Capítulo 42. Tren y circo
Le retiraron las cadenas, pero no los grilletes de los tobillos y las muñecas. Un orco bastó para sostenerla en el aire. La sujetó de las cadenas de las manos y la levantó, igual que si llevara una pieza de caza. Zelda apenas podía abrir los ojos. Hacía tanto que tenía hambre, sed, frío y cansancio que ya no sentía nada. Cada cierto tiempo, alguien entraba en la celda oscura, le susurraba la canción de la curación y la dejaba de nuevo a oscuras. No sabía si era Kandra o Zant. Ahora mismo, apenas diferenciaba entre uno y otro.
El orco la condujo a través de los pasillos del bastión de Killian hasta llegar al patio de armas. No se detuvo allí. En un lugar del patio, cerca de la muralla, había un grupo de goblins, armados con palas y picas. Estaban alrededor de un montón de cuerpos, desmadejados. En lugar de enterrarlos, los lanzaban por los aires. Soldados, gorloks, otros goblins, centaleones, orcos, ornis, gerudos… Zelda desvió la mirada, asqueada y furiosa. Apretó los puños y se agitó un poco, sin darse cuenta. El orco lo notó, le gruñó y empezó a subir unas escaleras hacia una parte alta. Estaban en una zona elevada del bastión, donde se podía ver las nubes atravesar las murallas.
Zant, con su máscara de lagarto, miraba el exterior. Tenía las manos en la espalda, y contemplaba el paisaje con aparente satisfacción. El orco acercó a Zelda, pero no la soltó. Trató de mantener la cabeza erguida, mirar al frente. Sí, era un paisaje impresionante. Debían estar ya volando por la llanura de Hyrule, porque vio la Montaña de Fuego, muy cerca.
– Aún no hemos llegado, pero queda poco – dijo Zant. Sin mirarla, sin quitarse la máscara, su voz parecía venir de cualquier lugar.
– ¿Me has traído por algún motivo especial? – preguntó con un hilo de voz Zelda.
– Sí, claro. No quería importunar tu descanso, Heroína – Zant se giró hacia ella –. Quería enseñarte algo. Sé, por nuestra amiga en común, que teníais mucha curiosidad por mi proyecto para este reino. Seguro que te gusta. Traedla aquí.
El orco la levantó por encima de la muralla y la dejó colgando en el aire. Bajo sus pies encadenados, Zelda vio la llanura.
¿Cuántas veces había recorrido ese lugar? A lomos de Centella, y de Ajedrez. De ida y vuelta a la Montaña de Fuego, al lago Hylia, a la llanura occidental. Había pasado muchas tardes en el rancho Lon Lon del que no quedaba más que ruinas. En la ribera del río, bajo los escasos grupos de árboles había acampado y refugiado de las tormentas, sola o junto a otros viajeros. Sabía que no quedaba casi nada de la llanura, que era un páramo desértico y quemado, pero ahora que lo veía más de cerca, pudo comprender lo de los raíles. Había visto un ejemplo en las minas de los gorons, pero estos raíles eran más anchos. Sobre ellos, había una maquinaria. Era alargada, negra, con cristales rojos y amarillos. Parecía una casa deformada. Avanzaba por los raíles, con lentitud. De una chimenea salía un vapor negro. Estaban muy alto, pero Zelda imaginó que aquel humo no ayudaba mucho a la recuperación de la llanura.
– ¿Qué, impresionada? – preguntó Zant.
Zelda agradeció que llevara esa máscara, porque se le habría hecho insoportable ver a alguien con la cara de Link mostrando alegría por la destrucción que corría bajo sus pies.
– Para nada – susurró Zelda –. Lo primero que haré cuando te derrote será destruir esa cosa y todos los raíles.
Zant hizo un gesto con la cabeza y el orco devolvió a Zelda al lado seguro de la muralla. La soltó en el suelo, y esta, para su vergüenza, fue incapaz de sostenerse. Se quedó sentada, hasta que los goblins la obligaron a ponerse de rodillas.
– Ya, ya… Que me he enterado, pesados. Veréis cuando os pille – susurró, mientras les obedecía. Sin quererlo, sonrió, porque le recordó a cuando estaba con los niños en el Bosque Perdido y se les ocurría hacerle una trastada. Les había hablado igual.
– Aún estás muy fuerte, si eres capaz de sonreír.
– Eso te lo debo a ti, muchas gracias, Zant – respondió Zelda, con apenas un hilo de voz.
– Y más aún, si hasta bromeas. Verás, el viaje me está resultando aburrido, y he pensado que estaría bien tener una muestra de lo que dicen de ti, en todas esas historias – Zant se acercó un poco más. Se quitó una parte de la máscara, para que Zelda le viera los ojos –. Quiero ver a la Caballero Zanahoria en acción.
– Empieza quitándome estos grilletes, y te lo mostraré encantada.
Zant sonrió, y se alejó un poco. A una señal de sus manos, hizo que el orco volviera a levantar a Zelda en el aire. Bajaron por las escaleras, y caminaron por el patio de armas, dejando atrás el montón de cadáveres. Llegaron a una construcción, redonda, parecía un teatro, pero con una valla de metal y rejas en lo alto. Esto le trajo el recuerdo a la valla del tejado de la escuela, la que puso la maestra Mariposa para que se acabaran los retos entre los alumnos. Solo que esto era más una prisión que una escuela. El orco la soltó en mitad de la construcción. Con un golpe de sus manazas, le quitó los grilletes de las muñecas y de las piernas, pero no se libró de las cadenas. Otro orco, aún más grande y apestoso, le rodeó el cuello con una argolla, y la cerró con un candado. Para hacerlo, un tercer orco tuvo que retener a Zelda con una mano verrugosa, mientras el primer orco la sujetó de las piernas, porque Zelda se retorció y lanzó maldiciones y patadas. No tenía saliva suficiente para escupir, no le quedaba gran cosa. Se apartaron y la dejaron allí sola.
Como pudo, se puso en pie. Miró alrededor. Volaban en medio de una nube negra, no sabía si porque iba a llover o por el humo que soltaban las máquinas que habían arrollado la llanura. ¿Qué día era, qué hora? No tenía ni idea. Lo único que sabía es que la cadena era larga, lo bastante para permitirle moverse en esta especie de teatro. Los goblins, orcos y otras criaturas se estaban congregando alrededor. Los escuchó gritar en su jerga, y empezaron a lanzar piedras. Pararon cuando Zant levantó las manos.
