En el que Hylla tiene que lidiar con preparativos y los sentimientos de su marido.


Eret no dejaba de reírse mientras Ofelia regañaba sin freno alguno a la reina de Arendelle, ambas, a pesar de la diferencia de las actividades, señalaban a su señora con un dedo acusatorio. Jackie no podía evitar reírse estruendosamente, pero al menos tenía la decencia de intentar contener sus risas tras sus manos, la pobre de Samantha, por su parte, solo estaba sentada un tanto alejada de la reina, mirando fijamente el vacío intentando entender si es que en verdad todo aquello estaba ocurriendo y no se lo estaba imaginando por algún motivo incomprensible para su sencilla mente solamente llena de conocimiento de cotilleos, decoraciones y preparaciones para fiestas.

Hylla estaba hecha una bolita en aquel precioso sofá de terciopelo rojo, abrazada fuertemente a uno de los cojines tan suaves de aquel mueble, cubriendo con este su rostro cubierto por el candor de la vergüenza más profunda y honesta. ¿Por qué había sido tan estúpida? ¿por qué había cometido soberana tontería? ¿por qué había confiado en que esas cuatro lunáticas reaccionarían decentemente a las noticias que traía? ¿por qué siquiera había llegado a la conclusión de que aquello era algo tenía que contarles?

No entendía su primer análisis. Es más, en estos momentos, abrazada con fuerza a aquel cojín tan cómodo, dudaba inmensamente con respecto a sí realmente había llevado a cabo algún tipo de análisis para tomar esa decisión. Lo cual la llevaba a la siguiente pregunta ¿qué diantres había pasado con ella? ¿Por qué había instado a Ezra a continuar a pesar de que él le había repetido varias veces que no borraría los nombres de sus amigos si se detenían en ese momento? ¿Por qué lo besó y acarició la misma noche después de ello? ¿por qué le sonrió de esa manera cuando, antes de quedarse dormido, le murmuró que la amaba? Ezra le había susurrado aquello y su única forma de reaccionar fue sonreír y rezar para que la oscuridad de la noche hubiera sido capaz de ocultar aquello. Y ahora iba, y se lo contaba casi todo a sus damas de la cohorte.

No lo había dicho todo, no había perdido tanto la cabeza. Tenía planeado contarle largo y extendido el plan a Eret, necesitaría también algo de su ayuda cuando el baile se llevara a cabo, no porque la viera capaz de crear algún caos digno de la atención de todo el mundo —Eret podría intimidar y provocar indignación entre las gentes europeas, pero en parámetros vikingos, sobre todo teniendo en cuenta a los gemelos, ella era una de las personas más tranquilas que jamás había conocido— sino porque cuando permitiese que los gemelos perdieran la cabeza en el baile, necesitaba que Eret estuviera allí para controlarlos al punto de que las gentes europeas no exigieran que cortaran su cabeza, la necesitaba específicamente a ella porque sabía que ni Hunter, ni Fishlegs ni Aster sabrían cuándo pararlos en el momento adecuado, era como una habilidad maravillosa que solo Eret tenía, sabía que tanto presionar y cuando finalmente dejar en paz.

La cuestión es que les había contado una verdad a medias a todas sus damas en aquel momento. Que ayer por la tarde estaba con su marido continuando con la preparación para la lista de las candidatas a los puestos de dama de la cohorte que quedaban, que realmente quería que sus amigos de Berk vinieran para tener algo más de apoyo —no tuvo que mentir cuando dijo que las consideraba a ellas como apoyo, la mentira tuvo más que ver con respecto a qué tipo de apoyo necesitaría de sus amigos vikingos—, les había contado que ante su absoluta negativa inicial —la cual fue una completa mentira— decidió hacer caso a todas las tonterías que hasta ese punto había escuchado de con respecto a como conseguir el apoyo de su marido y, pues, ofreció placer a cambio de un favor.

