Cosmos congelado

capitulo 6

Helado Corazón

Después de haber creado unos mullidos y helados asientos para que ella y sus dos compañeros se repongan de su agotadora batalla, Elsa se permitió descansar unos minutos para recuperar las fuerzas y atender sus propias heridas, creando brazaletes de escarcha en ambos tobillos y muñecas para menguar el dolor. Sin embargo, consciente de la importancia de que ambos guerreros recuperen su máximo poder, después de apenas un momento, Elsa se levanta de su asiento, haciendo caso omiso al dolor que siente, y se arrodilla frente a Degel para evaluar la gravedad de sus lesiones, pero este se sobresalta ante su súbita cercanía.

-¿Qué haces?

-Necesito revisarte. Los ataques que recibiste fueron de gravedad.

El hombre se yergue un poco sobre el helado asiento, resistente a la atención.

-No es necesario, con esta pequeña tregua que nos has dado ya me siento mucho mejor.

Elsa le dedica una mirada exasperada, una tal que haría congelarse de miedo al más valiente de los guerreros. Kardia, inteligentemente, finge como si estuviera quedándose dormido, mientras se acomoda mejor en su mullido sillón de nieve y sonríe parcialmente, listo para ser testigo de la legendaria discusión.

-Necesito que me permitas ver. El calor de esas lenguas de fuego era muy intenso, y puedo ver quemaduras debajo de esos jirones que insistes en llamar ropa.

En su defensa, Degel resiste la mirada aterradora y se niega a ceder.

-No es necesario, Elsa. Apenas son quemaduras de primer grado, y además, el cosmos y el poder que nos da Atena nos ayuda a sanar más rápido, eso sin contar que mi armadura me protegió en todo momento.

-No en todo momento, te recuerdo que al principio de la batalla estabas desarmado.

La joven extiende una mano para tocar la rodilla del beligerante varón, pero éste retrae la pierna, enderezándose aún más y tomando firme, pero delicadamente la muñeca de la albina. Al notar que la joven respinga ante el contacto, Degel, con un movimiento de los dedos, hace desaparecer la escarcha y le descubre la muñeca, exponiendo la piel lesionada, que se observa con algunas áreas rojas y otras formando pequeñas vesículas en los sitios donde la sapuris de Stand la sostenía.

-¡Mira quién habla! – la reprime el peliverde – parece ser que no soy el único que necesita que lo curen. Tú también debes de atender esas quemaduras.

De un jalón, Elsa libera su extremidad, su mirada retadora, mientras vuelve a crear el brazalete de escarcha.

-Si, bueno, no soy yo quien se niega a recibir atención. Pero antes de ver por mis heridas, primero debo revisarlos a ustedes y después te aseguro que me trataré yo misma.

-No quiero discutir contigo, Elsa, pero no creo que seas la persona adecuada para dar atención médica. Lo que deberíamos hacer es regresar con los Northuldra para que nos cure tu curandera… - Degel levanta la palma, tratando de recordar. – Espera… estoy seguro que sé cómo se llama.

-Se llama Álehttá. - Elsa lo reprime, entre indignada y divertida, al ver que los segundos pasan y él sigue sin encontrar el nombre.

-Sí, disculpa… el punto es que deberíamos regresar…

Pero la joven niega con la cabeza.

-Estamos más cerca de Arendelle que de la aldea Northuldra, y sin embargo, aún nos quedan un par de horas de camino. Preferiría que me permitieras atender esas quemaduras, por lo menos darles los primeros auxilios, antes de seguir nuestro recorrido.

Elsa extiende sus manos para tocar el torso de él, el sitio donde más magulladuras puede ver, pero Degel de pronto tiene una visión de las manos de ella recorriendo su pecho desnudo, y esa visión lo pone tan inquieto, que antes de que de su garganta escape un sonido que lo pueda delatar, el hombre esta vez atrapa sus manos, uniéndolas al frente de él, mientras siente su corazón latiendo a gran velocidad.

-¿Recuerdas eso que comentamos que tú tienes un gran conocimiento teórico, pero yo tengo la experiencia práctica? Creo que también aplica a las heridas en batalla.

Elsa resopla, sintiéndose frustrada ante tal resistencia.

-No es sólo conocimiento teórico. He ayudado a los Northuldra a curar y atender heridas desde leves a graves. Tengo la certeza de que puedo ayudarte. – Pero su insistencia se ve cortada bruscamente al ver que Degel se lleva sus manos a los labios, besando los helados dedos.

-Estoy seguro que puedes hacerlo, pero estas manos han dado ya demasiado, me siento un hombre muy abusivo al permitir que hagas esto por mí.

-N-no… no sería abuso… - la joven se siente turbada ante la atención, sólo parcialmente consciente de que una parte de su cerebro acaba de recibir una sobrecarga y un posterior apagón. Kardia no puede evitarlo y resopla audiblemente, más que divertido, aunque reprime cualquier comentario cuando nota la mirada fúrica de Degel dirigiéndose por unos momentos a él, para regresarlos a la hermosa cara de la albina.

-Te propongo algo. Tienes razón en suponer que el dolor es muy fuerte, pues estoy seguro que tú te sientes igual, por lo que te propongo congelar mis heridas y las tuyas, para que el dolor disminuya, y evitar que se propague alguna infección. – Como para enfatizar sus palabras, y aprovechando que la tiene sujeta de las manos, Degel toca suavemente con la punta de un dedo las delicadas y lastimadas muñecas, haciéndola estremecer y reforzando los dos brazaletes de escarcha con fino hielo, que baja la temperatura aún más y en efecto disminuye el dolor. – Esto nos permitirá llegar a Arendelle sin tanto sufrimiento, y ahí recibiremos atención profesional. ¿Estás de acuerdo?

Elsa observa con atención los brazaletes, y si bien, es un diseño más bien burdo, mucho menos femenino y elegante que los brazaletes que ella creara, agradece el regalo y le sonríe suavemente al joven, cuyas mejillas se tiñen de un rojo intenso.

-Estoy de acuerdo. Pero entonces eso significa que me permitirás hacer lo propio contigo.

Imitando al hombre, Elsa extiende la mano para hacer énfasis de sus palabras, pero Degel de nuevo la sujeta de la mano, y sin palabras, guía la punta de los delicados dedos hacia sus propios labios, hacia donde los tiene partidos y aprovecha la intención para besarle la yema de los dedos. Elsa apenas puede reprimir el intenso deseo de apartar su mano rápidamente, y simplemente lo deja ser, fascinada de ver que, con los ojos cerrados, pareciera que Degel se encuentra perdido en su mente mientras mantiene el beso sobre sus dedos.

