que tengamos.

-¿Cuántas horas de viaje serán?

-Muchas… según lo ágil que sea, si sabe usar el cosmos no deberíamos tardar demasiado -musitó Camus-. Sin embargo no será sencillo, ¿sabrá hacerlo?

Ella bajó un poco el rostro, no podía asegurarlo plenamente. Por eso el mayor se limitó a asentir un poco y se acarició algo la nuca con cuidado.

-No tengo demasiado poder ahora -reconoció-. Estoy entrenando aún, eso sí.

-Será cuestión de tiempo -le sonrió Hyoga-. Ahora nuestros cosmos arden por el frío intenso, nos sentimos como en casa… si tuvieras uno de hielo, como el nuestro, le pasaría igual sin duda.

La mujer se limitó a asentir antes de que Camus carraspeara un poco y siguiera.

-En cualquier caso, desde donde estamos no tendríamos que tardar demasiado, a medio día si se han dado bien las cosas tendríamos que estar con mi antiguo maestro -les mostró la pantalla de su móvil-. Será por aquí.

Se trataba de uno de los picos, durante el día seguramente se pudiera ver pero desde donde estaban y debido a la poca iluminación apenas se adivinaba la figura del pico. Por eso rebuscó en el teléfono por fotos en internet, y cuando encontró algunas más se las mostró mientras explicaba cual sería la ruta que tomarían a través de los árboles.

-Te cansarás bastante, si haces arder tu cosmos tanto durante tanto tiempo -comentó Prometeo-. Aunque siempre te puede ayudar Hyoga.

-Esa es la idea, sí.

-¿Y ahora qué? No tenemos nada mejor que hacer…

-Descansaremos, mañana será un día largo.

En no demasiado rato ya les estaba invitando a dejar el cuarto e ir al de ellos, por eso los dos dioses se limitaron a entrar al cuarto que compartían y se metieron en sus camas con la tele puesta de fondo, él se metió después de colocarse el pijama y ni se inmutó cuando la mujer pasó delante de él con el suyo puesto, se coló entre las sábanas y suspiró de felicidad al sentir la calidez y comodidad del jergón.

-Yo no tengo nada de sueño, ¿y tú?

-Tampoco -bromeó Prometeo-. Este lugar es cómodo, me gusta…

-Y a mí -encendió la tele entonces-. Sirve para informarse de las cosas, ver… algo así como obras de teatro más o menos largas, escuchar música… se llama televisión.

-Alguna vi en el Santuario, sí -reconoció él-. Son muy interesantes… ¿Puedo preguntarte algo, Atenea?

-Llámame Mónica… y claro.

-¿Crees que estás preparada para este mundo? -ella le miró, pero él no parecía haber terminado a juzgar por su postura- Quiero decir… yo estoy algo confuso con muchas cosas… me siento algo perdido, y entiendo que, con la magia, a ti te puede pasar.

Ella asintió un poco, comprendiendo sus palabras.

-A quién quiero engañar… demasiado perdida.

-Yo no sé si lo estoy -él suspiró entonces-. Pero no me queda otra que adaptarme… usar todo lo que está en mí para poder ayudaros… tendrás que hacer lo mismo -extendió sus manos un poco-. Y para entender de verdad tus poderes… necesitas a un dios para que te lo pueda explicar.

Ella tomó la poderosa mano de él entre las propia y asintió, Prometeo encendió un poco su cosmos en ese momento y ella hizo lo mismo.

-Ellos te han dicho que es una fuerza natural que existe en ti… pero lo que no te han dicho es que, para ti, sería como ver para una persona común y corriente, es algo que siempre has usado pero sin saberlo… y por supuesto sin hacerlo como corresponde.

-¿A qué te refieres?

-Tu cosmos siempre ha estado ahí, pero hasta ahora ha estado oculto… creo que ahora comienzo a comprenderlo -explicó-. Durante el viaje lo he estado sintiendo en todo momento, igual que con los caballeros que nos acompañan, lo encendías y usabas con la misma naturalidad con la que ellos respiraban.

De sus dedos manó un hilo de energía que recorrió despacio su cuerpo, no fue hasta llegar a su espalda que encontró una resistencia. Su piel empezó a picar y el tatuaje, aunque pudiera ser sorprendente, también destelleó junto a los poderes de ellos.

-Siento… que no acaba de estallar del todo, como en otras veces.

