Los principales personajes quedan a Stephanie Meyer la historia es mía totalmente prohibida la reproducción total o parcial de la historia sin mi autorización
Capítulo 44.
El camino más corto al altar.
"Amar no es mirarse el uno al otro, es mirar juntos en la misma dirección", Antoine de Saint-Exupéry.
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Isabella sintió su mundo moverse. Este estaba girando tan fuerte que estaba segura que en algún momento iba a quedarse sin aire.
El alcohol es la anestesia gracias a la cual aguantamos la operación de vivir ella escuchó una vez. Sonrió abiertamente tropezando un poco y se sentó en la pared frente a la puerta de la habitación de su marido solo escuchando sus constantes. Cerró los ojos y esperó sentir alivio, anhelo o destrucción. Esperó por horas allí sentada intentando solo sentir hasta que fue lo suficientemente valiente para levantarse y buscar su habitación. Había momentos en los que quería sentir algo que no fuera la muerte acechando, así que dejaba que el dolor la inundara hasta dejarla muda. Sin embargo, esos no eran los sentimientos que anhelaba. Anhelaba a Edward tanto que hasta respirar le era difícil.
Tropezó con sus propios pies un par de veces y como un maldito fantasma ella caminó hasta su habitación y se dejó caer en la cama dejando al mundo de los sueños alcanzarla.
Sonrió mirando al amor de su vida frente a ella, sus ojos verdes brillaban como un hermoso lago del Amazonas siendo alumbrado por el sol. Era hermoso. Ese sentimiento de libertad que él le hacía sentir era único.
No había manera de evitar volar, ella volaba. Alto. Tanto que estaba tocando el cielo. Pero este se nubló, los rayos que anunciaban la tormenta empezaron a sonar y las nubes azules del cielo se volvieron negras. Su corazón dolió dejándola sin aliento.
—Bella —Edward la llamó. El aire empezó a faltarle y luego, él apareció. Felix sonrió chasqueando la lengua y la tomó por la barbilla alzándola del suelo obligándola a que lo viera a los ojos.
—Eres mía. Õjo.
Isabella abrió los ojos y se llevó las manos al cuello. Giró el rostro y vio el reloj marcando las tres y cuarenta y cinco de la madrugada. Había dormido tres horas.
Incómoda se levantó y abrió la ventana de su habitación mirando a la oscuridad en el jardín, buscándolo. Ella lo buscaba en la oscuridad que la acechaba. Esperaba que Félix llegara a ella y dejara de esconderse.
El maldito tendría que mostrar la cara algún día. Sus monedas de cambio se le estaban acabando. Isabella se había encargado de hacer caer el imperio de los Volkov hasta convertirlo en cenizas.
Odiaba con toda su alma recordar el dolor que él había causado pero recordarlo le daba motivos para salir de su cama a diario. La venganza era para ella una inyección de vida con caducidad. Se había jurado que iba a encontrarlo. E iba a hacerlo así tuviera que levantar piedra por piedra ella misma.
El Luminix iba a estar listo en cuanto ella terminará con la historia y diera la autorización para que desconectarán a Edward. Si para entonces Félix no había aparecido, su plan era estar dos meses en San Francisco antes de irse a buscarlo.
Dos meses, ese era el tiempo que iba a llevarle dejar todo ordenado y sus negocios en orden. Nada iba a fallar según sus cálculos. Ella no pensaba volver. Iba a ver el mundo sola, a beber todo el alcohol que pudiera encontrar. El avión estaba equipado para no necesitar más que clases básicas de pilotaje y ella sabía cómo volar un maldito avión y si necesitaba un piloto iba a pagarlo. Así que iba a pilotarlo si estaba en sus manos hacerlo. Pero la historia aún no había acabado y Edward aún estaba respirando por ella.
Ambos lo habían prometido. El tiempo era un maldito traicionero. Y ella no podía dejar de respirar. Aún había muchas cosas en la lista que debía completar antes de irse y desaparecer. Pero eso no significaba que el reloj dejará de hacer tic tac.
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Cuando Rosalie se levantó esa mañana se sintió culpable. Emmett le sonrió y le acarició el rostro parecía haber estado observándola dormir por horas. Era un devoto enamorado de su rubia de ojos azules.
La culpabilidad nubló el rostro a Rosalie de nuevo y eso le hizo fruncir el ceño.
—Isabella regresó anoche y trajo algo con ella. ¿Sabías que hay un diario que no hemos leído? Ella y yo quiero decir.
—Leí los diarios para Isabella o al menos lo intenté. Edward la amaba con cada respiración, con cada parpadeó. Era imposible no saberlo al verlos y eso que solo los ví juntos un par de veces, pero era un amor que sentías —le mencionó Emmett estirándose en la cama.