Kardia carraspea, sobresaltándolos a los dos y provocando que se rompa la magia entre ellos, pero hace como que no se ha dado cuenta y se levanta, estirándose cuan largo es.

-Ya deberíamos irnos, es tarde y puede haber otros espectros pululando por ahí, y con las heridas que traen los dos, van a ser una tremenda carga para mí.

Elsa asiente y retira la mano, haciendo un último intento en posarla sobre el pecho de Degel, pero este de nuevo la detiene, en esta ocasión entrelazando sus dedos con los de ella, mientras niega lentamente.

-Déjame guardar un poco de dignidad masculina y permíteme ser yo quien congele mis heridas. Al menos eso debo de ser capaz de hacer.

Elsa sonríe suavemente.

-Tu dignidad masculina no tendría por qué lastimarse por ser ayudado por una mujer. Pero está bien, entiendo que prefieras no perder la costumbre de cuidar de ti mismo.

Kardia resopla, ahora ambas manos detrás de la nuca.

-No te dejes engañar, Elsa. Ese hombre tiene mucho tiempo de no cuidarse a sí mismo.

-¡Kardia!

Elsa ríe por lo bajo y finalmente se incorpora, mientras, con un delicado movimiento de su mano, recrea con facilidad a los corceles de hielo (afortunadamente el agua tiene memoria), y llama a Nokk, quien se materializa de inmediato frente a ella.

-Bien, es hora de partir entonces. Mi hermana ya debe de estar preocupada de ver que no hemos llegado aún.

Ambos hombres asienten, y, ayudado por Kardia, Degel se incorpora, encendiendo su cosmos para formar una escarcha sobre sus extensas quemaduras, agradecido de que Elsa cediera. Definitivamente no desearía que ella, o para efectos Kardia, se dieran cuenta de la verdadera magnitud de sus heridas.

oooooooooooOOOOOOOOOOOOooooooooooooo

Después de un rato, y una vez montados sobre los mágicos corceles, los tres cabalgan hacia Arendelle. Estaba entrando la tarde, y ya habían logrado alcanzar el mar hacia el fiordo, por lo que Elsa decide tomar la ruta más rápida, aún preocupada por la resistencia del de cabello turquesa, así que, tomando ventaja del poder de Nokk, los tres cabalgan velozmente sobre las tranquilas aguas del fiordo, Nokk permitiendo que sus "hermanos" congelados corran sobre el agua como si de suelo firme se tratara, lo que deja fascinados a los dos caballeros. Kardia, principalmente, grita emocionado, espoleando el caballo para que tome velocidad, y suelta las riendas extendiendo ambos brazos hacia los costados, al sentir el éxtasis de la carrera.

-¡Esto es magnífico!

Elsa solo ríe, satisfecha de poder ofrecer tal felicidad a sus nuevos amigos. Pero, aunque se ve que Degel también lo está disfrutando, su semblante sigue siendo más bien serio, y quizá hasta preocupado. Por enésima vez la albina voltea a verlo de reojo, vigilante de su estado de salud, pero, por enésima vez, olvida su preocupación al ver los pequeños detalles de su fisionomía que la distraen: su quijada cuadrada que lo hace ver tan varonil, su mirada de color violeta, muy seria pero de largas pestañas. Si permite que su vista se pierda un poco más abajo, también puede ver las ropas de Degel casi hechas girones, dejándole distinguir atisbos de músculos rígidos y bien formados, a pesar de la escarcha que los cubre, y Elsa se pregunta de nuevo, si el cuerpo de Degel es parecido a las partes varoniles que ella pudo ver de Kardia. Por primera vez acepta que la vista del peliazul fue, después de todo, una agradable revelación. También es una revelación reconocer la sensación tan intensa que la estremece cada vez que el santo de Acuario la toca, creando en ella una emoción desconocida, pero deliciosa y placentera, y se sorprende al reconocer la paz que experimenta al sentirse envuelta en sus brazos… tanto así, que no puede evitar preguntarse cuándo la abrazará de nuevo; y como dirigidos por un magneto, sus ojos azules encuentran una vez más los músculos definidos de los brazos de Degel.

-Estoy muy bien, ¿sabes?

-¿P-Perdón? - La albina parpadea varias veces llena de incredulidad. ¡No puede creer lo que el peliverde acaba de decir! ¡¿Acaso puede leer la mente, saber lo que piensa de él?!

-Dije que estoy bien, no necesitas preocuparte por mí ni vigilarme a cada momento.

-¡Ah! ¡No!... yo…

La albina se sonroja profundamente, apenada de haber sido descubierta, y aún más ante el riesgo de que él notara su desliz, pero no comenta más, contenta de que el hombre interprete su escrutinio como mera preocupación y no por lo que realmente es. Está a punto de contestar cuando Kardia regresa al lado de ellos.

-No debes de preocuparte por mi hermano, pues a pesar de su apariencia endeble y más bien descuidada, en el fondo él es rudo y muy resistente, y para demostrártelo vamos a echar una carrera hasta el castillo.

Degel le lanza una mirada llena de advertencia al peliazul.

-No creo que en este momento correr de forma desenfrenada sea una decisión muy inteligente que digamos…

Kardia, sin embargo, hace caso omiso del aviso y se encoje de hombros para después reír burlonamente, retando a su compañero.

-¡Vamos, Degel! Por una vez en tu vida déjate llevar por las emociones y trata de disfrutar del momento. ¡Anda! ¡No seas llorón y alcánzame, que Elsa ya está observando cómo lloras como niño pequeño!

Degel gruñe por lo bajo ante tal provocación, al mismo tiempo que una mirada furtiva encuentra la silueta de la joven, en el fondo sí preocupado por la opinión que ella podría crearse de él y Kardia sonríe, al notar que ha picado el orgullo de su amigo. Degel regresa la mirada a su compañero, pero antes de que pueda contestar, el peliazul sale disparado hacia el castillo y, para sorpresa de la albina, Degel no se lo piensa dos veces y espolea el caballo, casi enojado, mientras su compañero grita de emoción al ver que su reto es aceptado. Elsa solo niega con la cabeza.

