Las imágenes iban y venían a medida que sus ojos luchaban por mantenerse abiertos, rostros desconocidos le ofrecían cuidados y la mantenían cómoda. - Bebe un poco más. - Le indicaba una voz gentil y ella, en contra de todo lo que había aprendido desde pequeña, obedeció sin dudar. Tal vez era la falta de energía lo que le impedía sospechar de aquellas personas, aunque si llegaba a desconfiar de ellos, el aturdimiento de sus sentidos no le permitía permanecer despierta por más de uno o dos minutos a la vez, así que aunque se lo propusiera, la verdad era que no se sentía capaz de oponer resistencia.
El tiempo pasaba, aunque desapercibido, pues por culpa de la pesada somnolencia que la invadía solo era capaz de notar la gradual mejoría de su condición física que poco a poco hacía desaparecer el dolor y entumecimiento que hasta entonces había sentido en las coyunturas, sin embrago, lo único que no daba señales de ceder, era aquel pesado sueño que se aseguraba de mantenerla inmóvil.
Si aquello era o no una trampa, no había nada que pudiera hacer al respecto.
- Han pasado cinco días Piandao, su cuerpo se ha recuperado casi por completo de la fiebre, no podemos forzarla a dormir más. - Advirtió el viejo monje con cierto recelo en su tono de voz.
- Lo sé. Solo tengo una petición más antes de que le permitan despertar. - Exhaló con pesar.
- Piandao... - Exhaló dejando sus hombros caer y cerrando los ojos anticipándose al hilo de pensamiento que solía venir de la mano del renegado forastero.
- Solo necesito que la aten bien al poste de la choza, manos y pies. - Guardó silencio. El monje lo miró por un segundo y volvió a cerrar los ojos meneando la cabeza de lado a lado en señal desaprobatoria.
- Sabes bien que esas no son nuestras costumbres... - Le recordó a modo de reclamo.
- Lo sé. - Se adelantó antes de que el viejo monje dijera algo más.
- Escúchame. - Insistió Gyatso con el tono más firme que el maestro fuego le había escuchado hasta el momento. - Eclipse tiene derecho a recordar su pasado. - Pausó al colocar su mano sobre el hombro del rebelde. - La búsqueda de tu paz interior no se puede interponer con su recuperación... ya lo has prolongado más de lo necesario. - Presionó el tema que tanto con esfuerzo había logrado evitar tocar hasta el momento.
- ¡¿Y quién eres tú para saber de nosotros?! - Gruñó apartando la mano del sabio. - ¡Tú no comprendes! ¡Jamás comprenderás! Esta isla los ha mantenido aislados de lo que pasa allá afuera. - Reclamó como si el viejo y su gente hubieran ignorado la obligación de participar en la inmundicia que envolvía al resto del mundo.
- Entiendo que debes dejar tus temores y egoísmo de lado Piandao. Ayuda a que Eclipse recuerde y permite que ella decida si mereces su perdón o no.
Aquellas palabras le cayeron como un balde de agua helada. Piandao bufó sin apartar su intimidante mirada del viejo monje quién no mostró reacción alguna ante su repentina explosión de emociones.
- No es difícil reconocer la culpa en los ojos de un hombre. La cobardía tampoco. - Gyatso suspiró y se dio la media vuelta en dirección a la salida. - La forastera despertará mañana por la mañana. Solo la mantendremos atada durante un día para que aclaren sus diferencias y después le permitiremos salir. - Concluyó y continuó caminando sin esperar respuesta.
Piandao bajó la cabeza y exhaló con pesar. ¿Por qué tenía que ser así? la realidad parecía haber decidido alcanzarlos. La presencia de la heredera de los Sato iba a añadir una perspectiva que la Guerrera del Sur no podría ignorar.
- Buenos días. - Escuchó un saludo alegre que guio su vista hacia el lado derecho. - ¿Dormiste bien? - Observó y analizó al viejo que se sentaba frente a ella. De piel clara, con la cabeza completamente rapada mostrando el tatuaje de una flecha azul que terminaba por encima de sus tupidas cejas blancas, el tatuaje no era nada parecido a ninguno de las marcas que había visto en los rebeldes de Ba Sing Se, y a pesar del tatuaje y el frondoso y largo bigote que le cubría parte del rostro, el hombre tenía una apariencia completamente inofensiva y amigable.
La ropa que vestía tampoco era algo que hubiera visto en ninguna otra parte del mundo, combinando colores amarillo, marrón y anaranjado, lucía una túnica holgada que consistía de varios empalmes, la tela no lucía ningún solo remiendo o rasgadura, mancha o decoloramiento, se encontraba en perfecto estado y era adornada con un ostentoso collar que mostraba el símbolo que alguna vez había servido para identificar a los nómadas aire. Inusual era decir poco, aquellas ropas parecían sacadas de uno de los libros de historia que había visto en la biblioteca de Wan Shi Tong.
