Disclaimer: Los personajes no son de mi propiedad, pertenecen a su creadora Vivienne Medrano (VivziePop).

Pareja principal: Alastor equis Lucifer Morningstar.

Categoría: Maduro.

Género: Sobrenatural, fantasía, suspenso.

Extensión: 10.320 palabras.

Advertencia: He de advertir de antemano que los personajes poseerán un poco de off character, me gustaría decir que en pocas ocasiones, sin embargo, al tomar la libertad de ubicarlos en un montón de contextos diversos, la personalidad de cada uno variará dependiendo de las circunstancias que atraviesan los protagonistas.

Epifanía contiene escenas de relaciones homosexuales, violencia, diálogos inapropiados, sensibles y cualquier contenido que hiera la susceptibilidad del lector, me disculpo de antemano, no recomendado para personas que no saben diferenciar la ficción de los eventos reales.

«La inspiración puede llegar de formas tan pequeñas que si te sientas ahí esperando la gran epifanía, te sentarás ahí por el resto de tu vida».

Irvine Welsh.

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En resumidas cuentas a Alastor le disgustaban muchas cosas. Entre esas… los perros. Desde el punto de vista de un entrenador eran criaturas extremadamente leales. A muchos les gustaba definirlos como adorables. Aunque de tan solo pensarlo le hacía vomitar sangre. Por supuesto… para un cazador, un perro de caza siempre era la mejor opción. Sin embargo… el ser una presa era el mismísimo infierno.

La herida de bala que tenía a su costado le dolía como la mierda. No obstante, gracias al desagrado que sentía por los canes, la mordida de su pierna izquierda era sin duda la peor. La hija de puta iba a dejarle una enorme cicatriz.

Desde luego… si salía vivo de ese maldito bosque.

Alastor siempre había actuado en solitario. Era un hombre de pocas palabras con un círculo estrecho de conocidos. Entre esos Mimzy. La protagonista de su desgracia. Alastor no odiaba a la cantante. ¿Cómo podría hacerlo? Era adorable. Le aborrecía tener que limpiar su mierda cada vez que metía la pata.

De salir con vida de esa persecución la iba a matar. Dios sabía que iba a sacar cada órgano de su maldito cuerpo con el propósito de exhibirlo en el club en donde actuaba.

Alastor forzó sus pulmones a respirar aire fresco en el momento que ingresó a la devastada e insólita edificación. Gracias a la oscuridad de la noche e incluso de las gruesas gotas de agua lluvia el asesino no pudo darle forma a la misma.

A pesar de toda esa mierda… era un maldito techo encima de su cabeza. De lo único que tenía que preocuparse era de poder detener la hemorragia que causó la herida de la bala y evitar milagrosamente que el perro de caza lo rastreara hacia allí.

Francamente no estaba del todo seguro que la lluvia pudiese eliminar por completo el olor de la sangre. Todavía seguía consciente gracias a la pura adrenalina. Sin embargo… en el momento que él cayese producto del intenso dolor. Alastor estaba seguro que iba a morir.

Iba a perecer de la forma más vergonzosa posible.

La puta madre… Mimzy.

¿Quién en su sano juicio oculta a su verdadero amante culpando a su maldito compañero de copas?

Alastor estaba seguro que el esposo de la maldita cabaretera intentó dispararle tres veces en la cabeza.

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En el transcurso de la madrugada Alastor recobró la consciencia aproximadamente tres veces. Quizá fueron más; sin embargo, no estuvo del todo seguro. Después de todo, él estaba al borde de la muerte.

En la primera ocasión escuchó la voz de un hombre hablando con alguien más. No… no era alguien era algo. Aquello que sintió era en definitiva el jadeo que ocasionaba un animal grande. Alastor se asustó porque sospechó que se trataba del perro de caza.

No obstante… esa no era la voz del esposo de Mimzy. Alastor escuchó durante toda la noche las maldiciones que el hombre le escupió hasta el punto que reconocía a distancia si se trataba de él o no.

Alastor estaba con alguien más.

En la segunda ocasión que Alastor recobró la consciencia escuchó una dulce melodía que provenía de la voz que habló con el animal hace aproximadamente un par de horas atrás. Aquel hombre cantaba una canción que él no reconoció. Quizá… porque su cabeza no estaba del todo despierta que él filtraba cada palabra que el hombre pronunciaba.

Aunque él era capaz de identificar tanto el sonido de la melodía como sentir las manos del hombre que se deslizaban cerca del lugar dónde se encontraba la herida de la bala.

Alastor intentó moverse como señal de advertencia. A él le disgustaba que otras personas lo tocaran deliberadamente e inclusive cuando se encontraba semi inconsciente después de haber estado desangrándose en el suelo al igual que una rota bolsa de sangre desechable de la Cruz Roja en Londres.

La incómoda sensación de calor que ascendió desde su espalda hasta su cuello le obligó a quedarse quieto. A pesar de ser confortante se sentía inusual. En especial, porque él estaba consciente que estaba lloviendo a cántaros. Además… ni siquiera había una fogata encendida cerca.

—Vas a volver a abrir tu herida como te muevas descuidadamente. —Alastor se hundió en la cálida tela que lo estaba envolviendo. Aquella masculina voz se escuchó demasiado cerca de él—. Te prometo que vas a estar bien… ¿por qué no vuelves a dormir?

Alastor resopló con burla. ¿Quién demonios se creía que era? Volver a dormir era lo último que él iba a hacer. No estaba dentro de sus planes quedarse a merced de un total desconocido. Alastor no podía darse el lujo de confiar en alguien a esas alturas de su vida.

Por mucho que ese hombre le hubiese cubierto con una frazada para dormir o cantado una canción de cuna mientras acunaba dulcemente su mejilla contra la palma cálida de su pequeña mano. Alastor iba a permanecer consciente hasta descubrir cuáles eran los planes de ese desconocido.

En la tercera ocasión que recobró la consciencia se cagó en dios.

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Alastor no estaba del todo seguro de cuánto tiempo transcurrió desde la última vez que recobró la consciencia. Lo hizo un par de veces después de aquella frenética noche. De eso estaba totalmente seguro; sin embargo, él estaba lo suficiente devastado para organizar su tren de pensamientos.

De lo único que el locutor de radio estaba seguro es que no estaba solo. Aquel hombre siguió a su lado obstinadamente. Alastor todavía recuerda las veces que en medio de la inconsciencia intentó alejarse de él o evitar que tocara la herida de su costado. Todavía recordaba el desagradable sabor de la hoja que colocó debajo de su lengua para evitar la inflamación o el picor en su pierna para cubrir la cicatriz de la mordida.

A pesar de todo eso… lo que más recordaba era la calidez que desprendía su piel. Alastor se comportaba como un niño caprichoso hasta que la mano del hombre tocaba su piel directamente. Aquel desagrado que sentía desaparecía tan rápido como llegaba. A veces era en su frente, otras veces en su mejilla.

Alastor mentiría al decir que inconscientemente no buscaba ese calor.

—¿Por qué te estás comportando como un niño pequeño? —Alastor recordó que gruñó en esa ocasión ofendido por lo que el hombre había señalado. Y aunque eso fuese cierto… debía de guardarse sus pensamientos para si mismo.

Justo después de ver la expresión malhumorada de Alastor, o eso fue lo que el asesinó pensó, porque el hombre se mantuvo en silencio un buen rato. Escuchó una risita que se quedó en su cabeza durante un par de horas después.

—Todavía no puedes mantenerte despierto. ¿Por qué no vuelves a dormir? —Y cómo si hubiese leído la pregunta que se formuló en la cabeza de Alastor agregó—: estaré aquí la próxima vez que despiertes.

Alastor confió en él. Después de todo, no se marchó de su lado en todo el tiempo que él pasó inconsciente.

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No obstante… cuando logró recuperar la consciencia un par de días después: él no estaba allí.

Alastor tardó alrededor de media hora en lograr sentarse. No sabe con exactitud cuánto tiempo estuvo acostado en el rígido suelo de la destruida edificación. A pesar de ello descubrió la razón por la que no se sentía tan tosco o helado.

La gruesa tela blanquecina que sirvió como una cama provisional estaba tendida debajo de él en compañía de un par de almohadas de algodón que se encontraban distribuidas a lo largo de la ropa. Una de ellas cerca de su estado en donde la herida de la bala se encontró alguna vez, mientras que la otra se hallaba debajo de la pierna que el perro de caza había herido con su mordida.

