Cosmos Congelado

Capítulo 2

La Química del Hielo

oooooooooOOOOOOOOOOOoooooooo

-¿Diosa Atena, dices? - Una ceja incrédula se levanta frente a los dos jóvenes de cabellos extraños. - Es muy raro, nosotros los Northuldra nunca hemos escuchado de una diosa con ese nombre.

Degel, ya sin armadura para no presentarse amenazador ante sus anfitriones, se atreve a dar un paso hacia la mujer, aunque lento, pausado, para no intimidar, más bien para reforzar sus palabras.

-Le aseguro, señora mía, que mi diosa Atena existe, ha reencarnado en carne y sangre para protegernos a todos nosotros de un poder que supera cualquier expectativa: el poder de un dios oscuro, Hades.

-Umh… - Por un momento, Yelana posa sus ojos en la figura de Elsa, parada frente a ella. Está consciente de que es posible que un dios reencarne en un ser humano, su pueblo mismo convive diariamente con un milagro así, pero… la matrona Northulda voltea la mirada hacia sus compañeros, incrédula, dubitativa. Si bien, lo que estos hombres aseguran, parece una historia demasiado inverosímil para creer, la líder Northuldra no puede negar que ha sentido los presagios, los cuales se han incrementado en frecuencia, en lugar de desaparecer, después de la revelación de los poderes de Elsa y la liberación del Bosque Encantado. No puede ser una coincidencia… y aunque no quisiera creerlo, esos acontecimientos extraños que se dan en el bosque bien podrían estar ligados a lo que asevera este hombre.

El grupo se encuentra en el centro de la aldea, con un gran acúmulo de leña detrás de ellos y tres antorchas calentando los bordes del asentamiento e iluminando la reunión, pues la noche ha caído ya, mientras los Northuldra rodean a los dos caballeros de Atena, con los cuatro ancianos de la aldea parados frente a ellos, escuchando atentos sus palabras. Elsa se encuentra a dos pasos detrás, entre el grupo Northuldra y los dos extranjeros, su mirada fija en la espalda de ambos, lista para defender. O atacar.

Con su mirada cansada sostenida en los ojos violeta del joven foráneo, la anciana percibe movimiento al lado de ella, y cuando voltea se encuentra con uno de los hombres más antiguos del clan, sus oscuros ojos también pesados de emoción.

-¿Tú qué opinas, Juffe?.

El hombre se yergue, orgulloso, y da dos pasos para situarse frente a los forasteros, a quienes evalúa con una mirada pesada, tratando de ser intimidante.

-No conozco a tus dioses, ni las promesas de muerte que ellos traen. Yo sólo conozco el deseo de mi corazón de proteger a mi pueblo, y después de lo que ocurrió hace más de 30 años, definitivamente no puedo creer en las palabras y promesas de los extraños a mis raíces. De aquellos que no son Northuldra. Así que espero entiendas nuestra desconfianza. Me cuesta trabajo creer en lo que dices, y más aún en aceptarlo.

Degel asiente, comprensivo. De cierta manera, ya lo esperaba, principalmente al ver la reacción huraña de la albina.

-Puedo entender perfectamente esa desconfianza, llegamos aquí acompañados de hombres extranjeros como nosotros, que además atacaron a su gente. Pero no tengo otra prueba más que mis palabras, y el hecho de haber acabado con algunos de estos asesinos, para poder dar fe a lo que presento ante ustedes. Mi honor de caballero de Atena es todo lo que tengo para entregarte.

El Northuldra levanta la ceja y su mirada se vuelve aún más intensa sobre el joven, quien se mantiene erguido, sin retirar sus ojos de los que lo escudriñan. Sin mostrar duda.

-El Quinto Elemento ha mencionado que tienes poderes parecidos a los de ella, pero que los has ocupado para asesinar. ¿Es cierto eso?

Kardia, parado al lado de su compañero, aprieta los puños ante la acusación y abre la boca para protestar enérgicamente, pero de inmediato la mano de su hermano de armas le sostiene el puño, silenciosamente deteniéndolo en su intención, sin que los ojos violeta se muevan de los del anciano Northuldra. Degel niega con la cabeza, tranquilo, controlado y conciliador.

-No es asesinato cuando se trata de proteger a los que no pueden defenderse. Estos hombres, estos espectros, asolan las tierras por las que pasan, ellos sí asesinan sin mayor motivo que el deseo de infundir el miedo en la región. Mi interés no es el de hacer daño, sino apoyar en la protección de este bosque sagrado, erradicando a esta plaga negra, y buscando el poder que nos ayudará a vencerlos.

Pero sus palabras solo ponen en más alerta al hombre mayor.

-¿Cómo sabes que este es un bosque sagrado? ¿Qué es exactamente lo que están buscando de nuestras tierras?

-Nuestros informantes nos han dicho que aquí yace un poder milenario que va más allá de todo lo visto antes, reservado para el uso de dioses. Y mi deber es encontrarlo, protegerlo, y llevarlo a manos de Atena, quien lo usará para salvaguardar a la humanidad. De fracasar, ese poder lo encontrarán las huestes de Hades, y lo usarán para crear un mundo oscuro y sin vida.

-¿Tienes pruebas de lo que aseveras?

Degel exhala suavemente, su frustración empezando a crecer, pero antes de que pueda hablar, una voz femenina lo interrumpe.

-Si ese hombre no las tiene, yo sí las tengo, honorable Juffe.

-¿Ervá? – Elsa da un paso al frente, tratando de interceptar a la joven que ya se dirige con paso decidido al grupo de ancianos. – No es necesario que hagas esto, Ervá, podemos entender tu dolor, el dolor de perder a tu esposo, pero en estos momentos debes estar con tu hijo…

Pero la joven madre camina resuelta hacia ellos, no sin antes tomar de la mano al Quinto Elemento, asintiendo para tratar de calmarla, y le sonríe conciliadoramente.

-Está bien Elsa, estoy bien. Esto es necesario. No puedo permitir que vuelva a pasar a nadie más. – Después, dirige sus ojos rojos del llanto, ahora llenos de determinación, hacia la negra mirada del anciano Northuldra. - Esos hombres cargados con metal negro asesinaron a mis renos y mataron a mi Hánno, a mi amado esposo, sin mostrar el más mínimo remordimiento. Nos atacaron también a mi bebé y a mí, y tiemblo de sólo imaginar qué atrocidades nos hubieran hecho de no ser por la llegada oportuna de Elsa. E incluso ella, con todo su poder, tuvo dificultad en detenerlos. Incluso a ella la atacaron y lastimaron sin miramientos, sin el más mínimo respeto. Si su mejilla y su labio roto no son suficientes pruebas, deberían ver los enormes moretones que tiene en su cuerpo, prueba de la violencia de esos temibles atacantes.

-¡Ervá!

Pero la mujer no se detiene a la petición de la albina.

-Si esos hombres son como los que murieron a manos de estos enviados por una diosa, o peor, existen más como ellos, entonces debemos de escuchar sus palabras, o estaremos en peligro todos.

-¿Por qué puedes aseverar tal cosa, Ervá? – el hombre Northuldra insiste, aún no muy convencido. - Entre los hombres buenos caminan comúnmente los bellacos, por lo que ver a dos de ellos no te garantiza que el resto del grupo tenga sus mismas costumbres, igualmente que ver a estos dos hombres no te garantiza que los demás tengan buenas intenciones.

-Porque vi muy de cerca sus ojos, honorable Juffe, y dentro de ellos sólo había oscuridad y maldad. Del tipo de maldad que nunca ha conocido castigo ni control. No quisiera que nadie más viva lo que mi Hánno y yo vivimos, y temo que, si no escuchamos a estos dos hombres, eso es exactamente lo que ocurrirá.

Ante tales palabras se escuchan murmullos alrededor de la aldea, todos pudiendo ver en sus mentes esa posibilidad, y algunos hablan, aunque en voz baja, expresando su apoyo a Ervá y a los extranjeros que los libraron de tres más de esos hombres.

En medio de la conmoción y los murmullos, Degel espera haciendo todo el acopio de su paciencia, forzándose a la vez a ignorar un incómodo aleteo que se ha instalado dentro de su abdomen, y no precisamente por las conversaciones que están teniendo entre sí los Northuldra, sino más bien por la mirada penetrante de ojos cristalizados y largas pestañas que parecen clavarse en su espalda, aunque se obliga a sí mismo a no voltear, pues sabe que estos momentos de decisión son determinantes en su misión. No puede distraerse. En cambio, Kardia voltea a todos lados, escuchando las conversaciones en voz baja, siendo testigo de las miradas furtivas que les dirigen, y se inclina a su compañero para susurrar a su oído.

