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CAPÍTULO 23:

"Dibujando la línea"


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—Pensé que ibas a descansar —dijo Bernard, aún en pijama y bebiendo un té, al ver a Kurt cruzar ya cambiado de ropa y bien arreglado—. Durante el desayuno comentaste que no pudiste dormir en toda la noche.

—Sí, pero debo resolver unos asuntos primero.

—¿Es que anoche no fuimos claros contigo? Si no quieres que Dante te encuentre no puedes estar haciendo esta clase de cosas.

Cuando tomaste la decisión de regresar al país sabías cuales eran las limitaciones y aceptaste todo lo que implicaba.

—Estoy consciente de eso, pero tengo que ir a un lugar.

—¿Es urgente?

—Sí, mucho.

—Bien —suspiró—, yo te llevo.

—¿No tienes que ir a la empresa?

—Sí, pero es temprano todavía.

—No sé cuánto voy a demorar.

—No hay problema, hoy puedo llegar más tarde.

—Amm… Realmente te lo agradezco, pero tomar un taxi es más seguro ya que así no hay riesgo de que nos vean juntos.

Bernard lo miró con suspicacia.

—¿A dónde vas?

—Tengo cosas que hacer.

—¿Qué cosas?

—Debo resolver algunos asuntos pendientes.

—No tienes ningún apuro, Kurt. Lo que sea lo puedes dejar para después.

—No, no puede esperar. Ya te dije que es urgente.

—Mmm… ya… —bebió un poco de té.

—¿Qué?

—Trato de pensar en qué puede ser tan importante para que pongas en riesgo tu seguridad.

—A esta hora Dante debe estar durmiendo, así que no hay ningún riesgo. Además, no sabe que estoy aquí.

—Eso es lo que supones… Y sigues sin responder mi pregunta.

—¿Cuál?

—¿A dónde vas?

—Bueno, ¿a qué se debe el interrogatorio?

—Simplemente me preocupo por ti.

El teléfono de la casa sonó y el castaño se apresuró a buscar el dispositivo.

—Es para mí.

—¿Por qué estás tan seguro?

—Tiene que ser el guardia avisando que llegó el taxi que pedí.

—Oh… Ya tienes todo planificado —entrecerró los ojos.

"Buenos días, Sean" —dijo Kurt en voz baja—. "Sí, sí, correcto, ese es el nombre del conductor… Sí, esa es la placa… Permítele el ingreso por favor y dile que enseguida salgo… Gracias."

—Vas a buscar a ese chico, ¿cierto?

—¿Qué?

—Al tal Blaine… Es increíble que no te importe nada de lo que hablamos ayer.

—Claro que me importa, y les agradezco que me estén ayudando, pero…

—Pero te vale una mierda.

—¿Cómo puedes decir eso?

—Porque es más que obvio, Kurt. Trevor y yo hemos estado tratando de protegerte y esconderte de Dante. Él lo tuvo que soportar a diario con sus interrogatorios constantes, yo puse mi vida en pausa por casi un mes para irme contigo, y a ninguno de los dos nos pesa ni nos molesta haberlo hecho, pero a ti todo te vale un carajo. ¿Y por qué? Por un sujeto al que conociste hace unos meses. ¿Qué te está pasando?

—Blaine es mi amigo y está enfermo. Estoy preocupado por él, ¿no puedes entenderlo?

—Llámalo y pregúntale cómo se siente.

—No tiene teléfono.

—¡Por favor! ¿Quién no tiene teléfono en la actualidad?

—Él.

—¿Y le creíste cuando te dijo eso?

—No tengo ninguna razón para desconfiar de Blaine. Desde que lo conozco siempre ha sido sincero y transparente.

—Eso es lo que tú crees, pero en realidad no puedes saber cuáles son sus intenciones contigo.

—¿Lo conoces acaso? ¿Tienes alguna referencia sobre él o su vida?

—No.

—¿Entonces con qué derecho te atreves a emitir un juicio?

¿Sabes qué es lo peor? Durante el viaje que hicimos hablaste sobre la sociedad y sus dictámenes erróneos basados en las ideas u opiniones de otros, dijiste estar cansado de los prejuicios que existen en todos los ámbitos debido a la falta de educación y la información distorsionada que circula libremente, y, sin embargo, aquí estás juzgando y condenando a alguien a quien no conoces basado únicamente en los conceptos que ha creado una sociedad inculta que separa a las personas según el dinero que tienen para luego clasificarlas a su antojo.

No Bernie, no todas las personas de escasos recursos son embusteras, interesadas o delincuentes, así como no todos los magnates son honestos o tienen principios.