-Hombres…

EL sol empieza a ponerse ya, su luz iluminando el majestuoso castillo con un tono naranja que pareciera de ensueño, creando alargadas sombras provenientes de los jinetes y que se proyectan sobre el cristalino mar del fiordo. Cabalgando a toda velocidad y aún cuando Kardia está ganando, Degel pierde la concentración ante tal belleza, permitiendo que sus ojos absorban la maravilla que tiene enfrente, la luz del sol reflejándose en el fiordo y cegándolo por un momento. Degel levanta la mano para cubrirse los ojos, y al bajarla, nota que empieza a tener vista de túnel: se comienza a formar una oscuridad en la periferia de su mirada, como si una neblina negra tratara de envolverlo desde atrás, de manera que ahora sólo puede ver el castillo y su cegadora luz, los que momentos después dibujan sus contornos más bien borrosos, como si la neblina le hubiera dado alcance y ahora tratara de ocultar el castillo.

-No…

Antes de que se de cuenta, el hombre no puede ver nada más, y sus sentidos se apagan.

-¡Degel! - Elsa es la primera en notar que el caballero está a punto de caer en el mar, por lo que fuerza a Nokk a ir más rápido para alcanzarlo.

Pero antes de que el santo dorado caiga a las aguas del fiordo, Gale llega al rescate, envolviéndolo en hojas y manteniéndolo flotando, en lo que Elsa llega a su lado y lo envuelve en nieve que casi de inmediato se transforma en una camilla de hielo que flota suavemente sobre las aguas del fiordo, y a la cual fija al caballo de escarcha de Degel. Kardia finalmente se da cuenta que su compañero no está galopando a su lado, y al voltear a ver al peliverde atendido por la joven, obliga a su corcel a dar la vuelta y los alcanza en ese momento, alarmado.

-¿Qué pasó?

-¿Tú que crees que pasó? ¡Que yo tenía razón! - Elsa lo reprende, enojada al ver el estado de su amigo, mientras asegura al santo de Acuario en el helado bote. - Es demasiado esfuerzo para las heridas de Degel y tú lo empujaste a sus límites. ¿Que no conoces a tu compañero?

Kardia trata de defenderse, aunque está más que consciente que sus argumentos son inútiles al ver a su compañero tendido en la barcaza de hielo.

-Pero… pero él dijo que estaba bien…

-Pues mintió. – Elsa le habla casi con un gruñido, mientras termina de crear la camilla flotante. - ¿Como no te diste cuenta?

-Degel nunca miente…

-En ese caso es mucho peor, porque significa que ninguno de los dos es consciente de la verdadera magnitud de sus heridas.

Mientras discuten, una figura pelirroja los observa desde el castillo. Anna, como bien pudo adivinar su hermana, ha recibido el mensaje del Quinto Elemento de que llevaría invitados a comer, y se preocupó de que estuvieran tardando tanto, por lo que, en su aproximadamente veinteava salida al balcón esperando ver sus siluetas llegar, se da cuenta de dos cosas: primero, que un trío de jinetes realiza una cabalgata imposible sobre las aguas del fiordo, por lo que su rostro se ilumina con una enorme sonrisa al entender que se trata de Elsa y sus visitas; sin embargo, lo segundo que ella nota es la caída de uno de esos extraordinarios jinetes, y aunque respira con tranquilidad al ver que no se trata de su hermana, de todos modos mueve a su personal para que se encuentren listos a brindar auxilio, sensible ante la evidencia de que alguien necesita ayuda.

-¡Pronto! Traigan una camilla, preparen la enfermería para recibir a un invitado y manden por el médico. No sé qué tenga esa persona, pero para haberse caído, seguramente no es nada leve; ¡necesitamos estar listos!

-¡Si su Majestad! - el grupo de sirvientes sale corriendo a obedecer mientras Anna baja a toda velocidad a recibir al Quinto Elemento.

Una vez que el trío llega a orillas del fiordo, Elsa salta del lomo de Nokk y corre a revisar a Degel, quien gime ligeramente y trata de mover la mano, signos evidentes de que empieza a recobrar el sentido, sin embargo, nota que Kardia también baja de un salto, en alerta y con una mirada agresiva al ver a un grupo de gente correr hacia ellos. La joven, entendiendo la actitud defensiva del caballero, corre a interponerse entre Kardia y su gente, poniéndole ambas palmas en el pecho para detenerlo.

-Tranquilo, es mi hermana y nuestro séquito. Debieron haberse dado cuenta de que traemos una camilla.

Kardia gruñe y fija su mirada en cada uno de los elementos que corren hacia ellos, quienes titubean ante la agresividad de su gesto, e incluso desaceleran su carrera, pero Elsa palmea un poco el poderoso pecho del peliazul, tratando de llamar su atención.

-Son amigos, Kardia, y están aquí para ayudar a Degel, ayudarnos a todos nosotros. ¿No es eso lo que estamos buscando?

El peliazul aún tarda un par de segundos en dejar de mirar amenazadoramente al grupo, para luego bajar la vista a Elsa, como buscando confirmación. Elsa asiente suavemente.

-Está bien, Kardia. Ellos son aliados, confía en mí que harán todo lo posible por ayudarlo.

Kardia resopla, y finalmente asiente.

-Confío en ti, Elsa.

La joven asiente de regreso y le sonríe, agradecida, y voltea a ver al grupo de arendellianos, invitándolos a acercarse con un gesto de la mano, guiándolos hacia la orilla del fiordo; tan pronto llega, Elsa se hinca al costado del de cabello turquesa, al tocarle la frente nota que se encuentra muy caliente.

-Tiene fiebre…

-¿Como es eso posible? - Cuestiona Kardia, que en ese momento llega a su lado y no puede creer lo que escucha, sintiéndose al mismo tiempo asustado y culpable. – Degel es un mago del hielo, se supone que debería estar frío todo el tiempo.

-No soy doctor, pero… hasta donde yo sé, las grandes quemaduras pueden darte mucha fiebre.

Finalmente, la comitiva los alcanza, sin hacer muchos aspavientos por los caballos helados, prueba de que están más que acostumbrados a las creaciones fantásticas de su antigua reina. La primera en llegar a ellos es Anna, quien se arroja a los brazos de su hermana. La albina la abraza con fuerza, tratando de fundir su angustia en ese gesto, pero se recupera pronto. Hay cosas que apremian.

-Kardia, ella es mi hermana Anna, la Reina de Arendelle.