Alastor también descubrió un par de cosas más cuando enfocó su mirada más allá de dónde él estaba. Cerca de un par de bancos de madera destruidos se encontraba una pequeña olla hirviendo un montón de plantas extrañas que él no logró identificar de qué se trataban.

Al mismo tiempo acertó en precisar a don de había llegado a parar la noche que le dispararon. Aquel lugar se trataba de nada más ni nada menos que la iglesia abandonada de Nueva Orleans, la cual se encontraba en lo profundo del bosque a las afueras del a ciudad.

La iglesia no era grande por dentro. Cerca de él se encontraban varios bancos polvorientos de madera amontonados uno encima de otro. Mientras que detrás de ellos el altar destruido se mostraba. Alastor no vio ninguna cruz en la pared. No obstante, por la forma en la que el sagrario se encontraba pudo deducir que se trató de una iglesia católica en mejores tiempos.

Además de los grandes ventanales destruidos nada le llamó la atención.

¿Ventanales destruidos?

Alastor desvió su atención a los grandes ventanales que decoraban la devastada edificación. A través de ellos se filtraba el sol descaradamente mientras iluminaba cada espacio dentro de la capilla. De no haber estado consciente hace un par de noches atrás ese detalle lo hubiese pasado desapercibido.

Sin embargo… Alastor lo recuerda con claridad.

Aquel maldito día estaba lloviendo a cántaros. Alastor recordó que la segunda vez que recobró la consciencia escuchó la lluvia con una presión terrorífica. Era imposible que la misma no se hubiese infiltrado en la iglesia a través de los ventanales. Además… del calor. La tela que todavía estaba protegiéndolo del contacto directo con el suelo no pudo haber calentado hasta el punto de imitar con tanta exactitud una chimenea.

Todo eso era extraño.

—¿Huh? —Alastor se tensó al escuchar una voz detrás de él. Ni siquiera lo había escuchado llegar. ¿Cómo era eso posible? De lo que él estaba más orgulloso era de su pródigo sentido auditivo—. ¡¿Qué estás haciendo sentado?!

Alastor escuchó un sordo sonido. Algo que lo provocaba un objet extremadamente pesad cuando se estrellaba contra el suelo. Además… un par de manos envolvieron sus mejillas con una facilidad que le erizó la piel.

—Te he preguntado… —La voz que tanto tiempo tardó en darle un rostro por fin estaba frente a él—. ¿Qué estás haciendo sentado? Vas a abrir tu herida.

Aquel hombre era mucho más joven de lo que él pensó que podría ser. Mucho más pequeño también. Tenía un precioso cabello rubio peinado hacia atrás que le pareció a simple vista sedoso. Además de poseer un par de ojos tan azules como el cielo.

Alastor sintió que la respiración se le fue por completo cuando la nariz del chico rozó con la propia.

—¿Qué estás haciendo? —Alastor no supo que esa desagradable voz ronca le pertenecía hasta que el hombre levantó una ceja después de alejarse de él.

—Comprobando tu temperatura —respondió con una honestidad que casi lo hizo reír. De no ser porque todavía le estaba doliendo cada parte de su cuerpo—. Todavía no ha cicatrizado tu herida.

Alastor siguió observándolo en silencio sin la intención de obedecerlo.

—¿Qué ocurre? —Y esa fue la primera vez que escuchó un tono de voz irritado proveniente del hombre rubio.

—¿Por qué estás aquí?

Alastor no tardó en deducir que ese chico era un idiota. Al ver la expresión de incredulidad que hizo al no entender lo que el asesino estaba preguntando.

—¿Por qué estás aquí? —Alastor volvió a formular la pregunta—. Aquí conmigo —especificó—. No entiendo por qué me estás ayudando. ¿Qué ganas con todo esto?

—¿Debo tener una razón? —La estúpida pregunta que formuló el hombre de cabello rubio le hizo levantar una ceja con incredulidad—. Me refiero a que… Ugh.

—Continúa. —De poder cruzarse de brazos sin lastimarse, Alastor lo hubiese hecho.

—¿Me creerías si digo que la razón principal fue que tu alma me estaba gritando que quería vivir un día más?

—¿Quieres que te rompa la cara? —preguntó con una ceja en alto.

—¡No es una mentira! —gritó exaltado. Fue la primera vez que Alastor sintió un timbre de voz distinto al que estaba acostumbrado—. Hace un par de noches atrás entraste aquí casi muriéndote. En serio pensé que te ibas a morir. Incluso pensé: «quizá deba asistirlo». Pero en ese momento escuché que no querías morir.

» Era una voz tan insistente que me estaba ahogando. Dios… ¡no sabes lo difícil que fue arrastrarte del borde de la muerte hasta aquí! ¿Y así es como me agradeces?

—¿Quieres respirar? —Alastor sugirió después de escuchar la verborrea del rubio sin detenerse.

Alastor esperó pacientemente que el hombre pudiese calmar sus nervios. Tenía el rostro pálido teñido en un rojo anaranjado que competía con el atardecer, gracias a la vergüenza que estaba desprendiendo. Hasta el punto que pensó que alucinó cuando notó un destello carmín a través de los iris ajenos.

—Déjame a ver si entendí. —Alastor no pudo evitar el tono sarcástico que escapó de su garganta—. ¿Me salvaste la vida porque te pedí que lo hicieras? Y no sabes cuánto lamento discrepar contigo. Pero dudo mucho que eso siquiera haya pasado.

—No fuiste tu —insistió el rubio.

—Claro. Había olvidado que lo suplicó mi alma que solo tu puedes escuchar. ¿Te has escapado de algún manicomio?

—¿De dónde? —Alastor iba a abrir la boca con el propósito de burlarse de él cuando al observar su rostro parecía preguntar en serio.

—¿No sabes lo que es una loquería? —Aquel rubio sacudió su rostro de un lado a otro—. ¿Hospital psiquiátrico?

Alastor sintió que quería dispararse ahora mismo. ¿Qué clase de estúpida e inocente bestia lo había arrastrado del borde de la muerte? ¿Iba a hacerlo enloquecer hasta que suplicara por su propia muerte?

—¿Te está doliendo otra vez la herida?

—¿Qué? —Alastor interrumpió su tren de pensamientos cuándo se dio cuenta que el chico estaba otra vez demasiado cerca de él.

—Has hecho esa expresión otra vez. —Alastor contempló con incredulidad como el hombre fruncía el ceño—. Como sin estuvieses estreñido.

—Mi cara no luce tan estúpida como la tuya. —Alastor pudo ver un brillo de diversión en los ojos ajenos.

—No —admitió y le dedicó la sonrisa más brillante que él jamás había visto—. Créeme que es peor que esta.

—Vete a la mierda —escupió.

—Me iré después de que comas algo —accedió fácilmente sin cambiar la expresión de burla que se encontraba en su rostro—. Has dormido aproximadamente tres días. ¿Quizá más? En ese tiempo no has comido nada.

Alastor desvió su atención del rostro excesivamente alegre de aquel hombre con dirección a la singular olla que seguía hirviendo. La idea de tragarse lo que sea que él estaba cocinando no le gustaba del todo.

—Lo que sea que estés cocinando allí no me va a gustar.

—¿Huh? —Alastor contempló fascinado la suave expresión del hombre al desviar su atención de él con dirección al lugar que había señalado.

Al estar tan cerca de él pudo apreciar como las lineas de sus ojos formaron un arco. ¿Cómo podía estar sonriendo en esas circunstancias?

—Obviamente no te va a gustar —respondió finalmente—. No es comida, es tu medicina.

—¿Qué?

—Es tu medicina —repitió suavemente. Alastor comenzó a pensar que ese chico no entendía el sarcasmo o la ironía. Después de todo siempre repetía con calma cualquier cosa que él preguntaba—. Te la he estado suministrando estos últimos días.

—¿Me has estado dando esa mierda mientras he estado inconsciente? —Alastor colocó los ojos en blanco sin creerlo del todo. ¿Cómo no se había dado cuenta antes?

—No es mi mejor receta —admitió con cautela o eso fue lo que Alastor creyó ver a través de su mirada—. Muchas de las plantas medicinales que funcionan allá no son recomendables para el cuerpo humano porque pueden ser venenosas.