Se había reservado un lugar de honor, una plataforma rodeada por una reja, con una silla de aspecto muy cómodo. Zelda vio que se sentaba allí. Con mucha parsimonia se quitó la máscara de camaleón y la dejó en el suelo, a su lado. Una criatura con capucha y muy alta estaba a su lado. Zelda no sabía qué era, pero le resultó familiar.
Arrastró un poco la cadena, y tiró de ella. El anclaje en el suelo estaba soldado a lo que parecía una reja. Quizá, cuando el bastión estuvo afirmado en el Valle de la Calma, había sido la reja del alcantarillado. Ahora, a través del hierro, veía el suelo a lo lejos. Mientras los goblins y orcos trataban de obedecer a su rey, Zelda tiró un poco más de las cadenas. Estaban mohosas y sucias, pero no oxidadas. Eran muy gruesas. Caminó un poco para comprobar que, efectivamente, el largo le permitía moverse por el escenario, pero no llegar a las paredes ni mucho menos al palco donde estaba Zant.
– ¿Comprobando tus opciones, Heroína de Hyrule? – preguntó desde las alturas Zant. Zelda no le miró. Siguió caminando en círculos, observando alrededor. De vez en cuando, el dolor de la herida la hacía pararse, tocarse en el estómago, pero seguía adelante. Una vez recorrió la arena dos veces, regresó al centro.
El público parecía impacientarse. Se agitaba, murmuraba en su idioma extraño, y volvieron a lanzar piedras. Una de ellas le dio en la parte posterior de la cabeza y Zelda se cayó al suelo. Tuvo que agitar la cabeza varias veces y apretar bien los dientes para incorporarse. Zant volvía a pedir calma.
– Ya ves dónde estás – dijo, una vez todos se quedaron callados –. Imaginarás lo que viene después, supongo…
Zelda se puso en pie. Escupió a un lado, y dijo, alzando la voz:
– ¿A qué criatura vas a lanzar a su muerte?
Incluso desde la distancia que los separaba, pudo ver la sonrisa abierta de Zant.
– Me dijeron que eres un hueso duro de roer, y muy fanfarrona. Ya lo estoy viendo. Sí, van a luchar contigo. Se han ofrecido voluntarios, y están deseosos de ser quien acabe con la vida de la Heroína de Hyrule. Están realmente enfadados contigo, ¿lo sabías? Destruiste a su señor, y les has perseguido por Hyrule hasta casi acabar con ellos. Convencerlos para unirse a mi causa no fue una cuestión difícil.
Zelda volvió a mirar alrededor. No tenía nada con ella, ni un simple cuchillo. No iba a rogar por un arma, y parecía que a Zant esa cuestión no le molestaba. Si hubiera habido algo de Link, incluso aunque fuera una versión malvada de este, le habría dejado una espada vieja y oxidada. Debía concentrarse en sus diferencias, porque si no, no podría volver a mirar a Link y besarle. Y era lo que más deseaba hacer en el mundo.
Además de comerse un buen filete y beber un cubo de agua.
Unas compuertas se abrieron, bajo el sonido de la multitud allí reunida. Quien apareció al otro lado era un orco, uno grande de piel gris con rayas rojas. También se diferenciaba de los orcos que Zelda había visto en que tenía dos cuernos plateados saliendo de su oronda cabeza. Avanzó haciendo temblar el suelo del bastión. Se detuvo tapando con su corpachón la única salida y entrada, hasta que se volvió a cerrar.
La lucha empezó con el orco apuntando con una lanza de madera que tenía. Era del tamaño de la propia chica. Zelda esquivó el golpe, pero no pudo evitar el segundo golpe: el orco movió la lanza de tal forma que le dio con la parte del guardamano. Fue suficiente para arrojar a la chica unos metros, estrellarse contra el duro suelo de piedra y rebotar dando vueltas. El mundo entero estaba del revés. Parpadeó, a tiempo de ver que el orco estaba frente a ella, levantando la lanza. La punta de metal brilló un poco antes de empezar el descenso.
El tiempo se detuvo. Zelda rodó por el suelo, tiró de la cadena y saltó. En lo que el orco había bajado la lanza, ella ya estaba sobre su espalda. Rodeó el cuello con la cadena y tiró con todas las fuerzas que tenía. No era mucho, pero el tiempo parado jugaba a su favor.
No se había preguntado por este poder, de donde venía. Suponía que era una cuestión de la Espada Maestra, que al restaurarla había logrado que los sabios de la antigüedad le prestaran esa habilidad. Pero ya no la tenía consigo.
Los vítores se fueron apagando, a medida que el orco, un orgulloso representante de su linaje fuerte entre los suyos, caía de rodillas. No era lo que esperaban ver caer ese día. A su espalda, con el rostro congestionado con rabia, estaba Zelda, apretando la cadena. Con un crujido, sintió que la cadena había partido algún hueso de su rival. El orco soltó la lanza y trató de quitarse a la chica de encima, pero no llegó a hacerlo. Se quedó sin aire de repente, el hueso sonó más fuerte, y el enorme corpachón cayó al suelo.
Zelda bajó renqueante. Sabía que tenía heridas, en el brazo, en la espalda y en la parte posterior de la cabeza. Le zumbaban los oídos, y los gritos de abucheo del público hacían que el dolor fuera a más. Caminó renqueante, tomó el mango de la lanza y la arrastró de debajo del orco. Este miraba con los ojos vacíos de toda vida. Quizá, en otro momento, Zelda habría sentido algo de lástima. Ahora, estaba demasiado dolorida y agotada para sentir algo que no fuera intentar sobrevivir.
– ¡Gracias por el arma! – dijo, levantando la lanza en dirección a Zant. No iba a poder lanzarla, porque sabía que no tenía suficiente fuerza. Tampoco le podía ayudar para salir de allí, porque era de madera. Si la usaba de palanca en las rejas, solo lograría partirla.
Y la iba a necesitar, porque la compuerta volvía a abrirse, y esta vez, quiénes estaban al otro lado eran cinco lizalfos, de distintos tipos.
– No se vayan, amigos. Aún hay más – dijo Zelda, y sonrió.
No supo cuánto tiempo estuvo así. Al final, solo importaban los músculos. Era lo único que lograba mover. Ni su mente estaba allí, sino que se había quedado vacía. No pensaba ni sentía nada que no fuera físico. Le dolían las heridas, las que se iba haciendo en cada nuevo combate, pero se mantenía en pie. Perdió la lanza luchando contra un rey lizalfos, pero le quitó su espada, una especie de mandoble con guarda de oro que debió de pertenecer a un noble hyliano, a juzgar por las inscripciones. Este mandoble fue de utilidad contra los dos orcos hermanos y una criatura que llamó cíclope, porque tenía solo un ojo, pero que no conocía.
