Saber cuál es tu lugar
Resumen: Isobel termina en el punto de mira de unos violentos supremacistas. Prompt de Jenzi. One-shot publicado en AO3 en la colección "Narrow escape".
Despierta en la oscuridad, el dolor martilleando su cráneo y plagando sus costillas, su vientre. Intentando llevarse las manos a la cabeza, Isobel descubre que no le es posible: las tiene atadas a la espalda. Sus tobillos también están inmovilizados, sus pies descalzos. Un trapo entre sus dientes la amordaza. El frío se cala hasta su carne desde el duro suelo a través de su pijama. Una tela cubre su rostro, haciéndole difícil respirar. Huele a sótano mal ventilado.
La criatura feroz del pánico asalta su pecho, desgarrándolo. Con el corazón palpitando, jadea, luchando por algo de aire.
No sabe dónde está, ni cómo ha llegado a aquella situación.
Se debate a través de la niebla del desconcierto y la confusión. Lo último que recuerda es haber cenado sola en su casa. Jubal ¿preocupado? se había ofrecido a quedarse con ella. ¿Por qué? No lo recuerda y no tiene sentido...
El dolor en su cabeza amenaza con partírsela en dos, pero Isobel se esfuerza aún más. Mezclados de miedo y angustia, unos destellos acuden a su memoria.
Un ruido en su dormitorio, confusa lucha en la oscuridad. Golpes en el torso que la dejaron sin aire. Supone que debió haber otro en la cabeza, pero eso no lo recuerda.
Ahora, oye que alguien abre una puerta, e Isobel trata sin ningún éxito convertir el pánico en alerta. Se enciende una luz que le permite descubrir que le mantienen la cara tapada con una capucha negra.
Pasos de dos individuos aproximándose.
—Así no parece gran cosa, ¿verdad? —se burla una voz masculina.
Una risa perruna le contesta.
—No. No lo parece porque no lo es —dice otra voz de hombre con desprecio.
Uno de los dos descarga un puntapié en el vientre de Isobel, quien no puede reprimir un quejido.
—Está despierta.
Unas manos bruscas la agarran y la levantan hasta dejarla sentada en el suelo, golpeando su espalda contra la pared. Uno de los tipos le acerca la cara. Isobel puede entrever su rostro a través de la tela, oler su aliento a bourbon y mentol.
—Te vamos a enseñar cuál es tu lugar —dice con voz ronca—. El lugar que te corresponde, espalda mojada de mierda.
Por debajo del borde inferior de la capucha, Isobel lo distingue claramente: tatuado en el antebrazo del hombre, el afilado colmillo que usa como símbolo la organización supremacista Orgullo Blanco.
El tren de sus recuerdos irrumpe en su mente a toda velocidad.
La información recibida de Seguridad Nacional, el profesor Kaplan de la Universidad de Columbia, objetivo por su activismo y su muy pública opinión a favor de los emigrantes.
El atentado.
Varios edificios históricos de la universidad gravemente dañados y docenas de heridos, algunos en estado crítico. El equipo de Isobel, liderado por Jubal, había logrado poner a salvo al profesor, pero la bomba en su coche estalló de todas formas. El Director estaba muy alterado. Quería una reacción inmediata. Un escarmiento. Una declaración manifiesta de que el FBI no iba a permitir que aquello volviera a pasar jamás.
Se convocó una rueda de prensa.
Fue el ADIC Hawkins el que forzó a Isobel a ser la portavoz. Para hacer más visible que el FBI es inclusivo, dijo. Para aprovechar el impulso político, más bien.
Al principio, Isobel se había negado. No quería trivializar lo ocurrido, la destrucción y el sufrimiento de las víctimas, sólo por hacer política.
Jubal, por su parte, estaba indignado. Preocupado también. Los rumores eran que los líderes de Orgullo Blanco estaban furiosos por no haber logrado su verdadero objetivo. Por no haber volado por los aires a Kaplan.