» Hice una depuración de cuáles podrían funcionar en este caso al poder conseguirse también en el mundo humano. Me alegro de todo corazón que realmente funcionó. —Alastor no sabía por dónde empezar a quejarse—. Mi otra opción no era realmente viable.

—Dame un minuto. —Alastor volvió a interrumpir el parloteo del rubio—. Tan solo un maldito minuto. —Honestamente, no estaba del todo seguro si debía de mencionar el estado desagradable de la medicina en la olla hirviendo o lo tóxico que se veía ese montón de plantas extrañas que él llamó medicinales.

Dios… tal vez estaba volviéndose loco de tan solo pensar que podrían haber funcionado. Alastor no estaba convencido que la medicina convencional podría haber hecho un avance como ese en el transcurso de tres días hasta el punto de sentir solo un pequeño dolor al costado. Ni siquiera sentía que estaba tan grave como debía de estarlo. Después de todo… le habían disparado con una maldita escopeta.

Alastor estaba vendado con una blanquecina venda. Al mismo tiempo, su cuerpo lucía como si alguien lo hubiese limpiado durante todo el tiempo que estuvo inconsciente e incluso, la cicatriz en su pierna parecía estar curándose, mientras estaba cubierta con una sustancia viscosa de la cuál se advirtió no preguntar sobre que mierda era.

Finalmente… el locutor de radio resolvió dejar la conversación como está. Alastor ni siquiera sabía si quería saber lo que significaba: «mundo humano».

—¿Y qué es lo que comeré? —preguntó sin interés en lo que sea que el rubio hubiese cocinado.

—Puré de manzana. —Alastor observó que el chico se levantó a rebuscar entre las cosas que tenía escondidas detrás de uno de los bancos de madera. Alastor escuchó una exclamación de victoria cuando extrajo un pequeño tóper transparente con una papilla dentro de él.

—¿Puré de manzana?

—Y están recién cosechadas de mi jardín —presumió con una brillante sonrisa sentándose delante de él—. Te va a gustar.

—¿No tienes nada de carne? —Alastor preguntó sin querer mirar durante más tiempo lo que parecía comida vomitada de bebé.

—Todavía no puedes comer nada tan pesado como eso —respondió entrecerrando su mirada con severidad—. Y no empieces a quejarte. Aunque no lo creas la manzana es una fruta que trae un montón de beneficios que pueden acelerar tu tratamiento. En especial las que cosecho en mi jardín.

Alastor bufó con incredulidad, mas no se quejó en voz alta. Con tan solo ver la mirada que el hombre rubio le lanzó lo hizo callar sin oportunidad de replicar en su contra.

—Dame eso. —Quizá no estaba del todo mal obedecerlo de vez en cuando. Alastor descubrió que él tenia la sonrisa más bonita que había visto en toda su vida.

Resultaba tan innatural.

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Alastor se encontraba observando con curiosidad al hombre rubio caminar de un lado a otro en la destruida iglesia. A él le resultaba cómico como es que no tenía ni una sola mota de polvo en su pulcro traje de color blanco.

—¿Vas a seguir ignorando mi pregunta? —Alastor disfrutó de verlo saltar de la sorpresa al escuchar su voz.

—¿Has logrado descansar algo? —Alastor se levantó de hombros en respuesta a su pregunta. Después de practicarlo un par de horas le resultaba mucho más sencillo sentarse. Además… debía de admitir que esa asquerosa medicina estaba funcionando.

—¿Y bien? —Aquel rubio esquivó otra vez su impasible mirada—. ¿Me vas a decir de una vez cuál es tu nombre? ¿Qué estás haciendo en una iglesia abandonada? ¿Y cómo es que sabes preparar una mierda como esa?

Alastor contempló con indiferencia como el pequeño cuerpo tembló frente a él.

—No confío en ti. —Alastor continúo hablando. Descubrió más temprano que tarde que no solo la brillante sonrisa del rubio le gustaba. Verlo desprender tanta inseguridad también era entretenido.

¿Y quién demonios podría culparlo de eso? Alastor nunca tuvo una buena personalidad para empezar.

Era un criminal después de todo.

—No sé que es lo que estás buscando con todo esto. —Alastor señaló la herida en su abdomen—. Y no empieces con que escuchaste mi alma. Te dije que no me creo esa mierda.

—No te mentí… —balbuceó. Alastor tuvo que forzar un poco su audición para identificar lo que estaba diciendo—. De verdad escuché tu alma.

—Vale. —Alastor decidió darle el beneficio de la duda—. ¿Qué demonios eres?

—¡¿Huh?! —Alastor contempló una peculiar expresión que le fue imposible darle nombre.

—¿Qué eres? —repitió—. Ningún humano va por allí escuchando el alma de los demás. Además de ser un fenómeno de circo no podría decir con exactitud que eres.

—¡¿A quién llamas fenómeno de circo?! —Alastor sonrió con burla al ver la expresión de indignación del rubio. Consiguió lo que estaba buscando: enojarlo.

—¿Cómo debería llamarte entonces? ¿Quizá: bicho raro?

Después de ese desagradable sobrenombre el rubio se hundió en un silencio sepulcral. Alastor levantó una ceja con interés. Tal vez lo cabreó lo suficiente para alejarlo de él.

De una vez por todas.

—Tú… —Alastor lo observó en silencio—. Tú… sucio y molesto humano. ¡¿Cómo te atreves a llamarme bicho raro?! ¡A mí! —Alastor contempló con fascinación como el rubio se señalaba en protesta—. ¡Debes de agradecer que una persona tan ocupada como yo tenga tiempo para cuidarte!

—¿Y eso es por algún motivo en especial? —resopló con burla.

—¡Yo soy el Rey del Infierno! —rugió. En ese momento Alastor sintió como la calidez que lo envolvía se enfrió—. ¡Lucifer! ¡Gobernante del Círculo del Orgullo! ¡Y fundador de Lu Lu World!

—¿Lu Lu World? ¿Qué demonios es eso?

—¡¿Y es lo único que vas a comentar?!

Alastor se levantó de hombros. Ciertamente le iba a dar el beneficio de la duda. Lucifer… no. Debía de tachar ese nombre de su cabeza. Lulu era un hombre inusual. Quizá si era un demonio del infierno. Tendría mucho sentido ahora que lo pensaba.

Sin embargo… ¿Lucifer? ¿Aquel ángel caído de la religión católica? ¿No era el ángel más hermoso que había sido creado? Lulu era atractivo. Alastor no estaba interesado en la belleza habitual. No obstante, podía reconocerla cuando la veía. De todos modos… no era ni deslumbrante ni aterrador.

¿Lucifer no era una criatura orgullosa? ¿Por qué estaba cuidándolo?

—¿No me crees... verdad? —La pregunta de Lulu lo sacó de su tren de pensamientos.

—¿Quieres que te diga la verdad? —Alastor resopló cuando vio aquel par de ojos azules regresándole la mirada—. No y no me veas así —agregó cuando Lulu hizo un mohín—. Lucifer ha sido una de las creaciones más hermosas de Dios. Al menos eso es lo que la religión católica ha pregonado. Tu eres demasiado enano para serlo.

Alastor esquivó por poco la manzana que iba con la intención de romperle la cabeza. En ese momento, escupió una maldición porque el movimiento repentino causó que el dolor en su abdomen incrementara. Dirigió su mirada al culpable con el objeto de reclamarle a ese hipócrita que lo estaba lastimado. Sin embargo… no estaba allí.

Lulu había desaparecido.

—Realmente se enfureció —murmuró en un tono de voz burlón.

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Gracias a ese importante descubrimiento el locutor de radio resolvió una duda de las tantas que le formuló a Lulu en los últimos días. Sin embargo… todavía seguían quedado las más importantes que él (¿demonio?) se negó a contestar.

¿Por qué estaba en una iglesia abandonada pese a que era un demonio? ¿Cómo sabía preparar esa medicina?

Lulu se negó a contestar la primera pregunta lo más que pudo. Alastor, por el contrario, podía convertirse en un bastardo insistente en caso de proponérselo. Lulu descubrió más temprano que tarde que esa era su maldita realidad.

—¿Por qué eres tan persistente con eso, Al? —le preguntó mientras le extendía el tóper del almuerzo. Alastor inspeccionó la comida.

—¿Qué es?