Fue sorprende la manera inmediata en la que Samantha sencillamente dejó de funcionar por completo, como si hubieran apretado el botón indicado para que, instantáneamente, el alma se le fuera del cuerpo por completo. Jackie contestó de varias formas, estaba incrédula, sumamente sorprendida, riéndose nerviosamente, luego realmente las risas fueron porque toda la situación le parecía extremada e innegablemente divertida. Eret estaba disfrutando el mejor día de su vida, carcajeándose a mandíbula tendida con todas sus ganas porque, dioses del Valhala, que bien se sentía burlarse de esa manera de su jefa. Ofelia estaba ofendidísima por lo poco que le importaba a la reina su propia reputación y todas obligaciones que tenía cumplir como reina de Arendelle, como esposa del soberano de aquellas tierras.

—¡Hemos de informar al Consejo Real de Arendelle de inmediato! —insistía mientras Hylla lamentaba existir en esos momentos—. ¡Los reyes finalmente han consumado el matrimonio! ¡Hemos de empezar a planear el embarazo de Hylla! ¡Tendremos que reunirnos con el consejo de Berk! ¿Qué territorios heredaran los primogénitos? ¿qué pasará si es una niña? ¿Berk se ofenderá cuando Arendelle rechace abiertamente tener una heredera mujer y se las entregue con facilidad?

Hylla quería interrumpirla, pero es Eret quien se adelante.

—¡Menudo lío por un polvo en su oficina!

—¡Es cierto! —brama de inmediato Ofelia—. ¡Fue en la oficina! ¡Ni siquiera en vuestros aposentos o cualquier otro cuarto! ¡Ni siquiera en una cama! ¿Aún cuenta entonces como consumar el matrimonio? ¡Bendita Virgen, Hylla! ¿¡Por qué siempre complicas todo!?

—¡Eres tú la que siempre habla de usar las ventajas femeninas! —se defiende como puede, intentando aferrarse a cualquier cosa que pudiera rescatarla de la reprimenda sin fin de Ofelia. Sabía a la perfección que sería ella quien peor la haría sentir por todo ese tema, pero vaya que la princesa de las Islas del Sur se estaba desquitando con ella.

Ofelia parece estar a punto de perder por completo el control y decidir que lo mejor era tirar a su reina de los pelos hasta que entrara en razón. —¡No así, estúpida! ¡Tus armas femeninas son la seducción! ¡No directamente el coito! —grita, pillando un cojín para lanzárselo a la cara—. ¡La idea es que lo tientes, no que se lo entregues todo de una! ¡Eres una reina intentando mover las fichas de la política no una dama de la noche que necesita un par de monedas!

—¡OFELIA! —recrimina Samantha finalmente saliendo del shock—. ¡No puedes hablar así frente a la reina!

Como nunca nadie se lo hubiera imaginado, la princesa de las Islas del Sur se limita a suspirar pesadamente. —Querida Samantha, mírame a los ojos y dime que crees honestamente que a la reina le importa cómo hablemos.

—Deja que se desahogue, Samantha —le dice con tranquilidad Eret, finalmente relajando sus risas y encaminándose a paso lento hacia la reina, colocándose a su lado para apoyar una mano en su cabeza y juguetear un poco con sus cabellos castaños—. Los vikingos sabemos que hay veces en los que los consejeros tienen que gritarle las cuarentas a los jefes —asegura juguetona, moviendo la cabeza de Hylla de lado a lado, provocando que la muchacha dibujara un mueca en su rostro—, ¿no es así Hylla?

Ella aprieta con fuerza los labios, con las mejillas enrojecidas y gravemente ofendida por la forma tan infantil en la que estaba siendo tratada, pero finalmente toma aire y suspira pesadamente. —Sí... a veces —remarca con los dientes apretados, mirando con algo de rabia a Eret, quien solo le sonríe encantada consigo misma—, pero tampoco os emocionéis demasiado —dice mirando fijamente a su compañera vikinga, dándole palmaditas en el brazo para indicarle que se moviera y le diera algo de espacio para levantarse—. Bueno, ahora que todas habéis soltado lo que queríais escupir en mi contra por la tontería que he hecho, ¿qué más queda por hoy día? Con la lista de invitados ya terminada y todo el tema, ¿ya está todo listo para el baile?

La risa estridente pero corta que se le escapa a Ofelia sí que llega a ofender a Hylla.

