Disclaimer: los personajes de Twilight son propiedad de Stephenie Meyer. La autora de esta historia es JonesnInDaHood, yo solo traduzco con su permiso.
Disclaimer: The following story is not mine, it belongs to JonesnInDaHood. I'm only translating with their permission.
Capítulo 28
~EPOV~
Observo mientras Sunny se baja del coche, los dedos de sus pies bronceados y sin pintar se asoman por sus sandalias con gemas. Las piedras color ámbar brillan bajo el sol, su reflejo elevándose por sus largas y suaves piernas. Sé que son suaves porque las toqué, acaricié el interior de su muslo para evitar que rebotaran nerviosamente antes de despegar. Sonrío con el recuerdo, sintiendo diversión de que ella ni siquiera se dio cuenta lo fuerte que se había aferrado a mí.
Lo disfruté, aún lo hago.
Es bueno ver este costado suyo, esta costado honestamente emocionado de ella. Puedo sentir la anticipación emanando de ella en ondas. Es contagiosa, una enfermedad que deseo poder pillar. Es triste en realidad. Había visitado la ciudad cien veces antes, pero estaba viéndola solo ahora. Y viéndola a través de los ojos de alguien más, ni más ni menos.
Los ojos de Sunny.
Los míos suben para encontrarlos completamente abiertos y cautelosos, moviéndose de un lado a otro. Ella está dudando de algo. Puedo notarlo. Tomando su mano, la ayudo a ponerse de pie, simplemente esperando que no sea nosotros de nuevo.
—¿Este es… el Plaza? —Su cabeza cae hacia atrás para observar los treinta pisos. Sus labios se separan, mira boquiabierta a los kilómetros de piedra cetina. El tejado verde apagado se refleja en el negro de las pupilas dilatadas, dando un toque de avellana a los iris marrones y menguantes. Mi mirada está fija en ella, así como sabía que lo estaría. ¿Y por qué no? No hay ningún milímetro de ella que no me guste mirar. Cada parte de ella es perfecta. Incluso sus imperfecciones. Como esa cicatriz apenas perceptible en la parte externa de su meñique. La descubrí la primera noche que besé sus diez dedos de sus manos y sus pies—estos últimos con fuerza. Mi chica Sunny es muy cosquillosa… Y sorprendentemente fuerte.
La historia de cómo la obtuvo es tan adorable como la curva brillante de piel curada. Me hizo reír de alguna parte profunda de mi interior, ganándome una de sus sonrisas escondidas y un buen empujón en el hombro la noche en que me lo contó. Solo pensar en ello invoca una sutil sacudida de mis hombros. Contengo una risita, imaginando a una pequeña y emocionada Sunny haciéndose cargo de cortar el cartón grueso, demasiado impaciente para esperar por la casa de playa de Barbie que se encontraba dentro.
Pero esa es mi chica—impaciente e independiente, demasiado orgullosa para pedir ayuda con cualquier cosa.
Perfectamente imperfecta.
Moviendo hacia atrás el cabello sobre su hombro, le doy un beso a un costado de su boca abierta.
—Claro que sí.
Su mano encuentra su camino en mi pecho, la simple caricia prendiendo una cerilla y encendiéndome fuego. Ella es la única que lo ha hecho. La única que puede. Todo lo que quiero hacer es lanzar su jodidamente adorable trasero sobre mi hombro, arrastrarlo por el vestíbulo y atrincherarnos a ambos detrás de puertas cerradas. Lo único es que si hago eso no querré irme. No podré presumirla en la ciudad. Y eso es simplemente inaceptable.
Manteniendo una mirada en mi chica, corro de vuelta al coche para ayudar a Em a cargar nuestros bolsos del maletero.
—Ella es adorable —comenta él, dándome un codazo, y echándole un vistazo a través de la grieta en el capó. Sonriendo, saco la última maleta antes de cerrarlo, una sensación de orgullo me llena. Tengo una fuerte urgencia de inflar mi pecho.
No es un secreto lo atractiva que es Sunny. Ella es deslumbrante, tiene una especie de belleza silenciosa que te atrae, te enamora y entonces la sigues. Emmett puede mirar todo lo que quiera. Los hombres que caminan por la calle pueden mirar embobados todo el día si quieren. No me importa. Quiero decir, mierda; ¿qué derecho tengo yo a negarles un vistazo cuando es imposible para ellos no hacerlo?
Jamás he considerado a las mujeres como objetos, mi madre me enseñó mejor que eso. Lo considero un privilegio que Sunny me haya elegido, que desee y quiera pasar su tiempo en mi compañía. Sería injusto esconderla del mundo. Ella merece ser vista, anhelada y apreciada.
—Debe ser muy especial también —continúa él—. No puedo recordar que hayas traído a otra chica a la ciudad contigo.
Sonriendo con satisfacción hacia el suelo, levanto la mirada observando las piernas de Sunny.
—Y jamás lo harás.
Doblando mi funda de traje sobre un brazo, cuelgo el bolso de Sunny sobre mi hombro, guiñandole el ojo a Emmett antes de luchar con él por el resto del equipaje, su insistencia haciéndome sentir como un asno inútil. Puedo cargar tres bolsos.
Quiero decir, diablos.
Sunny aún está mirando al cielo cuando entrelazo mis dedos con los suyos.
—¿Estás lista? —pregunto, sintiendo un poco de vacilación cuando la jalo en dirección a la entrada.
Creo que ya sé lo que está pensando.
Estoy bastante seguro de que puedo suponer lo que va a decir incluso antes de que lo diga.
—¿Esto no es muy caro?
Y allí está.
—Nada más que lo mejor para mí y para mi chica —prometo, dándole otro pequeño jalón.
—¿Estás seguro que no estoy vestida muy inapropiadamente?
Conteniendo un suspiro, doy un paso atrás, rodeando su cintura con un brazo para acercarla a mí. Froto su mejilla con mi nariz, y planto varios besos a lo largo de su mandíbula, todo mientras la sostengo con más intensidad.
—Te ves hermosa, perfecta. —¿Por qué sino ella cree que no puedo mantener mis manos y mi boca lejos de ella?
—Tú siempre estás bien vestida.
Beso la pequeña sonrisa que me da, moviendo mi cabeza en dirección donde quiero que se muevan esos adorables pies y, esta vez, lo hacen.
Caminamos al compás, mi brazo firmemente alrededor de ella. Solo la suelto el tiempo suficiente para registrarnos, mi brazo escabulléndose alrededor de su cintura luego para llevarla hacia nuestro cuarto. Bueno, nuestra suite. Iba en serio antes.
Solo lo mejor.
Si es posible, los ojos de Sunny se abren aún más con cada cuarto al que entra. La anticipación que había estado emanando de ella se ha transformado en ansiedad—tan espesa como el edredón con relleno de plumas.
Puedo sentirlo.
Es demasiado.
La estoy asustando.
Mierda.
Acercándome por detrás de ella, envuelvo su cintura con mis brazos. Sonrío contra su sien, inhalándola con la vista del Central Park.
—¿Recuerdas cuando dije que iba a besarte por todas partes?
Sunny asiente contra mis labios, esos ojos grandes y marrones se cierran mientras trazan un camino hacia su mandíbula, deteniéndome justo en la base de su cuello. Estirándose como un gato, ella ronronea, un gemido codicioso se escapa de sus labios cuando me aparto.
—¿Qué tal si te beso por toda la ciudad primero?