—He decidido que puedes empezar a comer carnes blandas —respondió con aquella sonrisa brillante que a Alastor tanto le gustaba—. Hice pechuga de pollo con puré de patatas incluso preparé una compota de manzana de postre.

—¿Hiciste postre? —preguntó elevando una ceja.

—Totalmente natural —Lulu se apresuró a agregar cuando vio la expresión desagradable de Alastor en su rostro—. No te gusta el dulce… lo sé.

—¿Y qué es lo que opina el ilustre Dr. Lulu del café? ¿Cuándo cree usted que pueda retomar el café negro a mi dieta? —Alastor escuchó con satisfacción el suspiro exasperado de Lulu al cual acompañó con una expresión disgustada.

—Todavía no es prudente. —Alastor contempló al demonio que mordisqueaba nerviosamente su labio inferior—. ¿Puedes dejar de llamarle Lulu… por favor?

—¿Por qué? —le preguntó masticando despreocupadamente la pechuga.

—No me gusta… —balbuceó. Alastor lo ignoró, pretendiendo que no lo había escuchado—. No me gusta —habló más alto. Alastor levantó una ceja con los labios humedecidos gracias al jugo de manzana que le preparó Lulu—. ¡No me gusta! Además… —agregó con ese brillo de vergüenza que Alastor aprendió a detectar cada vez que él lo miraba directamente a sus ojos—. No es más que una falta de respeto. Te dije que mi nombre es Lucifer.

—Hm. —Alastor hizo un ruido con su garganta dándole a entender que recordaba que lo había mencionado hace un par de días atrás.

—Te odio. —Alastor esbozó una sonrisa victoriosa. Cada vez que Lulu iniciaba una conversación con esa expresión significaba que iba a contestar una de las preguntas que él siempre le formulaba.

—¿Por qué estás aquí? —Alastor no solo se refirió al «mundo humano» como a Lulu le gustaba llamarlo, sino a la iglesia.

—Hace un par de años atrás fui invocado aquí por un grupo de niños.

—¿De niños? —Alastor levantó una ceja incrédulo.

—¿No lo recuerdas? —Lulu mordisqueó su labio inferior. De la misma forma que lo hacía cuando estaba ansioso. Alastor levantó inconscientemente su mano derecha rozando su pulgar con el labio inferior del demonio.

—¿De qué estás hablando? —Lulu comenzó a reírse nerviosamente—. Lulu.

—No me llames así. —Despeinó con impaciencia su rubio cabello—. Hace un par de años atrás un grupo de preadolescentes creyeron que invocar a un demonio con la sangre de alguien más resultaría divertido.

—¿Te estás refiriendo a mí?

—Si. —Alastor frunció el ceño intentando encontrar en sus memorias ese evento que según él nunca ocurrió—. No lo vas a recordar… lo borré.

—¿Cómo que lo borraste? —preguntó irritado. Alastor en verdad odiaba no saber algo.

—A decir verdad lo escondí. —Lulu alargó su mano colocando la palma de su mano en la frente de Alastor—. En tu subconsciente… creí que no te iba a servir de mucho.

—Deja de hablar un momento. —Lulu obedeció al ver una expresión inusual que adornó el rostro de Alastor—. ¿Cómo es siquiera posible que un grupo de niños invoquen a un demonio?

—No es poco común —le confesó levantándose de hombros—. A algunos demonios les encanta hacer contrato con las almas de los humanos. A decir verdad es bastante sencillo… lo difícil es conseguir a un demonio que esté de humor para jugar.

—¿De humor? —Alastor preguntó con escepticismo.

—Tenemos una vida en el infierno… ¿sabes? —Lulu esbozó una dulce sonrisa que le removió todo el estómago al locutor de radio—. En realidad no es tan literal como lo retratan en la biblia… no vas a arder en el fuego infernal o algo por el estilo.

» Dios… ni siquiera existe el fuego infernal. —Lulu dejó que una risita encantadora escapase de su garganta.

—De todo lo inquietante que me has dicho… —inició Alastor—. ¿No es esta basura lo más creíble?

—Al… —Lulu le advirtió con el ceño fruncido. Alastor le correspondió aquella expresión con una sonrisa burlona.

—¿Puedes regresarme mis memorias?

—No es un recuerdo agradable… —empezó Lulu pero se detuvo cuando la mano levantada de Alastor lo detuvo.

—Son importantes para mí.

—De acuerdo —accedió—. Te advierto que no puedes venir a llorar después.

—Confía en mí.

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Después de recuperar la memoria perdida como él la llamó, no lloró. Lulu si lo hizo. Alastor se olvidó por completo de todo el asunto de la medicina. En ese momento, estaba más interesado en ver la verdadera forma de demonio de Lulu.

—Te juro que no la recuerdo. —Alastor recalcó la primera excusa que usó.

—No es mi problema. —Lulu se negó por décima vez en la mañana—. ¿Quieres olvidar ese asunto?

—No. —Alastor disfrutó de la expresión contrariada de Lulu hasta que algo llamó su atención—. ¿Qué es eso?

—Café. —Lulu levantó el vaso térmico a la altura de la mirada de Alastor. Quién seguía descansando en la cama improvisada.

—¿Disculpa? —Alastor alargó su mano con el objetivo de tomar el vaso térmico pero ésta agarró el vacío cuando Lulu lo alejó de él—. Lulu…

—Prométeme que te lo vas a tomar despacio. —Lulu entrecerró su mirada—. De lo contrario me rehusaré a traer más café.

—Te lo prometo —respondió de inmediato—. Me vas a matar de la ansiedad.

—No seas tan dramático. —Lulu le entregó el vaso térmico después de reírse un poco de él.

Alastor tardó en abrir el vaso. ¿Cuántas semanas habían transcurrido desde que él bebió su última taza de café? ¿Dos? Tan pronto el vapor escapó del orificio más pequeño de la tapa del vaso, Alastor disfrutó del agradable olor del café.

—Dime que no cosechas también café en ese huertito tuyo en el infierno. —Lulu esbozó una dulce sonrisa después de negarlo.

—Lo compré —admitió—. ¿Cómo está?

—Negro —respondió el locutor de radio deleitándose con el sabor.

—Y en tu idioma eso significa que está bien. —Lulu resopló disconforme—. ¿No puedes ser un poquito más amable después de recibir algo que tanto querías?

—Hm. —Alastor dejó de lado el vaso térmico—. Gracias, Lulu.

Alastor contempló en primera fila como el siempre pálido rostro de Lulu se tornaba tan rojo que competía con el color carmín. Era placentero verlo tan avergonzado.

—¿Quieres… dejar de llamarme así? —Alastor tarareó una melodía como si estuviese pensando seriamente en aquella oferta—. ¿Por favor?

—No.

—Ugh… —Lulu llevó su mano derecha hasta su rubio cabello despeinándose con frustración. Alastor observó con diversión el descontento del demonio.

—¿Hoy no me odias? —le preguntó después de observar cómo los hombros de Lulu se desinflaron tras la tensión que él causó.

—No caeré otra vez en tu truco. —Aquel día estaba siendo mucho más firme que otros. Alastor verdaderamente se deleitaba con la actuación de Lulu. Era la (¿persona?) más peculiar que él había conocido en su corta vida.

—¿Todos los demonios son tan inocentes cómo tú? —Lulu suspiró con desesperación.

—Te he dicho un millón de veces que no soy un demonio —Alastor esbozó una sonrisa condescendiente al escucharlo quejarse—. Ángel caído, Al. Te dije que soy un ángel caído.

—¿Y cuál es la diferencia? —Alastor se levantó de hombros—. ¿No vives también en el infierno?

Lulu se sumergió en un silencio sepulcral. Alastor esperó pacientemente a que el demonio (¿ángel caído?) volviese a abrir la boca.

—Al… ¿has escuchado alguna vez cómo Lucifer descendió al infierno?

Alastor se levantó de hombros desinteresadamente—. Hasta conocerte era ateo. —Fue lo más sincero que pudo haber sido desde que lo conoció—. Lo poco que sé sobre la religión es lo que mi madre me inculcó.

—¿Quieres escuchar un poco de mi historia?

Aquel momento fue la primera vez que Alastor sonrió con sinceridad. No estaba burlándose o desestimando la intención del ángel caído. Lulu también pareció saberlo, porque se sonrojó en respuesta.

