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CAPÍTULO 6:
"Dos vidas diferentes"
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El sol iluminaba parcialmente el lugar debido a las cortinas oscuras. No era una luz molesta, sólo una pequeña señal de que había amanecido.
El joven de castaña cabellera se estiró a lo largo de la gran cama aprovechando el espacio vacío para moverse a su gusto.
Una mezcla de emociones empezó a invadirlo porque si bien sentía nostalgia y molestia por despertar solo una vez más, no le agobiaba ni había lágrimas rodando por sus mejillas como en el pasado.
Con una respiración profunda abrió los ojos y contempló cada rincón de la lujosa habitación, deteniéndose en el reloj que marcaba las seis y tres de la mañana.
¿Qué hacía despierto a esa hora? No tenía ningún trabajo pendiente así que podía dormir tanto como quisiera.
Giró hasta acomodarse en otra posición y al sentir el olor de Dante en la almohada, la aventó al suelo y se cubrió la cabeza para descansar un poco más.
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El sonido de la alarma retumbaba en la pequeña habitación.
Blaine estaba agradecido de que su cabello cayera por su rostro protegiéndolo de los cegadores rayos que penetraban gracias a la fina cortina.
Con cuidado de no caerse dio la vuelta en su estrecha cama y se estiró, golpeándose la mano con la mesita de noche.
Con un ligero gruñido tomó su reloj y silenció la alarma. Las seis y cinco de la mañana no era una hora decente para levantarse. Quería dormir más, pero no podía hacerlo, así que sentándose lentamente frotó su rostro y dio las gracias por un nuevo día.
Miró hacia un costado donde se encontraba la cama vacía de su compañero y se puso de pie para dirigirse al baño tras volver a estirarse.
El agua estaba fría, pero eso lo ayudaría a despejarse a más de que lo mantendría fresco mientras caminaba bajo el sol radiante hacia su trabajo.
Quizá para algunos esa sería una vida complicada, pero para él era la representación de paz y alegría; cualquier cosa lejos de los O'Donnel lo era; y estaba muy agradecido por ella.
Aun temblando se vistió rápidamente, secó su cabello lo mejor que pudo y luego procedió a arreglar la cama.
Guardó sus pertenencias en sus bolsillos, tomó las llaves y se disponía a salir cuando se abrió la puerta.
—¡Buenos días! —le dijo sonriente a su compañero— ¿Cómo te fue?
—Bien, pero demasiado cansado. Ya quiero que me regresen al turno de la mañana.
—No falta mucho para eso. Resiste un poco más.
—¿Y qué otra cosa puedo hacer si necesito el dinero? —caminó hacia su cama y se aventó en ella.
—Las cosas van a cambiar, Scott.
—Ojalá, porque a veces siento que ya no puedo —bostezó.
—Ten confianza. Así será. Pronto estaremos mejor.
—Umm… —murmuró empezando a quedarse dormido.
—Ya me voy. Descansa.
—Cuídate.
Blaine cerró bien la puerta y se fue camino a la panadería donde trabajaba hasta el mediodía.
Como siempre, llegaba a abrir y limpiar mientras el dueño terminaba de hornear el pan y los dulces, luego colocaban todo en los respectivos exhibidores.
El lugar era bastante concurrido, lo que le daba la oportunidad de interactuar con muchas personas, y eso le encantaba ya que encontraba fascinante poder conocer tantas personalidades e historias.
Nunca faltaba el cliente serio o algún malhumorado, pero en general respondían bien a su saludo alegre y plática constante.
Sabía los nombres de quienes frecuentaban el lugar y hasta se había aprendido su horario y lo que usualmente ordenaban, teniéndolo listo para cuando llegaban.
—Que tenga un excelente día señora Rosa.
—Gracias Blaine. Igual tú.
Cuando la agradable mujer salió, él se arrimó a una de las paredes y cerró los ojos.
—¿Ya desayunaste? —preguntó Giuseppe, dueño del local, al notar como el joven aspiraba los deliciosos aromas.
—No.
—Te vi temprano tomar dos piezas de pan y un vaso con chocolate.
—Puse el dinero correspondiente en la caja registradora —respondió apresuradamente.