Por un momento el peliazul se queda anonadado ante la presencia de la soberana, pues no solo es parecida a su hermana, sino que además, poseedora de una gran belleza, pues si bien es indiscutible que Elsa es la más hermosa de las dos, la belleza de Anna está impregnada de calidez y fuerza, con un toque de rebeldía, lo que hace que a Kardia se le acelere el corazón. Después de unos segundos el joven santo se recupera de su sorpresa y, tratando de compensar sus faltas previas con la albina, el peliazul resiste su naturaleza rebelde y trata de imitar a Degel, por lo que hace una profunda reverencia y toma de la mano a la reina, dándole un discreto beso en los nudillos.

-Kardia de Escorpión a sus servicios, Su Majestad.

-Mucho gusto. - Anna por su parte acepta el gesto, pero lo observa con una mirada de incredulidad al darse cuenta del estado de las visitas que ha traído su hermana.

-El que está herido es su hermano Degel. - La albina continua, señalando la camilla de hielo donde descansa el santo dorado. Ante la presentación Kardia levanta una ceja, pero Elsa niega discretamente con la cabeza. Ya habrá tiempo para explicar, a ella le urge que empiecen a atender al caballero herido. - Por favor, hermana, no son sólo mis amigos e invitados, Degel y Kardia me han protegido durante el viaje desde el Bosque Encantado, y él se encuentra herido y con muchas quemaduras por mi culpa. Necesito que los atiendan.

Anna reprime el impulso de levantar una ceja ante las palabras de su hermana, entendiendo la urgencia de la acción al ver el estado del hombre, y ordena lo conducente.

-Por supuesto, Elsa, y no te preocupes, el médico está en camino. Tu amigo será atendido como el invitado real que es.

Cuando empiezan a llevarse la camilla, Elsa respira más aliviada, pero en el momento que pasan a su lado, la mano de Degel aprisiona su muñeca, haciéndola encogerse de dolor. Unos ojos verde-esmeralda la ven con gran ansiedad.

-Elsa… no te vayas…

El tono de voz se oye tan suplicante, tan raro en un hombre como él, que Elsa está segura que está delirando por la fiebre alta. Sin soltarse, la albina se inclina sobre él y, posando su palma sobre el pecho casi desnudo del herido, provoca que un aire helado lo envuelva, bajando su temperatura y reconfortándolo.

-Estarás bien. No te preocupes, no iré a ningún lado sin ustedes; te prometo que yo iré por ti en un momento más. - Ella le susurra tiernamente, haciendo que el hombre se relaje, aunque sea sólo un poco, asintiendo al aceptar que se lo lleven. Mientras lo transportan, aún en la camilla de hielo, Degel disminuye la presión de su agarre, lo que permite que sus dedos vayan desde la muñeca hasta los dedos helados de ella, como si se negara a dejarla ir totalmente, hasta que finalmente la suelta. El gesto le comprime el pecho de una manera extraña a la reina de las nieves, pero antes de que pueda hacer algo más, su hermana carraspea, sacándola de sus pensamientos.

-Creo que tu otro amigo también necesita atención. Trae un buen golpe en la cabeza y algunas magulladuras.

Kardia se sonroja al ser el centro de atención de las dos beldades.

-¡Nah! Para nada, yo estoy muy bien, gracias.

Pero la reina pelirroja insiste.

-Puedo ordenar que les lleven a ambos la comida a la enfermería. El día de hoy se cocinó un cordero delicioso.

Como se esperaba, los ojos de Kardia se iluminaron de alegría.

-Bueno… en ese caso tengo entendido que no puedo hacer un desaire a una reina. Además, no puedo abandonar a mi hermano, por lo que gratamente acepto el regalo en la enfermería, su Majestad.

Y haciendo una reverencia, el joven se dirige a paso veloz a alcanzar a su amigo. Las dos hermanas se quedan solas, riendo suavemente de las acciones del peliazul.

-Ese fue un movimiento muy inteligente. Te estás haciendo una reina muy sabia.

-Cuando tienes un novio así de fornido, te enteras que los hombres jóvenes tienen que comer casi cada hora, por lo que ofrecer comida se vuelve un arma muy poderosa a tu favor.

La joven reina le guiñe un ojo a la otra, quien se carcajea de la inusitada sabiduría de su hermana pequeña.

-Lo tomaré en cuenta. Por cierto, ¿dónde está el fornido novio y su fornido reno?

-El fornido, y guapo novio, está en su viaje semanal para recolectar hielo y venderlo.

-Pero… ¿no le tocaba en tres días más hacer ese viaje? Apenas hace dos días me visitó. - Una mirada traviesa hace que la albina ría nuevamente. - ¿Lo hiciste que adelantara sus días?

-¡Por supuesto que sí! Él te adora y yo lo amo, pero hace bastante tiempo que no pasamos momentos juntas solo tú y yo. E incluso convencí a Olaf de que lo acompañara. Ya sabes, necesitaban su tiempo a solas también.

-¿Un momento hombre-muñeco?

Esta vez es Anna quien ríe a carcajadas.

-¡Si lo pones así, se oye muy retorcido!

Elsa ríe, pero luego baja la cabeza.

-Entonces soy yo quien lo echó a perder…

-No me hagas eso, - Anna toma a Elsa de la barbilla, obligándola a que la vea a los ojos, - tu siempre te sientes culpable de todo. Yo sabía de antemano que traerías visita, pero también sé que no estarás con ellos siempre, y en cambio podremos estar un poco más tú y yo.

-Parece que lo tienes muy bien pensado.

La pelirroja sonríe, pero antes de que pueda decir algo más, Anna abraza a la albina con fuerza.

-Pude notar tu cuerpo temblar cuando te abracé, y noté también que traes esas muñecas lastimadas. - Elsa quiere protestar, pero Anna la toma de las manos antes de que oculte la evidencia. -Te conozco, y sé que pondrás la atención de tus amigos antes que te curen a ti, no voy a regañarte ni obligarte a nada, pero me tienes que prometer que hoy mismo irás a que te atiendan a ti también. ¿Hermana que ha pasado? ¿Por qué de pronto necesitas protectores en el Bosque Encantado y por qué ellos están así? ¿De qué horrores te han tenido que salvar que han terminado tan heridos?

Elsa baja la mirada y suspira, apesadumbrada.

-¿Recuerdas que alguna vez le prometí a Olaf que no habría más aventuras que nos lleven al borde de la muerte?

-Si claro.

-Creo que tendré que romper esa promesa. Acompáñame a caminar. Es todo un relato que debes escuchar.