-Me alegra mucho que esa muchacha nos haya ayudado, amigo. Creo que estás siendo todo un éxito con tus últimas palabras.

-Guardia silencio, Kardia. – Degel lo regaña, la mirada aún fija al frente. – Estos momentos son decisivos, por favor no cometas ninguna imprudencia.

Pero los ojos de Kardia ya se han topado con los de la blanca beldad, y le dirige la más encantadora de sus sonrisas, aunque en respuesta, los ojos de Elsa se vuelven más duros, casi amenazantes. Kardia resopla ante la acción.

-Creo, hermano mío, que no deberías voltear. Hay unos preciosos ojos azules que te están comiendo con la mirada.

Degel gruñe por lo bajo.

-¡Cállate Kardia, y ponte serio! ¡Esto es importante!

Kardia ríe por lo bajo pero obedece, lanzando un último guiño a la joven antes de voltear a ver al frente.

Pero sus palabras han hecho efecto.

El peliverde traga saliva forzadamente y se obliga a concentrarse, a pesar de que su nerviosismo y su inquietud se han incrementado con la idea de que Elsa lo está observando. El poder que esta mujer albina ejerce sobre él es incómodo, extraño, pero a la vez, placentero. Como nunca lo ha sentido. Afortunadamente para él, la voz del anciano Northuldra lo saca de sus pensamientos, mientras este trata de calmar al grupo que poco a poco recupera la compostura. Una vez que se hace el silencio, Yelana da un paso hacia el frente.

-Me conmueve ver lo mucho que has crecido, Ervá, lo mucho que tus labios se han llenado de sabiduría y valor. Tus padres seguramente estarán muy orgullosos de ti. – Yelana le sonríe a la joven Northuldra, quien le regresa el gesto, y luego la mujer guarda silencio mientras voltea a ver a los demás ancianos, los cuales imitan el movimiento. Sus ojos profundos y sabios regresan a los violeta del caballero, tratando de penetrarlo con la mirada.

-Si se les permitiera quedarse, y no estoy diciendo que se los vaya a permitir, ¿cuánto tiempo se quedarían?

Degel se esfuerza por no sonreír, sintiendo la batalla ganada, mientras da un paso más al frente y extiende su brazo al lado, en un gesto para incluir a los presentes.

-Tan sólo esta noche abusaríamos de la confianza que nos brindan los Northuldra, para descansar y reponer fuerzas. Mañana a primera hora partiríamos para continuar nuestra búsqueda.

-¿Lo prometes por tu honor?

El hombre le dirige a la anciana su más encantadora sonrisa.

-Por mi honor de Santo Dorado.

Yelana, con más experiencia, reprime la sonrisa que está a punto de escapársele, y ahora dirige su mirada a Elsa, captando la agitación de la joven.

-¿Y qué opina nuestro Quinto Elemento? Como la Guardiana del Bosque, tu voto es el decisivo en esta situación.

Elsa asiente en agradecimiento y camina elegantemente, altivamente, para colocarse frente al extranjero y al lado de Yelana, su mirada dura y amenazadora, mientras el hombre se siente congelado bajo su escrutinio: el Santo Dorado de Acuario, el hombre más inteligente en todo el Santuario de Atenas, no concibe que pueda existir un ser más perfecto que esa mujer que lo hace estremecer con esos ojos color del cielo.

Y no precisamente de miedo.

La voz cristalina que lo tiene embelesado lo saca de su ensimismamiento.

-Quiero que estén conscientes de que nuestro pueblo no puede recibirlos de forma onerosa. Si se quedan, no tendremos camas blandas para que duerman.

-No debería representar ningún problema. Mi hermano y yo estamos acostumbrados a dormir a la intemperie. – Degel le contesta, haciendo el máximo esfuerzo para que su nerviosismo no sea evidente.

-Nuestra comida es escasa, no tenemos suficiente para compartir.

-Entonces Kardia y yo cazaremos conejos, o cervatillos, o lo que este hermoso bosque provea, y lo compartiremos con quienes ustedes nos digan.

El entrecejo de Elsa se profundiza, molesta ante las respuestas inteligentes, que no le permiten darle la vuelta.

-Si esos hombres de negro nos atacan, ¿cómo sé que no nos darán la espalda, o peor, se unirán a ellos y en nuestra contra? ¿cómo confiar en un par de hombres que no conozco, y que no tengo la certeza de que no me traicionarán al primer cambio de aires? La palabra de un hombre desconocido, que no ha probado su valor, no tiene peso para mí.

Sin quitar la vista del hermoso rostro, Degel levanta su puño frente a él, y en un rápido movimiento, con la otra mano se rasga la muñeca, permitiendo que mane sangre de la herida recién hecha. Su acción sobresalta a todos, incluyendo a su compañero, escuchándose una exclamación de asombro e incredulidad general, pero los ojos violeta de Degel permanecen clavados en los azules de Elsa, retadores.

-Entonces aquí y ahora, frente a todo su pueblo, le juro por mi sangre que, mientras yo esté presente, daré mi vida por protegerlos a todos, en caso de que los espectros de Hades se presenten a mitad de la noche a atacarlos.

Elsa lo observa intensamente, su furia aún no aplacada, pero ahora inquieta por la valiosa sangre que escurre de la herida, empapando el poderoso antebrazo y alimentando la tierra que viera nacer a su amada madre. Después de varios segundos en los que la aldea es envuelta en un silencio espectral, donde ningún alma se atreve siquiera a moverse y sólo se puede escuchar las gotas carmesíes cayendo unas sobre otras, Elsa finalmente levanta la mano, lanzando un rayo hacia la muñeca de Degel y creando un hermoso brazalete de escarcha que rodea y aprisiona la herida, deteniendo el sangrado.

-Tales juramentos no son necesarios para mí. Jamás será mi intención que alguien entregue su vida para preservar la mía, aún cuando sea sólo un extranjero.

Degel nota que la joven, a pesar de curarlo, no da abiertamente su aprobación de que permanezcan en la aldea, por lo que baja su antebrazo herido, aún sus ojos sin retirarlos de la albina, pero sintiendo una opresión en el pecho que no puede explicar, y que le dificulta respirar. Sin embargo, Yelana también nota que no existe aprobación tácita, por lo que decide actuar en ese momento, e interpreta ella misma la acción de Elsa como una respuesta positiva, por lo que suspira y después sonríe abiertamente, para abrir los brazos en dirección a todos los presentes, incluyendo a los dos forasteros.

- Pues bienvenidos sean ustedes, protectores de la diosa Atena. Les agradezco por colaborar con nuestro Quinto Elemento para que no haya más muertes en este Bosque Encantado, los recibimos con los brazos abiertos, pues los dioses nos los han enviado muy oportunamente, no sólo para detener esta amenaza, si no que, además, para que nos acompañen en las fiestas en honor a Beiwe, nuestra propia diosa, que inician precisamente el día de hoy.

-¡Fiesta! ¡Sí! ¡Este definitivamente es mi tipo de recibimiento! - Kardia sonríe, emocionado ante la idea, mientras Degel le dirige una mirada llena de advertencia, y luego se inclina ante Yelana, igualmente mostrando su más encantadora sonrisa.

-Será un honor y un placer participar en sus festividades.

Todos sonríen y se les acercan de inmediato, algunos incluso les dan pequeñas palmadas en la espalda a los dos recién llegados, Kardia convirtiéndose en el centro de atención. Pero, a la vez que trata de recibir también las bienvenidas del grupo, Degel aprovecha que es casi una cabeza más alto que los Northuldra, y sin pensarlo dos veces, busca a la belleza albina detrás de él, quien le dirige una mirada llena de enojo, para después darse la vuelta y salir caminando con fuertes pisadas, evidentemente no del todo feliz con esa decisión. El peliverde se lleva la mano al pecho, al sentir esa opresión de hace unos minutos incrementándose ante la actitud de rechazo de la hermosa albina, y, a la vez que se lamenta, una sonrisa triste se dibuja en sus labios.

¡Vaya! Así que esto es lo que se siente tener un corazón roto… qué interesante…

Afortunadamente para él, un puñetazo en el pecho lo saca de su ensimismamiento.

-¿Estás seguro de esto, hermano? – Kardia lo mira divertido, pero a la vez, preocupado, a lo cual Degel posa su mano sobre el poderoso hombro.

-Por supuesto que sí. El poder que buscamos está aquí, en algún lado. Estoy seguro. Y esta gente nos ayudará a encontrarlo.