кℓαΐиε ღ кℓαΐиε ღ кℓαΐиε ღ кℓαΐиε ღ кℓαΐиε

Dante estaba terminando de arreglarse cuando llamaron a la puerta.

—Adelante.

—Buen día, señor —dijo la mujer con cierto recelo—. Tiene visitas.

—Estoy ocupado en este momento.

—Le dije que se estaba arreglando para ir al trabajo, pero insistió en que tiene que hablar con usted.

—¿Quién es?

—Su padre.

—Dile que tiene que esperar.

—¿Y por qué voy a esperar si ya estás listo? —irrumpió el hombre mayor en la habitación.

—Papá…

—Permiso —dijo la mujer casi en un susurro y salió rápidamente cerrando la puerta.

—¿Esa es la forma en la que me recibes? ¿Acaso tu madre y yo no te educamos correctamente?

—Una de las cosas que me enseñaron fue la puntualidad, y debo llegar a la empresa.

—Como propietario de la misma te digo que puedes llegar más tarde.

—Bien… ¿Y a qué debo tu visita?

—No nos has informado nada sobre el asunto ese.

—No hay nada que decir.

—Eso significa que no has encontrado al miserable de Kurt.

—No lo llames así.

—¡Es eso y más! —elevó un poco la voz— ¡Atreverse a ponernos en boca de todos fue de lo más bajo! ¡Y no sólo es miserable sino también un desagradecido!

¡Le dedicaste casi seis años de tu vida, le diste el prestigio que necesitaba, y aun así…!

—¿Prestigio?

—El linaje es importante.

—Es un Hummel.

—Pero tú eres un Di Marco, y tu apellido vale más que el suyo por lo tanto lo realzaste y aumentaste su prestigio y valor.

—Hablas como si se tratara de un objeto.

—Sabes bien cómo funcionan las cosas y él también, pero, ¿te agradeció por tu aporte? ¡Claro que no! ¡Todo lo contrario, ensució nuestro apellido con sus actos bajos poniéndote en ridículo y por consiguiente a tu madre y a mí también!

—¿No crees que estás exagerando?

—¿Exagerando? ¡Por su culpa somos el hazmerreír de la sociedad y eso no se puede quedar así!

—Si alguien quedó mal ante todo esto soy yo, y no entiendo como tú o mamá puedan verse afectados.

—¿No entiendes? ¡Es nuestro apellido! ¡Somos tus padres! ¡Nosotros te criamos! ¡Y ya bastantes habladurías hemos tenido que aguantar a causa de tu desviación!

—¿Mi desviación?

—¡Toda esa cosa de la homosexualidad con la que un día saliste y que casi nos arruina!

—¿Qué?

—Si lo acepté es porque no pareces uno de ellos. Tienes buena presencia, tu rostro y tu físico parecen los de un hombre normal y eso ayudaba a disimular en cierta forma, pero no has sabido comportarte a la altura de un Di Marco y una vez más nos has dejado en vergüenza

—¿En vergüenza? —lo miró con rabia— ¿Qué querías de mí?

—¡En primer lugar que eligieras bien, pero no, tuviste que poner tus ojos en ese ingrato de Hummel!

—Ustedes organizaron todo. Tú y Burt se pusieron de acuerdo para reunirnos, aunque yo no quería, y te lo dije, pero no te importó, así que no me digas que…

—¡Para reunirlos, pero no para que lo eligieras a la primera! ¡Fui claro contigo, te advertí que ibas a conocer al hijo de un amigo y socio, pero debíamos asegurarnos de que fuera el indicado antes de que dieras cualquier paso! ¿Y qué hiciste? ¡Te encaprichaste con él aun cuando te dije que no era lo que tenía en mente para ti!

—¡No me encapriché, me enamoré, aunque no puedas entenderlo! —respondió en el mismo tono.

—¡Vaya estupidez! ¿Y de qué te sirvió enamorarte? ¿En qué te benefició estar tanto tiempo a su lado y llenarlo de lujos y atenciones que no merecía?

—Me hizo feliz, y lo que teníamos lo valía todo en este mundo.

—¡Deja de decir tantas sandeces! ¡Kurt no es más que un insolente, caprichoso, berrinchudo hijito de mamá que hacía todo lo que quería porque nunca le pusiste un alto!

—No tienes idea de lo que estás diciendo porque nunca te diste la oportunidad de conocerlo. Lo único que hiciste desde el comienzo fue juzgarlo y tratarlo mal.

—¡Era un grosero!

