Cosmos Congelado
Capítulo 8
Hielo Derretido
-¿Elsa? ¿Estás despierta? - La pelirroja se asoma a través de la gruesa puerta blanca hacia la alcoba de su hermana.
-Sí Anna, puedes pasar sin problema. - Sonriente, la reina entra, mientras una de las doncellas corre las cortinas de la ventana para permitir la entrada del sol naciente, y una segunda doncella continúa cepillando el largo cabello rubio platinado de la Reina del Hielo.
-Pensé que estarías aún dormida, después del viaje y de tantas aventuras.
Vestida con su precioso camisón color vino, elegantemente erguida sobre el taburete y completamente inmóvil mientras la acicalan, Elsa observa a su hermana a través del enorme espejo de su tocador.
-Realmente estaba agotada, pero parece que no fue suficiente para mantenerme dormida más allá del amanecer.
Anna se deja caer sobre la mullida cama, como si fuera una niña pequeña, mientras su mirada se fija en el dosel.
-Sí… pasaron muchas cosas el día de ayer. ¿Cómo siguen tus muñecas?
Elsa revisa ambas zonas lastimadas, y aunque ya no le duelen, pasa un dedo sobre la superficie de las pulseras de hielo, las mismas que, preocupado porque el dolor continuara torturándola, el Santo Dorado de Acuario se las volviera a colocar después de que el galeno la curara… y después del desastroso evento con Kardia.
-Prácticamente se han curado. La verdad es que ya casi no me molestan.
- Entonces deberías quitarte esos feos grilletes. Seguro te deben de lastimar.
Elsa se sonroja discretamente, mientras sigue acariciando el burdo hielo.
-No… no es necesario que los retire. No me incomodan para nada, además... – Elsa titubea, como si buscando un motivo adicional para no removerlas, - además el doctor dijo que el frío local me ayuda con el dolor y la inflamación, así que...
El tono titubeante y meditabundo de la albina hace que Anna se extrañe, y se endereza un poco, recargándose sobre sus codos y observando detenidamente la actitud de la joven, cuyos hermosos ojos azules siguen fijos en el hielo que envuelve sus muñecas, su dedo aun acariciando la superficie, mientras su mente divaga, dejándola varios segundos en silencio. Y en otro mundo. Anna cae en la cuenta que no está con ella, y sospecha de la causa, o de la persona, que ha provocado tal acción.
-¿Elsa?
Pero la albina no se mueve, ni siquiera hace un gesto que indique que la haya escuchado, su postura exactamente la misma por varios segundos. Anna se levanta lo más silenciosamente posible, y con un ademán y una mirada ordena a las doncellas que dejen sus labores a la mitad, que se retiren de inmediato. Siempre leales y obedientes, las dos doncellas se retiran después de hacerle una reverencia.
-Su Majestad…
Anna se acerca a la jovencita que tiene el cepillo en la mano, y educadamente extiende la mano para recibirlo, de reojo viendo aún a Elsa que no se ha movido de su lugar. La joven mucama vuelve a hacer la reverencia y le entrega el objeto, para luego seguir a su compañera sin hacer ningún otro sonido. Anna ocupa su lugar, y continúa cepillando el blanquecino cabello, todo pasando completamente inadvertido para la Reina de las Nieves. Una vez a espaldas de Elsa, Anna nota cómo sus dedos acarician suavemente el helado material, y una delicada ceja se levanta, inquisitiva.
-Esos grilletes los hizo Degel, ¿verdad?
Elsa se sobresalta al darse cuenta de la cercanía de su hermana, en especial de que ha sido tomada por sorpresa.
-¿Qué te hace pensar eso?
-La manera en que los observas, como si fueran la joya más exquisita creada jamás, cuando la verdad, son demasiado burdos, si me permites opinar. Tú haces trabajos más deliciosos que esos.
-¿Crees que Degel no es capaz de crear algo hermoso?
-Pues… seguramente los hijos que tenga serán hermosos, pero no me preguntes de sus habilidades artísticas.
Por una extraña razón, Elsa se imagina esos hijos, y se imagina aún más que también son los de ella, la idea provocando un intenso rubor.
-¡Anna!
La joven reina sonríe maliciosamente, pero finge inocencia con la mirada.
-¿Qué? ¿Acaso dije algo que no debía?
Elsa se gira para verla a los ojos.
-Lo que estás pensando es impropio de tu estatus de realeza, hermana.
Pero la interpelada sólo se encoge de hombros.
-¿Por qué? No me vas a negar que es un hombre muy guapo, seguramente se casará con una linda doncella, lo harán como conejos y tendrá muchos hijos, y seguramente todos ellos serán hermosos. Es todo lo que he dicho. ¿En qué podría afectarte a ti?
Elsa desvía la mirada, tratando de fingir inocencia.
-En… en nada, por supuesto.
-Por supuesto…
-Sólo opino que no deberías expresarte así de él, es faltarle al respeto. ¿Qué tal si nos escucha?
Anna resopla.
-Sí, claro, nos escuchará aquí, en la intimidad de tu cuarto.
-Bueno… ya te lo dije, no debes de ser tan maleducada con nuestros invitados.
-Claro…
Las dos se quedan en silencio por unos minutos, escuchando el rítmico sonido del cepillo recorriendo los sedosos cabellos de Elsa, hasta que esta decide romper la quietud, preocupada.
-Hermana, no es lo que estás pensando, te lo aseguro.
Anna sonríe casi triunfal.
-¿Y qué crees que es lo que estoy pensando?
-Puedes estar tranquila de que no existe nada turbio entre nosotros, sólo somos amigos.
Anna resopla ante tan obvia mentira, aun sin detener sus ministraciones.
-No es lo que vi ayer.
-No pasó nada ayer.
La joven reina encoge los hombros de nuevo con un gesto de desenfado.
-Yo sólo digo que mis amigos nunca me abrazan de la forma en que él te abrazó. Creo que ni Kristoff me ha abrazado así.
Elsa siente como el cálido rubor llena sus mejillas y su cuello, al recordar vívidamente la íntima cercanía del caballero, recreando en su mente el poderoso y cálido cuerpo contra el de ella.
-N-no… no es lo que crees. Tenía que detenerlo… Se iba a lastimar más, o Kardia lo hubiera lastimado, si lo dejaba arremeter contra él. En ningún momento fueron otras mis intenciones.
Anna deja de peinar a la albina y se hinca frente a ella, un par de ojos azules buscando los que son un espejo de los suyos.
-Hermana, tienes que confiar en mí. Nunca te juzgaré ni te reprocharé. Está bien que el hombre te guste, no voy a criticar eso. Después de todo, Degel parece ser un buen caballero.