-No me refiero a eso. – su mirada se posa en la esbelta pero bien formada figura de la mujer en retirada. - ¿Podrás aguantar un golpe de esa magnitud? ¿Tu mente racional podrá aguantar un cuerpo así?

Degel sostiene la mirada en la silueta de Elsa, tardándose un poco más de lo necesario en contestar.

-Estamos en plena Guerra Santa, Kardia, por no decir que nos encontramos en una misión. Mi obligación es mantenerme enfocado en todo momento. No deberías preocuparte por mí: mi mente racional puede aguantar cuanto sea necesario.

Kardia resopla ante la respuesta.

-Ya lo veremos, amigo.

Degel desestima su advertencia con un gesto de la mano, pero puede entender la preocupación de Kardia, cuando su mente divaga en el momento que sus ojos se posan sobre el ondulante cabello rubio que refleja la luz de la luna. Hechizado, es la única palabra que le viene a la mente, y ese vacío de su habitual pensamiento intricado y coherente a la vez lo embriaga y le preocupa… pero por sobre todas las cosas, le emociona.

oooooOOOOOOooooooooooo

Ya pasa de media noche y Degel, con su muñeca herida perfectamente tratada y vendada por la experta curandera Northuldra, se encuentra sentado de piernas cruzadas en posición de loto, alejado de la fogata y de los bailes lo más posible, pues su alma más bien apacible y solitaria no tolera este despliegue de energía, emoción y jolgorio. Sin embargo, no puede desairar la oportunidad ni la atenta invitación que los Northuldra les dieron. A pesar de todo, y de su desagrado por las fiestas, el caballero aprovecha la ocasión y permanece atento a todo lo que ocurre a su alrededor.

Bajo la luz de la luna llena y de la enorme fogata que crearon en el centro de la aldea, alrededor de la cual bailan y cantan los Northuldra como si no fuera a amanecer nunca, Degel reprime, por enésima vez, una intensa necesidad de negar con la cabeza al ver el salvaje cabello azul de Kardia volando tras de él, con su igualmente salvaje compañero girando y bailando al son de los tambores, riendo abiertamente, mientras un par de chicas de la aldea bailan en torno a él, de forma provocativa y sensual, sus intenciones más que evidentes de llamar la atención del joven visitante. Es obvio que esta fiesta está dedicada a la diosa Northuldra de la fertilidad, y Degel no puede hacer otra cosa más que sonreír, recordando que Kardia se vuelve el centro de atención de las chicas casi en cada lugar que han visitado. ¿Qué es lo que tiene su amigo que lo hace tan llamativo? Mientras lo observa, el caballero de Acuario nota que, a pesar de las insinuaciones, Kardia no cede del todo ante el femenino llamado, riendo y girando al acercarse a milímetros de los labios de una de las chicas para después girar y hacer lo mismo con la otra, mientras el peliazul aprovecha para permitir que sus traviesos dedos acaricien las llameantes pieles de las bailarinas. Pero, no tan tonto como cualquiera pensaría, las caricias de Kardia tienen el cuidado de no sobrepasar los límites de la piel que podrían ofender de forma abierta a algún padre, hermano o marido, que se encuentre contemplando el baile.

Chico inteligente.

Degel mueve la cabeza en una negativa mientras a la vez suspira pesadamente, pero aún así sonríe, pues tiene que admitirlo: su mejor amigo, aunque siempre impropio, sabe sacar jugo a la vida. Mientras Degel, siempre hombre pragmático y fiel a la causa, a la diosa Atena, solo se sienta a observar, disfrutando de la comida campestre que sus anfitriones les ofrecen.

-¿Tu compañero siempre es así de alegre? – Degel voltea a ver a la joven Northuldra que se ha sentado a su lado, sonriente y ya con las mejillas encendidas, y sólo alcanza a suspirar. La chica, ignorando esa acción, alegremente le extiende una mano. – Hola, mi nombre es Honeymaren, perdona… no alcancé a escuchar el tuyo.

Degel le toma la mano en saludo y de inmediato dirige su mirada de regreso a su compañero.

- Degel, y sí. Kardia es una llama viva cuando se trata de festejos y jolgorios. Definitivamente esta fiesta es su tipo de ambiente.

-¿Y tú? ¿Acaso a ti no te gusta este tipo de ambiente? – Honeymaren acerca su rostro al de él, mientras en su mano sostiene un cuerno lleno de lo que parece ser hidromiel… o cualquier otra bebida fermentada. Degel se inclina discretamente hacia el lado contrario, tratando de mantener la distancia, mientras toma el cuerno y lo retira de las manos de la joven, haciendo ademán de que va a tomar, cuando en realidad lo deja a un lado.

-No. Yo soy un poco más reservado. Me gusta la tranquilidad y todo lo aburrido.

-¿De verdad? ¡Pero esto es una fiesta…! – la joven se acerca aún más, sus labios más cerca de lo que resultaría cómodo. – ¿No puedes hacer una excepción por el día de hoy? Después de todo, es la fiesta de Beiwe…

Es evidente que la chica está ebria, por lo que Degel trata de ser cortés, sin dejar que sea tan obvia su contrariedad.

-No, no. Gracias. Ya te lo dije, yo soy del tipo más bien aburrido. Deberías ir a bailar con tus amigas. Se ve que se están divirtiendo mucho.

La joven Northuldra hace un gesto de desagrado ante la segunda negativa.

-¡Qué mal! Porque eres bastante guapo. – la chica hace un mohín de disgusto, pero de pronto su bello rostro se ilumina aún más con una sonrisa traviesa, mientras su mirada se dirige al frente. - Definitivamente eres del tipo de mi amiga. Elsa es muy hermosa, ¿no crees? pero igual de aburrida que tú. Harían bonita pareja. – Sus palabras hacen que el corazón de Degel corra desbocado ante la posibilidad, pero se obliga a sí mismo a mantener la mirada en las llamas, so pena de delatar su emoción buscando a la albina beldad, mientras la Northuldra, molesta por el rechazo, pero a la vez satisfecha de plantar la semilla, se levanta a trompicones de su lado, para sumarse a los esfuerzos por ganar la atención de su compañero.

Degel sonríe parcialmente al verla alejarse, y aún más al notar que los hombres tampoco parecen muy interesados en su compañía, más atentos en las acciones del alegre visitante. Kardia ha sido siempre así, capaz de llamar la atención de un millar de gente, incluyéndolo a él. Sin embargo, a pesar de la diferencia en personalidades que existe entre ellos, no le tiene envidia, más bien lo siente a él como su complemento. Kardia es el fuego que existe en el hielo de su corazón, un corazón que todos piensan que se encuentra congelado.

Sus pensamientos negativos se interrumpen una vez que, sin poder evitarlo, finalmente sus ojos se topan con la figura de la hermosa mujer que lo tiene cautivado, quien se encuentra recargada en un árbol varios metros frente a él, observándolo también de una manera furtiva, aunque en el caso de ella, con cierto grado de desconcierto, y pareciera, también de gran desconfianza. Degel no puede evitar pensar que ese desagrado pueda estar relacionado con las insinuaciones de la mujer apenas hace unos segundos. Tratando de ser conciliador como siempre, le dirige una sonrisa y un asentamiento de cabeza a la suave beldad, provocando que la antigua reina frunza el ceño en respuesta al verse descubierta, para de pronto abrir los azules ojos con sorpresa. Degel levanta una ceja, perdido en el significado de su mirada.

-¡Fuego! ¡Fuego!

Alguien a sus espaldas grita, su voz sumándose a otras en una confusa cacofonía, consiguiendo que el caballero de inmediato voltee hacia atrás, buscando la fuente de la advertencia. Dos hombres y una mujer que estaban sentados detrás de él se levantan de inmediato, haciendo eco de la llamada de urgencia, sus ojos fijos en el piso debajo de él. Finalmente, Degel sigue sus miradas insistentes, para darse cuenta de que el pequeño tapete de piel de reno sobre el que está sentado, se encuentra ardiendo en llamas, y empieza a incendiar sus largos cabellos.

-¡Maldición!

Tomado por sorpresa, se para de un brinco para de inmediato apagar el fuego con un giro de la muñeca, congelando el ahora negro y evidentemente inservible tapete, y al mismo tiempo apaga la punta de sus cabellos esmeralda, ahora arruinados. El peliverde aún no sale del estupor cuando una prístina y apenas audible risa llega a sus oídos. Al voltear a ver a la rubia que ocupa sus pensamientos, descubre que se ha inclinado para tomar entre ambas manos a la pequeña salamandra azul que corre hacia ella, sin que sus ojos puedan pasar de largo los rojos y deseables labios dibujando una sonrisa tan encantadora, que le provoca se le acelere el ritmo del legendariamente helado corazón.