Asami intentó moverse cuando notó que sus manos se encontraban atadas al frente de su cuerpo con una cuerda que bajaba hasta sus pies y la mantenía bien sujeta e inmovilizada.
- Por favor discúlpame y no te asustes. Estas medidas fueron tomadas porque atacaste a uno de nuestros refugiados cuándo te encontraron en la cueva. - Pausó. - Es algo temporal, te dejaremos ir sin ninguna restricción a partir de mañana. Nuestra intención no es lastimarte o mantenerte cautiva. - Le aseguró. - Simplemente queremos asegurarnos de que no vayas a atacar a nadie más. - Explicó con una sonrisa amigable y sincera.
La ojiverde analizó cada una de las palabras del viejo y lo observó atentamente. Su vocabulario parecía elevado para tratarse de un rebelde, o un bruto del Loto Rojo, el hecho de que hubiera alcanzado edad suficiente para que todo el vello de su cuerpo se hubiera tornado blanco delataba su avanzada edad, algo que no era común más allá de la gente con buenos recursos como los líderes de asentamiento o de grupos rebeldes lo que la llevaba a pensar que podía estar metida en serios aprietos. Aunquea pesar de todo, le resultaba extraño que sin importar su actual desventaja, no se sentía amenazada por la presencia de aquel hombre. Luego de pensarlo por un momento dedujo que se trataba de su mirada, resultaba imposible sospechar de unos ojos tan honestos y hasta cierto punto... inocentes.
- ¿En dónde estoy? - Preguntó pasando su atención del viejo a la habitación en la que se encontraba.
- En la isla de Yangchen. - Le respondió con naturalidad.
- ¿Yangchen? - Cuestionó alzando una ceja.
- Es el nombre de un Avatar que vivió hace seis siglos aproximadamente. Si te interesa puedes aprender todo sobre ella en el templo sobre la colina. - Sonrió.
La pelinegra asintió con la cabeza sin decir nada ¿Se encontraba en peligro? Su instinto le decía que no, pero la situación apuntaba a lo contrario. Que te ataran de manos y pies como bienvenida nunca podía tomarse como una "buena señal". Suspiró.
- Mi nombre es Gyatso, soy el líder espiritual de la isla. Si necesitas algo o llegas a sentir que te hace falta salir a tomar aire fresco o cualquier cosa, solo diles que quieres hablar conmigo y vendré de inmediato. - Le aseguró. - Iré a pedir que te traigan el desayuno. - Dijo apresurándose a interrumpir el silencio que comenzaba a asentarse entre los dos mientras la joven lo observaba con tal persistencia que daba la impresión de que sus ojos podían ver a través de él.
- Por cierto. - Se detuvo antes de salir. - ¿Cuál es el nombre de tu pequeño amiguito? - Gyatso señaló hacia su costado izquierdo, Asami volteó solo para encontrarse con la figura de Sai quién dormía a su lado hecho un ovillo.
- Sai. - Respondió sin poderse explicar de qué manera él había logrado ver al espíritu del zorro que por lo general pasaba completamente desapercibido frente a los ojos de la gente.
- Bastante apropiado para un pequeño tan silencioso como él. - Asintió Gyatso y siguió con su camino.
Asami evaluaba su actual situación y sopesaba si debía idear un plan de escape o no. Debieron pasar cerca de diez minutos antes de que un par de mujeres entraran a la choza, una anciana de cabello blanco, piel morena y ojos azules, la otra era más joven, y a excepción de su cabello castaño, el resto de sus características eran iguales a los de la anciana, ambas le recordaron a la gente que descendía de las tribu agua del norte y del sur. Al igual que Gyatso, las ropas que vestían se mostraban limpias y en excelentes condiciones, lucían algo parecido a un ligero vestido de manga corta, aunque a diferencia del moje, ellas combinaban distintos tonos de azul y marrón.
Sonrientes le ofrecieron un plato de avena, otro con fruta picada y un cuenco con un par de huevos cocidos. Las mujeres daban la impresión de ser tan inofensivas y alegres como Gyatso, sus rostros irradiaban inocencia y tranquilidad, una cualidad que resultaba extraña en gente adulta. Ambas se colocaron a su lado y se apresuraron a desatarle las manos para poder entregarle la comida.
- Lamento que tengamos que volver a atar sus manos después de la comida señorita. Mi nombre es Hama y ella es Kiryk. Gyatso nos ha prometido que esto solo será por el día de hoy y mañana podrá andar por la isla con el resto de nosotros. - Le aseguró la mayor con genuina preocupación en el rostro.
Confundida con la inversión de sus papeles Asami intentó calmar a la mujer, pero ella continuó quejándose como si la ofensa fuera demasiado personal para pasarse por alto.
- Estas no son nuestras costumbres, a la gente no se le debe tratar como animales e incluso los animales no merecen ser atados de tal forma. - Bufó indignada y la mujer más joven asintió con la cabeza.