Aún así, la reina fuerza una sonrisa. —Que bonitas formas usas para decirme estúpida, Ofelia, lo aprecio muchísimo.

—Su alteza, ni tan siquiera usted está lista para el baile —es todo lo que le responde, con cierta obviedad que llega a molestar... aunque tan solo un poco. Hylla no pierde tiempo, le hace rápidamente una seña a Ofelia para que siga explicándose—. Para empezar, ni tan siquiera hemos comenzado con los preparativos para vuestro vestido nuevo que estrenará.

—No tengo que estrenar vestido —asegura con sencillez, preparándose para eliminar esa tarea de su lista mental.

Jackie la corta de inmediato. —Todas tenemos que estrenar vestido, su alteza, seréis el hazme reír de Europa entera como la gente sepa que estáis repitiendo conjunto para algo tan importante... bueno, lo serías incluso si se tratase solo de una reunión privada.

Samantha asiente con seriedad. —No solo vos, sino también el rey. Su alteza el rey Ezra siempre ha mantenido una imagen de soberbia y abundancia para Arendelle con sus atuendos y los de su hermano, si vos os presentáis con algo mínimamente inferior, ni hablar algún conjunto repetido, Europa pensara que el rey les está concediendo permiso para trataros como una mujer de segunda.

—Por lo que sí—retoma Ofelia la conversación—, tenemos que empezar con preparación para el vestido. Luego está la elección del menú, de las decoraciones, de la temática de la fiesta, de la música y, por supuesto, vos y el rey tenéis que ir preparando vuestro primer baile.

Intentando fingir que no eran tantas cosas, asegurándose de no dejarse llevar por lo aburrido que todo eso sonaba, Hylla se limita a preguntar solo por la última tarea que le mencionan. —¿Tengo que bailar con él? ¿No puede estar en su sitio sin tocarme las narices?

Eret se permite bromear con respecto a que esos comentarios en contra del rey ya no son creíbles, que seguramente a su jefa le gusta mucho que su marido toque "sus narices". Antes de que Hylla pudiera mandarla a tomar por viento, Ofelia responde la duda de su reina. —Se aceptó que no lo hicierais en vuestra boda, pero vuestro primer baile es casi tan importante como la noche de bodas para que se reconozca vuestro matrimonio y no sea tan evidente que no os lleváis del todo bien. Créanos, su alteza, tenéis que bailar.

Se aguanta el quejido que quería soltar, solo porque todas estaban mirándola fijamente y ni tan siquiera Eret parecía estar dispuesta a ponerse de su lado con respecto a que todo el tema de bailar era una soberana tontería.

—Mirad, podemos reducir bastante el trabajo si dividimos bien el trabajo —propone sonriente Jackie, finalmente levantándose para del sofá para que todas la vieran fijamente—. Sin ofender, Hylla, pero creo firmemente que no tienes ni idea de por dónde empezar.

La vikinga solo asiente sin vergüenza, aquello no es ninguna novedad.

—Me lo imagina —se ríe un poco—. Cada una puede ir pensando en propuestas partiendo de las siguientes ideas: qué es lo que aprobarían el resto de países, qué es lo que aprobarían las gentes de Arendelle y qué consideramos que podría gustarle a Hylla. Tengo entendido que vos, Samantha, sois la que tenéis más experiencia organizando bailes, creo que sería sabio confiaros la temática y la decoración del baile.

Samantha se queda unos segundos en silencio, pensando en la propuesta de la joven muchacha campesina, a la primera que mira en cuanto parece dejar sus internas dudas es a Ofelia. —¿No sabríais más vos que yo de esos menesteres, su majestad?

—Creo que ambas podríamos considerarnos igual de aptas para ese puesto, Samantha —es todo lo que llega a responderle, Jackie vuelve a interponerse.

—¿No teníais vos grandes conocimientos musicales, su majestad? —le pregunta con clara inocencia—. Juraría que algo así había escuchado por el castillo, y di por hecho que la música para el baile sería su apartado.

—¡Claro! —suelta abruptamente Samantha—. He oído que sois una digna maestra del violín y el piano.