Jamás había visto una visión tan maravillosa.

Por su parte, e ignorante del efecto que su radiante alegría tiene sobre el pobre caballero, Elsa se arrodilla para extender su mano al piso y permitir que Bruni suba a su palma, aún riendo al ser el único testigo de la travesura del retozón y aparentemente también posesivo espíritu, el cual, tan pronto se siente fresco en las manos de Elsa, voltea a dirigirle una mirada airada al caballero, y luego gruñe y saca la lengua, como regañándolo, actitud que finalmente abandona al sentir un suave beso de la albina en su cabeza.

-Gracias Bruni, sé que siempre puedo contar contigo. Se lo tenía merecido, ¿verdad?

La pequeña salamandra voltea a verla para dirigirle una de sus cautivadoras sonrisas, y retorcerse al fin en su palma, disfrutando del placer que siempre le embarga al verse acunado por tan refrescante piel. Elsa ríe de nuevo. Aún no puede entender por qué Bruni es tan feliz en su mano, pero su felicidad definitivamente es contagiosa.

-Yo también te quiero, mi travieso amigo.

-¿Es muy guapo, no lo crees? - Una voz detrás de la antigua reina la saca de sus pensamientos, sobresaltándola, y Bruni pasa de la palma de la rubia hacia sus hombros, un lengüetazo de alegría dirigido a la inesperada visitante, para después dirigir su mirada inquisitiva y desconfiada hacia el hombre que recién castigara, vigilante de todos los movimientos del caballero.

Ante las palabras, de las que no puede estar más en desacuerdo, Elsa suspira pesadamente y voltea a reclamarle a Honeymaren por tan mal gusto, y para reprocharle que hubiera intercambiado palabras con el enemigo, aunque fuera tan educadamente rechazada por el hombre que la enfurece tanto, pero se sorprende al encontrar a Yelana ocupando ese lugar. Una delicada ceja se levanta, incrédula, y la sonrisa de Yelana se expande ante esa mirada.

-¿Qué? ¿Acaso podrías decir que no se te antoja estrujar esos brazos, o morder esa quijada? Hasta a mí se me antoja. – La anciana Northuldra mueve las cejas de forma sugestiva, provocando que ahora sean dos las finas cejas levantadas. – Si tuviera algunos años menos, definitivamente lo haría.

Elsa niega lentamente, incómoda. Ni en mil años se hubiera imaginado tener una conversación así con la mujer. Con Honeymaren tal vez, siendo lo alegre y desinhibida que es su amiga, ¿pero con Yelana? Y menos se hubiera imaginado que la anciana fuera la impropia.

-Nunca pensé que ese fuera tu tipo de hombre.

-¿Cuál? ¿Guapos, poderosos, evidentemente ricos y con un muy obvio interés en una?

La mujer sonríe al ver cómo las mejillas de la joven se tiñen de un rojo intenso.

-No me refiero a eso, Yelana; nunca pensé que te dejaras guiar por frivolidades tales como una bonita cara y riquezas. A-además… - Elsa titubea por un momento, y luego gruñe de frustración, - además te equivocas en eso último. Por supuesto que él no tiene interés en mí. Estás viendo más de lo que realmente es.

La mujer suelta una carcajada en respuesta.

-O tal vez tú no estés queriendo ver.

A pesar del respeto que tiene por ella, Elsa le dirige una mirada enojada.

-Deja de incomodarme de esa manera. No me parece gracioso que lleguen extranjeros a nuestras tierras y tú de inmediato quieras emparejarme con uno de ellos. No soy carne para andar intercambiando. - Yelana le dirige una mirada profunda, llena de palabras que decide no decir en voz alta, pero que Elsa de inmediato interpreta. La joven baja la mirada, apenada. – lo… lo siento, Yelana. No fue mi intención…

-No estás en tu corte, Elsa. Esto no es Arendelle. Aquí nadie espera que sacrifiques tu vida y tu felicidad por el bien de nosotros. Aquí nunca necesitarás casarte por obtener alianzas con otras tierras. Así que ya puedes relajarte y simplemente disfrutar el deseo que ese hombre bien podría infundir en ti. Si se lo permitieras.

Los ojos de Elsa se tornan aún más sombríos.

– No pienso permitirle siquiera amistad conmigo.

Yelana sólo se encoge de hombros, en un gesto de obvio desenfado.

– Muy bien, tú te lo pierdes. Será mío entonces.

Por un momento un silencio incómodo las rodea, hasta que la joven albina se decide a expresar sus emociones.

-Respecto… respecto a que mi corte fuera a sacrificar mi felicidad por Arendelle… sabes que Anna no lo hubiera permitido.

-¿Y tú, Elsa? ¿Lo habrías consentido tú? ¿Lo habrías incluso propiciado? Porque te conozco, y tengo casi la certeza de que lo hubieras hecho, te hubieras casado por conveniencia si ese matrimonio de alguna forma proporcionara gran beneficio para Arendelle. Así que no me acuses de sugerir algo que bien sabes podrías haber hecho.

Elsa abre los ojos como platos ante sus palabras, mientras levanta las palmas, apenada ante las palabras que Yelana está diciendo.

-¡No tenía idea del terrible concepto en el que me tienes! ¡Yo no me vendo ante nadie por riquezas ni por poder!

La anciana Northuldra la observa con tristeza.

-No, mi niña. No por riquezas ni poder. Por el bienestar de los demás, sí. Sin dudarlo. ¿O acaso me equivoco?

-Yo no… - Pero Elsa titubea. Si es honesta, si se atreve a ser brutalmente honesta consigo misma, bien puede verse a sí misma sacrificando su vida y su felicidad por Arendelle. Bien recuerda que su padre, desde su adolescencia, ya había empezado a hablar con ella al respecto. Con la posibilidad de que parte de su labor como regente llegara algún momento a ser el casarse con el príncipe o rey de algún reino para proteger Arendelle. Derrotada, la joven suspira. – Tienes razón, Yelana. Si mi padre me lo hubiera pedido, si la supervivencia de Arendelle dependiera de mi boda con alguien a quien no amo… definitivamente lo haría. Por lo que parece, es cierto que me conoces más de lo que esperaba. Siento mucho haber reaccionado de esa manera.

Pero la matrona levanta la mano, acallándola.

-No necesitas disculparte conmigo, y mucho menos explicarte. Aunque te cueste trabajo creerme, de verdad que te entiendo.

Elsa suspira de nuevo.

– Está bien. Lo siento…

-Dije que no necesitas disculparte conmigo. – Yelana le dirige una media sonrisa a la joven, buscando tranquilizarla, y en efecto, Elsa hace eco de esa sonrisa, para después dirigir la mirada a la enorme fogata.

La silueta de los bailarines se dibuja contra la poderosa luz que refleja el fuego, impidiendo que reconozca con certeza a los dueños. Por unos momentos, las dos mujeres se quedan en un cómodo silencio, envueltas en los pensamientos de cada una, hasta que después de varios minutos es Yelana quien rompe esa quietud.

-Me conoces, Elsa, sabes que procuro ser juiciosa y pensar las cosas más de una vez, y que no sólo te tengo en alta estima, sino que también gran admiración por lo poderosa que eres, pero por encima de todo, por lo que lograste y superaste a tan corta edad. Hombros más anchos se hubieran doblado y hasta resquebrajado ante la carga que sostuviste por años. – Elsa está a punto de protestar, incapaz de aceptar tales elogios, sin embargo, la mujer se lo impide. - Pero alguna vez también fui joven, mi niña, también tuve sueños de amor y de aventuras. No es malo rendirse ante ellos.

Indignada y tomada por sorpresa, Elsa se sonroja aún más mientras protesta airadamente.

-¿Y quién está hablando de amor? Yelana, definitivamente estás viendo más cosas de lo que realmente son. Ese hombre no me interesa en absoluto, y si él tiene algún tipo de interés en mí, ¡pues lo siento mucho por él! - Bruni se sobresalta ante la respuesta enérgica de su amiga, y, molesto ante esa reacción tan inadecuada e inesperada, al menos a su parecer, de un brinco se sube hacia el árbol más cercano, decidido a no participar en ese altercado y mejor jugar con su otro mejor amigo, Gale.

La anciana sigue al espíritu con la mirada, divertida de su actuación, para luego encogerse de hombros sin perder la sonrisa traviesa en su rostro.