-Esto tiene que ser cosa de algún dios… seguramente Zeus -explicó el otro-. Te ha puesto límites en la magia y uso del cosmos, por eso no has podido hacer demasiado… hasta ahora, procederé a hacerlo.

Ella asintió un poco y suspiró algo nerviosa, aunque él no se detuvo y continuó haciendo arder su energía, que fue ascendiendo poco a poco a lo largo de los brazos primero, luego hombros, y alcanzó la parte superior de su espalda. La tinta había perdido bastante tono y ahora era considerablemente claro, sin embargo ahí seguía y ella notaba aún perfectamente que tenia algo que le provocaba un sufrimiento… sobre todo en forma de esos picores que últimamente venía sintiendo. La piel de la mujer fue ardiendo no literalmente pero sí se envolvieron en llamas los dibujos en sus omoplatos e incluso por encima de sus nalgas; similar sucedía en la zona media, que también le sufría un poco.

-Mierda… duele, duele…

Y él de inmediato se detuvo. Ella tenía los ojos acuosos y las chispas se apagaron de golpe aunque seguían en tonos naranjas y dorados… pero el dolor iba a menos en cada ocasión, en otras ocasiones su sufrimiento había sido mayor. La mujer le miró con seriedad y asintió en silencio, él le hizo una pregunta en silencio y comprendió lo que quería… por eso siguió adelante con el proceso. Mónica apretó los dientes al sentir el cosmos de él volver a recorrerla poco a poco e inundarla, pero en esa ocasión las cosas fueron más tranquilas en cuanto a las sensaciones en piel; de hecho se iba llenando de perlas de sudor según desaparecía el tatuaje, estaban tan concentrados que apenas se inmutaron de los rayos que cayeron cuando empezó a desaparecer hasta que la última gota de tinta se esfumó de la mujer, que miró a su compañero con verdadera sorpresa.

-Sigamos… -murmuró él- Aún… noto cosas… dentro de ti.

La mujer se dejó hacer y los cosmos de ambos brillaron… ahora todo fluía como si fuera una maquina bien engrasada y ardía en torno a su cuerpo, curando las heridas que se habían formado por el proceso; su interior también se embadurnó completamente, sus músculos y huesos – hasta entonces resentidos por la magia ajena del dios – se sintieron reforzados y el pelo de ella se removió mientras sus poderes brillaban con el resplandor que siempre debó tener: era luminoso, cálido y tan potente como el Sol, los dorados casi se disponían a entrar al cuarto cuando comprendieron que era ella despertando como la diosa protectora de la Tierra… como Atenea.

-Ahora lo comprendo -la voz de ella era suave, apenas un hilo-. Mi cosmos… ahora puedo sentirlo en plenitud… como cuando lo hice arder aquel día.

Prometeo se separó poco a poco y la miró a los ojos, sudaba en frío pero parecía bastante satisfecha… de hecho se levantó y fue hacia el baño para lavarse y asearse; cuando giró el rostro se encontraron con un hermoso cuervo negro pegado al cristal y vigilante, al saberse descubierto el animal salió volando y se perdió en la ventisca. Durante todo ese rato había estado vigilante con lo que pasaba, seguro vio todo el proceso… sin embargo eso no la detuvo y se introdujo en el cuarto mientras él descansaba. Tenía claro él que las cosas serían bastante difíciles pero lo aceptaban… sólo esperaba que fuera algo soportable, en especial para ella.

Aquel era el primer paso en su andadura en la divinidad… ojalá para él fuera tan sencillo como sólo hacer arder su cosmos y liberarla de las cadenas que la rodeaban. Tenía miedo de no ser un buen dios, de haber perdido aquello que valoraba de sí mismo, de que hubieran matado su amor por las cosas, en especial respecto al ser humano. Observó sus manos en silencio y aunque sus poderes aún manaban un poco por el esfuerzo realizado con la mujer… no era lo mismo que antaño había sentido. Puede que no ayudara estar tan lejos de casa y alejado de fuentes de poder que pudieran ayudar; al menos eso se quería decir a sí mismo para no agobiarse. Escuchaba cómo se lavaba y cantaba suavemente con algo de música de fondo y se recostó pensativo en la cama, según se apoyó bostezó un poco y se estiró en silencio…

-Sigues ahí… puedo sentirte -sus ojos se posaron en el cuervo, que había vuelto a posarse en la cornisa-. ¿Quién te envía, pequeño amigo?