Elsa exhala, tratando de controlar sus emociones.
-Lo sé, hermana…
Anna toma las delicadas y pálidas manos entre las suyas, tratando de infundir comprensión y amor.
-No te sientas juzgada. No te sientas intimidada. Solo quiero lo mejor para ti. Y si piensas que lo mejor para ti es ese hombre, yo te voy a apoyar.
-Lo sé…
-Pero tienes que entender que debo cuidarte. Por lo que, antes de darte consejos, debo asegurarme de que él también se portará bien contigo.
Una delicada ceja se levanta.
-¿Estás tratando de justificar ante mí que lo acosarás y amenazarás para que yo no pierda mi virginidad con él antes de tiempo, como hiciste con el conde austriaco que viniera a Arendelle un año antes de nuestra aventura en el Bosque Encantado?
-Tus palabras, no las mías.
Una delicada ceja se levanta, retadora.
-De hecho, si recuerdo bien, fueron tus palabras, hermana. Según tú, actuaste buscando preservar mi virginidad, la que estipulaste como asunto de Estado, para justificar tus infantiles actos.
-¡Obvio que no dije ni hice eso! – pero la joven reina lo dice en un tono tan sarcástico, que hace reír a la albina beldad. – Y no fueron actos infantiles.
Esta vez la cristalina risa de Elsa llena la estancia, al recordar la cómica escena.
-Hermana, ¡el pobre hombre salió corriendo de Arendelle dos días antes de terminar las negociaciones mercantiles, debido a tu terrible acoso!
Anna levanta la barbilla, llena de dignidad.
-Ese hombre no te merecía, estaba muy por debajo de tu estatus.
Elsa niega con la cabeza, aunque ríe un poco más ante el recuerdo.
-Era un hombre elegante y caballeroso, además de ser un conde, no veo qué tenía de malo.
La joven pelirroja se encoje de hombros.
-Sí, bueno, a mi parecer sus intenciones no eran tan adecuadas, además de que estaba demasiado feo para alguien como tú.
-¡Anna!
-Bueno, bueno, eso ya quedó atrás, - la joven reina minimiza las palabras con un gesto de la mano, - y respecto a Degel, lo vigilaré al menos, como bien dijiste, para que no pierdas la virginidad antes de tiempo. Ya me conoces. Primero tengo que asegurarme de que él se va a portar bien, que estará a la altura, antes de que siquiera se le ocurra mirarte de esa forma. Pero antes dime, ¿tú sientes algo por él? ¿Te atrae?
Elsa se queda un momento pensativa.
-No te voy a negar que llama mucho la atención, me hace sentir muy bien cada vez que lo tengo al lado, o lo veo a los ojos, o… o me toca… - Esto último lo dice con una mano sobre el pecho y el rubor encendiendo de nuevo sus mejillas. – Pero eso no necesariamente quiere decir que me gusta él. Sólo… se me hace interesante, es todo.
Anna se sonríe, negando con la cabeza pero satisfecha de que al menos Elsa empieza a aceptar sus sentimientos, y se levanta para tomar de nuevo el cepillo.
-Entonces tenemos que arreglarnos mejor para hacer que caiga rendido a tus pies, para que puedas definir mejor tus sentimientos.
Elsa asiente, tomando sus largos cabellos rubios y levantándoselos sobre su cabeza, en un gesto para mostrar a su hermana su propuesta de peinado.
-De hecho, por eso me voy a recoger el cabello en una trenza francesa, era la que le gustaba a papá, y escogí el vestido lila, creo que es el más elegante y que me favorece más. Quiero que vea que también soy refinada. No me lo ha confesado del todo, pero estoy segura que participa en las cortes reales de su tierra. Quiero recordarle que yo también soy de la realeza.
-¡Oh no! ¡No mientras yo lo permita!
El exabrupto de Anna sobresalta a la albina. La joven reina, haciendo caso omiso de la reacción, de un manotazo hace que Elsa suelte su cabello, el cual cae como cascada de escarcha, acto seguido la pelirroja beldad comienza a peinar el largo cabello platinado, esta vez más vigorosamente que hasta hacía unos momentos.
-¿Anna? ¿Qué pasa? Siempre he usado la trenza estando en el castillo, y siempre te ha gustado, además, sabes bien que a papá y mamá les gustaba cómo me quedaba este peinado, ¿por qué ahora protestas?
-Porque papá y mamá nunca te vieron como debe de verte Degel, y si quieres que se acerque más a ti, ahora realmente lo necesitas suelto.
Una delicada ceja se levanta.
-¿Ah sí? Yo pienso que el cabello suelto me hace ver mucho más desaliñada. Es evidente que Degel es un caballero refinado. Parecer una reina salvaje frente a él no me va a ayudar. - Le espeta la albina, sintiendo el reto en los jalones más bien rudos de la reina de Arendelle.
-Te equivocas hermana. Te ves más hermosa así, con los cabellos al viento.
Elsa se sonríe agradecida, pero no del todo convencida y aún más confundida que antes.
-Y sigo esperando el verdadero motivo por el cual prefieres que lleve el cabello suelto.
En vez de contestar, con una delicada ceja levantada ahora la reina desaprueba el vestido color lavanda que se encuentra colgado en su fina mampara.
-No piensas salir con eso, ¿verdad?
-¿Ahora también vas a criticar mi manera de vestir? ¿Por que? Siempre te ha gustado ese vestido. ¡Y ya deja de jalarme de manera tan brusca!
-Y te lo repito, yo no soy hombre, así que deja de usarme a mí o a nuestros padres como referencia, - Anna suelta el cabello de la joven y se aleja un poco, como para comprobar que es perfecto, - sólo digo que necesitamos crear… incentivos. ¿Aún puedes hacer ese hermoso vestido azul que te pusiste cuando huiste de la fiesta de coronación?
-¿Te refieres a mi vestido hecho de escarcha que todo el mundo criticó por ser muy provocativo?
-¡Sabía que lo recordarías!
Elsa ríe suavemente.
-Difícil de olvidar. Fue el primer vestido con el que me pintaron a tu lado, ya siendo reina, y mi primer momento incómodo en sociedad. Pero es demasiado… sugerente, no puedo usarlo frente a las visitas. ¿Y a que te refieres con incentivo?
-¿Acaso no es obvio? ¡Tienes que enseñar algo de esa bien torneada pierna que tienes! ¡Y ese vestido es perfecto para la ocasión! Además, el escote que trae no nos caerá nada mal, aunque me gustaría que el día de hoy lo hagas más pronunciado.