—No tengo a dónde ir.

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—¡Me cago en Dios! —Alastor exclamó en voz alta cuando la luna llegó a su punto más alto.

—No creo que una blasfemia pueda solucionarlo, Al. —Lulu esbozó una sonrisa tan dulce que le derritió el estómago—. Gracias por enojarte por mí.

—No me enojé por ti —mintió descaradamente. De todas maneras, no sonó del todo convincente. Lulu no dejaba de sonreírle con ternura—. Me enojé de solo pensar que los malditos ángeles querían que la humanidad fuese qué… ¿muñecos de porcelana?

—Creo que es una forma agradable de verlo. —Lulu estuvo de acuerdo.

—¡Já! —exclamó con ironía—. ¿En serio estaban en contra del libre albedrío? —Lulu le restó importancia levantándose de hombros.

—En el cielo existen un montón de reglas.

—Y una mierda. —Lulu esbozó una sonrisa divertida cuando lo escuchó maldecir otra vez—. ¿Por qué mierda te estás riendo?

—Tu enfado es agradable. —Alastor gruñó en respuesta—. ¿Ves?

Lulu volvió a sentarse delante de él. Había estado caminando por toda la capilla a medida que iba contándole toda su historia.

—A veces creo que podrían tener razón… —Alastor levantó una ceja incrédulo cuando lo escuchó—. Nada buen ha traído el libre albedrío.

—¿De qué estás hablando?

Lulu mordisqueó su labio inferior—. La humanidad ha hecho cosas malas con él. Ha degradado incluso a su propia especie. ¿No crees que de no haberle entregado el libre albedrío podría haber cambiado algo?

—No lo creo. —Alastor se levantó de hombros con indiferencia cuando Lulu lo contempló impaciente—. ¿Quieres dejar de mirarme de esa forma? —suspiró.

Lulu esbozó una modesta sonrisa—. Continúa.

—Te hablo desde mi punto de vista. —Alastor empezó—. Desde la perspectiva de un pecador. Creo que de no existir lo que llaman libre albedrío la tierra se convertiría tan sólo en un tablero de ajedrez mientras que las piezas en la humanidad.

» Los ángeles decidirían todo de nosotros: nuestro destino. Nuestras emociones y relaciones. Todo. No podríamos usar nuestra cabeza para pensar o decidir que es lo que más nos beneficia. ¿La restricción no es mucho más peligrosa?

—No existiría el odio.

—Iba a existir igual. —Lulu se paralizó cuando escuchó eso—. Mi mamá me dijo una vez en una de sus emocionantes charlas religiosas que los seres creados por Dios son iguales. Vamos, Lulu… —agregó Alastor al ver la expresión inexplicable del ángel caído—. ¿Los ángeles no odian también?

—¿Tal vez? —respondió dudoso.

—¿Qué es lo que lo hace diferente de los demonios? —preguntó.

—¿No han cometido pecados? —Alastor sonrió entretenido al ver el ceño fruncido en el hermoso rostro de Lulu.

—¿Y quienes son los que establecieron qué es pecado y qué no?

—Los ángeles. —Lulu se quedó un momento en silencio. Después de un minuto levantó su rostro para contemplar con excitación el indiferente de Alastor. Quién al darse cuenta que era el centro de atención del ángel caído se levantó de hombros—. Tú… eres un bastardo pecador —declaró.

—Te lo dije, es mi opinión desde la posición de un pecador. —Alastor esbozó una maliciosa sonrisa—. Los ángeles no son tan diferentes de los demonios. Aunque pueden ser distintos a los humanos.

—¿A qué te refieres?

—La humanidad acepta que no es perfecta. —Alastor alargó su mano derecha para tomar el rostro de Lulu entre sus dedos—. Ninguna creación de tu Dios lo es. Me lo has confirmado. La única diferencia es que nosotros sabemos que hemos cometido un pecado y podemos arrepentirnos de eso o no.

—Y los ángeles creen que son perfectos. —Alastor esbozó una sonrisa después de escucharlo.

—Lo has dicho tu, Cariño.

Lulu mordisqueó su labio inferior angustiado. Alastor se dio cuenta que hizo caso omiso de la forma cariñosa de cómo se refirió a él.

—¿Qué tienes en esa cabeza? —preguntó.

—A pesar de todo eso, la humanidad sigue entrando al infierno. Todo el que comete un pecado aunque se arrepienta irá allí. —Lulu parecía querer hundirse en la desesperación—. No existe otra oportunidad después de la muerte.

—¿Por qué no? —Alastor preguntó ingenuamente—. ¿No sigues siendo almas humanas?

—¿Huh? —Lulu abrió los ojos en sorpresa—. ¿Qué estás diciendo?

—Te lo dije… la humanidad es compleja. Aunque terminen en el infierno por pecar no han perdido la naturaleza humana. En el mismísimo momento que aparezca un nuevo camino lo van a tomar sin dudar.

» La humanidad siempre ha sido así: incorregible.

Lulu empezó a saltar inquieto en su lugar—. Creo que quisiste decir impredecible —corrigió con una encantadora sonrisa.

—Da igual. —Alastor contempló con fascinación como el ángel caído pareció reír con sinceridad—. ¿Te sientes mucho más tranquilo?

—Gracias, Al.

—¿Por qué? —le preguntó con un tono de voz indiferente mientras se volvía a acostar en su cama improvisada para evitar la mirada de Lulu. Alastor no quería que el ángel caído se diese cuenta que tenía un par de manchas rojas adornando sus mejillas.

—Por no culparme.

Aquel locutor de radio esbozó una sonrisa burlona—. Gracias a ti no me convertí en una muñeca de porcelana. —Alastor escuchó la impaciencia del ángel caído gracias al golpeteo de su zapato contra el suelo. Creyó que iba a decir algo más pero después de un momento de silencio el sonido simplemente desapareció.

Lulu se había ido por ese día.

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Alastor colocó los ojos en blanco cuando vio a Lulu empezar a llorar al igual que una madre cuando veía a su hijo caminar por primera vez. En verdad… detestó ver la estúpida cara que estaba haciendo.

—Quita esa tonta expresión —gruñó.

—¡¿Por qué?! —Alastor sospechó que Lulu sollozó más fuerte para molestarlo—. ¡Estás caminando!

Alastor gruñó otra vez irritado—. No me iba a quedar toda la vida allí en el maldito suelo como un parásito.

Lulu tarareó contento acercándose a él con sus brazos extendidos.

—Ni se te ocurra…

—Tan solo es una pequeña recompensa por todo lo que has sacrificado hasta este momento.

—¿Te estás refiriendo a ese trozo de carne que reemplazaste para recuperar la que perdí? —Lulu gruñó—. ¿Mal chiste?

—Entré en pánico. —Alastor sonrió entretenido al ver el mohín que hizo el ángel caído—. ¿Qué?

—Aceptaré esa recompensa siempre que traigas más de ese café negro que tanto me encanta. —Lulu gruñó disgustado—. ¿Y ahora qué dije?

—No puedo creer que… de todo lo que he traído para ti. En lo único que piensas es en esa mierda de café que le compré a un caníbal viniendo hacia aquí.

Alastor no pudo controlar su expresión. A medida que se iba acercando al ángel caído su sonrisa estaba alargándose hasta el punto de volverse, por un momento, surrealista.

—¿Su Majestad ha dicho: mierda? —Lulu abrió la boca cuando rebobinó en su cabeza lo que había dicho o eso fue lo que le dio a entender a Alastor, al momento de contemplar como ese pequeño cuerpo tembló cuando se acercó lo suficiente a él—. ¿Cómo es siquiera eso posible? ¿Su Majestad que… en un mes, no ha dicho ni una sola vulgaridad?

—Todo es tu culpa… —balbuceó.

—¿Disculpa? —Alastor no podía dejar de sonreír.

—¡Todo es tu culpa! —gritó nervioso—. Joder… ¡siempre estás gritando mierda esto, mierda aquello! ¡Desde luego que no es mi culpa, Al!

—¿Me estás diciendo que un simple humano ha corrompido al supuesto Rey del Infierno? —Lulu abrió la boca con el propósito de quejarse cuando presuntamente se dio cuenta de lo que estaba sucediendo.

—¿Te estás burlando de mi… verdad?

