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CAPÍTULO 10:

"Un huracán de emociones"


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—Estoy muy confundido, Elliot —dijo Kurt en medio de una infinidad de emociones que a menudo sentía que lo ahogaban.

—¿Por qué?

—Cuando Dante se va a sus viajes, a veces deseo que regrese pronto porque lo extraño, y otras, sólo quiero que se quede lejos por mucho tiempo.

Cuando está aquí, anhelo tanto que las cosas vuelvan a ser como antes, pero no sé si me estoy aferrando a algo inútil porque él ya no es el mismo, aunque hay momentos en los que parece que el tiempo hubiera retrocedido y todo estuviera bien entre nosotros.

No puedo poner en orden mis ideas por más que lo intento y lo único que ruego ahora es tener un poco de paz.

¿Me estoy volviendo loco? Porque no tiene sentido esto que me pasa. ¿Cómo puedo quererlo a mi lado y lejos de mí al mismo tiempo?

—Quizá sea una pregunta absurda, señor, pero, ¿es feliz a su lado?

—Cuando se esfuerza porque lo nuestro funcione, lo soy.

—¿Y el resto del tiempo?

—No lo sé… Creo que… —cerró los ojos y lanzó la cabeza hacia atrás— Todavía lo amo, por eso me duele tanto la forma en la que se comporta y el que no cumpla sus promesas haciéndome a un lado.

Toda esta situación me duele, me lastima y a la vez me llena de rabia.

—Entonces no es feliz en realidad. Sólo son momentos de ilusión y esperanza.

Kurt suspiró pesadamente y observó su anillo de compromiso, el cual en ese momento sentía que pesaba.

»No quiero sonar atrevido, señor, pero, ¿por qué sigue con alguien que en lugar de hacerlo sentir valioso y feliz, le provoca todo este malestar?

Aquella plática seguía dando vueltas en la mente de Hummel horas después de haberla tenido, manteniéndolo despierto y buscando la respuesta a cada una de las interrogantes.

¿Por qué seguía con Dante si no era feliz? Ya una vez había intentado dejarlo, sin embargo, todavía estaba a su lado. Unas cuantas palabras dulces y varias promesas bastaban para siempre convencerlo.

¿Acaso Elliot tenía razón al haberle dicho que a veces la costumbre se confunde con el amor?

¿Realmente no quedaba nada del hombre del que se enamoró perdidamente una vez?

Su celular comenzó a sonar, y sin ánimos se estiró para cogerlo ya que sabía bien de quien se trataba a esa hora y por qué.

"Hola" —dijo esperando equivocarse.

"Acabo de leer tu mensaje" —vociferó Dante del otro lado de la línea.

"¿Qué quieres?" —preguntó con un suspiro cansado.

"¿Con qué derecho le dijiste a Elliot que no viniera a recogerme?"

"Porque él tiene un horario de trabajo y no puedes obligarlo a estar a tu disposición."

"¡A la hora a la que lo necesite él debe estar aquí!"

"Son las cuatro de la mañana, Dante." —dijo molesto.

"¡Para eso le pago! ¡Lo he contratado para que me sirva y no para que haga lo que se le antoje!"

"¡Si así es como lo vas a poner —la molestia que sentía se iba transformando en enojo—, entonces te recuerdo que lo contrataste para que sea mi chofer, no el tuyo, por lo tanto, tengo todo el derecho a decirle que se vaya a su casa a descansar, y fue lo que hice!"

"¿Y cómo se supone que voy a regresar?" —elevó la voz.

"¡En un taxi, con uno de tus amigos o como sea, pero no puedes disponer del tiempo de los demás y alterar sus vidas!" —bramó y cortó la llamada.

El teléfono volvió a sonar y Kurt lo apagó ya que no estaba dispuesto a seguir discutiendo.

Con rabia se levantó de la cama y se dirigió al cajón donde había guardado el cigarrillo con el que se quedó antes, encendiéndolo rápidamente e inhalando tanto como pudo.

—¿Por qué estás aquí? —miró a Elliot con preocupación al percatarse de la hora— Es más de media noche y deberías haberte ido a tu casa.

—No puedo.

—¿Por qué?

—El señor Dante me pidió que me quedara.

—¿Te lo pidió?

—Sí.

Kurt le dio una mirada inquisidora. —¿Elliot?

—Me prohibió irme.

—¿Cómo que te prohibió? ¿Qué le pasa?