Elsa se cubre el imaginario escote ante la propuesta.
-Estoy en completo desacuerdo: ya te lo dije, Degel es un caballero. Verme así seguramente lo desalentará.
-¿Quieres que te bese, o no?
El rubor de nuevo tiñe sus mejillas, pero esta vez su mirada continúa siendo retadora, casi ofendida.
-Aún no sé bien qué quiero de él, pero definitivamente no quiero que me vea como es evidente que tú quieres que lo haga. Pensé que estabas preocupada de que perdiera la virginidad tan pronto.
Anna niega con la cabeza, mientras coloca ambas manos sobre sus caderas.
-¡Ay hermana! Es más que evidente que no sabes nada de hombres. No necesariamente necesitas perder tu virginidad si te vistes así. Pero vestirte con peinado alto y usar ese vestido que no muestra más que un atisbo de hombros te hará parecer como una abuela, ¡y entonces olvídate de perder la virginidad hoy o en veinte años! Ni siquiera querrá voltear a verte.
Una delicada ceja se levanta.
-Y yo que creí que habías madurado un poco.
Pero la reina hace caso omiso a sus palabras y levanta a su hermana de la silla en la que se encontraba sentada, para luego hacerla que dé una vuelta sobre su propio eje, admirando sin recato las curvas de la hermosa chica.
-Sip. Un escote más prominente y una línea más alta seguramente harán el truco.
Elsa se detiene bruscamente, ocultando de nuevo, aunque esta vez con ambas manos, su aún oculto escote de la mirada incómodamente inquisitiva de la pelirroja.
-¡Oye! ¡Ya te dije que no quiero que él piense que soy una mujer fácil!
-Y eso se lo demostrarás con actos, no te preocupes, - Anna hace un ademán de desdén con la mano, tratando de tranquilizar a la albina, y aún sin perder su ánimo, -pero el muchacho obviamente es tímido… bueno, eso definitivamente no, jijiji…- la joven ríe por lo bajo, recordando las enormes manos sobre la breve cintura de su hermana, apenas una noche previa - aun así, necesitamos que vea de lo que se está perdiendo si se sigue tardando más en besarte.
-¡Anna!
-Deja de molestarte con negarlo, Elsa, puedo ver perfectamente el deseo en tus ojos. El hombre te gusta, ¿no es así?
Elsa quiere negarlo, pero de pronto su mirada se ilumina con sólo pensarlo, y finalmente se aleja para ir hacia el balcón de su cuarto, posando sus manos en el pretil y respirando el aire fresco del amanecer, mientras sus ojos se pierden en la inmensidad del que alguna vez fuera su reino, y su mente recuerda la sonrisa del joven caballero. La Reina de las Nieves titubea, no acostumbrada a aceptar sus emociones, pero la sonrisa intensa de la reina de Arendelle la anima, y Elsa sonríe suavemente, derrotada.
-Está bien, no lo voy a negar más, es sólo que… es una sensación tan rara que no sé como describirlo, hermana, y me da miedo.
-Bueno… estamos sólo nosotras dos. Inténtalo. De verdad que te hará sentir mejor.
Elsa suspira, mientras su hermana la toma de las manos, animándola.
-Pues… Es un calor muy intenso que me llena el pecho cuando estoy cerca de él, me tiemblan las manos, y siento mi corazón desbordar… - Anna sólo asiente, empática y emocionada, pero sabedora que no debe interrumpir, la rubia realmente necesita decirlo para reconocerlo. Elsa se siente maravillada, ahora puede entender lo que una vez su hermana sintió, y gira sobre sí misma, la sonrisa ensanchándose aún más. - Y es que es tan… gentil, tan atento y caballeroso, pero a la vez tan fuerte y valiente… y tan, tan guapo…
Anna ríe por lo bajo, emocionada de ver a su usualmente seria y concentrada hermana, sonreír como una chiquilla de lo enamorada que se siente.
-Y a eso me refiero con incentivos, porque a mi ojo entrenado, el pobre siente lo mismo que tú, pero por su caballerosidad, no actuará tan pronto como tú quisieras.
Elsa se sonroja ante tal aseveración, pero a la vez siente una emoción intensa recorriendo su cuerpo.
-¿Crees… realmente crees que se siente igual que yo?
-No sólo yo, Elsa, me lo ha dicho un pajarito. Además, todo el reino lo ha notado, la forma en que ese 'bello extranjero', como todos en el reino lo llaman, ve a nuestra antigua reina: con ojos que se derriten de adoración.
De ser posible, Elsa se sonroja aún más, abriendo sus ojos como platos de la impresión.
-¿Qué? ¡¿Todos los saben?!
-¡Jajajaja ay hermana! ¡Todos! Pero si te hace sentir mejor, has sido ligeramente un poco más discreta que él, así que el que está en la mira es él, no tú. Ante los ojos de la gente tú eres inocente.
-O-okay.
-¿Y entonces, ya podemos acomodar tu cabello y tu ropa para hacerlo que caiga rendido a tus pies?
-Pero… ya te lo dije, no quiero que piense de mí menos de que soy una dama, definitivamente no creo que deba ver de mí todo lo que le quieres enseñar. Si realmente me ama, no necesitaré esos trucos bajos.
Anna se carcajea.
-Incentivos, hermana, incentivos, y te recuerdo que, tal vez tú seas la hermana mayor y el Quinto Elemento, pero de hombres se mucho más que tú, así que deja de lloriquear y escucha, esto es lo que harás…
oooooooooooooooOOOOoOOOOOOOOOOOoooooooooooooo
Aún no es hora del desayuno, pero Degel, en cuanto se despertó y le consiguieron una blanca camisola holgada y un pantalón negro, en reemplazo de sus ropas destrozadas, (que siente demasiado pegado a las piernas, para su gusto, y por lo mismo ni siquiera se permitió considerar ponerse el gambesón que le ofrecieron) pidió de inmediato lo acompañaran a la torre de la biblioteca, hora desde la cual se encuentra ya hundido en los miles de libros que reposan en los estantes. La biblioteca es enorme, con paredes de roca de granito que hablan de cientos de años de historia, y las altas ventanas permiten que entren rayos del sol naciente que iluminan el lugar de una luz tan cálida, que hacen precioso juego con las velas y candelabros de las paredes y de las miles y miles de líneas de libros que adornan el sitio. Si no fuera por el tiempo tan recortado con el que cuentan, Degel hubiera caminado por los largos y antiguos pasillos con la fascinación de un niño en una dulcería. Por ahora, sentado sobre una de las mesas de lectura y bajo la tenue luz de su lámpara, devora libros con desesperación, con dos pilas de ellos a cada lado suyo, cuando unos pasos evidentemente femeninos lo alertan.