A medida que el teatro se iba a llenando de cadáveres de sus enemigos, el entusiasmo del público iba descendiendo. Zant había asistido con una sonrisa a cada golpe, pero se le fue borrando al comprender que Zelda, de algún modo, estaba logrando sobrevivir. Para ser alguien que se mantenía en pie solo porque se apoyaba en el mandoble, sin filo y a punto de partirse, estaba resistiendo demasiado.
Zant se levantó de la silla. La figura encapuchada a su lado le siguió, hasta asomarse los dos entre las rejas de seguridad. Aunque se creía poderoso, había tomado muchas medidas de seguridad, como las rejas y también que ningún enemigo había entrado con arcos y flechas al recinto. Zelda había intentado lanzar una espada corta en su dirección. Si hubiera sido una flecha, habría podido darle, aunque con su acompañante ese día hubiera sido imposible.
– Es el turno del centaleón de piedra, dejadle entrar – ordenó.
Un murmullo de temor se elevó entre las criaturas. No había combatido aún no tanto porque no fuera fuerte, sino porque Zant temía que destrozara el bastión. Ahora, le daba igual. Solo quería ver caer a esta Heroína, incapaz de morirse.
Las puertas se abrieron, con un crujido. Zelda se giró, los ojos vacíos de expresión. Estaba por encima del miedo, del dolor y la pena. No le causó impresión la enorme criatura que traspasó las puertas, como una exhalación. Su entrada reavivó los gritos de ánimo del público, y regresaron las ganas de ver morir a la chica. Era un centaleón, una de estas nuevas criaturas que habían surgido de otro mundo oscuro, una mezcla de centauros y otros seres de la oscuridad. El enorme cuerpo estaba recubierto de placas de metal y piedra. Levantaba una espada ancha y tan grande como tres Zeldas juntas. La criatura se agachó un poco, y avanzó haciendo retumbar el suelo con sus grandes pezuñas de caballo.
No le quedó más remedio que esquivarlo, pero ni siquiera con su poder de moverse rápido logró evitarlo del todo. Con solo el aire que levantó, le bastó para golpear a Zelda, hacerla rebotar y llegar al límite de la cadena, que le dio un tirón en el cuello. Cayó sobre el suelo, boca abajo, y, al levantarse, vio el reguero de sangre en la piedra. El mandoble cayó al otro lado del muro, inalcanzable.
El centaleón no le daba un respiro. Corría hacia ella, espadón levantado. "Un solo roce y me partirá a la mitad como un bocadillo" pensó en un segundo. Intentó moverse como el rayo, esquivarlo y detener el tiempo, y lo hizo, pero el centaleón no vaciló. Igual de lento que los demás, pudo agarrar la cadena y, cuando Zelda volvió a tener el mismo tiempo que él, le bastó dar un tirón para obligar a la chica quedarse contra el suelo. Ahora sí, tenía el mandoble apuntando a su cuello.
Cerró los ojos, pidió perdón a Link y a los sabios, y tuvo la sensación de que Saharasala le contestó, con su voz de búho sabio, solo que no le entendió. Hubo un golpe, un ruido de metal y piedra, y, cuando Zelda abrió los ojos sorprendida de tener la cabeza aún unida a su cuerpo, vio que había alguien allí con ella.
Era Kandra.
Con el escudo de luz, había parado la espada del centaleón. Este dio un grito de odio, se apartó y volvió a cargar contra Kandra, esta vez. La chica no se movió. Con solo un leve giro, encendió su hacha de luz y golpeó al centaleón en el pecho. Las placas de metal y piedra se volatizaron, y Kandra le golpeó, sin vacilar, con una salud y una fuerza que Zelda envidió, desde su posición en rodillas en el suelo.
– ¡Ya basta, Zant! – gritó la chica. El centaleón iba a volver a atacar, pero Zant se puso en pie, y gritó "para".
El espectáculo había terminado. El público se retiró, casi como unas cucarachas ante la luz. El centaleón miró a Kandra, gruñó y se giró, haciendo resonar las pezuñas contra el empedrado. Zant se acercó a la verja. Quien sí bajó fue la criatura alta, encapuchada. De repente, estaba al lado de Zelda.
– Te dije que la dejaras en paz – dijo Kandra.
– ¿Qué sentido tiene apresar a un héroe elegido por las diosas si no lo hago bailar un poco? – replicó este.
– Si muere, el líder de los sabios, la luz dorada, lo sabrá, y no te entregará los poderes de los sabios y los suyos. Te atacarán, y de esa batalla no puede salir nada bueno – Kandra miró a Zelda. Esta trató de rehuirla, pero no le quedaban fuerzas ya. La chica se agachó, le puso la mano sobre la herida abierta y empezó a murmurar la canción de la sanación.
– Siempre tan aburrida, Kandra. De acuerdo, cúrala, pero solo un poco. Ya has visto de lo que es capaz incluso en este estado. Es peligrosa.
– Una cabezota ladrona, eso es lo que es – susurró en voz baja Kandra. Estaba muy cerca de Zelda. Cuando sus ojos se encontraron, Kandra le guiñó el ojo, y luego se puso seria, para terminar la canción de la curación. La sangre dejó de brotar. –. Bien, ya está. Llévatela de nuevo, y ponle las cadenas con cuidado.
Desde donde estaba, Zelda vio que la criatura encapuchada movía los brazos. Tenía algo en la mano, una especie de bastón luminoso. Como se agachó un poco, Zelda vio que su rostro era como un pájaro, y recordó entonces dónde había visto algo así. En el Mundo Oscuro. Un wizzrobe, lo llamó Urbión. Un hechicero oscuro a las órdenes de Ganon.
Con un remanente de fuerza, quizá recuperado por el hechizo de curación, Zelda trató de atacar al wizzrobe. No tenía arma alguna, así que solo levantó los puños. Lo único que consiguió fue caerse de culo, cuando el hechicero la rozó con la varita. Una descarga eléctrica recorrió todo su cuerpo y la dejó paralizada contra el suelo.