- No se preocupen. - Asami volvió a intentar consolarlas al notar que ambas lucían especialmente disgustadas con la situación. A ella no le resultaba extraño tener que tomar precauciones cuando se trataba de recibir a forasteros en un asentamiento, hasta el momento el monje y las mujeres parecían ser personas tranquilas sin experiencia en algún tipo de combate lo que terminaba de justificar el que la tuvieran ahí amarrada a un poste.
Luego del desayuno ambas mujeres volvieron a atar sus manos y salieron de ahí con la promesa de volver a la hora de la comida.
- ¿Sai? - Asami intentó encontrar inquietud en la energía que su amigo le transmitía, sin embargo, luego de despertar de su cómoda siesta, el espíritu reaccionó con un saludo alegre y un par de giros en su lugar sin mostrar alguna señal de inquietud o nerviosismo.
Suspiró decidiendo que lo mejor sería esperar al día siguiente y ver si Gyatso cumplía su promesa de liberarla, la verdad era que podría haberse aprovechado de la obvia falta de experiencia que las mujeres habían mostrado al acompañarla para comer, pero prefería darles el beneficio de la duda antes de tomar medidas drásticas y comenzar a cambiar las miradas de aqullas tranquilas personas.
El resto del día transcurrió tranquilo sin ningún evento que llamara demasiado su atención, personas entraban a ofrecerle agua o comida y a asegurarse de que sus ataduras no se encontraran demasiado apretadas o que su posición no fuera incómoda.
Asami aprovechó las horas sin actividad para meditar e ir al mundo espiritual en busca de información sobre la supuesta isla de Yangchen, el mismo Wan Shi Tong se mostró interesado sobre la nueva pregunta que la pelinegra traía consigo y la ayudó a buscar entre sus registros, pues más allá de un vago recuerdo de la mención de dicho lugar, él mismo desconocía los detalles sobre la isla.
- Creo recordar a otros espíritus mencionando haber ayudado al Avatar Yangchen a conseguir un lugar seguro para sus más fieles seguidores. - Le dijo la lechuza. Lamentablemente, antes de lograr encontrar algún artículo que le pudiera ayudar a esclarecer sus dudas, Asami sintió el llamado de alguien en su mundo así que se apresuró a despedirse del espíritu de la sabiduría y volvió a su cuerpo físico.
- ¡Tu! - Gruñó luego de abrir los ojos y distinguir el rostro moreno del maestro fuego que ella había creído alucinar en la cueva donde Naga la había dejado. Alto, de ojos color ámbar, cabello largo y gris sujeto en un molote y vello facial un poco largo y desalineado. El hombre lucía demasiado delgado para ser un guerrero del Loto Rojo pero la mirada en sus ojos lo delataba como tal, de eso no le cabía duda.
- ¿Me reconoces? - Piandao arqueo una ceja. Él se mantenía sentado frente a ella con las piernas cruzadas en forma meditativa.
- Reconozco a un miembro del Loto Rojo cuándo lo veo. - Bufó.
- Eso veo. - Asintió él liberando un profundo suspiro.
- Así que de eso se trata todo esto. - Asami señaló las ataduras que llevaba sobre sus manos y pies.
- No. - Piandao se apresuró a responder. - Esta isla no le pertenece al Loto Rojo. De todos sus habitantes solo tres somos antiguos miembros de la organización. Y los tres, al igual que tú, somos simples refugiados. - Se tomó la molestia de aclarar.
- ¿Pero ustedes pueden andar libres y yo no? - Asami reprochó volviendo a señalar sus ataduras con la mirada.
- Tu fuiste la primera en buscar la ofensiva cuando te encontré en la cueva. En esta isla la gente no pelea. Solo quise tener cuidado antes de liberarte para que no fueras a atacar a alguien más. - La duda en la voz del hombre no ayudó a despejar el mal humor de la ojiverde pero la mención de la cueva le trajo otro recuerdo a la mente.
¿Había visto a alguien más afuera de la cueva? La adrenalina comenzó a mermar su capacidad de pensar con claridad. La tormenta había agotado su cuerpo por completo y la había llevado a padecer una terrible fiebre que la mantuvo inmóvil sobre el suelo mientras esperaba a que sus ropas se secaran. Pudo haber sido una alucinación. Pensaba recordando todas las veces que había confundido sus pesadillas con la realidad. Korra había muerto hacía poco más de año y medio...
Entre sus alucinaciones, pesadillas y terrores nocturnos jamás había visto a Korra delgada, en muletas y con marcas de quemaduras sobre la piel, tampoco le había visto el cabello largo, suelto y trenzado de los lados... nunca la había visto así en persona ¿Cómo es que había logrado alucinarla de tal manera? Suspiró en un intento por apaciguar sus pensamientos. Este no era el momento para dejarse llevar por uno de los tantos trucos mentales que su mente solía jugarle cuando estaba demasiado cansada para distinguir entre sueño y realidad.
- ¿Entonces? - Escuchó la voz del hombre que la observaba detenidamente.
- ¿Que? - Atinó a responder sintiéndose un poco perdida en la conversación que se esforzaba por mantener con aquel detestable sujeto.