Pero Ofelia hace una mueca que llama bastante la atención de Hylla.

—¿Cuál es el problema?

La princesa de las Islas del Sur juguetea un poco con sus dedos. —Soy buena con la música clásica, pero si también tengo que otorgar una propuesta que vos aprobéis... no sé que podría mostraros algo que realmente os convenza... pero teniendo en cuenta que el trabajo de Samantha ya es bastante denso y que realmente no confío del todo en ninguna de estas dos —señala entonces a Eret y Jackie, quienes responden con exagerada indignación— para elegir música que no altere a los extranjeros, pues supongo que lo mejor es que me encargue yo del tema.

—¡Bien! Eret y yo podríamos encargarnos de la comida, pero creo firmemente que todas deberíamos trabajar en el vestido.

Samantha asiente de inmediato. —Estoy de acuerdo, Jackie y yo podemos poner una perspectiva del gusto de Arendelle, Ofelia tiene más conocimiento de la moda extranjera y obviamente, necesitamos escuchar lo que desea la reina y Eret.

Es entonces que la antigua cazadora de dragones frunce el ceño. —Ajá, bien, ¿pero quién se encarga del baile entre Hylla y Ezra?

Ofelia responde con obviedad. —Ellos dos por supuesto, la canción que usen no está bajo mi responsabilidad, así que no tienen que esperar a conocer la elección de la música.

Las dos arendelianas asienten de inmediato con obviedad ante las palabras de la princesa, por su parta, Hylla está empezando a incomodarse.

—Espera ¿qué? ¿tengo que estar trabajando en eso con él a solas? ¿por qué?

Jackie alza una ceja, incrédula; Samantha suelta un suspiro muy pesado y Ofelia masculla una maldición por lo bajo.

—Entiendo que ahora os sintáis algo incómoda con el rey por haber sido lo suficientemente idiota como para no saber cómo manejar vuestras armas femeninas.

—Vaya, te estás quedando a gusto ¿eh?

—Pero, por si se os ha olvidado, nada de eso quita que sois marido y mujer, que sois los reyes de Arendelle y obviamente tenéis que mostraros en público y seguir concordando temas importantes o irrelevantes en privado —Ofelia es sumamente firme y seria mientras explica cosas que, desde su punto de vista, ya deberían de ser evidentes para la reina, susodicha, como era de esperarse, solo responde soltando un bufido y pasándose las manos por la cara. Ofelia aprieta con fuerza los labios para no llamarla llorica, ya la insultado suficiente por el día de hoy.

Finalmente es Samantha quien suspira con algo de pesadez para luego dibujar una sonrisa en su rostro. —No tenéis de qué preocuparos, alteza. Comprendo que esto sea nuevo para usted, pero no veo motivo para que os sintáis así de incómoda. El rey Ezra, por mucho que se le conoce por sus aventuras... ah... intimas, es un soberano lo suficientemente serio para saber cuando comportarse, seguramente aprenderéis una romántica y digna coreografía en unos pocos días y podréis centraros en otros aspectos del baile. Ya verá, seguro que su alteza el rey es un espléndido maestro de baile.


Su marido era el peor maestro de baile del mundo.

Su marido no era lo bastante serio como para controlarse incluso cuando sabía que ella realmente quería quitarse esa tarea de encima lo antes posible.

Su marido definitivamente solo servía para aventuras intimas.

Ni rey serio ni maestro respetuoso, su marido únicamente era un hombre completamente controlado por su entrepierna. Un hombre controlado por sus ganas de entrarse entre las carnes de cualquier persona, sin distinguir géneros ni edades ni cuerpos, pero ahora que tenía que ser un esposo fiel no tenía más opción —o más deseo— que enterarse en las carnes de su esposa. Su marido era un completo pervertido, o un sátiro, como había escuchado por sus damas de la cohorte que así se les llamaba a los hombres demasiado obsesionados con el sexo para su propio bien.

Mientras apretaba con fuerzas los dientes, le arañaba el abdomen a Ezra y él se limitaba a seguir arremetiendo desesperadamente contra ella, Hylla seguía lo suficientemente consciente como para preguntarse cómo diantres habían acabado otra vez en esa situación.

