4. Meliodas


El segundo viaje resultó menos abrumador y Zeldris descubrió que podía respirar con más facilidad, manteniendo pensamientos racionales a pesar del incómodo momento, especialmente al encontrarse frente a Meliodas. Sus hombros se tensaron y retrocedió, llevándose las palmas de las manos hacia la cara.

No era la ira lo que lo dominaba frente a su hermano mayor, sino la inseguridad y el miedo. En aquel entonces, tenía veintiún años y estaba en la universidad estudiando Contabilidad. En contraste, Meliodas había dejado atrás sus estudios en Ciencias Políticas para abrir una taberna temática de la época en que Liones fue fundada.

Ambos hermanos se habían reunido en el terreno que Meliodas había comprado, donde este le explicó su visión de cómo organizarían las cosas, el papel que cada uno de sus amigos desempeñaría y lo que esperaba de él.

Para sorpresa de Zeldris, Meliodas lo quería como segundo al mando.

Zeldris le había preguntado por qué lo consideraba para ese puesto, y su hermano le había explicado que había cubierto las otras áreas, pero necesitaba a alguien como respaldo. El hermano menor había considerado que, desde la perspectiva de Meliodas, era una forma de halagar. Sin embargo, la sola idea de ser apoyo lo hizo detenerse antes de aceptar, que la taberna no era más que un sueño y se lo dijo.

Meliodas no ofreció ninguna respuesta en ese momento. Simplemente, lo examinó, como si la objeción de su hermano le doliera por razones que iban más allá de la taberna. Después de ese intercambio, Zeldris se retiró del terreno y lo dejó solo para darle tiempo. Ese tiempo se convirtió en distanciamiento, y solo retomaron el contacto después del fallecimiento de su padre, pero más por obligación familiar que por verdadero deseo.

Mientras los efectos del viaje en el tiempo comenzaban a disiparse, Zeldris cerró los ojos y, al abrirlos de nuevo, tuvo una revelación: Meliodas había estado tratando de encontrar algo en común con él todo ese tiempo.

—¡Meliodas! —exclamó Zeldris, apenas sintiéndose cómodo en su cuerpo de veintiún años. Trataba de liberar la tensión que sentía cuando notó a una persona de cabello rubio alborotado aparecer—. ¿Meliodas…?

—Ah, así es como va la cosa —respondió Meliodas con una sonrisa que sugería que estaba al tanto de la situación. Tras una mirada rápida, preguntó—. ¿Y qué piensas de la idea? Necesito una opinión sincera.

—Creo que es una buena idea.

Sin embargo, Zeldris sabía que esa respuesta era una versión simplificada de la verdad. No podía empezar a señalar que ni siquiera el lugar tenía un nombre.

Meliodas, con las manos en los bolsillos, se encogió de hombros y lo miró, luego le lanzó una propuesta:

—¿Te gustaría ayudarme? Cubrí la mayoría de las áreas, pero necesito un segundo al mando.

Hubo un momento de silencio mientras Zeldris lo observaba, hasta que finalmente, después de un largo suspiro, formuló una pregunta:

—¿Y por qué me necesitas?

—Bueno, el apoyo no viene mal —admitió Meliodas con una sonrisa pequeña—. Además, confío en ti.

Las palabras de Meliodas resultaron sorprendentes. Para Zeldris, era extraño notar la diferencia entre esa segunda frase y la primera versión de la conversación. Aunque tal vez no importara entender la diferencia, sentía la necesidad de comprender si había algún motivo oculto detrás de ello. Entonces, con el ceño fruncido, exclamó:

—No lo entiendo.

—¿No puedes ser mi hermano y confiar en mí? —exclamó Meliodas, frustrado por la confusión de su hermano—. ¿Por qué tiene que haber más?

—¡Ah, cállate de una vez! —respondió Zeldris, exasperado por la insistencia de Meliodas. Después, soltó un bufido y comenzó a caminar.

—¿A dónde vas? —le preguntó su hermano con curiosidad.

—Necesito revisar algunos horarios si vamos a hacer esto —se quejó Zeldris, ocupado mientras consultaba su reloj antes de programar la próxima fecha.

—Eh —suspiró Meliodas—. ¿Qué dijiste?

—Tendré que ajustar mis horarios para ayudarte. Sería una lástima que la taberna no funcionara.

Meliodas dejó escapar un resoplido divertido y carcajeó. Aunque Zeldris no lo viera, podía sentir su expresión.

—Por supuesto que sí.

Zeldris se giró hacia atrás, capturando la sonrisa de su hermano mayor. Sin embargo, lo más importante era la emoción contenida en su mirada. Estuvo a punto de comentar al respecto, pero decidió guardar silencio.

—Te veo pronto, hermano —le dijo, intentando ocultar la emoción en su voz.

Meliodas suspiró. Sus ojos se detuvieron antes de sacudir la cabeza y esbozar una sonrisa aún más amplia. Zeldris no pudo identificar la razón, pero tuvo la sensación de que, justo después de pronunciar la última palabra, su hermano le había dirigido una mirada diferente.

Una mirada de satisfacción.

—Está bien —respondió Meliodas, con un tono lleno de complicidad.

Zeldris siguió caminando, alejándose. La próxima fecha estaba programada en el reloj y estaba a punto de activar el viaje cuando Meliodas irrumpió con una última frase.

—¡Saluda a Gelda de mi parte!

—¡Sí, seguro! —respondió Zeldris, volviéndose para mirar a su hermano, su mano titubeando sobre el botón.

Hubo un instante de duda antes de que Zeldris dejara de creer que Meliodas conocía lo que estaba ocurriendo. Pasaron varios minutos antes de que estuviera fuera de su vista y el efecto del viaje en el tiempo lo envolviera, oscureciendo su visión, pero sin desvanecer el sentimiento de temor por su tercera y última parada.


Nota de la autora: Capítulo dedicado en exclusivo para mi hermanito. Gracias por ser una de las luces de mi vida.

Ciao.