-Buenos días, Degel. Veo que ya te sientes mejor. Me alegra que finalmente estés tranquilo y en mejor estado de salud.
La cristalina voz llega a sus oídos, y su corazón se alegra. Él sonríe, es hora de reclamarle a su anfitriona el retraso en esta actividad. Sin embargo, antes de voltear, lo primero en percibir es el delicioso aroma del perfume de la hermosa mujer. El hombre se yergue más derecho, inhalando profundamente la fragancia, incluso cerrando los ojos para permitir que el olor invada su cerebro con mayor libertad.
-Debo agradecer sus cuidados, su Majestad, pero… - al voltear finalmente, lo que sus ojos violeta contemplan lo hace perder completamente la sonrisa traviesa y queda anonadado, su mente completamente en blanco.
Elsa baja de la pequeña escalinata de piedra, que es la entrada a la suntuosa biblioteca, caminando con pasos lentos y bien calculados que hacen resonar sus tacones de hielo por toda la estancia, provocando estremecimientos en la espalda del alto caballero, quien la observa fascinado. El maravilloso Quinto Elemento se dirige hacia él, con la luz del sol naciente, que entra por la puerta de la biblioteca, iluminándola por detrás, cual si fuera una divina aparición. El vestido azul de Elsa es exactamente el que Degel vio en una pintura del castillo mientras recorría los pasillos: azul cielo, con incrustaciones de hielo que lo hacen brillar como un diamante, y una larga cola con múltiples formas de escarcha, elegante y brillante ante la luz del astro rey; visto en la vida real, es aun más exquisito y refinado, haciendo resaltar la belleza de su dueña con mayor intensidad. Sin embargo, los ojos observadores del caballero notan algo diferente… aunque recuerda más que bien los bellos hombros al descubierto, ahora las mangas del vestido son casi transparentes, y el escote no lo recordaba tan… pronunciado, incluso casi le permite ver un atisbo de redondeada piel, casi puede ver un poco de sus suaves senos…
Degel pasa saliva con dificultad.
La cintura es muy ceñida, dibujando la cadera con aún mayor detalle, y la apertura de la falda… si él recuerda bien, estaba apenas por arriba de la rodilla…. Pero lo que puede ver ahora, mientras el vestido se abre más al bajar las escaleras, es un perfecto muslo que se muestra ante él, con la blanca piel al descubierto, visible casi hasta la cadera… ahora el corazón del caballero late a marchas forzadas, mientras su garganta se seca y su respiración se agita.
-Espero que nuestra biblioteca sea de tu agrado.
La adorada voz lo saca por un momento de su ensimismamiento, y aunque no se había dado cuenta que se había levantado de su asiento, de inmediato se hinca ante ella como la primera vez que se conocieron, pero en esta ocasión sus ojos siguen fijos en el cuerpo de ella, sin tener la fuerza de voluntad de despegarlos.
Una diosa… pareciera como si una diosa estuviera descendiendo hacia mí…
Elsa casi ha llegado al final de la escalinata, titubeando un poco ante la acción incomprensible del hombre, y es el titubeo lo que finalmente logra que Degel reaccione: este se levanta de inmediato, tomándole la mano para ayudarle a bajar los últimos escalones.
-Eres muy caballeroso.
-Es lo menos que puedo hacer por una diosa como tú.
Elsa se sonroja. Primero, ante la vista de la holgada camisola del Santo de Atena, que le permite vislumbrar un poco de su bien marcado pecho, pero además porque, si bien Degel siempre ha sido atento y caballeroso con ella, en este momento sus atenciones son más pronunciadas, sus ojos brillan con más intensidad: la albina no puede negar que le agrada este nuevo nivel. Deberá aceptar que su hermana es, simplemente, una genio.
Sin soltarle la mano, Degel atentamente la guía hacia la silla más cercana al lugar que él ocupaba, pero una vez que se sienta, el santo de Atena tiene que forzarse a sí mismo para mantener sus ojos fijos en la cara de la joven, pues desde ese lugar, su escote muestra más piel, la falda de su vestido se abre más provocativamente… el calor que siente comienza a hacerse sofocante…
-Ehem… yo… me alegra que estés aquí conmigo. Este lugar empezaba a sentirse… pesado sin ti…
Elsa apenas puede sostenerle la mirada sin sonrojar, así de intensa es ésta, como si él deseara leer cada emoción dentro de ella, como si quisiera devorarla… y no le ayuda en nada que la cara y el cuerpo de él estén tan cerca. Elsa trata de concentrarse en los libros que tiene en frente.
-Siento mucho que hayas tenido que hacer esto solo, cuando te había prometido que te ayudaría. Pero ya estoy aquí, como te lo prometí.
-Sí…- la voz de Degel es casi un susurro, mientras sus ojos se pierden en las finas facciones, - ya estás aquí…
Sonriendo pícaramente, Anna baja lenta y silenciosamente las escalinatas, encantada y satisfecha de ver la reacción del caballero ante su creación, y al a vez divertida de ver los intentos del hombre de no ser tan obvio en su apreciación de la joven beldad a su lado. Con mucho cuidado, la joven reina camina hacia dos estantes de libros más allá de ellos, tratando de convertirse en una sombra sigilosa para poder acercarse lo más posible y escuchar su conversación, cuando es descubierta por una sombra aún más alta detrás de ella, y que porta un libro abierto.
-¿Su Majestad? ¿Qué…? - pero antes de que la voz de Kardia llegue a los oídos de los dos tórtolos, la pelirroja le tapa la boca con una mano. El joven se sobresalta, pero la deja ser, y con los ojos le pregunta. Anna susurra, tratando de silenciarlo, pero sin perderse ningún detalle de la conversación.
-Después te explico. Por ahora cree en mí que es para beneficio de los dos.
Kardia finalmente se suelta, alegremente abandona su libro no leído, y contento, se asoma a ver el motivo de tanto sigilo de la reina; al encontrar dicho motivo, sus ojos se abren como platos al ver la figura entallada y escotada de su amiga.
-¡Wow! ¿esa es Elsa?
Como respuesta, la mano de Anna vuelve a cubrirle la boca.
-Si vuelves a hablar, me encargaré de sacarte de aquí con mis propias manos.
Kardia ríe por lo bajo, entretenido con la idea de esta delgada y diminuta mujer tratando de moverlo siquiera, pero aprovecha su interés y mientras, disfruta el contacto de sus labios con la palma de la joven, y se le pega más a su cuerpo, simulando estar atento. Cada vez le está gustando más la cercanía de la bella soberana, mientras su mirada recorre de nuevo el bien formado cuerpo de su amiga, y sonríe maliciosamente, aunque esta vez obedece y susurra.