—Lo llevé a una reunión y debo recogerlo más tarde.

—¿Por qué? Se supone que se iba con George.

—George está enfermo.

—¡Oh! ¿Qué le pasó?

—No se sentía bien desde ayer, pero cuando hay una obligación que cumplir… —levantó ligeramente los hombros.

—Entiendo, pero…

—El Sr. Dante lo mandó a su casa.

Por un instante Kurt sintió esperanza. Ser una persona comprensiva y humanitaria era algo que había caracterizado a su prometido en el pasado.

—¿De veras hizo eso?

—Sí, le dijo que no regresara hasta que se sanara porque no quería contagiarse.

Y así de rápido como apareció, la esperanza del diseñador se esfumó.

Con un suspiro derrotado hizo una nota mental. En la mañana llamaría a George para saber de su estado y ofrecerle su apoyo en caso de que lo necesitara.

—¿Y qué tiene que ver eso contigo? —preguntó tratando de disimular su desilusión.

—Al no estar George, el señor dijo que yo debía cubrir su puesto ya que usted no iba a salir a ninguna parte.

—¡Oh!

—Pero está bien. Soy chofer y es parte de mi trabajo.

—Que te pida cubrir a Loan, lo entiendo porque él está aquí durante el día, pero no puede pedirte ni mucho menos exigirte que cubras a George durante la noche ya que eso está fuera de tu contrato. Tienes un horario, Elliot, y ese terminó hace mucho.

—El señor necesitaba quien lo llevara y…

—Tal vez si hubiera sido hasta un par de horas después de que te tocaba irte, podría entenderlo porque a todos alguna vez nos ha tocado trabajar fuera de nuestro horario, pero quedarte hasta el día siguiente no está bien. No es correcto bajo ningún punto de vista… Con razón tu novio estaba enojado.

¡Oh, Dios! No creas que te estaba espiando, salí a caminar y escuché que discutías con él, pero me alejé de inmediato.

—Descuide.

—¿Estaba muy enojado?

—Un poco… Teníamos algo planificado.

—Y tuviste que cancelarlo —negó con la cabeza mientras hacía una mueca—. Lo lamento, y te garantizo que no volverá a suceder. Ahora ve a casa a descansar.

—Si no llego a la hora que el señor Dante me indicó…

—Yo me encargo de eso.

—No quiero que tenga más problemas, y menos por mi culpa.

—No te preocupes, Elliot, ya te dije que yo hablo con él.

—¿Está seguro?

—Por supuesto. Y apúrate que tienes a alguien que te ama en tu hogar esperando.

—Gracias, señor. Lo veo mañana.

—Hasta mañana.

Tras un largo suspiro una idea llegó de pronto haciéndolo levantarse y dirigirse a la casa a toda prisa. Una vez ahí tomó el enorme arreglo floral que su suegro le había dado y, agradeciendo que Lady no lo hubiese tirado como le dijo, se dirigió al área de estacionamiento de los empleados.

Debido al peso del arreglo tuvo que hacer una pausa y asentarlo en el suelo. Buscó en sus bolsillos su teléfono y marcó rápidamente a uno de sus contactos.

—"Elliot…"

—"Sí, señor. Dígame."

—"¿Aún estás en la casa?"

—"Estoy llegando a mi auto. ¿Qué pasó? ¿Necesita algo?"

—"Espérame un momento. Voy para allá."

—"¿Está bien, señor?"

—"Sí, sí. Sólo espérame."

Corriendo y sin aliento se encontró con Gilbert, quien lucía preocupado mientras caminaba en círculos.

—¿Qué ocurre, señor?

—Llévale estas a tu novio.

—Oh, no. No puedo…

—Lo que no puedes es llegar a casa tan tarde y con las manos vacías —estiró los brazos para entregarle el arreglo—. Habla con él y explícale todo. Estoy seguro que entenderá.

—Muchas gracias.

—Gracias a ti también por lo de hoy… Ah, y no te preocupes por llegar tan temprano ya que no voy a salir. Trevor y Bernard vendrán a pasar el día.

Con una sonrisa y un asentimiento el hombre de cabellera oscura guardó el arreglo floral en su auto y luego le dio una mirada a su jefe.

—¿Puedo hacerle una sugerencia?

—Sí, por supuesto.

—Debería salir. No le hace bien estar aquí todo el tiempo.

—¿A dónde voy a ir?

—Hay tantos lugares que solía frecuentar para divertirse. Podría aprovechar para ir con sus amigos.

