Aclaración, esta historia se sitúa en el universo del manga y tiene lugar tiempo después del regreso de Kagome a la época Feudal.

¿Por qué me guie por el manga? La respuesta será dada conforme avance la historia.

¡Qué los disfruten!


Rosas rosas y rojas

- ¡Keh! Todavía no comprendo porque tenemos que hacer esta tontería. - pronunció, con sus manos en su haori, sin detener sus pasos.

- Inuyasha, ¿Cuándo dejarás de ser tan desconsiderado? - respondió Miroku con sus ojos cerrados. - Te aseguro que a la señorita Kagome le va a encantar.

- Ese no es el problema. - gruñó. - Es sólo... que yo no hago estas cosas.

- Por eso mismo, sólo piénsalo, ella se va a sorprender mucho cuando te vea llegar con un ramo de rosas, después de todo, es el día de San Valentín o como se llame.

- Aquí no tenemos eso aún. - continuaba mostrándose reacio a la idea.

- Lo se, pero es una linda tradición de su época, además, es una buena excusa para poder tener...

- No quiero saber más. - intervino, desviando su mirada. - Lo último que quiero es escuchar sobre tus deseos pervertidos.

- Por favor, Inuyasha. - lo miró, arqueando una ceja mientras una sonrisa se formaba en sus labios. - No me digas que tú y la señorita Kagome no han...

- ¡Eso no te interesa! - gritó, sonrojándose completamente.

La realidad era que, hacia tiempo, que ambos se habían enredado en las sábanas, sin embargo, no era un tema que deseara charlar con alguien, mucho menos con Miroku.

- Bueno, eso me da la respuesta. - se burló. - Mira, ahí hay un par de arbustos. - se dirigieron hacia los rosedales que se elevaban en el medio del bosque.

Mientras tanto, en la aldea...

- ¿Se siente mejor señora Azumi? - preguntó, arrodillada frente a sus pies.

- Si, mucho mejor, hija, muchas gracias.

- De acuerdo. - se puso de pie. - Con este ungüento el dolor de su pie se desvanecerá poco a poco. - le extendió el pequeño tazón con aquel espeso elemento.

- Nuevamente, gracias querida. - sonrió. - Al parecer ya estoy grande para estas cosas.

- No se preocupe. - le devolvió la sonrisa. - La edad nunca será un impedimento, sólo debe tener cuidado.

- Lo haré, tú también cuídate mucho.

- Muchas gracias, señora Azumi. - le dedicó una última sonrisa y salió de su casa, dirigiéndose hacia el hogar de la anciana Kaede.

- ¡Señorita Kagome!

Volteó ante las voces de las niñas que pronunciaron su nombre al unísono.

- Kin, Gyo. - se puso de cuclillas, recibiéndolas en sus brazos.

- Niñas, no molesten a la señorita Kagome.

- Tranquila, Sango, no me molestan. - se puso de pie, tomándolas de las manos.

- Buenas tardes. - sonrió. - ¿Hacia donde ibas?

- La señora Azumi se torció el pie mientras recolectaba verduras, asique le di un ungüento que la señora Kaede había preparado, me dirigía a su casa.

- Pobre señora Azumi, espero que se recupere pronto.

- Lo hará... Oye, ¿sabes hacia donde se fueron Inuyasha y Miroku?

- Bueno... su excelencia me dijo que tenían que ir a la aldea vecina por un supuesto avistamiento de un yokai, quise acompañarlos, pero no me dejo. - se encogió de hombros.

- ¿No te parece extraño?

- No. - entrecerró sus ojos - Al parecer, ese monje mañoso no pierde las mañas.

- Estoy segura de que ha cambiado un poco. - sonrió, cerrando su mirada.

Momentos después, llegaron a la casa de la anciana, en donde ingresaron.

En una zona del bosque, un poco alejada de la aldea...

- Oye, Koga, ¿Qué hacemos aquí? - preguntó Ginta.

- Si, estamos muy lejos de la madriguera. - acotó Hakkaku.

- Shhh, dejen de quejarse. - los miró por sobre su hombro.