-Veo que han desplegado todo el armamento contra Degel. ¡Pobre de mi hermano! ¿Pero que se supone que esperamos? ¿A que le dé un infarto o, al contrario, que haga combustión espontánea ese helado corazón?
Anna, contra su voluntad, ríe un poco ante las palabras del peliazul, y niega con la cabeza.
-Ya lo verás cuando ocurra. Y aléjate de mí un poco. Estás rompiendo mi burbuja personal. - Reforzando sus palabras, ella lo empuja desde el pecho, pero él sólo ríe de nuevo, cubriéndole la mano que tiene sobre él con su enorme palma; ella sólo voltea los ojos, regresando a su posición original.
-Y… has logrado encontrar algo? - Elsa pregunta, tomando un libro para sí, de la pila más cercana a ella.
Degel carraspea, haciendo un enorme esfuerzo por pasar saliva, pero su boca se encuentra tan seca…
-No, hasta ahorita no. He encontrado documentos muy interesantes, cosas de la historia de Arendelle muy impresionantes, pero hasta el momento nada que pueda ser de utilidad. Por lo menos no para mi misión.
-Bueno, en mi opinión, aprender la historia de cualquier lugar debe ser muy útil, a pesar de que no sea lo que estás buscando.
Forzándose a sí mismo a que su mirada no se pierda por otros lugares, los ojos violeta del caballero se encuentran fijos en la hermosa cara de finas líneas. Sin embargo, pareciera que está destinado a perderse en esta mujer, pues la sonrisa de rojos labios lo tiene tan embelesado, que no puede siquiera reaccionar más que con una tímida voz.
-Sí… tienes razón… - cayendo en cuenta de su error, el hombre carraspea y se endereza, un rubor subiendo sobre su cuello. – Quiero decir, tienes razón, me encantaría alguna vez disertar contigo sobre esa historia. En efecto es muy interesante, aunque los pasajes de la última década son más bien confusos.
Un velo de oscuridad pasa por la expresión de ella. Tiene mucho tiempo que no ha buscado los libros más recientes, por lo que desconoce qué han escrito los arendellianos sobre su reinado. Sobre el escape a su Fortaleza de la Soledad, sobre su poder y el Gran Deshielo, como algunos llaman ese episodio funesto después de su coronación. Pero está segura que no debe ser nada agradable
-¿Leíste… leíste toda la historia de Arendelle?
-Sí, por supuesto. Quería saber más de ti.
-¿Y… qué encontraste?
Degel niega con la cabeza.
-Desafortunadamente nada. El escrito se queda en tu padre, mencionando lo fantástico rey que había sido, un rey justo y benevolente, preocupado por su gente, así como muy duro a la hora de comerciar, sacando acuerdos muy positivos y ventajosos para su reino. Lo que me recuerda a alguien… - Degel le sonríe, juguetón, pero la sonrisa de ella es más bien triste.
-Sí… papá era muy inteligente. ¿Encontraste algo más?
Degel se queda pensativo por un momento.
-La publicación sólo llega a eso, y a cómo se perdió en el mar junto con tu madre durante un viaje diplomático. De verdad lo siento.
Elsa exhala, aliviada al saber que no la mencionaron a ella, y vuelve a sonreír.
– Gracias, pero no es necesario, pasó hace demasiado tiempo.
Degel recarga una mejilla sobre su mano, mientras una sonrisa boba se dibuja en sus labios.
-Encontré también los libros de Hans Christian Andersen que me platicaste.
A la joven se le ilumina el rostro ante sus palabras, y se siente agradecida con el caballero por cambiar de tema.
-¿De verdad? ¿Ya los leíste?
El Santo de Atena ríe por lo bajo ante la emoción de la albina.
-Créeme que estuve a punto. Me tuve que obligar a concentrarme, pues de otra manera me hubiera perdido en esas páginas. Y realmente tenemos que encontrar la causa de la presencia de los espectros en estas tierras. Me urge saber qué quieren contigo.
Escuchando la voz embelesada de su compañero de armas, Kardia niega con la cabeza mientras sonríe maliciosamente: una hermosa y culta mujer, y un montón de libros… no hay manera de que Degel logre superar este reto. Divertido, el joven peliazul le susurra a la reina al oído.
-¿Qué es exactamente lo que están haciendo con mi pobre compañero, su Majestad? Aparte de volarle la cabeza con tanto placer. Espero de todo corazón que no estén tratando de convertirlo en un zombi.
-¡Ssshhh! ¡Déjame oír! – Anna lo vuelve a empujar hacia atrás, al sentir que el joven una vez más está muy cerca de ella. – No sé por qué te preocupas de eso. Pensé que también era lo que querías, ¿o no? Que tu hermano cayera enamorado de Elsa.
Kardia frunce el entrecejo, lleno de incredulidad, pero a la vez sin perder la sonrisa pícara, al ver la postura de Degel, recargado en una mano, todos sus sentidos evidentemente perdidos en la albina. Incluso se ha olvidado de seguir leyendo.
-Bueno… si ese es el plan, sus esfuerzos ya no son necesarios, créeme… solo me preocupa que, torturándolo como lo están torturando, quemando su cerebro de esa forma, no será algo bueno, ni provechoso, para mi misión.
Anna minimiza sus palabras con un gesto de la mano, mientras trata de escuchar mejor, a lo que Kardia niega con la cabeza.
Mientras tanto, Elsa asiente al escuchar la preocupación de Degel y se obliga a ponerse seria.
-Entiendo. Entonces debo de seguir tu ejemplo. Ya no más platicar sobre libros interesantes. Hay que concentrarnos. - La joven baja la mirada para empezar a leer su primer libro, provocando que unas fibras de su largo cabello platinado oculten sus ojos. Con un movimiento elegante, Elsa pasa su cabello a su otro hombro para que le permita leer, inocentemente descubriendo su cuello a los ojos atentos del santo de Acuario, y la vista de la virtuosa piel le provoca que su imaginación vuele desenfrenada, el deseo de besarla volviéndose insoportable.
¡Oh, Atena! ¡Es hermosa!
Asustado de haber dicho esas palabras en voz alta, Degel voltea de inmediato hacia su libro, tratando de concentrarse en el texto, mientras obliga a su cuerpo a relajarse, a su corazón a latir más lento. ¿Pero cómo podría, consciente como está del profundo escote de Elsa? Lo que es peor aún, parece que la joven tiene otras formas de torturarlo.