- Tu nombre ¿Eres Asami Sato? - Piandao se vio obligado a repetir la pregunta que la pelinegra parecía haber ignorado por completo.
- ¿Tú quién eres? - Respondió afilando la mirada sin sentirse sorprendida de que un miembro del Loto Rojo conociera su identidad. Según había escuchado, su intervención en la capital del Loto Rojo parecía haber causado una fuerte impresión en todos ellos.
- ¡Responde mi pregunta! - El maestro fuego alzó la voz lo que causó que Gyatso, quién hasta el momento había estado esperando afuera, entrara a prisa a la pequeña choza.
- ¡Piandao! - Lo reprendió con la mirada. Asami observó confundida la interacción que compartían ambos hombres, tal parecía que ambos, el rebelde y el monje habían hablado con la verdad. El Loto Rojo no comandaba la isla.
- No le he puesto ni una mano encima. - Reclamó el maestro fuego.
- Pues tampoco hace falta que le grites mientras se encuentra atada a un poste. - Recalcó el líder. - Solo necesito que hagan las paces para poder dejarla en libertad. Se merece el mismo trato que te dimos a ti y a tus hombres cuando vinieron a dar a nuestras costas. - Le recordó.
- ¡Lo sé! Gyatso. Todo eso lo sé. - Suspiró intentando tranquilizarse. - Pero esta situación es más compleja de lo que te imaginas. - Insistió.
- ¿Compleja? - Rio el viejo líder. - No has hecho otra cosa que mantener misterios y secretos desde que llegaste a la isla. El complejo aquí eres tú Piandao ¿Qué te hace pensar que desconozco lo que está en juego? - Lo interrogó alzando una ceja.
- ¿Cómo podrías saberlo? Tú y tu gente desconocen el mundo más allá de su pequeña isla. - Se burló el rebelde.
- Que te sientas amenazado por la presencia de la señorita no es ningún misterio. - Sonrió Gyatso.
- Porque no sabes quienes somos Gyatso. Nuestros nombres y nuestro pasado no significan nada para ti, pero allá afuera ella y yo representábamos dos grupos que estaban destinados a matarse entre sí. - Exhaló con pesar.
- No te conozco. Piandao. - Intervino la pelinegra con evidente molestia haciendo énfasis en el nombre del maestro fuego.
- Pero yo a ti si. Asami Sato. - Aseguró arrugando el entrecejo. - Hija de Hiroshi Sato, líder del impresionante pueblo en las ruinas de Ciudad República... la mano derecha del Avatar. - Bufó.
Asami se permitió un tiempo para analizar las posibles situaciones en las que se había expuesto a los miembros del Loto Rojo. Solo recordaba dos, su visita a la capital del antiguo Reino Fuego y el día de la guerra en las costas de las ruinas de Ciudad República. Lamentablemente, además de P'li, Asami no recordaba al resto de los guerreros que había tenido que quitar del camino para cumplir su objetivo.
- Te vi pelear con P'li en los calabozos cuando decidiste invadir nuestros territorios. - Añadió él agregando claridad a la situación. Asami guardó silencio por un momento sin retirarle la mirada de encima.
- Entonces no necesitas preguntar mi nombre. - Remarcó. - ¿No participaste en la guerra que se dio en mis costas? - Preguntó sabiendo bien que de la costa no había escapado ni un solo miembro del Loto Rojo. Los que no habían muerto se volvieron prisioneros de guerra y dudaba que a Kuvira se le hubiera escapado alguien.
- No. - Piandao bajó la mirada y permaneció en silencio por un momento antes de continuar. - Hay algo importante que me gustaría tratar contigo antes de liberarte. - Al fin se atrevió a tocar el tema que los había llevado a aquella isla en primer lugar. Asami guardó silencio y observó al hombre que se sentaba frente a ella mientras Gyatso permanecía de pie en la entrada con la mirada fija sobre Piandao.
- Se trata de la Guerrera del Sur. - Pausó, la pelinegra lo observaba con una mirada impenetrable mientras internamente luchaba por mantener sus emociones y pensamientos en orden pues cada palabra que escuchaba la llevaba a dudar de la realidad que estaba viviendo en ese momento.
- ¿Qué hay de ella? - Pronunció con tono frío.
- Está viva... aquí, con nosotros. - Pronunció entre dientes como si pronunciar aquellas palabras huiera sido difícil para él.
- Mientes. - Murmuró y comenzó a negar con la cabeza lentamente. - ¡Eso no es cierto! - Gruñó enfurecida. Asami intentó deshacerse de sus ataduras en vano hasta que Gyatso se acercó a ella y colocó una de sus manos sobre su hombro en un intento por ayudarla a recobrar la calma. Abundantes y silenciosas lágrimas le bajaron por el rostro mientras sus ojos reflejaban una mirada profunda y llena de rencor.