—¡Tú eras grosero con él y lo ofendías a menudo! ¿Y qué esperabas, que se quedara callado?

—Y todavía lo justificas… En mala hora se me ocurrió hacer tratos con Hummel.

—No debimos volver de Francia. Todo estaba bien hasta que… —negó con la cabeza.

—Tienes obligaciones como mi único heredero, pero claro, al niño caprichoso no le gustaba y le entraban los arrebatos, y eso es únicamente tu culpa por no haber sabido manejarlo.

—Kurt y yo éramos muy felices hasta que regresamos y empezaste a entrometerte, y si de algo tengo la culpa fue de haberlo permitido.

—¡Ya deja de lloriquear como una niñita!

—Debí detenerte desde el principio y mantenerte al margen de nosotros. Tenía que haber sido más firme y no permitir que me manipularas. ¡Dios! Debí darle a Kurt el lugar que se merecía porque siempre le decía que era lo más importante para mí, sin embargo, dejé que te interpusieras en más de una ocasión… Hay tanto que debí haber hecho, pero no es tarde para enmendar mis errores.

—¿De qué tonterías hablas?

—Estuve pensando toda la noche en las cosas que ocurrieron, ¿y sabes qué? Kurt tenía derecho a abandonarme porque dejé de ser la persona de la que se enamoró, porque no cumplí con todo lo que le prometí y por una lista larga de razones que no tengo por qué explicarte.

Siempre me has usado según tus intereses sin importarte lo que pienso o lo que siento, y llegaste al punto de arreglar una relación con alguien a quien no conocía porque era beneficioso para tus negocios, pero esa persona resultó ser lo mejor que me ha pasado y no me resigno a perderla.

Voy a luchar por Kurt, voy a reconquistarlo y a tener a su lado la vida que siempre he soñado, y esta vez no voy a permitir que lo estropees. No seguiré accediendo a tus manipulaciones porque me cansé de ser tu títere.

Un golpe sonoro hizo eco por toda la habitación y Dante llevó su mano hacia su labio ensangrentado.

—¡A mí no me hables de esa forma! ¡Y más te vale que empieces a comportarte como el hombre que se supone que eres! —gritó.

—¡Como el hombre que soy te exijo que te largues de mi casa y no vuelvas a poner un pie en ella! —bramó con rabia.

—¿Cómo te atreves pedazo de insolente?

—¡Que te largues o te saco yo mismo!

El personal de servicio se encontraba en la planta baja preocupado comentando lo que estaba ocurriendo ya que los gritos se escuchaban en todas partes. En los años que llevaban trabajando en la casa jamás se había suscitado algo igual.

—Ya era hora de que el Sr. Dante se impusiera. Su padre siempre ha sido un dolor de cabeza.

—Pero no está bien que le grite. Debería respetarlo.

—El Sr. Luiggi siempre ha sido el primero en faltarle el respeto a todo el mundo. Cuando trabajaba para él presencié cada cosa que ni se imaginan, por eso renuncié.

—Eso es verdad. Nunca nos ha tratado bien, y al Sr. Kurt lo ofendía constantemente.

—El Sr. Kurt tan bueno que era con nosotros y no se merecía eso.

—¿Creen que regrese?

—No lo sé, pero la verdad es que lo extraño.

—Yo también. Él era la luz de esta casa, y ahora que se fue el señor Dante sólo pasa de mal humor.

—El Sr. Dante no es malo. Yo trabajaba para los Di Marco desde que él era un adolescente y siempre fue un chico dulce, atento y respetuoso. Cuando se independizó no dudé en trabajar para él y me sentí feliz de que conociera al señor Kurt porque se complementaban maravillosamente.

—Recuerdo esa época, pero ya no es el mismo.

—La culpa es de ese hombre horrible que tiene por padre.

—Perdóname, pero creo que ya está bastante grandecito para dejar que lo manipulen.

—No tienes idea de cómo es ese sujeto, aunque prefiero mantenerme al margen de todo este asunto.

Los dos hombres bajaron la escalera en medio de una fuerte discusión y todos corrieron para tratar de esconderse, rogando no haber sido vistos.

Luiggi salió de la casa azotando la puerta y Dante se quedó de pie respirando fuertemente y con los puños apretados.

—¿Y ustedes qué hacen ahí? —gritó mirando furioso al personal que no había logrado llegar más lejos sin ser descubierto— ¡No les pago para que estén cotorreando, así que se ponen en este momento a trabajar o se largan de mi casa!

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Blaine despertó debido al dolor, y al ver la hora tras frotar varias veces sus ojos, se sentó con algo de dificultad. Sentía que todo le quemaba por dentro y por fuera, pero era tarde y ya debería estar en la panadería.