Se levantó, pero sin ser amenazante, y se aproximó hasta el ventanal y se inclinó con cuidado para estar a su altura. El animal le miró con interés a los ojos y se limitó a graznar un par de veces y dio un par de saltitos para recolocarse… quiso entrar y por eso dio un par de golpes a la ventana con el pico, el hombre dudó unos segundos pero al no notar un cosmos amenazante decidió dejarle pasar. No era el dios disfrazado ni tampoco un guerrero o algo similar… sólo un animal que quería entrar a un lugar algo más cálido, por eso procedió a dejarle pasar. Se posó con delicadeza en la mesa de la tele y se hizo un ovillo antes de ponerse a dormir con tranquilidad según cerró los ojos. Cuando Mónica salió del baño se lo encontró y suspiró un poco.

-¿Y este animal?

-Tenía frío… creo que es un heraldo de Odín, pero por la ventisca no ha podido ir a ningún lado, así que me pidió asilo.

-Pobre… pero no sé si es buena idea…. -murmuró, pensativa-. Pero ya estando aquí no podemos hacer nada, que se quede.

-¿Lo dices por si nos saca los ojos?

-Es un animal salvaje, al final -le explicó-. En fin, durmamos… estoy agotada.

Prometeo sonrió un poco, comprendía sus miedos… había sido atacada por dos deidades en su hogar, tener a algo desconocido en el mismo lugar en el que iba a descansar iba a ser difícil para todos; y sin embargo decidió confiar, así que después de apagar la tele se metieron en las camas y se quedaron dormidos con el pasar de los minutos, el cuervo al comprobar aquello abrió sus ojos, movió su cuerpo un poco y dio un gracioso salto y extendió sus alas mientras salía atravesando el cristal y desapareciendo en el aire en un suave destello de luz que se perdió en la densa y tranquila noche.

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Palacio de Valhalla, Asgard, 15 de enero, 20:00h

Las valquirias eran las criaturas mágicas más relevantes del mundo nórdico sólo por debajo de los dioses, al menos para los guerreros vikingos; tenían grandes poderes y eran seres de pesadilla si mostraban su verdadero rostro y naturaleza, las coperas de los einherjards y sus entrenadoras después de ser reclutados tras su muerte en combate… de vez en cuando servían como las emisarias del dios, sus ojos y oídos cuando partían a la aventura, en sustitución de los cuervos; una de hecho sirvió como la enviada a observar a aquellos extraños que se querían acercar a su mundo, Gunhilda logró entrar al lugar donde dormía y fue bien tratada, por eso según llegó a su propio hogar se presentó al Allfather en su despacho, se inclinó respetuosamente con una rodilla al suelo.

Era alta y fornida, con alas de luz emplumadas y una armadura plateada de cuerpo completo, su casco descansaba bajo su brazo y su pelo dorado caía a un lado, en realidad era una bestia indómita pero mostraba ese aspecto benigno para no asustar a los hombres frente a los que se presentaba.

-Mi señor, los dioses griegos no parecen agresivos -explicó-. Ella… estaba en una posición extraña en cuanto a su cosmos, pero ahora lo ha liberado previamente, pero sin ánimo de luchar contra nosotros… por ahora.

-Explícate.

-No parecían con interés de luchar si podían evitarlo -le dijo-. Sin embargo, estoy segura que querrán enfrentarnos si les damos razones.

-¿Leíste sus deseos?

-Sí.

-Bien… buen trabajo, puedes ir a descansar un poco -ella asintió-. Mañana irás a una batalla importante, espero que tengas buen ojo con los soldados que veas.

La mujer asintió y se levantó, después de saludar al dios salió a seguir con sus obligaciones mientras él se limitaba a suspirar un poco… tamborileó en su mesa unos segundos y perdió su mirada a la nada, fue entonces que vio que llegaba Baldur con una bandeja con un par de tazas; sonrió un poco y le dio un amable gesto antes de invitarle a sentarse a su vera.

-¿Estás bien?

-Sí… algo cansado por el día pero bien -comentó el otro-. Te traje lo que pediste, pero no sé si estará a la temperatura que querías, me medio perdí por los pasillos.

-No te preocupes -comentó-, en realidad era una excusa para tenerte por aquí.

-¿Para algo concreto?

-Pronto vendrá la diosa Atenea -sí que era directo cuando quería-. Viene con sus emisarios, supongo que a por ti… sólo quería dejarte claro que tu sitio es este, por mucho que te quiera decir lo contrario.