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Después de un rato de caminata, y de recibir el informe de que sus huéspedes estaban siendo atendidos en la enfermería como era debido, Anna lleva a su hermana a la pequeña sala de té, su propio recinto sagrado donde juegan y conversan tan pronto recuperaron su cercanía. Su pequeño escondite lejos de los ajetreos de la regencia.

Elsa se deja caer en su mullido sofá, respirando profundamente mientras el cansancio y la angustia se disipan por un momento, cuando siente una sombra cernirse sobre ella. La joven abre los ojos para encontrarse a la reina de Arendelle frente a ella, ofreciéndole un delicioso glögg.

-Da la impresión de que lo necesitas desesperadamente.

Elsa le sonríe agradecida, tomando la caliente taza con ambas manos.

-Es lo mejor que me han ofrecido el día de hoy.

Una vez que lo entrega, la joven reina se sienta en su propio lugar, y frente a su hermana.

-Bien, ahora que estamos solas, y antes de que llegue el médico para atender esas terribles quemaduras que tienes en las muñecas, me tienes que contar de toda esta aventura: ¿por qué estás lastimada? ¿qué fue lo que les pasó allá, que llegaron tan heridos todos? Y sobre todo, ¿quiénes son esos extraños?

Elsa toma un sorbo del líquido caliente y se relaja.

-Si te lo platico, no me vas a creer, hermana.

Anna resopla, divertida.

-Te tengo a ti conmigo, un milagro tan increíble de creer, que gracias a ti soy capaz de creer en la locura más extraña que puedas pensar.

Elsa sonríe ante las palabras, y la absoluta verdad detrás de ellas.

-Pues… es larga la historia, pero, en resumen, los dos se hacen llamar santos de Acuario y Escorpión, pertenecen a una orden de caballeros que toma nombre de las constelaciones del zodiaco, y que protege a la reencarnación de la diosa Atena, quien actualmente se encuentra peleando una guerra contra la reencarnación del dios Hades, que quiere, increíblemente, hundir el mundo en oscuridad y caos.

Por un momento, Anna se queda en silencio, sorbiendo un poco de su glögg, mientras procesa la información que le dio su hermana. Elsa hace lo propio, aunque con una sonrisa de suficiencia.

-¿Demasiada información? ¿O demasiado rápido?

Pero Anna no se inmuta, y mueve suavemente la cabeza en negativa, aunque todavía no responde verbalmente.

Elsa ladea la cabeza, ligeramente sorprendida al ver a su hermana tan ecuánime.

-Bien… no me esperaba una reacción así… o más bien la falta de ella. Conociendo a mi querida hermana, esperaba muchos más aspavientos.

Anna ríe por lo bajo ante esas palabras.

-Ya te lo he dicho. Te tengo conmigo, y tu vida es testimonio de que existen maravillas incomprensibles al entendimiento humano. Si te soy honesta, desde hace tiempo, poco después de que se revelara que eres la reencarnación del Quinto Elemento, he pensado mucho en que, en este pequeño reino, tan alejado del resto del mundo, tan hacia el norte, no podemos ser las únicas extraordinarias. No en un mundo tan vasto y misterioso. He de confesar que algo así de increíble me esperaba que nos pasara en algún momento. Aunque, claro, no con esos nombres legendarios. Es raro escuchar que los nombres de los mitos y leyendas cobren forma y rostro.

La albina sonríe, impresionada.

-Debo de admitir que la regencia te sienta bien. Realmente te ves más madura y fuerte.

Anna deja escapar una risita y le dedica una tierna sonrisa a su hermana, recordando a la albina la joven y dulce Anna que ella conocía.

-Lo tomaré como un cumplido. Aunque espero que eso no signifique que me estoy haciendo más vieja.

Elsa ríe abiertamente.

-Bueno, eso no lo puedo decir yo, ya que estaría atacándome a mí misma. Después de todo te llevo tres años.

-Y espero nunca lo olvides.

Las dos ríen por un momento, y se vuelven a relajar.

-Mi siguiente pregunta es, ¿qué hacen ellos aquí? ¿Por qué vienen a Arendelle?

-Bueno… realmente no es Arendelle su destino final, sino nuestras tierras del norte.

-¿Qué buscan?

Elsa se encoge de hombros.

-No lo saben exactamente, sólo saben que su misión es encontrar dos instrumentos que les darán ventaja en la guerra, y uno de ellos parece hallarse en nuestras tierras.

-¿Parece? ¿No están seguros?

-No. Sólo tienen una vaga idea. De hecho, el motivo por el cual acudimos contigo es porque necesitamos buscar en la biblioteca las leyendas e historias más antiguas de Arendelle o los pueblos aledaños que puedan orientarnos sobre la ubicación de tal artilugio.

Una delicada ceja se levanta.

-Estás hablando en plural, Elsa. ¿Por qué te incluyes en su búsqueda? ¿Ellos tienen algo que ver contigo?

-No que podamos probar. O al menos eso pensaba, hasta que… - Elsa duda, no sabe si es buena idea contarle a su hermana los detalles del ataque de Stand, las amenazas contra ella. Conociendo a Anna, seguramente se preocuparía muchísimo por ella. Por lo que suspira y desvía la conversación. – La realidad es que no lo sé. Mientras no descubramos qué es ese aparato no sabremos qué tan envuelta estoy. Sin embargo, mi interés está en que terminen sus misiones pronto, al menos la que concierne a nuestras tierras, para que ellos continúen su camino lo más pronto posible. Tengo la sensación de que mientras más tiempo permanezcan en esta región, más problemas atraerán al reino.

Los hermosos ojos de Anna están fijos en los igualmente hermosos del Quinto Elemento, tratando de leer sus pensamientos, haciendo que la albina se sienta incómoda, pues conoce el poder de la reina de Arendelle: Anna es experta en leerla. Y en esta ocasión tampoco la decepciona.

-Me estás ocultando algo, hermana.

Inmediatamente la joven niega la acusación, a la vez tratando de no ser tan obvia.

-No es mi intención ocultarte, hermana. Simplemente aún hay cosas que no logro entender, y que si las expreso, siento que sólo te voy a confundir más, o te angustiaré con mis dudas o mis suposiciones negativas. Permíteme las proceso, y en cuanto ponga en orden mis ideas, te las confesaré.

-¿Estas segura? Prefería enterarme de tus cavilaciones, a no saber cosas de ti. Prometimos que no nos ocultaríamos nada.

-Confía en mí por favor. En efecto prometimos que ya no habría secretos entre nosotras, pero si te cuento todos los fantasmas que tengo en la cabeza, seguramente te abrumaré.