El aroma de Kagome se encuentra cerca... de vez en cuando, me gusta asegurarme de que se encuentre bien.

- ¿San Valentín? - la voz de un aldeano, que transitaba por el sendero que se encontraba a unos metros de su ubicación, lo sacó de sus pensamientos.

- Así es, eso fue lo que dijo la sacerdotisa. - respondió su acompañante. - Al parecer, es una fecha para que le regalemos flores a nuestras esposas, oh y también nombró algo llamado chocolate.

- ¿Chocolate? ¿Y que es eso?

- No tengo idea.

Con que flores, ¿he?

Sonrió, volteó y comenzó a correr, adentrándose en el bosque.

- ¡Koga! ¡¿A donde vas?!

Sus amigos comenzaron a seguirlo.

Unas horas más tarde, ese mismo día...

- ¿No crees que es muy estúpido dejarlas aquí?

- Inuyasha. - suspiró. - A veces no comprendo como hace la señorita Kagome para soportarte.

- ¡Hugh! - se sonrojó, escondiendo sus brazos en su haori. - No soy así con ella.

- Tiene razón. - ambos miraron hacía arriba. - Siempre se pone como tonto cuando esta con Kagome.

- ¡Ahg! ¡Shippo! - gruñó. - ¡¿Qué demonios estas haciendo aquí?!

- Sólo quería saber que se traían entre manos ustedes dos. - se lanzó de la rama. - ¿Estas flores son para las chicas? - preguntó, mirando los ramos escondidos detrás del árbol.

- Eso no es asunto tuyo.

- Ay Inuyasha... he sido entrenado para tener una paciencia infinita, pero tú te empeñas en desafiar todo lo que he aprendido. - suspiró, cerrando sus ojos. - Así es, Shippo, esta flores son para Sango y la señorita Kagome, si todo sale bien, se las daremos al atardecer.

- ¿Y por qué lo esconden detrás del árbol sagrado?

- Bueno, este lugar es muy especial para Inuyasha y la señorita Kagome. - sonrió, mirándolo con picardía. - Y, en mi caso, no tengo otro lugar.

- Inuyasha. - sonrió, elevando sus cejas. - No sabía que tenías un lado romántico.

- ¡Qué no lo tengo! Miroku me obligó a hacer esto.

- No recuerdo haberte puesto una soga al cuello para que me siguieras...

- ¡Keh! No se que hago perdiendo mi tiempo con ustedes dos. - volteó, con la intención de irse, sin embargo, se detuvo de repente, abriendo sus ojos de par en par. - No puede ser...

- ¿Qué sucede? - preguntó el monje.

Lo que me faltaba...

Frunció el ceño, al mismo tiempo en que comenzaba a correr en dirección de la aldea.

- ¡Inuyasha! - gritó. - ¿Y ahora que le paso?

- Creo que percibió el olor de Koga. - respondió Shippo, subiéndose sobre su hombro.

- ¿Koga?

- Si, al parecer está en la aldea.

- Bueno, eso explica todo. - suspiró, dando los primeros pasos para regresar.

Mientras tanto, en la casa de la anciana Kaede...

- Tenga. - extendió el pequeño tazón.

- Muchas gracias, Rin. - sonrió, bebiendo un sorbo de té.

- Kagome, ¿mañana podrías acompañarme al campo de hierbas medicinales? Necesito recolectar algunas.

- Por supuesto, señora Kaede.

- ¡Oye! - gritó Gyn.

- Niñas, tranquilas. - intervino Sango. - Sean suaves, sobre todo con Hisui, él aún es muy pequeño.

- ¡Claro mamá! - sonrió Kin, mientras regresaban a sus juegos, en la puerta de la casa.

- Han crecido mucho, ¿no crees?

- Si. - sonrió. - A veces me cuesta creer lo rápido que ha pasado todo desde que derrotamos a Naraku. - pronunció con nostalgia.

- Lo importante es que hemos logrado tener una vida tranquila. - acotó la miko, con su mirada perdida en el suelo.