Pero Hawkins se lo ordenó. Isobel compareció ante la prensa y afirmó que los responsables no quedarían impunes, que no se descansaría hasta llevarlos ante la justicia. "El Gobierno Federal no permitirá que algo como esto vuelva a pasar jamás."
Nadie lo notó, pero Isobel había dudado antes de decir aquella frase. La había añadido el ADIC al discurso y ella no estaba de acuerdo. Era una invitación a que hubiera otro atentado, una provocación que no podían permitirse. No antes de desmontar el brazo armado de Orgullo Blanco.
Esa noche, Jubal no había querido dejarla sola, pero Isobel tuvo que hacerse la valiente, por supuesto. ¿Las cosas habrían sido distintas si él hubiera estado con ella cuando la atacaron en su propia casa, en su propio dormitorio? Al menos Jubal no había terminado capturado con ella. O peor, muerto defendiéndola.
—Que te jodan —escupe Isobel tratando de apartarse de su abyecto miedo incontrolable, sus palabras distorsionadas por la mordaza, pero entendibles de todos modos.
—¡Calla, puta!
Y la abofetea. Muy fuerte.
El golpe no la coge totalmente por sorpresa, pero las lágrimas se le saltan y la deja aturdida igualmente. La cara le arde; la nariz le empieza a sangrar.
El hombre la agarra por la pechera de su pijama.
—Vamos a darte una lección —le gruñe a Isobel—. La última de tu vida. Aprenderás cuál es tu sitio. Tendrán que ir a buscar tus huesos al otro lado del muro. —El odio rezuma de su voz y de sus palabras—. Espero que si alguna vez los encuentran, los dejen allí.
Y la suelta, chocándola contra la pared.
La parte posterior de la cabeza de Isobel da duramente contra la dura superficie. Sintió su cráneo quebrarse a la vez que su consciencia.
·~·~·
—¿Se ha vuelto loco, Valentine? ¡No puede seguir con esas redadas indiscriminadas! —increpó el ADIC Hawkins a Jubal.
—Ah, cuando se ha hecho en barrios de inmigrantes no hay problema pero cuando tiramos abajo unas cuantas puertas de radicales de extrema derecha, ¿sí lo es? —replicó Jubal, chorreando sarcasmo.
—Valentine, está usted acosando incluso a personas decentes. Personas sólo supuestamente relacionadas con-
—Seguro. Unos santos. Todos ellos.
El rostro de Hawkins enrojeció, las venas del cuello se le hincharon.
—¿No se da cuenta de que está irritando a mucha gente? Gente que tiene *contactos*, Valentine. ¡Detenga esas operaciones ahora mismo antes de que tengamos que lidiar con las consecuencias! —ordenó, casi fuera de sí.
Jubal tomó aire, absolutamente indignado, las imágenes de las cámaras de seguridad en la casa de Isobel reproduciéndose en sin fin en su mente, despojándolo de su cordura.
Tres hombres irrumpiendo silenciosamente por la puerta trasera, adentrándose en la casa, subiendo a la primera planta, y la alarma, obviamente manipulada, no salta para advertir a Isobel, que sigue durmiendo en su cama. Ella despertándose rodeada de enemigos, demasiado tarde; presentando batalla, pero no la suficiente.
A pesar de la penumbra, a pesar de la fiereza de Isobel, Jubal puede ver el espanto y la desesperación en su rostro, en su forma de moverse mientras intenta defenderse, mientras intenta escapar. Uno de los hombres tiene una porra. La golpea brutalmente una, dos, tres, más veces de las que Jubal se atreve a contar. El impacto en su cabeza priva repentinamente a Isobel de su consciencia; su cuerpo cae laxo sobre la cama.
Uno de los hombres la ata rápidamente de pies y manos con una bridas. Otro se la echa al hombro sin ceremonias y sin cuidado, como si no fuera más que un saco de arena.