- ¡Ustedes me la quitaron! ¿No te parece suficiente? Ahora vienes aquí a querer manipularme con su memoria. - Reclamó con evidente indignación. Todo era demasiado irreal. ¿Seguía dentro de la niebla de las almas perdidas? Bufó sintiéndose atemorizada por la posibilidad de estar viviendo otra cruel alucinación.
- ¡Le salvé la vida! - Respondió Piandao. - No me preguntes el motivo porque yo mismo lo desconozco... pero está aquí. Vive y respira. - Agregó.
- Mientes. - Asami resoplaba, sus ojos fijos sobre los de él en busca de alguna señal que delatara su engaño. - ¡Mientes! - Volvió a forcejear con sus ataduras.
- No tengo porque mentir Asami Sato. Soy un desertor del Loto Rojo. Cuando al fin tuve la oportunidad de escapar, cuándo nuestra isla ardía en llamas y volaba por los cielos, mi camino se entrelazó con el de ella. - Suspiró. - Vi a la Guerrera del Sur caer al agua y fui a buscarla... de alguna manera terminé salvando su vida y encallando en esta extraña isla alejada del resto del mundo. No me queda nada. - Concluyó guardando silencio y observando la oleada de emociones que se manifestaban en el rostro de la ojiverde.
- No es posible. - Los ojos de Asami ardían con furia mientras lágrimas silenciosas le surcaban la piel, una tras otra se negaban a detenerse en señal de la tormenta que alborotaba sus emociones. - ¿En dónde está ella? - Se aventuró a preguntar con cierto temor a que, al igual que en la prisión espiritual, la escena que vivía comenzara a desvanecerse frente a sus ojos.
- Seguro anda merodeando por la isla. Hay algo de lo que debo advertirte. - Pausó. - La explosión causó que perdiera la memoria. No tiene idea de quien es o que era antes de despertar en esta isla... -
Asami permaneció en silencio pensando en lo poco que recordaba del incidente en la cueva. Había visto a Korra, no había sido otro de sus delirios, esta vez había sido real... si tan solo resultara fácil creerlo.
El silencio reino entre los tres mientras la ojiverde asimilaba la información que se le había otorgado.
¿Pérdida de memoria? Esto era algo que no había escuchado antes, así como no había escuchado sobre gente dormir durante tres meses después de haber recibido un golpe en la cabeza como le había sucedido a ella. ¿Valía la pena aventurarse a creer las palabras de este extraño?
- ¿Quieres que la llame? - Piandao preguntó casi en un murmuro como si deseara poder evitar hacer semejante oferta.
- No... - Asami respondió de la misma manera. - Necesito tiempo para pensar... organizar mis ideas. - Negó con la cabeza. - Pensé que la había perdido... - Suspiró, esta vez su mirada se había descompuesto por completo y el temor al fin se reflejaba en su rostro.
- Tranquila. Te daremos el tiempo que necesites. - Intercedió Gyatso al distinguir el delicado estado emocional de la mujer.
- Cuando la encontramos ella estaba en un estado delicado, tenía quemaduras en todo el cuerpo y por culpa de la explosión perdió parte de su pierna izquerda. Es probable que ya no sea la misma persona que recuerdas. - Agregó Piandao en un intento por terminar con aquella incómoda interacción.
- El espíritu nunca cambia, la esencia de una persona se mantendrá durante toda su vida sin importar cuán duras puedan ser sus experiencias. - Habló Gyatso notando la expresión de incertidumbre en la ojiverde. - Creo que darte un tiempo para pensar es una sabia manera de abordar esta situación. Eclipse es especialmente sensible y vulnerable cuando se trata de hablar sobre el pasado que no logra recordar. - Aseguró viendo a Piandao a forma de reproche.
- No es mi culpa. - Bufó el maestro fuego poniéndose de pie.
- Pudiste hablar más con ella para hacer de este momento algo más llevadero. - Reclamó el monje.
- Ayer le entregué una carta con toda la información que le puedo dar. - Dijo mientras se sacudía los pantalones y caminaba hacia la salida.
- No tenía por qué asimilar todo al mismo tiempo. - Insistió Gyatso.
- Necesito un poco de agua. - Asami interrumpió ignorando por completo el desacuerdo que había entre ellos.
- De inmediato. - Gyatso extendió su mano haciéndo una señal a una de las mujeres que permanecía de pie en la puerta, Piandao se limitó a dirigirle una breve mirada a la ojiverde antes de salir de la choza y marcharse en silencio.
Asami luchaba por controlar su respiración, calmar el latido de su corazón y apaciguar su mente, pero le resultaba algo casi imposible de lograr. Se sentía al borde del colapso. ¿Se encontraba a punto de ver a Korra o de despertar de un mal sueño? Gruñó con frustración.
- Aquí está el agua. - La voz del monje la hizo volver a enfocarse en el momento. Gyatso le entregó una jarra de barro llena de agua fresca que la pelinegra se apresuró a beber de forma desesperada. - Voy a liberar tus ataduras. Ahora que Piandao y tú han intercambiado palabras espero que no haya ningún otro altercado en la isla. - Le advirtió. Asami asintió sin prestarle mucha atención al tema. ¿Korra estaba viva? Eso era todo lo que ocupaba su mente. Resultaba imposible creer que fuera verdad.