-Degel, este libro habla sobre mitología escandinava. ¿No crees que te serviría saber algo de Odín y su familia? – La joven le acerca el libro que estaba leyendo, señalando un punto en la página abierta, mientras se inclina discretamente hacia él para acercarse y leer juntos… dejando ver un buen atisbo de su escote, y un poco más de su redondo seno… Degel carraspea y se endereza un poco, obligando a sus ojos a fijarse al frente. Elsa hace como que no se da cuenta de su desliz. - ¿Degel? ¿Qué opinas?
-Y-yo creo que… umh…
El hombre se pone tan rígido, que Elsa lo interpreta como rechazo y, pensando en aligerarle la carga, posa su mano sobre la de él, tranquilizándolo.
-No te preocupes, continúa en el que estás, lo leeré yo y te diré si encuentro algo.
Degel percibe la decepción en la cristalina voz, y de inmediato jala para sí el libro, sobresaltando un poco a la albina, pero casi de inmediato se le ilumina una sonrisa.
-No, está bien, puedo leerlo. ¿Dónde dices que está el pasaje?
Elsa ríe femeninamente ante su exabrupto, y señala la página, mientras se acerca aún más a él.
-Empieza desde este párrafo, y se continúa unas cuantas páginas más. Aunque si te soy sincera, creo que no tomaste el mejor libro de mitología escandinava.
-¿Ah, no?
-No. Hay un tomo mucho mayor que profundiza desde las raíces hasta la sabiduría máxima que logró Odín. – Después de unos segundos de intentar recordar la ubicación del libro, Elsa decide levantarse, mientras con la mirada recorre los estantes a espaldas del caballero, tratando de recordar el pasillo correcto. Degel se sobresalta al tener sus ojos a la altura del cuerpo de la joven, lo que le permite una privilegiada vista de sus bien torneados senos y de la abertura en la falda, que muestra suave piel debajo. Sintiendo cómo la sangre caliente sube por el cuello hasta su cara y sus orejas, el hombre se levanta de inmediato, mientras tose para disimular su reacción.
-¿A… a que te refieres?
La mirada de Elsa sigue buscando el pasillo, pensativa.
-A que recuerdo que de niña leí un libro muy grueso, y muy viejo, que habla sobre la sabiduría que obtuvo Odín al ofrecer su ojo a cambio.
Es como si se encendiera un switch en la mente de Degel, que apagara cualquier emoción o sensación que no estuviera ligada al conocimiento, pero que no por eso dejara de ser placentero.
-¡Oh! ¡Sí! Recuerdo la leyenda de Odín: que bajó al Pozo de Mimir, cerca de Jötunheim, y ofrendó su ojo a cambio de conocimiento. Siempre me fascinó esa leyenda.
Elsa voltea a verlo, complacida, su mirada azul celeste por debajo de las frondosas pestañas lo hace estremecer.
-Veo que no soy la única experta en las historias de mis tierras. Me complace ver que sabes más allá de tu propia mitología.
-Je… bueno… yo no me llamaría experto… - Degel se rasca el cuello, en un evidente gesto de nerviosismo. – Aun cuando mi obligación es ser erudito en historias y leyendas griegas, debo de confesar que me gusta todo tipo de mitología, y antes de venir aquí, obviamente tuve que leer mucho. Además, creo que entiendo a Odín: yo también ofrecería mi ojo derecho a cambio de todo ese conocimiento. ¿Te imaginas?
La sonrisa de Elsa es tierna ante la alegría infantil del usualmente serio caballero, pero cuando sus ojos regresan a su misión, se vuelve brillante, mientras lo toma de la mano para jalarlo consigo.
-¡Oh! ¡Ese debe de ser el pasillo!
Casi corriendo, la joven jala al alto caballero con ella, quien la deja ser, y los dos se adentran en los viejos y polvorientos pasillos, para molestia de dos pares de ojos furtivos.
-¿Qué demonios? ¿A dónde van?
Kardia ríe quedamente.
-¿No se supone que una reina no debería de maldecir?
La joven resopla muy poco femeninamente.
-Pfft… las reinas hacemos lo que se nos antoja, vete acostumbrando. – Tratando de mantener el sigilo, Anna los sigue a través de los estantes, con Kardia muy de cerca, ahora mucho más interesado en la conversación.
Mientras, la pareja llega al final de la tercera línea de estantes, Elsa de inmediato inclinándose para buscar entre los libros más bajos.
-Debe de estar por aquí…
Degel, en cambio, está fascinado con el tipo de libros que se encuentran en ese lugar, hasta que sus ojos caen en una línea de tomos que le hace abrir los ojos de par en par.
-¡Por Atena, Elsa! ¡Tienes un tomo exclusivo de la Revolución Francesa!
-¿Eh, cuál?
Degel se estira cuan largo es, para tomar un libro bastante grueso y desgastado, el más desgastado de la línea de libros, y se lo enseña a la albina. Al verlo, esta sonríe suavemente y lo toma con delicadeza, como si le tuviera mucho amor a las páginas.
-¡Ah, este! De hecho, lo que tenemos es una colección completa de la Revolución Francesa, no sólo un tomo; como te podrás imaginar, es un tema de sumo interés para todos los reyes de Arendelle: aprender de los errores de otras naciones para tratar de evitarlos aquí.
-¿Ah, sí? - Degel voltea y ve que, en efecto, existen al menos 10 tomos con el mismo lomo, evidentemente es una colección muy amplia, pero voltea extrañado, a ver el tomo que sostiene la albina. – Me llama la atención… todos se ven relativamente nuevos, y aunque debo admitir que se nota que unos están más usados que otros, este en particular se ve bastante desgastado. ¿Qué tiene de especial?
Elsa no abandona la mirada del libro cuando le responde, indudablemente perdida en sus recuerdos.
-Este es mi favorito. Está dedicado en su totalidad a la reina María Antonieta.
Una ceja de corte dividido se alza, incrédulo.
-¿Todo un tomo sólo para ella? ¿No debería haber sido dedicado a Luis XVI?
Elsa le regresa una mirada discretamente furibunda.
-¿Dices que no se merece un tomo para ella sola, por ser mujer?
El joven levanta las manos en señal de rendición.
-¡Claro que no quise decir eso! A lo que me refiero es que fue bastante odiada, la causa de la Revolución, y sin embargo, todo un tomo está dedicado a un personaje bastante detestado en la historia.
Elsa encoje los hombros, mientras abraza el tomo contra su pecho.