—Creo que la muerte de Elizabeth le afectó. Más que a cualquiera. Aunque no he visto a Grace.
Emmett sonrió abiertamente antes de besarla y acariciar sus cabellos
—No analices a Isabella mi amor. No lo hagas. Grace seguro ya está en la cocina o jodiendo y poniendo incómodo a alguien. Esa vieja bruja es una alcahueta.
Rosalie se sonrojó ligeramente por la forma cariñosa de hablar de Emmett quien pareció hacerlo con naturalidad antes de besarlo de vuelta y murmurar.
—Quisiera que Isabella fuera feliz. Y solo hay una manera de que lo sea. Dios, es como pedir por algo y poner tu fe interminable en lo imposible.
Emmett le besó la frente y la abrazó por un momento antes de soltarla y levantarse para buscar el baño, pero antes de entrar se paró recostandose en el marco. Rosalie lo apreció desde la cama y con una mirada enamorada dejó que sus ojos se lo comieran. Emmett tenía su pecho bien formado, sus abdominales casi perfectos, tenía cicatrices de las que ella tenía curiosidad pero aún así no pregunto. Y lo amaba con todo su corazón.
—Tienes esa fe interminable Rosalie. Ahora ven y date un baño conmigo.
Sin dejarla decidir fue por ella y la tomó en sus brazos sin saber que Rosalie había tomado una decisión que podría traerle el odio de Isabella y Emmett le era leal a la señora así que quizás ella estaba a punto de romper y tirar todo por la borda. Pero era la única manera de que esa fe interminable se convirtiera en hechos. Ella tenía una idea, era una idea descabellada y necesitaba ayuda para lograrlo pero estaba segura de que podría manipular las cosas a su favor y, a su tiempo, las cosas saldrían como lo estaba esperando. Ella solo esperaba que esa fe interminable fuera suficientemente grande para llegar a los oídos correctos.
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Cuando Rosalie entró en la oficina de Isabella está la estaba esperando, así que sin esperar mucho encendió la grabadora
Isabella se giró hacia la ventana esta vez dándole la espalda después habló:
—Recuerdo mucho mi cumpleaños número dieciocho y los días siguientes a ese día. Hyõ me regaló un vestido blanco, sencillo. Yo no leía revistas de chicas pero años después descubrí que era un Valentino de colección que costaba una maldita fortuna. Me dió unas hermosas sandalias color crema con muchas trenzas que se entrelazaban entre ellas también. Estás no eran costosas pero eran hermosas, algo nuevo para que mi futuro fuera bueno.
Me dió la caja y la abrí sorprendida de recibir eso, era una caja blanca enorme y preciosa. Mi padre me sonrió y se encogió de hombros diciendo
—Posiblemente solo lo uses una vez, pero toda chica merece un vestido para su boda. Así que acéptalo y cierra la boca.
Cuando saqué el ramo y alcé una ceja entonces él puso una mano en mi hombro y me sacudió esa era la forma silenciosa en la que él me demostraba amor. El ramo era de colores sencillos combinados entre azul y blanco. Para que el amor y la pureza estuvieran siempre conmigo.
Más tarde esa semana Emily me prestó una peineta que había pertenecido a su familia, era algo viejo me dijo, y tenía el simbolismo de lo prestado para la buena suerte representando mi pasado.
Fue increíble cómo en cuestión de días algo que iba a ser tan privado se organizó y se convirtió en una fiesta.
Estaba aterrada de que el mundo supiera que iba a casarme, sin embargo Hyõ renegó y le quitó importancia a mis preocupaciones ya que él se había encargado de todo. No supe qué significaba hasta más tarde ese año.
Hyõ fue quien como un loco unos días después de mi cumpleaños dieciocho se paró en el registro civil a mi lado tomando mi brazo pareciendo orgulloso vistiendo un esmoquin que no sabía de dónde había sacado. Sonreí mucho ese día porque era tan terco ,obstinado e hizo que alguien con un radio tocará la marcha nupcial mientras caminaba conmigo por ese simple y estúpido pasillo frío lleno de gente esperando para casarse por distintas razones.
Ninguna persona esperaba casarse por lo que lo que lo estábamos haciendo nosotros. No era amor. El amor me parece poco para lo que nosotros sentíamos por el otro.
No había podido comprar un hermoso vestido caro con velo y colas, no me estaba casando en un hermoso establecimiento o en una enorme iglesia, pero llevaba el que Hyõ me había regalado y él me había hecho ponermelo. Llevaba mi cabello enredado en la peineta de Emily.