- ¡Señorita Kagome! ¡Señorita Kagome! - gritaron al unísono.

- ¿Qué sucede niñas?

- Hay alguien afuera que quiere verla.

- ¿Alguien que quiere verme?

- ¡Si! No lo conocemos, pero tiene una vestimenta extraña.

- ¿Vestimenta extraña? - compartió una mirada de confusión con Sango, al mismo tiempo en que ambas se ponían de pie y salían.

- ¡¿Koga?! - pronunció, abriendo ampliamente sus ojos. - ¿Qué haces aquí?

- ¡Hola Kagome! - sonrió, manteniendo su brazo detrás de su mano. - Pasaba cerca de aquí y decidí venir a verte, espero que no te moleste.

- No... no, para nada. - sonrió. - Es bueno saber que estas bien.

- Ten... - extendió su mano, la cual sostenía un gran ramo de rosas rojas. - Feliz San Valentín.

- Oh, es un gran ramo. - dijo Sango, sorprendida.

- Vaya... son... hermosas... no debiste molestarte. - las tomó, observándolas.

- Oye, Ginta, ¿no crees que esto es muy arriesgado? - preguntó, mirando la escena detrás de unos árboles. - Quiero decir, ¿Qué sucedería si Inuyasha apareciera?

En ese momento sintió un golpe seco en su cabeza, en el mismo momento en que el híbrido pasaba por su lado.

- Bueno... ahí tienes la respuesta. - acariciaba la zona golpeada.

- ¿De verdad te gustan? - sonrió.

- Si, son muy bonitas. - le devolvió la sonrisa.

- Eso me hace muy feliz, Kagome. - tomó sus manos. - Desde hace mucho tiempo que quería volver a verte.

- Repito, no debiste molestarte. - rio, incómoda.

- ¡Maldito sarnoso! - ambos voltearon ante la voz del hanyo. - ¡¿Qué demonios estas haciendo aquí?! - desenvainó su espada, chocándola contra el suelo debajo de los pies del lobo, quién la esquivó de un salto.

- ¡Ja! Ya se me hacía extraño el no percibir tu apestoso olor, bestia desalineada.

- Infeliz, pensé que no volvería a ver tu fea cara por aquí.

- Pues lo lamento, pero vine a saludar a mi futura mujer.

- ¡¿Tú qué?! - apretó sus dientes. - ¡Ella es mi mujer, idiota!

- Por el momento, sólo es cuestión de tiempo hasta que se canse de tu pésimo humor. - se cruzó de brazos.

- Vaya, suena muy convencido. - murmuró Sango.

- Esto es muy cansado. - suspiró, cerrando sus ojos.

- Sobre mi cadáver, sarnoso... - empuñó a colmillo de acero. -Y si piensas lo contrario, ¡pelea!

- Inuyasha... abajo. - el rostro del peliplata se estrelló contra el suelo.

- Bah, nunca vas a cambiar, ¿verdad? - volteó, observando a Kagome. - Ya tengo que irme, hermosa, prometo que vendré a visitarte pronto.

- Muchas gracias, joven Koga, pero no es necesario. - aquella risa incómoda emergió nuevamente.

- No me extrañes mucho. - tomó su mano por última vez. - Estaré pensando en ti. - la soltó y comenzó a correr en dirección al bosque.

- Ese... ese maldito pulgoso... - se puso de pie. - ¡Regresa cobarde!

- ¡Inuyasha! - lo regañó. - No es necesario que continúes la pelea, ya se fue.

- ¡Feh! ¿Vas a conservar ese ramo?

- Bueno... son muy lindas, ¿no crees Sango?

- Si, están hermosas, al parecer Koga se esforzó mucho en hacer algo lindo.

- ¡Bien! ¡Como quieras! - gritó, alejándose rápidamente.

- ¿De verdad se molestó por esto? - preguntó Kagome, incrédula.

- ¿De verdad te sorprende? - sonrió su amiga. - Inuyasha jamás podrá ocultar los celos que siente por Koga. - se encogió de hombros - Será mejor que pongas esas flores en agua o van a marchitarse.