El dolor la hizo quedarse encogida, y no se movió incluso cuando le quitaron la cadena del cuello y le pusieron de nuevo los grilletes en piernas y muñecas. Se los apretaron tanto que sintió las rozaduras como si le quemaran. La arrastraron de regreso a la prisión donde la tenían, en la más absoluta oscuridad. Esta vez, quizá porque Kandra así lo había pedido o porque de algún modo esas criaturas sentían compasión, le dejaron un trozo de pan mohoso y una jarra de metal con agua, que pudo ver antes de que la dejaran sola, gracias a un minúsculo rayo de luz.
Cuando fue capaz de no ver estrellitas y el cuerpo le dejó de temblar, Zelda se bebió la jarra de un trago. Después, en un rincón al que se arrastró como pudo, pudo hacer pis. Regresó a su sitio en el jergón, cogió el pan y empezó a morderlo, furiosa. La bola de pan resonó en su estómago como si fuera de metal, rebotando contra las paredes vacías.
Tanteó dentro de sus pantalones. Antes de que el wizzrobe la dejara paralizada, Zelda había tenido apenas unos segundos para esconder lo que le había robado a Kandra. Era su visor. Se encogió sobre sí misma, temerosa de que hubiera alguien espiando. Uso un resto de manta que se puso sobre el cuerpo, y fingió dormir. En realidad, tapó el visor para que su resplandor no se viera desde fuera, igual que hacía cuando quería leer hasta tarde y su padre le decía que debía acostarse temprano.
La primera imagen que vio fue un retrato de Kandra. Miraba a Zelda a través del visor, como si estuviera allí mismo. Había un símbolo en un lado, y Zelda lo rozó. Recordó cuando les mostró las imágenes en movimiento del Bosque de los Huesos, vio hacer esto a Kandra para poder enseñarlo a los demás. La imagen tembló, y entonces vio movimiento. Kandra le estaba hablando, a través del visor. Directamente a ella, porque empezaba diciendo, en voz baja:
– Zelda, voy a intentar mantenerte con vida. Eso te lo puedo prometer. Lo que no puedo prometerte es que esto vaya a salir como queréis vosotros.
"Habla como Link, dando rodeos. Eso no es buena señal".
– Sé que te he traicionado. Debes saber que mi lealtad siempre ha estado del lado de la corona de Altárea. Intento salvar al último de la dinastía. Link y tú creéis que la única solución para acabar con Zant es eliminarle, pero yo sé, estoy segura, de que, dentro de ese cuerpo, luchando contra Devian, está él. Hago esto para salvarle, y la única forma que existe es usando uno de los mayores poderes mágicos que hay en este mundo.
"Los sabios, Link" murmuró Zelda.
– Tienes que aguantar. Cuando lleguemos al Monasterio de la Luz, habrá una oportunidad. Para eso, tienes que recuperarte, no hacer esfuerzos. No le des motivos para hacerte daño, sé dócil y paciente, y llegará tu turno.
Y la imagen se quedó quieta. Zelda tocó la superficie, rozó con los dedos, sacudió el visor para intentar verlo otra vez o llegar a otras imágenes, pero entonces el aparato se quedó a oscuras y algo vibró en su interior. Zelda lo soltó, y vio con sorpresa que estaba ardiendo, con un fuego azul que consumió el visor, hasta no dejar nada.
La sala quedó a oscuras.
– Nos siguen.
Esto lo dijo Reizar, subido en el lomo de Vestes. La orni trinó, y Oreili la escuchó. Transmitió su mensaje a su jinete, que era Leclas. Este hizo un gesto hacia Kafei y el chico se adelantó un poco para ir tras Saeta y decirle a Link, con un gesto, que les estaban mirando.
Viajaban a toda velocidad, cruzando el aire. Habían encontrado resistencia de algunas criaturas aladas, que según se decía eran garudas. Reizar propuso una formación en uve, donde Link era la cabeza de punta. No era la mejor forma, porque Link estaba un poco desprotegido, pero era el que manejaba el arco con mayor puntería. De hecho, la primera garuda la derribó él, antes que Nabooru o Vestes. Las sabias del Espíritu y la luz ocupaban las partes centrales de la V, y la cola la vigilaban Reizar, Kafei y Leclas, subidos en sus pelícaros o ornis.
Nabooru dijo que no era un enemigo. Link hizo la señal para buscar refugio, y el grupo descendió en un bosque, uno de los pocos que aún quedaban en pie, antes de llegar a la llanura de Hyrule. Se separaron formando un círculo, y Link se quedó a propósito en medio. No hizo falta que Nabooru le advirtiera, él ya sabía quién podía ser.
El pelícaro Saltarín tomó tierra frente a Saeta, a duras penas, porque Jason seguía sin dominar ese momento del vuelo. Se recompuso rápido, acostumbrado a esos golpes y de inmediato se arrodilló ante Link.
– Señor, por favor, perdóneme… Yo solo… solo quiero ayudarles a rescatar a la primer caballero.
Link le miró. No había sacado su arco. El resto del grupo se adelantó y fue Leclas quién le dijo a Jason que era un imbécil, que iban a sospechar si no le veían por allí.
– Soy uno más, no les importará. Pensarán que he desertado – Jason siguió de rodillas.
– ¿Por qué te importa tanto la primer caballero? – preguntó Link.
Al grupo le sorprendió la voz tan fría y dura del rey. Ni a los nobles, a quienes despreciaba, les había hablado así. Jason se atrevió a levantar la mirada y decirle a la cara:
– Cuando nadie creía en mí, solo me veía como uno más en Términa, me dio las órdenes y se aprendió mi nombre. En el Bosque de Umbra, tuve el honor de ver que lo que cuentan en las historias en solo una parte de ella. Quiero ayudar a los elegidos por las Tres Diosas.
– Arriesgas tu vida – dijo Link.
– Con su permiso, alteza, todos aquí lo estamos haciendo – Jason volvió a mirar al suelo.
Tras unos segundos de silencio, Link dijo:
– Levántate, por favor. Y trátame de tú. Ahora somos compañeros de viaje, y vas a luchar a nuestro lado. Los títulos no importan – Link se acercó y Jason, tras vacilar un segundo, obedeció –. ¿Has visto si nos seguía alguien más?
– He eliminado algunos goblins que volaban sobre esas cosas raras con alas, pero no me atrevo a decir que el enemigo no sabe que está de camino, alteza…
– Link, llámame Link, Jason. De acuerdo. Vamos a aprovechar este parón para descansar un poco, pero en menos de una hora volvemos al aire – Link vio que Leclas sacaba las raciones que había traído consigo –. Tenemos que alcanzar el arca, antes del atardecer.