Vestía orgullosa lo único más valioso que tuve jamás. Mi padre también me había obligado a ir a un salón de belleza en donde había pagado porque me pusieran maquillaje.
No fue la boda perfecta que muchos pensarían, pero para mí sí que lo fue. Cada segundo de las miradas robadas de Edward mientras un abogado de oficio nos decía nuestros votos, estupideces de "en la muerte, en la enfermedad", maldiciones de "en la pobreza y en la riqueza". No escuché nada de eso. Estaba perdida en la sonrisa nerviosa de mi esposo. Enamorada del brillo de sus ojos, de la forma en la que asquerosamente su mano sudaba apretando a la mía. Ambos estábamos helados de los nervios, con ese vacío en el estómago pero cuando dije que sí, que aceptaba casarme con él, ese momento marcó un antes y un después.
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Rosalie no pudo más así que se levantó y se acercó a Isabella hasta que estuvo a su lado y le fue posible verla. Esta estaba perdida en sus pensamientos, sonriendo recordando y Rosalie jamás habría pensado que eso fuera posible. Ella era hermosa, parecía estar soñando despierta con la vista perdida en el jardín tras la oficina. Parecía estar viendo en la ventana aquella escena que estaba narrando. Luego continuó
—Estaba tan nerviosa. Yo… Creí que Edward no iba a estar allí. Éramos unos chicos, al menos yo lo era, tenía tan solo dieciocho años, pero ya era legal. Y él sí estaba allí y sonreía. Se veía guapo con su camisa de vestir celeste y sonreía como si se estuviera ganando el mundo. Muy poco sabía él que era el caos lo único que yo podía ofrecerle. Hyõ y Jasper fueron los testigos de la boda. Ellos y Junio porque nos casamos el 20 de Junio del 2003.
—Eso suena hermoso —dijo Rosalie sin dejar de mirarla. Isabella miró el anillo. Esa mañana se lo había puesto, se había sentido bien ponérselo y dejar de llevarlo en el cuello, lo sintió en su dedo.
—Hubiese querido tener más tiempo. Esa noche fue preciosa ya que Emily había preparado una parrillada, había cerveza, y música en la calle, hamburguesas. Bailamos, lo pise mil veces y no se quejó, sólo se rió creo que ambos estábamos tan nerviosos.
—Estas hermosa —declaró mientras nos movíamos. Quise burlarme de él, de sus palabras cursis, pero la forma en la que lo dijo mirándome como si fuera una estrella y él la estuviera tocando me hizo creer en sus palabras.
—Estás guapo, señor Cullen —le hizo sonreír que le dijera así, y me movió como en las películas en dónde el actor inclina a la chica para robarle un beso pegando su nariz a la mía mientras Sam y Quil chiflaban haciéndonos burla.
—Prométeme algo —me pidió y yo le habría dado el mundo si solo me lo hubiera pedido. Solo asentí aceptando en silencio lo que iba a pedirme —. Prométeme que si uno de los dos muere, el otro no hará algo tonto. El que quede con vida esperará a la muerte como vieja amiga.
—No nombres a esa maldita en mi boda —gruñí. Edward me giró y me atrajo a su pecho con fuerza antes de besar mi mejilla y susurrar:
—Promételo. Señora Cullen.
Un nudo se atoro en mi garganta pero me solté de su agarre y lo miré a los ojos para decirle:
—Moriré antes.
—Seremos viejos, tendremos nuestros nietos, generaciones Cullen y moriremos juntos, pero quiero que me lo prometas. Que me prometas que si uno de los dos no está, el otro va a esperar ocho años y luego será feliz.
—Lo prometo.
—Es una promesa nena, no puedes romperla.
No sabía que le estaba prometiendo entonces, de haberlo sabido me habría negado a hacerlo. Hyõ también bailó conmigo. Él me llevó por la pista improvisada de forma elegante sin equivocarse viéndose orgulloso de mi.
—Eres la chica más linda que he visto jamás.
Recuerdo que me sonrojé porque jamás él me había dicho algo así y él también se sonrojó ligeramente, pero ambos no éramos de demostrar amor así que no dijimos nada más. No fue necesario.
Había gente preguntándome cuánto tiempo tenía de embarazo porque era tan joven. Éramos felices, fuimos muy felices.
—¿Tuvieron su noche de bodas?
Isabella sonrió abiertamente.
—Carlisle Cullen nos regaló una noche en un hotel caro; él no estuvo en la boda y Elizabeth no lo sabía, ese fue un tema difícil puesto que Edward había renunciado a muchas cosas, pero siempre me dijo que el amor era sacrificio.