-Puedes confiar en mí para descargar un poco esos fantasmas. No tienes que vivirlos sola.

Elsa toma la mano de su hermana, buscando reconfortarla.

-Y yo lo sé, Anna. Pero también tengo que aprender a procesar y pensar por mí. Tú siempre has estado a mi lado. Ahora soy yo quien se tiene que levantar por sí misma. Hermana, confía en mí. Te prometo que en cuanto tenga algo certero, te lo diré de inmediato.

Anna asiente, aceptando la explicación, aunque no tan convencida del todo, cuando de pronto se le dibuja una sonrisa torcida que le pone a Elsa la carne de gallina.

-¿Qué?

-Nada en particular, salvo que… esperaba que me dijeras que la verdadera razón por la cual quieres acompañarlos, es para no separarte de ese alto y bello paciente que nos trajiste con tanta preocupación.

Elsa siente como sus mejillas se tornan de un intenso carmesí al asimilar la insinuación de la joven reina.

-¡Anna!

La aludida se carcajea.

-¿Por qué negarlo, Elsa? ¿Acaso puedes decir que ese hombre no es guapo? ¿Que no sientes cosquillas cada vez que te mira como lo hizo hoy mientras se lo llevaban en la camilla? Casi podría apostar el reino a que no es la primera vez que te ve con esa intensidad.

Elsa se sonroja con el recuerdo, pero, después de titubear un poco, y aunque no sabe si es el glögg, o lo mucho que extraña a su hermana, Elsa no niega la acusación y en vez de reaccionar como lo haría habitualmente, decide sincerarse. Sólo por esta noche.

-Es un hombre muy atractivo, no voy a negarlo. E inteligente, y muy, muy caballeroso. Pero…

Anna bufa, frustrada.

-¡Ay no! ¡Ya vas a hiper-analizar las cosas! ¡Elsa! ¿Cuándo simplemente disfrutarás de la vida?

-¿Cuando deje de tener preocupaciones?

Anna sacude una mano con desdén.

-Las preocupaciones jamás se irán, hermana. Si esperas a que se vayan para ser feliz, perderás toda tu vida y te quedarás vieja y sola.

-No estaré sola. Te tendré a ti.

Anna se inclina para fijar los ojos en ella.

-Y me tendrás siempre. Pero ese no es el punto.

Elsa voltea los ojos.

-Sí, lo entiendo. Pero te lo he dicho mil veces, no es necesario que te preocupes por mí. Además, Yelana y Honeymaren ya me dieron la plática educativa. Realmente no necesito que tú también trates de convencerme de que debería darle cabida a los galanteos de Degel.

Anna se endereza sobre su asiento, su sonrisa traviesa regresando con mucha fuerza.

-Así que ya lo ha estado intentando… ¡Bien por él! ¡Y se llama Degel! He de mencionar que tiene bonito nombre.

-Sí, bueno, todo en él es bonito. – Elsa sonríe, pero con un ademán de la mano minimiza el comentario. - Aún así, no tengo intención de empezar una relación con nadie. Y para tu conocimiento, mientras más me empujes a hacerlo, sabes que menos lo haré.

Anna suspira con un dejo de frustración.

-Sí… te conozco, entiendo que será contraproducente para ti.

-Así es.

La joven reina se hunde en su mullido sillón, al igual que Elsa, y comparten un momento de cómodo silencio, hasta que es la albina, increíblemente, quien ríe quedamente con un dejo de travesura en el tono, una delicada mano cubriendo sus labios. Esa reacción tan inusual en ella hace que se levante una delicada ceja, llena de incredulidad.

-¿En qué pensaste, hermana?

Los ojos azules del Quinto Elemento se posan en los que son tan similares a los suyos.

-Tal vez nunca me atreva a salir con Degel, ¿pero te cuento algo?

Como si movida por un resorte, Anna se yergue sobre su asiento, ansiosa de escuchar más al notar el tono de conspiración que emplea su hermana.

-¡Oh por favor! ¡De eso pido mi limosna!

-¡Pero si prometes no sobreanalizar lo que estoy a punto de compartirte ni empezar a decir cosas raras!

Anna levanta una mano en señal de juramento.

-Lo juro por mi reino.

Elsa suelta una pequeña risita ante la acción, mientras voltea para todos lados, como buscando si alguien las está escuchando furtivamente, y después se acerca más a su hermana, ésta imitando su movimiento.

-Tú sabes que en las fiestas en honor a Beiwe todos quedan muy borrachos ya cerca del amanecer, ¿recuerdas?

Anna ríe y a la vez se estremece cuando en su mente pasan imágenes de la única vez en que fue invitada a las festividades Northuldra.

-Sí claro, ¿cómo olvidarlo? Kristoff estuvo a punto de matar a Ryder porque me propuso honrar a Beiwe como la honran los Northuldra. Recuerdo que tardé todo un día en entender lo que había querido decir.

Elsa también ríe ante el recuerdo.

-Bueno, pues iniciaron ayer, y después de los bailes de la fogata… ¡deja de poner esa cara! Porque te equivocas, Degel y yo no honrábamos a Beiwe, sino regresábamos de una inocente caminata noctámbula en el bosque, y… ¡otra vez deja de hacer esos ojos raros, que sólo íbamos platicando! Y de pronto Kardia, su hermano, nos salió al paso… completamente borracho, y…

-¿Y qué? - Anna se inclina más hacia delante, inmersa en el relato, pero para su sufrimiento, Elsa hace una pausa dramática que exaspera a su hermana. - ¿Y qué? ¡Oh por Dios Elsa! ¡Dime que pasó!

Finalmente, Elsa decide dejar de torturar a su hermana y, tras una pequeña risa, continúa con su relato.

-Bueno… Kardia no sólo estaba borracho… ¡sino también completamente desnudo!

Los labios de Anna forman una perfecta "O" al imaginarse al alto y muy atractivo peliazul en ese estado.

-¿Y… y pudiste ver…?

-¡Todo, hermana! ¡Pude ver todo! – muy a su pesar, Elsa se sonroja ante el recuerdo, pero continúa hablando emocionada, feliz de poder contarle a su mayor confidente esa experiencia que la tenía tan ansiosa al mantenerla en secreto. Anna no le falla esta vez y lanza un pequeño grito de incredulidad.

-¡¿De verdad?! ¡Cuéntame! ¿Tiene bonito cuerpo? Porque yo lo veo muy flaco.