Sobre todo porque cuando decidió ponerse un vestido más ligero y su marido se mostró encantado por la idea realmente pensó que todo saldría bien, incluso pensó que podría pasar un momento tranquilo con Ezra, quien en verdad sabía como dirigir una danza tranquila que ella pudiera seguir sin problemas a pesar de que esta era su primera vez siguiendo los pasos dignos de una danza cristiana. Incluso dejó que una sonrisa genuina se dibujara por varios minutos en su rostro sin tapujo alguno porque la música en verdad era encantadora y las veces que su marido le hacía dar vuelta en su propio eje eran honestamente divertidas. Hylla verdaderamente había pensado que tendría una tarde tranquila y disfrutable junto a su esposo. Pero entonces se tropezó levemente con sus propias faldas, tumbando de paso a su marido, quedando encima de él, a unos centímetros de su rostro. Una cercanía tan normal y un simple accidente había sido suficiente para que la mirada de su marido cambiara por completo y para que el muy idiota decidiera que era buena idea tomarla de la nuca para robarle un beso fogoso y desesperado.

Una cosa había llevado a otra y ahora estaba medio desnuda, con el vestido arremangado solo en la cintura dejando su pecho y piernas completamente a la vista, tumbada en la suelo, intentando con todas sus fuerzas que sus gemidos no se escucharan por todo el castillo y arañando con fuerza toda la piel de Ezra que podía alcanzar.

—Eres tan hermosa —lo escucha gemir mientras siente como una de sus manos deja de rasguñar su cintura para ahora acariciar su rostro—. Eres maravillosa, Hylla.

La vikinga tiene que cubrir su boca con una mano para evitar chillar en el momento que su esposo bajó la cabeza para atender sus pechos. Hylla aprieta con fuerza los dientes, no solo porque sabe que necesita asegurarse de que no se escape ningún gemido demasiado alto, sino también porque está terriblemente frustrada. Esto no debería de estar pasando, Ezra no debería estar entre sus piernas, esto no debería de sentirse tan bien.

El rey no puede evitar sentirse encantado —incluso orgulloso de sí mismo— al sentir como su mujer había vuelto a llegar al clímax.

Atrapa los labios de su esposa en rápido y tierno beso, y tiembla maravillado al notar como ella intenta seguirle el beso de la mejor manera posible, y como en sus ojos parece haber un poco de decepción por la brevedad de aquel gesto.

—Deberíamos... deberíamos estar practicando... —es todo lo que logra decirle entre gruñidos, tapándose la mitad de la cara con el antebrazo derecho. Ezra se limita a soltar una risilla porque sencillamente su mujer es la persona más encantadora que jamás haya existido—. N... no deberíamos...

—Te ves preciosa, Hylla —gruñe, continuando con sus penetraciones, mirando fijamente su pecoso y maravilloso cuerpo. Ella le araña con algo más de fuerza los brazos, Ezra se retuerce encantado al poder observar a su esposa gimiendo e intentando mantenerse firme de cualquier forma posible, vuelve a bajar la cabeza, esta vez para poder besar su mejilla, para poder llenar de caricias y mimos su hermoso rostro—. Eres sencillamente perfecta, jamás me cansaré de este rostro perfecto tuyo.

Hylla aprieta con fuerza los párpados e intenta hacer oídos sordos, pero su corazón retumba con fuerza mientras escucha todos los elogios y todas esas dulces palabras que vienen de su marido. Ezra estaba tan cariñoso con ella desde la noche anterior, jamás le había hablado con tanta dulzura, jamás le había sonreído de una forma tan honesta e incluso un poco infantil, jamás la había mirado con un aprecio tan puro y honesto. Y esta ocasión no había sido como las primeras veces que la había tocado, había sin tan extremadamente cuidadoso y dulce en cada movimiento, sin detener ni un solo segundo todos los elogios que quería dedicarle, besando y apreciando cada centímetro de ella.

Era tan cruel la manera en la que estaba jugando con su cabeza, tan condenadamente cruel.