—No te estoy acusando, sé que eres honrado. A lo que me refería es a que, si dejaste separadas esas cosas, ¿por qué no te las has comido todavía?
—Amm… En mi descanso lo haré.
—Tonterías. Aprovecha ahora que no hay nadie y ve a la trastienda para que desayunes.
—Gracias —empezó a guardar varios croissants en una bolsa—. El señor Hamilton está por llegar —tomó un pan dulce y lo puso en otra bolsa más pequeña.
Un hombre de contextura delgada ingresó en ese momento.
—¡Buenos días señor Hamilton! ¿Cómo está?
—Blaine —asintió a manera de saludo—, Giuseppe… Bien, bien, aquí viniendo por mi orden.
—Está lista —le entregó todo—. ¿Hoy no va a ir al parque?
—No. Tengo una entrevista de trabajo dentro de una hora.
—¡Eso es fantástico! Le deseo lo mejor.
—Gracias —le entregó el dinero al dueño—. Nos vemos mañana y conversamos, ahora estoy apurado.
—Por supuesto. Estoy seguro de que vendrá con buenas noticias.
—Eso espero.
—Ya verá que sí. Mente positiva siempre.
Con una sonrisa el hombre se retiró del local.
—¿Cómo sabías lo del parque? —preguntó Giuseppe intrigado.
—El Sr. Hamilton viene siempre en ropa deportiva porque va a correr al parque después de llevarle el pan a su esposa, sin embargo, hoy estaba usando un traje formal.
—¡Vaya! ¡Eres increíble muchacho! —le palmeó el hombro.
—Amm… Dentro de cinco minutos será mi descanso, ¿puedo salir un momento?
—Sí, claro. Ve de una vez.
—Gracias —se dirigió a la trastienda, se quitó los guantes y la liga del cabello, después tomó lo que había separado temprano—. No tardo —le dijo a su jefe.
El hombre de casi sesenta años se preguntaba por qué Blaine simplemente no comía ahí. ¿Habría alguien esperándolo en el parque? Era el único lugar cercano al cual podría ir.
La curiosidad lo hizo salir y observarlo, pero para su sorpresa, este caminaba a toda prisa en otra dirección.
Completamente agitado llegó el joven a su habitación, entró y dejó las cosas sobre la mesita de noche.
—Scott… Scott… —lo movió del hombro.
—Mmm…
—Te traje algo para que comas.
—Mmm…
—Scott… ¿Me escuchas?
—Ajá…
—Sobre la mesita te dejo el desayuno.
—Huele a chocolate…
—Sí. Te traje un poco.
—Dime que no está caliente.
—Está frío, tal como te gusta.
El chico se sentó y frotó su rostro. —Gracias. Eres el mejor —cogió el vaso y le dio un sorbo—. Delicioso —suspiró.
Tengo tanta hambre… El idiota de mi jefe no me dejó tomar anoche un paquete de galletas. Le pedí que lo descontara de mi salario, pero se negó. Le dije que no había comido desde la mañana, ¿y sabes lo que me respondió? Que no era su problema.
—Lamento tanto que ese sujeto sea un cretino. Ojalá pudieras trabajar conmigo.
—Sería genial. Tu jefe es serio, pero no es un ogro. Jamás he escuchado que te quejes de que te haya gritado o sido grosero contigo.
—¡Oh no! ¡Nunca! Don Giuseppe es una buena persona.
—No sabes lo mucho que desearía tener un jefe así… Creo que me conformaría con que no me estuvieran gritando todo el tiempo.
—Jamás entenderé por qué hay personas que se creen superiores y tratan a los demás como si no tuvieran ningún valor.
—El idiota de Mika es un claro ejemplo. Ya no lo soporto.
—Vas a encontrar algo mejor. Te prometo que les preguntaré a las personas que van a la panadería si saben de algún lugar que esté contratando o si necesitan a alguien.
—Te lo voy a agradecer eternamente —le sonrió y tomó la bolsa de la mesita para revisarla—. ¡Oh por Dios! ¡Esto huele espectacular!
—Disfrútalo —le sonrió—. Y ya me tengo que ir. Debo cumplir con mi horario.
—Entiendo. ¿Vas a ir a cantar en la tarde?