—Por supuesto. —Alastor no quitó la obscena sonrisa de su rostro—. Me complace saber que por fin te estás dando cuenta de la situación. Fue… mucho más rápido de lo que estipulé.

—Te odio. —Lulu le pellizcó el brazo en venganza—. En verdad lo soy.

—Indudablemente, Su Majestad.

—¡Alastor!

Alastor empezó a reírse mientras se alejaba rápidamente del enfadado rubio.

—De acuerdo… me rindo —murmuró el locutor de radio. Levantando las manos en señal de rendición.

—¡Más te vale! —Lulu le sacó la lengua—. Dios… no te soporto.

Alastor esbozó una sonrisa entretenida porque en ese momento admiró como la expresión de Lulu cambió drásticamente. Aquella pasó de indignación a sorpresa y al siguiente segundo estaba tan roja como una cereza. Alastor se encontraba extendiendo sus brazos de lado a lado.

—¿Por qué no me has venido a dar mi recompensa? —preguntó.

—¡¿Huh?! —Lulu tartamudeó impaciente—. Tú… ¡no te la mereces!

—¿Realmente piensas eso?

Alastor se tomó su momento en admirar como el ángel caído mordió su labio inferior, y al segundo corrió hasta envolverse en los brazos del asesino en un abrazo.

—Pensé que era mi recompensa. ¿Por qué parece que es el pequeño ángel caído quién está siendo compensado?

—Cállate, idiota.

—¿Nos hemos levantado de mal humor… Su Majestad? —Alastor esbozó una sonrisa burlona con el propósito de reírse de Lulu cuando sintió un dolor extenderse desde su antebrazo hasta su hombro—. ¡Oye!

—La próxima vez te morderé más fuerte.

—¿Me quieres volver a ver? —Aquella pregunta que escapó de la garganta de Alastor provocó que el asesino mordiese su labio inferior.

—¿De qué estás hablando… Al? —Alastor dudó en contestar—. Alastor. —Lulu acunó el rostro del locutor de radio con la palma de su mano derecha.

—De nosotros. —Lo que está hecho, está hecho. Alastor no podía pretender que no hubo un desliz de lengua hace un minuto atrás—. De nosotros encontrándonos otra vez. Desde el principio pensé que después de irme de aquí… no nos veríamos más.

Alastor no pudo seguir hablando después de ver la expresión herida de Lulu.

—¿Me odias? —Alastor frunció el ceño después de escucharlo.

—Ni un poco… —Intentó sonreír con el propósito de cambiar la triste expresión del ángel caído.

—¿Y por qué estás diciendo todo eso? —Aquella fue la primera vez que Alastor lo escuchó levantando la voz—. ¿Desde el principio no querías volver a verme?

—No, no es así. —Alastor envolvió una mano en la cintura evitando que se alejara de él. De no haberlo hecho… creía que el ángel caído simplemente desaparecería de su vida para siempre.

—No te entiendo.

Alastor esbozó una sonrisa enternecida al ver la expresión aterrorizada del ángel caído.

—Yo no necesito más de tu extraña medicina —inició la explicación con absoluta cama—. Desde hace un par de días puedo caminar perfectamente, además deben estar buscándome. Conozco a mi vecina lo suficiente para saber que obligó a la policía a colocar carteles de «se busca» por toda la ciudad. —Alastor vaciló antes de continuar hablando:

» Fue imprudente de mi parte asumir que una vez saliera de aquí no me querías ver más… incluso pensé que ibas a borrar mi memoria como hiciste hace un par de años atrás.

—Te dije la razón por la que lo hice —masculló ofendido.

—Lo sé… —Alastor suspiró y acunó su palma derecha en la mejilla del ángel caído—. Lo que ocurre es que…

—¿Creíste que estaba haciendo esto por alguna clase de obligación extraña? —Alastor se levantó de hombros indiferente—. Dios… que gran idiota eres.

—Tu eres uno pequeño. —Lulu le golpeó el estómago con el puño cerrado—. ¡Joder!

—Hice esto porque quise hacerlo… ¿de acuerdo? —Alastor esbozó una inusual sonrisa—. Y lo volvería a hacer. ¿No nos hemos vuelto buenos amigos?

—¿De qué me sirve ser amigo de un ángel caído? —Lulu elevó su puño—. ¡Es una maldita broma! Dios… en ocasiones te comportas como de la realeza.

—Al. —Lulu pronunció su pseudónimo con advertencia.

—¿Me llamó… Su Majestad? —Alastor alcanzó a atrapar el puño de Lulu entre sus manos—. Vamos, no te enojes.

—De verdad que no te soporto —gruñó.

—¿Lo vas a decir hasta convencerte? —Alastor despeinó el cabello del rubio.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó al no ver a Alastor alejarse de él como siempre hacía cuando despeinaba el cabello del ángel caído.

—Tú frente está roja. —Lulu elevó una ceja con curiosidad ante ese comentario; sin embargo, no dijo nada más, porque Alastor se alejó de él.

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Transcurrió aproximadamente una hora antes que el ángel caído se le ocurriese una propuesta sobre cuándo podrían volver a verse. Aunque esa última provocó que Alastor escupiese el café que estaba bebiendo.

—¿Qué mierda has dicho?

—Después de analizar nuestras responsabilidades te he propuesto vernos una vez al mes… ¿no es coherente?

—No… eso no. —Alastor dejó de lado el vaso térmico. La idea le disgustaba como la mierda pero no estaba preguntando por eso.

—Tal vez… ¿estás preguntando la razón por la que dejé acumular mucho trabajo en el infierno?

—¿Desde cuándo estás casado? —Alastor escupió con aversión la pregunta.

—¿Huh? —Lulu observó sin darse cuenta del motivo del disgusto del locutor de radio—. ¿De qué estás hablando… Al? Te conté acerca de Lilith.

—Lo hiciste. —Joder que lo hizo—. Mencionaste que fue la primera mujer en ser creada. Además… cito: Lilith la ex mujer de Adam. Nunca mencionaste que te casaste con ella. Dios… mucho menos que tenías una hija.

—¿No lo hice? —Alastor elevó una ceja al ver la expresión desorientada del ángel caído—. Creí haberte contado de Charlie.

—No… no lo hiciste. —Alastor se paralizó al ver que Lulu parecía hundirse en su propio peso en un estado depresivo—. ¿Te encuentras bien?

—Lo siento mucho… —murmuró.

—¿Por qué te estás disculpando? —Alastor quería restarle importancia a la situación al verlo tan triste—. Todo está bien. No está mal tener tus secretos. En cualquier caso, eso no cambia nuestra relación.

—¿En serio?

Alastor esbozó una críptica sonrisa. En el caso que Lulu sospechase que algo estaba mal dentro de la cabeza del asesino no lo mencionó en voz alta.

—Claro… todavía somos amigos. —La preciosa sonrisa que Lulu le dedicó a Alastor le revolvió el estómago. ¿De esa forma se sentía una persona cuando un amor era no correspondido?

A la mierda el amor platonico.

—¿Cómo es posible que a tu esposa no le moleste que estés aquí todo el día? —Conmigo. Alastor se mordió el labio inferior. Fue suficiente con que su lengua se deslizara sin autorización una vez. Debía de empezar a controlar lo que estaba saliendo de su boca.

—Lilith está de vacaciones con Charlie en el Anillo de la Envidia. —Alastor levantó una ceja al observar la expresión infeliz que hizo el ángel caído.

Alastor se removió intranquilo en dónde estaba de pie. En ese momento… un montón de preguntas se plantearon en su cabeza una detrás de la otra. A él le resultó complicado controlar la expresión cabreada de su rostro.

¿Por qué no fuiste? ¿Por esa razón estás aquí conmigo? ¿No querías estar solo?

—¿Vas a soportar no verme durante todo un mes? —La pregunta que escapó de su garganta ocultó con éxito todo el odio que sintió por aquella mujer llamada Lilith e incluso comprendió la razón por la que omitió ese detalle de su vida.

Lulu estaba sufriendo por dentro por culpa de su desagradable esposa. Alastor sintió que era bastante obvia la razón por la que había huido al mundo humano con tanta frecuencia.

¿No querías estar solo... verdad?

—¿Qué te parece reunirnos aquí el 6 de cada mes? —Y aquella dulce sonrisa que le dedicó el ángel caído fue la última que Alastor contempló hasta el siguiente mes.