No tenía ni las ganas ni las fuerzas para salir a trabajar, sin embargo, con un gran esfuerzo se levantó para dirigirse al baño, presionando su oreja en el camino.

De pronto recordó lo que Scott le había dicho y esperanzado dio la vuelta y caminó hacia la puerta principal encontrando en el suelo un papel doblado, el cual agarró con cuidado por temor a sufrir un vértigo que lo hiciera caer al agacharse, y empezó a leer.

Blaine, buenos días.

Scott llamó y me pidió que te escribiera esta nota.

Tu jefe dijo que te quedes en cama todo el tiempo que sea necesario y que no te preocupes por nada.

¡Qué genial es tu jefe! Espero que te recuperes pronto. Andy.

Un gran alivio recorrió al chico de rizos, aunque no tardó en hacer una mueca porque eso significaba que ahora le debía algo más a don Giuseppe, y no quería que la lista siguiera creciendo.

A paso lento se dirigió hacia la mesa donde se encontraban sus medicinas y buscó la pastilla para la fiebre. Luego de tomársela se acostó encogiéndose tanto como pudo y cerró los ojos.

La idea de deberle otra cosa al italiano rondaba su cabeza, siendo inesperadamente detenida por las palabras de Andy: "Qué genial es tu jefe".

La verdad era que don Giuseppe siempre se había portado muy bien con él y lo había ayudado cada vez que lo había necesitado, y seguía haciéndolo, salvo por aquella ocasión en la que le pidió un préstamo y este se negó.

¿Por qué tenía que centrarse en el único momento negativo?

No lo había pensado antes, pero quizá ese día su jefe estaba pasando por alguna situación complicada o algún tipo de preocupación lo llevó a reaccionar de esa forma que distaba mucho de quien era en realidad.

Era absurdo seguir dándole más importancia a esa única ocasión desfavorable que a todas las positivas. Además, ¿desde cuándo guardaba rencor o resentimiento?

Cuando regresara a trabajar le demostraría su agradecimiento de la mejor forma que conocía, y esa era trabajando con ahínco.

Una fuerte punzada lo hizo gemir de pronto y lo obligó a levantarse en busca de sus medicinas para suministrarlas de acuerdo a la receta y luego de eso volver a la cama.

No sabía cuánto tiempo llevaba pidiendo que el dolor disminuyera cuando escuchó que la puerta principal se abría.

—Blaine… Blaine…

—¿Scott? ¿Qué haces aquí?

—Vine a ver cómo seguías y a explicarte lo de las medicinas.

—Gracias —suspiró—. Ya las tomé según la receta.

—Pero debes comer primero.

—No tengo hambre.

—Igual debes comer, aunque sea un poco.

—Cuando se me pase el dolor lo haré.

—Don Giuseppe te mandó estas cosas.

—¿Qué? —se dio la vuelta para ver a su amigo.

—Dijo que te iba a mandar el desayuno todos los días.

—¿Por qué?

—Sabes bien la clase de persona que es —colocó todo en la mesa, junto a las medicinas—. Mañana vengo más temprano. Hoy me demoré porque le estaba explicando tu situación y…

Mientras Scott seguía hablando, Blaine no podía dejar de pensar en lo que estaba ocurriendo. Su jefe era en definitiva una de las personas más buenas que había conocido.

—Dale las gracias de mi parte y dile que no es necesario que…

—Antes de que sigas, dijo que desayunas allá siempre y que eso no iba a cambiar. También me ofreció dinero para tus medicamentos… Bueno, después te cuento porque debo ir al trabajo, y mi jefe, aunque es agradable, no es don Giuseppe, y si marco tarde me descuenta cada segundo.

—No tenías que haber venido.

—Estoy preocupado por ti y necesitaba saber cómo te sentías.

—Estoy con dolor y fiebre, pero los medicamentos me ayudan. Sólo quisiera que el efecto durara más tiempo.

—Lo hará conforme vayas sanando —sacó ropa del cajón y la dejó sobre su cama—. Para que te cambies cuando empieces a sudar. Ahora sí me voy, cuídate mucho. A la hora del almuerzo vengo a verte.

—No es necesario.

—Igual voy a venir —corrió a llenar una botella con agua y la dejó sobre la mesita de noche—. Es importante que te mantengas hidratado.

—Gracias. Que tengas un excelente día.

Cuando Scott se fue, Blaine suspiró y volvió a acomodarse. Se sentía afortunado por las personas maravillosas que formaban parte de su vida.