-Yo creo que María Antonieta más bien fue muy incomprendida: fue una mujer joven e inmadura, es cierto, pero estaba atada a un marido que la ignoraba, que no compartía cama con ella ni aunque fuera por obligación, ¿sabes que tardaron 7 años en consumar el matrimonio, porque él no quería? Y todo el tiempo la presionaban a ella.
-Sí, conozco ese pasaje, pero…
-Además, Francia se rige por la ley Sálica, en donde las mujeres no pueden reinar, ¿qué podía hacer ella entonces por el pueblo?
-Bueno, pero, aún en países donde rige la ley Sálica, las mujeres opinan y gobiernan dirigiendo las decisiones del marido…
Elsa niega con la cabeza, insistente en defender a la reina fallecida.
-Pero, además, a diferencia de mí, María Antonieta nunca fue instruida en la regencia: era la menor de sus hermanos, y la más consentida de su madre, ¿cuándo se hubiera pensado que tendría algún poder? Así que ella se enfrentó a la despiadada corte francesa sola, sin amigos, con miles de enemigos, lejos de casa y sin ningún adiestramiento previo. ¿Cómo podría funcionar eso?
-Pues… Anna tampoco tuvo adiestramiento, según lo que me contaste, y mira cómo ha logrado hacer muchas cosas…
Elsa minimiza el piropo a su hermana y continúa con su diatriba.
-Además, opino que María Antonieta fue una revolucionaria, pues a las reinas por costumbre se nos tiene prohibido criar a los príncipes y princesas: ellos tienen que crecer lejos de su madre, rodeados de tutores y nanas, con la idea de que los ayuden a crecer fuertes y aptos para desarrollarse para la regencia. Afortunadamente mi madre nunca creyó en eso, y nos crió ella personalmente, igual que María Antonieta, quien se preocupó por que sus hijos tuvieran lo más importante para el desarrollo de cualquier niño: amor materno, algo que ninguna soberana francesa ha dado a su descendencia.
Degel está cautivado en discutir de esa manera con ella, con una mente tan lúcida y brillante, pero además, que discute no sólo con el corazón, sino con conocimientos, fascinándole la manera tan apasionada que defiende sus ideales.
-De eso no te puedo opinar mucho, pero Francia la considera a ella como la causante de la Revolución.
Elsa frunce el entrecejo por el comentario.
-Estoy en completo desacuerdo. El pueblo francés que ganó la revolución quiere achacar todas sus desgracias sobre una persona, y como siempre en la historia ha sido: si es mujer, mucho más culpable. Tú y yo sabemos que a finales del reinado de Luis XV las arcas reales se habían gastado antes de que ella llegara a la regencia, sumado a que el pueblo ya sufría hambre por unas tremendas sequías que asolaban al país, y a una desmedida sobrepoblación que no se podía sostener con los métodos antiguos de cultivos y distribución, y si a eso le sumas la absurda intención de Luis XVI de querer ayudar a las Colonias Americanas a independizarse de Inglaterra, vaciando aún más las ya de por sí famélicas arcas… era un caldo de cultivo para el desastre. La participación de María Antonieta consistió exclusivamente en no ser empática con su pueblo. Y es de eso de lo que he querido aprender desde que era pequeña.
El alto caballero se encuentra extasiado con esta brillante mujer, que no ha notado lo cerca que se encuentra de ella para poder beber cada palabra que sale de su boca.
-Tienes muy estudiada su vida, y sus errores.
Elsa asiente, orgullosa.
-Ya había encontrado algunos libros de la Revolución, pero ninguno que la tratara a profundidad a ella, así que, tan pronto me hice reina, contraté a Monsieur Thiers, uno de los historiadores que más sonaron la década pasada, para que escribiera específicamente sobre ella. Su investigación le costó un par de años, tanto que me entregó los tomos casi al final de mi propia regencia, pero me dedicó este tomo exclusivo de María Antonieta. Y desde que me lo dio, como puedes ver, no he dejado de leerlo.
La sonrisa de él se amplía aún más, al ver con qué aprecio la albina carga el pesado tomo y sintiendo empatía por ese cariño hacia lo que pareciera ser un simple libro.
-Sí, puedo verlo, tanto que me sorprende que no lo tengas en tu cuarto.
La joven ríe por lo bajo.
-De hecho, por varios meses algunos de esos tomos sí los cargaba conmigo, incluso durmiendo en mi recámara, por supuesto incluyendo este. Era la lectura que me relajaba antes de dormir o después de un día difícil.
-¿Y qué hacen aquí, entonces?
La albina se encoje de hombros, mientras regresa el tomo a su lugar.
-La idea de estos libros es la de educar a los futuros reyes y reinas de Arendelle. Yo no tenía razón para quedármelo.
-¿Aunque tenga dedicatoria para ti?
Un delicado dedo pasa por el lomo del libro, de una forma casi reverencial, mientras la voz se escucha más bien triste.
-Sí, aunque la tenga.
Degel le toma una mano mientras se recarga en el estante, una sonrisa de placer y satisfacción surcando sus labios, mientras su pecho se siente henchido de emoción después de tener esta deliciosa discusión de un reinado acabado, una discusión que tenía bastante tiempo deseando tener sin encontrar a alguien con quien compartirla, y menos con alguien tan conocedor del tema y, sin quererlo, se le escapa un susurro, casi una exhalación, que su voz de barítono no logra ocultar.
-Te amo, Elsa de Arendelle.
Pero apenas las palabras dejan su boca, Degel abre los ojos como platos, de pronto consciente de lo que acaba de pasar.
¡Por Atena! ¿Lo dije en voz alta? ¡Dime que sólo lo pensé!
Pero los ojos claros abiertos de par en par, los que se encuentran fijos en su persona, le confirman su más grande pesadilla.
-¿Qu-qué… qué has dicho?
Mientras la albina espera una respuesta a su confesión, el poderoso cuerpo se congela ante el pavor, y su mente reza mil oraciones para pedir que se lo trague la tierra.
Lo más pronto posible.
Por su parte, Anna se lleva ambas palmas a la boca al escuchar las palabras del caballero, tratando de no gritar, mientras Kardia abre los ojos como platos, también congelado ante el valor del arranque de su compañero. Y a la vez, preocupado. Antes de que el Santo de Escorpión pueda actuar, la joven reina empieza a escalar uno de los estantes más cercanos. Kardia se asusta ante la actividad peligrosa… y ante el atisbo de pierna que de pronto la pelirroja le regala.
-¡¿Qué demonios crees que estás haciendo?! - para su beneficio, a pesar del reclamo el hombre susurra.