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Volver a la civilización fue una mierda.

Alastor se había acostumbrado a la agradable fragancia que desprendía el ángel caído. Aunque él estuvo alrededor de un mes viviendo en una iglesia abandonada la peculiar magia que desprendía Lulu la hacía inexplicablemente acogedora.

Aquel locutor de radio todavía no sabía hasta dónde llegaba el alcance de su magia… pero la capilla pasó de convertirse en un desastre a transformarse en una habitación cinco estrellas. A simple vista seguía siendo la misma iglesia abandonada hasta que se atravesaba el umbral de la edificación. Alastor extrañaba el cálido fuego de la chimenea.

Alastor hurgó en el bolsillo de su pantalón la llave de su apartamento. Lulu le había entregado esa mañana todo lo que él llevaba encima el día que lo encontró en la iglesia. Dejó que un suspiro de desilusión escapase de su garganta… su vivienda debía de estar hecha un desastre. Desde objetos cubiertos de polvo hasta comida podrida en el refrigerador. Ni que decir de las cartas o facturas amontonadas en la entrada.

La llave giró.

—¿Alastor? —Una dulce voz femenina llegó hasta sus oídos—. ¡Dios mío… Alastor! —Debía de admitir que esa conocida voz fue agradable de escuchar.

Al desviar su atención del pomo de la puerta su mirada capturó de inmediato a una mujer de estatura alta con el cabello corto de color rubio, quién lo veía perpleja a través de sus húmedos ojos.

—Rosemary. —Alastor sintió un calor confortable que ella le transmitió cuando lo abrazó.

—¡Pensé que estabas muerto! —Alastor quiso agregar cómicamente que «casi» lo estuvo pero mordió su labio inferior. Tanto Rosemary como Lulu odiaban ese humor negro en él—. ¡La policía te ha buscado por todas partes! Estaba a punto de presentar una propuesta al ejército con el objetivo de rastrear tu cuerpo por todo el bosque.

Y él estaba seguro que ella seria capaz de hacerlo.

—Creo que te preocupé un momento. —Alastor esbozó una divertida sonrisa al ver la expresión aguda de su vecina—. Hace un mes recibí una llamada de un amigo que no vive aquí. —En ninguna parte del «mundo humano»… en realidad. Quiso agregar pero Alastor omitió ese pensamiento tan pronto cruzó por su cabeza—. Tuve que salir de la ciudad.

En el caso que la mujer no hubiese creído ni una sola palabra de lo que dijo… Alastor nunca lo supo.

—En verdad lo estuve —murmuró—. Creí que tu también habías sido víctima de él. —La preocupación que escapó de la garganta de Rosemary le erizó la piel.

—¿Quién es él… Rose? —preguntó ofuscado.

—¿No lo supiste? —Rosemary dejó que un suspiro de tristeza escapase de su garganta. Aquel simple hecho le arrugó el corazón al locutor de radio—. Así que realmente estuviste fuera de la ciudad… hace un mes Mimzy murió.

—¿Qué?

Aquello no era una broma. A diferencia de él… Rosemary era una buena mujer que no le gustaba hacer bromas pesadas ni mucho menos matar a alguien para su propia diversión. Después de tantos años de amistad, él estaba seguro que ella estaba destinada al cielo mientras que él se pudriría en el infierno.

Todo lo que ella dijo debía de ser cierto.

—Fue asesinada por su esposo… ese bastardo. —Alastor sintió una opresión en su pecho que le causó inquietud—. De lo que he escuchado… los vecinos aseguraron que escucharon un montón de gritos mucho antes de un solo disparo. Llamaron tanto a la policía como a la ambulancia… no se pudo hacer nada. Mimzy murió en el acto.

Alastor llevó una mano hasta su pecho.

—La policía decidió rastrear también tu ubicación porque pensamos que también pudiste haber sido su víctima. Nosotros tres éramos los más cercanos a Mimzy.

—Yo… no lo sabía. —Alastor sintió un desagradable sabor en la boca de su estómago.

—Lo sé. —Rosemary acunó la mejilla de Alastor con la palma de su mano derecha—. No estabas aquí… Al. Créeme que estoy consciente que está mal decirlo después de todo lo que ha ocurrido… pero en verdad me alegro que estés con vida.

Alastor no estaba seguro de cómo sentirse en ese momento. Mientras él había descansado lo suficiente para volver a levantarse como nuevo gracias a Lulu… Mimzy había muerto a manos de su psicópata esposo. Dios… Alastor creía que la bestia era él.

—¿Qué ha hecho la polícia?

—Todavía no lo han atrapado. —Rosemary frunció el ceño con disgusto—. De lo que me han contado es un bastardo escurridizo. Después de escapar de su casa nadie lo ha visto. Dios… Mimzy no se merecía eso.

Alastor estuvo de acuerdo. Ninguna mujer se merecía un final como ese.

Aquella noche el ex marido de Mimzy había planeado asesinarlos a ambos. La única variable que el hombre (¿bestia?) no contó fue que el mismísimo Lucifer se interpondría en sus planes arrastrando a Alastor lejos de la muerte.

—¿Te encuentras bien… Al? —Rosemary le habló con preocupación. Aquel moreno rostro estaba tan pálido que la asustó.

—No lo sé.

—Creo que deberías entrar a descansar —sugirió la mujer—. Después de hacerlo…

—Quiero ir a visitarla al cementerio.

Rosemary esbozó una gentil sonrisa—. ¿Quieres que te acompañe? Iré a llamar a la policía para cancelar tu búsqueda.

—¿Qué te parece ir tras nuestra visita al cementerio? —Alastor le propuso—. Después de todo tengo que declarar que esa noche no vi a ninguno de los dos.

—No es una mala idea.

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Alastor volvió poco a poco a su vida cotidiana. Regresó a trabajar en la emisora después de arreglar su estatus de «desaparecido» con la policía de Nueva Orleans. Aunque le costó volver a ser el mismo.

Gracias al hecho que nadie sabía exactamente en dónde se encontraba, le fue fácil mantener la coartada que él no estaba en la ciudad. Además… sirvió que nadie lo hubiese visto esa noche.

No obstante… existía un problema más grande que ese. Llevaba aproximadamente tres semanas rastreando al ex marido de Mimzy sin éxito. Alastor era consciente de sus cualidades en su segundo trabajo como asesino en serie. Nació con un don excelente para realizar el crimen perfecto sin levantar sospechas.

A pesar de todo lo positivo, existía un inconveniente: él no perseguía a sus presas. Por lo tanto, su habilidad de rastreo era ineficiente. Situación que lo frustraba muchísimo. Puesto que, parecía que esa bestia había desaparecido del mapa.

No podía estar muerto… por la simple razón que Alastor todavía no lo había asesinado personalmente.

Con la búsqueda del bastardo (hijo de puta) todavía en el punto de partida, el tan esperado día del la reunión con el ángel caído llegó. A pesar que el locutor de radio no había estado de humor en las últimas semanas; no podía siquiera pensar en dejar plantado a Lulu en la primera cita.

Después de organizar una mochila para excursión con todo lo necesario para pasar una noche en el bosque se despidió de su vecina y se dirigió al lugar dónde conoció al ángel caído.

Caminar otra vez a través del bosque por dónde fue perseguido hasta el punto de quedar al borde de la muerte fue una experiencia esclarecedora. En especial porque el camino pareció muchísimo más corto. Alastor empezó a ver menos árboles a medida que iba adentrándose más y más. Fue tan rápido que en menos de treinta minutos él se encontraba frente a la iglesia abandonada.

La sensación de que alguien lo estaba guiando seguía en su consciencia.

Tan pronto el asesino atravesó el umbral un calor acogedor lo recibió. Alastor recorrió con su mirada aquel lugar que echó de menos como si fuese propio. La chimenea se encontraba encendida mientras alumbraba el salón principal al igual que las velas que flotaban en el cielo estrellado de la habitación.

Cerca del lugar dónde debía estar el altar se encontraba la pequeña cocina junto al único baño. Mientras que la habitación se localizaba detrás de un gigantesco vallado decorado con flores.

Alastor había extrañado esa cama más que la propia. Después de todo… no podías dormir en una cama king todos los días.

—A veces me pregunto… ¿qué es lo que pasaría si alguien más entrara a la iglesia? —Alastor preguntó en voz alta tan pronto cerró la puerta.