Y se la llevan. Las cámaras de la calle han sido convenientemente destruidas. Se la llevan y se marchan en el silencio de la noche sin que sin dejar rastro.
Jubal no podía vivir con la desgarradora idea de que él debería haber estado allí para impedirlo.
Había insistido a Isobel en quedarse con ella aquella noche, pero cuando siguió rechazando, amable pero cada vez más formal, su ofrecimiento, Jubal llegó a sentirse fuera de lugar y desistió.
No debió haberla escuchado. Maldita sea. Al menos debía haber enviado unos agentes a custodiar su puerta. O incluso haberlo hecho él mismo.
—¿Consecuencias? ¿¡Consecuencias!? —estalló—. No le importaron nada las consecuencias cuando ordenó a Isobel dar esa conferencia de prensa, en vez de darla usted. —Recordó con un nudo en el estómago cómo Isobel se había plantado ante las cámaras. Solemne, sombría, temible incluso—. Cuando la usó de herramienta política para su beneficio. ¡Cuando la puso en el punto de mira de esos bastardos! —Exclamó retumbante, haciendo que el ADIC incluso retrocediera un poco. En dos zancadas, Jubal se adelantó hasta que estuvo directamente en su cara. Su voz se convirtió un áspero susurro—. Me importa un carajo quién se moleste y cuántas ampollas levante. Voy a encontrar a Isobel cueste lo que cueste. Ya podrá despedirme cuando la recuperemos sana y salva.
Se dio la vuelta, decidido a marcharse.
—Sólo vas a conseguir que la maten, Valentine —gruñó Hawkins a su espalda.
Jubal apretó puños y dientes. Habría jurado que se le había parado el corazón. Salió del despacho del ADIC sin mirar atrás, dando un portazo.
·~·~·
Inmersa en la niebla del desvanecimiento, Isobel oye a hombres discutir en la habitación de al lado, pero no logra saber lo que dicen. No se distinguen sus palabras a través del muro. Ni siquiera cuando la disputa escala convirtiéndose en agresivos gritos, en órdenes terminantes.
Después, silencio.
La incomprensión, el dolor y el miedo la vencen, e Isobel no puede evitar rendirse al llanto bajo la negra capucha.
No sabe si han pasado minutos u horas, cuando algunas personas vuelven a entrar en la habitación.
Quienes sean la agarran con bruscos tirones y alguien se la carga a la espalda. Isobel intenta resistirse, luchar, pero descubre que está demasiado débil y dolorida. Sus esfuerzos resultan fútiles.
—Terminemos con esto —los oye decirse unos a otros.
La desesperación se la traga sabiendo que tal vez la llevan a su destino final.
·~·~·
Eran poco más de las 6 de la mañana cuando Jubal llegó al 26 Fed desde su casa. No había ido a dormir, sólo a ducharse, cambiarse y coger ropa limpia.
No lo hizo por que quisiera, a pesar de lo mucho que Maggie y Elise insistieron para que descansara. Más bien no había tenido más remedio.
Después de tres días seguidos sin pasar por casa, tres días agotadores de JOC, interrogatorios y detenciones, en una de las redadas, uno de los detenidos le había partido una ceja de un codazo y su última camisa terminó manchada de sangre.
Cruzó la acera hacia la puerta, bebiéndose el café todo lo aprisa que le era posible, aunque estaba casi ardiendo. *Necesitaba* la cafeína.
—¿Ya estás de vuelta? Kelly me ha dicho que no te fuiste antes de las 4 y media —dijo OA a su lado caminando a la par —. Es insensato querer estar a la vez en todas partes, Jubal.