Folken suspiró pesadamente, ya algo se esperaba al respecto y sabía perfectamente que no iba a ser tan sencillo resolver… se limitó a asentir un poco, le dolía la cabeza sólo de pensar en ello, así que sólo se estiró en el sitio y se recostó como pudo sin llegar a responder en ningún momento. Odín se dio cuenta de ello pero, con tal de no discutir, sólo bebió de su taza en silencio…

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Cercanías de Lom, Noruega, provincia de Oppland. 16 de enero, 5:00h

Según se alzó el Sol por el horizonte el grupo se levantó y se dispusieron a ponerse en marcha para llegar cuanto antes a la casa del gran maestro Eitri, señor enano y artesano de gran prestigio y profundos conocimientos de magia y uso de cosmos. Como anterior maestro de Camus debía tener un conocimiento muy profundo del uso del cero absoluto y de los poderes propios del hielo de la constelación de Acuario, sin embargo Hyoga no llegó a estudiar con él… de hecho no estuvo en Siberia, sino en Antártida, para aprender los secretos de sus poderes. En cualquier caso a ellos les daba igual, si servía para darles la información de cómo llegar hasta Asgard les valía la pena.

Después de salir del edificio, aún Mónica recordando qué había un cuervo con ellos pero había desaparecido sin dejar rastro: ni las ventanas estaban abiertas ni nada roto, el caso es que tenía ese recuerdo… igual que Prometeo, que también juraba que había pasado, eso rompía la posibilidad de que fuera un sueño de ellos de algún tipo. Se limitaron entonces a comenzar a andar, la nieve se abría paso según Camus movía sus manos para avanzar por el camino; en torno a ellos la nieve iba desapareciendo para permitir que sus pasos fueran sobre tierra firme: en no demasiado tiempo, apenas cinco minutos después de empezar a andar abandonaron el último grupo de casitas y dieron con el esplendor del valle de Jotunheim; no se llamaba así por el reino mágico, así se llamaba aquel hermoso parque natural enclavado entre montañas y verdes y frondosos bosques que, a esas alturas del año, estaban cubiertos por el blanco níveo pero que los poderes de los dorados recuperaban temporalmente el color verdoso que tenía siempre en verano. Las casas de fondo se perdían después de la primera loma y a partir de allí el mundo se abría ante ellos con todo lo que la madre Tierra podía dar, un entorno salvaje y profundamente libre donde el ser humano carecía de poder y en el que la magia se dejaba sentir.

No había frutos en los árboles o arbustos, pero sí que se encontraron con algunos animalillos aquí y allá, sobre todo pequeños mamíferos que cavaban espacios en el suelo para guarecerse de las heladas noches; se podía apreciar un sinuoso rio por la zona que nacía en los cercanos picos y se perdía en el horizonte, sin embargo ellos no se detuvieron a contemplar las espectaculares vistas de la zona: a unos pocos kilómetros el camino se empezaba a empinar para llevarles hasta las cimas de los montes, con muchas rocas por el trayecto y obligando a salvar subidas abruptas o tener que internarse entre enormes bloques. Con las botas puestas y las mochilas al hombro podían moverse con relativa facilidad, pero ella no estaba hecha a tener que moverse por el campo y menos a la velocidad con la que esos dos se movían… hasta que se acordó de encender su cosmos.

En cuanto le dio uso – aún no sabía del todo cómo era eso de usarlo de forma instintiva, tenía que decidirlo activamente – las cosas se le pusieron bastante más fácil a la mujer, que aceleró bastante y les dio alcance en pocos minutos una vez aprendió a localizarles también; el sudor de su frente había desaparecido y los jadeos del esfuerzo se esfumaron por la vigorosidad de su cosmos ardiendo para ella. En cuanto Camus e Hyoga se encontraron con aquello decidieron acelerar el ritmo después de mirarse unos instantes a los ojos, Prometeo por su parte se quedó atrás deliberadamente para contemplar un poco lo que había en torno a ellos y como seguridad… sólo se detuvieron después de varios kilómetros más de ascenso hasta llegar a una zona de cuevas donde el viento se movía a discreción y observando las muchas y muy variadas entradas que tenían.