-No me hagas caso entonces, pero al menos permíteme expresar mis pensamientos. Eres joven, y muy bella, tienes el mundo a tus pies y la vida por delante para disfrutarlo. ¡Pues disfrútalo!

Los ojos de Elsa aún brillan de enojo, aunque trata de moderar la fuerza de su voz.

-Tal vez sea joven, pero el mundo no está a mis pies, ni es mi intención disfrutarlo. Tengo responsabilidades aquí con ustedes.

-Y te admiro por eso, pero está bien aventurarse de vez en cuando, ¿sabes? A veces solo necesitas recordarte a ti misma que eres joven y darte permiso para vivir esa juventud.

- No puedo andar jugando con esas cosas. - La albina le contesta, buscando que su conversación adquiera seriedad. - Sabes muy bien que no tengo tiempo para eso. Mi deber es velar por ustedes y por Arendelle. La llegada de estos hombres me pone de nervios. Me hace pensar que algo malo va a ocurrir, que pronto mi capacidad de protegerlos a todos será puesta a prueba, si ellos permanecen con nosotros.

-¿Por qué? – Yelana insiste. No se va a dejar vencer tan fácilmente. - Ya no eres la reina de Arendelle. Tu responsabilidad es proteger el bosque, es cierto, pero el bosque lleva milenios cuidándose a sí mismo, ¿qué más da si te tomas un rato para que te sientas mujer?

-No necesito un hombre para sentirme plena, eso lo sabes. - Elsa contesta, indignada ante tal presunción.

La mujer mayor asiente, sabia. - Es cierto, y estoy completamente de acuerdo contigo, pero es sano y bueno que ames a alguien, y me refiero a alguien que no sea tu hermana. - Yelana apunta amenazadoramente a la joven, evitando la evidente protesta de esta, para después suspirar profundamente. - Debes de entender, Elsa, que aún hay muchas cosas en tu vida listas para que las experimentes. El placer que te genera la compañía de un hombre es único y no tiene nada de agresión contra tu dignidad. Está en tu naturaleza como ser humano. No te pierdas la oportunidad de vivirlo solo por orgullo o miedo.

-No les tengo miedo.

-¿Ah no? ¿Entonces por qué no llevaste a heraldos de una diosa ante el reino de tu hermana, para agasajarlos como es debido? Son enviados y bendecidos de una diosa. Tratarlos de forma poco digna podría considerarse una ofensa directa a ella. Tú sabes mucho más de diplomacia, no debería ser yo quien te lo recuerde. - La mujer mira intensamente a Elsa y, sin permitir que la joven albina conteste, se retira, aparentemente satisfecha y dando por zanjada su conversación, determinada en seguir disfrutando el festejo.

Elsa se queda en su lugar, insegura respecto a las palabras de la matrona. Siempre ha respetado los consejos de Yelana, y estos siempre han sido atinados y sabios. Pero esto… en esta ocasión, en vez de sentirse más tranquila y confiada, su mente se encuentra llena de dudas y miedos, llena de incertidumbre e inseguridad.

Si escucho a estos hombres, si acepto sus palabras y sus advertencias, si los ayudo en su búsqueda… Elsa posa las palmas sobre sus ojos, angustiada ante la disyuntiva, mientras exhala largo y profundo. La realidad es que… tengo miedo. Tengo mucho miedo de yo misma atraer el caos con esa decisión. Sintiendo el aire más frío alrededor, se abraza a sí misma, mientras un tremendo peso cae sobre sus hombros. Pero y si… ¿y si Ervá tiene razón, y de ignorar sus peticiones, nosotros mismos arrastramos al mundo a la condena? ¿Y si lo correcto es, realmente, escucharlos y ayudarlos? ¡Oh, Anna! ¡No sé qué hacer!

La joven empieza a sentir la llegada de un tremendo dolor de cabeza. Confundida y temerosa, Elsa se recarga de nuevo en el árbol, sus ojos fijos en la hoguera alrededor de la cual bailan con alegría tanto hombres como mujeres. Pero ella no los está viendo realmente. Su mente divaga, atribulada, pensando con fuerza en cuáles deben de ser sus siguientes movimientos. En cuál sería el siguiente paso correcto. Cuando era reina sabía de alguna manera u otra lo que era adecuado, el protocolo que debía seguir, y si por alguna razón no encontraba la respuesta, siempre tenía asesores fieles a la corona que la guiaban en el proceso. Pero ahora, como Quinto Elemento, se siente perdida respecto a sus verdaderas labores, y ya no tiene asesores como tenía antes, gente con amplia experiencia que la podían guiar a tomar mejores decisiones. Y a veces Yelana, en vez de tranquilizarla y aconsejarle, la confunde aún más con sus acertijos o recomendaciones vagas. Es en momentos como éstos cuando extraña intensamente a Anna. Y a su madre.

-Lamento mucho haber impuesto nuestra presencia, mi señora.

Elsa se sobresalta ante la voz varonil a sus espaldas, accidentalmente congelando la corteza del árbol en que estaba recargada. Apenada, voltea a ver a su interlocutor y descubre que es el peli verde quien se encuentra detrás de ella, demasiado cerca para su gusto. La joven da un paso atrás para alejarse de él, chocando con el árbol, lo que incrementa su enojo por la invasión a su espacio personal, pero se obliga a sí misma a ser diplomática.

-N-no… está bien. Ustedes necesitan descansar y alimentarse. – Su voz suena más baja y dudosa de lo que le gustaría, por lo que carraspea y trata de corregir, hablando con más firmeza. - No piense mucho en ello, buen señor. Es lo menos que podemos hacer.

-Le agradezco mucho su hospitalidad. Prometo que nos iremos pronto, si es tanta su molestia.

Elsa no contesta de inmediato. Ahora que lo tiene cerca nota pequeños detalles. El hombre no tiene la armadura con la que lo conoció, pero, aunque su ropaje es más bien simple, consistente tan sólo en una desgastada camisa sin mangas, y unos pantalones más bien sencillos, junto con las botas que le llegan a la rodilla y que parecen haber visto mejores tiempos, la forma en que el hombre se conduce, sus amplios y bien formados pectorales que se pueden ver a través de la camisa, sus hombros anchos tendidos hacia atrás lo que lo hace verse más alto, su barbilla cuadrada y orgullosa, sumados a su mirada intensa enmarcada con un par de extrañas cejas de corte dividido, hacen de él alguien intimidante, aunque, para su sorpresa, no de una forma desagradable. Elsa titubea en el momento en que su mente registra que él le ha hablado. Y que seguramente está esperando una respuesta.

-N-no, no son… un problema, en realidad. Mas bien debería ser yo quien se disculpe por tan impropio comportamiento de mi parte. Es solo que… no tolero bien la presencia de extranjeros, menos aquellos de tierras lejanas.

La extraña ceja se levanta, en un gesto incrédulo.

-Lamento mucho escuchar eso, pues créame sincero cuando le confieso que daría lo que fuera por asegurarme de que usted nos tolere bien.

Elsa se sonroja, pero se obliga a sí misma a no desviar la mirada, aun cuando se permite sentirse apenada por sus propias palabras.

-No me malinterprete, buen señor, no es nada personal, pero si me permite ser sincera, en mi corte no hemos tenido buenas experiencias con extranjeros.

-No debería generalizar, su Majestad, puesto que no todos los extranjeros somos tan malos como otros. Y mucho menos los que venimos de tan lejos.

- Estoy segura de que así es, al menos quisiera pensar que ese es su caso, pero deberá entender que esas experiencias pasadas me obligan a ser más cautelosa con la gente venida de otras tierras. Principalmente aquellas que sobrepasan el límite de nuestro mundo conocido.

La sonrisa de Degel se amplía, sintiendo el corazón latir de emoción y placer. ¡Cómo añoraba este tipo de diálogos, de una mente culta y educada a otra, que sólo ha encontrado en algunos reinos!

-¿Acaso puede adivinar que venimos de una corte muy lejana? ¿Somos tan obvios?

-Lamento decirle que, a pesar de mi desconfianza, usted no está incluido cuando me refiero a tierras lejanas, más bien hablo de su compañero. Usted, definitivamente, proviene de un lugar mucho más cercano a este reino.

-Su Majestad, aún cuando me mortifica desairarla, tendré que corregirla, pues debo confesar que Kardia y yo venimos del mismo lugar: un país por demás lejano a estas bellas tierras.

Elsa sonríe de lado, retadora.