OA tenía razón, pero Jubal no contestó. Aunque estaba exhausto, no habría podido dormir ni aunque lo hubiera intentado. Las palabras de Hawkins lo atormentaban. Con cada registro infructuoso, cada callejón sin salida, la desesperación lo invadía un poco más. Le aterraba que el ADIC terminara teniendo razón y que Isobel simplemente aparecería muerta en alguna parte. Se detuvo para responder a OA y el otro hombre se detuvo junto a él.
Antes de Jubal pudiera verbalizar el torbellino que tenía dentro, algo le hizo girar la cabeza hacia la calzada. No habría sabido decir por qué, deformación profesional probablemente. Un coche oscuro venía muy deprisa por la calle, aprovechando el poco tráfico de aquella hora. No, iba *a toda velocidad*. No tenía matrícula.
Jubal se echó la mano a la pistola en su cadera por puro reflejo. A su lado, OA hizo lo mismo casi a la vez.
El vehículo se aproximó a la acera, y aminoró ligeramente. Una de sus puertas trasera se abrió de golpe. OA y Jubal desenfundaron y apuntaron, esperándose cualquier cosa.
Desde dentro, alguien empujó a una mujer fuera del coche. Cayó rodando duramente contra el asfalto debido al impulso de la velocidad del vehículo. OA y Jubal corrieron hacia ella, mientras el coche se alejaba haciendo chirriar las ruedas.
El corazón de Jubal saltó a su garganta.
—¡Isobel!
Se dejó caer de rodillas junto a ella. OA disparaba contra el vehículo.
Al principio, Jubal incluso vaciló en tocarla. Estaba pálida, inmóvil, cubierta de arañazos y golpes; tenía una herida abierta en la cabeza. Las peores pesadillas de Jubal se materializaban ante él.
—No... Isobel... —jadeó.
Ella tosió débilmente, temblando. Jubal respiró de nuevo pero apenas logró encontrarle el pulso.
—Jubal... Ayúdame... —dijo en un débil delirante susurro.
Él casi entró en pánico.
—¡Llamad a un médico! ¡YA! —bramó a la poca gente que se acercaba a su alrededor —. Isobel... abre los ojos, por favor.
Los párpados de ella se agitaron un momento, pero permanecieron cerrados. Su sangre se derramaba por la acera.
—Isobel —la llamó cogiéndole la mano. Quería envolverla en sus brazos pero no se atrevía a moverla. ¿Y si tenía una lesión de columna, una fractura en el cráneo? Sintió que se desgarraba por dentro—. Por lo que más quieras, Iz, no te rindas—suplicó —. Quédate conmigo... No te rindas...
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Estaba oyendo un pitido rítmico, constante, y lo primero que pensó Isobel fue que se había dejado la nevera abierta.
Intentó abrir los párpados, pero eran como losas de piedra. El resto de su cuerpo se sentía aún más pesado. Estaba tumbada, cálida y cómoda, al menos. Tras varios intentos, logró abrirlos. Al mirar alrededor, aunque sin mover la cabeza, supo que estaba en una habitación de hospital.
—Quédate conmigo... —oyó una voz murmurar.
Reconoció la voz de Jubal de inmediato. Estaba dormido, sentado a su lado, la cabeza apoyada en los brazos, sobre la cama. Al encontrarlo allí, al ver el mal aspecto que tenía, pálido, ojeroso y sin afeitar, Isobel sintió un pellizco de consternación dentro del pecho. Y de algo más que no debía permitirse sentir.
—¿Jubal...? —lo llamó.
O eso intentó, en realidad sólo emitió un ronco gemido. Sentía la boca como llena de algodón. Él se despertó de inmediato, alzando bruscamente la cabeza. La miró a la cara y el principio de una esperanzada sonrisa se dibujó en sus labios.
—Isobel... —suspiró.
Lágrimas de alivio acudieron a sus ojos. La mirada de Isobel quedó atrapada en ellos, prendada por la miríada y la intensidad de las emociones que despidieron... hasta que su seca garganta la hizo toser levemente.
Jubal parpadeó y salió corriendo, llamando un médico.