Había encontrado la puerta de la prisión. Ahora que no la tenían encadenada a la cama, y se podía mover, Zelda palpó cada rincón. No veía gran cosa, pero los ojos se acostumbran a la oscuridad y empezó a hacerse una idea del sitio. Era cuadrado, grande, sin agujeros. El aire estaba viciado y olía cada vez peor, por la falta de ventanas. Marcó una zona para hacer sus necesidades, lejos del lugar donde los guardias le dejaban algo de comer. Empezaron a hacerlo más seguido, y dejó de ser pan seco y mohoso por algo de carne.
Sin huesos, claro. Debían de acordarse que se escapó de la prisión de los lizalfos usando uno.
Los platos y la jarra eran de cerámica, pero muy frágil, tanto que rompió uno solo con sostenerlo con la mano. En algunas prisiones los hacían así para que no pudieran usarse como armas. La puerta era de madera gruesa, con traviesas de metal. Se abría y cerraba con delicadeza, no sonaba. La comida la pasaban por una trampilla estrecha debajo de la puerta. Tenía, además, en un sitio al que llegaba solo de puntillas, un ventanuco. Debían de usarlo para vigilarla. Zelda levantó los grilletes, y con la cadena empezó a golpear el ventanuco. Sabía que no iba a lograr abrirlo, y era demasiado estrecho para que ella pudiera pasar por allí.
No era su intención.
– ¡Eh! ¡Eh! ¡Quiero hablar con Zant! ¡Quiero hablar con Zant! – gritó varias veces, hasta quedarse ronca. Paró solo para beber un poco de agua. Como no se fiaba de sus captores, prefería guardar toda la que pudiera. Tras tragar, repitió. Una y otra vez, durante horas, en plena oscuridad, con menos voz cada vez.
Al final, fue el wizzrobe quién abrió la puerta. Su rostro de pájaro se iluminó gracias al bastón que llevaba, que soltaba un vapor amarillento. Zelda levantó las manos con los grilletes y dijo:
– Solo quiero ver a Zant.
El wizzrobe la apuntó con el bastón, y Zelda no rehuyó el ataque: recibió la dosis de electricidad que la dejó aturdida. En ese tiempo, un orco la tomó de los grilletes, la levantó y la llevó por los pasillos hasta un lugar iluminado. A pesar del tiempo tormentoso, había rayos mortecinos de sol. Zelda entrecerró los ojos, porque le hacía daño. Pestañeó, y en lo que tardó en que su vista se acostumbrara, fue llevada al mismo circo donde había peleado. Habían retirado los cuerpos de todos los cadáveres, y no había nadie en el público. Solo Zant, en mitad del escenario. No llevaba su horrible máscara de lagarto, y por unos segundos, al verle allí de pie, Zelda tuvo la ilusión de que era Link.
Apretó los dientes y, por una vez, se obligó a mirar a Zant a la cara y que no pareciera que le odiaba a muerte.
– Has recuperado fuerzas, eso me han dicho – empezó, a modo de saludo.
– Gracias a tus cuidados y al ejercicio de antes – dijo Zelda.
A una orden, el orco soltó a la chica en el suelo, y esta se sostuvo de pie. De inmediato, el wizzrobe la señaló con su bastón. Bastaba con que se moviera un poco, aunque fuera un milímetro, para que de nuevo le diera una descarga. Zelda levantó las manos otra vez para mostrar que ella no iba a moverse. No podría, porque le habían mantenido los grilletes de los tobillos.
– Me alegra ser útil a la elegida por las Diosas – musitó Zant –. Ahora, dime, ¿qué estás planeando? ¿Por qué esa insistencia en verme?
Zelda sonrió un poco. Ella sabía que a veces le salía esa sonrisa de bruja malvada. A Link le encantaba, decía que le daba miedo y placer al mismo tiempo, porque solía hacerla justo antes de besarle.
– Quiero algo.
– Sí, que te libere, que te deje en paz, claro… – Zant también sonrió, y a él le salió algo más terrorífico.
– No. Solo quiero terminar el combate con el centaleón de piedra – Zelda se quedó quieta, mientras Zant se acercaba tanto a ella que el wizzrobe tuvo que apartarse para no electrocutarle.
– Ah, ¿sí? ¿Es que quieres morir, Heroína de Hyrule?
De haber tenido un cuchillo, o un trozo de cristal o de cerámica resistente, Zelda habría podido apuñalarle.
– Sí, en combate, no en una prisión o ejecutada delante de mis enemigos.
No esquivó a Zant, cuando este alargó la mano y la apresó por el cuello. Le retorció la maraña de rizos y se acercó tanto que sintió su nariz pegada a la suya.
– ¿Y qué pasa con Kandra?
– ¿Qué pasa con ella? ¿Es que es la que te da órdenes? Eres el rey, ¿no? Todos te deben obediencia – logró murmurar Zelda.
– Kandra quería mantenerte viva.
– Vaya, vaya… – sonrió, aunque la cercanía de Zant le estaba revolviendo el estómago. Más si tenía que fingir que en realidad estaba ante Link. Y esto era lo que más asco le daba –. ¿Es que siempre vas a obedecer a los demás? Me dijeron que eras un tirano y que tuvieron que derrocarte… ¿Dónde está ese rey? Menudo cobarde, escondido detrás de una fea máscara.
Zant respondió soltándola de golpe, y Zelda se dejó caer al suelo. En algún lugar, en el interior de su cabeza, sabía que las personas que creen tener el poder disfrutan mirando el sufrimiento de quien tienen dominado. Fue terrible ver esa expresión en el rostro de Link.
– Te haré feliz, claro que sí, porque es lo que más me apetece. Dar una última voluntad a una persona moribunda – Zant movió la mano, y dejó que fuera el wizzrobe quien le diera la lección a Zelda. Apretó contra su garganta la vara y la corriente la dejó de nuevo paralizada.
Cuando despertó, esperaba encontrarse de nuevo en la prisión, pero en su lugar, estaba en el mismo sitio donde había caído. Le habían quitado los grilletes de muñecas y tobillos. Alrededor del cuello, le había colocado otra vez la argolla, apretada y con un candado más grueso que el anterior. Lo tanteó, lamentando no tener la costumbre de Leclas de llevar ganzúas cosidas en la ropa. Se puso en pie despacio. El motivo por el que había despertado fue que se estaba empapando. Caían gotas de lluvia, que venían no tanto de arriba, como de lado. Por lo que había vivido volando sobre pelícaro y cuando tenía la máscara de orni, Zelda sabía que eso significaba que estaban atravesando una nube con tormenta.