Ezra vuelve a sujetar su nuca y a plantarle un intenso beso cuando finalmente él llega a su límite. siente su mano libre arañando levemente su cintura, puede sentir su cuerpo tensándose para luego aliviarse, suspirando pesadamente contra sus labios.

—Cuánto te adoro, querida —gime mientras oculta su rostro en el hombro de ella. Hylla no es capaz, no se siente capaz de decírselo, le parece incluso cruel intentar decírselo. Es por eso que solo se acomoda para acariciar sus blancos cabellos, incluso le da un corto beso en la sien. Puede sentir la sonrisa de Ezra formándose contra su piel—. Eres tan cómoda —murmura, con una voz algo somnolienta—, podría quedarme dormido así sin problema alguno.

Hylla deja salir una risa sarcástica. —Sí, ¿qué tal si no lo haces? Me estás aplastando —bromea, empujándolo levemente hacia arriba, pero Ezra se aferra con fuerza a su cintura—. Oye, en serio, quítate de encima de una vez.

A pesar de que Ezra intenta mantenerse en su sitio, Hylla logra dejarlo tumbado en el suelo, incluso consigue pararse y mantener en control —un poco al menos— sus piernas temblorosas. Acomoda rápida y torpemente su vestido, al menos para no estar completamente desnuda, lo suficiente como para ir hasta su habitación sin que nadie se espante al verla de reojo.

Pero en cuanto ve que quiere irse, Ezra toma su muñeca y tira de ella para que vuelva a mirarlo. Está ahí, echado en el suelo, casi completamente desnudo, con una capa de sudor recorriendo su cuerpo, con el cabello hecho un desastre, con las mejillas a rojo vivo y mirándole con una expresión sencillamente irresistible. Estaba rogándole con la mirada, suplicándole que no se fuera, que se quedara un poco más, que tan solo le permitiera seguir amándola.

—Hylla —le suplica en un suspiro que logra causar demasiadas emociones complicadas e indomables.

Sus mejillas arden como el mismo infierno.

—Ezra —gruñe, accediendo a colocarse sobre sus piernas, observando fijamente la sonrisa tonta que se forma en el rostro de su marido, observando con los labios apretados toda la devoción por ella que esos brillantes ojos azules trasmiten—. Eres un hombre peligroso.

Él suelta una risilla mientras vuelve a bajar la parte superior del vestido de su esposa hasta arrugar todo justo en la cintura. Se levanta un poco mientras toma con fuerza su cintura para así poder dejar un beso en su cuello y empezar una ruta de besos y lamidas hasta el espacio entre sus pechos. Se adentra en ella lentamente, logrando que así su mujer suspire gustosamente y arañe levemente sus hombros. El rey no puede retener en lo absoluto la sonrisa tonta que se le forma en el rostro, no puede retener en lo absoluto todas las ganas que tiene de besar cada centímetro del cuerpo de su mujer, no puede retener sus manos de acariciarlo absolutamente todo, sin ignorar ni una sola parte.

Su marido era un hombre demasiado peligroso para ella y sus intentos de negarse y mantener la cabeza fría. Realmente intenta pensar en algo más, rememorar lo que ya tenía claro de su plan para hablar con Gobber... pero no es capaz, sencillamente no es capaz de pensar en otra cosa que no fuera Ezra y sus caricias.

Dioses... el plan con Gobber, era para idear alguna forma de librarse de este matrimonio. Pero, ahora, con sus fríos brazos rodeándola, con sus adictivos labios besando todo y con esos ojos azules adorándola tan descaradamente... la idea de algún día apartarse de su lado le parecía completamente extraña, imposible... ajena a sus deseos.

No quería alejarse de Ezra.

Luego se daría algo de tiempo a sí misma para asimilarlo, luego se detendría a pensar en ello, no precisamente en ese momento que brincaba sobre su marido, definitivamente luego... sí, luego pensaría en ello, sin duda alguna, lo haría, tarde o temprano, pero lo haría. Ahora no, ahora que él le sujeta el rostro con tanta dulzura para decirle cuánto la ama, ahora que le acaricia suavemente por todas partes, ahora que la está besando lentamente... no, no quería arruinar el momento.