- Tienes razón. - ambas ingresaron a la casa de la anciana Kaede nuevamente.

De todas las personas en este maldito lugar tenía que ser Koga el que le regalara un ramo de rosas.

Pensaba, mientras se alejaba a toda velocidad. En el camino, se topó con Miroku y Shippo.

- Inuyasha, ¿Qué sucedió?

- ¡No molesten! - gritó, pasando rápidamente por su lado.

- Al parecer ya se encontró con Koga. - acotó el niño, mirándolo alejarse.

Más tarde, en el atardecer del Japón Feudal...

Qué extraño, Inuyasha aún no ha regresado... ¿verdaderamente estaba tan molesto?

Pensó, observando el atardecer desde la entrada de su hogar.

- De todos los días que existen, debía enojarse justo hoy. - murmuró, mientras un dejo de decepción se apoderaba de su pecho.

Sus ojos volvieron a posarse en el horizonte, hasta que alguien se atravesó en su camino.

- Buenas tardes, señorita Kagome. - le sonrió Miroku, mientras se dirigía hacia su casa, con un ramo de rosas rosas en su mano. - Qué descanse.

- Buenas tardes, joven Miroku. - le devolvió la sonrisa, observando las flores. - Usted también, descanse.

Al menos Sango tendrá un hermoso regalo.

- Oye, Kagome...

- ¿He? - miró a su alrededor. - ¿Inuyasha? - salió, elevando la mirada hacia el techo de la casa, en dónde él estaba parado. - ¿Qué haces ahí?

Sin responder, se lanzó y comenzó a caminar.

- Sígueme.

- ¿Sucede algo?

- Sólo... ven.

Sin cuestionar, lo siguió hasta el bosque, en donde ambos se detuvieron.

- Es el árbol sagrado... ¿Qué hacemos aquí?

Nuevamente, sin responder, él rodeó el tronco de aquella planta y, segundos después, reapareció, con un ramo de rosas rosas.

- ¿Qué? - murmuró, tapando su boca con una mano. - ¿Son para mi?

- Por supuesto que son para ti... - extendió el ramo. - Feliz San Valentín, Kagome.

- Inuyasha... - las tomó, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.

- Tal vez no son tan lindas como las que Koga te regaló, pero...

- Son perfectas. - intervino, acercándose y abrazándolo. - Muchas gracias, Inuyasha... me has hecho muy feliz.

- Kagome... - sonrió, envolviéndola en sus brazos.

Permanecieron en aquella posición durante unos momentos, hasta que ella se separó ligeramente, en busca de sus labios, los cuales se unieron en un pequeño y tierno beso.

- Creo... que es mi turno de darte mi regaló. - sonrió, tocando su pecho de manera sugerente.

- ¿Aquí? - se sonrojó.

- Conozco un mejor lugar. - lo tomó de la mano, llevándolo en dirección de la aldea.

Segundos después, se detuvieron frente a aquella pequeña estructura de madera.

- ¿El pozo?

- Podría ser divertido. - sonrió pícaramente, mientras se sentaba sobre el borde, abriendo ligeramente sus piernas.

Él le devolvió la sonrisa, acercándose, abrazándola y besándola, mientras ella se envolvía alrededor de sus caderas. Sus besos descendieron hacia su cuello, elevándola.

- ¿Qué haces?

- Ahí tendremos más privacidad, ¿te parece?

Ella asintió, por lo que, de un solo salto, se adentró al lugar en donde le darían rienda suelta a todo el amor y pasión que profesaban por el otro.


Por si no se comprendió, en el manga Ayame no existe, por ende Koga se queda solo y es por ello, que aquí aún se muestra interesado en Kagome.

Este One shot participa en la dinámica de febrero "Tu manera de amar", de la pagina Mundo Fanfics Inuyasha y Ranma.

Esta fue mi pequeña participación, le agradezco mucho a las chicas de la página por la invitación y muchas gracias a mis fieles lectores, espero que esta historia haya sido de su agrado3 :)

¡Nos leemos la próxima!