Abrió la boca y bebió el agua de la lluvia. Aprovechó también para mojarse la cara y las manos. De haber estado en un sitio más cerrado, o menos expuesta, se habría quitado las ropas para lavarse. Mientras esperaba a que terminara de llover, sentada cerca del enrejado, Zelda miró hacia arriba. Cerró los ojos y se concentró. Tenía que parecer débil. No era una cuestión difícil. Solo con pensar en el dolor de las heridas, bastaba.
Lejos de allí, la Espada Maestra, atada en un hatillo en la espalda de Link, empezó a vibrar. El rey la movió para observarla. Estaban en el descanso, en el momento en que habían parado para hablar con Jason. Zelda escuchó en su cabeza la voz del espíritu de la Espada.
"La prueba continúa"
"Rauru me dijo que en el momento en que levanté la Espada, empezaron mis pruebas, y que nunca han terminado" Zelda levantó el rostro al cielo lluvioso, con los ojos cerrados. "Supongo que solo me libraré de ellas cuando muera, ¿cierto?". El espíritu no respondió. Al cabo de un rato, Zelda abrió los ojos y miró hacia el frente. Vio, con claridad, a Saharasala. El Sabio de la Luz la miraba, sus ojos glaucos curados. Zelda sonrió, y las lágrimas que sintió correr se mezclaron con la lluvia. Las diferenciaba porque el agua era fría, y las lágrimas tibias.
"¿Eres tú el sabio que me guiará en esta prueba?"
"Me ofrecí voluntario" respondió Saharasala. No movía los labios, y por eso, cuando dijo esto en la mente de Zelda, esta le vio dedicarle una sonrisa paternal y dulce. "Vamos a salvarte, todos juntos. Siempre has tenido mucho sentido común, y el plan absurdo que quieres llevar a cabo..."
Zelda le miró fijamente, con su rostro más neutro que nunca. Saharasala volvió a sonreír.
"Es justo lo que debes hacer. Esa es mi lección. Aprende de tu instinto, deja que te guie"
Lejos, en el claro, Link sintió que la Espada dejaba de hablarle. Había escuchado a Saharasala, y a Zelda, y por un instante, las líneas doradas que veía le mostraron la imagen de la chica sentada en el suelo, con una cadena alrededor del cuello. La mirada fija en algún lugar, con determinación. Sabía que iba a intentar algo muy loco y suicida, como era propio de ella. "Sigue aceptando retos, como cuando tenía 8 años". Link intentó, con toda la fuerza de su magia, hablarle, pero no le llegó. Abrió los ojos, miró hacia arriba. En algún momento se había desvanecido. Los sabios que le acompañaban le miraban desde el suelo, mientras Reizar trataba de contener la hemorragia en la nariz.
– La he visto… Hay que llegar hoy al arca, es importante. Debemos llegar por abajo – logró susurrar Link, mientras se ponía en pie.
Nadie le preguntó. Desde la demostración de sus poderes en la oscuridad y en la luz, los sabios no le cuestionaban tanto. Medli tocó con el arpa, la nariz dejó de sangrar y Link se puso en pie.
La lluvia no cesaba. En el circo creado en el arca del Bastión de Killian, Zelda Esparaván salió de su estupor. Seguía lloviendo, y el agua no les gustaba a los orcos, goblins y demás criaturas. Asistían al espectáculo, silenciosos. Imaginaba Zelda que esperaban ver cómo la Heroína era aplastada por la enorme bestia que caminaba hacia ella, a través del portalón abierto. Por supuesto, no le habían dado ningún arma. "Como hicieron en Rauru, que me quitaron los cubiertos" y este pensamiento la hizo sonreír.
Prefería la lucha antes que volver a esos salones.
El centaleón no entró como lo hizo en la primera lucha, sino despacio, con sus placas de piedras y metal cubriendo de nuevo su cuerpo. Parecía menos agresivo, pero Zelda imaginó que solo quería ser cauto. No por ella, sino porque no se fiaba de que Kandra no estuviera. Zelda empezó a alejarse un poco, arrastrando la cadena. El chirrido del metal contra la piedra resonó en todo el lugar.
– ¿Huyendo, Heroína de Hyrule? – dijo Zant, sentado en su palco –. No te preocupes por Kandra, no vendrá. Está muy ocupada.
– Bien, me apetece bailar un poco – le gritó en respuesta. Tiró más de la cadena, enrollando una parte en su brazo. "No me falléis, velocidad del rayo, espíritu de la espada, Saharasala" pensó, mientras miraba al centaleón retroceder un poco.
Tomaba impulso. Empezó a correr hacia ella, su gran espadón hecho de metal y hueso levantado por encima de su cabeza. Era una bestia muy confiada, si emprendía el ataque mostrando el cuerpo sin temor. También era cierto que Zelda era más baja, más pequeña, estaba desarmada y encima encadenada al suelo. No podía temer ningún contrataque.
Tampoco era la intención de Zelda.
Cuando el centaleón de piedra levantó la espada, Zelda aguantó un segundo de más, para asegurarse. Levantó la cadena por encima de su cabeza, bien estirada. Cuando la hoja pesada de metal la atravesó y rompió, Zelda dio un paso atrás. Todo ocurría lento, pero entendía que, desde fuera, ella se movía muy rápido. Aun así, la hoja del centaleón le golpeó en la pierna derecha, un poco más adelantada. El golpe la derribó y no pudo alejarse de la bestia.
Estaba libre, pero su plan ahora dependía de si podía correr lo bastante rápido.
Zelda se escurrió bajo las patas del centaleón. Ser más pequeña que su rival le daba esa ventaja. La sangre y la lluvia la ayudaron a deslizarse. El centaleón tuvo que darse la vuelta para intentar atraparla, pero Zelda volvía a moverse rápido. Saltó sobre la reja del centro, donde habían soldado la cadena que antes la mantenía presa, y se quedó quieta allí. Le hizo un gesto al centaleón, uno que no hacía desde niña y por el que la profesora Mariposa la hizo escribir en la pizarra que no volvería a hacer ese gesto delante de ningún ser vivo. "La profe entenderá que la promesa se rompa ahora", se dijo.