- Insistiré en que me perdone, caballero, ya que a lo mejor puedo creer que su compañero venga de tierras más allá de donde nace el sol, pero si por un momento nos permitimos ser honestos usted y yo, usted realmente no parece venido de esas tierras lejanas. Su acento y… ah… manierismo, son muy similares a las suntuosas cortes de nuestros vecinos del sur. Pero… la verdad es que tampoco puedo recordar su presencia en ninguna de nuestras festividades o visitas…

¡Oh, claro que ella recordaría si Degel se hubiera presentado a alguna de sus reuniones diplomáticas! Esa quijada es inconfundible…

¡Un momento! ¡¿Pero que estoy…?!

Afortunadamente para ella, Degel interrumpe el tren de sus pensamientos.

-Me siento intrigado por la sagacidad de su mente. Si, de acuerdo con su análisis, no vengo de tierras más allá de su mundo conocido, ¿entonces de dónde provengo? ¿Realmente puede usted adivinar mi origen, de acuerdo a mis modos de actuar?

Esta vez Elsa sonríe, aunque sólo parcialmente

– No debería halagarme con tanta soltura, puesto que mi mente no es tan sagaz como usted me atribuye. Sólo tengo la certeza de que no viene de muy lejos de las cortes de nuestros aliados comerciales, pero tampoco proviene de las Islas del Sur, nuestro… ah… aliado más lejano. ¿Aunque quizá venga de las tierras del interior, que son como sus hermanas cautivas?

De nuevo la ceja dividida se levanta. ¿Acaso fue un titubeo lo que percibió en tan deliciosos labios? Degel definitivamente tiene que investigar más sobre el asunto. Sobre esa experiencia traumática que ha dejado a esta bella mujer con tanta desconfianza en el corazón.

Aunque algo le dice que, si trata de adivinar, y conociendo la misoginia que se vive en las 'suntuosas cortes' que ella ha mencionado, seguro acertará sobre qué tipo de experiencia la ha dejado tan recelosa.

-Es usted muy inteligente, peligrosamente inteligente, para ser honestos. Permítame anunciarle que está equivocada, y a la vez ha acertado.

Elsa entrecierra los ojos, incrédula.

- ¿Cómo puedo haber hecho las dos cosas a la vez? Me encantaría recibir la explicación de algo tan desconcertante.

Degel le sonríe de lado.

– La verdad es bastante simple: en efecto, nací en Francia, pero no en la corte, sino en una familia bastante pobre. Por lo mismo, no fui criado ahí, sino en Grecia, específicamente en Atenas que, como usted sabrá, es un lugar demasiado alejado de estos bellos paisajes. Por lo que sí que puede catalogarnos como extranjeros de tierras muy lejanas. Y lamento que deberá disculpar mi ignorancia entonces, pero tengo entendido que las cortes europeas reciben de buen agrado las visitas de mundos lejanos debido a, emh, la extravagancia de nuestras costumbres tan distintas, que pueden llegar a encantarlos.

Ahora es una delicada ceja la que se levanta, imitando la suspicacia del gesto del hombre. Con esfuerzo, Degel impide que su sonrisa se ensanche.

-Haber venido de Francia no lo exime de la posibilidad de crear problemas o provocar una ruptura diplomática. Pero venir de una tierra mucho más allá de su tierra natal sí nos podría poner en una situación difícil, dadas las diferencias en nuestras costumbres.

-¿Ahora le estamos achacando potenciales problemas diplomáticos a nuestras distintas costumbres? Si nos instruyen de forma adecuada, y si nos toleran nuestros errores leves, estoy seguro que podemos hacer crecer la diplomacia entre nosotros.

-Mi experiencia también me dice que no debo confiar en los hombres que prometen mucho.

-No todos los hombres somos iguales, su Majestad.

Elsa levanta la barbilla hacia él, retadora, sus alientos mezclándose, mientras los ojos azules brillan de enojo.

– Ciertamente no, no lo son. He escuchado que hay muchos peores.

Degel se tarda unos segundos en responder, sus ojos violeta clavados en ella, registrando que esos tentadores y rojos labios se encuentran a sólo unos milímetros de los suyos. Un espacio demasiado fácil de cruzar… El silencio del hombre se prolonga por varios segundos, y por un momento Elsa incluso piensa que no contestará, hasta que una leve sonrisa vuelve a iluminar el rostro de él, solo para romper el lazo en el que tenía sujeta su mirada al darse vuelta para mirar hacia las copas de los árboles, aún silencioso.

Elsa se sobresalta de su acción, pensando que ha dicho más de lo que debería.

-Lamento mucho si lo he ofendido, sólo expreso lo que siento.

Él baja la cabeza, aun sin mirarla, haciendo su mejor esfuerzo por controlar el súbito e intenso deseo de besarla... ¡Qué rara e inesperada es esta nueva sensación que lo embarga!

-Al contrario, su Majestad, agradezco la frescura de su sinceridad, soy yo quien debería insistir en disculparse; usted tiene toda la razón en sospechar de mí, después del espectáculo violento que le presentamos cuando nos conocimos. Sin embargo, permítame reiterarle que no todos los hombres somos iguales, y de mí, sólo puede obtener sinceridad y un profundo respeto.

-Eso he escuchado de muchos labios, y en el momento culminante, terminan siendo lobos vestidos de oveja.

Degel suspira, su mirada llenándose de un dejo de tristeza, pues conociendo a los de su sexo, y aún más siendo testigo de la forma que un hombre puede engañar a una mujer, sabe que ella no está tan equivocada del todo. Pero no se piensa dar por vencido.

-Si bien tiene usted toda la razón en ser cauta, no me parece justo que generalice, pues aunque no lo crea, existen hombres buenos en este mundo. Y aun cuando aquél siguiente hombre con quien usted se tope no lo fuera, creo que todo ser humano tiene derecho a probar su inocencia antes de que se le acuse de un crimen que tiene el potencial de cometer, pero que aún no ha llevado a cabo. ¿Acaso un tigre en cautiverio no puede ser una buena mascota, si se le entrena de forma adecuada?

-¿Acaba usted acaso de comparar a los hombres con una bestia salvaje?

Degel no puede evitarlo y suelta la carcajada ante tan inesperada respuesta, su reacción provocando que los labios de Elsa dibujen una enorme sonrisa, y la albina se da cuenta, muy a su pesar, que el sonido profundo y varonil de su risa le agrada más de lo que quisiera aceptar.

-Mi preciosa señora, ¿es que acaso puede ser un poco menos suspicaz de lo que se muestra? ¿Puede darme una oportunidad? La comparación la hago por el hecho de que un tigre, acostumbrado a atacar al primer ser humano que ve, si se le entrena, puede ser tan dócil como un pequeño gato. ¿Gusta acaso que la comparación la haga con un escorpión?

-Me parecería más adecuado, pues por mucho que quisiera presumirle, sólo he visto tigres en los cuentos de niños, y hasta la fecha desconozco la manera en que uno de ellos se comportaría, por lo que desconozco aún más si pueden ser domesticados.

Degel hace una ligera reverencia hacia ella.

-Muy atinada observación. Aunque, en ese caso, dudo mucho que conozca a alguien que tenga a un escorpión como mascota.

-Buen punto. ¿Le parece entonces que el ejemplo sea un lobo?

-Conoce a alguien que tenga por mascota un lobo?

-Podría ser. O quizá no. Pero dudo que sea un reno un buen ejemplo de lo que quiere demostrar, aunque de este ejemplo sí podría opinar.

-¿Un reno? ¿Conoce a alguien que tiene como mascota un reno?

-Así es, conozco a un hombre que tiene de mascota un reno, aunque más bien se comporta como si fuera su hermano gemelo, y además conozco a otro que tiene varios renos salvajes a los que cuida como familia.

-¡Vaya! ¡Eso sí que no me lo esperaba! Bien, supongo que, para nuestro ejemplo, un reno es mejor que cualquier cosa. Aunque algo me dice que ya nos hemos salido del hilo de la conversación.

Elsa se ríe abiertamente al caer en que el hombre tiene razón, y ante el sonido, el corazón de Degel empieza a latir con más fuerza, mientras coloca sus manos atrás de su espalda, reprimiendo con fuerza el súbito impulso de rodear esa estrecha cintura con sus brazos.

-¡Dios mío! ¡Creo que esta vez ha acertado! Parecemos dos viejitos testarudos peleando por ver quién tiene la razón. ¡Vaya que si me ha sacado de mi zona de confort!

-Mientras tanto, yo estoy más que agradecido de tener una conversación refrescante con alguien tan inteligente y sagaz como usted, su Majestad.