—Claro. Necesitamos cada centavo. ¿Te veo a la una?
—Agg… Detesto podar el césped. ¿Es que nadie puede comprar unas tijeras decentes en ese vecindario? No estoy pidiendo una podadora eléctrica, pero por lo menos que las tijeras sirvan.
—Sigue siendo más fácil que pasear perros.
—¿Es una broma? ¿Qué puede haber de complicado en eso, Blaine?
—La Sra. Emma tiene un san Bernardo. ¿Tienes idea de la fuerza que debo hacer cada vez que lo saco? El otro día me descuide por un segundo y él terminó paseándome.
Ambos chicos rieron.
—Bien, ahí estaré. Y procuraré terminar rápido para ayudarte con ese gigante.
—Hoy no me toca pasearlo, pero te agradezco el ofrecimiento —abrió la puerta.
—Gracias nuevamente por esto —le dio una mordida al pan.
—Buen provecho —le sonrió y salió de la habitación preparándose para irse lo más rápido posible. Esos minutos de plática le habían restado tiempo, pero no le importaba.
—¿Por qué tan agitado? pregunto Giuseppe al ver a Blaine entrar sudando y respirando con dificultad.
—El sol… terrible…
—Viniste corriendo —dijo con seguridad, y el chico asintió como si no fuera obvio—. Llamaron para encargar un pedido grande. Sobre el mostrador está anotada la orden.
—Enseguida… lo hago… —fue al baño que quedaba en el fondo de la trastienda a lavarse el rostro y colocarse la liga en el cabello. Acto seguido bebió un poco de agua y empezó a revisar la lista.
Ya con la red y los guantes puestos tomó una caja y la armó.
—No has comido. Puedo escuchar el sonido de tu estómago hasta acá. ¿Qué hiciste con lo que llevaste?
Blaine se mordió el labio y miró a su jefe debatiéndose si debía contarle o no, decidiendo hacerlo al final.
»Toma algo del exhibidor y ve a comer.
—No puedo pagarlo. Ya gasté lo que tenía destinado para hoy.
—Toma algo y ve a comer.
—Pero…
—Y no busques algo pequeño. Elige el pan más grande que encuentres.
—Don Giuseppe…
—Puedo prescindir de una pieza de pan y un poco de café.
—¡Muchas gracias! —lo abrazó efusivamente.
—No es nada —dijo sorprendido y le palmeó la espalda—. Ahora ve a comer.
—¿Podría coger un dulce de esos que tienen crema encima… en lugar del pan?
—Toma ambos. Y apresúrate que tienes que despachar ese pedido.
Con un asentimiento Blaine se movió rápidamente y en cuestión de segundos se encontraba sentándose en un banco.
Tras realizar un par de ventas el hombre mayor se acercó a la trastienda al creer haber escuchado algo.
»¿Blaine? ¿Por qué estás llorando?
El mencionado se limpió el rostro rápidamente.
—Usted es muy bueno —levantó la mano indicando el porqué de sus palabras.
—¿Por darte un pan? Un pan no es nada.
—Para muchos puede significar el mundo entero.
—¿Tantos problemas tienes, muchacho? —tomó otro banco y se sentó frente a él para hacerle compañía, esperando que este le contara lo que le sucedía.
Al finalizar su jornada Blaine se dirigió a la puerta seguido de su jefe.
—Hasta mañana don Giuseppe.
—Hasta mañana —cada uno tomó un rumbo diferente—. Blaine… —gritó poco después para que este lo escuchara— Blaine…
El joven dio la vuelta y regresó corriendo.
—¿Está bien? ¿Le ocurrió algo?
—Lo estoy. Sólo quería decirte que mañana trajeras a tu amigo para que desayune y así no tengas que estar corriendo de un lugar a otro.
—¿Qué?
—Es más, como vienes temprano ambos pueden comer tranquilos.
—¡Oh! ¡Vaya! Ah… Claro. Puede descontarlo de…
—¿He mencionado algo de dinero acaso?
—No.
—Bueno, mañana los espero.
—¿Es… es… es enserio? —sus ojos brillaron.
—Por supuesto. ¿Por qué iba a inventar algo así?