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—Ha resultado en 16 detenciones, de momento. Hemos incautado docenas de armas automáticas y 42kg de explosivos —explicó Tiff—. Estos tipos tardarán en volver a dar problemas.
Sus cuatro agentes rodeaban la cama de Isobel. No querían dejarlos pasar todavía, pero le habían insistido a Jubal, y él había logrado ganarse a las enfermeras para colarlos cinco minutos y que pudiera verla.
—Todo gracias a que Jubal —dijo OA— nos ha tenido tres días removiendo Roma con Santiago, buscándote por todo el estado.
Jubal, apoyado contra la pared, bajó la cabeza.
—Y dando trabajo a los carpinteros locales a base de tirar puertas abajo —bromeó Stuart—. De hecho, creo que el primo de Jubal es carpintero.
Todos dejaron escapar la tensión con risas quedas, todavía la preocupación ensombreciendo sus cansados ojos, muy conscientes de lo cerca que habían estado de no volver a ver a Isobel nunca más.
—La gente del JOC te manda abrazos y mucho ánimo —añadió Maggie apretándole suavemente a Isobel el brazo—. Todos nos alegramos mucho de tenerte de vuelta con nosotros...
*Con vosotros*, pensó Isobel sin aliento. Le habría sido difícil explicar lo que sintió en aquel momento. Le avergonzaba, pero tenía que reconocer que el desprecio y el odio con los que el supremacista había llenado sus palabras la habían dañado por dentro, abriendo una vieja pero profunda herida. "Si eres de México, ¿qué haces aquí?", "Vuélvete a tu país", "No te queremos aquí"... "Aquí sobras". Pero entonces Maggie había dicho "con nosotros" y todos los demás habían asentido.
Sí, eso era. *Donde de verdad pertenezco. Con todos ellos. Con mi gente. Éste es mi lugar*. Los miró uno a uno con honda emoción anudada en su garganta y lágrimas en los ojos.
Se oyeron dos toques en la puerta, y ésta entonces se abrió dando paso a un doctor que se parecía a Night M. Shyamalan.
—Por favor, ¿podrían salir de la habitación? Tengo que hablar con la Sra. Castille —pidió amablemente.
Los cuatro agentes abandonaron la estancia.
Ya en la puerta, Maggie intercambió una mirada extrañada con OA, porque Jubal permaneció en la habitación, y el doctor no le dijo nada.
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El doctor terminó de hacerle el examen neurológico a Isobel y tomó unas cuantas notas más.
Le habían hecho un par de pruebas, y era la primera vez que el médico se sentaba a hablar con ella.
—De momento parece que todo está bien Sra. Castille. No veo nada preocupante en sus reflejos ni en sus funciones motoras o cognitivas. Los arañazos y contusiones no tardarán mucho en curarse. Y, como les decía, la muñeca rota no va a requerir cirugía.
Como para incluirlo en la conversación, se giró un momento hacia Jubal quien, de pie junto a la pared, suspiró visiblemente aliviado. A Isobel le parecía curioso que el médico le hubiera permitido quedarse. No es que ella tuviera ninguna queja al respecto. La presencia de Jubal le resultaba maravillosamente tranquilizadora.
El doctor volvió a dirigirse hacia Isobel.
—De todos modos, le volveremos hacer un TAC dentro de unos días y seguiremos viendo su evolución. Los traumatismos en la cabeza pueden ser engañosos. Nada de movimientos bruscos, ¿de acuerdo?
Espero a qué Isobel le contestara con un dócil "Sí, doctor". Yendo hacia la puerta se detuvo junto a Jubal y le dijo que cuidara de que no hiciera ningún sobreesfuerzo.
—Avíseme inmediatamente si ve cualquier signo extraño como parálisis facial, afasia o pérdida del enfoque de la vista —le indicó—.Tenemos razones para ser optimistas —añadió poniéndole una mano en el brazo a Jubal en un gesto de empático apoyo—. Les dejaré un poco de intimidad.