-Tengo que ver más de cerca. ¡Esto no me lo pierdo por nada del mundo! - finalmente logra subir hasta la cima del estante, sin importarle lo lleno de polvo y tierra que se encuentra. El santo de Escorpión niega con la cabeza, divertido, pero al final termina imitándola, colocándose al lado de ella y atento al desenlace. Sabe que debería detener a su compañero, pero la reina tiene razón: esto tampoco él se lo puede perder.
El silencio se ha estrechado, por lo que Elsa insiste.
-¿Degel?
-Lo… lo siento, yo… - Pero él aún no puede articular palabra, su mente racional sobresaturada por mil pensamientos y sentimientos ominosos: por el intenso miedo a las consecuencias de sus palabras, a los peligros que ella enfrentaría si lo aceptara, a las carencias que ella tendría… pero por encima de todo eso, su corazón se encuentra congelado ante el inmenso terror al rechazo.
Para su mala fortuna, Elsa malinterpreta su silencio y, apesadumbrada, sólo exhala y trata de sonreír educadamente, retirando de inmediato su mano prisionera, mientras se da la vuelta, acongojada.
-N-no, no te preocupes. Yo… creo que es mejor que sigamos buscando.
Son sus palabras, la profunda tristeza que hay detrás de ellas, lo que finalmente dan una pausa a los miles y ominosos pensamientos en la mente del Santo de Atena, registrando la vulnerabilidad en el delicado semblante que lo derrite completamente. Sabe que no puede ser tan desalmado, mucho menos con ella, por lo que se obliga a disipar cualquier miedo: el hombre inspira profundo, sacando pecho y, envalentonado, vuelve a sujetar la pálida mano de la joven.
-Elsa…
-¿Sí?
La antigua reina voltea a verlo, y es ese encuentro con sus hermosos ojos azules, enmarcados con largas pestañas, lo que derrumba las paredes del caballero. En un movimiento el hombre la jala hacia sí, rodeándola con sus brazos, estrujándola fuertemente contra su pecho, sus palmas acariciando la espalda casi desnuda de ella, y Elsa puede sentir cómo sus manos tiemblan, mientras la sujetan contra el cuerpo de él, como si quisiera fundirse con ella; siente muy cerca de su oído cómo la respiración del hombre se encuentra agitada cual si hubiera corrido kilómetros, y puede sentir, a través de la fina tela de su camisa, el corazón de él latiendo desenfrenado.
-¿Degel…?
- Elsa yo… - el hombre empieza, tratando de controlar su voz, que aun así se escucha temblorosa, cargada de miedo y deseo en una misma cantidad - No es mi intención faltarte al respeto… - ¿cómo decirle que no puede más de este sentimiento? ¿Cómo convencerla de que lo ha hechizado desde el primer momento en que sus ojos se posaron en ella? ¿Cómo confesarle que desde que la conoció su mente no deja de recordar sus ojos, de cómo sus sentidos se desbocan con sólo su cercanía? El hombre se obliga a romper el abrazo y le toma una mano, para llevar la palma al centro de su pecho, sobre el corazón, como para demostrarle que no miente, mientras sus ojos violeta miran con intensidad los de ella, como si le rogara que entendiera. Y finalmente, sólo unas palabras logran salir de su constreñido pecho. – Te amo, Elsa…
El Quinto Elemento abre de par en par los hermosos ojos azules al escuchar de nuevo esas benditas palabras, y trata de decir algo, de confesarse también, pero no logra articular ningún sonido.
Degel aún tiene muchas cosas que decir, pero la vista de los trémulos y entreabiertos labios de ella, son como una invitación que le ha robado la coherencia en sus pensamientos. El Santo de Atena no es del todo consciente cuando su cara se acerca a la de ella, pero no lo reprime tampoco, deseando con todo su corazón el contacto de los suaves labios.
Elsa sigue sin habla, tremendamente abrumada por las emociones que el hombre produce en su interior. Su cercanía le acelera aún más el corazón, y el perfume de él, tan varonil, la deja sin habla. Degel se acerca aún más a ella, sus ojos fijos en los rojos labios, sus cuerpos en íntimo contacto, y cierra los ojos lentamente, sintiendo el tibio aliento de la albina sobre su rostro. Pero no sólo el caballero, pues la joven también está respondiendo automáticamente a su contacto, y al inclinarse él, inconscientemente ella levanta la barbilla, cerrando los ojos, buscando la deseada y soñada caricia, sus bocas acercándose lentamente, trémulos de anticipación.
Y entonces ocurre.
Un estrépito que se escucha detrás de ellos hace que ambos se sobresalten y Degel se separa de ella rápidamente, interponiéndose entre la joven y la fuente del ruido, buscando el probable peligro y al culpable de tal escándalo, para encontrar que uno de los estantes al lado de ellos se ha caído… y a sus pies, en medio de la nube de polvo y sobre una pila de libros, dos figuras tendidas en el suelo de piedra, con una mirada de dolor y definitivamente de culpa: Anna y Kardia yacen en el piso, quejándose de la caída, ella encima de él, evidentemente su desplome acolchonado por el cuerpo del santo de Escorpión.
-¿Anna? ¿Qué estás haciendo? - Elsa los ve por detrás del hombro del caballero, pero no es la mirada de ella la que les preocupa realmente, pues es evidente que de forma sincera se preocupa por la salud de su hermana y su amigo.
Es la helada mirada de Degel la que los congela en su lugar, porque en ella les está prometiendo, principalmente al peliazul, una muerte dolorosa.
ooooooooooOOOOOOOOOOOOOOOoooooooooooo
A/N: quería continuar, pero lo que sigue es importante como para relatarlo rapidito, pues casi determina como será el final. Casi.
Jejeje… placer culposo. Tenía que agregar una batalla de conocimiento entre Degel y Elsa, pues, como la nueva palabra que anda circulando por ahí, se me hace muy lógico que ambos sean sapiosexuales: que su amor se estimule por las mentes inteligentes, más que por la belleza, por lo que, aparte de que requería que compartieran algo de las leyendas nórdicas que tanto deben de fascinar a Elsa, me la imaginé también encantada con la historia de alguna reina. ¿Quizá una poderosa reina a la que admirara, o en su lugar, una reina caída en desgracia con la que pudiera empatizar? Y aunque había pensado que fuera Catalina la Grande, porque no puede ser la reina Victoria (por la temporalidad de la historia) pensé también que podría ser una reina incomprendida, como Anna Bolena o María Antonieta, pues Elsa bien que se podría ver reflejada en ellas, especialmente en esta última… y bueno, María Antonieta es mi favorita de las dos, especialmente después de haber visto La Rosa de Versalles, así que... Espero que no les haya aburrido con todas esas clases de historia.