El centaleón conocía el gesto, porque incluso desde la distancia, Zelda le vio fruncir toda la cara, poner las orejas hacia atrás y apuntar los cuernos hacia ella, dispuesta a usarlos junto con enorme espadón. Esperó que hiciera el mismo movimiento. Sintió, más que ver, que Zant se ponía en pie en su palco, y empezaba a decir algo, pero el centaleón no le escuchaba. Zelda solo debía evitar que volviera a darle. Aunque fuera un corte minúsculo, ya sangraba bastante por la pierna. No podría recuperarse si la dejaba malherida.
Aunque importaba muy poco, porque iba a morir de todas formas.
La gran espada golpeó justo en la reja que, solo hacía unos días, era el desagüe, el lugar donde el agua de la lluvia del bastión caía hasta las alcantarillas, ahora olvidadas en la llanura de la Calma. Desde que el bastión había iniciado su viaje, debajo solo quedaba el aire y el espacio contra el suelo. El espadón partió por la mitad el enrejado, que se dobló y deformó hasta quedar un agujero. Zelda miró al centaleón. A este, romper la reja no le importó tanto como el hecho de que Zelda le había esquivado por segunda vez. Ella volvió a levantar la mano, le hizo el mismo gesto insultante y se lanzó de pie en el agujero.
Zant gritó sus vacías amenazas. Zelda no lo supo hasta más tarde, pero trató de apresarla con sus látigos de oscuridad, pero la velocidad del rayo, su poder de heroína regalado por la espada, le ayudó a esquivarlos. Salió por debajo del bastión. Al aire, estaban las estancias arrancadas del suelo, las entrañas que se mostraban la red de celdas, algunas abiertas, y también los canalones que tiempo atrás habían llevado el agua a las dependencias superiores. Formaban un laberinto que, poco a poco, iba dejando atrás.
Estiró los brazos y piernas. No importaba que sangrara. No importaba, porque el golpe contra el suelo la reventaría, igual que un tomate maduro que se cae de la cesta. Iba a morir, y descubrió, por primera vez en meses, que ese pensamiento no la asustaba. Estaba en paz. Agradecía haberse despedido de su padre, y liberarle de la promesa de permanecer en Hyrule. Agradecía haber conocido a cada uno de los sabios, a todos los amigos que habían ayudado, a los príncipes de Gadia y a otros tantos. Zelda solo lamentó que el orgullo le impidiera hablar con Link. Debió haberse quedado esa mañana, dejar las cosas claras y volver a abrazarle y besarle.
Cerró los ojos con fuerza y se dijo a sí misma que solo esperaba hacerle llegar este mensaje. Y que, por favor, se casara de una vez con una hylian noble. A ser posible, tonta, buena, y fea, para que no se sintiera celosa.
En algún lugar, alguien dio un grito. Zelda abrió los ojos, justo a tiempo para ver bajo ella el cuerpo rojo de un pelícaro, y unos brazos que la sujetaron. El golpe fue violento, pero peores se había llevado en los últimos días. Solo tardó unos segundos en salir de su aturdimiento. Mientras, la persona que la sostenía no hacía más que repetir su nombre, a medida que trataba de esquivar flechas que les lanzaban.
Link V Barnerak, con su corona de rey ciñendo la frente, la tenía entre sus brazos, un poco desmadejada, con una pierna casi fuera del pelícaro y la otra doblada de mala manera. La sostenía, aferrada a sus ropas, y le pudo sonreír y decir "hola". Saeta volaba intentando salir de la parte inferior del arca, pero de ella ya estaban saliendo garudas con grandes alas. Sobre ellas llevaban a goblins, armados con arcos y ballestas. Las flechas que lanzaban tenían fuego y estallaban cuando Saeta esquivaba, y se estrellaban contra los restos de la parte inferior.
– ¡Ahora! – gritó Link.
Sobre estos enemigos cayeron un grupo de ornis y pelícaros. Zelda reconoció enseguida el chasquido del rayo. Nabooru, sobre su pelícaro Topaz de plumas doradas, derribaba garudas como si estas fueran hojas de otoño. Al otro lado, Kafei lanzaba su boomerang gigante, dejando un reguero de fuego que destruía a los goblins a su paso. Medli se colocó al lado de Link, se posó sobre Oreili, que llevaba Leclas armado con una ballesta, y tocó la canción de la curación. El arpa se iluminó con su poder de Sabia de la Luz. Zelda vio con sorpresa que la herida de su pierna se curaba, hasta no dejar nada más que el roto en el pantalón.
– Hay que largarse de aquí – dijo Leclas.
– No, aún podemos hacer algo más – Zelda se incorporó, apretó las piernas alrededor de Saeta y alargó la mano. Link supo lo que quería, y le puso la Espada Maestra en su mano.
– No estamos todos los sabios – le gritó Link, mientras este a su vez sacaba el arco, el majestuoso arco de madera blanca que le regaló. Zelda le miró por encima del hombro.
– Para derribar el bastión, no los necesitamos – Zelda silbó para llamar la atención de Nabooru, Kafei y Reizar, sobre Vestes. Gritó lo siguiente, con una sonrisa de bruja –: Intentad entretenerlos, un poco, y a mi señal, marcharos de aquí.
Vio por el rabillo del ojo a Jason, subido a Saltarín, y medio sonrió. Ese muchacho era un inconsciente, pero había aprendido de una loca, así que no podía culparle.
Del lugar de donde había salido Zelda, la antigua alcantarilla, empezaron a salir unos látigos de color negro, cada vez más largos y gruesos. Leclas los vio primero, y junto con Oreili, disparó con su ballesta. Sus flechas también tenían explosivos, y esto obligó a los látigos a retroceder un poco, pero no a desaparecer. Nabooru lanzó sus rayos, y Kafei, Reizar y Jason atacaban a los goblins. Link levantó el arco, se puso en pie sobre los estribos de Saeta y lanzó una flecha, que impactó sobre una garuda y la derribó.
Volaban esquivando los restos de muros que en el pasado fueron las mazmorras del bastión. Zelda vio un cuadrado con las paredes tapiadas, y recientemente. Las paredes gruesas serían difíciles de romper. En ese momento, un goblin subido a una garuda empezó a lanzarles las flechas que estallaban. Zelda indicó a Saeta dónde colocarse y esperó a que el goblin lanzara más. Ordenó a Link que se quedara quieto, y este obedeció al instante. Le vio llevarse la mano al carcaj y sacar la flauta. A falta del poder protector de Link VIII, tenían el suyo. Zelda le dijo que no se molestara y que se sujetara bien a ella.