Necesitaba una prueba de realidad y lo único que se le venía a la mente era el nombre del lugar en el que se encontraba. La isla de Yangchen, era la primera vez que escuchaba sobredicha isla. Debía volver al mundo espiritual e investigar al respecto y probar que en verdad existía, además, estaba eso de la pérdida de memoria... tal vez los libros de medicina en la biblioteca de los espíritus también podían esclarecer algo al respecto.
- Te dejaré para que descanses. Si necesitas cualquier cosa solo ve al monasterio en la cima de la colina. - Gyatso le habló suavemente luego de retirar la cuerda de sus manos y pies. - Nos vemos mañana. - Hizo una reverencia antes de salir de la choza y Asami permaneció en silencio escuchando como los pasos de la gente que la había estado cuidando hasta el momento se alejaban cada vez más.
Quedaba claro que dormir no sería una opción para esa noche, la conmoción la había dejado agotada pero demasiado inquieta para cerrar los ojos, sabía que si se atrevía a dormir solo sería para verse atrapada en terribles pesadillas que luego terminarían de drenar la poca compostura que le quedaba. Lo mejor era enfocar las pocas energías que aún tenía para buscar respuestas en el mundo espiritual.
Eclipse despertó más temprano de lo que acostumbraba, no había logrado dormir ni un poco, la carta que Piandao le había dado había sido demasiado para digerir ¿Por qué no le había dicho nada antes? Todo este tiempo había pensado que él era el único que en verdad la conocía... pero no, todo este tiempo estuvo conviviendo con un ¿enemigo? la idea generaba conflicto en su mente. ¿Qué representaba Piandao en su vida? ¿amigo o enemigo? ¿qué representaban Ikem y Shoji? ¿todo lo que había vivido en la isla no era más que un malentendido?
Molesta decidió empezar su día incluso antes que Piandao, los primeros rayos de sol apenas comenzaban a asomarse por el horizonte y ella caminaba por la plaza de la aldea sin rumbo aparente.
¿Por qué no lograba recordar su pasado? Todos lo hacían sin esfuerzo alguno, era algo de lo más natural y básico en la vida de toda persona. - Pero yo no puedo recordar ni mi propio nombre. - Bufó.
De acuerdo a Gyatso hoy sería el día en el que ella podría hablar con la joven que habían encontrado en la cueva. El simple recuerdo de su rostro despertaba un millón de inquietudes en ella, era como si quisiera recordarla, como si le resultara familiar y al mismo tiempo, nada, no había nada que pudiera relacionar con aquellos profundos y amenazantes ojos verdes.
Se sentía emocionada y atemorizada a la vez. Quería hablar con ella pero temía no encontrarse a la altura ¿Era ella una persona importante que se suponía debía recordar? porque de ser así no haría más que decepcionarla. Tenía que tranquilizarse, si aquella joven la conocía significaba que le podría ayudar a recuperar sus recuerdos, o al menos le podría decir quién era y cuáles habían sido sus metas y propósitos antes del accidente.
Preocupada comenzó su ascenso a la cima de la isla, necesitaba hablar con Gyatso, tal vez intentaría meditar, necesitaba hacer cualquier cosa que le ayudara a despejar la mente, lo que menos quería era que, llegado el momento, terminara viéndose como una completa idiota, inquieta y perdida frente aquella forastera.
Gyatso la recibió con una cálida sonrisa como siempre lo hacía y la invitó a tomar asiento. Sin nadie más en el círculo de meditación todo se encontraba en completo silencio, perfecto para la meditación, dijo él antes de comenzar a guiar su respiración. Meditar, algo que no se le daba de forma natural, para nada, en lo absoluto, pero las campanas, el incienso y la suave voz del viejo ayudaron a que su cuerpo se relajara y terminara por quedarse dormida como siempre lo hacía. Esta vez el líder espiritual le permitió descansar en paz, Eclipse tenía un día importante por delante y lo mejor era que se armara de toda la energía posible antes de hacerle frente a lo que sea que su pasado pudiera llegar a revelar.
Los ojos de Eclipse se volvieron a abrir al medio día cuando el aroma a pescado asado se coló en sus sueños. La boca se le hizo agua al ver el plato con arroz, pescado y verduras cocidas frente a ella.
- Buenos días. - Gyatso sonrió. - ¿Tienes hambre? - Señaló el plato con la mano abierta.
- Pensé que no teníamos permitido comer en el área de meditación. - Dijo confundida.
- Ikem vino a dejarte comida, están preocupados por tu reciente apatía hacia ellos. - Explicó.
Eclipse guardó silencio y bajó la mirada, en realidad no sabía que decir, todo era demasiado confuso. Ikem, Shoji y Piandao habían sido lo más cercano a una familia para ella, pero la carta de Piandao confesaba que en el mundo real ellos habían sido enemigos y ahora no sabía que pensar.