—No estoy de ánimos para eso.

—Está también la estación del metro de donde siempre volvía feliz y renovado… Pero desde que el Sr. Dante regresó, usted no sólo dejó de ir sino que ha pasado encerrado en la casa.

Kurt salió al balcón y contempló el cielo despejado durante un tiempo.

Tal vez Elliot tenía razón y debía salir, sobretodo, debía regresar a la estación. Necesitaba la alegría y la calma que ahí encontraba.

De pronto el recuerdo de un chico con ojos soñadores y rizos alborotados lo abordó, haciéndolo sonreír y olvidarse de todo lo demás.

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Blaine había pasado consternado toda la mañana porque al despertar Scott ya no estaba en el departamento. Esperó y esperó verlo atravesar la puerta de la panadería durante horas, y este jamás llegó.

Inclusive Giuseppe le preguntó preocupado por qué su amigo no había ido a desayunar como acostumbraba.

Scott era muy necio, y cuando se proponía algo, no se detenía hasta lograrlo, lo cual era bueno bajo ciertas circunstancias, pero en otras no tanto, y Blaine temía que su amigo estuviera tratando de conseguir el dinero que su antiguo jefe le debía.

Iba camino al restaurante donde le tocaba trabajar cuando a lo lejos vio a alguien cruzar la calle y por un instante su aliento quedó preso en su interior.

¿Ese era Kurt? Pero, ¿qué haría paseando por un lugar como ese? Aquello no tenía sentido.

Al irse acercando sacudió la cabeza suavemente a la vez que un jadeo irónico salía de sus labios. Al sujeto que cruzaba en ese momento a su lado lo había confundido por su cabello y estatura tal vez, no obstante, no había forma que se pareciera a Kurt porque un rostro como el de este era imposible de duplicar, y en el fondo sabía que no era él, mas su esperanza latente lo había llevado a imaginar cosas.

La esperanza de que Hummel no fuera alguien superficial, de que el dinero o la condición de los demás no influyera en él y su comportamiento, de que fuera ese hombre dulce, sencillo y generoso que le había mostrado.

Y la verdad era todo muy confuso ya que el Kurt que había conocido parecía no importarle esas cosas, porque obviamente, sabía que él tenía una situación económica distinta a la suya, sin embargo, no había sido ningún impedimento para que fueran amigos.

Pero, de ser así, ¿por qué se había alejado cuando le reveló aquellos detalles de su vida?

Eran cinco días de no saber de él, de no tener aquellas pláticas interesantes, de no verlo aplaudir feliz cuando él terminaba de cantar, de no contemplar esos hermosos ojos color del cielo, o de no escucharlo reír con sus ocurrencias.

¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué lo extrañaba tanto?

—¡Blaine! —gritó un hombre de baja estatura y escasa cabellera rodeándole la cabeza.

—Sr. Shapiro —dijo perplejo al darse cuenta de que ya se encontraba en el restaurante y se dirigía hacia la cocina por su delantal y libreta.

—¿Qué es lo que te pasa? —siguió vociferando— ¡Un cliente se acercó a preguntarte algo y seguiste de largo ignorándolo por completo!

—Lo siento. No me di cuenta.

—¿Y crees que con eso lo solucionas?

—Yo…

—¡Presta atención a lo que haces si no quieres que te corra de aquí por incompetente!

—S-sí, señor.

—¡Ahora muévete a trabajar!

Con un asentimiento rápido caminó en silencio y se alistó para empezar su jornada sin lograr comprender en qué momento había llegado al restaurante.

El paso de las horas se sentía eterno y la tarde no era mejor que la mañana ya que no podía centrar su atención durante mucho tiempo por estar pensando en Scott. Sólo esperaba que al llegar al departamento este estuviera bien y no hubiera hecho alguna tontería.

—El cambio no está completo —dijo una señora golpeando la mesa con el puño, haciéndolo regresar al presente.

—¿Disculpe?

—¡Mi cambio no está completo!

—¿Ah?

—¡Si te doy o no propina es mi decisión —elevó la voz—, y no tienes por qué tomar un dinero que no es tuyo!

—Sería incapaz de hacer algo así.

—¡Devuélveme el dinero, sin vergüenza!

—Le pido que se calme, por favor.

—¿Qué ocurre aquí? —intervino Shapiro al escuchar los gritos.