Los labios de la albina dibujan una sonrisa aún más amplia, esta vez aceptando sin tapujos el elegante cumplido que le acaba de hacer el hombre. No fue un cumplido a su belleza. No lo fue a su poder ni a su reino. Elsa se sonroja: es el primer hombre en su vida que alaba su inteligencia.

Creo que es algo a lo que fácilmente podría acostumbrarme…

La voz de barítono la saca de nuevo bruscamente de sus cavilaciones.

-Bien, haciendo de cuenta que yo soy un reno salvaje con el potencial y el deseo de ser domesticado, si fuera tan amable de decirme qué puede hacer un humilde y maleducado reno como yo para ganarse la confianza de una hermosa mujer como usted, le prometo que lo haré de inmediato.

Elsa suspira de pesadumbre. ¡Que mal! ¡Qué pronto han regresado los cumplidos a su belleza…¡ Sin embargo, para su sorpresa no le molesta tanto como esperaría. A pesar de haber escuchado de un millón de bocas cuán hermosa es, Elsa no entiende el por qué viniendo de este hombre esas palabras no le provocan enojo o repulsión, más bien al contrario: sus mejillas se tiñen inmediatamente de un rojo intenso. A pesar de eso, Elsa levanta una ceja en actitud retadora, negándose a caer en las provocaciones del joven.

-Mi buen señor, estoy segura que sabe que es en contra de las reglas de la naturaleza facilitarles las cosas a los hombres. Como todo lo que vale la pena, tendrá que esforzarse en ganar mi confianza.

Ante la respuesta brillante pero retadora que esta mujer le arroja, Degel, en lugar de ofenderse, y contra todo lo que Elsa había anticipado, responde con una segunda y sincera carcajada que le arranca una sonrisa de satisfacción a la rubia.

-Mi bella dama, tiene usted toda la razón, - responde él tan pronto puede recuperar la compostura, y hace una profunda reverencia en señal de respeto, - empiezo cediendo entonces, lo que sea que usted deseé de mí, lo convertiré en realidad.

-Deseo su honestidad, buen señor.

-Esa la tiene desde un principio, su Majestad. Puede preguntarme lo que quiera. Es lo justo. Pero lo justo también es que yo pregunte lo que necesito saber.

De nuevo se levanta esa delicada ceja que lo tiene embelesado, mientras la joven una vez más le niega sus deseos.

– En mi caso, sin embargo, no puedo asegurar que contestaré todo lo que me pide.

Degel, caballeroso, niega suavemente con la cabeza

- Sólo pido lo que pudiera ser relevante para mi misión.

-Que es…

-Como le dijera cuando nos conocimos, mantener la seguridad de la gente de estas tierras, y del mundo entero.

Elsa se hecha el cabello que descansa sobre su hombro hacia atrás, en un gesto de dignidad y reto, mientras su mirada se endurece de nuevo.

- Creo haber mencionado que la seguridad del Bosque Encantado es mi trabajo.

En vez de apenarse por hacerla enojar de nuevo, Degel sólo admira cómo esa furia no hace sino incrementar su belleza.

-Pero la del mundo entero es el mío.

Elsa no responde, incrédula ante tan enorme aseveración y un poco molesta por la sonrisa de suficiencia del hombre frente a ella.

-Esa es una de las preguntas que quisiera hacerle, pues no entiendo aún cómo sólo dos personas podrían salvar al mundo, por muy poderosas que sean. Y le recuerdo que usted prometió contestar con sinceridad cualquier pregunta que le haga.

-Y así será, su Majestad, para usted seré como un libro abierto. Sólo espero que las historias que desea le cuente, usted les de la credibilidad que en verdad tienen.

Le incomodan sobremanera las frases tan indulgentes que usa con ella. Como si quisiera convencerla de algo que no puede probar. Como si estuviera… coqueteando con ella. La Reina de las Nieves resopla por lo bajo, divertida ante tal pensamiento. Pero a la vez, y no puede negarlo, sintiéndose halagada.

-Bien, ¿por qué me sigue llamando así, 'su majestad', cuando evidentemente no poseo ningún reino?

La sonrisa de Degel nunca desaparece completamente, pero voltea al cielo, tratando de ponerse serio y encontrar las palabras correctas.

-Hay algo en usted… su manera de caminar, de conducirse a sí misma… de mover las manos… - voltea a verla, sus ojos de nuevo intensos sobre los de ella. - Toda usted me habla de realeza, y aunque no tengo pruebas, aunque no lo sea, aunque no posea el título ahora, o haya sido cruelmente arrebatado su derecho de nacimiento, es lo que mi corazón me pide. Y este me pide que la trate como a una reina, a pesar de que carezca de una corona.

La joven sonríe de lado, su gesto lleno de perspicacia.

-¿Ahora es usted quien utiliza su sagacidad para tratar de leerme? Muy bajo de su parte.

-Sólo hago lo que me han enseñado. Y, si me permite ser honesto, aprendí de la mejor.

Ella sonríe aún más y asiente, tratando de reprimir el estremecimiento que le producen esos ojos violeta fijos en ella. Por alguna razón, la descripción que el hombre ha hecho de su persona le parece lógica, y la satisface. La joven suspira, sus ojos azules también volteando a ver la luna en busca de palabras.

Parece ser que él ha sido honesto. O adivino. Aún no puede decidir cuál.

-Nací heredera de un hermoso reino, y por unos años lo fui. Pero… al final, resultó que soy heredera de algo mucho más grande que solo un pequeño reino.

Elsa calla, y por respeto Degel espera un momento a que continúe. Como no lo hace, él es el primero en romper el silencio.

-Haré de cuenta que entendí a la perfección una explicación como ésa.

Esta vez son sus palabras las que producen una reacción inesperada: como respuesta a su incredulidad, la cristalina carcajada de la albina envuelve el bosque, y Degel ahora sabe que se encuentra tan prendado de ese sonido, que de ahora en adelante hará todo lo posible por escucharlo de nuevo.

-Su gesto es muy amable, mi buen señor. Pero yo ya he dado algo de información de mi persona, y no quisiera decir más de mi vida antes de saber más de la suya. Es lo justo.

-Tiene razón. Me parece justo. ¿Por dónde empezamos?

Elsa se queda en silencio un rato, mirándolo a los ojos, como decidiendo cuál sería la información más importante para extraerle, mientras percibía esa mirada perdida de él cuando la ve, que tanto la hace sentir insegura, pues es como si se perdiera en su mirada, como si por un momento él ya no estuviera ahí, sino en algún lugar en lo profundo de sus pensamientos. Sabe que debería inquietarle, aunque extrañamente no de una forma desagradable. Pensando en donde sería el mejor lugar para platicar, pues está consciente de que la misión de este hombre no debe ser divulgada a cualquier oído, la joven voltea la mirada al bosque, donde obviamente nadie los molestaría.

Pero…

Aún dubitativa, voltea a ver la fogata, a los alegres bailarines, no queriendo dejar ir la seguridad que le proporciona estar rodeada de gente conocida.

Hasta que su mirada se topa con la emocionada cara de Honeymaren, cuyos ojos parecían tener estrellas y su sonrisa no podía ser más grande, mientras le hace movimientos de triunfo con las manos. Elsa rueda los ojos hacia atrás. Cambiando de opinión, definitivamente se sentiría menos incómoda en otro lado que no sea en la aldea.

-¿Desea acompañarme a una caminata? Así me podrá platicar con mayor soltura todo lo que me ha prometido, sin que existan oídos curiosos.

Esta vez Degel no puede ocultar su alegría.

- Será un placer. Su Majestad.

Mientras caminan para adentrarse en la profundidad del bosque, Yelana observa sus siluetas alejarse, mientras una sonrisa y una mirada de complicidad iluminan sus cansadas facciones.

-Aaahh… juventud, divino tesoro…

Y dicho esto, regresa a su posición para continuar vigilando a esos jóvenes desenfrenados que bailan con todo el ahínco y libertinaje que su corta edad les proporciona.

OooooooooooooooOooooooooooo

Habían estado caminando en círculos, mientras Elsa escuchaba atenta la historia de Atena y sus caballeros, de Hades y sus espectros y de cómo este último había despertado en su época para intentar tomar al mundo en sus manos. Escuchó la determinación del caballero para impedirlo, y de las bases de su actual misión.

-Entonces, déjame ver si entendí: Kardia y tú tienen dos misiones, una en Siberia para recolectar un objeto mitológico que puede ser un arma, y la otra aquí para encontrar el poder que la activará, ¿estoy bien?