- Tomate el tiempo que necesites, estoy seguro de que llegará el día en el que logres sortear tus ideas lo suficiente para saber qué lugar ocupan ellos en tu vida. - Pausó. - Por lo pronto será mejor que comas antes de que se enfríen tus alimentos. - Sonrió.
Eclipse le agradeció por su ayuda y se puso de pie, tomó el plato y se encaminó un par de metros lejos del área de meditación con la intención de apegarse a las reglas que el líder espiritual le había explicado desde el primer día en que se había sentado a observar a la gente meditando.
A la una de la tarde decidió que era momento de bajar y hacerle frente a la situación, debía hablar con aquella mujer. Su paso fue firme y determinado mientras bajaba la pendiente y cruzaba el pueblo, su energía parecía imparable. No permitiría que sus miedos se apoderaran de ella, caminó pasando varias chozas y continuó caminando hasta llegar a la indicada, la última en la ordenada fila de casitas de barro y hojas.
- Mi nombre es Eclipse. Vengo a hacerte preguntas y quiero respuestas claras. - Practicó en voz baja antes de adentrarse a la choza.
- Mi nombre es Eclipse, tengo preguntas que hacerte y más vale que respondas honestamente. - Continuó practicando distintas maneras de ir directo al grano.
- ¡Mi nombre es Eclipse y vine por respuestas! - Irrumpió sin mucha gracia tomando a la ojiverde por sorpresa quién se encontraba sobre una manta en el suelo en posición de flor de loto. Una de las varias posturas que la morena había visto a los monjes usar para meditar.
La mirada de Eclipse se vió atrapada por los profundos ojos verdes que la contemplaban sorprendidos y un tanto atemorizados. El silenció se apoderó de la situación y pronto notó como sus manos comenzaban a sudar y el corazón le latía a toda prisa.
- Korra... - La tímida voz de la ojiverde detonó varios escalofríos que le bajaron por la espalda. Ahí estaba de nuevo, aquel nombre que tanto había escuchado en sueños pero que hasta el momento se negaba a aceptar como propio.
- Soy Eclipse. - Intentó aclarar con firmeza, pero su voz tembló un poco haciéndola sonar insegura. El rostro de la ojiverde se mostraba bañado en un sinfín de emociones que resultaban confusas e intimidantes.
- No es posible... - Murmuró la pelinegra. Eclipse quería aventurarse a ir más allá del impacto que su presencia parecía haber causado, pero su valentía se vino abajo cuando la mirada de la otra mujer pasó de estar sorprendida a mostrarse analítica y llena de determinación, un gesto parecido al que había visto en la cueva justo antes de atacar a Piandao. Decir que se sentía atemorizada era decir poco, así que optó por guardar silencio.
- Levanta la manga de tu brazo derecho por encima del hombro. - Le ordenó con autoridad. La morena se sintió molesta por la actitud de la mujer, sin embargo, decidió obedecer pues intuía lo que la ojiverde buscaba. El tatuaje en forma de pulsera que cubría la mitad superior de su bíceps derecho.
- No puede ser... - La escuchó murmurar débilmente a medida que su rostro comenzaba a palidecer.
- Levanta tu blusa y muéstrame tu espalda baja. - Ordenó a continuación, esta vez con un tono de voz más temeroso. Eclipse pasó saliva y obedeció, de nuevo sabía lo que la ojiverde buscaba, un tatuaje de la tribu agua. ¿Qué más pruebas quería? Era obvio que aquella mujer la había conocido en el mundo real.
Lágrimas comenzaron a bajar por el rostro de la ojiverde quien con cuidado se puso de pie sin hacer uso de movimientos bruscos o rápidos, fue entonces que Eclipse pudo apreciar su estatura. Aquella mujer era notoriamente más alta que ella.
- ¿No recuerdas nada en lo absoluto? - Escuchó la pregunta que tanto temía responder, detestaba tener que aceptar que ella no era más que un contenedor vacío.
- Nada. - Confesó con amargura bajando la mirada.
La pelinegra guardó silencio por un momento, parecía intentar apaciguar su llano para no abrumar a la ya de por si confundida morena, al cabo de un minuto suspiró, enderezó su postura y continuó con el siguiente paso.
- Asami Sato. - Extendió su mano derecha a modo de saludo. Eclipse sintió que el corazón se le encogía hasta casi desaparecer. Podía ver el profundo dolor en aquellos hermosos ojos verdes, quedaba en claro que a diferencia de Piandao, Asami Sato había sido cercana a ella, y, lamentablemente, ahí estaban las dos, presentándose como un par de perfectos extraños.
- Eclipse. - Estrechó la mano de la ojiverde con fuerza mientras un par de lágrimas le bajaban por las mejillas. Se sentía llena de impotencia, quería poder reconocer a esta persona de la misma manera en que ella lo había hecho a penas la había visto cruzar el umbral de la puerta.