—Este ladrón que…

—Mi estimada señora, le voy a pedir que por favor se calme y que no insulte a mi personal. Podemos resolver las cosas tranquilamente.

—Me falta dinero y este tipo es el único que pudo tomarlo.

—¿Me permite ver su recibo? —La mujer se lo entregó con un gesto— Blaine, dame tu libreta —El chico obedeció de inmediato indicándole cuál era el pedido de la señora—. Si me disculpa por un instante, voy a hablar con la cajera.

—Espero que te corran de aquí —dijo la mujer dándole al chico una mirada de desprecio.

—No he hecho nada malo, señora —suspiró y miró a su alrededor notando como varios comensales lo observaban sin ningún disimulo.

Él no había cometido ninguna falta, no obstante, las personas lo estaban juzgando y condenando, y eso lo hacía sentir de diferentes formas.

—Muchacho… La cuenta —dijo un hombre de mediana edad al que había atendido.

—Enseguida, señor.

—Más te vale que no me falte ni un centavo. Voy a estar observándote.

¿Por qué la gente tenía que ser así? Primero Scott y ahora él. ¿Qué era lo que veían de malo en ellos para que los trataran de esa forma? Ambos trabajaban muy duramente para conseguir su sustento diario.

Sin decir nada se encaminó a donde se encontraba su jefe para pedirle la libreta. Este se la entregó y luego fue en busca de la mujer del problema.

—Lo siento, Blaine —dijo Anne, una chica de baja estatura y cabellera oscura con reflejos celestes y lila—. Fue un error mío al contar el dinero.

—¡Oh!

—De verdad lamento que esa mujer fuera grosera contigo… Me siento muy nerviosa porque es mi segundo día aquí y estoy a prueba… Necesito tanto este trabajo.

—Entiendo. Y no hay problema, sólo debes tener un poco más de cuidado.

—Lo tendré. Gracias. Y nuevamente discúlpame.

La jornada finalmente terminó y Blaine salió del local con un suspiro. Estaba cansado, pero no podía irse hasta estar seguro de dónde se encontraba Scott.

Miró el reloj preguntándose si su amigo habría ido al supermercado donde trabajaba para intentar algo o si estaría ya en el departamento.

¿A dónde debía ir? Ambos lugares estaban en direcciones opuestas.

Rápidamente dio la vuelta y entró el restaurante pidiéndole a su jefe que le prestara el teléfono y marcó el número del edificio donde vivía.

"Por favor… por favor, que esté Andy… Por favor" —murmuró para sí mismo.

Andy era un chico muy listo que trabajaba en la recepción varios días a la semana y estaba pendiente de todas las personas que entraban y salían del edificio, recordando con gran facilidad cada detalle, desde la hora a la que las veía hasta la ropa que usaban. Hablar con él era más efectivo que revisar una cámara de seguridad.

La persona que tenía el otro turno era Becca, una chica alegre y buena, pero muy despistada, así que, si alguien podía darle informes sobre su amigo, no era ella.

"Hola… ¡Andy!" —exclamó con alivio— "Soy Blaine… ¿Has visto a Scott hoy?"

Sintió que alguien le tocaba el hombro y al voltear vio a su jefe, quien golpeaba con el dedo su reloj indicándole que se apurara.

"Oh… Bien… No, no. Sólo eso… Gracias… Cuídate… Adiós."

—Dijiste que sería una llamada rápida.

—Disculpe Sr. Shapiro. Se demoraron en contestar. Gracias.

El hombre asintió y Blaine se dirigió a la salida.

Scott no había ido al departamento en todo el día… ¿Y si estaba en problemas? ¿Si le había sucedido algo? ¿Debería ir al supermercado? ¿Y si su amigo llegaba al departamento mientras él estaba buscándolo?

En momentos como ese le daba la razón a don Giuseppe cuando este le había dicho que tener un celular era necesario.

Con un fuerte resoplido empezó a caminar hacia la parada del bus haciendo caso de la corazonada que tenía.

Scott era mayor que él. ¿No se suponía que debería ser el más centrado y tener los pies bien puestos sobre la tierra y no andarle causando angustias por su desaparición?

Aunque reconocía que los dos se cuidaban y protegían mutuamente, y había sido así desde el día que se conocieron.

Con un gran dolor en los pies se subió al bus observando con disimulo los rostros poco amistosos y se acomodó en uno de los primeros asientos, siempre alerta de cada movimiento a su alrededor y sin dejar de pensar en qué lío estaría envuelto su amigo.