Esa noche, nuestra noche yo tuve un ataque de ansiedad, era virgen, pero amaba a Edward tanto que el pánico desapareció en cuanto lo bese.
Lo escuché susurrar te amo tantas veces que ni siquiera noté en el momento en el que mi ropa se fue, sus caricias fueron un bálsamo que no sabía necesitaba hasta que las tuve, él me reconstruyo, yo también lo amo, pero decirlo en voz alta no era lo mío, yo lo amo tanto que si pudiera regresar el tiempo, bailaría más con el, me reiría de sus chistes extraños. Vería más sus ojos, esa noche, querría, suplicaría que el tiempo se detuviera cómo lo hizo esa noche. Con nosotros desnudos enredados en las sábanas, amándonos con nuestros defectos, sintiendo el vértigo que causa un orgasmo, esa intensidad. La felicidad de poder estar juntos con nuestros corazones latiendo al unísono. No hay una forma perfecta de describir que aunque fuimos torpes mientras nos descubrimos, fuimos perfectos siendo sólo nosotros.
Si cierro los ojos con fuerza puedo sentir sus caricias electrizar mi piel, lo imperfecta que me sentí a su lado y lo perfectos que fuimos juntos. Ese miedo se fue cuando me di cuenta que él estaba tan nervioso como yo, sonriendo y dándome aliento. Me amó con cada respiro, y yo lo amo tanto con cada uno de los míos.
Tuvimos solo una semana antes de que el mundo se girará hacía nosotros y me señalara diciendo "No lo mereces". Él tenía que irse a Aberdeen un mes antes de clases y lo pospuso cuánto pudo pero tuvo que irse. Al final estuvimos lejos por casi cuatro años antes de que Edward volviera desde la universidad. No lo dejé abandonar sus sueños aunque él ya me había dado eso que nadie había querido darme. Yo ya llevaba su apellido y pero no podía dejarlo poner en espera por lo que tanto había luchado, sus sueños antes de que yo llegara y entorpeciera su mundo. Era una beca completa con sus gastos pagados en una de las mejores universidades del mundo.
Rosalie le tomo la mano a Isabella trayéndola de vuelta preguntándole
—¿Qué fue lo que pasó cuando volviste a verlo?
Isabella no la soltó ella miró al frente y volvió a perderse en sus pensamientos
—Kate lo siguió a Aberdeen y Elizabeth quería que se comprometieran. Pero aún no llegamos a eso. Es parte de la historia también.
Fue difícil dejarlo ir. No sé lo demostré. No podía, sabía que si le pedía quedarse él lo haría, habíamos tenido tan poco tiempo. Él me besó y me hizo el amor como un desesperado esa mañana, lo ví con su maleta viendo mi edificio con anhelo al medio día y cuando por fin tuvo el valor de mirarme a los ojos, los suyos tenían esas lágrimas que me negué a derramar frente a él. Había alquilado un departamento cerca del de mi padre y pasamos allí nuestra luna de miel. Siendo sólo nosotros. Yo tenía mil recuerdos para atesorar. Y mil cosas que hubiese querido hacer diferente.
—No quiero irme —me abracé a su pecho cuando me lo dijo y puse su frente en la mía.
—Tienes que hacerlo. Tienes que irte.
Edward negó, entrelazando sus manos con las mías y Dios, jamás nada se había sentido tan difícil, en ese momento preciso eso se sentía como morir en vida.
—Vas a esperarme.
—Voy a esperarte
Repetí, y él me beso
—Voy a volver.
—Vas a volver —afirmé y mi voz se rompió así que di un paso atrás y empujé su pecho —. Ahora vete.
Jamás esas palabras sencillas fueron tan dolorosas. Edward no se me acercó de nuevo, el metió sus manos en sus bolsillos antes de que Jasper hiciera el claxon sonar y sin tocarme otra vez él se fue. Y se llevó mí corazón consigo.
Esa fue la primera vez que le dije te amo. Porque el amor es sacrificio.
¡Muy buena! Aquí tenemos un nuevo capítulo y qué capítulo. Ha sido la boda y ha sido perfecta para ellos. Donde hay amor, da igual lo grandiosa que sea la boda, lo importante son ellos y que les acompañen la gente importante para ellos. Y por desgracia, Edward se ha tenido que ir a estudiar. ¿Cómo seguirá su relación?
Ahora empiezan a correr los acontecimientos, así que hay que estar atentos a los siguientes capítulos, que van a ser emocionantes.
Muchísimas gracias a todas las personas que siguen la historia y hacen grande la misma. Y mucho más agradecidas estamos a aquellas personas que dejan un comentario diciendo lo que les parecen cada capítulo.
Nos leemos en el siguiente capítulo.
Un saludo