La risita que escuchó provino de la pequeña figura acurrucada en el único sofá de una persona que se encontraba frente a la chimenea. Alastor sabía que Lulu iba a estar allí… ese era el lugar preferido del ángel caído.

—Verá una iglesia abandonada —respondió astutamente. Lulu dejó de lado el libro que estaba leyendo—. Creo recordar que te conté que la única persona que puede conjurarlo soy yo.

—Tal vez —declaró. Lulu se levantó de un salto del sofá. Alastor sabía lo que eso significaba por lo que se preparó para levantarlo del suelo una vez los brazos del ángel caído se envolvieron alrededor de su cuello—. ¿Te has encogido?

—Al… te golpearé —gruñó.

—Dios… ¿por qué estás tan agresivo? —le preguntó colocándolo a salvo en el suelo.

—¿Quién es el que se está comportando como un idiota después de volver a vernos? —Alastor se señaló triunfalmente.

—Dejando eso de un lado… te he traído un regalo. —Lulu permaneció en silencio después de escucharlo—. Te va a encantar.

—¿Qué es?

Alastor se quitó la maleta caminando con dirección a la mesa del salón. Al abrirla extrajo una chaqueta con capucha de color amarillo. En la capucha se podía apreciar a simple vista el pico de un pato en tela mientras que en la parte de abajo habían dos patitas anaranjadas que simulaban ser los cordones del abrigo.

Transcurrió un minuto de silencio en el que nadie dijo nada.

—¿Lulu? —Alastor se animó a romper el silencio.

—Al.

—¿Si? —Honestamente no sabía como interpretar el tono de voz que usó el ángel caído.

—¿De dónde lo sacaste?

—De la tienda infantil. —¿Debía de ser siempre tan sarcásticamente honesto? Alastor compró la talla más grande por no conocer con exactitud la del ángel caído. Aunque sospechaba que cómo utilizaba la magia podía cambiarle el tamaño.

De gustarle… por supuesto.

Alastor notó un poco tarde que Lulu estaba temblando mientras envolvía el abrigo entre sus manos.

—No me molestaré si no te gustó el regalo… —Sin embargo, el asesino no pudo terminar de hablar. Alastor contempló fascinado como un vapor semi transparente envolvió al ángel caído que… tan pronto se despejó, se mostró al mismo vistiendo la chaqueta que le había regalado.

Ciertamente… Lulu podía ajustar el tamaño.

—¡Lo amo tanto… Al!

Alastor esbozó una sonrisa orgullosa. ¿Cómo no podía sentirse importante cuando Lulu le dedicaba esa sonrisa tan encantadora que le hacía tanto daño en su estómago?

—Te ves igual de adorable que un patito.

Alastor llegó a la conclusión que en verdad amaba tanto el momento en que la piel pálida del ángel caído se transformaba en una cereza gigante.

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Durante el maravilloso almuerzo que preparó el ángel caído, Alastor escuchó cautivado a Lulu quién no paró de hablar sobre Charlie. Hasta el punto que, cualquiera podría hacerle una pregunta acerca de la hija de Lulu que él la contestaría sin siquiera parpadear. A esas alturas del partido sabía que le gustaba o disgustaba a la pequeña.

—¿Hable demasiado? —Alastor se sobresaltó al ver que la conversación regresó a él—. No has tocado tu postre.

—No es eso… —Levantándose de hombros metió la cuchara en el pie de manzana.

—¿Qué es Al? —Lulu extendió dulcemente su mano derecha con el propósito de tomar la del locutor de radio—. Puedes decirme… somos amigos, ¿recuerdas?

Alastor permitió que un suspiro de desaliento escapase de su garganta.

¿Cómo se supone que le iba a preguntar?

—¿Cómo puede hacer un trato con un demonio? —Directo… como siempre.

—¿Disculpa? —Alastor arrugó el entrecejo cuando sintió un dolor agudo extenderse por su muñeca. La mano que estaba estrechando la del ángel caído estaba implorando por auxilio.

—Me gustaría hacer un trato con algún demonio. —Alastor veía cada una de las señales las cuales clamaban que esa mierda no le estaba gustando para nada al ángel caído. ¿Decidió ignorarlas? Por supuesto. Necesitaba encontrar a ese hijo de puta costara lo que costara… lamentablemente eso incluía vender su alma.

» ¿Cómo lo puedo hacer?

Fue la primera vez que Alastor contempló como el precioso rostro de Lulu cambió. Aquella expresión se transformó en una descabellada hasta el punto de erizarle la piel del horror. Aunque no le tenía miedo. Alastor por un momento pareció admirar la verdadera forma del ángel caído.

Observó que en su cabeza sobresalían un par de cuernos de color carmín que competían con la esclerótica de sus ojos los cuales estaban teñidos en un color tan rojo que parecía sangre.

Alastor lo describió como: erótico.

—¿Qué mierda has dicho?

—Vender mi alma. —Alastor no podía echarse hacia atrás. Necesitaba poder para deshacerse de cada una de sus falencias—. ¿Cómo hago eso?

—¿Por qué quieres hacerlo? —Alastor escuchó como la chimenea pareció chispear violentamente.

—¿Quieres calmarte primero? —sugirió—. Vas a destruir tu preciado sofá.

Alastor observó excitado como el ángel caído giraba suavemente su mirada hacia la chimenea. Transcurrió aproximadamente cinco minutos hasta que la regresó al locutor de radio acompañada de un largo suspiro. Ciertamente… estaba menos tenso.

—Te escucho.

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Alastor sintió como su estómago se cerró de aversión a medida que iba relatando lo que ocurrió en el mes que él estuvo recuperándose. Lulu permaneció en silencio sin cambiar su severa expresión, el ángel caído tenía conocimiento del por qué Alastor había sido herido aquella noche. Sin embargo… desconocía lo que había ocurrido con la mujer llamada Mimzy hasta ese momento.

—Lo he estado rastreando sin éxito. —Alastor terminó su relato—. Después de todo este maldito tiempo… en lo único que he podido pensar es en conseguir a cualquiera que pudiese localizarlo. En verdad no me importaría vender mi alma con tal de asesinarlo de la forma más dolorosa posible.

—Irás al infierno si vendes tu alma… Al. —Fue lo único que escapó de la garganta de Lulu.

Alastor esbozó una sonrisa burlona que hizo que el ángel caído frunciese el ceño.

—¿Por qué estás haciendo esa tonta expresión? —preguntó disgustado.

—¿No dijiste que mi alma era mucho más sencillo de leer que otras? He matado a mucha gente a estas alturas de la vida—. Alastor se levantó de hombros impasible—. Iré al infierno si vendo o no mi alma.

» Lo cual es beneficioso para ti. —Lulu levantó una ceja sin entender del todo lo que el locutor de radio estaba diciendo—. Podré ir a cosechar en ese huertito tuyo después de morir.

—¿Por qué eres tan idiota? —Alastor esbozó una simpática sonrisa.

Transcurrió un par de minutos sin que ninguno de los dos dijese algo. Alastor estaba consciente que el ángel caído se encontraba pensando en qué responderle. Era demasiado fácil leer su expresión cuando fruncía el ceño de una forma tan tonta como esa.

—No debería interferir directamente con el mundo de los vivos —empezó a hablar—. No obstante… haré la excepción siempre que me prometas algo.

—¿Vas a arrastrar mi alma hasta el fuego infernal, Su Majestad? —Alastor sintió un intenso ardor que escaló de su talón hasta su espalda baja. Aquel ángel caído lo había pateado debajo de la mesa—. Perdón…

—Lo encontraré por ti —decidió—. Con la única condición que sea él la última persona que mates en lo que te resta de vida.

—¿Quieres acabar con mi carrera de asesino serial? —Alastor contempló con fascinación como el ángel caído levantaba una ceja a la expectativa de su respuesta—. De acuerdo… te lo prometo. Sin embargo, Lulu, debes encontrarlo… solo encontrarlo.

—Lo sé. —Lulu acunó la mejilla de Alastor con la palma de su mano derecha—. Ya tu alma me ha dicho todo lo que tu boca no se ha atrevido a pronunciar.

—En verdad odio cuando hace eso. —Sin lugar a dudas esa preciosa sonrisa le revolvía el estómago.


Gracias por leer.

12 de febrero de 2024.

Cartagena de Indias, Colombia.