La sonrisa de Blaine podía iluminar al mundo. —¡Gracias! ¡Gracias! —lo abrazó con todas sus fuerzas— ¡Muchas gracias don Giuseppe! ¡Que la vida le devuelva el doble o el triple!
El hombre sonrió y lo abrazó.
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Kurt no se explicaba por qué cada vez que escuchaba cantar a aquel muchacho de espesos rizos y sonrisa amplia se relajaba, pero se estaba volviendo parte de su rutina ir hasta el otro lado de la ciudad sólo para verlo.
Quizá era su inocencia y frescura o tal vez la alegría con la que cantaba. No estaba seguro, pero lo que fuera, lo tenía cautivado a tal punto de encontrarse tarareando una de las canciones que eran parte del repertorio de este mientras se vestía.
Observó su reloj y sonrió. Era la hora adecuada para salir.
—Sr. Hummel —lo abordó en la escalera una mujer de baja estatura y cabellera rizada peinada sutilmente—, tiene una llamada —le ofreció el teléfono.
—Gracias, Lady. ¿Quién es?
—El Sr. Di Marco. Dijo que lo ha estado llamando a su celular, pero no le contesta.
—Dile por favor que me estoy bañando.
Ella asintió y emitió el mensaje, haciendo una mueca mientras escuchaba.
—Dijo… No puedo repetirlo, pero insiste en hablar con usted.
Con clara molestia en su rostro Kurt tomó el aparato y asintió a la mujer para que se retirara.
—¿Qué quieres?
—¿Por qué te niegas a hablar conmigo?
—Estoy ocupado.
—No escucho la ducha. Y fue demasiado rápida la forma en la que Lady…
—¿Qué es esto, un interrogatorio? Porque no tengo tiempo para esas tonterías.
—Llamé para conversar. Quiero saber cómo estás, qué has estado haciendo.
—Estoy bien. He estado ocupado con varios asuntos del trabajo y personales.
—Te extraño, bebé.
—No empieces.
—De verdad te extraño. Extraño besarte, abrazarte por las noches, que conversemos, los momentos…
—Si fuera así no te hubieras ido.
—Tenía que venir.
—No, no tenías. Lo hiciste porque quisiste ya que es uno de los negocios de tu padre que fuiste a atender.
—Bebé…
—Debo irme.
—Tengo una hora libre para hablar.
—Yo no. Ya te dije que estoy ocupado.
—¿En serio? —cambió el tono de la voz a uno prepotente— ¿Qué puedes estar haciendo que sea importante, Kurt?
—¡Vete al carajo! —cerró la llamada y aventó el teléfono por la escalera.
—Sr. Hummel, ¿está bien? —corrió alguien hacia la escalera ante el estruendo.
—Sí, Bruce. No te preocupes. ¿Dónde está Lady?
—Creo que en la cocina.
El de ojos azules terminó de bajar y se fue a buscar a la mujer.
—Lady.
—Sí, señor. ¿Qué se le ofrece?
—Quiero disculparme por cualquier cosa que Dante te haya dicho.
—¡Oh no! Descuide. Eso…
—No fue correcto. Él no tiene derecho a ser grosero con nadie. Realmente lo lamento.
—Está bien, señor Hummel —le sonrió.
Él devolvió el gesto y luego caminó unos pasos más para dirigirse a otra mujer que se encontraba en el lugar.
—Margarita, no voy a venir a comer.
—Entendido señor. Voy a guardar la…
—No. Lo que sea que iban a preparar, háganlo. Que yo no vaya a comer no significa que ustedes tampoco.
—Pero lo que usted come no es lo mismo que nosotros…
—¿Qué? ¿Por qué cocinan algo diferente para ustedes? ¡Eso es absurdo! —hizo un gesto de incomprensión— Preparen lo mismo… O lo que les provoque está bien. No voy a imponerles qué comer, sólo asegúrate de que haya suficiente para todos.
—Sí, señor. Gracias.
—Por favor no me agradezcas —con un gesto amable se retiró de la cocina.
—El señor Kurt es muy distinto a su prometido —dijo otro de los empleados domésticos que se encontraba en ese momento presente.
—Lo sé —respondió Lady—. Y no entiendo qué hacen juntos.