Y salió de la habitación.
Isobel se quedó mirando a Jubal un tanto desconcertada, mientras él se acercaba al borde de su cama.
—¿"Intimidad"?
—Sí... aaah... Bueno... —Jubal bajó un momento los ojos—. No querían dejarme quedarme aquí contigo así que puede que haya dicho que... Que estamos prometidos.
La ventana tenía las cortinas echadas, pero Isobel pudo distinguir que Jubal se ruborizaba levemente.
—Oh —fue todo lo que Isobel pudo contestar.
Era peculiar que Jubal hubiera escogido aquel parentesco en particular, cuando podría haber dicho que era su hermano o cualquier otro pariente...
—Sí... —Se aclaró la garganta—. Eeeh... Lo siento. Les contaré la verdad en cuanto pueda. —Se hizo un silencio incómodo—. Pero me gustaría que me dejes quedarme por aquí y... ayudar. En lo que pueda. Por favor.
—Jubal, no tienes que cuidar de mí, —dijo Isobel con un tono entre paciente y condescendiente—. Tú necesitas descansar. Maggie me ha contado que te has pasado aquí días enteros. —Jubal pareció abochornado ante aquella revelación—. Y yo estoy bien.
El cejo de él se frunció de repente e Isobel se habría avergonzado de tener que confesar que se sintió intimidada.
—Tu corazón se detuvo en la ambulancia de camino de hacia aquí, Isobel- —Se le quebró la voz—. Casi me volví loco- —Agachó la cabeza un momento, avergonzado de haber dicho aquello—. Quiero decir que eso es lo más lejos que se puede estar de "estar bien" sin estar...
*Muerta*. No llegó a decirlo.
Isobel se miró las manos, sobre el regazo, abrumada por los terribles recuerdos de su cautiverio. De pronto le costaba mucho respirar.
—Lo siento —se apresuró Jubal a decir, con la garganta agarrotada—. Lo siento. Por supuesto, tú no tienes la culpa. Esos... Malnacidos... no tienen el más mínimo derecho a creerse mejor que tú. Hawkins no debería haberte puesto en esa situación. Y yo... Yo tenía que haber estado ahí... —tragó con dificultad—. Prácticamente, dejé que te secuestraran. Lo siento... lo siento tanto —murmuró, arrasado por la culpa.
Isobel tomó aire y logró controlar las lágrimas, calmar un poco sus estresadas pulsaciones.
—Jubal... Creo que no eres consciente de que me has salvado la vida. Gracias a esas redadas es que estoy aquí ahora. —*Y no pudriéndome en el desierto al otro lado de la frontera*. No logró controlar del todo un escalofrío—. Los oí hablar entre ellos cuando me llevaban al 26 Fed... La presión que ejerciste sobre Orgullo Blanco, sobre cualquiera remotamente relacionado, creó un cisma entre ellos. Algunos decidieron que... que no querían cabrearte más.
Lo dijo encogiéndose de hombros con un leve tono de humor negro y una doble dosis de admiración. Su sonrisa fue contagiosa.
A Jubal se le escapó una risa entre dientes.
—Estaba *muy cabreado* —reconoció pasándose la mano por la nuca.
—Eso he oído —dijo Isobel, divertida.
Sus ojos brillantes le cortaron a Jubal la respiración.
Jubal carraspeó.
—Bueno, iré... Iré a decir que en realidad no soy... Ya sabes.
Quizás fuera la medicación pero Isobel sintió una calidez expandirse dentro de ella. Le sonrió con ternura. Alargó el brazo con cuidado y lo detuvo, cogiéndolo de la mano.
—No corre prisa...
~.~.~.~
Prompt: Isobel es secuestrada por unas horas o días, y luego es empujada fuera de un vehículo en movimiento frente al 26 Fed.