Degel sonríe al hacerse consciente de que, en algún lugar en el bosque, han perdido el incómodo 'usted'.

-Sí, lo has resumido de una manera fantástica.

-Sin embargo, aún no logro entender: ¿Por qué tu misión la empezaron por mis tierras? ¿Qué los hizo elegir Arendelle por encima de Siberia, como primera parada?

-Bueno, tenemos información de una fuente muy confiable que primero tratarán de dominar ese poder que encuentren aquí, mientras los demás consiguen el arma.

-¿Fuentes confiables? ¿Quieres decir que no tienen la certeza de dónde atacarán sus enemigos primero? ¿Es decir que podrían equivocarse y perder la oportunidad de recuperar el arma ustedes antes que ellos?

Degel mantiene su posición ante el razonamiento incisivo de la rubia. Definitivamente le está gustando la inteligencia que le muestra.

- Sí, podría decirse, pero somos buenos para apostar.

-Esa es una apuesta muy grande.

-Somos buenos en eso.

-Pero están apostando la seguridad del mundo, no sólo unas cuantas monedas.

-También mis informantes son buenos en lo que hacen. Muy buenos. Y encontrar a los espectros en el camino sólo nos comprobó que la información es acertada.

Elsa se queda callada por un momento, su mente divagando en sus pensamientos

- ¿Sabes qué tipo de poder están buscando? ¿Es decir, escondido en una urna, quizá en otra arma? ¿Saben la forma que tiene este poder, o al menos sabes la localización?

El caballero niega con la cabeza.

- No, teníamos la esperanza de encontrar alguna biblioteca que contuviera textos relativos a este poder, o al menos hallarlo en el folclor de los locales, aunque este último no resultó de mucha ayuda. Ya hablé con la anciana de tu pueblo, y la única leyenda que habla de un poder fuera de este mundo es la de uno relacionado al Quinto Elemento.

Elsa levanta una delicada ceja.

- ¿Quieres decir que están buscándome a mí?

Ante esto, Degel se mantiene serio y pensativo, deseando con todas sus fuerzas que ese sólo haya sido un pensamiento intrusivo. Y no un presagio.

- Lo dudo mucho, ya que tu poder es algo más bien común entre los caballeros, y no tendría mucho sentido buscar tan lejos un poder que se puede conseguir en otro lado más accesible. Además, la leyenda solo habla de la liberación del bosque, no del poder que puede controlar un arma que destruye mundos.

-Sí… he escuchado que mi poder no es extraordinario entre ustedes… - Elsa no sabe por qué, a pesar de siempre odiar ser diferente, ahora la invade cierta tristeza ante la idea de ser una persona común, como muchos otros.

Después de unos pasos en silencio, la joven se sobresalta al ver que Degel se ha parado frente a ella, obligándola a detenerse, su rostro demasiado cerca para ser cómodo, y un súbito dolor proveniente de su aún resentida mejilla la hace respingar: con una mano, Degel acaricia suavemente la piel mancillada.

-No fue mi intención hacerte sentir que eres ordinaria, nada más alejado de la realidad, pero parece que no fui el único en decir algo tan impropio. - El tono de voz del hombre es bajo, ronco, como un susurro, y mientras habla, su pulgar acaricia con delicadeza el labio aún sensible de la albina, quien se sobresalta de nuevo ante la punzada de dolor… y de la electricidad que la recorre ante tan íntimo contacto. - Dime Elsa, ¿el que te dijo que tu poder no es extraordinario, fue el mismo que le hizo esto a tu delicada piel?

Elsa levanta sus ojos azules para perderse en los violeta de él, pero, desafiante, se obliga a sí misma a tomar esa mano invasora y retirarla de sus heridas, haciendo un enorme esfuerzo por no prestar atención a la nueva corriente que genera el contacto de sus dedos con esa callosa y poderosa mano del caballero de Atena.

-Sí, acertaste: ha sido el mismo.

Los ojos de Degel se mantienen clavados en sus labios, sus pupilas violeta llenas de un ardor que ninguno de los dos puede entender, y el hombre apenas logra tener la fuerza suficiente para verla de nuevo a los ojos, mientras habla con vehemencia.

-Te aseguro, Elsa, que eres todo menos ordinaria. El poder que posees sí es extraordinario entre nosotros. Y más el poder que pareces poseer sobre mí…

Por más que quiere, Elsa no puede romper la magia que se ha creado entre sus miradas, y apenas logra susurrar pensamientos coherentes.

-Pues… Parece que mi poder no fue lo suficientemente extraordinario para evitar que me rompieran el labio.

Un velo de oscuridad pasa por la mirada del hombre.

-Te aseguro que, en cuanto lo encuentre, pagará con creces su atrevimiento.

-Sí. De eso me aseguré yo.

De nuevo sus rostros se encuentran a sólo unos milímetros, y Degel no puede evitar regresar la mirada sobre los deliciosos labios de ella, lo que la hace estremecer. Haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, Elsa se obliga a moverse primero.

-Creo que es hora de regresar. – Con eso, rompe el lazo en el que se encontraban y da varios pasos en el silencio del bosque, tratando de mostrar ecuanimidad, mientras Degel se toma un momento en recomponerse, para luego caminar a un lado de ella.

Ambos andan un rato en silencio, iluminados por la luz de la luna llena sobre sus cabezas, cada uno sumido en sus pensamientos y en esa energía tan extraña que ha surgido entre los dos. Y les resulta curioso que, además, en el poco tiempo que llevan conociéndose, y a pesar de lo que acaba de acontecer, los silencios se han vuelto muy cómodos entre ellos. Después de varios metros de caminata, empiezan a divisar en la distancia la fogata con su fuego moribundo, rodeada de varios cuerpos tirados en el suelo, evidentemente embriagados.

Elsa suspira, pues sabe que apenas es el primero de los cinco días de festejos dedicados a la diosa de la fertilidad, y aunque los Northuldra también son su pueblo, la joven no puede evitar sentirse incómoda ante el tipo y la frecuencia de las celebraciones. Y con estos dos recién llegados, seguramente Honeymaren y las demás chicas estarán más que dispuestas a compartir cama con ellos, con el consiguiente intento de sus amigas en convencerla de que participe en los juegos también. Todo en honor a Beiwe, por supuesto… Incluso casi puede vislumbrar a Rayder hacer un siguiente intento en festejar con ella una de esas noches de fiesta. Ante la posibilidad, la joven albina hace un mohín de fastidio, pero de pronto, una idea intrusa le ilumina las facciones, mientras voltea de reojo a ver al alto caballero caminando a su lado.

-Si te soy sincera, Degel, no estoy segura si pueda ayudarles, pero sé dónde hay una biblioteca y, si no tienen inconveniente, incluso será un lugar donde puedan descansar mejor.

Degel sonríe discreto, fascinado por la forma en que su nombre se escucha con la cristalina voz de ella, sus ojos clavados en los azules de la Protectora del Bosque, una vez más perdidos en la profundidad de su mirada, haciéndola sentir incómoda de nuevo.

-¿Degel? ¿Estarías… estarían de acuerdo?

Él parpadea varias veces, despertando de su ensimismamiento.

-Como ordenes. Ya te lo he dicho, estoy a tu disposición, y aún más si crees que yendo a este lugar podríamos encontrar respuestas. Pero no deberías preocuparte por nosotros. Podemos continuar nuestra investigación solos.

Con una sonrisa pícara, llena de satisfacción, Elsa le regresa sus palabras, con una actitud casi desafiante y juguetona, sintiéndose alegre por primera vez en toda la noche.

-Es lo menos que puedo hacer por haber transgredido las costumbres milenarias de cuidar a viajeros cansados y heridos.

Degel sonríe abiertamente al escucharla, y su sonrisa sincera enmarcada en ese rostro varonil, provoca en Elsa una sensación de presión en el pecho… para su sorpresa, no del todo desagradable.

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A/N: Bien, aquí tienen la segunda parte, y aunque es un poco lento el ritmo, a mi me gusta porque empiezan a hacer contacto… y despertar la química, que ahora, en esta versión extendida, podemos ver aún más. Espero sea de su agrado.

Aquí están las respuestas a algunos de sus comentarios:

Legión de Luna: ¿Verdad que sí? ¡Si de por sí Elsa era poderosa y útil para Atena, ahora como quinto elemento lo será aún más! De Kardia, no puedo hablar… porque te daría unos cuantos spoilers… jeje… Espero que te guste este siguiente capítulo.

Antes de que se me olvide, Saint Seiya y Frozen no me pertenecen, sólo escribo esto por puro placer sin obtener ningún pago. Gracias.