-Pues te equivocas, hermana, ¡el hombre es muy atractivo! Todo su cuerpo está lleno de músculo fino, ni parece tener grasa en ninguna parte.

-Wow… - Anna hace una pausa, tratando de imaginar la vista que se le presentara a la albina. - Y… y, ¿cómo es… ya sabes? ¿Pudiste ver… ahí?

La sonrisa pícara se ensancha, teñida de rubor en las mejillas.

-Te dije que estaba desnudo, ¿o no?

-Y… bueno, ¿y cómo lo viste?

Elsa, con aires de suficiencia, se recarga de nuevo en su sillón.

-Bueno… se vio muy raro… no sé si sea normal que esté tan… largo…

Anna se tapa la boca con ambas manos, mientras ríe ante las palabras de su hermana.

-¿De verdad?

Elsa le avienta uno de sus cojines a la reina.

-¡No me veas con ojos de sorpresa! Seguramente tú ya le has visto a Kristoff.

Esta vez es la pelirroja la que se sonroja.

-¡Te juro que no!

-¡No te creo! No puedo creer que no hayan retozado él y tú, con todas las miraditas llenas de miel que se mandan.

-Bueno… es cierto que de pronto nos portamos mal, pero no pasa nada más allá de caricias acaloradas debajo de la ropa. Pero nunca llegamos a más.

Elsa se sonroja aún más ante tal confesión.

-¡Anna!

La reacción tan intensa de la hermana, pero tan esperada, hace que la joven reina suelte una carcajada.

-¡Yo no tengo la culpa! ¡Tú preguntaste!

Elsa se tapa la cara llena de pena, riendo aún.

-Creo que es algo que no quiero saber de mi hermana pequeña.

Anna, sonriente, se inclina hacia adelante, ambos codos sobre las rodillas.

-En cambio yo sí quiero que me cuentes todos los detalles más sucios cuando lo hagas con Kardia, o con Degel.

-¿Ahora me vas a juntar con Kardia?

-Bueno, no me culpes, después de todo a él sí lo viste desnudo.

Una sonrisa de picardía reemplaza las facies de pena de momentos previos.

-¿Qué te hace pensar que no he visto a Degel desnudo?

Anna se endereza, fingiendo estar escandalizada.

-¿Lo viste también?

-Bueno… no todo… sólo le vi el torso al descubierto.

De nuevo, la joven se inclina hacia adelante, toda su atención concentrada en la albina.

-¿Y… cómo está?

Elsa suspira, soñadora.

-Es un hombre hermoso… sus músculos están muy bien marcados, al igual que los de su hermano, pero no al grado de la exageración, más bien de forma suave, de manera tal que no se ve exagerado, sino…

-¿Perfecto?

Elsa suelta una pequeña risita llena de coquetería.

-¡Oh sí…! perfecto para cualquier arte plástico que lo quiera plasmar. No me molestaría en nada hacer un muñeco de nieve con su fisionomía…

Anna hace de nuevo un gesto de fingido escándalo.

-¡Oh Dios, Elsa! ¡Qué modales son esos!

La interpelada ríe a carcajadas.

-¡No fue mi culpa! ¡Él fue el impúdico! Yo inocentemente estaba por ahí y no me dejó de otra que verlo en todo su esplendor.

-¡Ya deja de hablar! ¡Que no podré verte a los ojos después de este día!

Elsa ríe aún más ante la acusación y le lanza su cojín a su hermana, quien responde lanzándole el suyo, y ambas empiezan una guerra de cojines, mientras ríen abiertamente, por un momento regresando a su infancia y olvidando los pesares y preocupaciones que las rodean.

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Después de un rato de feliz jolgorio, el médico finalmente llega a atender a Elsa, y en ese momento se encuentra arrodillado frente a ella, vendándole uno de los lastimados tobillos después de haber vendado las quemadas muñecas, después de aplicarle unos bálsamos curativos, cuando en eso una de las mucamas del castillo abre estrepitosamente la puerta, sobresaltando a todos los ocupantes del cuarto.

-¡Sus Majestades! Por favor, se les requiere urgente en la enfermería.

-¿Pasa algo Marie?

-Son los invitados de su Majestad… - la joven jadea de la carrera, tratando de recuperar el aire, - ellos… ellos están…

Anna quiere preguntar más, pero al ver la cara de angustia de la jovencita, Elsa hace a un lado al galeno y sale corriendo al lugar, dejando atrás a su hermana, y acelerando aún más el paso al escuchar el estrépito que hacen cosas cayéndose y vidrios rompiéndose dentro de la pequeña estancia. Cuando entra, alcanza a ver a Kardia asestando un puñetazo en la cara de un Degel sin camisa, quien se tambalea hacia atrás, chocando contra la vitrina del material de curación, el cual cae en medio de tremendo escándalo.

-¡Basta Kardia! – Sin ponerse a pensar en la imponente imagen que los dos altos hombres dan mientras pelean, la rubia se interpone entre ellos, mirando fijamente al peliazul mientras lo detiene con ambas manos sobre el duro pecho antes de que aseste el segundo golpe. - Degel está herido, ¿acaso lo has olvidado? ¡¿Qué es lo que pasa contigo?!

-¿Conmigo, Elsa? ¡Es este hombre que se atreve a tirar su vida de esta forma!

-¿Qué?

-¡Cállate, Kardia! - Degel se ha incorporado y arremete contra su compañero, pero Elsa, aprovechando que se encuentra en medio de los dos y que el de cabellos turquesa se ha recargado en ella para tomar forzadamente de la camisa a su amigo, como listo para regresar el golpe, le sujeta la mano agresora, logrando que suelte la camisa y empuja con su espalda el cuerpo de Degel hacia atrás, obligándolo a ponerse contra la pared.

-¡Por supuesto que no me pienso callar! - el peliazul grita a todo pulmón, acusando al otro santo dorado. - Dile a esta mujer, a aquella que quieres proteger, la realidad de tu situación. ¡Dile a los ojos que deseas morir más pronto de lo que te toca!

-¿Te has vuelto loco? ¡Guarda silencio, Kardia!

De nuevo Degel da un paso hacia adelante, más que dispuesto a regresar el golpe, pero de nuevo Elsa ejerce presión hacia atrás con su cuerpo, obligando al caballero a pegarse a la pared. La Reina de las Nieves puede sentirlo, el poder de los músculos desnudos del torso de Degel pegados a la espalda de ella, y entiende lo fácil que sería para el hombre desembarazarse de un cuerpo tan frágil como el suyo. Pero por alguna razón, aunque lo puede sentir temblando de rabia, obedece las órdenes silenciosas de ella y restringe sus movimientos voluntariamente. Elsa aprovecha eso, y esta vez toma las muñecas del beligerante varón, posándolas a ambos lados. Se impresiona al ver que Degel, con su gran altura y su imponente cuerpo, sumado a su estado de agitación, aún así se mueve dócil bajo los movimientos de ella.