- No lo puedo creer... - Murmuró la ojiverde mientras examinaba con la mirada las cicatrices en los nudillos de la morena. - En verdad eres tú. - Liberó su mano y se aventuró a secarle una de las lágrimas que le habían bajado por la mejilla. Aquella acción fluyó de forma tan natural que Eclipse no retrocedió o le apartó la mano y le permitió el breve pero cálido contacto con su rostro.
- ¿Te puedo abrazar? - Asami pregunto con la mirada llena de esperanza y los brazos envueltos alrededor de su propio cuerpo en un gesto que delataba el esfuerzo que hacía por respetar el espacio y los deseos de la morena.
- Si... - Decidió acceder con tal de aliviar la angustia que claramente se reflejaba en la mirada de la ojiverde, en su condición actual, un abrazo era lo menos que podía ofrecerle.
Asami acortó la distancia que había entre las dos y la rodeo cuidadosamente con sus brazos antes de estrecharla con fuerza. Eclipse podía sentir los suaves sollozos de un silencioso pero profundo llanto. Jamás había experimentado algo similar, el calor de Asami la envolvía por completo y la manera en que sus cuerpos encajaban parecía haber sido hecho a la medida. Reposando la barbilla sobre el hombro de la pelinegra se dejó llenar por los sentimientos que aquel abrazo le transmitía.
- Lo siento... - La ojiverde murmuró con voz quebradiza antes de intentar apartarse. - Sé que no sabes quién soy... - Intento justificar su repentina explosión de emociones, pero los brazos de la morena la sujetaron con fuerza impidiéndole apartarse. Eclipse permitió que el silencio se asentara entre las dos mientras sus ojos se llenaban de lágrimas y sus manos se cerraban con fuerza sobre la espalda de la ojiverde.
Tal vez había estado perdida hasta el momento, pero ahí, en ese instante, entre los brazos de Asami Sato, Eclipse sintió que al fin lograba recuperar las esperanzas, que al fin lograba recuperar una parte de su vida pues jamás había recibido un gesto de cariño tan sincero y profundo por parte de nadie más. Así era como se había imaginado se sentía formar parte de una familia real.
El contacto se prolongó en relativo silencio a excepción de los sollozos que se escuchaban de vez en vez. Eclipse pudo notar la manera en la que el cuerpo de Asami comenzaba a relajarse entre sus brazos y parecía liberar la tensión de sus hombros. - ¿Te sientes mejor? - Se atrevió a preguntar tímidamente.
- Aún no puedo creer que estés aquí. - Asami confesó en un murmullo a penas audible.
- ¿No te parece decepcionante que no logre recordar nada? - De nuevo se sintió con la confianza de preguntar aprovechando la comodidad y seguridad que percibía en aquel abrazo.
- Me parece increíble que sigas con vida... - Suspiró. - Aún creo que estoy soñando. - Murmuró temerosa estrechando aún más a la joven morena como si de un momento a otro pudiera llegar a desvanecerse en el aire.
- Oh créeme, soy real. Un año y medio batallando sin parte de una pierna y sin saber de dónde espíritus vengo o a dónde se supone que deba ir... - Pausó temerosa de sus siguientes palabras. - Varias veces he pensado que tal vez mi destino era morir en el accidente. - Decidió admitir una verdad que no le había querido confesar ni a los monjes.
Asami se apartó del abrazo para conectar con su mirada. Eclipse esperaba que la ojiverde la reprendiera por lo que acababa de decir, en vez de eso la mujer alzó su mano derecha mostrándole el hueco que había en los lugares en dónde sus dedos anular y meñique debían estar. Acto seguido levantó la orilla de la blusa que llevaba puesta hasta por encima de la boca del estómago mostrándole un par de gruesas y largas cicatrices sobre su abdomen.
- La guerra fue dura con todos nosotros. - Le aseguró con una mirada comprensiva. - Yo también llegué a perder las esperanzas mientras intentaba recuperarme. - Le aseguró con una cálida sonrisa. - Pero el tiempo y mis amigos me ayudaron a ver que el haber sobrevivido no fue un error. - Volvió a secarse la orilla de los ojos con el antebrazo.
- Sobrevivir no fue un error... - Eclipse bajó la mirada mientras más lágrimas le bajaban por el rostro. Esta era la primera vez que se sentía comprendida por alguien. - Pero no puedo hablar contigo sobre el pasado. - Se lamentó en voz alta.
- No hace falta. - Asami sonrió. - Cuéntame sobre el presente. ¿Cómo es tu vida aquí? - Eclipse levantó la mirada para encontrarse con una amigable sonrisa que la dejó sin palabras. Aquellos hermosos ojos verdes se mostraban llenos de lágrimas, su nariz se veía roja, sus mejillas habían adoptado un color rosa pálido, era obvio que la forastera había estado llorando fuertemente, y aun así... su sonrisa irradiaba sincera alegría y felicidad, poseía un brillo único en la mirada que bastaba para apaciguar sus inseguridades.
A Asami Sato le bastaba que ella estuviera viva.