El sistema de cuevas contaba efectivamente con una decena de aperturas con muy hermosas curvaturas y formas: unas eran anchas y altas, otras apenas se alzaban medio metro y la mayoría serví más como hueco en la pared de roca desnuda. Destacaba una en forma de arco amplio, con el lado derecho más alto y ancho que el izquierdo, que era más una columna que una pared en un momento dado. Enormes bloques de piedra dispersas hacían parecer a aquellos lugares a muebles de caliza, pétreos y helados por los rigores del tiempo… y aunque nada daba señales de vida, de una de las entradas emanaba un suave cosmos que a ellos se le hacía similar al de Camus, éste de hecho se introdujo en su interior y comenzó a avanzar después de que su vista se adaptara a la oscuridad: no fue hasta pasados los primeros metros que el mundo ante ellos pareció distorsionarse y en las paredes comenzaron a aparecer pebeteros encendidos. Sí, sin duda era allí su destino…

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Templo de Capricornio, Santuario de Atenea. 16 de enero, 09:00h.

La vida en el Santuario de Atenea resultaba tranquila pero dura. Esther de Ofiuco se había trasladado a dormir a la casa de Sagitario para continuar más fácilmente con sus entrenamientos y Arturo tenía que reconocer que ella era una amazona poderosa pero que tenía que ser trabajada y comprendida dentro de la enseñanza de los rigores de la vida en ese nuevo mundo al que se tenía que adaptar… al menos estaba más acostumbrada que la diosa, pensó. Con ella costarían según qué cosas, el Patriarca necesitaría de mucha mano izquierda con ella. Se estaba entreteniendo esa mañana con preparar las cosas para poner en práctica las ideas de Aioros de Sagitario, estaba pensando en ello cuando escuchó los pasos de la amazona de Piscis, que llegaba desde su templo.

-Buenos días, Obispo -ella le hizo una suave inclinación-. ¿Durmió bien?

-Sí, aunque me costó conciliar el sueño -suspiró un poco-. En fin, necesito que hagas algo por mí, será breve.

-Usted dirá.

Él le entregó una misiva entonces, llevaba el símbolo del Santuario pegado al papel y contaba con un matasellos que lo dejaba todo perfectamente sellado.

-¿Reconocerías el cosmos….? Perdón, más bien dunamis -ella le miró con interés-. En cualquier caso, ¿sabrías localizar la energía de Océano?

-Sí, señor.

-Bien… no sé qué pasó en Pánmizos, pero el Patriarca ha dado la orden de hablar con él… creo que le vamos a necesitar sí o sí para la guerra.

-Así se hará, mi señor -él asintió, sin embargo aún no le entregó el documento-. ¿Sucede algo?

-Necesito máxima discreción… los dioses vigilan.

-Ellos saben perfectamente lo que hacemos o no -murmuró-. Dudo que podamos ocultarles nada.

El otro se limitó a sonreír un poco.

-En eso te equivocas… hablando de ocultar, tienes razón en que debemos evitarles -Andrómeda le observó con curiosidad-. Tú también irás a Pánmizos, pero con otro objetivo. Antes irás a por Océano y le darás esto.

-Así se hará.

Y ahora sí documento en mano se rodeó de sus poderes y desapareció en el aire como un gran haz de luz. Arturo se limitó entonces a girar sobre sí mismo y se encaminó escaleras arriba, tendría que hablar con el Patriarca pero estaba seguro de que él daría el visto bueno para sus ideas… o eso esperaba al menos. Ascendió por las escaleras hasta el templo principal y se encontró con que era el mismo Kiki el que se colocaba ropas de entrenamiento mientras silbaba un poco y se colocaba algo similar a una armadura de cota de malla.

-¿Va a algún lado?

-Voy a enfrentarme a Esther hoy, ¿te vienes?

-¿Forma parte de su entrenamiento?

-Oficialmente no, pero Seiya de Sagitario me lo pidió… y yo necesito acción, hace tiempo que no me muevo contra alguien que pueda ponerme en apuros -se dio cuenta que parecía algo nervioso-. ¿Pasa algo?

-He tenido una idea, ahora que el enemigo se ha puesto en marcha y tendremos que enfrentarnos a los dioses primero y a los titanes después -Kiki le invitó a hablar-. Iré con Andrómeda hasta Pánmizos a hablar con Hefesto, él nos ayudará… con su venia.

-Me lo pensaré mientras combato.

Y no habiendo nada más que añadir, el otro se limitó a asentir y acompañó a su superior hacia la salida.

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Los diálogos escritos en cursiva que se muestran son para reflejar las comunicaciones vía cosmos. Aquellos que son con la letra normal, son hablando la lengua común que corresponda. Los nombres de las técnicas están también en cursiva.