-¡No, Degel! ¡Deja que Elsa sepa cuantos de nuestros compañeros han muerto en esta guerra! ¿Te los cuento? Albafica, Aldebaran, Manigoldo… sin contar a los que son de menor rango y han muerto a montones, ¡ni a los que morirán en los siguientes días! Y a pesar de su sacrificio, hete aquí, peleando sin protección, sin la más mínima precaución, arriesgando tu vida de una forma tonta e inútil, ¡y dejándome a mí la responsabilidad de cuidar de ella!

Degel vuelve a querer avanzar, lleno de ira, pero de nuevo el cuerpo de Elsa lo empuja hacia atrás, por lo que él también grita a todo pulmón reclamando a su compañero de armas.

-¡La única razón por la que estas enojado es porque no pudiste pelear, Kardia! ¡Estas furioso porque no pudiste enterrar esa orgullosa aguja escarlata en nadie! ¡Deja de regañarme a mí y acepta que todo tu berrinche es porque no fuiste tú quien se arriesgó estúpidamente!

-¡Eres un idiota, Degel! - El joven grita con tanta fuerza que se escucha como su voz se corta. - Morir es mi más grande deseo, es cierto, ¿pero sabes cual es mi otro deseo? es que tú vivas, ¡pedazo de inútil! Y si sigues así, dentro del grupo que sobreviva esta guerra Santa, seguramente no estarás tú. ¿Y sabes qué? ¡Ya no me importa!

Con eso, el hombre se da media vuelta y sale dando pisotadas y bufando, su mirada fija al frente sin voltear a ver a nadie… excepto a un par de ojos verdes que lo miran, cargados de emoción, entre miedo y comprensión. Kardia hace como que no vio a la reina de Arendelle y sigue su camino sin hablar con nadie, pero ella ha presenciado todo, incluyendo la manera tan valiente en que su hermana se arriesgó para defender al caballero herido, que si bien no es raro en Elsa arriesgar su integridad por alguien más, sí lo es hacerlo con tanto fervor; por su parte la pelirroja había agarrado un palo de escoba dispuesta a golpear a alguno de los hombres, en caso de ver a Elsa en peligro, pero de lo que presencia ahora no sabe que pensar.

Elsa aún tiene su cuerpo contra el del hombre, los dos respirando de forma agitada después del altercado, pero no se han movido de esa posición. Degel, avergonzado, baja un poco la cabeza, y ahora los cabellos color turquesa cubren la mitad de la cara de él, cubren parte del cuerpo de ella… se hace un silencio entre los dos, roto de forma súbita por la pregunta que encierra el miedo de la albina.

-¿Es cierto eso, Degel? ¿Es cierto que la mayoría de ustedes morirá?

Degel inclina aún más la cabeza, haciendo que su mejilla roce la de ella, buscando su calor y quizá, su comprensión. Ese movimiento confirma los pensamientos de ella, y Elsa aprieta con más fuerza las muñecas de él, tratando de ser fuerte ante la respuesta.

-Lo siento, Elsa. Es… ese es nuestro destino…

-Entonces… cuando te vayas de aquí… será para buscar la muerte? ¿Si sobrevives aquí, la siguiente misión seguro te matará? ¿No hay… no hay nada que se pueda hacer para impedirlo?

La albina pelea contra el dolor que le oprime el pecho, pues el silencio de él es aún más sofocante. Su pecho le grita que no es justo, y sus ojos están a punto de llenarse de lágrimas ante la idea de que se pierdan vidas así, de perder tan violentamente a alguien que se ha vuelto valioso para ella, pero juntando toda su fuerza de voluntad, la antigua reina de Arendelle lo reprime. Elsa quiere salir corriendo de ahí, correr hacia Ahtohallan, olvidar esta sensación sofocante y a este mundo violento y cruel, y no volver jamás… pero se siente tan bien la presión del cuerpo de él sobre su espalda, el calor que emana del contacto con su piel… la reconforta tanto el sentirlo tan cerca, que no quiere dejar ir la sensación. Así que eleva su mano derecha, para colocar la palma sobre la mejilla de él y acercarlo más a su piel, mientras él aprovecha que le ha liberado una muñeca, colocando su mano sobre la cintura de ella, para presionarla más contra sí mismo. También él puede sentir la tranquilidad que crea en su corazón el contacto con ella, y quiere aprovechar cada segundo, porque ambos saben que podría ser el último. Por lo que así permanecen unos momentos más, buscando la sensación de confort y seguridad que el contacto con el otro les brinda, aun cuando sea un confort efímero y una falsa seguridad. Por ahora es todo lo que tienen.

La reina de Arendelle observa la posición tan íntima que guardan los dos, y se da cuenta que está invadiendo un momento muy personal, por lo que lo más silenciosamente posible, deja la escoba en su lugar y apremia a las dos enfermeras a salir con ella sin hacer el más mínimo ruido. Una vez afuera, la reina de Arendelle se dirige hacia el jardín, con la certeza de que la necesitan en otro lugar, y sus pasos la llevan hacia un árbol donde está segura que se dirigió el peliazul, en su afán de encontrar un buen sitio para pensar.

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A/N: okay… mucho Angst… sorry, pero me encantó la idea de que ellos vivan esa terrible y exhilarante adicción al contacto y la cercanía de la persona que amas… espero no haberme pasado. Y sip, a Degel le toca sufrir un poco más, pero consideren que Kardia también está sufriendo, pues se prometió a si mismo cuidar a su amigo, y le está fallando un poco…

Por cierto, les comento que, gracias a un bello comentario que hizo Serena Saori, agregué una escena de batalla de Elsa al inicio del fic, en el primer capítulo. Está chiquita y no tiene mucho angst, pero me gustó, y ojalá les guste también. ¿Que por qué lo hice? Porque mis historias generalmente están llenas de batallas y sangre y violencia y dolor… y lo del ave fénix. Y pues, si bien esta es mi primera más bien romántica, tengo que imprimirle algo de mi. Espero sea de su agrado.

¡Muchísimas gracias por todos sus comentarios! ¡Siempre me hacen muy feliz!