Cuando la flecha explosiva se encaminó hacia ellos, Zelda pidió a Saeta un requiebro, hacia abajo. El pelícaro obedeció. La flecha golpeó la pared, abriendo una grieta de la que, poco a poco, empezaron a caer cascotes. Link entonces disparó al goblin, lo derribó y, casi a duras penas, logró sostener a Zelda. Porque la chica, de repente, cayó hacia delante. Una de las rocas le había golpeado la cabeza, y esto la dejó atontada. Le dio tiempo a dejar la espada en su regazo antes de perder el conocimiento.
Saeta se elevó un poco, y entonces el rey comprendió qué trataba de hacer. A través del agujero que había hecho el goblin, salía una luz verde, brillante. No había visto aún un núcleo, pero recordó las descripciones que le hizo Zelda. Ese era el objetivo de la chica, y por eso, Link aseguró a Zelda con la correa de su cinturón, y luego pidió a Saeta que diera la vuelta y se enfilara hacia el agujero. Levantó el arco blanco, colocó la flecha, pero de repente, algo se interpuso en medio.
Hacía mucho, mucho tiempo, tanto que Link casi prefería olvidar, había visto ese rostro enmascarado. Era un wizzrobe. Recordó la primera pesadilla donde los vio, la premonición de la muerte de Urbión, y como este le dijo que era un tipo de mago. Se sostenía en el aire, con movimientos muy parecidos a Sombra. Tenía en las manos algo nuevo: una vara de metal con un brillo amarillo en la punta.
– Cuidado – dijo Zelda – Eso te puede dejar paralizado, y hace daño.
– Necesitamos eliminarlo para poder llegar al núcleo – Link la liberó de la correa, y Zelda se sostuvo sola. La Espada Maestra seguía en su mano, como si la tuviera pegada. Un reguero de sangre le cubría la mitad de la cara, y no veía por un ojo.
– Ocúpate de él, yo destruiré el núcleo, pero necesito algo de tiempo – y Zelda levantó la Espada Maestra, tal y como vio al chico de Altaréa, el primer héroe. Link apuntó al wizzrobe, pero este se movía, aparecía y desparecía. Las flechas, cuando llegaban, rebotaban en alguna pared o caían hacia la llanura.
Mientras, los tentáculos oscuros estaban llegando hacia ellos. Derribó a Nabooru, y esta salió despedida. Leclas y Oreili dejaron de disparar flechas para socorrerla a ella y a Topaz. Kafei se colocó al lado de Reizar, que sangraba por una herida en el brazo y le costaba sostener la ballesta. Gracias a la acción del boomerang, evitó que el príncipe gadiano fuera alcanzado por uno de los tentáculos.
La Sabia de la Luz, inexperta en la lucha, pero con mucha voluntad, se posó en un resto de muro, para poder sostener el arpa. No podía usar armas, y necesitaba la magia. Trató primero de cubrirse con un muro protector, pero si lo hacía, no podía ayudar a los demás, y tampoco evitar los furibundos ataques de esos tentáculos oscuros. Jason, el chico tan inexperto como ella, se colocó a su lado y con su espada repelió los ataques.
Era el momento.
Medli pidió ayuda a Saharasala, allá donde se encontraba. Aún no entendía por qué, entre todas las personas que había ese día, había decidido darle sus poderes de sabio a ella. Era joven, aún estaba aprendiendo, no dominaba toda la magia. Si hubiera estado su madre, una sabia sacerdotisa orni, lo hubiera comprendido. Esos meses de iniciación, había hecho miles de preguntas a Laruto, la Sabia del Agua. Había entrenado y estudiado con ella, pero notaba que aún le faltaba tanto…
– ¡Medli! – le gritó el líder de los sabios. Estaba lejos, pero la orni le escuchó como si estuviera al lado. Vio que sobre el pelícaro rojo, Link no estaba solo. Tenía a Zelda delante, con la Espada Maestra en alto. La hoja se estaba volviendo de gris a dorada. Detrás del rey, sostenida en el aire, estaba la criatura llamada Sombra. Medli sintió un estremecimiento, pero recordó que debía confiar en los elegidos.
– ¡Los dos juntos! ¡La canción del tiempo! – gritó el rey. Le vio guardar el arco, y coger la flauta de la familia real.
Ocurrió todo a la vez: por un lado, la Espada Maestra cegó a la criatura llamada Wizzrobe. Este lanzó unas esferas que flotaron hasta alcanzar a Saeta. El pelícaro gritó de dolor, pero siguió agitando sus alas para mantener a sus jinetes sobre ellos. Link tocó los compases de la Canción del Tiempo, y Medli pudo seguirle. Hacía mucho que le había enseñado esa mágica canción de la familia real, pero no habían logrado que hiciera nada. Los tentáculos oscuros llegaron a donde estaba Link, pero Sombra, con un movimiento de sus múltiples brazos, los detuvo. Jason se movía con rapidez subido al lomo de Saltarín, soltando tajos a todos lados para evitar que llegaran a Medli.
Del rey Link V Barnerak, líder de los sabios, surgió una luz dorada similar a la de la Espada Maestra, y de su pecho, aparecieron tentáculos dorados, que, con un estirón, derribaron a los enemigos que quedaban en pie, liberando a los sabios de la lucha. Los que estaban hechos de oscuridad retrocedieron un poco, pero regresaron al ataque, sin éxito porque Link los detuvo. Desde donde estaba, Medli vio a Zelda sonreír a través de su rostro ensangrentado. Descendió la Espada Maestra y lanzó un arco de luz, que atravesó un agujero en el arca.
– ¡Hay que marcharse, rápido! – gritó la guerrero. Medli dejó de tocar, y con ello el poder de Link se debilitó solo un poco, un parpadeo. Jason la sostuvo a tiempo, la cargó en el pelícaro y obedeció a su capitán.
Todos los guerreros salieron de debajo del arca. Esta se iluminó de color verde, y la explosión de sus entrañas hizo temblar los suelos de piedra. Las criaturas empezaron a correr, en busca de refugio. Debajo, la explosión derribó al wizzrobe y le lanzó por los aires, mientras que Saeta, tras aletear con toda la fuerza, perdió y empezó a caer en espiral hacia el suelo. Zelda guardó la espada, y gritó que se agarrara bien, con un último resto de conciencia. Link la obedeció, abrazándola y cubriéndola con su cuerpo.
Una corriente de aire muy caliente empujó a Saeta hacia la oscuridad del Bosque Perdido.
